CAPÍTULO XIV.

_Que no tiene epígrafe porque es continuación del XIII._

—Bien venido seáis, señor —dijo Aben-Ahlamar conduciendo al caballero a

su poltrona—. ¿En qué tenéis que ocuparme?

—Tomad ese escrito, y decidme su contenido en lenguaje que entienda

todo cristiano.

El nigromántico se sonrió y dijo al caballero, cogiendo el pergamino y

leyéndolo con la mayor facilidad:

—Atended: «Don Juan, si queréis complacer a una persona que bien os

quiere, no faltéis esta tarde a la arboleda que hay al pie del alcázar

real». Ya estáis servido, señor —repuso el judío devolviendo el

pergamino a Carvajal.

—¡En verdad —repuso este sorprendido— que es raro todo cuanto hoy me

pasa!

—¿Y pensáis faltar?

—¡Oh, no, he dado mi palabra! Pero ¿qué me decís de esto?, ¿qué opináis?

El judío se encogió de hombros.

—¡Ay, Aben-Ahlamar, qué cruel sois conmigo! —dijo el joven caballero

con sentimiento.

—¡Cruel, dices, señor! ¿Y por qué?

—Porque vos, que tan sabio sois y todo cuanto queréis saber lo veis

escrito en el cielo, no me decís nada...

—Para, para ahí, señor; que si no te digo ahora el resultado de esa

cita, es porque he llegado a dudar de mi ciencia, en vista de que la

primera vez que me buscaste para que te dijese el paradero de tu dama,

te engañé, porque yo también fui engañado.

—En ese caso, perdonad, y decidme si será ya hora de acudir al paraje

de la cita.

—Sí, don Juan, dirigíos hacia allí, porque el sol se ocultará muy pronto

—Adiós entonces, Aben-Ahlamar.

—Él te acompañe, señor.

El noble infanzón del rey de Castilla dirigió sus pasos a la arboleda

designada por la desconocida. Llegó al lugar de la cita a tiempo en que

el sol desaparecía a través de un celaje de nubes rojas y blancas que,

reflejando en los vidrios del alcázar real, iluminaba de tal manera

la pradera que parecía que toda ella estaba llena de luz artificial.

Sentose al pie de un corpulento y añoso árbol cuyas ramas, cuajadas de

verdes y picadas hojas, le ocultaban de la vista de cualquier curioso

colocado en alguna de las eminencias que dominaban aquel sitio, y

cantó, aunque sin laúd, con dulce y sonora voz, varias trovas en las

que el nombre de la de Robledo figuró más de una vez.

En todo lo que llevamos escrito de esta verídica historia no hemos

hablado nada, querido lector, de la figura del amante de doña Beatriz.

Pero ya que se presenta la ocasión de examinarlo con detenimiento,

a campo raso, no queremos incurrir en esta falta que ahora más que

nunca fuera imperdonable. Su rostro, según nos dicen las crónicas, era

ovalado y blanco; adornábale una barba y bigotes negros más lustrosos

que el mismo azabache; coronaba a su sedoso bigote una nariz de

preciosa forma y unos ojos que bien pudieran pasar por orientales,

por reunir las circunstancias de ser grandes y negros, y hallarse

ribeteados de una larga pestaña; su cabello, también negro, estaba

dividido por una raya que lo hacía caer en dos partes iguales sobre

el cuello de su floreado ropón de rica tela de Persia, con vueltas

de pieles de finísimo armiño. Tal era la figura de don Juan Alonso

Carvajal.

La encubierta que le entregó el billete se apareció de repente por

entre los árboles y esperó oculta, detrás de uno de ellos, a que don

Juan acabase una trova que a la sazón cantaba y en la que pintaba con

la mayor poesía su amor a Beatriz.

—¡Dichosa ella que tiene un hombre que tanto la ama! —exclamó por lo

bajo la desconocida.

Y después de enjugarse dos lágrimas rebeldes que se desprendieren de

sus ojos, salió del escondite y dijo al de Carvajal:

—Puntual sois, caballero.

—¿Sois vos la que me ha citado? —repuso este levantándose y saludando a

la dama.

—Sí, yo soy.

—¿Y qué queréis de mí, señora?

—Yo de vos, nada; vuestra amante, mucho.

—¡Cielos!, ¿dónde está?... ¡decídmelo pronto, señora!

—¿Dónde está?... Seguidme y lo sabréis.

La desconocida dio algunos pasos, y separando una porción de malezas

y yerbas que se hallaban amontonadas, desapareció por un agujero

practicado en la tierra.

Don Juan la siguió al instante.

Fernando IV de Castilla, o, Dos muertes a un tiempo · 第 20 / 55 题