CAPÍTULO XLVIII.

En el cual se contiene como el Almirante salió del puerto de Sancta

Catalina y fué descubriendo por la costa arriba.--Vido muchos y

maravillosos rios y puertos, unos mejores que otros, y tierras

fertilísimas y temperatísimas.--Da testimonio de la bondad y docilidad

de los indios.--Confiesa quel fin de su descubrimiento es la gloria y

ampliacion de la religion cristiana.--Hallaron poblaciones y un pan de

cera.--Dícese que aquella cera vino de Yucatan.--Cuenta el auctor que

halló él otro pan de cera en aquella isla el año de 1514.--Hallaron

tambien unas cabezas de hombres, antiguas, guardadas en un cestillo, y

lo que dice el Almirante cerca desto.

Lúnes, 26 de Noviembre, mandó alzar las anclas y dar las velas, y

salió de aquel puerto de Sancta Catalina, y navegó de luengo de costa

y cerca de tierra, por ver mejor lo que habia, la via del Sueste, y

vido algunos cabos de tierra, y á uno puso nombre cabo del Pico, y

á otro cabo de Campana; y andaria este dia 8 leguas, dentro de las

cuales notó y marcó nueve señalados puertos, de los cuales todos los

marineros hacian maravillas, y cinco rios grandes; detras del cabo

del Pico están dos isletas, que terná cada una obra de dos leguas en

cerco, y dentro dellas tres maravillosos puertos y dos grandes rios.

Toda la tierra es montañas altísimas muy hermosas, no secas ni de

peñas, sino todas andables, verdes pinales, y valles hermosísimos de

árboles altos y frescos, que era gloria mirarlos, segun el Almirante

dice, y así yo lo creo más que él encarecerlo puede: todo esto es por

la costa del Norte de la isla de Cuba. No vido poblacion alguna, puesto

que creia que dentro de la tierra las habia, porque, donde quiera que

saltaban en tierra, hallaban fuegos y señales de haber gente; así le

pareció que habia visto hácia el Sueste la tierra que llamaban los

indios Bohío, que es esta isla Española, puesto que en el nombre,

no creo que los entendia, como fué dicho. Al poner del sol llegó

cerca del cabo de Campana; no quiso tomar tierra, diz que, porque

era tanta la deletacion que de ver aquellas tan frescas y hermosas

tierras rescibia, que lo hacia retardar en el camino y estorbábase de

lo que pretendia. Mártes, vido una grande bahía y al pié del cabo de

Campana halló un admirable puerto y un gran rio, y de allí á un cuarto

de legua otro rio, y de allí á otra media legua otro rio, y dende á

otra media legua otro rio, y dende á otra legua otro rio, y desde á

otro cuarto, otro rio, y desde á otra legua otro rio grande, desde el

cual hasta el cabo de Campana, habria 20 millas, que son 5 leguas,

y quedábanle al Sueste; los más de todos estos rios tenian grandes

entradas, y anchas y limpias, con sus puertos maravillosos para naos

grandísimas, sin bancos de arena, ni de piedra, ni restringas. Viniendo

así por la costa, á la parte del Sueste del postrero rio, halló una

grande poblacion, la mayor que hasta entónces habia hallado, y vido

venir á la ribera de la mar infinita gente, dando grandes voces, todos

desnudos, con sus azagayas en las manos. Con propósito de hablar con

ellos, mandó amainar las velas y surgir; envió las barcas á tierra,

ordenados de manera que ni hiciesen mal á los indios ni lo rescibiesen

dellos, mandándoles que les diesen de los rescates; los indios hicieron

ademanes de no los dejar saltar en tierra, pero, viendo que las barcas

se allegaban y que no les habian miedo, se apartaron de la playa.

Creyendo que saliendo dos ó tres cristianos no temieran, fueron tres

diciéndoles en su lengua, que no hobiesen miedo (porque, diz que, ya

sabian algunos vocablos della, por la conversacion de los que consigo

de las otras islas traian), pero no aprovechó nada, porque todos

dieron á huir. Fueron los tres cristianos á las casas, y no hallaron

persona ni cosa suya en ellas, volviéronse á los navíos y alzaron

luego velas, y era medio dia, martes, 27 de Noviembre. Guiaron hácia

un Cabo hermoso que les quedaba al leste, que distaria 8 leguas, y,

habiendo andado media legua de donde salieron, vido el Almirante, á

la parte del Sur, un puerto singularísimo, y de la parte del Sueste

unas tierras hermosas á maravilla, así como una vega montuosa dentro

de aquellas montañas. Parecian grandes humos y grandes poblaciones,

y las tierras muy labradas, por lo cual, determinó de se bajar á este

puerto y probar si podia haber lengua con aquella gente; deste puerto

dice maravillas, porque era tal que, si mucho habia encarecido los de

atrás, deste afirma ser muy mejor, y por la lindeza y templanza de la

tierra, y comarca della, y arboledas, pinales y palmares, y por una

grande vega, la cual, puesto que no fuese llana de llano, pero era

llana de montes llanos y bajos, y por ella salian muchas riberas de

aguas dulcísimas, que procedian de aquellas sierras, que todo, diz que,

era la más hermosa cosa del mundo. Despues de surta la nao, saltó el

Almirante en la barca para ver y sondar el puerto, el cual era como

una escudilla, y, cuando estuvo frontero de la boca, al Sur, halló una

entrada de un rio que tenia de anchura tanto que podia entrar por ella

una galera, por tal manera que no se via hasta llegar á ella, entrando

por ella, cuanto longura de la barca; tenia de fondo cinco y ocho

brazas, y era cosa maravillosa de ver las arboledas, y frescuras, y el

agua clarísima, y el chirriar de las aves, y la templanza y amenidad de

la tierra, que sentian andando por ella, que, dice aquí el Almirante,

que le parecia que nunca quisiera salir de allí. É iba diciendo á la

gente que llevaba en su compañía, que, para de todo aquello que vian

hacer relacion á los Reyes, no bastaran mil lenguas á referirlo, ni sus

manos á lo escribir, y que no le parecia sino que estaba encantado.

Deseaba que vieran las cosas que él via muchas personas prudentes, y á

quien los Reyes dieran crédito, y afirmaba tener por cierto que no las

encarecieran ménos que él. Dice más el Almirante, aquí estas palabras:

«Cuánto será el beneficio que de aquí se puede haber, yo no lo escribo;

es cierto señores Príncipes que donde hay tales tierras, que debe haber

infinitas cosas de provecho, mas yo no me detengo en ningun puerto

porque querria ver todas las más tierras que yo pudiese para hacer

relacion dellas á Vuestras Altezas. Y tambien no se la lengua, y la

gente destas tierras no me entienden, ni yo, ni otro que yo tenga, á

ellos, y estos indios que yo traigo muchas veces les entiendo una

cosa por otra al contrario, ni fio mucho dellos, porque muchas veces

han probado á fugir. Mas agora, placiendo á nuestro Señor, veré lo más

que yo pudiere, y, poco á poco, andaré entendiendo y cognosciendo, y

faré enseñar esta lengua á personas de mi casa, porque veo que es toda

la lengua una, fasta aquí. Y después se sabrán los beneficios, y se

trabajarán de hacer todos estos pueblos cristianos, porque de ligero

se hará, porque ellos no tienen secta ninguna, ni son idólatras, y

Vuestras Altezas mandarán hacer en estas partes ciudad y fortaleza,

y se convertirán estas tierras; y certifico á Vuestras Altezas, que

debajo del sol no me parece que las puede haber mejores en fertilidad,

en temperancia de frio y calor, en abundancia de aguas buenas y sanas,

y no como los rios de Guinea, que son todas pestilencia: porque, loado

nuestro Señor, hasta hoy, de toda mi gente, no á habido persona que le

haya mal la cabeza, ni estado en cama por dolencia, salvo un viejo,

de dolor de piedra de que él estaba toda su vida apasionado, y luego

sanó á cabo de dos dias. Esto que digo es en todos los tres navíos.

Así que, placerá á Dios, que Vuestras Altezas enviarán acá ó vernan

hombres doctos y verán despues la verdad de todo. Y porque atras tengo

hablado del sitio de villa y fortaleza en el rio de Mares, por el buen

puerto y por la comarca, es cierto que todo es verdad lo que yo dije,

mas no hay comparacion de allí aquí, ni de la Mar de Nuestra Señora,

porque aquí debe de haber infra la tierra, grandes poblaciones de

gente innumerable, y cosas de grande provecho, porque aquí y en todo

lo otro descubierto, y que tengo esperanza de descubrir ántes que yo

vaya á Castilla, digo que terná toda la cristiandad negociacion en

ellas, cuanto más la España á quien debe estar subyecto todo. Y digo,

que Vuestras Altezas no deben consentir que aquí trate ni haga pié

ningun extranjero, salvo católicos cristianos, pues esto fué el fin y

el comienzo del propósito, que fuese por acrecentamiento y gloria de

la religion cristiana, ni venir á estas partes ninguno que no sea buen

cristiano.» Todas estas son palabras formales, aunque algunas dellas

no de perfecto romance castellano, como no fuese su lengua materna

del Almirante; y puesto que hay aquí en ellas que notar más, dos

cosas al presente me parece que debo dellas de tocar; la primera es,

como en todas las partes y diversas, que hasta aquí habia descubierto

destas islas, hallaba y experimentaba las gentes dellas mansísimas y

dóciles, y juzgaba ser aptas para recibir nuestra sancta fe, y así

de todas lo certificaba; la segunda es, como el Almirante cognoscia

ser el fin de sus trabajos y del descubrimiento de aquellas tierras

y gentes, la conversion dellas y el aumento y gloria de la religion

cristiana. Subió, pues, por aquel rio arriba, y halló unos brazos del

rio, y rodeando el puerto llegaron á la boca del rio, donde vieron

unas arboledas muy graciosas como una deleitable huerta; allí hallaron

una canoa de un madero, tan grande como una fusta de doce bancos,

muy hermosa, varada debajo de una ramada ó tarazana hecha de madera

y cubierta de grandes hojas de palmera, tan bien guardada, que ni el

agua ni el sol no le podian hacer daño; y dice, que allí era propio

lugar para hacer una villa, ó ciudad, ó fortaleza, por el buen puerto,

buenas aguas, buenas tierras, buenas comarcas y mucha leña. Porque no

se pudo partir, miércoles, 28 de Noviembre, fué la gente á tierra y

entraron un poco por ella; hallaron grandes poblaciones y las casas

vacías, porque eran todos, de miedo de los cristianos, desque vieron

los navíos, huidos. Llegaron, jueves, algunos de los cristianos á otra

poblacion y hallaron las casas de la misma manera, vacías; toparon

en el camino con un viejo que no les pudo huir, dijéronle por señas

que no le habian ni querian hacer mal, diéronle cositas de rescates.

Quisiera el Almirante que lo trajeran, por vestirlo y tomar lengua

dél, por contentarle mucho la felicidad de aquella tierra, y la

disposicion della para poblar en ella, y juzgaba que debia de haber

por allí grandes poblaciones. Hallaron en una casa un pan de cera, el

cual trujo á los Reyes, y dijo que donde cera hay tambien debe de haber

otras muchas cosas buenas. Muchas ocasiones se le ofrecian, cierto,

al Almirante, para creer haber en estas islas cosas de mucha calidad

(como ha parecido arriba y parecerá más abajo), para no parar más de

lo que paraba en cada parte que descubria, y ansí convenia no parar,

pues aqueste su primer viaje no se ordenaba para otra cosa más que para

descubrir, puesto que en ellas no las hobiese ó no fuese la tierra del

Gran Khan que él estimaba. Esta cera nunca la hobo en la isla de Cuba,

y aqueste pan que halló era del reino y provincias de Yucatan, donde

habia inmensa cantidad de cera y muy buena, amarilla, el cual pudo

venir allí, ó porque algunos indios de aquella isla fuesen á Yucatan,

en sus canoas, porque no está la punta ó cabo suyo, de la punta ó cabo

postrero de Cuba, sino 50 leguas ó 60, y desto no tenemos indicio ni

coniectura eficaz, ántes, hay muchas para el contrario, ó que los

indios mercaderes de las mismas provincias de Yucatan, que trataban

por muchas partes de la costa de aquella tierra firme, con tormenta se

les trastornase alguna canoa, y, por tiempo, los aguajes lo trajesen á

la costa de Cuba, porque aquellas 50 leguas que hay de Cuba á Yucatan

son de mar baja y no profunda; y esta razon tiene muy gran apariencia

de verdad, y creo que ninguna duda se deba della tener. Andando yo por

la isla de Cuba con cierta gente de españoles que me acompañaban, el

año de 1514, en otro estado del que despues tuve, aunque eclesiástico,

entendiendo en asegurar toda la mayor parte de las provincias y gentes

de aquella isla, como, placiendo á Nuestro Señor, diremos cuando

llegáremos allá; en la provincia de la Habana, cuasi por aquella parte

donde está el puerto que se dice de Carenas, y agora está la villa que

nombran de la Habana, donde todas las naos de todas partes de la tierra

firme se vienen á juntar, que es en la costa del Sur, hallamos un pan

grande, que pesaria una buena arroba, de cera, enterrada toda en el

arena, y acaso, ó yo ó otro, andando por la playa con una vara ó bordon

en la mano, se dió en ella, que no parecia sino apénas la superficie,

y incándose el palo fácilmente en ella, vimos que era cera; quedamos

espantados, no pudiendo atinar cómo aquella cera podia haber venido

allí, porque Yucatan, ni Nueva España, ni otra tierra donde hobiese

cera, nunca hasta entónces era descubierta ó sabida. Juzgábamos y aún

cuasi sabíamos no haber para qué nao pudiese haber venido por aquella

mar, hasta aquellos tiempos, para que se hobiese perdido, y la mar,

despues, por allí traido la hobiese. Por manera, que nunca se pudo

haber indicio de donde aquella cera viniese á parar allí, hasta que se

descubrió Yucatan, y oida la fertilidad y abundancia de las abejas y

colmenas que allí hay, luego yo caí en juzgar que de aquella provincia

hobiese, por la manera dicha, venido, y así, por ventura, se acordarian

otros de los que se hallaron en Cuba en aquella sazon conmigo. Dice

tambien el Almirante, que ciertos marineros hallaron en una casa de

aquel pueblo, ó de otro por allí, una cabeza de hombre; debia ser una

calaverna, metida en un cestillo, cubierta con otro cestillo, y colgado

de un poste de la casa, y de la misma manera otra en otra poblacion.

Creyó el Almirante que debia ser de algunos principales de linaje,

porque, diz que, aquellas casas eran de manera que se acogian en ellas

mucha gente en una sola, y debian ser parientes descendientes de uno

sólo. Estas son sus palabras. Y porque el viernes, 30 de Noviembre,

no se pudo, por ser contrario el viento, partir, envió ocho hombres

y con ellos dos hombres indios de los que traia, para que viesen los

pueblos de la tierra adentro, por haber lengua de lo que habia, los

cuales llegaron á muchas casas, y no hallaron personas ni cosa en ellas

porque se habian huido. Vieron cuatro mancebos que estaban cavando en

sus heredades, los cuales, como sintieron los cristianos, echaron á

huir; fueron tras ellos y no los pudieron alcanzar. Anduvieron muchos

caminos, hallaron muchas poblaciones y tierra fertilísima, y toda

labrada, y grandes riberas de agua, y, cerca de una, hallaron una canoa

de un madero de noventa y cinco palmos de longura, en que podian, diz

que, navegar 150 personas; era hermosísima. No es maravilla, porque

en aquella isla hay muy gruesos y muy luengos y grandes y odoríferos

cedros colorados, y, comunmente, todas las canoas hacian de aquellos

preciosos árboles.

Historia de las Indias (vol. 1 de 5) · 第 63 / 126 题