_Que no tiene epígrafe porque es continuación del XIII._
—Bien venido seáis, señor —dijo Aben-Ahlamar conduciendo al caballero a
su poltrona—. ¿En qué tenéis que ocuparme?
—Tomad ese escrito, y decidme su contenido en lenguaje que entienda
todo cristiano.
El nigromántico se sonrió y dijo al caballero, cogiendo el pergamino y
leyéndolo con la mayor facilidad:
—Atended: «Don Juan, si queréis complacer a una persona que bien os
quiere, no faltéis esta tarde a la arboleda que hay al pie del alcázar
real». Ya estáis servido, señor —repuso el judío devolviendo el
pergamino a Carvajal.
—¡En verdad —repuso este sorprendido— que es raro todo cuanto hoy me
pasa!
—¿Y pensáis faltar?
—¡Oh, no, he dado mi palabra! Pero ¿qué me decís de esto?, ¿qué opináis?
El judío se encogió de hombros.
—¡Ay, Aben-Ahlamar, qué cruel sois conmigo! —dijo el joven caballero
con sentimiento.
—¡Cruel, dices, señor! ¿Y por qué?
—Porque vos, que tan sabio sois y todo cuanto queréis saber lo veis
escrito en el cielo, no me decís nada...
—Para, para ahí, señor; que si no te digo ahora el resultado de esa
cita, es porque he llegado a dudar de mi ciencia, en vista de que la
primera vez que me buscaste para que te dijese el paradero de tu dama,
te engañé, porque yo también fui engañado.
—En ese caso, perdonad, y decidme si será ya hora de acudir al paraje
de la cita.
—Sí, don Juan, dirigíos hacia allí, porque el sol se ocultará muy pronto
—Adiós entonces, Aben-Ahlamar.
—Él te acompañe, señor.
El noble infanzón del rey de Castilla dirigió sus pasos a la arboleda
designada por la desconocida. Llegó al lugar de la cita a tiempo en que
el sol desaparecía a través de un celaje de nubes rojas y blancas que,
reflejando en los vidrios del alcázar real, iluminaba de tal manera
la pradera que parecía que toda ella estaba llena de luz artificial.
Sentose al pie de un corpulento y añoso árbol cuyas ramas, cuajadas de
verdes y picadas hojas, le ocultaban de la vista de cualquier curioso
colocado en alguna de las eminencias que dominaban aquel sitio, y
cantó, aunque sin laúd, con dulce y sonora voz, varias trovas en las
que el nombre de la de Robledo figuró más de una vez.
En todo lo que llevamos escrito de esta verídica historia no hemos
hablado nada, querido lector, de la figura del amante de doña Beatriz.
Pero ya que se presenta la ocasión de examinarlo con detenimiento,
a campo raso, no queremos incurrir en esta falta que ahora más que
nunca fuera imperdonable. Su rostro, según nos dicen las crónicas, era
ovalado y blanco; adornábale una barba y bigotes negros más lustrosos
que el mismo azabache; coronaba a su sedoso bigote una nariz de
preciosa forma y unos ojos que bien pudieran pasar por orientales,
por reunir las circunstancias de ser grandes y negros, y hallarse
ribeteados de una larga pestaña; su cabello, también negro, estaba
dividido por una raya que lo hacía caer en dos partes iguales sobre
el cuello de su floreado ropón de rica tela de Persia, con vueltas
de pieles de finísimo armiño. Tal era la figura de don Juan Alonso
Carvajal.
La encubierta que le entregó el billete se apareció de repente por
entre los árboles y esperó oculta, detrás de uno de ellos, a que don
Juan acabase una trova que a la sazón cantaba y en la que pintaba con
la mayor poesía su amor a Beatriz.
—¡Dichosa ella que tiene un hombre que tanto la ama! —exclamó por lo
bajo la desconocida.
Y después de enjugarse dos lágrimas rebeldes que se desprendieren de
sus ojos, salió del escondite y dijo al de Carvajal:
—Puntual sois, caballero.
—¿Sois vos la que me ha citado? —repuso este levantándose y saludando a
la dama.
—Sí, yo soy.
—¿Y qué queréis de mí, señora?
—Yo de vos, nada; vuestra amante, mucho.
—¡Cielos!, ¿dónde está?... ¡decídmelo pronto, señora!
—¿Dónde está?... Seguidme y lo sabréis.
La desconocida dio algunos pasos, y separando una porción de malezas
y yerbas que se hallaban amontonadas, desapareció por un agujero
practicado en la tierra.
Don Juan la siguió al instante.