CAPÍTULO XXXII.

En el cual se trata como segunda vez absolutamente fué Cristóbal Colon

de los Reyes despedido y se partió de Granada desconsolado, y como un

Luis de Santangel, escribano de las raciones, privado de los Reyes, á

quien pesaba gravemente no aceptar la Reina la empresa de Cristóbal

Colon, entró á la Reina y le hizo una notable habla, tanto que la

persuadió eficazmente, y prestó un cuento de maravedís á la Reina para

el negocio, y la Reina envió luego á hacer volver á Cristóbal Colon, y

otras cosas notables que aquí se contienen.

Despedido esta segunda vez, por mandado de los Reyes, Cristóbal Colon,

y sin darle alguna esperanza, como en la otra le dieron, de que en

algun tiempo se tornaria á tratar dello, sino absolutamente, acompañado

de harta tristeza é disfavor, como cada uno podrá considerar, salióse

de la ciudad de Granada, donde los Reyes habian ya con gran triunfo y

gloria de Dios, y alegría del pueblo cristiano, entrado á dos dias del

mes de Enero, segun dice el mismo Cristóbal Colon en el principio del

libro de su navegacion primera; en el mismo mes de Enero, digo, que

salió para proseguir su ida de Francia. Entre otras personas de los que

le ayudaban en la corte y deseaban que su obra se concluyese é pasase

adelante, fue aquel Luis de Santangel, que arriba digimos, escribano de

raciones. Este recibió tan grande y tan excesiva pena y tristeza desta

segunda y final repulsa, sin alguna esperanza, como si á él fuera en

ello alguna gran cosa y poco ménos que la vida; viendo así á Cristóbal

Colon despedido, y no pudiendo sufrir el daño y menoscabo que juzgaba

á los Reyes seguirse, ansí en perder los grandes bienes y riquezas que

Cristóbal Colon prometia si acaecia salir verdad y haberlos otro Rey

cristiano, como en la derogacion de su real autoridad que tan estimada

en el mundo era, no queriendo aventurar tan poco gasto por cosa tan

infinita, confiando en Dios y en la privanza ó estima que los Reyes de

su fidelidad y deseo de servirles sabia que tenian, confiadamente se

fué á la Reina y díjole desta manera: «Señora, el deseo que siempre

he tenido de servir al Rey mi señor y á Vuestra Alteza, que si fuere

menester moriré por su real servicio, me ha constreñido á parecer ante

Vuestra Alteza y hablarle en cosa que ni convenia á mi persona, ni dejo

de conocer que excede las reglas ó límites de mi oficio, pero á la

confianza que siempre tuve de la clemencia de Vuestra Alteza y de su

real generosidad, y que mirará las entrañas con que lo digo, he tomado

ánimo de notificarle lo que en mi corazon siento, y que otros quizá muy

mejor lo sentirán que yo, que tambien aman fielmente á Vuestras Altezas

y desean su prosperidad como yo su siervo mínimo; digo, Señora, que

considerando muchas veces el ánimo tan generoso y tan constante de que

Dios adornó á Vuestras Altezas para emprender cosas grandes y obras

excelentísimas, héme maravillado mucho no haber aceptado una empresa

como este Colon ha ofrecido, en que tan poco se perdia puesto que vana

saliese, y tanto bien se aventuraba conseguir para servicio de Dios

y utilidad de su Iglesia, con grande crecimiento del Estado real de

Vuestras Altezas y prosperidad de todos estos vuestros reinos, porque

en la verdad, Señora serenísima, este negocio es de calidad, que si lo

que tiene Vuestra Alteza por dificultoso ó por imposible á otro Rey se

ofrece, y lo acepta y sale próspero, como este hombre dice, y, á quien

bien lo quiere entender, dá muy buenas razones para ello, manifiestos

son los inconvenientes que á la autoridad de Vuestras Altezas y daños

á vuestros reinos vernian. Y esto ansí sucediendo, lo que Dios no

permita, Vuestras Altezas toda su vida de sí mesmas ternian queja

terrible, de vuestros amigos y servidores con razon culpados seríades,

á los enemigos no les faltaria materia de insultar y escarnecer, y

todos, los unos y los otros, afirmar osarian que Vuestras Altezas

tenian su merecido; pues lo que los Reyes sucesores de Vuestras Altezas

podrán sentir é quizá padecer, no es muy escuro á los que profundamente

lo consideran. Y pues este Colon, siendo hombre sabio y prudente y de

tan buena razon como es, y que parece dar muy buenos fundamentos,

de los cuales algunos los letrados á quien Vuestras Altezas lo han

cometido le admiten, puesto que otros le resisten, pero vemos que á

muchas cosas no le saben responder y él á todas las que le oponen dá

sus salidas y respuestas, y él aventura su persona, y lo que pide para

luego es muy poco, y las mercedes y remuneracion no las quiere sino de

lo que él mismo descubriere; suplico á Vuestra Alteza no estime este

negocio por tan imposible que no pueda, con mucha gloria y honor de

vuestro real nombre y multiplicacion de vuestro estado y prosperidad

de vuestros súbditos y vasallos, suceder. Y de lo que algunos alegan

que no saliendo el negocio como deseamos y este Colon profiere, sería

quedar Vuestras Altezas con alguna nota de mal miramiento por haber

emprendido cosa tan incierta, yo soy de muy contrario parecer. Porque

por más cierto tengo que aquesta obra añadirá muchos quilates sobre

la loa y fama que Vuestras Altezas de magnificentísimos y animosos

Príncipes tienen, que procuran saber con gastos suyos las secretas

grandezas que contiene el mundo dentro de sí, pues no serán los

primeros Reyes que semejantes hazañas acometieron, como fué Ptolomeo

y Alexandre y otros grandes y poderosos Reyes, y, dado que del todo

lo que pretendian no consiguieron, no por eso faltó de á grandeza de

ánimo y menosprecio de los gastos serles por todo el mundo atribuido.

Cuanto mas, Señora, que todo lo que al presente pide no es sino sólo un

cuento, y que se diga que Vuestra Alteza lo deja por no dar tan poca

cuantía, verdaderamente sonaria muy feo, y en ninguna manera conviene

que Vuestra Alteza abra mano de tan grande empresa aunque fuese muy

más incierta.» Cognosciendo, pues, la Reina católica la intincion

y buen celo que tenia Luis de Santangel á su servicio, dijo que le

agradecia mucho su deseo y el parecer que le daba y que tenia por bien

de seguirlo, pero que se difiriese por entónces hasta que tuviese un

poco de quietud y descanso, porque ya via cuán necesitados estaban

con aquellas guerras que tan prolijas habian sido; pero si todavía os

parece, Santangel, dice la Reina, que ese hombre ya no podrá sufrir

tanta tardanza, yo terné por bien que sobre joyas de mi recámara se

busquen prestados los dineros que para hacer el armada pide, y váyase

luego á entender en ella. El Luis de Santangel hincó las rodillas y

fuéle á besar las manos teniéndole en señalada merced la cuenta que de

su parecer hacia, en querer acetar negociacion tan dudosa como todos la

hacian y contradecian, y añidió: «Señora serenísima, no hay necesidad

de que, para esto, se empeñen las joyas de Vuestra Alteza; muy pequeño

será el servicio que yo haré á Vuestra Alteza y al Rey mi señor,

prestando el cuento de mi casa, sino que Vuestra Alteza mande enviar

por Colon, el cual creo es ya partido.» Luego la Reina mandó que fuese

un alguacil de corte, por la posta, tras Cristóbal Colon, y de parte de

Su Alteza le dijese, como le mandaba tornar y lo trujese; al cual halló

á dos leguas de Granada, á la puente que se dice de Pinos. Volvióse con

el alguacil Cristóbal Colon; fué, con alegría, de Santangel recibido.

Sabido por la Reina ser tornado, mandó luego al Secretario Juan de

Coloma, que con toda presteza entendiese en hacer la capitulacion y

todos los despachos que, Cristóbal Colon, ser necesarios para todo su

viaje y descubrimiento, le dijese y pidiese. No es razon de pasar de

aquí, sin considerar la órden y ley que Dios tiene situada en su mundo,

como arriba creo que habemos dicho. ¡Con cuánta dificultad las cosas

buenas y de importancia y que Dios pretende hacer se consiguen! ¡Con

cuantas zozobras, contradicciones, angustias, repulsas y aflicciones

quiere Dios que, los que para instrumento y medio de su consecucion

elige, sean afligidos! ¡De cuánta gracia y ayuda de Dios requieren

ser, los que las han de negociar, guarnecidos! ¡Cuánta perseverancia,

constancia, sufrimiento, paciencia y teson en la virtud, deben tener

los que se ofrecen á servir á Dios en cosas egregias y grandes,

hasta que las alcanzan! pues las temporales, no con ménos trabajos

y aflicciones vienen á concluirse, puesto que ésta por espiritual y

temporal juntamente y aceptísima á Dios puede ser tenida. Y ansí creo

yo que por Dios, por los bienes espirituales y eternos, y salud de

los predestinados principalmente, Cristóbal Colon fué movido. ¿Quién

pudiera sufrir siete años de tanto destierro, de tantas angustias,

disfavores, afrentas, tristezas, pobreza, frio y hambre (como él, en

una carta, dice que padeció en Sancta Fé), como Cristóbal Colon, por

alcanzar este socorro, ayuda, favor, hubo sufrido? Pues no es nada esto

con lo que despues en toda su vida, cuanto á mayor estado y prosperidad

llegare, le está aparejado que ha de padecer y sufrír; porque, como en

el discurso deste libro primero, placiendo á Dios, parecerá, todos los

dias que vivió fueron llenos de peligros, sobresaltos, trabajos, nunca

otros tales oidos, amarguras, persecuciones, dolores y un continuo

martirio, porque nadie en subimientos de estados, ni en hazañas y

servicios que haya hecho á los Reyes, ni en mercedes que dellos haya

recibido, ni en riquezas, ó tesoros que hallare, confie. Es tambien

de considerar, como los Reyes son hombres como los otros, y que están

en manos todos del sumo y verdadero Rey Dios todo poderoso, por quien

reinan en la tierra, cuyo corazon cuando y cómo y adonde y por quien

le place, á lo que quiere los vuelve, porque no obstando tantos

letrados, y personas de tanta y grande auctoridad cerca de los reyes,

á estorbarles y disuadirles que tal empresa no admitiesen; viniéronla

á conceder y proveer, por persuacion de un hombre sin letras, sólo

con buena voluntad, y que cristiana y prudentemente supo á la Reina

persuadir y con efecto inclinar. La Historia de Juan de Barros,

portogués, dice, hablando desto; que el Cardenal D. Pero Gonzalez de

Mendoza, fué la mayor parte para que la Reina lo admitiese. Bien pudo

ser, que ántes y algunas veces mucho, como yo creo, favoreciese, y al

fin el susodicho Santangel, del todo, como está dicho, lo concluyese.

Lo tercero, tambien no dejemos pasar sin que consideremos, cuánta era

la penuria que en aquel tiempo Castilla de oro y plata y de dinero

tenia, que no tuviesen los reyes un cuento de maravedís para expedir

tan sumo negocio, sin que se hubiesen de empeñar las joyas que la

ínclita Reina para su adornamiento real tenia, y que al cabo esta

hazañosa y monstruosa obra, por su entidad y grandeza, se hubiese de

comenzar con un cuento, y prestado por un criado, no muy rico, de los

reyes, y los tesoros que hasta hoy han entrado en Castilla, de las

Indias, y gastádose por los reyes de Castilla, otros semejantes á los

cuales ni ojos los vieron, ni oidos los oyeron, ni corazon jamás los

pensó, ni hombre tampoco los pudo haber soñado. Aquí tambien ocurre

más que notar, que, segun parece por algunas cartas de Cristóbal

Colon, escritas de su misma mano, para los Reyes desde esta misma isla

Española, que yo he tenido en mis manos, un religioso que habia nombre

fray Antonio de Marchena, no dice de qué órden, ni en qué, ni cuando,

fué el que mucho le ayudó á que la Reina se persuadiese y aceptase la

peticion, el cual dice ansí: Ya saben Vuestras Altezas, que anduve

siete años en su corte importunándoles por esto; nunca en todo este

tiempo se halló piloto, ni marinero, ni filósofo, ni de otra ciencia

que todos no dijesen que mi empresa era falsa, que nunca yo hallé ayuda

de nadie, salvo de fray Antonio de Marchena, despues de aquella de Dios

eterno, etc.; y abajo dice otra vez, que no se halló persona que no

lo tuviese á burla, salvo aquel Padre fray Antonio de Marchena (como

arriba dice, etc.) Nunca pude hallar de qué órden fuese, aunque creo

que fuese de Sant Francisco, por cognoscer que Cristóbal Colon, despues

de Almirante, siempre fué devoto de aquella órden. Tampoco pude saber

cuando, ni en qué, ni cómo le favoreciese ó qué entrada tuviese en los

Reyes el ya dicho Padre fray Antonio de Marchena.

Historia de las Indias (vol. 1 de 5) · 第 47 / 126 题