En el cual se tracta como es ley universal que Dios tiene en su
mundo, que las cosas grandes, mayormente las de la fe, tengan muchos
contrarios y dificultades, y de la razon desto.--Como la gente
desmayaba de ver tan largo viaje sin ver tierra, murmuraban y echaban
maldiciones á Cristóbal Colon, diciéndole en la cara injurias porque
se tornase, amenazándole que le habian de echar á la mar, y tomaban
más recias ocasiones cuanto mejor tiempo llevaban.--Como Cristóbal
Colon los consolaba y cumplia con ellos con buenas palabras, y gran
modestia y paciencia.--Como Dios le favorecia, vieron algunas aves en
señal de estar cerca de tierra.--De los corrillos y pláticas que entre
sí tenian contra él.--Como él lo disimulaba, y de las razones que les
decia para que perseverasen, y de la esperanza que les daba.
Las cosas grandes y de que Dios tiene mucha estima, como son las que
han de resultar en honra y gloria suya y en provecho universal de
su Iglesia, y finalmente para bien y conclusion del número de sus
predestinados, apénas se alcanzan, como en algun capítulo de los de
arriba digimos, sino con innumerables dificultades, contradicciones,
trabajos y peligros, ordenándolo así el divino saber y poder, porque
esta es una de las leyes inviolables que tiene puestas en su mundo en
todas las cosas que de su jaez y naturaleza son buenas, puesto que sean
temporales, y mucho más en las que dirigen los hombres á la verdadera
vida y bondad eternal, queriendo que á la grande fiesta preceda grande
vigilia. Esto parece, por lo que el Hijo de Dios por su boca divina
manifestó por Sant Lúcas, capítulo postrero: «Necesario fué Cristo
padecer, y ansí, por pasion, entrar en su propia gloria;» pues, ¿qué
habremos de padecer nosotros para entrar en la ajena? Y los Apóstoles
dijeron, _Actuum_ 14: «Por muchas tribulaciones nos es necesario entrar
en el reino de Dios.» Por consiguiente, permite al enemigo de la humana
naturaleza, que, haciendo su oficio, los contradiga, ó para que más
resplandezcan y se alaben sus maravillas, en que tan maravillosamente
suele, cuando más parecen los negocios perdidos, favorecer á que se
efectuen, por más que el adversario trabaje impedirlos, ó para que la
flaqueza y presumpcion humana se cognosca y entre sí, consigo misma,
cognosciéndose, sea reprimida, teniendo experiencia muy clara, no una
sino muchas veces, de sí por sí no poder nada si por la válida mano del
Omnipotente no es socorrida, y tambien porque por la paciencia en los
desconsuelos y aflicciones, y dilacion de conseguir lo deseado, crezca
el merecimiento de sus escogidos, y no ménos porque los dones señalados
de tan sumo dador, cuanto más deseados y cuanto más dificultados, y
cuanto en mayores aflicciones habidos sean, como digno es, de todos á
cuya noticia vinieren, mucho más estimados y tenidos. Por estas razones
aparejó Dios á Cristóbal Colon incomparables angustias y tentaciones
con que le quiso probar, no de la mar ni de los vientos (aunque para
despues esto tambien le reservó), sino de hombres compañeros que le
debieron de ayudar, las cuales suelan ser más que otras intolerables.
Ansí que viendo la gente de los navíos, no experta de tan prolija
navegacion, ántes acostumbrada de ver cada dia, ó cuasi cada dia,
tierras, porque, como arriba tambien se tocó, el mayor golfo de mar
que en aquellos tiempos por nuestra gente se navegaba, era, ó el de
las Canarias, ó el de las islas de los Azores, ó el de la isla de
la Madera, ó las de cabo Verde, de las cuales el mayor no sube de
200 leguas ó pocas más sin ver tierra; sobre las muchas cosas de
que tomaban ocasion de desmayar, y por consiguiente de murmurar por
ser el viaje tan largo y el remedio y consuelo tan incierto, fué
la prosperidad que Dios les daba en darles tan buenos y favorables
vientos, que siempre iban con ellos allá, y la mar tan llana, que más
parecia laguna de agua muerta que mar, á lo cual no poco ayudaba no la
hallar tan salobre como la que dejaban atras. Por manera, que inferian
que, pues siempre llevaban un viento, porque por la mayor parte de
todo el año corren brisas, que son vientos boreales como Nordeste y
sus colaterales por aquesta mar, y la mar tan mansa, que debian de
estar en otro mundo y regiones diversas de las del mundo de allá, y
que no ternian viento con que se tornar. Y así, todo lo uno y lo otro
juntado, y todo cuanto vian y les acaecia, echándolo siempre á la peor
parte y á mal, por lo cual las murmuraciones y maldiciones que ántes
consigo mesmos decian y echaban á su general Capitan y á quien le habia
enviado, comenzáronlas á manifestar, y desvergonzadamente decirle en
la cara que los habia engañado y los llevaba perdidos á matar, y que
juraban á tal y á cual, que sino se tornaba que lo habian primero á él
de echar en la mar. Cuando se llegaban los otros navíos á hablar con
él, oía hartas palabras que no ménos le traspasaban el ánima que las de
los que junto á sus oidos se le desmandaban. Cristóbal Colon, viéndose
cercado de tantas amarguras, que le angustiaban el corazon más, por
ventura, que si se viera dentro de las olas de la mar, extranjero y
entre gente mal domada, suelta de palabra, y de obras más que otra
insolentísima, como es por la mayor parte la que profesa el arte de
marear, con muy dulces y amorosas palabras, gracioso y alegre rostro,
como él lo tenia, y de autoridad, disimulando con gran paciencia y
prudencia sus temerarios desacatos, los esforzaba, y animaba, y rogaba
que mirasen lo que hasta allí habian trabajado, que era lo más, y que
por lo ménos que les restaba no quisiesen perder lo pasado, y que las
cosas grandes no se habian de alcanzar sino con grandes trabajos y
dificultad; cuanto ganaron los que sufrieron, cuanto vituperio seria
de la animosidad de los españoles volverse, sin haber visto lo que
deseaban, vacíos, y que él esperaba en Dios que más presto de lo que
estimaban los habia á todos de alegrar y consolar, y cognoscerian
como á los Reyes que lo enviaban y á ellos que con él venian habia
dicho verdad. Con estas y otras palabras cumplia lo que de su parte
podia, puesto que á ellos poco los aplacase, ántes se encendian como
gente desordenada y cuasi desesperada; y porque Dios queria confundir
la inconstancia dellos y favorecer la humildad de Cristóbal Colon, y
andaba cerca de manifestar su verdad, el sábado, 22 de Setiembre,
tuvieron vientos contrarios, ventavales, anduvieron á una parte y á
otra fuera del camino derecho 30 leguas, y el domingo, 23 de Setiembre,
se levantó mucho la mar, tanto que los que temian por hacer siempre
brisas y vientos hácia estas partes, y, por ser llana y mansa la mar,
no pensaban poder volver á España, temblaban ya con tanto viento
contrario y con la braveza de la mar. Dice aquí el Almirante, que le
fué muy necesaria esta contrariedad de vientos y que la mar se alterase
mucho, por que la gente perdiese su errada opinion de que les habia
de faltar mar y vientos para tornarse, y ansí fué causa esto de algo
asosegarse ó no tanto desesperar, puesto que aún no les faltaba que
oponer cuanto al viento, diciendo que aquel viento no era durable,
hasta que el domingo siguiente, que ya dije, no tuvieron que responder
cuando vieron la mar tan alterada. Por lo cual, dice aquí Cristóbal
Colon, que hacia Dios con él y con ellos, como hizo con Moisen y los
judios cuando los sacó de Egipto, mostrando señales para confusion
dellos y para el favor y ayuda dél. Vieron aqueste domingo una tórtola
sobre la nao, y á la tarde un alcatraz y un pajarito de rio y otras
aves blancas, y en las hierbas, que eran muchas, hallaban algunos
cangregitos chiquitos vivos. Andarian hoy hasta 22 leguas, aunque
no camino derecho. El lúnes siguiente, 24 de Setiembre, andarian al
derecho camino 14 leguas y media. Vino á la nao un alcatraz, y vieron
muchas aves de tierra, que son ciertas pardelas que venian de hácia
Poniente, y peces parecieron cabe los navíos, y mataron dellos algunos
con las fisgas, que son unos instrumentos de hierro como los dedos de
la mano extendidos, sino que son grandes. Cuanto Dios más les mostraba
manifiestas señales de que era imposible estar léjos de la tierra,
tanto más crecia su impaciencia é inconstancia, y más se indignaban
contra Cristóbal Colon. En todo el dia y la noche, los que estaban
despiertos, nunca cesaban de estar hechos corrillos, los que se podian
unos con otros juntar, murmurando y tratando de cómo se podrian tornar.
Para esto decian, que era gran locura y ser homicidas de sí mismos,
aventurar sus vidas por seguir la locura de un hombre extranjero, que
por hacerse gran señor se habia puesto á morir, y verse en tan grande
aprieto como él y todos se vian, y engañando tanta gente, mayormente
habiendo sido su negociacion ó sueño por tan grandes hombres y tantos
letrados contradicha, y por vana y loca tenida, y que bastaba para
excusarse, de cualquiera cosa que sobre aquesto hiciesen, haber llegado
hasta donde nunca hombres llegaron ni osaron navegar, y que no se
obligaron á llegar hasta el cabo del mundo, especialmente que si más
tardaban, no era posible tener bastimentos para volver. Algunos pasaban
más adelante diciendo, que lo mejor de todo era echarlo una noche á la
mar, si porfiase pasar adelante, y publicar que habia él caido, tomando
el estrella con su cuadrante ó astrolabio, y que, como era extranjero,
pocos ó nadie habria que pidiese la cuenta, ántes habria infinitos que
afirmasen haberle dado Dios por su atrevimiento su merecido. En estas
y en otras semejantes ocupaciones, gastaban el tiempo de noche y de
dia, y á ello habian de dar lugar los Pinzones, que eran los Capitanes
y principales de toda la gente, y como todos los demas marineros eran
naturales y vecinos de Palos y Moguel, á ellos y con ellos acudian y
sentian todos. Destos Pinzones se quejaba mucho, y de las penas que
le habian dado, Cristóbal Colon. Fácilmente podrá juzgar el que esto
leyere, con cuanto sobresalto y temor estaria Cristóbal Colon, no
hiciese aquella gente, tan libre y tan sin razon como suele ser en
la mar, algun desvarío. ¡En cuánta tristeza, y angustia, y amarguras
iria! No dejaba de encomendarse mucho á Dios, aparejado para cualquiera
calamidad y muerte que le viniese. Disimulaba con ellos, alegrábalos
honrando al menor cuanto podia; reia con ellos llorándole el corazon, y
algunas veces representábales, cuanto rigor podrian los Reyes usar con
ellos, habiendo dejado de proseguir una demanda de que tan averiguadas
señales habian visto para estar cerca, de lo cual ninguno que lo oyese
dudaria, y por consiguiente, todos con razon les culparian, y que, para
excusar estos y otros muchos inconvenientes, les rogaba, que como
hombres animosos y de virtud, sufriesen algunos pocos de dias, que él
les prometia, con confianza que tenia de la Santísima Trinidad, ellos
verian en muy breve tiempo tierra, con la vista de la cual todos se
alegrarian.