CAPÍTULO XXXVII.

En el cual se tracta como es ley universal que Dios tiene en su

mundo, que las cosas grandes, mayormente las de la fe, tengan muchos

contrarios y dificultades, y de la razon desto.--Como la gente

desmayaba de ver tan largo viaje sin ver tierra, murmuraban y echaban

maldiciones á Cristóbal Colon, diciéndole en la cara injurias porque

se tornase, amenazándole que le habian de echar á la mar, y tomaban

más recias ocasiones cuanto mejor tiempo llevaban.--Como Cristóbal

Colon los consolaba y cumplia con ellos con buenas palabras, y gran

modestia y paciencia.--Como Dios le favorecia, vieron algunas aves en

señal de estar cerca de tierra.--De los corrillos y pláticas que entre

sí tenian contra él.--Como él lo disimulaba, y de las razones que les

decia para que perseverasen, y de la esperanza que les daba.

Las cosas grandes y de que Dios tiene mucha estima, como son las que

han de resultar en honra y gloria suya y en provecho universal de

su Iglesia, y finalmente para bien y conclusion del número de sus

predestinados, apénas se alcanzan, como en algun capítulo de los de

arriba digimos, sino con innumerables dificultades, contradicciones,

trabajos y peligros, ordenándolo así el divino saber y poder, porque

esta es una de las leyes inviolables que tiene puestas en su mundo en

todas las cosas que de su jaez y naturaleza son buenas, puesto que sean

temporales, y mucho más en las que dirigen los hombres á la verdadera

vida y bondad eternal, queriendo que á la grande fiesta preceda grande

vigilia. Esto parece, por lo que el Hijo de Dios por su boca divina

manifestó por Sant Lúcas, capítulo postrero: «Necesario fué Cristo

padecer, y ansí, por pasion, entrar en su propia gloria;» pues, ¿qué

habremos de padecer nosotros para entrar en la ajena? Y los Apóstoles

dijeron, _Actuum_ 14: «Por muchas tribulaciones nos es necesario entrar

en el reino de Dios.» Por consiguiente, permite al enemigo de la humana

naturaleza, que, haciendo su oficio, los contradiga, ó para que más

resplandezcan y se alaben sus maravillas, en que tan maravillosamente

suele, cuando más parecen los negocios perdidos, favorecer á que se

efectuen, por más que el adversario trabaje impedirlos, ó para que la

flaqueza y presumpcion humana se cognosca y entre sí, consigo misma,

cognosciéndose, sea reprimida, teniendo experiencia muy clara, no una

sino muchas veces, de sí por sí no poder nada si por la válida mano del

Omnipotente no es socorrida, y tambien porque por la paciencia en los

desconsuelos y aflicciones, y dilacion de conseguir lo deseado, crezca

el merecimiento de sus escogidos, y no ménos porque los dones señalados

de tan sumo dador, cuanto más deseados y cuanto más dificultados, y

cuanto en mayores aflicciones habidos sean, como digno es, de todos á

cuya noticia vinieren, mucho más estimados y tenidos. Por estas razones

aparejó Dios á Cristóbal Colon incomparables angustias y tentaciones

con que le quiso probar, no de la mar ni de los vientos (aunque para

despues esto tambien le reservó), sino de hombres compañeros que le

debieron de ayudar, las cuales suelan ser más que otras intolerables.

Ansí que viendo la gente de los navíos, no experta de tan prolija

navegacion, ántes acostumbrada de ver cada dia, ó cuasi cada dia,

tierras, porque, como arriba tambien se tocó, el mayor golfo de mar

que en aquellos tiempos por nuestra gente se navegaba, era, ó el de

las Canarias, ó el de las islas de los Azores, ó el de la isla de

la Madera, ó las de cabo Verde, de las cuales el mayor no sube de

200 leguas ó pocas más sin ver tierra; sobre las muchas cosas de

que tomaban ocasion de desmayar, y por consiguiente de murmurar por

ser el viaje tan largo y el remedio y consuelo tan incierto, fué

la prosperidad que Dios les daba en darles tan buenos y favorables

vientos, que siempre iban con ellos allá, y la mar tan llana, que más

parecia laguna de agua muerta que mar, á lo cual no poco ayudaba no la

hallar tan salobre como la que dejaban atras. Por manera, que inferian

que, pues siempre llevaban un viento, porque por la mayor parte de

todo el año corren brisas, que son vientos boreales como Nordeste y

sus colaterales por aquesta mar, y la mar tan mansa, que debian de

estar en otro mundo y regiones diversas de las del mundo de allá, y

que no ternian viento con que se tornar. Y así, todo lo uno y lo otro

juntado, y todo cuanto vian y les acaecia, echándolo siempre á la peor

parte y á mal, por lo cual las murmuraciones y maldiciones que ántes

consigo mesmos decian y echaban á su general Capitan y á quien le habia

enviado, comenzáronlas á manifestar, y desvergonzadamente decirle en

la cara que los habia engañado y los llevaba perdidos á matar, y que

juraban á tal y á cual, que sino se tornaba que lo habian primero á él

de echar en la mar. Cuando se llegaban los otros navíos á hablar con

él, oía hartas palabras que no ménos le traspasaban el ánima que las de

los que junto á sus oidos se le desmandaban. Cristóbal Colon, viéndose

cercado de tantas amarguras, que le angustiaban el corazon más, por

ventura, que si se viera dentro de las olas de la mar, extranjero y

entre gente mal domada, suelta de palabra, y de obras más que otra

insolentísima, como es por la mayor parte la que profesa el arte de

marear, con muy dulces y amorosas palabras, gracioso y alegre rostro,

como él lo tenia, y de autoridad, disimulando con gran paciencia y

prudencia sus temerarios desacatos, los esforzaba, y animaba, y rogaba

que mirasen lo que hasta allí habian trabajado, que era lo más, y que

por lo ménos que les restaba no quisiesen perder lo pasado, y que las

cosas grandes no se habian de alcanzar sino con grandes trabajos y

dificultad; cuanto ganaron los que sufrieron, cuanto vituperio seria

de la animosidad de los españoles volverse, sin haber visto lo que

deseaban, vacíos, y que él esperaba en Dios que más presto de lo que

estimaban los habia á todos de alegrar y consolar, y cognoscerian

como á los Reyes que lo enviaban y á ellos que con él venian habia

dicho verdad. Con estas y otras palabras cumplia lo que de su parte

podia, puesto que á ellos poco los aplacase, ántes se encendian como

gente desordenada y cuasi desesperada; y porque Dios queria confundir

la inconstancia dellos y favorecer la humildad de Cristóbal Colon, y

andaba cerca de manifestar su verdad, el sábado, 22 de Setiembre,

tuvieron vientos contrarios, ventavales, anduvieron á una parte y á

otra fuera del camino derecho 30 leguas, y el domingo, 23 de Setiembre,

se levantó mucho la mar, tanto que los que temian por hacer siempre

brisas y vientos hácia estas partes, y, por ser llana y mansa la mar,

no pensaban poder volver á España, temblaban ya con tanto viento

contrario y con la braveza de la mar. Dice aquí el Almirante, que le

fué muy necesaria esta contrariedad de vientos y que la mar se alterase

mucho, por que la gente perdiese su errada opinion de que les habia

de faltar mar y vientos para tornarse, y ansí fué causa esto de algo

asosegarse ó no tanto desesperar, puesto que aún no les faltaba que

oponer cuanto al viento, diciendo que aquel viento no era durable,

hasta que el domingo siguiente, que ya dije, no tuvieron que responder

cuando vieron la mar tan alterada. Por lo cual, dice aquí Cristóbal

Colon, que hacia Dios con él y con ellos, como hizo con Moisen y los

judios cuando los sacó de Egipto, mostrando señales para confusion

dellos y para el favor y ayuda dél. Vieron aqueste domingo una tórtola

sobre la nao, y á la tarde un alcatraz y un pajarito de rio y otras

aves blancas, y en las hierbas, que eran muchas, hallaban algunos

cangregitos chiquitos vivos. Andarian hoy hasta 22 leguas, aunque

no camino derecho. El lúnes siguiente, 24 de Setiembre, andarian al

derecho camino 14 leguas y media. Vino á la nao un alcatraz, y vieron

muchas aves de tierra, que son ciertas pardelas que venian de hácia

Poniente, y peces parecieron cabe los navíos, y mataron dellos algunos

con las fisgas, que son unos instrumentos de hierro como los dedos de

la mano extendidos, sino que son grandes. Cuanto Dios más les mostraba

manifiestas señales de que era imposible estar léjos de la tierra,

tanto más crecia su impaciencia é inconstancia, y más se indignaban

contra Cristóbal Colon. En todo el dia y la noche, los que estaban

despiertos, nunca cesaban de estar hechos corrillos, los que se podian

unos con otros juntar, murmurando y tratando de cómo se podrian tornar.

Para esto decian, que era gran locura y ser homicidas de sí mismos,

aventurar sus vidas por seguir la locura de un hombre extranjero, que

por hacerse gran señor se habia puesto á morir, y verse en tan grande

aprieto como él y todos se vian, y engañando tanta gente, mayormente

habiendo sido su negociacion ó sueño por tan grandes hombres y tantos

letrados contradicha, y por vana y loca tenida, y que bastaba para

excusarse, de cualquiera cosa que sobre aquesto hiciesen, haber llegado

hasta donde nunca hombres llegaron ni osaron navegar, y que no se

obligaron á llegar hasta el cabo del mundo, especialmente que si más

tardaban, no era posible tener bastimentos para volver. Algunos pasaban

más adelante diciendo, que lo mejor de todo era echarlo una noche á la

mar, si porfiase pasar adelante, y publicar que habia él caido, tomando

el estrella con su cuadrante ó astrolabio, y que, como era extranjero,

pocos ó nadie habria que pidiese la cuenta, ántes habria infinitos que

afirmasen haberle dado Dios por su atrevimiento su merecido. En estas

y en otras semejantes ocupaciones, gastaban el tiempo de noche y de

dia, y á ello habian de dar lugar los Pinzones, que eran los Capitanes

y principales de toda la gente, y como todos los demas marineros eran

naturales y vecinos de Palos y Moguel, á ellos y con ellos acudian y

sentian todos. Destos Pinzones se quejaba mucho, y de las penas que

le habian dado, Cristóbal Colon. Fácilmente podrá juzgar el que esto

leyere, con cuanto sobresalto y temor estaria Cristóbal Colon, no

hiciese aquella gente, tan libre y tan sin razon como suele ser en

la mar, algun desvarío. ¡En cuánta tristeza, y angustia, y amarguras

iria! No dejaba de encomendarse mucho á Dios, aparejado para cualquiera

calamidad y muerte que le viniese. Disimulaba con ellos, alegrábalos

honrando al menor cuanto podia; reia con ellos llorándole el corazon, y

algunas veces representábales, cuanto rigor podrian los Reyes usar con

ellos, habiendo dejado de proseguir una demanda de que tan averiguadas

señales habian visto para estar cerca, de lo cual ninguno que lo oyese

dudaria, y por consiguiente, todos con razon les culparian, y que, para

excusar estos y otros muchos inconvenientes, les rogaba, que como

hombres animosos y de virtud, sufriesen algunos pocos de dias, que él

les prometia, con confianza que tenia de la Santísima Trinidad, ellos

verian en muy breve tiempo tierra, con la vista de la cual todos se

alegrarian.

Historia de las Indias (vol. 1 de 5) · 第 52 / 126 题