_En el que hay una escena que a unos gustará y a otros no._
Cumplió al pie de la letra la gitana Piedad la palabra dada a doña
Beatriz de que el conde de Haro no volvería a incomodarla. Con efecto,
el judío dijo al conde, un día que este se presentó en su morada, que
la amante de Carvajal se hallaba en un estado tal de decaimiento y
languidez que cualquier impresión desagradable que tuviese podía ser
de funestas consecuencias. Convenciose don Lope y respetó por entonces
la situación de su víctima, más por interés suyo que de ella. Esta vez
quedó Piedad muy contenta de Aben-Ahlamar.
Dijimos, casi al final del capítulo XII de esta verdadera historia, que
al ofrecer la gitana a su amiga Beatriz que, en cuanto tuviese ocasión,
la libraría de su penoso cautiverio, Simeona, que había oído toda la
conversación, sacó la cabeza de su escondite, sonriéndose malignamente.
Pues bien; así que Piedad se separó del judío, presentose la abuela de
esta y le dijo, restregándose las manos de alegría:
—¡Grandes noticias, amigo mío, grandes como ellas solas!
—Habla y las sabré.
—¡Oh, oh, hablar...! ¿Te parece a ti que no hay más que hablar así?...
¿Te parece bien que yo te diga todo lo que pasa sin más ganancias que
unas tristes gracias?...
—Muy gordas serán esas noticias —interrumpió el judío— cuando andas con
tantos preámbulos.
—Algo dieras por saberlas.
—Vamos, ¿acabarás hoy?
—¿Cuánto me das y te lo digo todo?
—¡Qué te he de dar, bruja maldita! —repuso Aben-Ahlamar encogiéndose de
hombros.
—¡Oh!, pues entonces yo me marcho con mi secreto... Pero te advierto,
querido mío, que pierdes más que ganas.
—Habla, habla pronto si quieres.
—¿Cuánto me das? —dijo Simeona implacable.
—Di qué quieres —repuso el judío lleno de curiosidad.
—Poco, me contento con muy poco...
—Acaba.
—Pues en ese caso, dame los papeles que revelan el nacimiento de Piedad.
—¡Primero todo mi tesoro!
—¿Sí?, pues teme la ira del conde de Haro.
—Mira, Simeona —dijo el judío asustado con las palabras de la vieja—,
te doy por ese secreto tantas monedas de plata como te quepan en tus
dos manos juntas.
—No quiero dinero: quiero lo que ya te he pedido.
—Te doblo la cantidad. ¿Aceptas?
—No —repuso Simeona inexorable.
—Pues bien, guárdate tu secreto, que poco me debe importar a mí.
—¡Poco, pobre Aben-Ahlamar, yo sí que doy poco por tu vida!
El judío palideció de miedo.
—¿Me los das? —insistió Simeona.
—¿Y qué harás con ellos, si no sabes leer?
—Tenerlos en mi poder: ¿no son de mi querida nieta?... —repuso la vieja
con malicia.
Juffep se acerco a un armario de madera negra que estaba cubierto con
una cortina, y sacó de entre otros un voluminoso legajo de pergamino,
lleno de gruesos caracteres.
—Toma y habla ya —dijo poniéndolo en manos de Simeona.
Esta le contó después todo lo que había oído a su nieta en el
subterráneo, no olvidándose de la palabra que Piedad dio a doña Beatriz
de sacarla cuanto antes le fuese posible de su prisión.
—De manera —añadió la vieja— que si conoce el camino subterráneo que
hay desde la prisión de la de Robledo hasta la arboleda que se extiende
al pie del alcázar, estamos perdidos sin remedio.
—Sí, lo conoce; pero no temas. De todas suertes, el aviso es muy
importante.
Cuando el de Carvajal salió de la estancia del judío, después de
haberle hecho leer el billete de que ya tienen noticia nuestros
lectores, exclamó Juffep, dándose una palmada en la frente: «¡Cáspita!,
hoy es el día que ha elegido Piedad para libertar a doña Beatriz. ¡Oh,
oh, no hay tiempo que perder!».
Con efecto, Piedad era la misma que había citado al de Carvajal; Piedad
era la misma que, fiel a su promesa y deseando arrancar a Beatriz de
manos del conde, había penetrado por el agujero practicado en la tierra.
El ofrecimiento de la gitana sirvió para que Beatriz mejorase
visiblemente. Desde que concibió la dulce idea de verse libre de su
encierro, sus ojos tenían más brillo, sus mejillas llegaron a teñirse
de un ligero carmín y sus labios se desunían de vez en cuando para
dejar escapar una sonrisa de placer. ¡Oh, lo que es vivir con una
esperanza lisonjera!
Sentada estaba la de Robledo, pensando en la felicidad que le
aguardaba, cuando vio en la estancia dos personas que se habían
aparecido como por encanto.
—¡Beatriz! —exclamó el de Carvajal al ver a su amante.
—¡Don Juan! —repuso esta precipitándose en los brazos de su futuro.
—¿Y nada, nada hay para mí, doña Beatriz? —dijo Piedad descubriéndose
el rostro.
—¡Ah!, perdonadme, mi buena amiga —contestó la amante de don Juan
separándose de este y llenando de besos y caricias a la gitana.
Fueron tantas y tan expresivas las tiernas protestas de los dos amantes
que Piedad lloró conmovida.
—¡Oh, no es un sueño!... ¿Eres tú verdaderamente? —dijo la de Robledo
tocando a su amante, como dudando de lo que veía.
—¡Sí, yo soy, ángel mío! Yo, que vengo a estrecharte veinte veces
contra mi pecho... Yo, tu don Juan, idolatrada Beatriz; tu amante que
solo vive por ti y para ti.
—¡Ah, qué felicidad tan grande es amar y ser amada! —exclamó la dama de
doña María Alfonsa, llorando y riendo de alegría.
—Y dime, hermosa mía, ¿qué te has hecho aquí sin tu amante? ¿Quién te
ha traído?
Piedad miró a doña Beatriz, y le dijo en voz baja y suplicante:
—¡Callad, callad por Dios, amiga querida!
—¿Qué me he hecho sin vos, decís?... ¡Ah, llorar noche y día, llorar
continuamente!... Pero ya que os veo, ya que estáis aquí para no
separaros jamás de mi lado, todo se ha concluido, no nos acordemos de
lo pasado, no evoquemos recuerdos tristes y desoladores. Olvidemos, don
Juan amado, olvidemos y perdonemos a un tiempo, ¿no es verdad?
—¡Cuán buena eres, ángel mío! —exclamó el noble infanzón del rey,
llevándose la diestra de Beatriz a sus labios.
Esta palideció de pronto. Su amante le dijo asustado:
—¿Qué tenéis, amada mía, qué tenéis?
Fuera de la estancia se oía ruido de pasos y espuelas.
—¡Huyamos! —dijo Piedad, más pálida y temblorosa que Beatriz.
—Es ya tarde —repuso una voz bien conocida de la gitana.
Y penetró en la morada de la de Robledo un hombre desencajado de
cólera.
Beatriz cayó desmayada al verlo. Piedad se apresuró a cubrirse el
rostro. Don Juan, desenvainando su espada, exclamó furioso:
—¡Venganza, infame conde de Haro, venganza!
—¡Oh! —repuso este, loco de contento—. ¡Me alegro de encontraros, don
Juan!
—Y yo a vos..., pero defendeos, defendeos, ¡voto al diablo!
—Perdonad —dijo el conde con la mayor calma—, pero como vuestro hermano
don Pedro me ha desafiado a muerte, y le he dado palabra de no batirme
con nadie hasta que se efectúe el reto que con él tengo pendiente...
—¡Mi hermano, habéis dicho!
—Sí; vuestro hermano me dijo, a poco de habernos desafiado delante del
rey, que si salía con vida en vuestro desafío, me retaba a muerte;
y como este no se ha efectuado, vuestro hermano don Pedro tiene el
derecho de primacía.
—¡Defendeos, conde de Haro, defendeos o de lo contrario os asesino!
—dijo don Juan, ciego de cólera y sin hacer caso de las palabras de don
Lope.
—Ya os he dicho que no puedo faltar a la palabra que a vuestro hermano
tengo dada.
—¡Cobarde! —exclamó el de Carvajal indignado.
—¡Cobarde!, juro a Dios, señor hidalgüelo, que no me lo habéis de decir
dos veces —repuso el conde, sacando de pronto su acero.
—¡Ah, teneos, teneos por Dios! —exclamó la gitana poniéndose entre los
dos enemigos.
Nada bastó. Las dos espadas se cruzaron con violencia.
[Ilustración: Desafío entre el conde de Haro y don Juan Alonso Carvajal]
Reñido fue, en verdad, el combate: en ambas partes había serenidad y
valor; los dos combatientes conocían bien el arma que manejaban. Pero
fuese que la suerte favoreciese al de Carvajal, fuese que el conde se
descuidara, la espada de don Juan se introdujo con la mayor sutileza en
el pecho del señor de Santa Olalla.
El cuerpo de don Lope rodó un buen trecho por el pavimento, anegado en
su propia sangre.
La gitana se precipitó sobre él, exclamando con doloroso acento:
—¡Don Lope, amor mío!... ¡Ah, no responde!... ¡Maldición, maldición,
don Juan!
Este cogió en brazos a doña Beatriz, que aún permanecía desmayada, y se
internó con ella en el subterráneo por donde había entrado.