En el cual se tracta como tornaron los dos cristianos que habian
ido la tierra adentro.--De los recibimientos y reverencia que los
indios les hicieron como á venidos del cielo.--De la mansedumbre y
bondad natural y simplicidad de los indios.--De los sahumerios que
por las narices tomaban, que llamaban tabacos.--De las palabras
del Almirante en loa de los indios, diciendo cuán fácilmente le
parece que se convertirán.--Determinó de llevar de allí para
Castilla algunos indios, y como los tomó.--Como fué y hizo en ello
muy culpable hecho.--Aféase mucho y dánse razones de su fealdad,
y de como por sola aquella obra mereció que Dios le castigase y
aparejase muchas adversidades en lo porvenir, aunque tuviese buena
intencion.--Repítense tambien muchas cosas de la bondad y docilidad
natural de los indios.
Lúnes, en la noche, tornaron los dos cristianos y los dos indios que
con ellos fueron de la tierra adentro, bien 12 leguas, donde hallaron
una poblacion de hasta cincuenta casas, en la cual, diz que, morarian
mil vecinos, porque les parecia que vivian muchos en una casa; y esto
asaz es clara señal de ser gente humilde, mansa y pacífica. Contaban
estos dos cristianos, que habian sido recibidos en aquel pueblo con
gran solemnidad y regocijo; aposentáronlos en una de las mejores casas
del pueblo, donde concurrian todos, hombres y mujeres, con grande
admiracion y alegría; tocábanles con las manos, besábanles sus manos
y piés, creyendo que venian del cielo, y ansí lo mostraban sentir;
dábanles de comer de todo lo que tenian, liberalísimamente. Así como
llegaron al pueblo, los tomaron por los brazos los más honrados del
pueblo, segun les parecia, y lleváronlos á la casa principal, diéronles
dos sillas en que se asentaron, y todos cuantos cupieron en la casa
se asentaron en cuclillas alrededor dellos; el indio que llevaban de
Guanahaní, les contó la manera de vivir de los cristianos, segun que
habian esperimentado, y cómo no hacian mal á nadie ni tomaban lo ajeno,
ántes daban de lo que traian suyo. Desde á un rato, saliéronse todos
los hombres y entraron todas las mujeres, las cuales se asentaron
alrededor dellos, como habian hecho los hombres, y todas las que
podian los tentaban y palpaban si eran de carne y de hueso como ellos,
y besábanles las manos y los piés, y no les faltaba sino adorarlos;
rogábanles con gran instancia é importunaciones, que se quedasen allí
á vivir con ellos. Mostráronles la canela y pimienta que el Almirante
les habia dado, preguntándoles si la habia por allí, respondieron
que no, mas señalaron que cerca de allí habia mucha hácia el Sueste;
desque vieron que no tenian aparato y grandeza de ciudad determinaron
volverse, y dijeron que, si dieran lugar á los hombres y mujeres, que
con ellos querian venirse, pasaran de más de 500, creyendo que se
venian al cielo; vino, empero, un principal, como señor, y un hijo suyo
y otro con ellos. Recibiólos el Almirante muy graciosamente, hízoles
mucha honra, preguntándoles por más tierras, por señas; señalóle
aquel señor, aquellas mismas, haber por allí muchas islas y tierras.
Quisiérale el Almirante traer á los Reyes, y, creyendo que se estuviera
con él, aquella noche, dice, que, no sabe qué imaginacion le vino,
súpitamente se quiso de noche salir á tierra; el cual, diz que, no se
quiso detener por que tenia la nao en monte, y cierto en detenerlo
harto mal hiciera; dijo que tornaria en la mañana, pero nunca más
tornó, y hízolo como discreto. Hallaron estos dos cristianos por el
camino mucha gente que atravesaban á sus pueblos, mujeres y hombres,
siempre los hombres con un tizon en las manos, y ciertas hierbas para
tomar sus sahumerios, que son unas hierbas secas metidas en una cierta
oja, seca tambien, á manera de mosquete hecho de papel, de los que
hacen los muchachos la pascua del Espíritu Santo, y encendido por la
una parte dél por la otra chupan, ó sorben, ó reciben con el resuello
para adentro aquel humo, con el cual se adormecen las carnes y cuasi
emborracha, y así, diz que, no sienten el cansancio. Estos mosquetes,
ó como los llamaremos, llaman ellos tabacos. Españoles cognoscí yo
en esta isla Española, que los acostumbraron á tomar, que, siendo
reprendidos por ello, diciéndoles que aquello era vicio, respondian
que no era en su mano dejarlos de tomar; no se qué sabor ó provecho
hallaban en ellos. Toda la gente que topaban estos dos cristianos,
en viéndolos se ponian en grande admiracion, y los hacian el mismo
acatamiento; hallaban muchos pueblos chiquitos de cuatro y cinco casas.
Vieron mucha diversidad de árboles, hierbas y flores odoríferas, aves
muchas, de diversas especies, desemejables de las de España, pero
hallaron perdices naturales de las de España, salvo que son mucho más
chicas, y cuasi no tienen otra cosa de comer sino las pechugas. Vieron
tambien ansares muchas, y naturales ruiseñores que muy dulcemente
cantaban; y es bien de considerar, que haya tierra en que por el mes
de Noviembre los ruiseñores canten. Es aquí de saber, que en todas
estas islas no hay perdices ni grullas, sino en sólo aquella isla
de Cuba; las ansares comunes son á todas estas tierras. Bestias de
cuatro piés, diz que, no vieron, sino de los perros que no ladraban,
puesto que hay unos animalicos poco ménos grandes que unos perrillos
blanquetes que tienen cuatro piés, tan buenos y mejores de comer que
conejos y liebres, los cuales los indios llamaban guaminiquinajes. De
la fertilidad de la tierra contaban maravillas, y que toda la hallaban
llena de labranzas de aquellos ajes, y tambien debia de ser de la yuca,
de que hacian el pan que llamaban cazabí, salvo que no la cognoscian.
De los frísoles ó atramuces que digimos ó habas, y del grano que llaman
los indios maíz, que ellos llamaban panizo, hallaban mucha cantidad.
Algodon infinito, sembrado, cogido y hilado, y tambien tejido ó obrado;
dijeron que habian visto en una sola casa más de quinientas arrobas,
y que se podria haber cada año cuatro mil quintales. Añido yo, que
pudieran cogerse veinte mil quintales si los cristianos quisieran
tener grangerías por él, pero como siempre pretendieron ricos metales,
muchos, ni alcanzaron lo uno ni lo otro. Por un cabo de agujeta,
daban de algodon los indios una gran canasta. Dice aquí el Almirante
aquestas palabras: «Son gentes muy sin mal, ni de guerra; desnudos
todos, hombres y mujeres, como su madre los parió, verdad es que las
mujeres traen una cosa de algodon, solamente tan grande, que les cubre
su natura y no más, y son ellas de muy buen acatamiento, ni muy negras
salvo ménos que Canarias. Tengo por dicho, serenísimos Príncipes, que
sabiendo la lengua dispuesta suya personas devotas, religiosas, que
luego todos se tornarian cristianos, y así espero en nuestro Señor,
que Vuestras Altezas se determinarán á ello con mucha diligencia, para
tornar á la Iglesia tan grandes pueblos, y los convertirán, así como
han destruido aquellos que no quisieron confesar el Padre y el Hijo y
el Espíritu Sancto; y despues de sus dias (que todos somos mortales),
dejarán sus reinos en muy tranquilo estado, y limpios de la herejía
y maldad, y serán tambien recibidos delante el eterno Criador, al
cual plega de les dar larga vida, y acrecentamiento grande de mayores
reinos y señoríos, y voluntad y dispusicion para acrecentar la sancta
religion cristiana, ansí como hasta aquí tienen fecho. Amen.» Estas
son palabras formales del almirante D. Cristóbal Colon. Sacaron la nao
de monte, y quisiérase partir el jueves, é ir al Sueste á buscar el
oro y especerías que creia hallar por allí, é descubrir más tierras,
pero por que le hizo los vientos contrarios, no pudo partirse de allí
hasta lúnes, 12 dias de Noviembre. Estando aquí en este rio y puerto
de Mares, pareció al Almirante que debia llevar á Castilla, desta isla
de Cuba, ó tierra firme, segun él ya estimaba, algunos indios para que
aprendiesen la lengua de Castilla y saber dellos los secretos de la
tierra, y para instruirlos en las cosas de la fe, y por tanto, viniendo
una canoa ó almadía, como él la nombra, con su confianza y seguridad
que ya concebida de la justicia y fidelidad ó bondad de los cristianos
todos los indios tenian, y llegándose al borde de la nao para rescatar
de su algodon ó cosillas, ó á ver la nao y los cristianos, ó á
traerles, quizás, de sus cosas, como lo hacian, de seis mancebos que
en ella venian, los cinco que se entraron en la nao (porque el otro
entró en la canoa), los hizo detener contra su voluntad, para llevar
consigo en Castilla. Cosa cierto, que ántes debiera padecer cualquiera
trabajo y peligro que hacerla, porque, en la verdad, no fué otra
cosa que violar tácita ó interpretativamente las reglas del derecho
natural y derecho de las gentes, que dictan y tienen, que al que simple
y confiadamente viene á contratar con otros, mayormente habiéndose
ya confiado los unos de los otros y tratado amigablemente, lo dejen
tornarse á su casa, sin daño de su persona ni de sus bienes, libre y
desembargadamente. Agravia este hecho, haberlos recibido en su tierra
y en sus casas con tantas cerimonias y regocijos, adorándolos como á
cosas divinas venidas del cielo, segun ha parecido. ¿Qué sintiera el
Almirante si los dos cristianos que envió la tierra adentro, por fuerza
los detuvieran, ó en qué crímen creyera que habian incurrido? Cierto,
bien juzgara que, por recobrar sus dos cristianos, les pudiera hacer
justa guerra; pues como las leyes y reglas naturales y del derecho de
las gentes, sean comunes á todas las naciones, cristianos y gentiles, y
de cualquiera secta, ley, estado, color y condicion que sean, sin una
ni ninguna diferencia, la misma justicia tenian y tuvieron los vecinos
de aquella isla contra el Almirante y sus cristianos, por recuperacion
de sus convecinos y compatriotas, moverles justa guerra; y añide mucho
á la fealdad deste hecho, darse causa de perder los cristianos tanta
auctoridad, como de su bondad y rectitud, y mansedumbre los indios
habian concebido, y tanto crédito; y no lo excusa el buen fin que tuvo
el Almirante, cuanto bueno y provechoso para despues quiera que fuese,
porque nunca hemos de hacer cosa mala, por chica y mínima que sea, para
que por ella ó della haya de salir, ó hayamos de sacar, inextimables
bienes. Así lo afirma San Pablo, _Ad Rom. 2. Non sunt facienda mala
ut bona eveniant_. Y porque nunca suelen los hombres caer en un sólo
yerro, ni un pecado se suele sólo cometer, ántes suele ser mayor el
que despues sobreviene, así acaeció al Almirante, que, queriendo
perfeccionar su propósito, envió una barca con ciertos marineros á una
casa que estaba de la parte del rio, al Poniente, y tomaron y trujeron
siete mujeres, entre chicas y grandes, con tres niños. Esto dice él
que lo hizo, porque mejor se comportan los hombres en España habiendo
mujeres de su tierra, que sin ellas; porque ya otras veces muchas se
acaeció traer hombres de Guinea en Portugal, y despues que volvian y
pensaban de se aprovechar dellos en su tierra, por la buena compañía
que les habian hecho, y dádivas que les habian dado, en llegando en
tierra jamás parecian. Ansí que teniendo sus mujeres, ternán gana
de negociar lo que se les encargare, y tambien estas mujeres mucho
enseñarán á las nuestras su lengua, la cual es toda una en todas
estas islas de Indias, y todos se entienden, y todas las andan con
sus almadías, lo que no hacen en Guinea, donde hay mil maneras de
lenguas, que la una no entiende á la otra. Todas estas son palabras
formales del Almirante. Gentil excusa ha dado para colorar ó justificar
obra tan nefaria. Pudiérasele preguntar, ¿que si fué pecado y qué tan
grave, quitar ó hurtar ó robar con violencia las mujeres que tenian sus
propios maridos, pues el matrimonio es de derecho natural, y es rato,
y cuanto al oficio de la naturaleza es comun así á los infieles como á
los fieles? Item, ¿quién habia de dar á Dios cuenta de los pecados de
adulterio que cometieron los indios que llevó consigo, á quien dió por
mujeres aquellas mujeres, y si quizá se añidió alguno de incesto, que
es mayor que el adulterio si por caso eran muy propincuos parientes?
¿Y los que cometerian tambien de adulterio los maridos de aquellas,
casándose no pudiendo, prohibiéndolo la ley natural, con otras mujeres?
Ciertamente, inconsideradamente se hobo aquí el Almirante, aunque en
otras cosas era prudente. Muchos son prudentes, y fueron en el mundo en
lo que toca á las cosas humanas y temporales, pero faltan muchas veces
y en muchos actos, cuanto á la rectitud de la razonable y cristiana
prudencia. Por sola esta injusticia, y no razonable ántes muy culpable
obra, sin que otra ninguna el Almirante hiciera, podia bien cognoscer
ser merecedor, ante Dios, de las tribulaciones y angustias en que
despues toda su vida padeció, y que muchas más le diera; porque muy
diferentes son los juicios de los hombres y la estimacion y tasacion
que hacemos de los grados y quilates de los pecados, al que juzga y
tasa Dios, que lo lleva y determina por muy delgado. Un pecado nos
parece acá que no es nada, ó que no perjudica tanto, por nuestra
ceguedad ó costumbre, ó facilidad de pecarlo, ó tambien por el bien
que procede algunas veces dél, pero, delante de Dios, es juzgado por
muy grave y muy pesado, cuya consideracion, si la alcanzásemos, nos
haria temblar las carnes. Y no se debe lisonjear ni engañar nadie
confiando, que, por los bienes que salen algunas veces de los pecados,
sean excusados, por que aquellos bienes no salen de la maldad humana,
que de sí no es apta para que della salga bien alguno, sino sóla y
precisamente del abismo y profundidad de la bondad y providencia
divina, la cual no permitiria que algun mal ni pecado se perpetrase,
si, ántes quel pecador lo cometa ni piense, no tuviese ordenado el
bien, ó de su justicia ó de su misericordia, que ha de sacar dél; y
así no quedará sin su debida pena el que lo comete, puesto, que sean
muchos y grandes los bienes que dél procedan ó puedan proceder. Despues
la noche que se partió deste puerto de Mares, vino una canoa al bordo
de la nao del Almirante con un hombre de hasta cuarenta y cinco años
en ella, marido de una de las mujeres que allí habian tomado, y padre
de los tres niños, un muchacho y dos hembras, y rogó que, pues le
llevaban á su mujer y sus hijos, le llevasen á él tambien con ellos.
El Almirante, dice, que le plugó de ello, y yo así lo creo, y tambien
tengo por cierto que quisiera más el indio que le dieran su mujer
y hijos y quedarse con ellos en su tierra, que no desterrarse y ir
á morir á la ajena. Torna el Almirante aquí á repetir de la bondad
natural de los indios de aquella isla, diciendo así: «Yo ví ó conozco
que esta gente no tiene secta ninguna, ni son idólatras, salvo muy
mansos, y sin saber qué sea mal, ni matar á otros, ni prender, y sin
armas, y tan temerosos, que á una persona de los nuestros fuyen ciento
dellos, aunque burlen con ellos, y crédulos y cognoscedores que hay
Dios en el cielo, é firmes que nosotros habemos venido del cielo, y muy
prestos á qualquiera oracion que nos les digamos que digan, y hacer el
señal de la cruz. Así que deben Vuestras Altezas determinarse á los
hacer cristianos, que creo que, si comienzan, en poco tiempo acabarán
de los haber convertido á nuestra sancta fe multidumbre de pueblos, y
cobrado grandes señoríos y riquezas, y todos sus pueblos de España,
porque sin duda es en estas tierras grandísima suma de oro, que no sin
causa dicen estos indios que yo traigo, que há en estas Indias lugares
adonde caban el oro, y lo traen al pescuezo, á las orejas, y á los
brazos é á las piernas, y son manillas muy gruesas, y tambien piedras,
y há perlas preciosas, y infinita especería; etc.» Estas todas son
palabras formales del Almirante. Dijo tambien que habia en aquel puerto
de Mares grandísima cantidad de almástiga, y mayor, diz que, la habria,
si mayor se quisiese hacer, porque los mismos árboles, plantándolos,
prenden de ligero, y hay muchos y muy grandes y tienen la oja como
lantisco y el fruto, salvo que es mayor el árbol, como dice Plinio,
y él habia visto en la isla de Xió, en el archipiélago, en el tiempo
que allí estuvo, donde sacaban de provecho della 50.000 ducados, si
bien se acordaba. Esto que dice que los mismos árboles plantándolos
prenden de ligero, dice cierto verdad, porque todos, cualesquiera
árboles y ramas prenden hincándolos en la tierra, y mucho más el de la
almástiga; pero no se yo como lo pudo él experimentar en cuatro ó cinco
dias, ó diez, que anduvo por allí, é no todos estuvo en un lugar. Dice
asimismo, poderse haber grande suma de algodon en aquella isla ó tierra
de Cuba, y que cree que se vendería muy bien por acá, y en las grandes
ciudades del Gran Khan que se descubririan sin duda, y otras muchas de
otros señores que habrian en dicha servir á los reyes de Castilla, sin
llevarlo á España.