En el cual se trata como segunda vez absolutamente fué Cristóbal Colon
de los Reyes despedido y se partió de Granada desconsolado, y como un
Luis de Santangel, escribano de las raciones, privado de los Reyes, á
quien pesaba gravemente no aceptar la Reina la empresa de Cristóbal
Colon, entró á la Reina y le hizo una notable habla, tanto que la
persuadió eficazmente, y prestó un cuento de maravedís á la Reina para
el negocio, y la Reina envió luego á hacer volver á Cristóbal Colon, y
otras cosas notables que aquí se contienen.
Despedido esta segunda vez, por mandado de los Reyes, Cristóbal Colon,
y sin darle alguna esperanza, como en la otra le dieron, de que en
algun tiempo se tornaria á tratar dello, sino absolutamente, acompañado
de harta tristeza é disfavor, como cada uno podrá considerar, salióse
de la ciudad de Granada, donde los Reyes habian ya con gran triunfo y
gloria de Dios, y alegría del pueblo cristiano, entrado á dos dias del
mes de Enero, segun dice el mismo Cristóbal Colon en el principio del
libro de su navegacion primera; en el mismo mes de Enero, digo, que
salió para proseguir su ida de Francia. Entre otras personas de los que
le ayudaban en la corte y deseaban que su obra se concluyese é pasase
adelante, fue aquel Luis de Santangel, que arriba digimos, escribano de
raciones. Este recibió tan grande y tan excesiva pena y tristeza desta
segunda y final repulsa, sin alguna esperanza, como si á él fuera en
ello alguna gran cosa y poco ménos que la vida; viendo así á Cristóbal
Colon despedido, y no pudiendo sufrir el daño y menoscabo que juzgaba
á los Reyes seguirse, ansí en perder los grandes bienes y riquezas que
Cristóbal Colon prometia si acaecia salir verdad y haberlos otro Rey
cristiano, como en la derogacion de su real autoridad que tan estimada
en el mundo era, no queriendo aventurar tan poco gasto por cosa tan
infinita, confiando en Dios y en la privanza ó estima que los Reyes de
su fidelidad y deseo de servirles sabia que tenian, confiadamente se
fué á la Reina y díjole desta manera: «Señora, el deseo que siempre
he tenido de servir al Rey mi señor y á Vuestra Alteza, que si fuere
menester moriré por su real servicio, me ha constreñido á parecer ante
Vuestra Alteza y hablarle en cosa que ni convenia á mi persona, ni dejo
de conocer que excede las reglas ó límites de mi oficio, pero á la
confianza que siempre tuve de la clemencia de Vuestra Alteza y de su
real generosidad, y que mirará las entrañas con que lo digo, he tomado
ánimo de notificarle lo que en mi corazon siento, y que otros quizá muy
mejor lo sentirán que yo, que tambien aman fielmente á Vuestras Altezas
y desean su prosperidad como yo su siervo mínimo; digo, Señora, que
considerando muchas veces el ánimo tan generoso y tan constante de que
Dios adornó á Vuestras Altezas para emprender cosas grandes y obras
excelentísimas, héme maravillado mucho no haber aceptado una empresa
como este Colon ha ofrecido, en que tan poco se perdia puesto que vana
saliese, y tanto bien se aventuraba conseguir para servicio de Dios
y utilidad de su Iglesia, con grande crecimiento del Estado real de
Vuestras Altezas y prosperidad de todos estos vuestros reinos, porque
en la verdad, Señora serenísima, este negocio es de calidad, que si lo
que tiene Vuestra Alteza por dificultoso ó por imposible á otro Rey se
ofrece, y lo acepta y sale próspero, como este hombre dice, y, á quien
bien lo quiere entender, dá muy buenas razones para ello, manifiestos
son los inconvenientes que á la autoridad de Vuestras Altezas y daños
á vuestros reinos vernian. Y esto ansí sucediendo, lo que Dios no
permita, Vuestras Altezas toda su vida de sí mesmas ternian queja
terrible, de vuestros amigos y servidores con razon culpados seríades,
á los enemigos no les faltaria materia de insultar y escarnecer, y
todos, los unos y los otros, afirmar osarian que Vuestras Altezas
tenian su merecido; pues lo que los Reyes sucesores de Vuestras Altezas
podrán sentir é quizá padecer, no es muy escuro á los que profundamente
lo consideran. Y pues este Colon, siendo hombre sabio y prudente y de
tan buena razon como es, y que parece dar muy buenos fundamentos,
de los cuales algunos los letrados á quien Vuestras Altezas lo han
cometido le admiten, puesto que otros le resisten, pero vemos que á
muchas cosas no le saben responder y él á todas las que le oponen dá
sus salidas y respuestas, y él aventura su persona, y lo que pide para
luego es muy poco, y las mercedes y remuneracion no las quiere sino de
lo que él mismo descubriere; suplico á Vuestra Alteza no estime este
negocio por tan imposible que no pueda, con mucha gloria y honor de
vuestro real nombre y multiplicacion de vuestro estado y prosperidad
de vuestros súbditos y vasallos, suceder. Y de lo que algunos alegan
que no saliendo el negocio como deseamos y este Colon profiere, sería
quedar Vuestras Altezas con alguna nota de mal miramiento por haber
emprendido cosa tan incierta, yo soy de muy contrario parecer. Porque
por más cierto tengo que aquesta obra añadirá muchos quilates sobre
la loa y fama que Vuestras Altezas de magnificentísimos y animosos
Príncipes tienen, que procuran saber con gastos suyos las secretas
grandezas que contiene el mundo dentro de sí, pues no serán los
primeros Reyes que semejantes hazañas acometieron, como fué Ptolomeo
y Alexandre y otros grandes y poderosos Reyes, y, dado que del todo
lo que pretendian no consiguieron, no por eso faltó de á grandeza de
ánimo y menosprecio de los gastos serles por todo el mundo atribuido.
Cuanto mas, Señora, que todo lo que al presente pide no es sino sólo un
cuento, y que se diga que Vuestra Alteza lo deja por no dar tan poca
cuantía, verdaderamente sonaria muy feo, y en ninguna manera conviene
que Vuestra Alteza abra mano de tan grande empresa aunque fuese muy
más incierta.» Cognosciendo, pues, la Reina católica la intincion
y buen celo que tenia Luis de Santangel á su servicio, dijo que le
agradecia mucho su deseo y el parecer que le daba y que tenia por bien
de seguirlo, pero que se difiriese por entónces hasta que tuviese un
poco de quietud y descanso, porque ya via cuán necesitados estaban
con aquellas guerras que tan prolijas habian sido; pero si todavía os
parece, Santangel, dice la Reina, que ese hombre ya no podrá sufrir
tanta tardanza, yo terné por bien que sobre joyas de mi recámara se
busquen prestados los dineros que para hacer el armada pide, y váyase
luego á entender en ella. El Luis de Santangel hincó las rodillas y
fuéle á besar las manos teniéndole en señalada merced la cuenta que de
su parecer hacia, en querer acetar negociacion tan dudosa como todos la
hacian y contradecian, y añidió: «Señora serenísima, no hay necesidad
de que, para esto, se empeñen las joyas de Vuestra Alteza; muy pequeño
será el servicio que yo haré á Vuestra Alteza y al Rey mi señor,
prestando el cuento de mi casa, sino que Vuestra Alteza mande enviar
por Colon, el cual creo es ya partido.» Luego la Reina mandó que fuese
un alguacil de corte, por la posta, tras Cristóbal Colon, y de parte de
Su Alteza le dijese, como le mandaba tornar y lo trujese; al cual halló
á dos leguas de Granada, á la puente que se dice de Pinos. Volvióse con
el alguacil Cristóbal Colon; fué, con alegría, de Santangel recibido.
Sabido por la Reina ser tornado, mandó luego al Secretario Juan de
Coloma, que con toda presteza entendiese en hacer la capitulacion y
todos los despachos que, Cristóbal Colon, ser necesarios para todo su
viaje y descubrimiento, le dijese y pidiese. No es razon de pasar de
aquí, sin considerar la órden y ley que Dios tiene situada en su mundo,
como arriba creo que habemos dicho. ¡Con cuánta dificultad las cosas
buenas y de importancia y que Dios pretende hacer se consiguen! ¡Con
cuantas zozobras, contradicciones, angustias, repulsas y aflicciones
quiere Dios que, los que para instrumento y medio de su consecucion
elige, sean afligidos! ¡De cuánta gracia y ayuda de Dios requieren
ser, los que las han de negociar, guarnecidos! ¡Cuánta perseverancia,
constancia, sufrimiento, paciencia y teson en la virtud, deben tener
los que se ofrecen á servir á Dios en cosas egregias y grandes,
hasta que las alcanzan! pues las temporales, no con ménos trabajos
y aflicciones vienen á concluirse, puesto que ésta por espiritual y
temporal juntamente y aceptísima á Dios puede ser tenida. Y ansí creo
yo que por Dios, por los bienes espirituales y eternos, y salud de
los predestinados principalmente, Cristóbal Colon fué movido. ¿Quién
pudiera sufrir siete años de tanto destierro, de tantas angustias,
disfavores, afrentas, tristezas, pobreza, frio y hambre (como él, en
una carta, dice que padeció en Sancta Fé), como Cristóbal Colon, por
alcanzar este socorro, ayuda, favor, hubo sufrido? Pues no es nada esto
con lo que despues en toda su vida, cuanto á mayor estado y prosperidad
llegare, le está aparejado que ha de padecer y sufrír; porque, como en
el discurso deste libro primero, placiendo á Dios, parecerá, todos los
dias que vivió fueron llenos de peligros, sobresaltos, trabajos, nunca
otros tales oidos, amarguras, persecuciones, dolores y un continuo
martirio, porque nadie en subimientos de estados, ni en hazañas y
servicios que haya hecho á los Reyes, ni en mercedes que dellos haya
recibido, ni en riquezas, ó tesoros que hallare, confie. Es tambien
de considerar, como los Reyes son hombres como los otros, y que están
en manos todos del sumo y verdadero Rey Dios todo poderoso, por quien
reinan en la tierra, cuyo corazon cuando y cómo y adonde y por quien
le place, á lo que quiere los vuelve, porque no obstando tantos
letrados, y personas de tanta y grande auctoridad cerca de los reyes,
á estorbarles y disuadirles que tal empresa no admitiesen; viniéronla
á conceder y proveer, por persuacion de un hombre sin letras, sólo
con buena voluntad, y que cristiana y prudentemente supo á la Reina
persuadir y con efecto inclinar. La Historia de Juan de Barros,
portogués, dice, hablando desto; que el Cardenal D. Pero Gonzalez de
Mendoza, fué la mayor parte para que la Reina lo admitiese. Bien pudo
ser, que ántes y algunas veces mucho, como yo creo, favoreciese, y al
fin el susodicho Santangel, del todo, como está dicho, lo concluyese.
Lo tercero, tambien no dejemos pasar sin que consideremos, cuánta era
la penuria que en aquel tiempo Castilla de oro y plata y de dinero
tenia, que no tuviesen los reyes un cuento de maravedís para expedir
tan sumo negocio, sin que se hubiesen de empeñar las joyas que la
ínclita Reina para su adornamiento real tenia, y que al cabo esta
hazañosa y monstruosa obra, por su entidad y grandeza, se hubiese de
comenzar con un cuento, y prestado por un criado, no muy rico, de los
reyes, y los tesoros que hasta hoy han entrado en Castilla, de las
Indias, y gastádose por los reyes de Castilla, otros semejantes á los
cuales ni ojos los vieron, ni oidos los oyeron, ni corazon jamás los
pensó, ni hombre tampoco los pudo haber soñado. Aquí tambien ocurre
más que notar, que, segun parece por algunas cartas de Cristóbal
Colon, escritas de su misma mano, para los Reyes desde esta misma isla
Española, que yo he tenido en mis manos, un religioso que habia nombre
fray Antonio de Marchena, no dice de qué órden, ni en qué, ni cuando,
fué el que mucho le ayudó á que la Reina se persuadiese y aceptase la
peticion, el cual dice ansí: Ya saben Vuestras Altezas, que anduve
siete años en su corte importunándoles por esto; nunca en todo este
tiempo se halló piloto, ni marinero, ni filósofo, ni de otra ciencia
que todos no dijesen que mi empresa era falsa, que nunca yo hallé ayuda
de nadie, salvo de fray Antonio de Marchena, despues de aquella de Dios
eterno, etc.; y abajo dice otra vez, que no se halló persona que no
lo tuviese á burla, salvo aquel Padre fray Antonio de Marchena (como
arriba dice, etc.) Nunca pude hallar de qué órden fuese, aunque creo
que fuese de Sant Francisco, por cognoscer que Cristóbal Colon, despues
de Almirante, siempre fué devoto de aquella órden. Tampoco pude saber
cuando, ni en qué, ni cómo le favoreciese ó qué entrada tuviese en los
Reyes el ya dicho Padre fray Antonio de Marchena.