CAPÍTULO XXII.

Pues habemos interpuesto en esta nuestra historia el descubrimiento

de las islas Fortunadas ó de Canaria y de la gente dellas, porque

haya dellas noticia alguna en nuestro vulgar castellano, pues ni

en él, ni en historia escripta en latin, se hallará escripto tan

particularmente ni tan á la larga lo que aquí habemos dicho dellas,

y parece no ser fuera de propósito referirlo, como quiera que cada

dia, hablando destas Indias, hemos de topar con ellas, por la misma

razon me ha parecido escribir tambien algo de las islas y tierras

deste mar Océano, adonde nos acaece veces frecuentes aportar, puesto

que pertenezcan á los portogueses. Éstas son las islas de la Madera,

y la que llaman Puerto Santo, y las que decimos de los Azores, y las

de cabo Verde; y tambien la navegacion y descubrimiento que hicieron

los portogueses, y cuando la comenzaron por la costa de Guinea, y en

qué tiempo se descubrió el cabo de Buena Esperanza, de que muchas

veces habemos arriba tocado: cuya noticia, segun estimo, á los que son

amigos de saber cosas antiguas no será desagradable. Para lo cual, es

primero de suponer que en tiempo del rey D. Juan de Portugal, primero

deste nombre, y del rey D. Juan II de Castilla, que reinaron por el

año de 1400 de nuestro Salvador Jesucristo, aunque el rey D. Juan de

Castilla comenzó á reinar por el año de 407, no estaba descubierto,

de la costa de África y Etiopía, á la parte del Océano, más de hasta

el cabo ó Promontorio que llamaban en aquellos tiempos el cabo de No,

cuasi queriendo decir que ya, de allí adelante, ó no habia más tierra,

ó que no era posible adelante de allí pasar; por el temor que toda

España tenia entónces de navegar, apartándose de tierra, porque no

solían ni osaban hacerse ó engolfarse, apartándose de tierra, á la

mar, como de aquel Cabo adelante vuelva la tierra, encorvándose á la

mano izquierda, cuasi hácia atras, y, no viendo la tierra cada hora,

temblaban y creian que de allí adelante todo era mar: y tanto se temia

por los navegantes apartarse de la tierra y pasar, de aquel cabo de No,

adelante, que habia este proverbio entre los portogueses marineros:

_Quem passar o cabo de Nam, ou tornara ou nam_; quien pasare el cabo de

No ó volverá ó no. Y aunque por las tablas de Ptolomeo se habia ó tenia

noticia del promontorio ó cabo Hesperionceras, que agora nombramos de

Buena Esperanza, dudábase si la tierra de África, por aqueste Océano,

se continuaba con la del cabo de Buena Esperanza. Está aquel cabo de

No frontero y cuasi en renclera con la isla de Lanzarote, que es de

las primeras de las Canarias, como arriba se dijo, leste queste ó de

Oriente á Poniente, y dista della 50 leguas. Y porque cuando Dios

quiere dar licencia á las cosas para que parezcan, si están ocultas, ó

se hagan, si segun su divinal decreto conviene hacerse para gloria suya

y provecho de los hombres, suele proveer de las necesarias ocasiones,

por ende aparejó para esto la siguiente ocasion: En este tiempo, el

dicho rey D. Juan de Portugal, determinó de pasar con ejército allende

del mar, contra los moros, donde tomó la ciudad de Cepta, llevando

consigo al infante D. Enrique, su hijo, el menor de tres que tenia; el

cual, segun las historias portoguesas, era muy virtuoso, buen cristiano

y aún vírgen, segun dicen, celoso de la dilatacion de la fé y culto

divino, aficionado mucho á hacer guerra á los moros. Este Infante

comenzó á tener inclinacion de inquirir y preguntar á los moros, con

quien allí trataba, de los secretos interiores de la tierra dentro

de África, y gentes y costumbres que por ella moraban, los cuales le

daban relacion de la nueva y fama que ellos tenian, que era la tierra

extenderse mucho adelante, dilatándose muy léjos hácia dentro de la

otra parte del reino de Fez, allende el cual se seguian los desiertos

de África, donde vivian los alárabes; á los alárabes se continuaban

los pueblos de los que se llamaban acenegues, y estos confinaban con

los negros de Joloph, donde se comienza la region de Guinea, á la cual

nombraban los moros Guinauha, del cual nombre tomaron los portogueses y

comenzaron á llamar la tierra de los negros, Guinea; así que, cuanto el

Infante curioso era en preguntar, por adquirir noticia de los secretos

de aquella tierra, y más frecuentes informaciones recibia, tanto más su

inclinacion se encendia y mayor deseo le causaba de enviar á descubrir

por la mar la costa ó ribera de África, pasando adelante del dicho

cabo de No. Para efecto de lo cual, determinó de inviar cada un año un

par de navíos á descubrir la dicha costa adelante; y de algunas veces

que envió navíos, con gran dificultad pudieron llegar, descubriendo

hasta otro cabo ó punta de tierra, á que pusieron nombre el cabo del

Boxador, obra de 60 leguas adelante del cabo dicho que nombraban de

No. No podian pasar de allí, aunque lo probaban y trabajaban, por

razon de las grandes corrientes y vientos contrarios; y tambien no

lo porfiaban mucho, porque, como volvia encorvándose la tierra mucho

hácia el leste, temian de hacerse á la mar, no osando apartarse de

la tierra, por la poca experiencia que tenian; y deste mucho bojar

por allí aquella costa, le llamaron el cabo del Boxador. Tuvieron

otro inconveniente, que los amedrentaba mucho; ver por adelante unas

restringas ó arracifes de peñas en la mar, y faltándoles industria

para desecharlas, como pudieran si la tuvieran, por no se hacer algo

á la mar no lo osaban acometer; y segun cuenta Gomez Canes de Juraza,

en el lib. I, capítulo 5.º de su Corónica portoguesa, que fué y la

escribió en tiempo del rey D. Alonso V de Portugal, era fama y opinion

de marineros que era imposible pasar al dicho cabo del Boxador, porque

la mar, á una legua de tierra, era tan baja, que no tenia más de una

braza de agua, y las corrientes muy grandes y otras dificultades

que imaginaban, sin ser verdad, por las cuales en ninguna manera se

atrevian á lo pasar. Pasáronse en esto bien doce años, dentro de los

cuales el Infante puso mucha gran diligencia y hizo grandes gastos,

enviando muchas veces navíos; y muchos caballeros, por servirle, se

movian á ir, y otros á armar navíos y carabelas por ir á descubrir la

dicha costa, y, en fin, ninguno en aquel tiempo se atrevió á pasar el

dicho cabo del Boxador. A la vuelta que volvian, hacian muchos saltos

en los moros que vivian en aquella costa; otras veces rescataban negros

de los mismos moros; otras, y las que podian, los hacian, como arriba

se dijo, en las Canarias, de lo cual dicen que el Infante recibia mucho

enojo, porque siempre mandaba que á las tierras y gentes que llegasen

no hiciesen daños ni escándalos, pero ellos no lo hacian ansí por la

mayor parte. Y esta es la ceguedad, como arriba tocamos, que ha caido

en los cristianos mundanos, creer que por ser infieles los que no son

baptizados, luego les es lícito saltearlos, robarlos, captivarlos y

matarlos; ciertamente, aunque aquellos eran moros, no los habian de

captivar, ni robar, ni saltear, pues no eran de los que por las partes

de la Berberia y Levante, infestan y hacen daño á la cristiandad, y

eran otras gentes estas, diferentes de aquellas en provincias y en

condicion muy distante; y bastaba no tener nuestras tierras, como no

lo eran las de Etiopía, ni hacernos guerra, ni serles posible hacerla,

ni sernos en cargo en otra manera, para ser aquellos portogueses, de

necesidad de salvarse, obligados á no guerrearlos, ni saltearlos, ni

hacerles daño alguno, sino á tractar con ellos pacíficamente, dándoles

ejemplo de cristiandad, para que desde luego que vían aquellos hombres

con título de cristianos, amasen la religion cristiana y á Jesucristo,

que es en ella adorado, y no darles causa con obras de sí mismas tan

malas, hechas contra quien no se las habia merecido, que aborreciesen

á Cristo y á sus cultores, con razonable causa. Tampoco miraban los

portogueses, que por cognoscer los moros la cudicia suya, de haber

negros por esclavos, les daban ocasion de que les hiciesen guerra ó

los salteasen con más cuidado, sin justa causa, para se los vender por

esclavos; y este es un peligroso negocio y granjería en que debe ser

muy advertido y temeroso, cuando contratare y tuviere comercio con

algun infiel, cualquier cristiano. Tornando, pues, á nuestro propósito

en el año de 1417 ó 18, dos caballeros portogueses, que se llamaban,

Juan Gonzalez y Tristan Vazquez, ofreciéronse, por servir al Infante,

de ir á descubrir y pasar adelante del cabo del Boxador. Salidos de

Portugal en un navío: navegando la via de África, antes que llegasen á

la costa della, dióles un tan terrible temporal y deshecha tormenta,

con la cual se vieron totalmente sin alguna esperanza de vida, y

andando desatinados sin saber donde estaban, perdido el tino y la vía

ó camino que llevaban, corriendo, á árbol seco, sin velas, donde las

mares ó las olas querian echarlos, cuando no se cataron halláronse cabe

una isla que nunca jamás se habia descubierto, la cual nombraron la

isla del Puerto Santo. Viendo el sitio della y la bondad y clemencia

de la tierra y aires, y estar despoblada, porque, segun dice Juan de

Barros, historiador portogués, aborrecian ser poblada de tan fiera

gente como la de las Canarias (quisieran ellos que fueran gatos que no

rescuñaran por tener mas lugar de robarlos y captivarlos), fué tanta

el alegría que recibieron estimando haber hecho una gran hazaña, como

en la verdad entónces fué por tal tenida, que dejaron de proseguir su

viaje, y volviéronse muy alegres á dar las nuevas al Infante; el cual,

como era, segun se dice, buen cristiano, viendo que por medio suyo Dios

daba tierras nuevas á Portugal para que se extendiese el divino culto

y que se iba cumpliendo lo que mucho deseaba, fueron inestimables las

gracias y loores que á Dios daba. Augmentaban más su grande gozo las

nuevas, que, de la dicha isla, aquellos dos caballeros le referian, ser

dignísima de poblarse, los cuales luego se le ofrecieron de ir ellos

en persona con mas gente y las cosas necesarias para poblarla. Visto

esto, el Infante mandó aparejar tres navíos con cuantas cosas pareció

convenir para poblar de nuevo tierra despoblada, y dió el un navío á un

caballero muy principal de casa del infante D. Juan, su hermano, que

se ofreció tambien á ir á poblar en la dicha isla, llamado Bartolomé

Perestrello de que arriba en el cap. 4.º hicimos mencion, y á cada uno

de los caballeros que la habian descubierto dió el suyo, todos tres

muy cumplidamente aderezados. Entre otras cosas que llevó el Bartolomé

Perestrello, para comenzar su poblacion, fué una coneja hembra preñada,

en una jaula, la cual parió por la mar, de cuyo parto todos los

portogueses fueron muy regocijados teniéndolo por buen prenóstico, que

todas las cosas que llevaban habian bien de multiplicar, pues aún en

el camino comenzaban ver fruto dellas. Este fruto fué despues tanto y

tan importuno que se les tornó en gran enojo y en casi desesperacion de

que no sucederia cosa buena de su nueva poblacion, porque fueron tantos

los conejos que de la negra, una y sola coneja, se multiplicaron, que

ninguna cosa sembraban ó plantaban que todo no lo comian y destruian.

Esta multiplicacion fué tanta y en tan excesiva numerosa cantidad, por

espacio de dos años, que teniéndola (como lo era), por pestilencial

é irremediable plaga, comenzaron todos á aborrecer la vida que allí

tenian, y, viendo que ningun fruto podian sacar de sus muchos trabajos,

casi todos estuvieron por se tornar á Portugal; lo que al fin hizo el

dicho Bartolomé Perestrello, quedándose los otros para más probar,

porque la divina Providencia tenia determinado por medio dellos

descubrir otra isla, donde su santo nombre invocar y ser alabado.

Partido Bartolomé Perestrello, acordaron los dos caballeros, Juan

Gonzalez y Tristan Vazquez, de ir á ver unos nublados que habian muchos

dias considerado, que parecian cerca de allí, sospechando que debia de

ser alguna tierra, porque así parece llena de niebla la tierra que se

ve por la mar. De los cuales nublados ó celajes habia muchas opiniones,

porque unos decian que eran nublados de agua, otros humidades de la

mar, otros tierra, como suele siempre haber en semejante materia entre

los que navegan y son ejercitados por la mar. Aguardaron, pues, tiempo

de bonanza, que dicen los marineros cuando la mar está llana ó en

calma, y en dos barcas que habian hecho de la madera de la misma isla

del Espíritu Santo, llegando á los nublados, hallan que era una muy

graciosa isla llena toda de arboledas hasta el agua, por lo cual le

pusieron nombre la isla de la Madera, que despues y agora tanto fué y

es provechosa y nombrada. Despues de andada parte de la costa della y

buscados algunos puertos, volviéronse á la del Puerto Santo y de allí

á Portogal, á dar nuevas de la nueva isla al Infante; con las cuales

fué señalada el alegría que recibió, y, con licencia de su padre, el

rey D. Juan, les hizo mercedes de armas y privilegios señalados y

Gobernadores, al uno de la una parte de la isla y al otro de la otra;

donde llegaron á ser muy ricos, y, en hacienda y estado, ellos y sus

herederos, prósperos y poderosos. Llegados estos caballeros á la dicha

isla de la Madera, en el año de 1420, comenzaron su poblacion, y

para abrir la tierra que tan cerrada estaba y espesa de las cerradas

arboledas, pusieron fuego en muchas partes de la isla, y de tal manera

se encendió, que sin poderlo atajar, lo que mucho ellos quisieran, á

su pesar ardió contínuos siete años, de donde sucedió que aunque fué

provechoso á los de entónces, pero á los que despues vinieron y hoy son

causóse gran daño, por los ingenios de azúcar que requieren infinita

leña, de la cual tuvieron y tienen muy grande falta. Esto sintiendo

bien, el dicho Infante, hubo dello gran pesar y mandó que todos los

vecinos plantasen matas de árboles, con lo cual pudieron el daño hecho

en alguna manera restaurar. La fertilidad de la isla fué y es tanta,

y debria ser al principio muy mayor, que de sólo el quinto del azúcar

que se pagaba al maestrazgo de la órden de Cristo á quien el Rey la

dió, cuyo Maestre era el dicho Infante, era 60.000 arrobas de azúcar,

y este fruto dicen que daba obra de tres leguas de tierra. Terná toda

la isla de luengo veinte y cinco leguas, y de ancho, á partes, cerca de

doce, y váse ensasgostando hasta tres ó cuatro. Es aquí de saber, que

el reino de Portugal nunca supo qué cosa era abundancia de pan, sino

despues que el Infante pobló esta isla y las islas de los Azores y cabo

Verde, que todas estaban desiertas y sin poblacion; y de ellas se ha

traido á Portugal gran número de azúcar y madera, y llevado por toda

la Europa los marineros del Algarve, segun dice Gomez Canes de Jurara,

historiador. El Infante hizo merced al dicho caballero, Bartolomé

Perestrello, que tornase á poblar sólo él la isla de Puerto Santo,

creyendo que le hacia mayor merced que á los otros dos, puesto que le

salió ménos útil y más trabajosa que la de la isla de la Madera á los

otros, lo uno por la dicha plaga de los muchos conejos que con ningun

remedio los podia vencer, porque en una peña que está junto con la

isla le acaeció matar un dia 3.000, lo otro por no tener la isla rios

aparejados para hacer regadíos y agua mucha, como requiere para criar

las cañas de que se hace los azúcares y para moler los ingenios. Tiene

mucho trigo y cebada y muchos ganados, y dicen que se halla en ella el

árbol de donde sale la resina colorada, que llamamos sangre de drago, y

mucha miel y cera.

Historia de las Indias (vol. 1 de 5) · 第 37 / 126 题