_En donde verá el lector que en el siglo XIV no sabían leer los
caballeros._
El público del siglo XIV era tan novelero y amigo de novedades como el
del XIX, y como el de todas épocas y edades. La noticia del indulto
concedido al infante don Juan y la devolución de todos sus títulos
y honores era asaz importante para que no se apoderase de ella y la
comentase a su manera y antojo. Quién opinaba que la determinación
tomada por don Fernando era hija del mucho temor que este tenía a su
tío, por el prestigio de que, a pesar de su maldad, gozaba entre sus
conciudadanos; quién decía que al rey le había movido a lástima la
vida errante y azarosa que el proscrito llevaba; y los más cuerdos
juzgaban que todo era debido a los consejos de la muy prudente señora,
doña María Alfonsa de Molina. Lo cierto, carísimos lectores míos, es
que el infante don Juan recibió con la mayor alegría la noticia de su
perdón y la orden de trasladarse a Grijota con su amigo y compañero de
ostracismo, el cronista y exmayordomo mayor de palacio don Juan Manuel.
El deseo del hermano de Sancho IV era reunirse cuanto antes con el
conde de Haro para llevar a cabo la proyectada venganza de ambos. Así
es que cumplió esta vez con puntualidad la orden que le dio el rey de
que lo esperase a él y a su corte en Grijota para firmar los contratos.
Allí vería también al amante de la gitana.
La reina Doña María no cabía en sí de contenta en vista de la buena y
no esperada solución que se había dado a la cuestión del infante, su
cuñado; y de su amigo el también virtuoso don Juan Manuel. Creía la
madre de Fernando IV que ya Castilla gozaría de paz, y que su adorado
hijo no tendría nada que temer de los grandes, cosa muy posible si
no conociesen estos el carácter del rey y no se aprovechasen de
las ocasiones que rara vez desperdiciaban ya unos, ya otros, para
escarnecerlo y negar su autoridad y mandato, siempre que el interés
particular de cada uno lo exigía así. Sin embargo, las mayores
turbulencias se concluyeron, y si no obtuvo Castilla una paz octaviana,
cesaron por lo menos las pretensiones de los infantes de la Cerda.
Quería Doña María que no se efectuase el combate provocado por el de
Carvajal para vengar a su futura, porque conocía bastante a fondo el
carácter de don Lope, y sabía que si se llevaba a cabo el duelo y si
salía vencido y, por consiguiente, culpable del delito que se le
acusaba, dejaría preparada alguna venganza tan terrible como todas las
que él disponía, alguna venganza que hiciese hasta vacilar el trono de
don Fernando. «¡Adiós entonces para siempre», decía la reina, «la paz
tan codiciada! ¡Adiós entonces mis halagüeños deseos de ver a Castilla
tranquila y a su rey seguro, querido y bendecido de sus pueblos! ¿Qué
hacer en el caso de que don Juan Alonso Carvajal pida al rey que fije
el día del combate? Es preciso que este no se efectúe y que el amante
de Beatriz desista de su empeño. ¡Ah, si yo pudiese convencerlo...!».
Y doña María dio orden de que lo llamasen de su parte.
No faltaba más, para que se lograsen los justos fines de la reina
madre, sino que don Juan le ofreciese no batirse con su odioso
antagonista. Decimos esto porque el rey, su hijo, le había dado de
antemano la halagüeña noticia de que si podía contentar al contrario
del conde, no se llevaría a cabo el duelo tan ansiado por el de
Carvajal como temido del conde de Haro.
Recordará el lector que doña Beatriz aconsejó a Piedad que, para
evitar las funestas consecuencias del combate dispuesto entre los dos
amantes, dijese al rey que todo lo que había dicho contra el conde
había sido inventado por ella para vengarse de los agravios que de él
había recibido. En efecto, así lo hizo la gitana. Y el rey se apresuró
a poner en noticia de su madre que el combate no se celebraría, si ella
podía contentar al amante de la de Robledo.
No le costó mucho trabajo a doña María el convencer a don Juan
Alonso Carvajal de la necesidad de que desistiese del duelo con el
conde, porque cuando se da con un noble corazón y se ponen en juego
sentimientos generosos, cuesta bien poco conseguir lo que se desea.
Todo lo sacrificaba el de Carvajal por complacer a la segunda madre de
su dama. Pues ¿qué hacer si una mujer, una reina, le pide con lágrimas
en los ojos que la felicidad de su hijo, el bienestar de su rey y señor
depende de que él acceda a lo que le pide?
No obstante de asegurarle doña María que ella se encargaría de buscar
a Beatriz, aunque se hallase en el centro de la tierra, salió don Juan
más muerto que vivo de la estancia de la de Molina. «¡Qué es lo que he
hecho!», decía. «¿Ofrecer no castigar al autor de las desgracias de mi
amada? ¿No vengarme del autor de todos los malos ratos que sufre? ¡Oh,
qué he hecho, Dios mío!».
El amante de Beatriz vagaba por las galerías bajas del alcázar con la
cabeza inclinada sobre el pecho y los brazos cruzados, sin saber adónde
estaba ni qué dirección tomar. Su situación en aquel momento no podía
ser más aflictiva.
Una persona cubierta de pies a cabeza que le había seguido desde que
salió de la habitación de la reina viuda se acercó a él y le dijo
interrumpiéndole el paso:
—¿Os llamáis don Juan Alonso Carvajal?
—No os conozco —repuso este con mal modo y continuando su marcha.
Pero la desconocida dio un brinco y se puso de nuevo delante de él.
—Poco cortés sois con las damas, caballero —le dijo la desconocida.
—¿Dama, habéis dicho? ¡Ah, perdonad, iba distraído!, ¿qué me queréis?
—Una persona que se interesa por vuestra felicidad, y a quien no
conocéis, me ha entregado para vos este billete.
—¡Una persona que se interesa por mí, y a quien no conozco, decís!
—Sin duda.
—¡Por Santa Polonia —exclamó don Juan riéndose mal su grado—, que no he
visto en los días de mi vida cosa más divertida ni extraordinaria que
esta!... Pero dadme el billete, señora.
—Tomad, a condición de que no habéis de faltar.
—Adición es esa...
—Dios os guarde, caballero —repuso la desconocida, echando a andar al
mismo tiempo.
—Oh, señora, venid, venid que os doy mi palabra de ir aunque sea al
infierno.
—En ese caso, tomad.
—Pero no podríais decirme, hermosa desconocida —insistió don Juan sin
coger el pergamino...
—No puedo, caballero. Ya os lo he dicho... Y por Dios, que estáis
importuno en demasía.
—Perdonad, señora, perdonad —repuso el mancebo inclinándose.
La encubierta despidiose del de Carvajal con una leve inclinación de
cabeza después de darle el escrito.
Este, así que se hubo marchado la desconocida, deslió con avidez el
pergamino, y lo devoró con la vista. Pero dándose una palmada en la
frente exclamó con desesperación:
—¡Voto va! ¡Si no entiendo estos malditos garabatos que solo una
persona que tenga pacto con el demonio puede haber escrito!
Y don Juan miraba y estrujaba el escrito entre sus manos sin saber qué
hacer ni qué partido tomar. Acercose al fin, como inspirado, a una
puerta que había frente de él, y dio fuertemente con el nudillo de sus
dedos en ella al mismo tiempo que dijo:
—Este, ya los entenderá.
Allí vivía el judío Aben-Ahlamar.