CAPÍTULO LIV.

Salió dos veces del puerto de la Concepcion, y tornóse á él por el

viento contrario.--Visto junto con él la isla de la Tortuga, fué con

las barcas á ver un rio y subió por él hácia las poblaciones.--Vido

el valle maravilloso, llamóle valle de Paraíso, y al rio,

Guadalquivir.--Vino mucha gente y un Rey á ver los cristianos.--Entró

en la mar el Rey.--Pasaron cosas.--Encarece el Almirante en gran

manera la bondad, mansedumbre y hermosura de los indios, hombres y

mujeres; la fertilidad y hermosura de las tierras.--No podian creer

que los cristianos fuesen terrestres, sino del cielo.--Dice el

Almirante cosas de notar.--Apunta el autor la causa de la destruicion

y perdicion destas gentes, conviene á saber, su mucha simplicidad,

humildad y buena naturaleza.

Viernes, 14 de Diciembre, salió de aquel puerto de la Concepcion

con viento terral, calmóle luego y vino viento Levante, que le era

contrario, pero navegó con él al Nornordeste y llegó con él á la isla

de la Tortuga, de la cual vido una punta, que estaria dél 12 millas, la

cual nombró la punta de la Pierna. De allí descubrió otra, que llamó la

punta Lanzada, en la misma derrota del Nornordeste, de la cual distaba

16 millas; la isla de la Tortuga vido que era tierra muy alta, pero no

montañosa, y es muy hermosa y muy poblada de gente, como la de la isla

Española, y la tierra así toda labrada, que le parecia ver la campiña

de Córdoba. Visto que le hacia el viento contrario y que no podia ir

á la isla Babeque, tornóse al puerto de la Concepcion, aquel viernes.

Sábado, 15 de Diciembre, tornó á dar la vela del dicho puerto, pero el

viento le hizo volver otra vez al puerto mismo de la Concepcion, aunque

no lo pudo tomar, pero surgió cerca dél en una playa, y, amarrados

sus navíos bien, fué con las barcas á ver otro rio que parecia, y

subió por él para ir á las poblaciones que los cristianos de antier

habian visto, y, por la corriente grande dél, subió poco; vido algunas

casas, y el valle grande donde estaban las poblaciones, de que quedó

admirado, diciendo que no habia visto en su vida cosa más hermosa,

por lo cual le puso al valle, del Paraíso, y al rio, Guadalquivir,

porque parecia al Guadalquivir cuando vá por Córdoba, y tenia á las

riberas muchas piedras muy hermosas. Vido alguna gente, y toda dió

á huir; y dice aquí el Almirante que debia de ser cazada esta gente

de la Española y de la Tortuga, que tanto miedo tienen. Domingo, 16

de Diciembre, á media noche, dió las velas, y, por aquel golfete y

entremedio, que se hace entre la isla Española y la Tortuga, y á medio

golfo, topó una canoa, con un indio sólo en ella, de que se maravilló

el Almirante cómo se podia tener sobre el agua siendo el viento grande;

hízolo meter con canoa y todo en la nao, y, alagándolo, dióle cuentas

de vidro, cascabeles y sortijas de laton y llevólo así hasta tierra,

donde estaba una poblacion, 16 millas de allí, que son 4 leguas, junto

á la mar, donde surgió el Almirante en la playa, junto á la poblacion,

que parecia ser de nuevo hecha porque todas las casas eran nuevas.

Fuése luego á tierra el indio, en su canoa, y dado nuevas del Almirante

y de los cristianos ser buena gente (puesto que ya las tenian de lo

pasado cuando fueron los seis cristianos), vinieron luego más de 500

hombres, y, desde á poco, vino el Rey dellos; todos en la playa juntos,

y, uno á uno, y, muchos á muchos, venian á los navíos porque estaban

junto con tierra, y no traian cosa alguna consigo, salvo que algunos

traian algunos granos de oro finísimo á las orejas y en las narices,

lo qual todo daban liberalmente. Mandó el Almirante hacer á todos

honra, porque, dice él, son la mejor gente del mundo y más mansa.

Y dice más: «Tengo mucha esperanza en nuestro Señor, que Vuestras

Altezas los harán todos cristianos, y serán todos suyos, que por suyos

los tengo.» Vido que estaba el dicho Rey en la playa, y que todos le

hacian reverencia y acatamiento. Envióle un presente el Almirante, el

qual, diz que, rescibió con mucha gravedad y estado, y que sería mozo

de hasta veintiun años, y que tenia un ayo viejo y otros consejeros

que le hablaban y respondian, y él hablaba muy pocas palabras. Uno

de los indios que traia el Almirante habló con él, diciéndole como

venian los cristianos del cielo, y que andaban en busca de oro (harto

improporcionable cosa es venir del cielo y andar en busca de oro),

y que querian ir á la isla de Babeque; y el Rey respondió que bien

era, y que en la dicha isla lo habia mucho. Mostró al alguacil del

Almirante el camino que habian de llevar, y que en dos dias llegaria

de allí á ella, y que si de su tierra habian menester algo lo daria de

muy buena voluntad. Este Rey é todos los otros andaban desnudos como

su madre los parió, y así las mujeres, sin algun empacho, y eran, diz

que, los más hermosos hombres y mujeres que hasta allí habian hallado,

harto blancos, que si vestidos anduviesen (dice el Almirante), y se

guardasen del sol y del aire, cuasi serian tan blancos como en España,

porque esta tierra, dice él, es harto fria, y la mejor que lengua pueda

decir; de ser felicísima, dice bien, pero la frialdad no la tiene,

sino frescor muy sin pena, puesto que porque le llovia por allí, y con

el viento, y en la mar, parecíale algo fria. Dice más, que la tierra

es muy alta, y que sobre el mayor monte podrian arar bueyes, y hecha

toda á campiñas y valles, y que en toda Castilla no hay tierra que se

pueda comparar á ella, en hermosura y bondad. Toda esta isla y la de la

Tortuga, son todas labradas como la campiña de Córdoba. Dice tambien

de las raíces de los ajes, que eran gordas como la pierna; de la gente

dice que eran gordos y valientes, y de muy dulce conversacion, sin

secta alguna. Dice que era cosa de maravilla ver aquellos valles, y

los rios y buenas aguas, y las tierras para pan, para ganados de toda

suerte (de que ellos no tienen alguno) para huertas, y para todas las

cosas del mundo que el hombre sepa pedir; todas estas son sus palabras,

y en todo dice gran verdad. Y puesto que por todas partes esta isla es

un Paraíso terrenal, pero, por esta de la Tortuga, es cosa no creible

la hermosura suya, junto á la cual yo viví algunos años. A la tarde

acordó el Rey venir á la nao, al cual recibió el Almirante con mucha

alegría, y le hizo toda la honra que pudo; hízole decir como era de los

reyes de Castilla, los cuales eran de los mayores Príncipes del mundo,

mas ni los indios que el Almirante traia, que eran los intérpretes,

ni el Rey tampoco, podian creer otra cosa sino que eran venidos del

cielo, y que los reyes de Castilla en el cielo habitaban, y no en este

mundo. Mandó ponerle de comer al Rey de las cosas de Castilla, y él

comia un bocado y luego dábalo todo á sus consejeros, y al ayo, y á

los demas que metió consigo. Dice aquí el Almirante: «Crean Vuestras

Altezas que estas tierras son en tanta cantidad buenas y fértiles, en

especial estas desta isla Española, que no hay persona que lo sepa

decir, y nadie lo puede creer sino lo viese. Y crean que esta isla y

todas las otras son así suyas como Castilla, que aquí no falta salvo

asiento y mandarles hacer lo que quisieren, porque yo con esta gente

que traigo, que no son muchos, correria todas estas islas sin afrenta,

porque ya he visto sólos tres destos marineros descender en tierra,

y haber multitud destos indios, y todos huir sin que los quisiesen

hacer mal. Ellos no tienen armas, y son todos desnudos y de ningun

ingenio en las armas, y muy cobardes, que mil no aguardarán á tres; y

así son buenos para les mandar, y les hacer trabajar, sembrar y hacer

todo lo otro que fuere menester, y que hagan villas, y se enseñen

á andar vestidos y á nuestras costumbres.» Estas son sus palabras

formales del Almirante. Es aquí de notar, que la mansedumbre natural,

simple, benigna y humilde condicion de los indios, y carecer de armas,

con andar desnudos, dió atrevimiento á los españoles á tenerlos en

poco, y ponerlos en tan acerbísimos trabajos en que los pusieron, y

encarnizarse para oprimirlos y consumirlos, como los consumieron. Y,

cierto, aquí el Almirante más se extendió á hablar de lo que debiera, y

desto que aquí concibió y produjo por su boca, debia de tomar orígen el

mal tratamiento que despues en ellos hizo.

Historia de las Indias (vol. 1 de 5) · 第 69 / 126 题