CAPÍTULO XIII.

En el cual se contienen muchos y diversos indicios y señales que por

diversas personas Cristóbal Colon era informado, que le hicieron

certísimo de haber tierra en aqueste mar Océano hácia esta parte del

Poniente, y entre ellos fué haber visto en los Azores algunos palos

labrados, y una canoa, y dos cuerpos de hombres que los traia la

mar y viento de hácia Poniente.--Hácese mencion de la tierra de los

Bacallaos y de la isla de Antilla y Siete Ciudades, etc.

De todas partes y por muchas maneras daba Dios motivos y causas á

Cristóbal Colon para que no dudase de acometer tan grande hazaña, y

por ella se pusiese á tan inefables trabajos como en ella padeció, sin

las razones y auctoridades tan claras que arriba se han referido, que

lo movian y pudieran mover harto suficientemente algunas dellas; pero

porque Dios via quizá en él alguna remision y temor de ponerse en cosa

tan árdua y no del todo haberse persuadido, dióle otras de experiencia

más palpables, cuasi dándole á entender que si aquellas de tantos

sabios no le bastaban, las señales y experiencias vistas por los ojos

de los idiotas, como echándoselas delante para que en ellas tropezase,

bastasen á lo mover. Dice, pues, Cristóbal Colon entre otras cosas que

puso en sus libros por escrito, que hablando con hombres de la mar,

personas diversas que navegaban las mares de Occidente, mayormente á

las islas de los Azores y de la Madera, entre otras, le dijo un piloto

del rey de Portugal, que se llamaba Martin Vicente, que hallándose una

vez 450 leguas al Poniente del Cabo de San Vicente, vido y cogió en el

navío, en el mar, un pedazo de madero labrado por artificio, y, á lo

que juzgaba, no con hierro; de lo cual y por haber muchos dias ventado

vientos Ponientes, imaginaba que aquel palo venia de alguna isla ó

islas que hácia el Poniente hobiese. Tambien otro que se nombró Pero

Correa, concuño del mismo Cristóbal Colon, casado con la hermana de

su mujer, le certificó que en la isla del Puerto Sancto habia visto

otro madero venido con los mismos vientos y labrado de la misma forma,

é que tambien habia visto cañas muy gruesas, que en un cañuto dellas

pudieran caber tres azumbres de agua ó de vino; y esto mismo dice

Cristóbal Colon que oyó afirmar al Rey de Portugal, hablando con él en

estas materias, y que el Rey se las mandó mostrar. El cual tuvo por

cierto (digo el Cristóbal Colon) ser las dichas cañas de algunas islas

ó isla que no estaba muy léjos, ó traidas de la India con el ímpetu

del viento y de la mar, pues en todas nuestras partes de la Europa no

las habia, ó no se sabia que las hubiese semejantes. Ayudábale á esta

creencia que Ptolomeo, en el lib. I, cap. 27 de su _Cosmographia_,

dice que en la India se hallaban de aquellas cañas. Item, por algunos

de los vecinos de las islas de los Azores, era certificado Cristóbal

Colon, que ventando vientos recios Ponientes y Noruestes, traia la mar

algunos pinos y los echaba en aquellas islas, en la costa, en especial

en la isla Graciosa y en la del Fayal, no habiendo por parte alguna

de aquellas islas donde se hallase pino. Otros le dijeron que en la

isla de las Flores, que es una de los Azores, habia echado la mar dos

cuerpos de hombres muertos, que parecia tener las caras muy anchas

y de otro gesto que tienen los cristianos; otra vez, diz, que en el

Cabo de la Verga, que es en[12], y por aquella comarca, se vieron

almadías ó canoas con casa movediza, las cuales por ventura, pasando

de una isla á otra, ó de un lugar á otro, la fuerza de los vientos y

mar las echó donde, no pudiendo tornar los que las traian perecieron,

y ellas, como nunca jamás se hunden, vinieron á parar por tiempo á

los Azores. Asimismo un Antonio Leme, casado en la Isla de la Madera,

le certificó, que habiendo una vez corrido con una su carabela buen

trecho al Poniente, habia visto tres islas cerca de donde andaba,

que fuese verdad ó no, al ménos diz que mucho se sonaba por el vulgo

comun, mayormente en las islas de la Gomera y del Hierro, y de los

Azores muchos lo afirmaban y lo juraban, ver cada año algunas islas

hácia la parte del Poniente. Á esto decia Cristóbal Colon, que podian

ser aquellas islas de las que tracta Plinio, lib. II, cap. 97 de su

«Natural Historia,» que hácia la parte del Septemtrion socaba la mar

algunas arboledas de la tierra, que tienen tan grandes raíces, que

las lleva como balsas sobre el agua que desde léjos parecen islas.

Ayuda á esto lo que dice Séneca en el lib. III de «Los Naturales:» que

hay natura de piedras tan esponjosas y livianas, que hacen dellas en

la India unas como islas que van nadando por el agua, y desta manera

debian de ser las que dicen de Sant Brandan, en cuya historia diz que

se lee que fueron vistas muchas islas por la mar de las islas de Cabo

Verde ó de los Azores, que siempre ardian y debian de ser como las que

arriba se han dicho: de lo mismo se hace mencion en el libro llamado

_Inventio fortunata_. Mas dice Cristóbal Colon, que el año de 1484 vido

en Portugal que un vecino de la isla de la Madera fué á pedir al Rey

una carabela para ir á descubrir cierta tierra, que juraba que via cada

año y siempre de una manera, concordando con los de las islas de los

Azores. De aquí sucedió, que, en las cartas de marear que los tiempos

pasados se hacian, se pintaban algunas islas por aquellas mares y

comarcas, especialmente la isla que decian de Antilla, y poníanla poco

más de 200 leguas al Poniente de las islas de Canarias y de los Azores.

Esta estimaban los portugueses, y hoy no dejan de tener opinion que

sea la isla de las Siete Ciudades, cuya fama y apetito aún ha llegado

hasta nos, y á muchos ha hecho por su codicia desvariar y gastar muchos

dineros sin provecho y con grandes daños, como, placiendo á Dios, en

el discurso desta historia parecerá. Esta isla de las Siete Ciudades,

dicen, segun se suena, los portogueses, que fué poblada dellos al

tiempo que se perdió España reinando el rey D. Rodrigo; y dicen que

por huir de aquella persecucion se embarcaron siete Obispos y mucha

gente, y con sus navíos fueron á aportar á la dicha isla, donde cada

uno hizo su pueblo, y porque la gente no pensase tornar, pusieron

fuego á los navíos, y dícese que en tiempo del Infante D. Enrique de

Portugal, con tormenta, corrió un navío que habia salido del puerto de

Portogal y no paró hasta dar en ella, y, saltando en tierra, los de

la isla los llevaron á la iglesia por ver si eran cristianos y hacian

las cerimonias romanas, y visto que lo eran, rogáronles que estuviesen

allí hasta que viniese su señor que estaba de allí apartado; pero

los marineros, temiendo no les quemasen el navío y los detuviesen

allí, sospechando que no querian ser sabidos de nadie, volviéronse á

Portugal muy alegres esperando recibir mercedes del Infante; á los

cuales diz que maltrató y mandó que volviesen, pero el maestre y ellos

no lo osaron hacer, por cuya causa, del reino salidos, nunca más á él

volvieron: dicen más, que los grumetes cogieron cierta tierra ó arena

para su fogon, y que hallaron que mucha parte della era oro. Algunos

salieron de Portogal á buscar esta misma, que, por comun vocablo,

la llamaban Antilla, entre los cuales salió uno que se decia Diego

Detiene, cuyo piloto, que se llamó Pedro de Velasco, vecino de Palos,

afirmó al mismo Cristóbal Colon, en el monesterio de Sancta María

de la Rábida, que habian partido de la isla del Fayal, y anduvieron

150 leguas por el viento lebechio, que es el viento Norueste, y á la

vuelta descubrieron la isla de las Flores, guiándose por muchas aves

que vian volar hácia allá, porque cognoscieron que eran aves de tierra

y no de la mar, y ansí juzgaron que debian de ir á dormir á alguna

tierra. Despues diz que fueron por el Nordeste tanto camino, que se

les quedaba el Cabo de Clara, que es en Ibernia, hácia el Leste, donde

hallaron ventar muy recio los vientos Ponientes y la mar era muy llana,

por lo cual creian que debia de ser por causa de tierra que por allí

debia de haber, que los abrigaba de la parte del Occidente; lo cual

no prosiguieron yendo para descubrirla, porque era ya por Agosto y

temieron el invierno. Esto diz que fué cuarenta años ántes que el

Cristóbal Colon descubriese nuestras Indias. Concuerda con esto lo

que un marinero tuerto dijo al dicho Cristóbal Colon, estando en el

puerto de Sancta María, que, en un viaje que habia hecho á Irlanda,

vido aquella tierra que los otros haber por allí creian, é imaginaban

que era Tartaria, que daba vuelta por el Occidente; la cual creo yo

cierto que era la que ahora llamamos la de los Bacallaos, á la cual no

pudieron llegar por los terribles vientos. Item, un marinero que se

llamó Pedro de Velasco, gallego, dijo al Cristóbal Colon en Múrcia,

que, yendo aquel viaje de Irlanda, fueron navegando y metiéndose tanto

al Norueste, que vieron tierra hácia el Poniente de Ibernia, y esta

creyeron los que allí iban que debia de ser la que quiso descubrir un

Hernan Dolinos, como luégo se dirá. Un piloto portugués llamado Vicente

Diaz, vecino de Tavira, viniendo de Guinea para la isla Tercera, de los

Azores, habiendo pasado el paraje de la isla de la Madera y dejando el

Levante, vido ó le pareció ver una isla que tuvo por muy cierto que era

verdadera tierra; el cual, llegando á la dicha isla Tercera, descubrió

el secreto á un mercader muy rico, ginovés amigo suyo, que tenia por

nombre Lúcas de Cazana, al cual persuadió mucho que armase para el

descubrimiento della, tanto que lo hubo de hacer; el cual, despues

de habida licencia del Rey de Portugal para lo hacer, envió recaudo

para que un su hermano, Francisco de Cazana, que residia en Sevilla,

proveyese de armas una nao con presteza y la entregase al dicho piloto

Vicente Diaz, pero el dicho Francisco de Cazana burló de la empresa y

no quiso hacerlo; tornó el piloto á la Tercera y armó luego el dicho

Lúcas de Cazana, y salió el piloto tres y cuatro veces á buscar la

dicha tierra hasta ciento y tantas leguas, y nunca pudo hallar nada,

por manera que el piloto y su armador perdieron esperanza de jamás

hallarla. Y todo esto dice Cristóbal Colon, en sus libros de memorias,

que le dijo el mismo hermano Francisco de Cazana, y añidió más, que

habia visto dos hijos del Capitan que descubrió la dicha isla Tercera,

que se llamaban Miguel y Gaspar Corte-Real, ir en diversos tiempos

á buscar aquella tierra, y que se perdieron en la demanda el uno en

pos del otro, sin que se supiese cosa dellos. Cosas eran todas estas

ciertamente para que él que tan solícito ya vivia desta negociacion,

se abrazase ya con ella, y señales con las cuales parece que Dios lo

movia con empellones, porque la Providencia divinal, cuando determina

hacer alguna cosa, sabe bien aparejar los tiempos, ansí como elige las

personas, da las inclinaciones, acude con los adminículos, ofrece las

ocasiones, quita eso mismo los impedimentos para que los efectos que

pretende finalmente se hayan por sus causas segundas de producir.

Historia de las Indias (vol. 1 de 5) · 第 28 / 126 题