En el cual se contiene otra via diversa de la del precedente capítulo,
que algunos tuvieron para quel Cristóbal Colon fuese de los reyes
de Castilla admitido y favorecido, conviene á saber, que visto que
el Duque de Medina Sidonia no le favorecia, que se fué á la Rábida
de Palos donde habia dejado su hijo con determinacion de irse al
rey de Francia; y que un guardian del dicho monesterio de La Rábida
que se llamaba fray Juan Perez, le rogó que no se fuese hasta que
él escribiese á la Reina; envió la Reina á llamar al guardian y
despues á Cristóbal Colon y envióle dineros.--Llegado, hobo muchas
disputas.--Tórnase á tener por locura.--Despiden totalmente á
Cristóbal Colon.--Nótase la gran constancia y fortaleza de ánimo de
Cristóbal Colon, etc.--Dá el autor ántes desto alguna conformidad de
tres vías que parecen diversas como esto al cabo se concluyó.
Dicho habemos en el capítulo ántes deste la manera que se tuvo para
que los Reyes se determinasen á aceptar la empresa de Cristóbal Colon,
segun supimos de persona de las antiguas en esta isla y á quien yo no
dudé ni otro dudara darle crédito. En este quiero contar otra vía,
segun otros afirmaron, por la cual vino el negocio á tornarse á tratar
y los Reyes sufriesen otra vez á oirle, puesto que tambien por allí
se desbarató y con más desconsuelo y mayor amargura del mismo Colon.
Puédese colegir parte desta vía de algunas palabras que de cartas
del dicho Cristóbal Colon para los Reyes he visto, mayormente de las
probanzas que se hicieron por parte del Fiscal del Rey, despues que
el almirante D. Diego Colon, primer sucesor del primero, movió pleito
sobre su estado y privilegios al Rey; y puesto que en algunas cosas
parezca con la primera ser hasta incompatible, no por eso será bien
condenar del todo aquella que no hobiese acaecido, porque aunque no
llevase todo el discurso como se ha referido, puede haber sido que el
duque de Medinaceli hobiese la dicha empresa al principio admitido,
y despues, por algunos inconvenientes ó cosas que acaecieron, que no
constan, habérsele impedido. Finalmente, de la primera y desta segunda
y de la tercera, que en el siguiente capítulo se referirá, podrá
tomar el que esto leyere la que mejor le pareciere, ó de todas tres
componer una, si, salva la verisimilitud, compadecer se pudiere; ó que,
despedido del duque de Medina Sidonia ó del de Medinaceli, saliese
descontento sobre el descontento que trujo de la corte Cristóbal Colon,
segun los que dijeron que fué á la villa de Palos con su hijo, ó á
tomar su hijo, Diego Colon, niño, lo cual yo creo. Fuese al monesterio
de La Rábida, de la órden de San Francisco, que está junto á aquella
villa, con intencion de pasar á la villa de Huelva, á saber, con un su
concuño, casado, diz que, con una hermana de su mujer, é de allí pasar
en Francia á proponer su negocio al Rey, y si allí no se le admitiese
ir al Rey de Inglaterra, por saber tambien de su hermano Bartalomé
Colon, de quien hasta entónces no habia tenido alguna nueva; salió un
Padre, que habia nombre, fray Juan Perez, que debia ser el Guardian del
monesterio, y comenzó á hablar con él en cosas de la corte como supiese
que della venia, y Cristóbal Colon le dió larga cuenta de todo lo que
con los Reyes y con los Duques le habia ocurrido, del poco crédito que
le habian dado, de la poca estima que de negocio tan grande hacian, y
como lo tenian todos por cosa vana y de aire y todos los de la corte,
por la mayor parte, lo desfavorecian. Haciendo alguna reflexion entre
sí, el dicho Padre, cerca de las cosas que á Cristóbal Colon oia,
quísose bien informar de la materia y de las razones que ofrecia,
y, porque algunas veces Cristóbal Colon hablaba puntos y palabras
de las alturas y de astronomía y él no las entendia, hizo llamar á
un médico ó físico, que se llamaba Garci Hernandez, su amigo, que,
como filósofo, de aquellas proposiciones más que él entendia; juntos
todos tres platicando y confiriendo, agradó mucho al Garci Hernandez,
físico, y por consiguente al dicho Padre Guardian, el cual diz que,
ó era confesor de la Serenísima Reina, ó lo habia sido, y con esta
confianza rogó instantísimamente al dicho Cristóbal Colon que no se
fuese, porque él determinaba de escribir á la Reina sobre ello, y que
hasta que volviese la respuesta se estuviese allí en el monasterio de
La Rábida. Plugo á Cristóbal Colon hacerlo así, lo uno porque como ya
hobiese seis ó siete años que andaba en la corte negociando ésto, y
sintiese la bondad de los Reyes, y la fama de sus virtudes y clemencia
por muchas partes se difundia, por lo cual deseaba servirles, y via
que no por falta de Sus Altezas sino de los que les aconsejaban, no
entendiendo el negocio, no se lo admitian, y tenia aficion al reino
de Castilla, donde tenia sus hijos que mucho queria; y lo otro por
excusar trabajos y dilacion, yendo de nuevo á Francia, aunque ya
rescibido habia cartas del rey de Francia, segun él dice en una carta
que escribió á los Reyes, creo que desde esta isla Española, diciendo
ansí: «Por servir á Vuestras Altezas yo no quise entender con Francia
ni Inglaterra, ni Portugal, de los cuales Príncipes vieron Vuestras
Altezas las cartas, por mano del doctor Villalano.» Y ansí parece que
todos tres Reyes le convidaron y llamaron, aunque en diversos tiempos,
ofreciéndose á querer ser informados, y aceptaron el negocio. Ansí que,
tornando al propósito, cogieron un hombre que se llamaba Sebastian
Rodriguez, piloto de Lepe, para que llevase la carta del Guardian á
la Reina. Desde á catorce dias tornó el hombre con la respuesta de la
Reina, por lo cual parece que la corte estaba en la villa de Sancta
Fe, como los Reyes estuviesen ocupados en la guerra de Granada y cerca
del cabo della. Respondió la Reina al dicho Padre fray Juan Perez,
agradeciéndole mucho su aviso y buena intencion, y celo de su servicio,
y que le rogaba y mandaba que luego, vista la presente, viniese á la
corte ante Su Alteza, y que dejase con esperanza á Cristóbal Colon de
buena respuesta en su negocio, hasta que Su Alteza lo escribiese. Vista
la carta de la Reina, el dicho Padre fray Juan Perez, á media noche,
se partió secretamente, y, besadas las manos á la Reina, platicó Su
Alteza con él mucho sobre el negocio, y al cabo, diz que, se determinó
de darle los tres navíos y lo demas que Colon pedia. Pero el que esto
depuso, que fué Garci Hernandez, no debiera de saber lo que en la corte
pasó, sino como vido que el Guardian no volvió á Palos hasta quel
negocio se concluyó, juzgó que de aquella hecha se habia conconcluido;
para efecto de lo cual escribió la Reina á Cristóbal Colon, y envióle
20.000 maravedís en florines para con que fuese, y trújolos Diego
Prieto, vecino de la dicha villa de Palos, y diólos al dicho Garci
Hernandez, físico, para que se los diese. Recibido este despacho,
Cristóbal Colon fuese á la corte, y el Guardian dicho y algunas
personas, puesto que eran pocas, que le favorecian, suplican á la Reina
que se torne á tratar dello. Hiciéronse de nuevo muchas diligencias,
júntanse muchas personas, hobiéronse informaciones de filósofos, y
astrólogos, y cosmógrafos (si con todo entónces algunos perfectos en
Castilla habia), de marineros y pilotos, y todos á una voz decian
que era todo locura y vanidad, y á cada paso burlaban y escarnecian
dello, segun que el mismo Almirante, muchas veces á los Reyes en sus
cartas, lo refiere y testifica. Hacia más difícil la aceptacion deste
negocio lo mucho que Cristóbal Colon, en remuneracion de sus trabajos
y servicios é industria, pedia, conviene á saber, estado, Almirante,
Visorey y Gobernador perpetuo, etc. cosas, que, á la verdad, entónces
se juzgaban por muy grandes y soberanas, como lo eran, y hoy por tales
se estimarian, puesto que mucha fué entónces la inadvertencia, y hoy
lo fuera, no considerándose que si pedia esto, no era sino como el que
pide las albricias dellas mismas (como arriba, hablando del rey de
Portugal, digimos): llegó á tanto el no creer ni estimar en nada lo
que Cristóbal Colon ofrecia, que vino en total despedimiento, mandando
los Reyes que le dijesen que se fuese en hora buena. El principal, que
fué causa desta ultimada despedida, se cree haber sido el susodicho
Prior de Prado y los que le seguian, de creer es que no por otra causa
sino porque otra cosa no alcanzaban ni entendian. El cual, despedido
por mandado de la Reina, despidióse él de los que allí le favorecian;
tomó el camino para Córdoba con determinada voluntad de pasarse á
Francia y hacer lo que arriba se dijo. Aquí se puede bien notar la
gran constancia y ánimo generoso, y no ménos la sabiduría de Cristóbal
Colon, y tambien la certidumbre, como arriba fué dicho, que tuvo de su
descubrimiento, que viéndose con tanta repulsa y contradiccion afligido
y apretado de tan gran necesidad, que quizá aflojando en las mercedes
que pedia, contentándose con ménos, y que parece que con cualquiera
cosa debiera contentarse, los Reyes se movieran á darle lo que era
menester para su viaje, y en lo demas lo que buenamente pareciera que
debiera dársele, se le diera, no quiso blandear en cosa alguna, sino
con toda entereza perseverar en lo que una vez habia pedido; y al cabo,
con todas estas dificultades, se lo dieron, y ansí lo capituló, como si
todo lo que ofrecia y descubrió, segun ya digimos, debajo de su llave
en un arca lo tuviera.