CAPÍTULO XLVI.

En el cual se tracta como tornaron los dos cristianos que habian

ido la tierra adentro.--De los recibimientos y reverencia que los

indios les hicieron como á venidos del cielo.--De la mansedumbre y

bondad natural y simplicidad de los indios.--De los sahumerios que

por las narices tomaban, que llamaban tabacos.--De las palabras

del Almirante en loa de los indios, diciendo cuán fácilmente le

parece que se convertirán.--Determinó de llevar de allí para

Castilla algunos indios, y como los tomó.--Como fué y hizo en ello

muy culpable hecho.--Aféase mucho y dánse razones de su fealdad,

y de como por sola aquella obra mereció que Dios le castigase y

aparejase muchas adversidades en lo porvenir, aunque tuviese buena

intencion.--Repítense tambien muchas cosas de la bondad y docilidad

natural de los indios.

Lúnes, en la noche, tornaron los dos cristianos y los dos indios que

con ellos fueron de la tierra adentro, bien 12 leguas, donde hallaron

una poblacion de hasta cincuenta casas, en la cual, diz que, morarian

mil vecinos, porque les parecia que vivian muchos en una casa; y esto

asaz es clara señal de ser gente humilde, mansa y pacífica. Contaban

estos dos cristianos, que habian sido recibidos en aquel pueblo con

gran solemnidad y regocijo; aposentáronlos en una de las mejores casas

del pueblo, donde concurrian todos, hombres y mujeres, con grande

admiracion y alegría; tocábanles con las manos, besábanles sus manos

y piés, creyendo que venian del cielo, y ansí lo mostraban sentir;

dábanles de comer de todo lo que tenian, liberalísimamente. Así como

llegaron al pueblo, los tomaron por los brazos los más honrados del

pueblo, segun les parecia, y lleváronlos á la casa principal, diéronles

dos sillas en que se asentaron, y todos cuantos cupieron en la casa

se asentaron en cuclillas alrededor dellos; el indio que llevaban de

Guanahaní, les contó la manera de vivir de los cristianos, segun que

habian esperimentado, y cómo no hacian mal á nadie ni tomaban lo ajeno,

ántes daban de lo que traian suyo. Desde á un rato, saliéronse todos

los hombres y entraron todas las mujeres, las cuales se asentaron

alrededor dellos, como habian hecho los hombres, y todas las que

podian los tentaban y palpaban si eran de carne y de hueso como ellos,

y besábanles las manos y los piés, y no les faltaba sino adorarlos;

rogábanles con gran instancia é importunaciones, que se quedasen allí

á vivir con ellos. Mostráronles la canela y pimienta que el Almirante

les habia dado, preguntándoles si la habia por allí, respondieron

que no, mas señalaron que cerca de allí habia mucha hácia el Sueste;

desque vieron que no tenian aparato y grandeza de ciudad determinaron

volverse, y dijeron que, si dieran lugar á los hombres y mujeres, que

con ellos querian venirse, pasaran de más de 500, creyendo que se

venian al cielo; vino, empero, un principal, como señor, y un hijo suyo

y otro con ellos. Recibiólos el Almirante muy graciosamente, hízoles

mucha honra, preguntándoles por más tierras, por señas; señalóle

aquel señor, aquellas mismas, haber por allí muchas islas y tierras.

Quisiérale el Almirante traer á los Reyes, y, creyendo que se estuviera

con él, aquella noche, dice, que, no sabe qué imaginacion le vino,

súpitamente se quiso de noche salir á tierra; el cual, diz que, no se

quiso detener por que tenia la nao en monte, y cierto en detenerlo

harto mal hiciera; dijo que tornaria en la mañana, pero nunca más

tornó, y hízolo como discreto. Hallaron estos dos cristianos por el

camino mucha gente que atravesaban á sus pueblos, mujeres y hombres,

siempre los hombres con un tizon en las manos, y ciertas hierbas para

tomar sus sahumerios, que son unas hierbas secas metidas en una cierta

oja, seca tambien, á manera de mosquete hecho de papel, de los que

hacen los muchachos la pascua del Espíritu Santo, y encendido por la

una parte dél por la otra chupan, ó sorben, ó reciben con el resuello

para adentro aquel humo, con el cual se adormecen las carnes y cuasi

emborracha, y así, diz que, no sienten el cansancio. Estos mosquetes,

ó como los llamaremos, llaman ellos tabacos. Españoles cognoscí yo

en esta isla Española, que los acostumbraron á tomar, que, siendo

reprendidos por ello, diciéndoles que aquello era vicio, respondian

que no era en su mano dejarlos de tomar; no se qué sabor ó provecho

hallaban en ellos. Toda la gente que topaban estos dos cristianos,

en viéndolos se ponian en grande admiracion, y los hacian el mismo

acatamiento; hallaban muchos pueblos chiquitos de cuatro y cinco casas.

Vieron mucha diversidad de árboles, hierbas y flores odoríferas, aves

muchas, de diversas especies, desemejables de las de España, pero

hallaron perdices naturales de las de España, salvo que son mucho más

chicas, y cuasi no tienen otra cosa de comer sino las pechugas. Vieron

tambien ansares muchas, y naturales ruiseñores que muy dulcemente

cantaban; y es bien de considerar, que haya tierra en que por el mes

de Noviembre los ruiseñores canten. Es aquí de saber, que en todas

estas islas no hay perdices ni grullas, sino en sólo aquella isla

de Cuba; las ansares comunes son á todas estas tierras. Bestias de

cuatro piés, diz que, no vieron, sino de los perros que no ladraban,

puesto que hay unos animalicos poco ménos grandes que unos perrillos

blanquetes que tienen cuatro piés, tan buenos y mejores de comer que

conejos y liebres, los cuales los indios llamaban guaminiquinajes. De

la fertilidad de la tierra contaban maravillas, y que toda la hallaban

llena de labranzas de aquellos ajes, y tambien debia de ser de la yuca,

de que hacian el pan que llamaban cazabí, salvo que no la cognoscian.

De los frísoles ó atramuces que digimos ó habas, y del grano que llaman

los indios maíz, que ellos llamaban panizo, hallaban mucha cantidad.

Algodon infinito, sembrado, cogido y hilado, y tambien tejido ó obrado;

dijeron que habian visto en una sola casa más de quinientas arrobas,

y que se podria haber cada año cuatro mil quintales. Añido yo, que

pudieran cogerse veinte mil quintales si los cristianos quisieran

tener grangerías por él, pero como siempre pretendieron ricos metales,

muchos, ni alcanzaron lo uno ni lo otro. Por un cabo de agujeta,

daban de algodon los indios una gran canasta. Dice aquí el Almirante

aquestas palabras: «Son gentes muy sin mal, ni de guerra; desnudos

todos, hombres y mujeres, como su madre los parió, verdad es que las

mujeres traen una cosa de algodon, solamente tan grande, que les cubre

su natura y no más, y son ellas de muy buen acatamiento, ni muy negras

salvo ménos que Canarias. Tengo por dicho, serenísimos Príncipes, que

sabiendo la lengua dispuesta suya personas devotas, religiosas, que

luego todos se tornarian cristianos, y así espero en nuestro Señor,

que Vuestras Altezas se determinarán á ello con mucha diligencia, para

tornar á la Iglesia tan grandes pueblos, y los convertirán, así como

han destruido aquellos que no quisieron confesar el Padre y el Hijo y

el Espíritu Sancto; y despues de sus dias (que todos somos mortales),

dejarán sus reinos en muy tranquilo estado, y limpios de la herejía

y maldad, y serán tambien recibidos delante el eterno Criador, al

cual plega de les dar larga vida, y acrecentamiento grande de mayores

reinos y señoríos, y voluntad y dispusicion para acrecentar la sancta

religion cristiana, ansí como hasta aquí tienen fecho. Amen.» Estas

son palabras formales del almirante D. Cristóbal Colon. Sacaron la nao

de monte, y quisiérase partir el jueves, é ir al Sueste á buscar el

oro y especerías que creia hallar por allí, é descubrir más tierras,

pero por que le hizo los vientos contrarios, no pudo partirse de allí

hasta lúnes, 12 dias de Noviembre. Estando aquí en este rio y puerto

de Mares, pareció al Almirante que debia llevar á Castilla, desta isla

de Cuba, ó tierra firme, segun él ya estimaba, algunos indios para que

aprendiesen la lengua de Castilla y saber dellos los secretos de la

tierra, y para instruirlos en las cosas de la fe, y por tanto, viniendo

una canoa ó almadía, como él la nombra, con su confianza y seguridad

que ya concebida de la justicia y fidelidad ó bondad de los cristianos

todos los indios tenian, y llegándose al borde de la nao para rescatar

de su algodon ó cosillas, ó á ver la nao y los cristianos, ó á

traerles, quizás, de sus cosas, como lo hacian, de seis mancebos que

en ella venian, los cinco que se entraron en la nao (porque el otro

entró en la canoa), los hizo detener contra su voluntad, para llevar

consigo en Castilla. Cosa cierto, que ántes debiera padecer cualquiera

trabajo y peligro que hacerla, porque, en la verdad, no fué otra

cosa que violar tácita ó interpretativamente las reglas del derecho

natural y derecho de las gentes, que dictan y tienen, que al que simple

y confiadamente viene á contratar con otros, mayormente habiéndose

ya confiado los unos de los otros y tratado amigablemente, lo dejen

tornarse á su casa, sin daño de su persona ni de sus bienes, libre y

desembargadamente. Agravia este hecho, haberlos recibido en su tierra

y en sus casas con tantas cerimonias y regocijos, adorándolos como á

cosas divinas venidas del cielo, segun ha parecido. ¿Qué sintiera el

Almirante si los dos cristianos que envió la tierra adentro, por fuerza

los detuvieran, ó en qué crímen creyera que habian incurrido? Cierto,

bien juzgara que, por recobrar sus dos cristianos, les pudiera hacer

justa guerra; pues como las leyes y reglas naturales y del derecho de

las gentes, sean comunes á todas las naciones, cristianos y gentiles, y

de cualquiera secta, ley, estado, color y condicion que sean, sin una

ni ninguna diferencia, la misma justicia tenian y tuvieron los vecinos

de aquella isla contra el Almirante y sus cristianos, por recuperacion

de sus convecinos y compatriotas, moverles justa guerra; y añide mucho

á la fealdad deste hecho, darse causa de perder los cristianos tanta

auctoridad, como de su bondad y rectitud, y mansedumbre los indios

habian concebido, y tanto crédito; y no lo excusa el buen fin que tuvo

el Almirante, cuanto bueno y provechoso para despues quiera que fuese,

porque nunca hemos de hacer cosa mala, por chica y mínima que sea, para

que por ella ó della haya de salir, ó hayamos de sacar, inextimables

bienes. Así lo afirma San Pablo, _Ad Rom. 2. Non sunt facienda mala

ut bona eveniant_. Y porque nunca suelen los hombres caer en un sólo

yerro, ni un pecado se suele sólo cometer, ántes suele ser mayor el

que despues sobreviene, así acaeció al Almirante, que, queriendo

perfeccionar su propósito, envió una barca con ciertos marineros á una

casa que estaba de la parte del rio, al Poniente, y tomaron y trujeron

siete mujeres, entre chicas y grandes, con tres niños. Esto dice él

que lo hizo, porque mejor se comportan los hombres en España habiendo

mujeres de su tierra, que sin ellas; porque ya otras veces muchas se

acaeció traer hombres de Guinea en Portugal, y despues que volvian y

pensaban de se aprovechar dellos en su tierra, por la buena compañía

que les habian hecho, y dádivas que les habian dado, en llegando en

tierra jamás parecian. Ansí que teniendo sus mujeres, ternán gana

de negociar lo que se les encargare, y tambien estas mujeres mucho

enseñarán á las nuestras su lengua, la cual es toda una en todas

estas islas de Indias, y todos se entienden, y todas las andan con

sus almadías, lo que no hacen en Guinea, donde hay mil maneras de

lenguas, que la una no entiende á la otra. Todas estas son palabras

formales del Almirante. Gentil excusa ha dado para colorar ó justificar

obra tan nefaria. Pudiérasele preguntar, ¿que si fué pecado y qué tan

grave, quitar ó hurtar ó robar con violencia las mujeres que tenian sus

propios maridos, pues el matrimonio es de derecho natural, y es rato,

y cuanto al oficio de la naturaleza es comun así á los infieles como á

los fieles? Item, ¿quién habia de dar á Dios cuenta de los pecados de

adulterio que cometieron los indios que llevó consigo, á quien dió por

mujeres aquellas mujeres, y si quizá se añidió alguno de incesto, que

es mayor que el adulterio si por caso eran muy propincuos parientes?

¿Y los que cometerian tambien de adulterio los maridos de aquellas,

casándose no pudiendo, prohibiéndolo la ley natural, con otras mujeres?

Ciertamente, inconsideradamente se hobo aquí el Almirante, aunque en

otras cosas era prudente. Muchos son prudentes, y fueron en el mundo en

lo que toca á las cosas humanas y temporales, pero faltan muchas veces

y en muchos actos, cuanto á la rectitud de la razonable y cristiana

prudencia. Por sola esta injusticia, y no razonable ántes muy culpable

obra, sin que otra ninguna el Almirante hiciera, podia bien cognoscer

ser merecedor, ante Dios, de las tribulaciones y angustias en que

despues toda su vida padeció, y que muchas más le diera; porque muy

diferentes son los juicios de los hombres y la estimacion y tasacion

que hacemos de los grados y quilates de los pecados, al que juzga y

tasa Dios, que lo lleva y determina por muy delgado. Un pecado nos

parece acá que no es nada, ó que no perjudica tanto, por nuestra

ceguedad ó costumbre, ó facilidad de pecarlo, ó tambien por el bien

que procede algunas veces dél, pero, delante de Dios, es juzgado por

muy grave y muy pesado, cuya consideracion, si la alcanzásemos, nos

haria temblar las carnes. Y no se debe lisonjear ni engañar nadie

confiando, que, por los bienes que salen algunas veces de los pecados,

sean excusados, por que aquellos bienes no salen de la maldad humana,

que de sí no es apta para que della salga bien alguno, sino sóla y

precisamente del abismo y profundidad de la bondad y providencia

divina, la cual no permitiria que algun mal ni pecado se perpetrase,

si, ántes quel pecador lo cometa ni piense, no tuviese ordenado el

bien, ó de su justicia ó de su misericordia, que ha de sacar dél; y

así no quedará sin su debida pena el que lo comete, puesto, que sean

muchos y grandes los bienes que dél procedan ó puedan proceder. Despues

la noche que se partió deste puerto de Mares, vino una canoa al bordo

de la nao del Almirante con un hombre de hasta cuarenta y cinco años

en ella, marido de una de las mujeres que allí habian tomado, y padre

de los tres niños, un muchacho y dos hembras, y rogó que, pues le

llevaban á su mujer y sus hijos, le llevasen á él tambien con ellos.

El Almirante, dice, que le plugó de ello, y yo así lo creo, y tambien

tengo por cierto que quisiera más el indio que le dieran su mujer

y hijos y quedarse con ellos en su tierra, que no desterrarse y ir

á morir á la ajena. Torna el Almirante aquí á repetir de la bondad

natural de los indios de aquella isla, diciendo así: «Yo ví ó conozco

que esta gente no tiene secta ninguna, ni son idólatras, salvo muy

mansos, y sin saber qué sea mal, ni matar á otros, ni prender, y sin

armas, y tan temerosos, que á una persona de los nuestros fuyen ciento

dellos, aunque burlen con ellos, y crédulos y cognoscedores que hay

Dios en el cielo, é firmes que nosotros habemos venido del cielo, y muy

prestos á qualquiera oracion que nos les digamos que digan, y hacer el

señal de la cruz. Así que deben Vuestras Altezas determinarse á los

hacer cristianos, que creo que, si comienzan, en poco tiempo acabarán

de los haber convertido á nuestra sancta fe multidumbre de pueblos, y

cobrado grandes señoríos y riquezas, y todos sus pueblos de España,

porque sin duda es en estas tierras grandísima suma de oro, que no sin

causa dicen estos indios que yo traigo, que há en estas Indias lugares

adonde caban el oro, y lo traen al pescuezo, á las orejas, y á los

brazos é á las piernas, y son manillas muy gruesas, y tambien piedras,

y há perlas preciosas, y infinita especería; etc.» Estas todas son

palabras formales del Almirante. Dijo tambien que habia en aquel puerto

de Mares grandísima cantidad de almástiga, y mayor, diz que, la habria,

si mayor se quisiese hacer, porque los mismos árboles, plantándolos,

prenden de ligero, y hay muchos y muy grandes y tienen la oja como

lantisco y el fruto, salvo que es mayor el árbol, como dice Plinio,

y él habia visto en la isla de Xió, en el archipiélago, en el tiempo

que allí estuvo, donde sacaban de provecho della 50.000 ducados, si

bien se acordaba. Esto que dice que los mismos árboles plantándolos

prenden de ligero, dice cierto verdad, porque todos, cualesquiera

árboles y ramas prenden hincándolos en la tierra, y mucho más el de la

almástiga; pero no se yo como lo pudo él experimentar en cuatro ó cinco

dias, ó diez, que anduvo por allí, é no todos estuvo en un lugar. Dice

asimismo, poderse haber grande suma de algodon en aquella isla ó tierra

de Cuba, y que cree que se vendería muy bien por acá, y en las grandes

ciudades del Gran Khan que se descubririan sin duda, y otras muchas de

otros señores que habrian en dicha servir á los reyes de Castilla, sin

llevarlo á España.

Historia de las Indias (vol. 1 de 5) · 第 61 / 126 题