Un barbero en un cuartago

visitaba a cierto enfermo

que tenía una apostema

con unos dolores fieros.

Alargábase la cura,

y el paciente echaba verbos.

--Hermano, tened paciencia

--decía el quirurgo diestro--,

que este achaque va despacio,

que en el hipocondrio interno

tenéis una hidropesía;

alcanzadme ese tintero,

porque quiero recetaros

un nuevo eficaz remedio.

Y al darle el pobre la pluma

el caballo, que era inquieto,

asentóle la herradura

y le reventó el divieso,

con que al punto le cesaron

los dolores al enfermo,

sintiéndose mejorado,

y quedó a voces diciendo:

--Vive Dios que mejor cura

el caballo que el maestro.

(_Ver y creer_, jornada 1.ª)

[Ilustración]

[Ilustración]

JUAN PÉREZ DE MONTALBÁN

_Madrid, 1602; † 1638._

TESTIGO RECUSADO

Tenía un lindo borrico

para sus necesidades

cierto alcalde, y como un día

un su compadre llegase

a pedírsele prestado,

él, por librarse de darle,

dijo que estaba en el monte;

pero como rebuznase

el borrico a esta sazón,

dijo el otro: --¿Veis, compadre,

cómo el borrico está en casa

y que vos os engañasteis?

A lo cual, muy enojado

el alcalde, sin turbarse,

le respondió: --No está tal,

y miente quien lo pensare,

que aunque el borrico lo dice

con suspiros desiguales,

yo digo aquí lo contrario,

y es muy mal dicho, que nadie

más crédito quiera dar

a un borrico, que a un alcalde,

siendo yo un hombre de bien

y el burro un _pécora campi_.

(_Los hijos de la fortuna_, jornada 1.ª)

[Ilustración]

[Ilustración]

FRANCISCO DE LEYVA

_Málaga, mediados del siglo XVII._

LA PRECIPITACIÓN

Un mozo, enfermo tenía

de los ojos a su padre,

y curarlo pretendía,

que en efecto lo quería

como si fuera su madre.

El remedio procurando,

en un libro que se halló

de medicina, hojeando,

un capítulo encontró

de lo que andaba buscando.

“Abrojos para los ojos”

el primer renglón decía,

y, sin leer más sus arrojos,

como estrella que Dios guía,

fué al campo a buscar abrojos.

Dos almorzadas muy buenas

trajo, y que quiso o no quiso,

al padre que ve en sus penas,

en los ojos al proviso

le puso un par de docenas.

Un lienzo muy apretado

encima le puso luego,

con que al padre desdichado

le saltaron de contado

los ojos, y quedó ciego.

A leer volvió con enojos

los renglones, y al mirarlos

despacio, vieron sus ojos:

“Para los ojos, abrojos

son buenos para sacarlos.”

(_La dama presidente_, jornada 1.ª)

EL LOCO POR LA PENA ES CUERDO[15]

En Sevilla un loco había

de tema tan desigual

que una piedra de un quintal

al hombro siempre traía,

y al perro de cualquier casta

que dormido podía ver,

dejábasela caer,

con que quedaba hecho plasta.

Con un podenco afamado

de un sombrerero encontró,

a cuestas la ley le echó

y dejólo ajusticiado.

Indignado el sombrerero,

con un garrote salió

y dos mil palos le dió

y tras cada golpe fiero

muchas veces repetía:

--¿Que era podenco no viste,

loco infame? Fuese el triste

y luego, aunque un gozque vía,

mastín, o perro mostrenco,

al irle la piedra a echar,

volviéndola a retirar,

decía: --Guarda, es podenco.

(_No hay contra un padre razón_, jornada 2.ª)

[Ilustración]

[Ilustración]

ÁLVARO CUBILLO DE ARAGÓN

_N. en Granada a principios de siglo XVII._

EL BURRO ENTRE DOS PIENSOS

Pusiéronle dos montones

a un borrico de cebada,

toda limpia y ahechada

como unos gordos piñones.

Y puesto el asno en efecto

a igual distancia apartado,

se halló tan embarazado

(porque era un asno discreto),

que dudando a cuál iría,

apeteciendo y dudando,

se quedó a los dos mirando,

sin comer todo aquel día.

(_El amor como ha de ser_, acto 1.º)

MALDICIÓN DE CORCOVADO

Hurtáronle a un corcovado

una ropilla, y como era

hecha a su medida y como

para una tortuga hecha,

cuando echó menos el hurto,

no hizo mayor diligencia

que decir contra el ladrón:

--Plegue a Dios que bien le venga.

(_El invisible príncipe del baúl_, acto 1.º)

[Ilustración]

[Ilustración]

SEBASTIÁN DE VILLAVICIOSA

_Floreció a mediados del siglo XVII._

EL SUEÑO ENGAÑOSO

Soñaba un hombre una noche

que le venía gran suma

de doblones del gran Cairo,

y en una cabalgadura

soñó que iba a recibirlos,

y al irlos a echar la uña,

viendo un montonazo de oro,

por apear de la mula,

¡zas!, se cayó de la cama,

y sobre una piedra aguda

se abrió un jeme de cabeza,

y vino a quedarse, en suma,

sin dineros y sin sueño,

descalabrado y a oscuras.

(_Nuestra Señora del Pilar_, jornada 1.ª)

[Ilustración]

JACINTO DE HERRERA

_N. en Madrid a fines del siglo XVI._

EL EMBUSTERO

Dijéronle a un caballero

la murmuración que había

de lo mucho que mentía,

y él dijo a un paje: --Yo quiero

enmendarme; a ti te encargo

que te estés siempre conmigo,

y si algunos cuentos digo,

cuando vieres que me alargo

en lo que voy a decir,

tírame, estando allí junto,

de la capa al mismo punto,

y no me dejes mentir.

Esperó el paje ocasión,

y su amo en la primera

de mentir, que en fin ya era

aquella su inclinación,

dijo: --En una casa mía

tengo sala de mil pasos

de largo, y no son escasos.

--¿Y cuántos de ancho tenía?

--preguntó luego un oyente--.

A que el paje le tiró

de la capa y respondió:

--Seis pasos tasadamente.

Replicaron los demás:

--Pues ¿cómo así lo trazaste,

que a sala tan larga echaste

seis pasos de ancho no más?

Y a los que le preguntaron

respondía él al pasar:

--Más le quisiera yo echar,

sino que no me dejaron.

(_Duelo de honor y amistad_, jornada 2.ª)

[Ilustración]

LA ZORRA Y EL LEÓN[16]

Murmuraban del león

que tenía mal aliento

de boca, y él descontento

de tener esta opinión,

como es rey este animal,

mandó que todos le oliesen

la boca, y luego dijesen

si le olía bien o mal.

El que llegaba decía:

--Mal le huele a vuestra alteza.

Y él, con enojo y braveza,

le mataba y le mordía.

Fué la zorra y preguntada

--¿Huéleme mal? --respondió:

--Tengo romadizo yo

y no he podido oler nada.

(_Duelo de honor y amistad_, jornada 2.ª)

[Ilustración]

LUIS DE BELMONTE BERMÚDEZ

_N. en Sevilla, 1587._

LOS ARQUEÓLOGOS

Pleiteaban ciertos curas

de San Miguel y Santa Ana,

probando el uno y el otro

la antigüedad de su casa;

y el de San Miguel un día,

que acaso se paseaba

por el corral de su iglesia,

descubrió mohosa y parda

una losa y ciertas letras,

que gastó tiempo en limpiarlas;

dicen: _Por aquí Selím_...

Partió como un rayo a casa

del obispo, y dijo a voces:

--Mi justicia está muy llana,

ilustrísimo señor;

esta piedra era la entrada

de alguna cueva, por donde

el moro Selím entraba

para guardar los despojos

en la pérdida de España.

Quedó confuso el Obispo;

pero el cura de Santa Ana,

que estaba presente, dijo:

--Vamos a ver dónde estaba

esa piedra tan morisca,

que tan castellano habla.

Fuéronse los dos, y entrando

a la misma parte, hallan

rompida otra media losa,

y que juntándolas ambas,

dicen: _Por aquí se limpian

las letrinas de esta casa_.

(_La Renegada de Valladolid_, jornada 1.ª)

[Ilustración]

[Ilustración]

ANTONIO MIRA DE AMESCUA

_1578-1640_

LA CIGARRA Y LA HORMIGA[17]

La hormiga de su hormiguero

sacaba con alegría

lo que en el verano había

recogido en su granero.

Llegó una cigarra y dijo:

--De aqueso me puedes dar,

pues no lo puedo ganar,

que es el invierno prolijo.

Mas la hormiga con gobierno

le respondió en canto llano:

--Pues cantaste en el verano,

danza, hermana, en el invierno.

(_Lo que le toca al valor_, jornada 3.ª)

[Ilustración]

DON PEDRO CALDERÓN DE LA BARCA

_Madrid, 1600; † 1681._

POR UN CERO

De una dama era galán

un vidriero, que vivía

en Tremecén, y tenía

un grande amigo en Tetuán.

Pidióle un día la dama

que a su amigo le escribiera

que una mona remitiera;

y como siempre quien ama

se desvela en conseguir

lo que su dama le ordena,

por escoger una buena

tres o cuatro envió a pedir.

El tres o cuatro escribió

en guarismo el majadero:

y como es allí la _o_ cero,

el de Tetüán leyó:

“Amigo, para personas

a quien tengo voluntad,

luego al punto me enviad

trescientas y cuatro monas.”

Hallóse afligido el tal;

pero mucho más se halló

el vidriero cuando vió

contra su frágil caudal,

dentro de muy pocos días,

apearse con estruendo

trescientas monas, haciendo

trescientas mil monerías.

(_El secreto a voces_, jornada 1.ª, escena XIII.)

[Ilustración]

COMEDIMIENTO Y ASTUCIA

A cuatro o cinco chiquillos

daba de comer su padre

cada día; y como eran

tantas porciones iguales,

un día se olvidó de uno.

Él, por no pedir (que es grave

desacato de los niños),

estábase muerto de hambre.

Un gato maullaba entonces,

y dijo el chiquillo: --¡Zape!

¿De qué me pides los huesos,

si aún no me han dado la carne?

(_El pintor de su deshonra_, jornada 3.ª, escena XXI.)

[Ilustración]

EL CONSUELO

Cuentan de un sabio que un día,

tan pobre y mísero estaba,

que sólo se sustentaba

de unas hierbas que cogía.

--¿Habrá otro--entre sí decía--

más pobre y triste que yo?

Y cuando el rostro volvió

halló la respuesta, viendo

que iba otro sabio cogiendo

las hojas que él arrojó.

(_La vida es sueño_, jornada 1.ª)

DESPRECIO DE LA GRANDEZA HUMANA

Medita un poco este ejemplo:

Un filósofo que estaba

en un monte, o en un valle

(que no importa a la maraña

que esté en bajo o esté en alto),

vió un soldado que pasaba;

se puso a parlar con él,

y al fin de pláticas largas,

le dijo: --¿Posible ha sido,

que nunca has visto la cara

de Alejandro, nuestro César,

de aquel cuyas alabanzas

le coronan de laureles

y rey del orbe le aclaman?

El filósofo le dijo:

--¿No es un hombre? ¿Qué importancia

tendrá el verle más que a ti?

O si no (para que salgas

desa adulación común),

del suelo una flor levanta,

llévala y dile a Alejandro

que digo yo que me haga

sola una flor como ella.

Verás luego que no pasan

trofeos, aplausos, glorias,

lauros, triunfos y alabanzas

de lo humano, pues no puede,

después de victorias tantas,

hacer una flor tan fácil,

que en cualquier campo se halla.

(_La cisma de Ingalaterra_, jornada 2.ª, escena II.)

PASIÓN DE POETA

Oye lo que sucedió

a un poeta con su ama:

Como dicen que se inflama

de un espíritu su pecho,

de cuyo ardor satisfecho

es el corazón la llama,

él enfurecido estaba,

y tanto se divertía

del afecto que llevaba,

que todo cuanto escribía

a voces representaba.

Llegó al paso de un león

a aquella misma ocasión

que con la comida entraba

el ama, y como él estaba

llevado de su pasión:

--¡Guarda el león! --con voz fiera

dijo--. Y el ama ligera,

que ya temió sus cosquillas,

con puchero y escudillas

rodó toda la escalera,

diciendo: --¡Ay, Virgen Sagrada,

librad a Mari-Guisada

de sus uñas importunas!

Quedando el amo en ayunas,

y la rucia ama, rodada.

(_Lances de amor y fortuna_, jornada 3.ª, escena IV.)

CULPAR AL PRÓJIMO DE LA FALTA PROPIA

Sordo un hombre amaneció,

y viendo que nada oía

de cuanto hablaban, decía:

--¿Qué diablos os obligó

a hablar hoy de aquesos modos?

Volvían a hablarle bien,

y él decía: --¡Hay tal! ¡Que den

hoy en hablar quedo todos!,

sin persuadirse a que fuese

suyo el defecto. Tú así

presumes que no está en ti

la culpa; y aunque te pese,

es tuya, y no la conoces,

pues das, sordo, en la locura

de no entender la hermosura

que el mundo te dice a voces.

(_El pintor de su deshonra_, jornada 2.ª, escena II.)

POR NO HABLAR CLARO

Pues mal hace en no decirlo

claro: dolores y penas

no se han de decir por frases.

Dolíale a un hombre una muela;

vino un barbero a sacarla,

y estando la boca abierta:

--¿Cuál es la que duele? --dijo--.

Dióle en culto la respuesta,

--La penúltima --diciendo--.

El barbero, que no era

en penúltimas muy ducho,

le echó la última fuera.

A informarse del dolor

acudió al punto la lengua,

y dijo en sangrientas voces:

--La mala, maestro, no es ésa.

Disculpóse con decir:

--¿No es la última de la hilera?

--Sí --respondió--; mas yo dije

penúltima, y ucé advierta

que penúltimo es el que

junto al último se asienta.

Volvió mejor informado,

a dar al gatillo vuelta,

diciendo: --En efecto, ¿es

de la última la más cerca?

--Sí --dijo--. --Pues vela aquí,

--respondió con gran presteza,

sacándole la que estaba

penúltima; de manera

que quedó, por no hablar claro,

con la mala y sin dos buenas.

(_Los dos amantes del cielo_, jornada 2.ª, escena VI.)

CONTENTAR A TODOS

Hay cerca de Ratisbona

dos lugares de gran fama,

que el uno Ágere se llama,

y el otro, Macarandona.

Un solo cura servía,

humilde siervo de Dios,

a los dos, y así a los dos

misa las fiestas decía.

Un vecino del lugar

de Macarandona fué

a Ágere, y oyendo que

el cura empezó a cantar

el prefacio, reparó

en que a voces aquel día

_Gratias agere_, decía,

y a Macarandona no.

Con lo cual muy enojado

dijo: --El cura gracias da

a Ágere, como si acá

no le hubiéramos pagado

sus diezmos--. Cuando escucharon

tan bien sentidas razones

los nobles macarandones,

los bodigos le sisaron.

Viéndose desbodigar,

al sacristán preguntó

la causa. Él se la contó,

y él dió desde allí en cantar,

siempre que el prefacio entona,

por que la ofrenda se aplique:

_Tibi semper et ubique

gratias a Macarandona_.

(_El secreto a voces_, jornada 2.ª, escena XVIII.)

LOS HUÉSPEDES QUÉ GUSTO DAN...

Llegando una compañía

de soldados a un lugar,

empezó un villano a dar

mil voces, en que decía:

--Dos soldados para mí.

--Lo que excusar quieren todos

--dijo uno--, ¿con tales modos

pides? Y él respondió: --Sí;

que aunque molestias me dan

cuando vienen, es muy justo

admitirlos, por el gusto

que me hacen cuando se van.

(_El pintor de su deshonra_, jornada 1.ª, escena III.)

LA MANDA DEL SOLDADO

Un soldado de hartos bríos,

muriéndose, así decía:

--Ítem, es voluntad mía

que los camaradas míos

me lleven en mi ataúd;

a quien quiero se les dé

treinta reales, para que

los beban a mi salud.

(_Los dos amantes del cielo_, jornada 2.ª, escena XVII.)

EL GANGOSO

Cautivó un moro a un gangoso;

y él, bien o mal, como pudo,

se fingió en la nave mudo,

por no hacer dificultoso

su rescate; de manera

que cuando el moro le vió

defectüoso, le dió

muy barato. Estando fuera

del bajel: --Moro --decía--,

no soy mudo, hablar no ignoro.

A quien oyéndolo el moro,

de esta suerte respondía:

--Tú fuiste gran mentecato

en fingir aquí el callar;

porque si te oyera hablar,

aún te diera más barato.

(_Los dos amantes del cielo_, jornada 2.ª, escena XVII.)

[Ilustración]

APRENDIERA BUEN OFICIO

De una fiesta a su lugar

volvía un tamborilero,

y un fraile también volvía

de la fiesta a su convento.

El tamborilero iba

en un burro caballero,

y el fraile a pie. Preguntóle

el padre: --¿De dónde bueno?

--De tañer --dijo-- esta flauta

y este tamboril. --Por eso

--le preguntó--, ¿qué le han dado?

Él respondió: --Poco, cierto:

cincuenta reales, comido

y bebido, que no es menos,

llevado y traído; sin otros

regalillos que aquí tengo.

--¿Eso es poco? --dijo el padre--.

Pues yo de predicar vengo,

y ni aun de comer me han dado,

y como ve, a pie me vuelvo.

El tamborilero entonces

dijo enojado y soberbio:

--Pues tamborilero y padre

predicador ¿es lo mesmo?

Aprendiera buen oficio,

y no se quejara deso,

que no somos todos unos

frailes y tamborileros.

(_De una causa dos efectos_, jornada 2.ª, escena IX.)

[Ilustración]

EL MAL PINTOR

Un mal pintor compró una

mala casa, y muy contento,

un mal amigo llevó

a enseñarla; lo primero

fué un mal aposento y dijo:

--¿Veis este mal aposento?

Pues dejádmele blanquear,

y que yo le pinte luego

de mi mano todo él,

las paredes y los techos,

y veréis qué bueno queda.

A que el amigo, risueño

dijo: --¡Bueno quedará!,

mas si le pintáis primero,

y le blanqueáis después,

quedará mucho más bueno.

(_Los dos amantes del cielo_, jornada 1.ª, escena IV.)

LA LIBERALIDAD

Pobre y miserable un día

llegó a los pies de Alejandro

el doctísimo Tebandro,

celebrado en la poesía;

y queriendo con alguna

merced el César ufano

hacer paces, aunque en vano,

entre el ingenio y fortuna,

le dió tan preciosos dones,

que desvanecer pudieran

a la ambición cuando fueran

los átomos ambiciones.

Suspenso el sabio quedó

sin responder, temeroso

a la merced, y dudoso

Alejandro preguntó:

--¿Cómo el bien das al olvido

y a la memoria el agravio?

¿Tú cómo puedes ser sabio,

siendo desagradecido?

A quien Tebandro miró,

diciendo: --Si el gusto está

en la mano del que da,

y del que recibe no,

yo no debo agradecerte

el bien que me haces aquí.

Tú has de agradecerme a mí

el darte yo desta suerte

ocasión en que mostró

tu pecho grandeza tal,

pues no fueras liberal

si no fuera pobre yo.

(_Saber del mal y del bien_, jornada 1.ª, escena XII.)

EL CIEGO

Un ciego en Londres había

tal, que no determinaba

los bultos con quien hablaba

en el resplandor del día:

Y una noche que llovía

(como una de las pasadas)

a cántaros y a lanzadas,

por las calles caminando,

se iba mi ciego alumbrando

con unas pajas quemadas.

Uno que le conoció,

dijo: --Si no os alumbráis,

¿para qué esa luz lleváis?

Y el ciego le respondió:

--Si no veo la luz yo,

la ve el que viene, y así

no encuentra conmigo aquí;

con que aquesta luz que ves,

si no es para ver yo, es

para que me vean a mí.

(_La cisma de Ingalaterra_, jornada 1.ª, escena VI.)

REGATEO

[Uno] llamó al sacristán

y le dijo: --¿Cuánto quiere

vuesarced por enterrarme?

Él dijo, supongo: --Veinte

reales. --¿Quiere diez y seis?

--dijo. --Más costa me tiene

--le replicó el sacristán--.

A que respondió el doliente:

--Pues mire si le está bien

y entiérreme en diez y siete,

porque no me moriré

como un cuarto más me cueste.

(_Dicha y desdicha del nombre_, jornada 3.ª, escena V.)

PARA ABLANDAR LA CAMA

Con hambre y cansancio un día

a una posada llegó

cierto fraile, y preguntó

a la huéspeda qué había

de comer. --Si una gallina

no mato --le dijo ella--,

nada hay. --¿Quién podrá comella

--respondió con gran mohina--

acabada de matar?

--Tierna estará --replicó

la huéspeda--, porque yo

sé un secreto singular

con que se ablande--. Y cogiendo

la polla, que viva estaba,

vió que los pies la quemaba,

con que a nuestro reverendo

muy blanda le pareció;

y aunque el hambre pudo hacello,

atribuyéndolo a aquello,

en la cama se acostó.

Estaba la cama dura,

tanto que le tenía inquieto;

y él, cayendo en el secreto,

pegarla a los pies procura

la luz. Dijo al ver la llama

la huéspeda: --Padre, ¿qué es

eso?-- Y él dijo: --Nuestra ama,

porque se ablande la cama,

quemo a la cama los pies.

(_No siempre lo peor es cierto_, jornada 2.ª, escena XIII.)

[Ilustración]

[Ilustración]

FRANCISCO DE ROJAS Y ZORRILLA

_Toledo, 1607; † 1648._

LA MULA DEL DOCTOR[18]

Apeóse un médico a hablar

a otro médico estafermo

a la puerta de un enfermo

que él venía a visitar

de una postema o flemón

que en la garganta tenía,

y sobre cómo vivía

trabaron conversación,

y para hablar sin trabajo

la mula al portal envía:

es a saber que vivía

el enfermo en cuarto bajo.

La mula con desenfado,

con gualdrapa y ornamento,

se fué entrando al aposento

adonde estaba acostado.

El enfermo, que sintió

herraduras, con dolor

dijo: --Aqueste es el doctor.

Sacó el pulso, y no miró.

La mula, que miró el brazo

sin saber sus accidentes,

tomó el pulso con los dientes

con grande desembarazo.

Él volvió el rostro con tema

y salió a echarla en camisa,

pero dióle tanta risa

que reventó la postema.

El médico que la vió,

para que el mozo la agarre

le dijo a la mula: --¡Arre!

Y él dijo al médico: --¡Jo!

Señor doctor, yo he quedado

absorto del caso y mudo;

la postema, que él no pudo,

su mula me ha reventado;

y si esto otra vez me pasa,

aunque el caso me atribula,

envíeme acá su mula

y quédese usted en casa.

(_También la afrenta es veneno_, jornada 3.ª)

EL COCHINO

Pues un cuento, Dios te libre,

sobre ti a plomo se cae.

En cierta parte del mundo,

que aquí no importa la parte,

había una grande hechicera

que volvía en animales

diferentes a los hombres.

A unos los hacía elefantes,

a otros gatos, a otros perros;

a otros tigres muy galanes,

y a otros torpes lechones.

En fin, cuanto la nadante

arca encerró de Noé,

tenía ella en dos corrales.

Llegó un hombre que sabía

el contrahechizo al paraje

en que estaba, y empezó

con desenfado galante

a ir desencantando hombres,

que a sus formas naturales

volvían dando mil brincos

del contento de librarse.

Llegó a uno, a quien la forma

de cochino abominable

cubría, y hacía gran fuerza

con conjuros y ademanes

por desencantarle; mas

porque no le desencanten

lo que hacía era gruñir,

andar hacia atrás y darle.

El tal desencantador

se mataba por librarle;

mas el maldito lechón

le dijo, haciendo visajes:

--Yo gusto de ser cochino;

vuesa merced no se canse.

(_La más hidalga hermosura_, jornada 1.ª)

[Ilustración]

[Ilustración]

JUAN RUIZ DE ALARCÓN

_N. en Méjico, hacia 1581; † 1639._

EL OFENSOR OFENDIDO

Oye este caso, señor:

En una casa en que había

conversación cierto día

salieron al corredor

dos solos, que una cuestión

tenían que averiguar,

y en ella le vino a dar

uno a otro un bofetón.

Pues el que le recibió,

a grandes voces y apriesa

dijo al otro: --Tomaos ésa.

La gente, que dentro oyó

el golpe, y no vió la mano,

atribuyó la victoria

al que cantaba la gloria

tan orgulloso y ufano.

Y así, con esta invención,

vino a quedar agraviado

aquel mismo que había dado

al contrario el bofetón.

(_La prueba de las promesas_, acto 3.º)

EL COBARDE

Sacó la espada un valiente

contra un gallina, y huyendo

el cobarde, iba diciendo:

--Hombre, que me has muerto, tente.

Acudió gente al ruïdo,

y uno, que llegó a buscarle

la herida para curarle,

viendo que no estaba herido,

dijo: --¿Qué os pudo obligar

a decir, si no os hirió,

que os ha muerto? Y respondió:

--¿No me pudiera matar?

(_Los pechos privilegiados_, acto 2.º, escena XII.)

[Ilustración]

EL SABIO ENTRE LOS LOCOS

. . . . . . . . . . . . . . . .

Un aguacero cayó

en un lugar, que privó

a cuantos mojó de seso.

Y un sabio que por ventura

se escapó del aguacero,

viendo que al lugar entero

era común la locura,

mojóse y enloqueció,

diciendo: --En esto ¿qué pierdo?

Aquí, donde nadie es cuerdo,

¿para qué he de serlo yo?

(_El examen de maridos_, acto 1.º, escena XV.)

DESPUÉS DE YO MUERTO

Diógenes, cuando veía

su fin cercano, mandó

no enterrarse; replicó

un su amigo que sería

pasto su cuerpo de fieras.

Él dijo: --Un palo tendré

con que me defenderé.

--Pues dime: ¿No consideras

--su amigo le replicó--

que muerto, ni sentirás

ni defenderte podrás?

Y el sabio le respondió:

--Luego son tus miedos vanos;

que si he de estar sin sentido,

¿qué importa más ser comido

de fieras que de gusanos?

(_Hazañas del Marqués de Cañete_, acto 2.º)

QUIEN PIDE, ALCANZA

Callando, ¿quién persuadió?

¿Quién venció sin intentar?

¿Quién obligó sin rogar?

¿Quién sin pedir alcanzó?

Aun con los dioses, que entienden

las humanas intenciones,

a fuerza de peticiones

negocian lo que pretenden;

y al fin, para concluír,

oye una comparación:

Al tribunal del león

llegó una oveja a pedir

justicia de un carnicero

lobo, que un hijo le había

muerto, de dos que tenía;

y con el otro cordero

que vivo quedó, postrada,

por dalle más compasión,

ante los pies del león,

calló un rato, o bien turbada,

o bien por encarecer

desta suerte de su mal

el extremo, que es señal

de gran pena enmudecer.

Estaba hambriento el león,

y como calló la oveja,

o no previno su queja,

o no quiso su intención

entender; hízose bobo,

y fingiendo que pensaba

que el cordero le endonaba,

hizo lo mismo que el lobo.

La oveja, con agonía

balando, empezó al momento

a declaralle el intento

con que allí venido había.

Mas él dijo: --No negaras

tanto la voz a los labios:

si era contar tus agravios

tu fin, al punto empezaras,

hablando, a informarme dellos;

que en esto de corazones

sabemos más los leones

de comellos que entendellos.

(_La amistad castigada_, acto 2.º, escena IV.)

EL RUIN CON MANDO

Juntó cortes el león,

estando enfermo una vez,

para elegir un juëz

a quien la jurisdicción

de sus reinos encargase.

Los animales, atento

a que es tan manso el jumento,

pidieron que él gobernase.

Tomó, al fin, la posesión;

y por dalle autoridad,

junto con la potestad,

sus uñas le dió el león.

Parabién le vino a dar

luego con grande alegría

un rocín, que ser solía

su amigo; y él, por usar

del poder, dos uñaradas

le dió al amigo inocente;

y viéndose injustamente

las carnes acribilladas,

dijo llorando el rocín:

--No tienes tú culpa, no,

sino quien uñas le dió

a un animal tan ruin.

El león, airado y fiero,

le quitó con el oficio

las uñas, y al ejercicio

le hizo volver de arriero.

Pues hombre que oficio empuñas,

sabe templado ejercello,

pues a tantos, por no hacello,

has visto quitar las uñas.

(_La crueldad por el honor_, acto 2.º, escena V.)

LA CORNEJA CON PLUMAS AJENAS

Fábulas y cuentos en verso Selección · 第 3 / 5 段