Dábanle á entender los indios, que traia consigo, que la tierra
que él creia de Babeque ser isla, que era tierra firme; y torna á
rectificarse en su opinion que la gente de Caniba, que oia decir
á los indios que debia ser la del Gran Khan.--Hizo poner una gran
cruz á la boca del puerto en señal que la tierra era de los reyes de
Castilla.--Tres marineros entráronse por el monte adentro.--Sintieron
mucha gente.--Huyó toda.--Alcanzaron una mujer que traia un pedazo de
oro en las narices.--Vistióla el Almirante y dióle joyas; tornáronla
á enviar.--Envió otro dia nueve cristianos á tierra con un indio
de los que traia.--Cuatro leguas hallaron una poblacion de 1.000
casas y habria 3.000 hombres.--Huyen todos.--Da voces el indio que
no teman que es gente buena.--Vuelven todos.--Admíranse de los
cristianos.--Lléganles las manos, temblando, á las caras.--Hácenles
mil servicios.--Creen haber venido del cielo.--Vino mucha más gente
con el marido de la mujer.--Vieron tierras felicísimas.--Induce el
autor á cierta consideracion.--Tuvo el Almirante cierta experiencia,
etc.
Tenia gran deseo de ver aquel entremedio destas dos islas, Española y
Tortuga; lo uno, por descubrir é ver toda esta isla Española, que le
parecia la cosa más hermosa del mundo, lo otro, porque le decian los
indios, que consigo traia, que por allí se habia de ir para la isla de
Babeque, y, segun entendia dellos, era isla muy grande y de grandes
montañas, valles y rios. Decian más, cuanto el Almirante creia que
entendia, que la isla de Bohío, que era esta Española, era mayor que
la isla Juana, que era la isla de Cuba, y decian verdad. Parece que
los indios dichos daban á entender que el Babeque era tierra firme,
porque decian que no estaba cercada de agua, y que estaba detras desta
isla Española, la cual llamaban Caritaba ó Caribana, que era como cosa
infinita; y á mi parecer, que, cierto lo decian por tierra firme, y que
debian tener noticia de la tierra firme, que estando aquellos indios
en las islas de los lucayos, donde nacieron, y allí en el puerto de la
Concepcion, donde al presente estaban, les caia tierra firme detras, ó,
más propiamente hablando, desa parte ó adelante desta Española isla.
Dice aquí el Almirante, que le parece que tienen razon en nombrar
tanto á Babeque, y por otro nombre á Caribana, porque debian de ser
trabajados de la gente della, por parecerle que en todas estas islas
viven con su temor. De aquí torna el Almirante á afirmar lo que muchas
veces ha dicho, que cree que esta gente de Caniba no ser otra cosa sino
la gente del Gran Khan, que debia ser de allí vecina, que tenian navíos
con que los venian á captivar, y, como no tornaban, creian que se los
comian. Esta opinion tenia, y harto le ayudaba á tenerla la carta ó
mapa, que traia, de Paulo, físico, y la informacion que le habia dado
por sus cartas, como arriba veces se ha referido, y los muchos indicios
y argumentos de las tierras tantas y tales, y cosas dellas que iba
viendo cada dia. El miércoles, 12 de Diciembre, viendo que todavía
ventaba viento contrario y no podia partirse, hizo poner una gran cruz
á la entrada del puerto de la parte del gueste, en un lugar eminente,
muy vistoso, en señal, dice él, que Vuestras Altezas tienen la tierra
por suya, y principalmente por señal de Jesucristo, nuestro Señor, y
honra de la cristiandad; la cual puesta, tres marineros se metieron por
el monte á ver los árboles y hierbas, y oyeron y vieron un gran golpe
de gente, todos desnudos como los de atrás, á los cuales llamaron y
fueron tras ellos, pero dieron los indios á huir, y finalmente tomaron
una mujer; que no pudieron más porque el Almirante les habia mandado
que tomasen algunos para honrarlos y hacerles perder el miedo, y por
saber si habia en estas tierras alguna cosa de provecho, porque no le
parecia que podia ser otra cosa, segun la hermosura destas tierras,
y así trujeron la mujer, muy moza y hermosa, á la nao, la cual habló
con los indios que el Almirante traia, porque toda era una lengua.
Hízola el Almirante vestir y dióle cuentas de vidro, y cascabeles,
y sortijas de laton, y tornó á enviarla honradamente, segun solia
el Almirante hacer, enviando algunas personas de la nao con ella y
tres indios de los que traia, porque hablasen con aquella gente; los
marineros que iban en la barca cuando la llevaban á tierra dijeron al
Almirante, que ya no quisiera salir de la nao sino quedarse con las
otras mujeres indias que traia del puerto de Mares, en la isla Juana
ó de Cuba. Todos estos indios que venian con aquella india, diz que,
andaban en una canoa, por ventura, pescando, y, cuando asomaron á la
entrada del puerto y vieron los navíos, volviéronse atrás y dejaron
la canoa y huyeron camino de la poblacion. Ella mostraba el paraje
de la poblacion; traia, diz que, un pedazo de oro en la naríz, por
lo cual juzgó haber en aquella oro, y no se engañó. Á tres horas de
noche volvieron los tres cristianos que el Almirante habia enviado con
la mujer, los cuales no fueron con ella hasta la poblacion por que
les pareció léjos, ó por ventura dejaron de ir por miedo. Trajeron,
empero, nuevas, que otro dia vernia mucha gente á los navíos, porque
les pareció, ó supieron, que, por las nuevas que la mujer les dió, de
la buena conversacion y tratamiento que le hicieron los cristianos,
estaban ya no tan sobresaltados. El Almirante, con deseo de saber si
habia en aquella tierra, tan hermosa y tan fértil, alguna cosa de
provecho, y haber lengua de la gente, y para disponerla á que tuviesen
gana de servir á los Reyes, determinó de tornar á enviar nueve hombres
á la poblacion, con sus armas, bien aderezados, y con ellos un indio
de los que traia de las islas, confiando en Dios y en las nuevas
que habria dado la india del buen tratamiento que le habia hecho el
Almirante. Estos fueron á la poblacion, que estaba cuatro leguas y
media hácia el Sueste, la cual hallaron en un grandísimo valle, y
toda vacía de gente, porque, como sintieron ir los cristianos, todos
huyeron, dejando cuanto tenian, la tierra dentro. Era la poblacion de
1.000 casas y de más de 3.000 hombres; el indio que los cristianos
llevaban corrió tras ellos dando voces, diciendo que no hobiesen
miedo, que los cristianos no eran de Caniba, ántes eran del cielo, y
que daban muchas cosas hermosas á todos los que hallaban. Tanto les
imprimió lo que decia, que se aseguraron y vinieron juntos más de 2.000
dellos. Venian todos á los cristianos y les ponian las manos sobre la
cabeza, que era señal de amistad y gran reverencia, y, cuando esto
hacian, estaban todos temblando, hasta que los cristianos del todo los
aseguraron. Dijeron aquellos que el Almirante envió, que, despues que
perdieron el miedo, iban todos á sus casas y cada uno los traia de lo
que tenia de comer, pan de unas raíces que siembran de que hacen pan,
de las cuales se dirá adelante, pescado y otras cosas cuantas de comer
tenian; y, porque el indio que iba con los cristianos dijo á los indios
que se holgaria el Almirante haber algun papagayo, luego les trujeron
papagayos y cuanto los cristianos les pedian, sin querer nada por ello.
Todo esto cuenta el Almirante. Rogaban á los cristianos ahincadamente,
que no se viniesen aquella noche, y que les darian otras muchas cosas
que tenian en la sierra. Al tiempo que toda aquella gente junta estaba
con los cristianos, vieron venir una gran multitud de gente, con el
marido de la mujer que habia el Almirante honrado y enviado, la cual
traian sobre los hombros, que venian á dar gracias á los cristianos
por la honra que el Almirante le habia hecho, y dádivas que le habia
dado. Dijeron los cristianos al Almirante, que aquella gente toda era
más hermosa y de mejor condicion que ninguna otra de las que habian
hasta entónces visto; pero aquí dice el Almirante, que no sabe cómo
pueda ser de mejor condicion que las otras, dando á entender que las
otras todas, de las otras islas que habian hallado, eran de humanísima
condicion. Cuanto á la hermosura, decian los cristianos que no habia
comparacion, así en los hombres como en las mujeres, y que eran blancos
más que los que habian visto, y, señaladamente, decian que habian
visto dos mujeres mozas, tan blancas como podian ser en España. De la
hermosura de las tierras que vieron, referian que excedian á todas las
tierras de Castilla, en fertilidad, hermosura y bondad. El Almirante
así lo concedia, por las que tenia presentes y las que dejaba atras.
Señaladamente encarecian las de aquel valle, las cuales á la campiña
de Córdoba les parecia exceder, cuanto el dia excede á la noche en
claridad. Estaban, diz que, todas labradas, y por medio de aquel valle
pasaba un rio muy grande y ancho, con el cual todas se podian regar.
Estaban todos los árboles verdes y llenos de fruta; las hierbas,
todas floridas y muy altas; los caminos, muy anchos y buenos; los
aires eran como por Abril, en Castilla; cantaban el ruiseñor y otros
pajaritos como en el dicho mes en España; las noches, cantaban algunos
pajaritos suavemente, que, diz que, era la mayor dulzura del mundo; los
grillos y ranas se oian muchos de noche; los pescados como en España.
Vieron muchos almástigos, lignaloe, y algodonales; oro no hallaron,
y no es maravilla que en tan poco tiempo no se halle. Todo esto dice
el Almirante. Debe aquí el lector considerar la disposicion natural
y buenas calidades de que Dios dotó á estas gentes, cuán aparejadas
estaban por natura para ser doctrinadas é imbuidas en las cosas de la
fe y religion cristiana, y en todas virtuosas costumbres, si hobieran
sido tractadas y atraidas virtuosa y cristianamente; y qué tierras
estas tan felices, que nos puso la Divina providencia en las manos para
pagarnos, aún en esta vida, sin lo que habiamos de esperar en la otra,
los trabajos y cuidados que en atraerlas á Cristo tuviéramos. Temo que
no merecimos ni fuimos dignos, por lo que Dios cognosció que habiamos
de ofenderle, de tan sublimes y no comparables á otros ningunos bienes.
Tomó aquí el Almirante experiencia de qué horas era el dia y la noche,
y halló que, de sol á sol, habian pasado veinte ampolletas de á media
hora cada una, que son los relojes de arena que sabemos, y así parece
que de sol á sol habia en el dia diez horas; puesto que dice poder allí
haber algun defecto, porque los marineros, ó se olvidan de volverlas
cuando han pasado, ó ellas se azolvan y no pasan por algun rato. Y bien
creo yo, que, por aquel tiempo, hay en el dia en esta isla once horas y
algo más, que viene á la cuenta quel Almirante dice.