En el cual se contiene como vinieron muchos indios á los navíos, en
sus barquillos, que llaman canoas, y otros nadando.--La estimacion que
tenian de los cristianos, creyendo por cierto que habian descendido
del cielo, y por esto cualquiera cosa que podian haber dellos, aunque
fuese un pedazo de una escudilla ó plato, la tenian por reliquias y
daban por ello cuanto tenian.--Hincábanse de rodillas y alzaban las
manos al cielo, dando gracias á Dios y convidábanse unos á otros
que viniesen á ver los hombres del cielo.--Apúntanse algunas cosas
notables, para advertir á los lectores de la simiente y ponzoña
de donde procedió la destruicion destas Indias.--Y cómo detuvo el
Almirante siete hombres de aquella isla.
Vuelto el Almirante y su gente á sus navíos, aquel viernes, ya tarde,
con su inextimable alegría dando gracias á nuestro Señor, quedaron
los indios tan contentos de los cristianos y tan deseosos de tornar
á verlos, y á ver de sus cosas, no tanto por lo que ellas valian ni
eran, cuanto por tener muy creido que los cristianos habian venido
del cielo, y por tener en su poder cosa suya traida del cielo, ya que
no podian tener consigo siempre á ellos, y así creo que se les hizo
aquella noche mayor que si fuera un año. Sábado, pues, muy de mañana,
que se contaron trece dias de Octubre, parece la playa llena de gente,
y dellos venian á los navíos en sus barcos y barquillos que llamaban
canoas (en latin se llaman _monoxilla_), hechas de un sólo cabado,
madero de buena forma, tan grande y luenga que iban en algunas 40 y
45 hombres, dos codos y más de ancho, y otras más pequeñas, hasta ser
algunas donde cabia un solo hombre, y los remos eran como una pala de
horno, aunque al cabo es muy angosta, para que mejor entre y corte el
agua, muy bien artificiada. Nunca estas canoas se hunden en el agua
aunque estén llenas, y, cuando se anegan con tormenta, saltan los
indios dellas en la mar, y, con unas calabazas que traen, vacian el
agua y tórnanse á subir en ellas. Otros muchos venian nadando, y todos
llevaban, dellos papagayos, dellos ovillos de algodon hilado, dellos
azagayas, y otros otras cosas, segun que tenian y podian, lo cual todo
daban por cualquiera cosa que pudiesen haber de los cristianos, hasta
pedazos de escudillas quebradas y cascos de tazas de vidro, y, ansí
como lo recibian, saltaban en el agua temiendo que los cristianos de
habérselo dado se arrepintiesen; y dice aquí el Almirante, que vió
dar diez y seis ovillos de algodon hilado, que pesarian más de un
arroba, por tres ceptis de Portogal, que es una blanca de Castilla.
Traian en las narices unos pedacitos de oro; preguntóles el Almirante
por señas donde habia de aquello, respondian, no con la boca sino con
las manos, porque las manos servian aquí de lengua, segun lo que se
podia entender, que yendo al Sur ó volviendo la isla por el Sur, que
estaba, diz que, allí un Rey que tenia muchos vasos de oro. Entendido
por las señas que habia tierra al Sur y al Sudueste y al Norueste,
acordó el Almirante ir allá en busca de oro y piedras preciosas,
y dice más aquí, que defendiera que los cristianos de su compañía
no rescataran el algodon que dicho es, sino que lo mandara tornar
para Sus Altezas si lo hobiera en cantidad. Es aquí de considerar,
para adelante, que como el Almirante hobiese padecido en la corte
tan grandes y tan vehementes contradicciones, y al cabo la Reina,
contra opinion y parecer de los de su Consejo y de toda la corte, se
determinase á gastar eso poco que gastó, aunque por entónces pareció
mucho, como arriba se ha dicho, los cuales tuvo siempre por adversarios
muy duros y eficaces despues adelante, abatiendo y anichilando su
negocio, no creyendo que estas tierras tenian oro ni otra cosa de
provecho, mayormente viendo despues que los Reyes gastaban en los
otros viajes mucha suma de dinero y no les venia provecho alguno,
persuadian á Sus Altezas que dejasen de proseguir aquesta empresa,
porque, segun vian, en ella se habian de destruir é gastar. Por manera,
que muchas más angustias y tribulaciones, y más recias impugnaciones,
sin comparacion, pasó despues, en la prosecucion del negocio, que
ántes que los Reyes se determinasen á le favorecer é ayudar, segun
que parecerá adelante. Ansí que, por esta causa, el Almirante nunca
pensaba ni desvelaba y trabajaba más en otra cosa que en procurar cómo
saliese provecho y rentas para los Reyes, temiendo siempre que tan
grande negociacion se le habia al mejor tiempo de estorbar, porque
via que si los Reyes se hartaban ó enojaban de gastar, no la habian
de llevar al cabo; por lo cual, el dicho Almirante se dió mas priesa
de la que debiera en procurar que los Reyes tuviesen ántes de tiempo
y de sazon rentas y provechos reales, como hombre desfavorecido y
extranjero (segun él muchas veces á los mismos católicos Reyes por sus
cartas se quejó), y que tenia terribles adversarios junto á los oidos
de las reales personas, que siempre lo desayudaban; pero no teniendo
tanta perspicacidad y providencia de los males que podian suceder,
como sucedieron, por excusacion de los cuales se debiera de arriesgar
toda la prosecucion y conservacion del negocio, y andar poco á poco,
temiendo más de lo que se debia temer la pérdida temporal, ignorando
tambien lo que no debiera ignorar concerniente al derecho divino y
natural, y recto juicio de razon, introdujo y comenzó á asentar tales
principios, y sembró tales simientes, que se originó y creció dellas
tan mortífera y pestilencial hierba, y que produjo de sí tan profundas
raíces, que ha sido bastante para destruir y asolar todas estas Indias,
sin que poder humano haya bastado á tan sumos é irreparables daños
impedir ó atajar. Yo no dudo que si el Almirante creyera que habia de
suceder tan perniciosa jactura como sucedió, y supiera tanto de las
conclusiones primeras y segundas del derecho natural y divino, como
supo de cosmografía y de otras doctrinas humanas, que nunca él osara
introducir ni principiar cosa que habia de acarrear tan calamitosos
daños, porque nadie podrá negar él ser hombre bueno y cristiano;
pero los juicios de Dios son profundísimos, y ninguno de los hombres
los puede ni debe querer penetrar. Todo ésto aquí se ha traido por
ocasion de las palabras susodichas del Almirante, para que los que
esta Historia leyeren, adviertan y cognozcan el orígen, medios y fin
que las cosas destas Indias tuvieron, y alaben al todopoderoso Dios,
no sólo por lo que hace pero tambien por lo que permite, y teman mucho
los hombres de que se les ofrezcan ocasiones con colores de bondad, ó
por excusar daño alguno, conque puedan ofender, mayormente dando asa
donde la humana malicia halle principio y camino para ir adelante y con
que se excusar; y para no incurrir en tales inconvenientes, necesario
es nunca cesar de suplicar por la preservacion dellos á Dios. Tornando
al propósito de la historia, domingo, de mañana, 14 dias de Octubre,
mandó el Almirante aderezar el batel de la nao en que él venia y las
dos barcas de las carabelas, y comenzó á caminar por el luengo de la
costa de la isla, por el Nornordeste, para ver la otra parte della,
que estaba hácia el leste, y especular qué por hallí habia. Y luégo
comenzó á ver dos ó tres poblaciones, y gran número de gente, hombres
y mujeres, que venian hácia la playa, llamando los cristianos á voces,
y dando gracias á Dios; los unos, les traian agua fresca, otros,
cosas de comer, otros, cuando vian que no curaban de ir á tierra,
se lanzaban en la mar, y, nadando, venian á las barcas, y entendian
que les preguntaban por señas si eran venidos del cielo; y un viejo
dellos quiso entrarse y entró en el batel, é irse con ellos, otros,
con voces grandes, llamaban á otros hombres y mujeres, convidándolos
y diciéndoles: venid y vereis los hombres que vinieron del cielo,
traedlos de comer y de beber. Vinieron muchos hombres y muchas mujeres,
cada uno trayendo de lo que tenia, dando gracias á Dios, echándose en
el suelo, y levantaban las manos al cielo, y despues, dando voces,
llamándolos que fuesen á tierra. Todas estas son palabras formales del
Almirante, refiriendo lo que aquí refiero; pero el Almirante, por ir
á ver un grande arracife de peñas que cerca toda la isla en redondo,
no curó de ir á tierra como los indios pedian. Dentro deste arracife,
dice el Almirante, haber puerto segurísimo, en que cabrian todas las
naos de la cristiandad y estarian como en un pozo; miró dónde se podia
hacer fortaleza, y vido un pedazo de tierra que salia á la mar, ancho
en lo que salia y angosto el hilo por el cual salia, que se pudiera en
dos dias atajar y quedara del todo hecho isla. Esta manera de tierra
llaman los cosmógrafos península, que quiere decir cuasi isla, esto
es, cuando de la tierra firme sale algun pedazo de tierra angosto, y
lo postrero della se ensancha en la mar; en este pedazo de tierra, diz
que, habia seis casas. Dice aquí el Almirante, que no via ser necesario
pensar en hacer por allí fortaleza, por ser aquella gente muy simple y
sin armas, como Vuestras Altezas, dice él, verán por siete que yo hice
tomar para los llevar y deprender nuestra habla y volverlos, salvo que
Vuestras Altezas, cuando mandaren, puédenlos todos llevar á Castilla
ó tenerlos en la misma isla captivos, porque 50 hombres los ternan
todos sojuzgados y les harán hacer todo lo que quisieren. Estas son
palabras del Almirante, formales. Dos cosas será bien aquí apuntar;
la una, cuán manifiesta parece la disposicion y prontitud natural que
aquellas gentes tenian para recibir nuestra sancta fe, y dotarlos é
imbuirlos en la cristiana religion y en todas virtuosas costumbres, si
por amor y caridad y mansedumbre fueran tratadas, y cuanto fuera el
fruto que dellas Dios hobiera sacado; la segunda, cuán léjos estaba el
Almirante de acertar en el hito y punto del derecho divino y natural,
y de lo que, segun esto, los Reyes y él eran con estas gentes á
hacer obligados, pues tan ligeramente se determinó á decir, que los
Reyes podian llevar todos los indios, que eran vecinos y moradores
naturales de aquellas tierras, á Castilla, ó tenerlos en la misma
tierra captivos, etc. Cierto, distantísimo estaba del fin que Dios y su
Iglesia pretendia en su viaje, al cual, el descubrimiento de todo este
orbe y todo cuanto en él y cerca dél se hobiese de disponer, se habia
de ordenar y enderezar. Vido por allí tantas y tan lindas arboledas
verdes, que decia ser huertas, con mucha agua, más graciosas y hermosas
que las de Castilla por el mes de Mayo. Destos que con tanta confianza
en las barcas, como á ver y adorar gente del cielo, se entraron, detuvo
el Almirante siete, y con ellos se vino á la nao. Por lo que despues
pareció, que cuando podian huir se huian, parece bien que los detuvo
contra su voluntad, y si estos eran casados y tenian mujeres y hijos
para mantener, y otras necesidades, ¿como esta violencia se podia
escusar? parece que, contra su voluntad, en ninguna manera, por bien
alguno que dello se hobiera de sacar, no se debiera hacer. Preguntados
estos, que así detuvo, si habia otras islas por allí, respondieron por
señas que habia muy muchas, y contaron por sus nombres mas de ciento.
Alzó las velas el Almirante con todos sus tres navíos, y comenzó á ver
muchas islas que no sabia á cuál primero ir, todas muy fértiles y muy
hermosas, llanas como vergeles; miró por la mar que estaba de aquesta
7 leguas, á donde llegó, lúnes 15 de Octubre, al poner del sol, á la
cual puso por nombre la isla de Sancta María de la Concepcion. Saltó en
tierra, mártes 16 de Octubre, en amaneciendo, y tomó posesion en nombre
de los reyes de Castilla della, de la misma manera y con la solemnidad
que habia hecho en la de Sant Salvador, puesto que, como dice él mismo,
no habia necesidad de tomar la posesion más de en una, porque es visto
tomarla de todas. Los indios que llevaba de Sant Salvador, dice que le
habian dicho que en esta isla habia mucho oro, y que la gente della
traia manillas, en los brazos y piernas, de oro, aunque él no lo creia,
sino que lo decian por huirse como algunos dellos lo hicieron. Por
manera, que como vieron los indios que tanto seles preguntaba por oro,
entendieron que los cristianos hacian dello mucha estima, y por esto
respondian con su deseo, porque parasen cerca, para que de allí más
fácilmente se pudiesen escapar para su isla. Salian infinitos indios
á verlos, traíanles de todo cuanto tenian, eran así desnudos y de la
misma manera que los de la otra isla, y desque vido que no habia oro,
y que era lo mismo que lo pasado, tornóse á los navíos. Estaba una
canoa al bordo de la carabela _Niña_, y uno de los indios que habian
detenido de la isla de Sant Salvador, que el Almirante parece que habia
puesto allí en aquella carabela, saltó á la mar, y métese en la canoa
y vase en ella, y la barca tras él, que, por cuanto pudieron remar, no
pudieron alcanzarlo, y, llegado cerca de tierra, deja la canoa y váse
á tierra; salieron tras él y no pudieron haberlo. Otro, diz que, se
habia huido la noche ántes, y ansí parece que eran detenidos contra
toda su voluntad. Volviendo, vieron otra canoa con un indio que venia
á rescatar algodon, dióle el Almirante un bonete colorado y cuentas
verdes, y cascabeles, haciéndoselos poner en las orejas y las cuentas
al pescuezo, y no le quiso tomar su ovillo de algodon, y ansí fué muy
contento á predicar la bondad de los cristianos.