CAPÍTULO XL.

En el cual se trata de la cualidad de la isla que tenian delante, y de

la gente della.--Como salió en tierra el Almirante y sus Capitanes de

los otros dos navíos, con la bandera real y otras banderas de la cruz

verde.--Como dieron todos gracias á Dios con gozo inestimable.--Como

tomaron posesion solemne y jurídica de aquella tierra por los Reyes

de Castilla.--Como pedian perdon al Almirante los cristianos de los

desacatos que le habian hecho.--De la bondad, humildad, mansedumbre,

simplicidad y hospitalidad, disposicion, color, hermosura de los

indios.--Como se admiraban de ver los cristianos.--Como se llegaban

tan confiadamente á ellos.--Como les dió el Almirante de las cosas de

Castilla y ellos dieron de lo que tenian.

De aquí adelante será razon de hablar de Cristóbal Colon de otra manera

que hasta aquí, añidiendo á su nombre el antenombre honorífico, y á

su dignísima persona la prerogativa y dignidad ilustre, que los Reyes

tan dignamente le concedieron, de Almirante, pues con tan justo título

y con tantos sudores, peligros y trabajos, pretéritos y presentes, y

los que le quedaban por padecer, lo habia ganado, cumpliendo con los

Reyes mucho más, sin comparacion de lo que les habia prometido. Venido

el dia, que no poco deseado fué de todos, lléganse los tres navíos á

la tierra, y surgen sus anclas, y ven la playa toda llena de gente

desnuda, que toda el arena y tierra cubrian. Esta tierra era y es una

isla de 15 leguas de luengo, poco más ó ménos, toda baja sin montaña

alguna, como una huerta llena de arboleda verde y fresquísima, como

son todas las de los lucayos que hay por allí, cerca desta Española, y

se extienden por luengo de Cuba muchas, la cual se llamaba en lengua

desta isla Española, y dellas, porque cuasi toda es una lengua y manera

de hablar, Guanahaní, la última sílaba luenga y aguda. En medio della

estaba una laguna de buen agua dulce de que bebian; estaba poblada

de mucha gente que no cabia, porque, como abajo se dirá, todas estas

tierras deste orbe son suavísimas, y mayormente todas estas islas

de los lucayos, porque ansí se llamaban las gentes de estas islas

pequeñas, que quiere decir, cuasi moradores de cayos, porque cayos en

esta lengua son islas. Ansí que, cudicioso el Almirante y toda su gente

de saltar en tierra y ver aquella gente, y no ménos ella de verlos

salir, admirados de ver aquellos navíos, que debian pensar que fuesen

algunos animales que viniesen por la mar, ó saliesen della. Viernes, de

mañana, que se contaron 12 de Octubre, salió en su batel armado y con

sus armas, y la más de la gente que en él cupo; mandó tambien que lo

mismo hiciesen y saliesen los capitanes Martin Alonso y Vicente Yañez.

Sacó el Almirante la bandera real, y los dos Capitanes sendas banderas

de la cruz verde, que el Almirante llebaba en todos los navíos por seña

y divisa, con una _F_, que significa el rey D. Fernando, y una _I_, por

la reina Doña Isabel, y encima de cada letra su corona, una del un cabo

de la cruz, y otra del otro.

Saltando en tierra el Almirante y todos, hincan las rodillas, dan

gracias inmensas al todopoderoso Dios y Señor, muchos derramando

lágrimas, que los habia traido á salvamento, y que ya les mostraba

alguno del fruto que, tanto y en tan insólita y prolija peregrinacion

con tanto sudor y trabajo y temores, habian deseado y suspirado, en

especial D. Cristóbal Colon, que no sin profunda consideracion dejára

pasar las cosas que le acaecian, como quiera que más y mucho más, la

anchura y longaminidad de su esperanza se le certifica viéndose salir

con su verdad, y que de costumbre tenia de magnificar los beneficios

que recibia de Dios, y convidar á todos los circunstantes al hacimiento

de gracias. ¿Quién podrá expresar y encarecer el regocijo que todos

tuvieron y jubilacion, llenos de incomparable gozo é inextimable

alegría, entre la confusion de que se veian cercados por no le haber

creido, ántes resistido é injuriado al constante y paciente Colon?

¿Quién significará la reverencia que le hacian? ¿el perdon que con

lágrimas le pedian? ¿las ofertas que de servirle toda su vida le

hacian? y, finalmente, ¿las caricias, honores y gracias que le daban,

obediencia y subjeccion que le prometian? Cuasi salian de sí por

contentarle, aplacarle, y regocijarle; el cual, con lágrimas los

abrazaba, los perdonaba, los provocaba todos á que todo lo refiriesen

á Dios; allí le recibieron toda la gente que llevaba por Almirante

y Visorey é Gobernador de los reyes de Castilla, y le dieron la

obediencia, como á persona que las personas reales representaba, con

tanto regocijo y alegría, que será mejor remitir la grandeza della á la

discrecion del prudente lector, que por palabras insuficientes quererla

manifestar. Luego el Almirante, delante los dos Capitanes y de Rodrigo

de Escobedo, escribano de toda el armada, y de Rodrigo Sanchez de

Segovia, veedor della y de toda la gente cristiana que consigo saltó en

tierra, dijo que le diesen por fe y testimonio, como él por ante todos

tomaba, como de hecho tomó, posesion de la dicha isla, á la cual ponia

nombre Sant Salvador, por el Rey é por la Reina sus señores, haciendo

las protestaciones que se requerian segun que más largo se contiene

en los testimonios que allí por escrito se hicieron. Los indios que

estaban presentes, que eran gran número, á todos estos actos estaban

atónitos mirando los cristianos, espantados de sus barbas, blancura

y de sus vestidos; íbanse á los hombres barbados, en especial al

Almirante, como, por la eminencia y autoridad de su persona, y tambien

por ir vestido de grana, estimasen ser el principal, y llegaban con las

manos á las barbas maravillándose dellas, porque ellos ninguna tienen,

especulando muy atentamente por las manos y las caras su blancura.

Viendo el Almirante y los demas su simplicidad, todo con gran placer

y gozo lo sufrian; parábanse á mirar los cristianos á los indios, no

ménos maravillados que los indios dellos, cuánta fuese su mansedumbre,

simplicidad y confianza de gente que nunca cognoscieron, y que por

su apariencia, como sea feroz, pudieran temer y huir dellos; como

andaban entre ellos y á ellos se allegaban con tanta familiaridad y

tan sin temor y sospecha, como si fueran padres y hijos; como andaban

todos desnudos, como sus madres los habian parido, con tanto descuido

y simplicidad, todas sus cosas vergonzosas de fuera, que parecia no

haberse perdido ó haberse restituido el estado de la inocencia, en que

un poquito de tiempo, que se dice no haber pasado de seis horas, vivió

nuestro padre Adan. No tenian armas algunas, sino eran unas azagayas,

que son varas con las puntas tostadas y agudas, y algunas con un diente

ó espina de pescado, de las cuales usaban más para tomar peces que

para matar algun hombre, tambien para su defension de otras gentes,

que, diz que, les venian á hacer daño. Desta gente que vivia en estas

islas de los lucayos, aunque el Almirante da testimonio de los bienes

naturales que cognosció dellas, pero cierto mucho más, sin comparacion,

despues alcanzamos de su bondad natural, de su simplicidad, humildad,

mansedumbre, pacabilidad é inclinaciones virtuosas, buenos ingenios,

prontitud ó prontísima disposicion para recibir nuestra sancta fé

y ser imbuidos en la religion cristiana; los que con ellos mucho

en esta isla Española, conversamos, ansí en las cosas espirituales

y divinas, diversas veces, comunicándoles la cristiana doctrina, y

administrándoles todos los siete sanctos Sacramentos, mayormente

oyendo sus confesiones, y dándoles el Santísimo Sacramento de la

Eucaristía, y estando á su muerte, despues de cristianos, como abajo

en el segundo libro, cuando destas islas y gente dellas, que digimos

llamarse lucayos hablaremos, placiendo á nuestro Señor, parecerá. Y

verdaderamente, para, en breves palabras, dar noticia de las buenas

costumbres y cualidad que estos lucayos y gente destas islas pequeñas,

que así nombramos, tenian, y lo mismo la gente de la isla de Cuba,

aunque todavía digo, que á todas hacia ventaja esta de los lucayos,

no hallo gentes ni nacion á quien mejor la pueda comparar, que á la

que los antiguos y hoy llaman y llamamos Seres, pueblos orientales

de la India, de quien por los autores antiguos se dice ser entre sí

quietísimos y mansísimos; huyen de la conversacion de otras gentes

inquietas, y por este miedo no quieren los comercios de otros, mas de

que ponen sus cosas en las riberas de un rio sin tratar con los que las

vienen á comprar del precio, sino que segun que les parece que deben

de dar le señalan, y ansí venden sus cosas, pero no compran de las

ajenas. Entre ellos no hay mujer mala ni adúltera, ni ladron se lleva á

juicio, ni jamás se halló que uno matase á otro; viven castísimamente,

no padecen malos tiempos, no pestilencia; á la mujer preñada nunca

hombre la toca ni cuando está en el tiempo de su purgacion; no comen

carnes inmundas, sacrificios ningunos tienen; segun las reglas de la

justicia, cada uno es juez de sí mismo, viven mucho y sin enfermedad

pasan desta vida, y por esto los historiadores los llaman sanctísimos y

felicísimos. De lo dicho son autores Plinio, lib. VI, cap. 17, y Solino

en su _Polistor_, cap. 63; Pomponio Mella, lib. III, cap. 6.º, _in

fine_; Strabon, lib. XV; Virgilio, _in secundo Georgicorum_; y Boecio

II, _De Consolatione_, metro 5.º, y Sant Isidro, en el lib. XIX, cap.

27, hacen mencion dellos, y, más largo que todos, Amiano Marcelino,

lib. XXIII, de su Historia. De todas estas calidades de los Seres, yo

creo por cierto que, de pocas ó ningunas, carecian las gentes, que

habitaban naturales de los lucayos, y si miráramos en aquellos tiempos

en ello, quizá halláramos que en otras excedian á los Seres. De lo

dicho parece ser falso lo que dijo Hernan Perez, marinero, vecino que

fué desta ciudad de Sancto Domingo, desta isla Española, que no habia

saltado en tierra el Almirante en aquella isla de Guanahaní, ni en

otra hasta Cuba, segun refiere Oviedo en su Historia, como aún de sí

parecerá cosa no creible, que una tierra tan nueva y tan deseada, y

con tantos trabajos y angustias hallada, no quisiese verla entrando en

ella. Este Hernan Perez no debió de hallarse en este descubrimiento,

sino venir otro viaje, pues una cosa tan manifiesta y razonable de

creer niega, sino que debia de fingir haber venido con el Almirante

aquel viaje, y, cuando en esto afirmó lo que no era, siendo tan claro

el contrario, podráse colegir de aquí argumento para creer no todo

lo que Oviedo dijere de las cosas de aquellos tiempos, pues todo lo

que dice lo tomó del dicho Hernan Perez, que muchas veces alega, al

cual, en esto que dice de no haber saltado el Almirante en tierra,

no cree el mismo Oviedo. Tornando, pues, á nuestro propósito de la

historia, trujeron luego á los cristianos de las cosas de comer, de

su pan y pescado, y de su agua, y algodon hilado, y papagayos verdes

muy graciosos, y otras cosas de las que tenian (porque no tienen más

de lo que para sustentar la naturaleza humana, que ha poco menester,

es necesario). El Almirante, viéndolos tan buenos y simples, y que en

cuanto podian eran tan liberalmente hospitales, y con esto en gran

manera pacíficos, dióles á muchos cuentas de vidro y cascabeles, y

algunos bonetes colorados y otras cosas con que ellos quedaban muy

contentos y ricos. El cual, en el libro desta su primera navegacion,

que escribió para los Reyes católicos, dice de aquesta manera: «Yo,

porque nos tuviesen mucha amistad, porque cognoscí que era gente que

mejor se libraria y convertiria á nuestra sancta fé con amor que por

fuerza, les dí á algunos dellos unos botones colorados y unas cuentas

de vidro, que se ponian al pescuezo, y otras cosas muchas de poco valor

con que hobieron mucho placer, y quedaron tanto nuestros, que era

maravilla; los cuales despues venian á las barcas de los navíos, adonde

nos estábamos, nadando, y nos traian papagayos, y hilo de algodon en

ovillos, y azagayas y otras cosas muchas, y nos las trocaban por otras

cosas que nos les dábamos, como cuentecillas de vidro y cascabeles: En

fin, todo lo tomaban y daban de aquello que tenian, de buena voluntad,

mas me pareció que era gente muy pobre de todo; ellos andan todos

desnudos, como su madre los parió, y tambien las mujeres, aunque no

vide mas de una, harto moza, y todos los que yo vide eran mancebos, que

ninguno vide que pasase de edad de treinta años, muy bien hechos, de

muy hermosos y lindos cuerpos y muy buenas caras, los cabellos gruesos

y cuasi como sedas de cola de caballos y cortos los cabellos traen por

encima de las cejas, salvo unos pocos, detras, que traen largos, que

jamás cortan. Dellos se pintan de prieto, y ellos son de la color de

los canarios, ni negros ni blancos, y dellos se pintan de blanco, y

dellos de colorado, y dellos de lo que hallan; dellos se pintan las

caras, y dellos los cuerpos y dellos solos los ojos, y dellos sola la

nariz; ellos no traen armas, ni las cognoscen, porque les amostré

espadas y las tomaban por el filo y se cortaban con ignorancia. No

tienen algun hierro, sus azagayas son unas varas sin hierro, y algunas

dellas tienen al cabo un diente de pece, y otras de otras cosas. Ellos

todos á una mano son de buena estatura de grandeza, y buenos gestos,

bien hechos. Ellos deben ser buenos servidores y de buen ingenio, que

veo que muy presto dicen todo lo que les decia, y creo que ligeramente

se harian cristianos, que pareció que ninguna secta tenian etc.» Todas

estas son palabras del Almirante. Cerca de lo que dice, que no vido

viejos, debia de ser que no querian parecer, aunque despues dice que

vido algunos. Es de saber, que todas aquellas islas de los lacayos eran

y son sanísimas, que habia en ellas hombres y mujeres vejísimos, que

cuasi no podian morir por la gran suavidad, amenidad y sanidad de la

tierra, é yo vide algunos dellos; y es tan sana aquella tierra, que

algunos españoles, siendo hidrópigos en esta isla, que no podian sanar,

se iban á alguna de aquellas islas, y desde á poco tiempo, como yo

los vide, volvian sanos. Cerca de lo que dice el Almirante, que eran

de hermosos gestos y cuerpos, es cierto así, que todos los vecinos y

naturales dellas, por la mayor parte, y de mil no se sacará uno de

hombres y mujeres que no fuesen muy hermosos de gestos y de cuerpos.

Ansí lo torna el Almirante á certificar en otro capítulo, diciendo:

«Todos de buena estatura gente muy hermosa, los cabellos no crespos,

salvo correntios y gruesos, y todos de la frente y cabeza muy ancha,

y los ojos muy hermosos y no pequeños, y ninguno negro salvo de la

color de los canarios, ni se debe esperar otra cosa, pues estan leste

gueste con la isla del Hierro, en Canaria, so una línea; las piernas

muy derechas, todas á una mano, y no barriga, salvo muy bien hecha,

etc.» Estas son sus palabras. Pareció[28] tambien aquesta gente, por

su simplicidad y mansedumbre, á la de una isla que cuenta Diódoro en

el lib. III, capítulo 13 de su Historia, de la cual dice maravillas.

Esta isla fué descubierta por ciertos griegos captivos en Etiopía, y

enviados en una barca ó navecilla pequeña, por cierto oráculo que los

etiopes habian tenido, los cuales, navegando cuatro meses de Etiopía

por el mar Océano hácia el Mediodia, despues de muchas tormentas y

peligros, llegaron á una isla redonda, de 5.000 estadios, que hacen 210

leguas, fertilísima y beatísima, la gente de la cual, en barcas, se

vino luego á recibillos; rescibiéronlos y tratáronlos benignísimamente

y conmutaron con ellos de lo que traian dándoles de lo que tenian;

aquella gente tenia cuatro codos de cuerpo, eran hermosos en todos sus

miembros, carecian de pelos sino era en la cabeza, y cejas, y párpados

y barba, tenian horadadas las orejas y la lengua cortada por medio á la

luenga, de su naturaleza, que parecia tener dos lenguas, y así hablaban

no sólo como hombres, sino como aves cantaban, y lo que maravillosa

cosa era, que hablaban con dos hombres disputando ó respondiendo

diversas cosas sin errar, juntamente, á uno con la una parte de la

lengua, y al otro con la otra. Tienen de costumbre vivir hasta cierta

edad, y llegados á ella, ellos mismos se dan la muerte; hay cierta

hierba, sobre la cual, si alguno se echa, viénele luego un muy suave

sueño y ansí muere: las mujeres tienen comunes, y ansí todos tienen

por propios todos los hijos, y como ninguno entre ellos tiene ambicion

ó señalada afeccion á persona alguna, viven concordes sin revueltas,

pacíficamente. Otras cosas refiere Diódoro, de la isla y de la gente,

dignas de ser leidas.

Historia de las Indias (vol. 1 de 5) · 第 55 / 126 题