CAPÍTULO LIII.

Dábanle á entender los indios, que traia consigo, que la tierra

que él creia de Babeque ser isla, que era tierra firme; y torna á

rectificarse en su opinion que la gente de Caniba, que oia decir

á los indios que debia ser la del Gran Khan.--Hizo poner una gran

cruz á la boca del puerto en señal que la tierra era de los reyes de

Castilla.--Tres marineros entráronse por el monte adentro.--Sintieron

mucha gente.--Huyó toda.--Alcanzaron una mujer que traia un pedazo de

oro en las narices.--Vistióla el Almirante y dióle joyas; tornáronla

á enviar.--Envió otro dia nueve cristianos á tierra con un indio

de los que traia.--Cuatro leguas hallaron una poblacion de 1.000

casas y habria 3.000 hombres.--Huyen todos.--Da voces el indio que

no teman que es gente buena.--Vuelven todos.--Admíranse de los

cristianos.--Lléganles las manos, temblando, á las caras.--Hácenles

mil servicios.--Creen haber venido del cielo.--Vino mucha más gente

con el marido de la mujer.--Vieron tierras felicísimas.--Induce el

autor á cierta consideracion.--Tuvo el Almirante cierta experiencia,

etc.

Tenia gran deseo de ver aquel entremedio destas dos islas, Española y

Tortuga; lo uno, por descubrir é ver toda esta isla Española, que le

parecia la cosa más hermosa del mundo, lo otro, porque le decian los

indios, que consigo traia, que por allí se habia de ir para la isla de

Babeque, y, segun entendia dellos, era isla muy grande y de grandes

montañas, valles y rios. Decian más, cuanto el Almirante creia que

entendia, que la isla de Bohío, que era esta Española, era mayor que

la isla Juana, que era la isla de Cuba, y decian verdad. Parece que

los indios dichos daban á entender que el Babeque era tierra firme,

porque decian que no estaba cercada de agua, y que estaba detras desta

isla Española, la cual llamaban Caritaba ó Caribana, que era como cosa

infinita; y á mi parecer, que, cierto lo decian por tierra firme, y que

debian tener noticia de la tierra firme, que estando aquellos indios

en las islas de los lucayos, donde nacieron, y allí en el puerto de la

Concepcion, donde al presente estaban, les caia tierra firme detras, ó,

más propiamente hablando, desa parte ó adelante desta Española isla.

Dice aquí el Almirante, que le parece que tienen razon en nombrar

tanto á Babeque, y por otro nombre á Caribana, porque debian de ser

trabajados de la gente della, por parecerle que en todas estas islas

viven con su temor. De aquí torna el Almirante á afirmar lo que muchas

veces ha dicho, que cree que esta gente de Caniba no ser otra cosa sino

la gente del Gran Khan, que debia ser de allí vecina, que tenian navíos

con que los venian á captivar, y, como no tornaban, creian que se los

comian. Esta opinion tenia, y harto le ayudaba á tenerla la carta ó

mapa, que traia, de Paulo, físico, y la informacion que le habia dado

por sus cartas, como arriba veces se ha referido, y los muchos indicios

y argumentos de las tierras tantas y tales, y cosas dellas que iba

viendo cada dia. El miércoles, 12 de Diciembre, viendo que todavía

ventaba viento contrario y no podia partirse, hizo poner una gran cruz

á la entrada del puerto de la parte del gueste, en un lugar eminente,

muy vistoso, en señal, dice él, que Vuestras Altezas tienen la tierra

por suya, y principalmente por señal de Jesucristo, nuestro Señor, y

honra de la cristiandad; la cual puesta, tres marineros se metieron por

el monte á ver los árboles y hierbas, y oyeron y vieron un gran golpe

de gente, todos desnudos como los de atrás, á los cuales llamaron y

fueron tras ellos, pero dieron los indios á huir, y finalmente tomaron

una mujer; que no pudieron más porque el Almirante les habia mandado

que tomasen algunos para honrarlos y hacerles perder el miedo, y por

saber si habia en estas tierras alguna cosa de provecho, porque no le

parecia que podia ser otra cosa, segun la hermosura destas tierras,

y así trujeron la mujer, muy moza y hermosa, á la nao, la cual habló

con los indios que el Almirante traia, porque toda era una lengua.

Hízola el Almirante vestir y dióle cuentas de vidro, y cascabeles,

y sortijas de laton, y tornó á enviarla honradamente, segun solia

el Almirante hacer, enviando algunas personas de la nao con ella y

tres indios de los que traia, porque hablasen con aquella gente; los

marineros que iban en la barca cuando la llevaban á tierra dijeron al

Almirante, que ya no quisiera salir de la nao sino quedarse con las

otras mujeres indias que traia del puerto de Mares, en la isla Juana

ó de Cuba. Todos estos indios que venian con aquella india, diz que,

andaban en una canoa, por ventura, pescando, y, cuando asomaron á la

entrada del puerto y vieron los navíos, volviéronse atrás y dejaron

la canoa y huyeron camino de la poblacion. Ella mostraba el paraje

de la poblacion; traia, diz que, un pedazo de oro en la naríz, por

lo cual juzgó haber en aquella oro, y no se engañó. Á tres horas de

noche volvieron los tres cristianos que el Almirante habia enviado con

la mujer, los cuales no fueron con ella hasta la poblacion por que

les pareció léjos, ó por ventura dejaron de ir por miedo. Trajeron,

empero, nuevas, que otro dia vernia mucha gente á los navíos, porque

les pareció, ó supieron, que, por las nuevas que la mujer les dió, de

la buena conversacion y tratamiento que le hicieron los cristianos,

estaban ya no tan sobresaltados. El Almirante, con deseo de saber si

habia en aquella tierra, tan hermosa y tan fértil, alguna cosa de

provecho, y haber lengua de la gente, y para disponerla á que tuviesen

gana de servir á los Reyes, determinó de tornar á enviar nueve hombres

á la poblacion, con sus armas, bien aderezados, y con ellos un indio

de los que traia de las islas, confiando en Dios y en las nuevas

que habria dado la india del buen tratamiento que le habia hecho el

Almirante. Estos fueron á la poblacion, que estaba cuatro leguas y

media hácia el Sueste, la cual hallaron en un grandísimo valle, y

toda vacía de gente, porque, como sintieron ir los cristianos, todos

huyeron, dejando cuanto tenian, la tierra dentro. Era la poblacion de

1.000 casas y de más de 3.000 hombres; el indio que los cristianos

llevaban corrió tras ellos dando voces, diciendo que no hobiesen

miedo, que los cristianos no eran de Caniba, ántes eran del cielo, y

que daban muchas cosas hermosas á todos los que hallaban. Tanto les

imprimió lo que decia, que se aseguraron y vinieron juntos más de 2.000

dellos. Venian todos á los cristianos y les ponian las manos sobre la

cabeza, que era señal de amistad y gran reverencia, y, cuando esto

hacian, estaban todos temblando, hasta que los cristianos del todo los

aseguraron. Dijeron aquellos que el Almirante envió, que, despues que

perdieron el miedo, iban todos á sus casas y cada uno los traia de lo

que tenia de comer, pan de unas raíces que siembran de que hacen pan,

de las cuales se dirá adelante, pescado y otras cosas cuantas de comer

tenian; y, porque el indio que iba con los cristianos dijo á los indios

que se holgaria el Almirante haber algun papagayo, luego les trujeron

papagayos y cuanto los cristianos les pedian, sin querer nada por ello.

Todo esto cuenta el Almirante. Rogaban á los cristianos ahincadamente,

que no se viniesen aquella noche, y que les darian otras muchas cosas

que tenian en la sierra. Al tiempo que toda aquella gente junta estaba

con los cristianos, vieron venir una gran multitud de gente, con el

marido de la mujer que habia el Almirante honrado y enviado, la cual

traian sobre los hombros, que venian á dar gracias á los cristianos

por la honra que el Almirante le habia hecho, y dádivas que le habia

dado. Dijeron los cristianos al Almirante, que aquella gente toda era

más hermosa y de mejor condicion que ninguna otra de las que habian

hasta entónces visto; pero aquí dice el Almirante, que no sabe cómo

pueda ser de mejor condicion que las otras, dando á entender que las

otras todas, de las otras islas que habian hallado, eran de humanísima

condicion. Cuanto á la hermosura, decian los cristianos que no habia

comparacion, así en los hombres como en las mujeres, y que eran blancos

más que los que habian visto, y, señaladamente, decian que habian

visto dos mujeres mozas, tan blancas como podian ser en España. De la

hermosura de las tierras que vieron, referian que excedian á todas las

tierras de Castilla, en fertilidad, hermosura y bondad. El Almirante

así lo concedia, por las que tenia presentes y las que dejaba atras.

Señaladamente encarecian las de aquel valle, las cuales á la campiña

de Córdoba les parecia exceder, cuanto el dia excede á la noche en

claridad. Estaban, diz que, todas labradas, y por medio de aquel valle

pasaba un rio muy grande y ancho, con el cual todas se podian regar.

Estaban todos los árboles verdes y llenos de fruta; las hierbas,

todas floridas y muy altas; los caminos, muy anchos y buenos; los

aires eran como por Abril, en Castilla; cantaban el ruiseñor y otros

pajaritos como en el dicho mes en España; las noches, cantaban algunos

pajaritos suavemente, que, diz que, era la mayor dulzura del mundo; los

grillos y ranas se oian muchos de noche; los pescados como en España.

Vieron muchos almástigos, lignaloe, y algodonales; oro no hallaron,

y no es maravilla que en tan poco tiempo no se halle. Todo esto dice

el Almirante. Debe aquí el lector considerar la disposicion natural

y buenas calidades de que Dios dotó á estas gentes, cuán aparejadas

estaban por natura para ser doctrinadas é imbuidas en las cosas de la

fe y religion cristiana, y en todas virtuosas costumbres, si hobieran

sido tractadas y atraidas virtuosa y cristianamente; y qué tierras

estas tan felices, que nos puso la Divina providencia en las manos para

pagarnos, aún en esta vida, sin lo que habiamos de esperar en la otra,

los trabajos y cuidados que en atraerlas á Cristo tuviéramos. Temo que

no merecimos ni fuimos dignos, por lo que Dios cognosció que habiamos

de ofenderle, de tan sublimes y no comparables á otros ningunos bienes.

Tomó aquí el Almirante experiencia de qué horas era el dia y la noche,

y halló que, de sol á sol, habian pasado veinte ampolletas de á media

hora cada una, que son los relojes de arena que sabemos, y así parece

que de sol á sol habia en el dia diez horas; puesto que dice poder allí

haber algun defecto, porque los marineros, ó se olvidan de volverlas

cuando han pasado, ó ellas se azolvan y no pasan por algun rato. Y bien

creo yo, que, por aquel tiempo, hay en el dia en esta isla once horas y

algo más, que viene á la cuenta quel Almirante dice.

Historia de las Indias (vol. 1 de 5) · 第 68 / 126 题