En el cual cuenta las condiciones del Puerto Sancto y de un
rio.--Vido en él grandes canoas como fustas.--Salió á tierra el
Almirante con ciertos hombres armados.--Subió una montaña, encima
llana, tierra muy hermosa.--Halló una poblacion.--Dió de súpito
sobre la gente della.--Huyóla toda.--Aseguróla el indio que
llevaba.--Dióles cascabeles.--Certificó á los Reyes que 10 hombres
hagan huir á 10.000.--Júntase despues mucha gente.--Vienen á las
barcas.--Adelántase uno y hace una gran plática, alzando las manos al
cielo.--Vino gente como de guerra.--Finalmente se aseguraron todos y
daban las azagayas y cuanto tenian.--Creian que los cristianos venian
del cielo.--Dice el Almirante que esta gente es de la misma creencia
que la otra.--Vido una casa de maravillosa hechura.
El sábado, 1.º de Diciembre, ni el domingo, ni el lúnes, por tener
los vientos contrarios, no se pudo partir de aquel puerto, al cual
pienso que puso nombre Puerto Sancto, donde puso una cruz grande sobre
unas peñas vivas. Dice deste puerto, que no puede hacer daño alguno
cualquiera tormenta ni viento á las naos que en él estuvieren, y es
muy hondo y limpio, y quien hobiere de entrar en él, diz que, débese
llegar más sobre la parte del Norueste, á una punta, que á la parte
del Sueste, porque hácia el Sueste hay una baxa, que sobreagua, y, á
la entrada, se ha de poner la proa al Sudueste. En un rio, que arriba
dijo, hallaron unos marineros unas piedras que parecian tener oro,
debian ser de margasita; llevólas para mostrar á los Reyes. El lúnes,
3 de Diciembre, acordó de ir á ver un Cabo muy hermoso, un cuarto
de legüa del puerto, de la parte del Sueste; al pié del Cabo, habia
una boca de un buen rio, y tenia cient pasos de anchura y una braza
de fondo en la entrada ó boca, y dentro habia doce brazas, y cinco,
y cuatro, y dos, donde pudieran caber cuantas naos hay en España.
Halló una caleta, que es una entrada angosta que hace el agua, donde
vido cinco grandes almadías ó canoas, como fustas, muy hermosas, y
labradas que era placer verlas; y al pié del monte, vido que estaba
todo labrado. Fué con ciertos hombres armados, y hallaron una grande
atarazana, bien ordenada y cubierta, que ni el sol ni agua podia
hacer daño, donde hallaron otra canoa como las dichas, como una
fusta, de diez y siete bancos, que era placer ver su hermosura; subió
una montaña, la cual halló encima toda llana, sembrada de calabazas
y muchas cosas de la tierra, que era gloria verla; en medio della
estaba una gran poblacion. Dió de súpito sobre la gente del pueblo, y,
como vieron á los cristianos, hombres y mujeres dieron todos á huir,
asegurólos el indio que llevaba consigo, de los que traia, diciendo
que no hobiesen miedo, porque aquella gente era buena, que no hacia
mal á nadie; hízoles dar el Almirante, cascabeles y sortijas de laton,
y contezuelas verdes y amarillas, conque se apaciguaron y estuvieron
contentos. Visto que no tenian oro ni otra cosa preciosa, y que
bastaba dejarlos pacíficos, y que toda la comarca era poblada, y los
demás, de miedo, huidos, acordó volverse. Certifica el Almirante aquí
á los Reyes, que 10 hombres hagan huir á 10.000, segun le parecieron
cobardes y medrosos, y sin armas, que no tienen sino unas varas con un
palillo tostado al cabo dellas. Dice que les quitó las varas todas,
con buena industria y manera, rescatándoselas, y las dieron de buena
voluntad. Tornóse con su gente á las barcas el Almirante; ayuntáronse
muchos indios viniendo hasta las barcas, y adelantóse uno dellos al
rio, junto á la popa de una barca, y hizo una grande plática, la cual,
ni el Almirante ni otro la entendieron, mas de que los otros indios,
de cuando en cuando alzaban las manos al cielo y daban una gran voz.
Pensaba el Almirante que lo aseguraban, porque les placia de su venida,
puesto que vido que el indio que consigo traia, que se desnudaba,
pareciendo la cara como amarilla, y temblaba, induciendo por señas al
Almirante que se saliese fuera del rio que lo querian matar; llegóse á
un cristiano, que tenia una ballesta armada y mostróla á los indios,
y pareció al Almirante, que decia, que los mataria á todos, porque
aquella ballesta heria de léjos y mataba. Tambien tomó una espada,
sacándola de la vaina, mostrándosela y haciendo lo mismo, lo cual, diz
que, oido por ellos, dieron todos á huir, quedando todavia temblando
el dicho indio de cobardía; y era, diz que, hombre recio y de buena
estatura. No quiso el Almirante salir del rio, ántes hizo remar,
acercándose á la tierra donde los indios estaban, que eran muy muchos,
todos tintos de colorado, y desnudos como su madre los parió, y algunos
dellos con penachos en la cabeza y otras plumas, todos con sus manojos
de azagayas; llegóse hacia ellos y dióles algunos bocados de pan, y
demandóles las azagayas dándoles por ellas, á unos un cascabelito,
á otros unas sortijuelas de laton, á otros unas contezuelas, por
manera que todos se apaciguaron y vinieron á las barcas, dando todo
cuanto tenian, por qué quiera que se les daba. Mataron los marineros
una tortuga, la cáscara de la cual estaba en la barca, dábanles los
grumetes della como una uña y los indios les ofrecian un manojo de
azagayas. Dice aquí el Almirante, que esta gente toda era como los
otros que habian hallado y de la misma creencia, y estimaban que los
cristianos descendian del cielo, y que cuanto tenian daban por poca
recompensa que les diesen, sin decir que era poco; y creia el Almirante
que así hicieran de la especería y del oro si lo tuvieran. Dice más,
que vido una casa hermosa, muy grande y de dos puertas, porque así son
todas, en la cual entró el Almirante, y vido una obra maravillosa,
como unas cámaras, hechas por una cierta manera, que no lo sabria, diz
que, referir. Estaban colgados al cielo della caracoles y otras cosas,
él pensó que era templo, llamólos y díjoles por señas, si hacian en
ella oracion, respondiéronle que no. Subió uno dellos arriba y daba
liberalmente al Almirante cuanto habia en ella, de lo cual recibió algo
de lo que mejor le pareció.