En el cual se tracta de una isla que parecia grande, á la cual
puso nombre la Fernandina, y viniendo á ella toparon un indio en
una canoa, tomáronlo en la nao, y, contento, enviáronlo delante y
dió las nuevas en la Fernandina, y como surgieron los navíos ya de
noche.--Nunca cesaron en toda la noche de venir canoas y gentes á ver
los cristianos y traerles de lo que tenian.--Saltaron en tierra los
marineros con barriles por agua.--Con gran alegría se la mostraban
los indios y los ayudaban.--La gente era como la pasada, pero, diz
que, más doméstica, y más aguda, y más dispuesta.--No les cognoscieron
secta alguna.--Tenian paños de algodon; las mujeres casadas cubrian
sus vergüenzas, las doncellas no.--La manera de las camas.--De un
árbol que contiene diversidad de árboles en sí.--Dáse la razon dél,
maravillosa.--De las culebras y perros de aquella isla.--Vieron mas
gente.--La manera de sus casas, etc.
Viniendo á la isla de Sancta María, vido el Almirante otra isla muy
grande, obra de 8 leguas ó 9 hácia el gueste, en la cual le dijeron los
indios, que traia de Sant Salvador, que habia mucho oro, y que traian
en ella las manillas y axorcas que le habian dicho de la de Sancta
María, y creyó que allí hallaria la mina donde se criaba y cogia el
oro; por lo cual, partió para ella, mártes, cerca del medio dia, y
llegó á ella otro dia por la mañana, miércoles 17 de Octubre; porque
tuvo calma no pudo llegar con dia. En este camino, entre la isla de
Sancta María y ésta, á quien puso nombre la isla Fernandina, toparon
un sólo indio en una canoa chiquita, que llevaba del pan de aquellas
tierras, que es cazabí, como el desta isla Española de que despues se
hará mencion, y una calabaza de agua y otras cosas de las suyas, y, en
una cestilla, traia unas contezuelas verdes, y dos blancas, moneda de
Castilla, de lo cual cognoscieron que aquel venia de Sant Salvador y
habia pasado por la de Sancta María y iba á la Fernandina á dar nuevas
de los cristianos; el cual, como habia andado mucho remando sólo en
su canoita, y debia de venir fatigado, vínose á la nao del Almirante,
y luégo mandó que lo metiesen á él y á su barquillo dentro, donde le
mandó dar de comer pan y miel y de beber vino, y se le hizo todo el
regalo que se pudo hacerle, con darle de las cuentas y otras cosas de
rescates, y llevólo en la nao hasta cerca de la tierra; y, dice el
Almirante aquí, por que dé buenas nuevas de nosotros, y cuando Vuestras
Altezas, placiendo á nuestro Señor, envien acá, aquellos que vinieren
reciban honra y nos den de todo lo que hobiere. Cerca de la isla,
dejólo ir; el cual habia predicado tantos bienes de los cristianos, que
llegado el Almirante y los otros navíos, y surgido ya de noche á vista
de una poblacion, en toda la noche nunca cesaron de venir canoas llenas
de gente á los navíos, trayendo comida y agua, y todo lo que tenian.
El Almirante mandaba dar á cada uno de comer y algunas cuentecillas de
vidro en un hilo ensartadas, sonajas de laton, que valen en Castilla un
maravedí, y agujetas, todo lo cual tenian por cosa celestial. A hora de
tercia envió el batel de la nao á tierra á traer agua, y los indios,
con gran voluntad, les mostraron donde la habia, y ellos mismos con
mucha alegría traian los barriles á cuestas hasta los bateles, y no
sabian en qué hacerles placer. Esta isla pareció al Almirante que era
grandísima, porque vido della 20 leguas, y que la entendia de rodear y
trabajar de hallar á Samoeto, que, diz que, era la isla ó ciudad donde
habia el oro, porque ansí lo decian los indios que traian consigo, de
la de Sant Salvador y de la isla de Sancta María; la gente desta isla,
que llama grande, á que puso nombre Fernandina, dice que es semejante
á la de las islas pasadas, en habla y costumbres, puesto que, diz que,
le parecia más doméstica y de más trato, y más sotiles, porque los via
mejor regatear sobre los precios y paga de las cosillas que traian que
los que hasta entónces habia visto. Halló tambien que tenian paños de
algodon hechos como mantillas, y la gente, diz que, más dispuesta,
y las mujeres tienen por delante su cuerpo una cosita de algodon
que escasamente les cubre sus vergüenzas. Cerca deste paso, como el
Almirante andaba de corrida por estas islas, no alcanzaba del todo la
manera del traje destas gentes. Esto es ansí, que todos los hombres
de aquellas islas de los lucayos y desta isla Española y de Cuba, y
la de Sant Juan, y la de Jamaica, eran todos desnudos sin traer cosa
que les cubriese cosa de sus cuerpos; las mujeres doncellas tampoco
traian ni cubrian cosa, solas las corruptas ó dueñas se cubrian las
vergüenzas, ó con ciertas faldetas bien hechas y labradas de tela de
algodon, que les tomaban desde el ombligo hasta medio muslo, ó, cuando
más no podian ó tenian, cubrian las partes bajas con ciertas ojas;
desto se tractará más, placiendo á Dios, cuando hablaremos desta isla
Española. Dice más el Almirante de la gente desta isla Fernandina, lo
que de las pasadas, que no les cognoscia secta alguna, y que creian
que muy presto se tornarian cristianos, porque ellos son de muy buen
entender. De la isla, dice, ser llana, muy verde y fertilísima, y que
no ponia duda que todo el año sembraban panizo y lo cogian y ansí
todas las cosas, y bien atinaba á la verdad, porque todo el año en
aquellas, y en esta Española, y en todas las de los alrededores y aún
lejanas, ó la mayor parte del año, ó al menos dos veces, se sembraba
y cogia el grano del maíz que aquí el Almirante llama panizo. Vido
aquí muchos árboles muy diferentes de los de Castilla, y dellos que
tenian los ramos de muchas maneras y todos en un tronco ó en un pié, y
un ramito de una manera y otro de otra, y tan disforme, que era, diz
que, la mayor maravilla del mundo cuanta era la diversidad de la una
manera á la otra, y que aquellos no eran enxeridos, porque los indios
no curaban dellos, ántes todos estaban en los montes; la razon desto
alcanzamos despues en esta isla Española, la cual el Almirante no pudo
en aquel tiempo y viaje cognoscer, y es esta, que hay un árbol en estas
tierras que se llama, en lengua de indios desta Española, cupey, como
despues placiendo á Dios diremos, el cual, en muchas cosas, es muy
diferente de todos los otros; este produce cierta fruta que comen los
pájaros, la cual tiene ciertas pepitas, estas pepitas echan los pájaros
de sí cuando estercolizan, estando sentados en otros árboles, y las
pepitas que se detienen en los árboles, que no caen abajo al suelo,
sin tierra alguna prenden en los mismos árboles, y ansí como prenden
sale de cada una una raíz muy derecha hácia bajo, y vá á buscar la
tierra creciendo y descendiendo hasta hallarla, aunque sea el árbol
de donde comenzó de cient estados; y esta raíz es sin algun ñudo, muy
lisa y derecha, como una muy derecha lanza, de la cual se han hecho
muy buenas lanzas. Llegada á la tierra, métese por ella y hace raíces
retuertas como los otros árboles, y despues torna á subir hácia arriba
á buscar su árbol donde cayó la pepita, y del cual procedió, y allí
críase un árbol de su misma naturaleza, y él, criado y llegado á la
edad que le constituyó la naturaleza, produce su fruto; y ansí parecen
ambos un árbol que tiene diversas especies ó naturalezas. Tambien
dijo, que habia en aquella mar disformes maneras de peces, algunos
de figura de gallos, de finas colores, azules, amarillas, coloradas
y de todas colores, y otros pintados de mill maneras, las colores,
diz que, tan finas, que no habrá hombre que no se maraville y reciba
gran descanso de verlos; tambien habia ballenas. Bestias en tierra no
vido ningunas de ninguna manera, salvo papagayos y lagartos. Ansí es
verdad, que no habia en todas aquellas islas, bestias, sino eran una
manera de conejos de hechura de ratones, aunque más grandes, mucho de
los cuales se dirá cuando hablaremos de esta isla Española y de la isla
de Cuba. Culebras habia muchas y muy desproporcionadas de grandes y
gordas, pero muy mansas y cobardes, y destas, diz que, un mozo de la
nao vido una; ovejas ni cabras ni otra especie de animales, diz que,
no vido, puesto que, diz que, no estuvo allí sino medio dia; aunque
estuviera más, no las viera, porque ninguna otra hay más de las dichas.
Fué despues el Almirante con todos tres navíos para rodear esta isla
Fernandina, y saltó en tierra con todas las barcas en otra parte della,
y halló ocho ó diez hombres en tierra, los cuales luego vinieron á los
cristianos y mostraron la poblacion, que estaba cerca, y envió gente,
armada della, y della con los barriles que habia hecho sacar para
provision de agua. Miéntras ellos iban, el Almirante andaba mirando,
y admirando de ver tanta hermosura de florestas, y de tan graciosos
y verdes árboles, diferentes unos de otros y que algunos parecian á
algunos de Castilla, y con tanta frescura como en el Andalucía por
Mayo, que le parecia que no podia ser cosa más deleitable y agradable
en el mundo. De la gente, dice, que toda era una con la que en las
otras islas habia visto, ansí desnudos y de las mismas condiciones y
estatura, daban de lo que tenian fácilmente por cualquiera cosa que
les diesen; los que fueron de los navíos á traer el agua dijeron al
Almirante, que habian estado en sus casas, y que las tenian de dentro
muy barridas y limpias, y que sus camas y paramentos de casa eran como
redes de algodon. Estas llamaban en esta Española, hamacas, que son de
hechura de hondas, no tejidas como redes, los hilos atravesados, sino
los hilos á la luenga sueltos, que pueden meter los dedos y las manos,
y de palmo á palmo, poco más ó ménos, atajados con otros hilos tupidos,
como randas muy bien artificiadas de la hechura de los arneros que en
Sevilla se hacen de esparto. Estas hamacas tienen un buen estado de
cumplido ó de largo, y á los cabos deste largo, dejan, de los mismos
hilos della, muchas asas, y en cada asa ponen unos hilos delgados de
cierta otra cosa, más recia que el algodon, como de cáñamo, y estos
son tan luengos como una braza de cada parte, y al cabo de todos ellos
júntanse como en un puño, y deste puño de los postes de las casas los
atan de ambas partes, y ansí quedan las hamacas en el aire, y allí
se echan; y como ellas sean, las buenas, de tres y de cuatro varas y
más en ancho, ábrenlas cuando se echan como abririamos una honda que
fuese muy grande, pónense atravesados como en sosquin, y ansí sobra de
la hamaca con que cobijarse, y, porque no hace frio alguno, bástales.
Para quien usa dormir en ellas cosa es descansada, puesto que no debe
ser sana, por la humedad del suelo, que aunque esté alta, del que no
puede estar mas de medio estado porque se pueda subir en ella, penetra
el cuerpo humano, y aunque se pusiese en alto en un sobrado, todavía
por la humedad de la noche haria daño; á lo ménos, son muy limpias,
y, para por los caminos, aún en Castilla, los veranos, serian harto
estimadas. Las casas son de madera y paja muy luenga y delgada, hechas
del modo de una campana, por lo alto angostas y á lo bajo anchas, y
para mucha gente bien capaces, dejan por lo alto respiradero por donde
salga el humo, y encima unos caballetes ó coronas muy bien labradas y
proporcionadas, ó son, como dice el Almirante, de hechura de alfaneques
ó pabellones, y ambas son buenas semejanzas. Finalmente, para de madera
y paja, no pueden ser mas graciosas, ni más bien hechas, más seguras,
limpias ni más sanas, y es placer verlas y habitarlas, y hacian algunas
para los señores; y, despues en esta isla Española, hicieron los indios
para los cristianos tan grandes y tales, que pudiera, muy bien y muy
á su placer, el Emperador en ellas aposentarse. Allí hallaron que las
mujeres casadas traian aquellas medias faldetas de algodon, que arriba
digimos, las muchachas ó doncellas no tenian cubierto nada. Habia
perros, dice el Almirante, mastines y blanchetes, pero porque lo supo
por relacion de los marineros que fueron por agua, por eso los llamó
mastines, si los viera no los llamára, sino que parecian como podencos;
estos y los chicos nunca ladran, sino que tienen un gruñido como entre
el gaznate, finalmente, son como los perros de España, solamente
difieren en que no ladran. Vieron un indio que tenia en la nariz un
pedazo de oro, como la mitad de un castellano, y parecióles que tenia
unas letras, y dudó el Almirante si era moneda, y riñó con ellos
porque no se lo rescataron, ellos se excusaron que fué por temor; pero
engañáronse creyendo que eran letras algunas rayas que debiera tener,
como ellos solian, á su manera, labrarlo, porque nunca jamás, en todas
estas Indias, se halló señal de que hobiese moneda de oro, ni de plata,
ni de otro metal. Concluye aquí el Almirante, y dice á los Reyes:
«Crean Vuestras Altezas que es esta tierra la mejor, y más fértil, y
templada, y llana, y buena que haya en el mundo.»