En el cual se contienen muchos y diversos indicios y señales que por
diversas personas Cristóbal Colon era informado, que le hicieron
certísimo de haber tierra en aqueste mar Océano hácia esta parte del
Poniente, y entre ellos fué haber visto en los Azores algunos palos
labrados, y una canoa, y dos cuerpos de hombres que los traia la
mar y viento de hácia Poniente.--Hácese mencion de la tierra de los
Bacallaos y de la isla de Antilla y Siete Ciudades, etc.
De todas partes y por muchas maneras daba Dios motivos y causas á
Cristóbal Colon para que no dudase de acometer tan grande hazaña, y
por ella se pusiese á tan inefables trabajos como en ella padeció, sin
las razones y auctoridades tan claras que arriba se han referido, que
lo movian y pudieran mover harto suficientemente algunas dellas; pero
porque Dios via quizá en él alguna remision y temor de ponerse en cosa
tan árdua y no del todo haberse persuadido, dióle otras de experiencia
más palpables, cuasi dándole á entender que si aquellas de tantos
sabios no le bastaban, las señales y experiencias vistas por los ojos
de los idiotas, como echándoselas delante para que en ellas tropezase,
bastasen á lo mover. Dice, pues, Cristóbal Colon entre otras cosas que
puso en sus libros por escrito, que hablando con hombres de la mar,
personas diversas que navegaban las mares de Occidente, mayormente á
las islas de los Azores y de la Madera, entre otras, le dijo un piloto
del rey de Portugal, que se llamaba Martin Vicente, que hallándose una
vez 450 leguas al Poniente del Cabo de San Vicente, vido y cogió en el
navío, en el mar, un pedazo de madero labrado por artificio, y, á lo
que juzgaba, no con hierro; de lo cual y por haber muchos dias ventado
vientos Ponientes, imaginaba que aquel palo venia de alguna isla ó
islas que hácia el Poniente hobiese. Tambien otro que se nombró Pero
Correa, concuño del mismo Cristóbal Colon, casado con la hermana de
su mujer, le certificó que en la isla del Puerto Sancto habia visto
otro madero venido con los mismos vientos y labrado de la misma forma,
é que tambien habia visto cañas muy gruesas, que en un cañuto dellas
pudieran caber tres azumbres de agua ó de vino; y esto mismo dice
Cristóbal Colon que oyó afirmar al Rey de Portugal, hablando con él en
estas materias, y que el Rey se las mandó mostrar. El cual tuvo por
cierto (digo el Cristóbal Colon) ser las dichas cañas de algunas islas
ó isla que no estaba muy léjos, ó traidas de la India con el ímpetu
del viento y de la mar, pues en todas nuestras partes de la Europa no
las habia, ó no se sabia que las hubiese semejantes. Ayudábale á esta
creencia que Ptolomeo, en el lib. I, cap. 27 de su _Cosmographia_,
dice que en la India se hallaban de aquellas cañas. Item, por algunos
de los vecinos de las islas de los Azores, era certificado Cristóbal
Colon, que ventando vientos recios Ponientes y Noruestes, traia la mar
algunos pinos y los echaba en aquellas islas, en la costa, en especial
en la isla Graciosa y en la del Fayal, no habiendo por parte alguna
de aquellas islas donde se hallase pino. Otros le dijeron que en la
isla de las Flores, que es una de los Azores, habia echado la mar dos
cuerpos de hombres muertos, que parecia tener las caras muy anchas
y de otro gesto que tienen los cristianos; otra vez, diz, que en el
Cabo de la Verga, que es en[12], y por aquella comarca, se vieron
almadías ó canoas con casa movediza, las cuales por ventura, pasando
de una isla á otra, ó de un lugar á otro, la fuerza de los vientos y
mar las echó donde, no pudiendo tornar los que las traian perecieron,
y ellas, como nunca jamás se hunden, vinieron á parar por tiempo á
los Azores. Asimismo un Antonio Leme, casado en la Isla de la Madera,
le certificó, que habiendo una vez corrido con una su carabela buen
trecho al Poniente, habia visto tres islas cerca de donde andaba,
que fuese verdad ó no, al ménos diz que mucho se sonaba por el vulgo
comun, mayormente en las islas de la Gomera y del Hierro, y de los
Azores muchos lo afirmaban y lo juraban, ver cada año algunas islas
hácia la parte del Poniente. Á esto decia Cristóbal Colon, que podian
ser aquellas islas de las que tracta Plinio, lib. II, cap. 97 de su
«Natural Historia,» que hácia la parte del Septemtrion socaba la mar
algunas arboledas de la tierra, que tienen tan grandes raíces, que
las lleva como balsas sobre el agua que desde léjos parecen islas.
Ayuda á esto lo que dice Séneca en el lib. III de «Los Naturales:» que
hay natura de piedras tan esponjosas y livianas, que hacen dellas en
la India unas como islas que van nadando por el agua, y desta manera
debian de ser las que dicen de Sant Brandan, en cuya historia diz que
se lee que fueron vistas muchas islas por la mar de las islas de Cabo
Verde ó de los Azores, que siempre ardian y debian de ser como las que
arriba se han dicho: de lo mismo se hace mencion en el libro llamado
_Inventio fortunata_. Mas dice Cristóbal Colon, que el año de 1484 vido
en Portugal que un vecino de la isla de la Madera fué á pedir al Rey
una carabela para ir á descubrir cierta tierra, que juraba que via cada
año y siempre de una manera, concordando con los de las islas de los
Azores. De aquí sucedió, que, en las cartas de marear que los tiempos
pasados se hacian, se pintaban algunas islas por aquellas mares y
comarcas, especialmente la isla que decian de Antilla, y poníanla poco
más de 200 leguas al Poniente de las islas de Canarias y de los Azores.
Esta estimaban los portugueses, y hoy no dejan de tener opinion que
sea la isla de las Siete Ciudades, cuya fama y apetito aún ha llegado
hasta nos, y á muchos ha hecho por su codicia desvariar y gastar muchos
dineros sin provecho y con grandes daños, como, placiendo á Dios, en
el discurso desta historia parecerá. Esta isla de las Siete Ciudades,
dicen, segun se suena, los portogueses, que fué poblada dellos al
tiempo que se perdió España reinando el rey D. Rodrigo; y dicen que
por huir de aquella persecucion se embarcaron siete Obispos y mucha
gente, y con sus navíos fueron á aportar á la dicha isla, donde cada
uno hizo su pueblo, y porque la gente no pensase tornar, pusieron
fuego á los navíos, y dícese que en tiempo del Infante D. Enrique de
Portugal, con tormenta, corrió un navío que habia salido del puerto de
Portogal y no paró hasta dar en ella, y, saltando en tierra, los de
la isla los llevaron á la iglesia por ver si eran cristianos y hacian
las cerimonias romanas, y visto que lo eran, rogáronles que estuviesen
allí hasta que viniese su señor que estaba de allí apartado; pero
los marineros, temiendo no les quemasen el navío y los detuviesen
allí, sospechando que no querian ser sabidos de nadie, volviéronse á
Portugal muy alegres esperando recibir mercedes del Infante; á los
cuales diz que maltrató y mandó que volviesen, pero el maestre y ellos
no lo osaron hacer, por cuya causa, del reino salidos, nunca más á él
volvieron: dicen más, que los grumetes cogieron cierta tierra ó arena
para su fogon, y que hallaron que mucha parte della era oro. Algunos
salieron de Portogal á buscar esta misma, que, por comun vocablo,
la llamaban Antilla, entre los cuales salió uno que se decia Diego
Detiene, cuyo piloto, que se llamó Pedro de Velasco, vecino de Palos,
afirmó al mismo Cristóbal Colon, en el monesterio de Sancta María
de la Rábida, que habian partido de la isla del Fayal, y anduvieron
150 leguas por el viento lebechio, que es el viento Norueste, y á la
vuelta descubrieron la isla de las Flores, guiándose por muchas aves
que vian volar hácia allá, porque cognoscieron que eran aves de tierra
y no de la mar, y ansí juzgaron que debian de ir á dormir á alguna
tierra. Despues diz que fueron por el Nordeste tanto camino, que se
les quedaba el Cabo de Clara, que es en Ibernia, hácia el Leste, donde
hallaron ventar muy recio los vientos Ponientes y la mar era muy llana,
por lo cual creian que debia de ser por causa de tierra que por allí
debia de haber, que los abrigaba de la parte del Occidente; lo cual
no prosiguieron yendo para descubrirla, porque era ya por Agosto y
temieron el invierno. Esto diz que fué cuarenta años ántes que el
Cristóbal Colon descubriese nuestras Indias. Concuerda con esto lo
que un marinero tuerto dijo al dicho Cristóbal Colon, estando en el
puerto de Sancta María, que, en un viaje que habia hecho á Irlanda,
vido aquella tierra que los otros haber por allí creian, é imaginaban
que era Tartaria, que daba vuelta por el Occidente; la cual creo yo
cierto que era la que ahora llamamos la de los Bacallaos, á la cual no
pudieron llegar por los terribles vientos. Item, un marinero que se
llamó Pedro de Velasco, gallego, dijo al Cristóbal Colon en Múrcia,
que, yendo aquel viaje de Irlanda, fueron navegando y metiéndose tanto
al Norueste, que vieron tierra hácia el Poniente de Ibernia, y esta
creyeron los que allí iban que debia de ser la que quiso descubrir un
Hernan Dolinos, como luégo se dirá. Un piloto portugués llamado Vicente
Diaz, vecino de Tavira, viniendo de Guinea para la isla Tercera, de los
Azores, habiendo pasado el paraje de la isla de la Madera y dejando el
Levante, vido ó le pareció ver una isla que tuvo por muy cierto que era
verdadera tierra; el cual, llegando á la dicha isla Tercera, descubrió
el secreto á un mercader muy rico, ginovés amigo suyo, que tenia por
nombre Lúcas de Cazana, al cual persuadió mucho que armase para el
descubrimiento della, tanto que lo hubo de hacer; el cual, despues
de habida licencia del Rey de Portugal para lo hacer, envió recaudo
para que un su hermano, Francisco de Cazana, que residia en Sevilla,
proveyese de armas una nao con presteza y la entregase al dicho piloto
Vicente Diaz, pero el dicho Francisco de Cazana burló de la empresa y
no quiso hacerlo; tornó el piloto á la Tercera y armó luego el dicho
Lúcas de Cazana, y salió el piloto tres y cuatro veces á buscar la
dicha tierra hasta ciento y tantas leguas, y nunca pudo hallar nada,
por manera que el piloto y su armador perdieron esperanza de jamás
hallarla. Y todo esto dice Cristóbal Colon, en sus libros de memorias,
que le dijo el mismo hermano Francisco de Cazana, y añidió más, que
habia visto dos hijos del Capitan que descubrió la dicha isla Tercera,
que se llamaban Miguel y Gaspar Corte-Real, ir en diversos tiempos
á buscar aquella tierra, y que se perdieron en la demanda el uno en
pos del otro, sin que se supiese cosa dellos. Cosas eran todas estas
ciertamente para que él que tan solícito ya vivia desta negociacion,
se abrazase ya con ella, y señales con las cuales parece que Dios lo
movia con empellones, porque la Providencia divinal, cuando determina
hacer alguna cosa, sabe bien aparejar los tiempos, ansí como elige las
personas, da las inclinaciones, acude con los adminículos, ofrece las
ocasiones, quita eso mismo los impedimentos para que los efectos que
pretende finalmente se hayan por sus causas segundas de producir.