En el cual se tracta como trujeron oro los indios.--Vino una canoa
con 40 hombres, de la Tortuga, á ver los cristianos.--Lo que allí
pasó cerca della.--No creia el Almirante quel oro fuese natural
desta isla, aunque despues luego supo el contrario.--Dia de Sancta
María hizo ataviar los navíos de banderas y tirar tiros, y hacer
gran fiesta.--Estando comiendo el Almirante, llegó á la nao un Rey
con mucha gente.--Pasaron allí cosas de oir.--Dió joyas de oro al
Almirante.--No podian creer sino que eran venidos del cielo.--Despues
vino á la nao un hermano del Rey.--Diéronle nuevas que en otras muchas
islas ó tierras habia mucha copia de oro.--Dice al cabo el Almirante,
que espera en Dios que todas las gentes destas islas han de ser
cristianos.
Lúnes, 17 de Diciembre, porque hizo viento contrario recio, aunque no
se alteró la mar por el mamparo y abrigo que la isla de la Tortuga hace
á esta costa donde estaba, envió á pescar los marineros con redes,
donde se holgaron muy mucho, con los cristianos, los indios. Tornó
el Almirante á enviar ciertos cristianos á la poblacion y, á trueque
de contezuelas de vidro, rescataron pedazos de oro labrado en hoja
delgada. Vieron á un indio, que juzgó el Almirante ser Gobernador de
aquella provincia, un pedazo, tan grande como la mano, de aquella
hoja de oro, y parecia que le queria rescatar; el cual se fué á su
casa, y hizo muchos pedazos pequeños de aquella pieza y cada pedazuelo
rescataba; sin duda se puede creer la grande alegría que el Almirante
aquí rescibió, viendo que hallaba oro para dar placer á los Reyes
y cumplir con lo que habia prometido, y por lo que á él tambien le
convenia. Dice aquí el Almirante, que por las cosas que obrar dellos
via, y la manera dellos y de sus costumbres, y mansedumbre y consejo,
mostraban ser gente más despierta y entendida que los que hasta allí
habian visto. En la tarde, vino allí una canoa de la Tortuga con 40
hombres, y, en llegando á la playa, toda la gente del pueblo, en señal
de paz, se asentaron, y cuasi todos los de la canoa descendieron en
tierra. El Rey dicho, que estaba en la playa, pareció que no le
plugo de su venida, y levantóse sólo, y, con palabras que parecian de
amenazas, les hizo volver á embarcar, echándoles agua con la mano y
tirando algunas piedras en el agua; y esta era toda su ira. Despues
que con mucha obediencia y humildad se embarcaron todos en su canoa,
él tomó una piedra y la puso en la mano al alguacil del Almirante,
que estaba cabe él, para que se la tirase, pero el alguacil rióse y
no quiso tirarla. Mostraba el Rey allí favorecerse con el Almirante y
los cristianos; los de la canoa se volvieron á su isla de la Tortuga,
sin ruido alguno. Despues de ida la canoa, dijo el Rey al Almirante
que en la Tortuga habia más oro que en esta isla Española, pero esto
no pudo ser verdad, segun la grandeza desta isla y las muchas partes
é infinitos rios en que se ha hallado, y la pequeñez de la isla
de la Tortuga, en comparacion desta, porque, como se ha dicho, la
Tortuga será como Gran Canaria, que terná obra de 12 leguas en boja.
Ya podria ser que hobiese oro en ella, lo cual no creo yo que jamás
se buscó, porque era tanto lo que en esta Española se cogia despues
por los españoles, que no se ocupaban en más de sacar los indios que
habia en la Tortuga y traerlos á las minas de acá, donde al cabo se
consumieron, como adelante se dirá; pero el Almirante, en estos dias
que andaba por aquí descubriendo, no creia que en esta isla Española,
ni en la Tortuga, hobiese minas de oro, sino que lo traian de Babeque
aquello poco que por allí habia, y que no le traian los de Babeque
más, porque no tenian qué dar por ello, aunque bien pensaba que estaba
cerca de la fuente, conviene á saber, de donde nacia el oro, que
eran las minas, y que esperaba en Dios que le habia de mostrar las
dichas minas, las cuales tenia que eran en Babeque; y, cierto, este
Babeque debia ser tierra firme, sino que los indios, como no navegaban
léjos de sus casas, sino por las riberas de su mar, ó á las islas
que tenian á vista de sus casas, unos imaginaban al Babeque léjos, y
otros cerca. Estuvo en aquella playa surto, lo uno, porque no habia
viento, y lo otro, porque le habia dicho aquel Rey que habia de traer
oro, no porque tuviese en mucho el Almirante lo que podia traer, como
creyese no haber en esta isla minas, sino por saber mejor de donde lo
traian, puesto que en esta opinion estuviese, cierto, engañado. Así
que, mártes, 18 de Diciembre, luego de mañana, dia de Nuestra Señora
de la O, que es la fiesta de la conmemoracion de la Anunciacion,
mandó ataviar la nao y la carabela de armas y banderas por honra de
la fiesta, y tiráronse muchos tiros de lombardas, y el Rey de aquella
tierra, diz que, habia madrugado de su casa, que debia de distar
cinco leguas de allí, segun pudo juzgar el Almirante, y llegó á hora
de tercia á aquella poblacion, que cerca de allí estaba, en la cual
habian llegado ya ciertos cristianos, que el Almirante habia enviado
para ver si venian con oro, los cuales dijeron, que venian con el Rey
más de 200 hombres, y cuatro le traian en unas andas. Estando comiendo
el Almirante debajo del castillo, en la nao, llegó el Rey á la nao
con mucha gente. Dice el Almirante á los Reyes: «Sin duda pareciera
bien á Vuestras Altezas su estado y acatamiento que todos le tienen,
puesto que todos andan desnudos; él, así como entró en la nao, halló
que estaba comiendo á la mesa debajo del castillo de popa, y él á
buen andar se vino á sentar en par de mí, y no quiso dar lugar que yo
me saliese á él ni me levantase de la mesa, salvo que yo comiese, y,
cuando entró debajo del castillo, hizo señas, con la mano, que todos
los suyos quedasen fuera, y así lo hicieron con la mayor priesa y
acatamiento del mundo; y se asentaron todos en la cubierta, salvo dos
hombres de una edad madura, y que yo estimé por sus consejeros y ayo,
que se asentaron á sus piés. Yo pensé que él ternia á bien de comer de
nuestras viandas, mandé luego traerle cosas que comiese; de las viandas
que le pusieron delante, tomaba de cada una tanto como se toma para
hacer la salva, y lo demas enviábalo á los suyos, y todos comian della,
y así hizo en el beber, que solamente llegaba á la boca y despues lo
daba á los otros, todo con un estado maravilloso y muy pocas palabras,
y aquellas quél decia, segun yo podia entender, eran muy asentadas, y
de seso; y aquellos dos le miraban, y hablaban por él y con él, y con
mucho acatamiento. Despues de haber comido, un escudero suyo traia un
cinto, que es propio como los de Castilla en la hechura, salvo que es
de otra obra, y me lo dió, y dos pedazos de oro labrados que eran muy
delgados; que creo que aquí alcanzan poco dél, puesto que tengo que
están muy vecinos de donde nace y hay mucho. Yo vide que le agradaba
un arambel que yo tenia sobre mi cama, yo se le dí, y unas cuentas muy
buenas de ámbar que yo traia al pescuezo, y unos zapatos colorados,
y una almarraxa de agua de azahar, de que quedó tan contento que fué
maravilla. Y él y su ayo y consejeros llevaban gran pena porque no me
entendian, ni yo á ellos; con todo, le cognoscí que me dijo que si me
cumplia algo de aquí, que toda la isla estaba á mi mandar.» Todas estas
palabras son del Almirante. Mostróle el Almirante una moneda de oro
fino, que solia en aquellos tiempos haber en Castilla, que se llamaba
«excelente», que valia dos castellanos (que yo que escribo esto ví é
alcancé), en la cual iban esculpidos los rostros del Rey é de la Reina,
de que se admiraba mucho. Mostróle tambien las banderas de la cruz, y
las de las armas reales, diciéndole el Almirante la grandeza de los
Reyes, por señas, de que se admiraba y platicaba con sus consejeros,
diciendo, á lo que el Almirante y los demas creian entender, que, como
los Reyes lo habian enviado desde el cielo, él y los cristianos venir
tan sin miedo. Desque fué tarde, quísose ir, y el Almirante lo envió
en las barcas muy honradamente, y le hizo hacer gran fiesta con los
tiros del artillería, con que fué mucho regocijado. Puesto en tierra,
subió en sus andas y se fué con sus más de 200 hombres; llevaban un
hijo suyo atras en los hombros, con tanta compañía de gente como él. A
todos los marineros y cristianos que topaba los mandaba dar de comer,
y hacer mucha honra; llevaba cada una cosa, de las que el Almirante
le habia dado, delante dél, un hombre, á lo que parecia, de los más
honrados, segun dijo un marinero que lo topó. ¡Oh! y qué fruto en las
ánimas destas gentes se pudiera hacer, si lleváramos el camino que
llevar debiéramos, bien claro, cierto, parece. Despues vino á la nao
un hermano del Rey, á quien el Almirante hizo mucha honra y dió de las
cosas de los rescates, y deste supo el Almirante ó entendió, que al
Rey llamaban, en la lengua desta isla, Cacique. Aqueste dia, diz que,
se rescato poco oro, pero supo el Almirante, de un hombre viejo, que
habia muchas islas comarcanas, en las cuales nascia mucho oro, y que
lo fundian y hacian dello joyas, segun por las señas y meneos se podia
entender; señalaba el viejo la derrota y paraje donde afirmaba estar
aquellas tierras. Determinó el Almirante ir allá, y quisiera llevar
aquel viejo consigo si no fuera tan principal de aquel Rey, é porque
tenia, diz que, ya aquestas gentes por de los reyes de Castilla, y no
era razon de les hacer agravio alguno, aunque creia, que si supiera
la lengua para se lo rogar, que el viejo aceptara ir con él. Puso una
gran cruz en medio de la plaza del pueblo, á lo cual todos los indios
dél ayudaban, y, despues de empinada, la adoraron de la manera que lo
vieron hacer á los cristianos. Dice aquí el Almirante, que esperaba
en Dios que todas aquestas islas habian de ser cristianos, por las
muestras que daban.