CAPÍTULO XLII.

En el cual se tracta de una isla que parecia grande, á la cual

puso nombre la Fernandina, y viniendo á ella toparon un indio en

una canoa, tomáronlo en la nao, y, contento, enviáronlo delante y

dió las nuevas en la Fernandina, y como surgieron los navíos ya de

noche.--Nunca cesaron en toda la noche de venir canoas y gentes á ver

los cristianos y traerles de lo que tenian.--Saltaron en tierra los

marineros con barriles por agua.--Con gran alegría se la mostraban

los indios y los ayudaban.--La gente era como la pasada, pero, diz

que, más doméstica, y más aguda, y más dispuesta.--No les cognoscieron

secta alguna.--Tenian paños de algodon; las mujeres casadas cubrian

sus vergüenzas, las doncellas no.--La manera de las camas.--De un

árbol que contiene diversidad de árboles en sí.--Dáse la razon dél,

maravillosa.--De las culebras y perros de aquella isla.--Vieron mas

gente.--La manera de sus casas, etc.

Viniendo á la isla de Sancta María, vido el Almirante otra isla muy

grande, obra de 8 leguas ó 9 hácia el gueste, en la cual le dijeron los

indios, que traia de Sant Salvador, que habia mucho oro, y que traian

en ella las manillas y axorcas que le habian dicho de la de Sancta

María, y creyó que allí hallaria la mina donde se criaba y cogia el

oro; por lo cual, partió para ella, mártes, cerca del medio dia, y

llegó á ella otro dia por la mañana, miércoles 17 de Octubre; porque

tuvo calma no pudo llegar con dia. En este camino, entre la isla de

Sancta María y ésta, á quien puso nombre la isla Fernandina, toparon

un sólo indio en una canoa chiquita, que llevaba del pan de aquellas

tierras, que es cazabí, como el desta isla Española de que despues se

hará mencion, y una calabaza de agua y otras cosas de las suyas, y, en

una cestilla, traia unas contezuelas verdes, y dos blancas, moneda de

Castilla, de lo cual cognoscieron que aquel venia de Sant Salvador y

habia pasado por la de Sancta María y iba á la Fernandina á dar nuevas

de los cristianos; el cual, como habia andado mucho remando sólo en

su canoita, y debia de venir fatigado, vínose á la nao del Almirante,

y luégo mandó que lo metiesen á él y á su barquillo dentro, donde le

mandó dar de comer pan y miel y de beber vino, y se le hizo todo el

regalo que se pudo hacerle, con darle de las cuentas y otras cosas de

rescates, y llevólo en la nao hasta cerca de la tierra; y, dice el

Almirante aquí, por que dé buenas nuevas de nosotros, y cuando Vuestras

Altezas, placiendo á nuestro Señor, envien acá, aquellos que vinieren

reciban honra y nos den de todo lo que hobiere. Cerca de la isla,

dejólo ir; el cual habia predicado tantos bienes de los cristianos, que

llegado el Almirante y los otros navíos, y surgido ya de noche á vista

de una poblacion, en toda la noche nunca cesaron de venir canoas llenas

de gente á los navíos, trayendo comida y agua, y todo lo que tenian.

El Almirante mandaba dar á cada uno de comer y algunas cuentecillas de

vidro en un hilo ensartadas, sonajas de laton, que valen en Castilla un

maravedí, y agujetas, todo lo cual tenian por cosa celestial. A hora de

tercia envió el batel de la nao á tierra á traer agua, y los indios,

con gran voluntad, les mostraron donde la habia, y ellos mismos con

mucha alegría traian los barriles á cuestas hasta los bateles, y no

sabian en qué hacerles placer. Esta isla pareció al Almirante que era

grandísima, porque vido della 20 leguas, y que la entendia de rodear y

trabajar de hallar á Samoeto, que, diz que, era la isla ó ciudad donde

habia el oro, porque ansí lo decian los indios que traian consigo, de

la de Sant Salvador y de la isla de Sancta María; la gente desta isla,

que llama grande, á que puso nombre Fernandina, dice que es semejante

á la de las islas pasadas, en habla y costumbres, puesto que, diz que,

le parecia más doméstica y de más trato, y más sotiles, porque los via

mejor regatear sobre los precios y paga de las cosillas que traian que

los que hasta entónces habia visto. Halló tambien que tenian paños de

algodon hechos como mantillas, y la gente, diz que, más dispuesta,

y las mujeres tienen por delante su cuerpo una cosita de algodon

que escasamente les cubre sus vergüenzas. Cerca deste paso, como el

Almirante andaba de corrida por estas islas, no alcanzaba del todo la

manera del traje destas gentes. Esto es ansí, que todos los hombres

de aquellas islas de los lucayos y desta isla Española y de Cuba, y

la de Sant Juan, y la de Jamaica, eran todos desnudos sin traer cosa

que les cubriese cosa de sus cuerpos; las mujeres doncellas tampoco

traian ni cubrian cosa, solas las corruptas ó dueñas se cubrian las

vergüenzas, ó con ciertas faldetas bien hechas y labradas de tela de

algodon, que les tomaban desde el ombligo hasta medio muslo, ó, cuando

más no podian ó tenian, cubrian las partes bajas con ciertas ojas;

desto se tractará más, placiendo á Dios, cuando hablaremos desta isla

Española. Dice más el Almirante de la gente desta isla Fernandina, lo

que de las pasadas, que no les cognoscia secta alguna, y que creian

que muy presto se tornarian cristianos, porque ellos son de muy buen

entender. De la isla, dice, ser llana, muy verde y fertilísima, y que

no ponia duda que todo el año sembraban panizo y lo cogian y ansí

todas las cosas, y bien atinaba á la verdad, porque todo el año en

aquellas, y en esta Española, y en todas las de los alrededores y aún

lejanas, ó la mayor parte del año, ó al menos dos veces, se sembraba

y cogia el grano del maíz que aquí el Almirante llama panizo. Vido

aquí muchos árboles muy diferentes de los de Castilla, y dellos que

tenian los ramos de muchas maneras y todos en un tronco ó en un pié, y

un ramito de una manera y otro de otra, y tan disforme, que era, diz

que, la mayor maravilla del mundo cuanta era la diversidad de la una

manera á la otra, y que aquellos no eran enxeridos, porque los indios

no curaban dellos, ántes todos estaban en los montes; la razon desto

alcanzamos despues en esta isla Española, la cual el Almirante no pudo

en aquel tiempo y viaje cognoscer, y es esta, que hay un árbol en estas

tierras que se llama, en lengua de indios desta Española, cupey, como

despues placiendo á Dios diremos, el cual, en muchas cosas, es muy

diferente de todos los otros; este produce cierta fruta que comen los

pájaros, la cual tiene ciertas pepitas, estas pepitas echan los pájaros

de sí cuando estercolizan, estando sentados en otros árboles, y las

pepitas que se detienen en los árboles, que no caen abajo al suelo,

sin tierra alguna prenden en los mismos árboles, y ansí como prenden

sale de cada una una raíz muy derecha hácia bajo, y vá á buscar la

tierra creciendo y descendiendo hasta hallarla, aunque sea el árbol

de donde comenzó de cient estados; y esta raíz es sin algun ñudo, muy

lisa y derecha, como una muy derecha lanza, de la cual se han hecho

muy buenas lanzas. Llegada á la tierra, métese por ella y hace raíces

retuertas como los otros árboles, y despues torna á subir hácia arriba

á buscar su árbol donde cayó la pepita, y del cual procedió, y allí

críase un árbol de su misma naturaleza, y él, criado y llegado á la

edad que le constituyó la naturaleza, produce su fruto; y ansí parecen

ambos un árbol que tiene diversas especies ó naturalezas. Tambien

dijo, que habia en aquella mar disformes maneras de peces, algunos

de figura de gallos, de finas colores, azules, amarillas, coloradas

y de todas colores, y otros pintados de mill maneras, las colores,

diz que, tan finas, que no habrá hombre que no se maraville y reciba

gran descanso de verlos; tambien habia ballenas. Bestias en tierra no

vido ningunas de ninguna manera, salvo papagayos y lagartos. Ansí es

verdad, que no habia en todas aquellas islas, bestias, sino eran una

manera de conejos de hechura de ratones, aunque más grandes, mucho de

los cuales se dirá cuando hablaremos de esta isla Española y de la isla

de Cuba. Culebras habia muchas y muy desproporcionadas de grandes y

gordas, pero muy mansas y cobardes, y destas, diz que, un mozo de la

nao vido una; ovejas ni cabras ni otra especie de animales, diz que,

no vido, puesto que, diz que, no estuvo allí sino medio dia; aunque

estuviera más, no las viera, porque ninguna otra hay más de las dichas.

Fué despues el Almirante con todos tres navíos para rodear esta isla

Fernandina, y saltó en tierra con todas las barcas en otra parte della,

y halló ocho ó diez hombres en tierra, los cuales luego vinieron á los

cristianos y mostraron la poblacion, que estaba cerca, y envió gente,

armada della, y della con los barriles que habia hecho sacar para

provision de agua. Miéntras ellos iban, el Almirante andaba mirando,

y admirando de ver tanta hermosura de florestas, y de tan graciosos

y verdes árboles, diferentes unos de otros y que algunos parecian á

algunos de Castilla, y con tanta frescura como en el Andalucía por

Mayo, que le parecia que no podia ser cosa más deleitable y agradable

en el mundo. De la gente, dice, que toda era una con la que en las

otras islas habia visto, ansí desnudos y de las mismas condiciones y

estatura, daban de lo que tenian fácilmente por cualquiera cosa que

les diesen; los que fueron de los navíos á traer el agua dijeron al

Almirante, que habian estado en sus casas, y que las tenian de dentro

muy barridas y limpias, y que sus camas y paramentos de casa eran como

redes de algodon. Estas llamaban en esta Española, hamacas, que son de

hechura de hondas, no tejidas como redes, los hilos atravesados, sino

los hilos á la luenga sueltos, que pueden meter los dedos y las manos,

y de palmo á palmo, poco más ó ménos, atajados con otros hilos tupidos,

como randas muy bien artificiadas de la hechura de los arneros que en

Sevilla se hacen de esparto. Estas hamacas tienen un buen estado de

cumplido ó de largo, y á los cabos deste largo, dejan, de los mismos

hilos della, muchas asas, y en cada asa ponen unos hilos delgados de

cierta otra cosa, más recia que el algodon, como de cáñamo, y estos

son tan luengos como una braza de cada parte, y al cabo de todos ellos

júntanse como en un puño, y deste puño de los postes de las casas los

atan de ambas partes, y ansí quedan las hamacas en el aire, y allí

se echan; y como ellas sean, las buenas, de tres y de cuatro varas y

más en ancho, ábrenlas cuando se echan como abririamos una honda que

fuese muy grande, pónense atravesados como en sosquin, y ansí sobra de

la hamaca con que cobijarse, y, porque no hace frio alguno, bástales.

Para quien usa dormir en ellas cosa es descansada, puesto que no debe

ser sana, por la humedad del suelo, que aunque esté alta, del que no

puede estar mas de medio estado porque se pueda subir en ella, penetra

el cuerpo humano, y aunque se pusiese en alto en un sobrado, todavía

por la humedad de la noche haria daño; á lo ménos, son muy limpias,

y, para por los caminos, aún en Castilla, los veranos, serian harto

estimadas. Las casas son de madera y paja muy luenga y delgada, hechas

del modo de una campana, por lo alto angostas y á lo bajo anchas, y

para mucha gente bien capaces, dejan por lo alto respiradero por donde

salga el humo, y encima unos caballetes ó coronas muy bien labradas y

proporcionadas, ó son, como dice el Almirante, de hechura de alfaneques

ó pabellones, y ambas son buenas semejanzas. Finalmente, para de madera

y paja, no pueden ser mas graciosas, ni más bien hechas, más seguras,

limpias ni más sanas, y es placer verlas y habitarlas, y hacian algunas

para los señores; y, despues en esta isla Española, hicieron los indios

para los cristianos tan grandes y tales, que pudiera, muy bien y muy

á su placer, el Emperador en ellas aposentarse. Allí hallaron que las

mujeres casadas traian aquellas medias faldetas de algodon, que arriba

digimos, las muchachas ó doncellas no tenian cubierto nada. Habia

perros, dice el Almirante, mastines y blanchetes, pero porque lo supo

por relacion de los marineros que fueron por agua, por eso los llamó

mastines, si los viera no los llamára, sino que parecian como podencos;

estos y los chicos nunca ladran, sino que tienen un gruñido como entre

el gaznate, finalmente, son como los perros de España, solamente

difieren en que no ladran. Vieron un indio que tenia en la nariz un

pedazo de oro, como la mitad de un castellano, y parecióles que tenia

unas letras, y dudó el Almirante si era moneda, y riñó con ellos

porque no se lo rescataron, ellos se excusaron que fué por temor; pero

engañáronse creyendo que eran letras algunas rayas que debiera tener,

como ellos solian, á su manera, labrarlo, porque nunca jamás, en todas

estas Indias, se halló señal de que hobiese moneda de oro, ni de plata,

ni de otro metal. Concluye aquí el Almirante, y dice á los Reyes:

«Crean Vuestras Altezas que es esta tierra la mejor, y más fértil, y

templada, y llana, y buena que haya en el mundo.»

Historia de las Indias (vol. 1 de 5) · 第 57 / 126 题