El cochero se transfiguraba en aquellas alturas y parecía un ser alado

sentado en un pescante de alto tejado.

Las plantas pendolares ponían colgaduras en el paisaje, cabelleras

tendidas, cascadas verdes.

Algún ciprés en la ladera era perpendicular, que daba ejemplo a los

otros árboles.

En cuanto se daba una vuelta se sostenía más el paisaje sobre el abismo.

Se oían hilos de agua, saltos de agua en que se sentía la frescura de

los berros y hasta se saboreaban.

--También tuvo rareza el gran señor ruso para hacer aquí su

palacio--dijo el marino.

--Sitio ideal--dijo Palmyra--. Si yo pudiese trasladar aquí la Quinta,

la trasladaba.

--No te comprendo--repitió Buonaventura, lanzando aquella frase bárbara

que la dejaba sola, que tantas veces había desolado su espíritu.

Por fin se vió el palacio ruso, con su tipo entre capilla bizantina y

casa antañona.

«¡Qué sorpresa la del señor ruso cuando después de haber visto subir a

la última carreta con los últimos muebles, tuvo que abandonarlo todo

muriendo!»

Aún bordearon los caminos espirales como con los caballos andando de

pie por la empinada cuesta; los brazos delanteros nadando en alto sobre

el aire.

Por fin llegaron a la puerta encerrojada por las hierbas.

Abrieron y toparon con aquella primera plazoleta rodeada de una

balaustrada con dos jarrones llenos de agua. El marino, dijo:

--El agua de los jarrones sí que es agua bendita. Yo las únicas veces

que me persigno es cuando encuentro una de esas pilillas de agua de

Dios, del agua conservada desde el diluvio en los frescos tazones.

Después recorrieron un largo camino.

El coche había quedado lejos del palacio, a la entrada de sus aledaños

llenos de árboles musgosos y con hojas blancas, hojas como las fichas de

nácar que atesoran las cajas japonesas de tresillo.

Un criado, vestido con un triste pijama de domador, les fué enseñando

aquel magnífico palacio que un ruso nostálgico de todas las Rusias se

había hecho construir en el ideal Portugal.

Había habitaciones bizantinas como vestidas de torero.

Los íconos lucían su gesto momificado y los monstruos y dragones eran ya

las quimeras con que el imperio chino apuntaba su influencia.

--La sala de los zares--decía el guía--hecha a imitación de la llamada

del «pequeño trono», en el palacio episcopal de Moscú.

Todo sabía a facsímil húmedo del poder lejano. Como las patatas

almacenadas en sitio poco a propósito todo aquello sabía a humedad y

había echado tallo.

¡Cómo se habían abrigado en la lejanía de sus todas las Rusias con

tapices, muebles y alfombras!

En la tarde de blandura portuguesa habían querido congregar la Rusia tan

adornada y tan recargada, quizás para vencer al frío.

Resultaba chocante todo en aquel ambiente y tenía ferocidades de adorno,

algo que hacía dañoso el sosiego del paisaje.

--Yo no hubiera vivido en casa tan alhajada--decía Palmyra.

--Comprendo que se muriesen en seguida sus dueños bajo el peso de tantos

adornos y recuerdos...

--¡Ah!--decía respirando y abriendo los balcones que daban al luminoso

paisaje--¡Ah! Pero tenían los balcones...

El marino iba detrás de ella con paso de marino que, por verlo todo,

entra a ver las cosas artísticas en los puertos a que llega, paso del

que ve de prisa y apenas se entera, paso del que recuerda Constantinopla

a cada paso.

Anocheció en el vasto comedor del palacio ruso, donde se sentaron a

descansar, y en el que Palmyra, con escándalo del guía, dió a la espita

del samovar vacío, acercándole una taza de china en actitud de ordeñar a

la enorme tetera.

Ya de noche, emprendieron el camino del regreso.

El iba con la pipa encendida y repanchingado en su asiento como en un

barco. Ella iba inquieta y no encontraba asiento en el coche.

El fresco de la noche hacía desear envolverse en chales y gabardinas que

no tenían a mano.

Pasaron junto a los criaderos de langosta:

--No quiero langostas de criadero, como no me pondría perlas si supiese

que eran de criadero--dijo Palmyra.

--Los troncos cortados en el bosque sueñan con ser navíos--volvió a

decir ella para romper el largo silencio.

El imitó un murmullo de aprobación. No comprendía aquella noche la

emoción que repartía la luna.

Palmyra seguía hablando sola y con medias frases decía: «o mar na praia

chora»... «as fontes da sombra...» «minha janela estará aberta»...

«sombrias borboletas»... «pombas doloridas da noite»... «os vinhedos en

repouso»...

En los vericuetos portugueses es donde queda un eco del tiempo antiguo,

las últimas ráfagas del pasado como gallinas vivas del tiempo antiguo

que se entretienen en su última plazoleta de árboles, en cualquiera de

esas plazoletas que nadie trazó y que son su refugio.

Esas gallinas vivaces como horas redivivas picotean el presente y lo dan

solemnidades infinitas, escondiéndose bajo los árboles bajos cuando se

piensa en eso.

Los sándalos--llamémosles así--daban su perfecto olor a sándalo. El

abanico de la noche les era acercado a la nariz con ese gesto tan

desenvuelto de la damisela que pone el suyo bajo la nariz del caballero

que busca un perfume que al fin encuentra.

Una flor india, con emanaciones azafranadas, sazonaba el paisaje como el

«curaré» sazona los arroces.

Los caballos que no estaban acostumbrados a aquella hora y que sentían

lo que de navegación tiene el camino de la vera mar, iban respingosos,

con miedos súbitos de criaturas infantiles.

Las cuestas se hacían difíciles, más rampantes que por el día, con menos

freno. El cochero reunía una contra otra las cabezas de sus caballos,

enlazadas en un característico gesto hípico de no quererse, de juntarse

a la fuerza, de besarse frente al abismo por la tiranía de las riendas.

¡Ah! Había llegado ese momento en que parece que se les viene encima el

mundo a los caballos, todo el mundo empujándoles hacia abajo por la

rampa de una cuesta.

Repiqueteaban los cascos sobre el tambor del mundo con tamborileo de

muerte, de pánico, de espanto. Era el redoble de la ida a pique, del

preámbulo al arrojo de ir a morir, de despeñarse, de resbalarse sobre el

abismo. ¡Braceo último de los caballos desbocados, vertiginosos, de tupé

desgreñado y fosco!

El cochero se puso en pie y el marino también, como capitán que en el

último momento va a quitar el timón al timonel catastrófico. ¡Pero ya no

hubo tiempo!

Los Caballos tuvieron un gesto de espanto máximo por que se vieron

tronchados en el abismo, y el cochero cayó revuelto con ellos, mientras

Palmyra gritaba agarrada a la capota, y el marino saltaba fuera del

coche, agarrándose a un arbusto.

Por lo menos todo halló su fin pronto, es decir, todo hizo pie rápido en

la catástrofe.

El capitán, a salvo en la greña del arbusto milagroso, se dió cuenta del

caso, Palmyra no estaba muerta sino mal herida; el cochero estaba

destrozado; un caballo estaba materialmente aplastado, pero el otro se

había salvado en tan bestial aplastamiento.

Rápidamente se arrastró por la tierra Buenaventura y comenzó a bajar

hasta la plazoleta de la catástrofe, final de la merienda de la muerte.

Bajaba como al fondo del mar convertido en buzo que busca a la mujer

bella del naufragio. Sentía rebeldía contra aquel anochecido diáfano en

que la catástrofe resultaba más inexplicable e injusta. En el fondo del

mar hubiera resultado mejor, más blanda la caída, menos dolorosas las

heridas.

El caballo vivo, espantado, pero prisionero, se hacía el muerto, tendido

junto al otro para aplacar al destino.

Palmyra estaba desmayada, con ese desmayo de cuya sordera no se sabe

cómo se ha de sacar a la que ha caído en él.

--¡Palmyra! ¡Palmyra!

El cochero, doblado como sólo se dobla el cuerpo con la muerte, tenía la

folletinesca muerte de aquellos postillones a los que mataban los

bandidos.

El marino buscó por los alrededores de aquellas cañadas la casa de

socorro, el chalet en que organizar la angarilla para transportar a la

herida.

En aquella cañada no había refugio.

En eso oyó un automóvil y salió al camino que daba allí su vuelta, un

tramo más abajo--¡pero qué tramo!--del otro camino del que se había

desgajado el coche.

--¡Eh! ¡Eh!--gritó al automóvil que zarpeaba el camino con sus ruedas de

atrás.

El automóvil paró como si hubiese atropellado al que no había alcanzado

aún.

--Hay una dama herida de gravedad, aquí cerca, y un cochero muerto... Un

coche que se ha caído al abismo. Yo me he salvado por casualidad.

Saltaron del automóvil todos los ocupantes, dispuestos a recoger a las

víctimas.

Buonaventura estaba satisfecho de presentar a una bella mujer, al

mostrar a su desmayada Palmyra.

En efecto, todos sintieron simpatía por la bella desgraciada y sobre el

largo almohadón desprendido del coche, desprendido en la merienda de la

catástrofe, la llevaron al automóvil.

Todos comprobaron que el cochero estaba muerto; pero en atención al

_chauffeur_ lo trasladaron también al automóvil.

--¿A dónde?

--A la Quinta de Palmyra... Junto a Amarantes... Antes recogeremos al

médico.

El automóvil partió tan raudo como en las carreras o como los

automóviles de los bomberos que van a apagar el fuego.

Paró un momento en las afueras de Ardantes, en el Chalet Florido, donde

recogieron al doctor y su botiquín, y por fin entraron en la Quinta,

donde la cama amorosa de la alcoba, llena de altares y altarcitos, fué

el primer consuelo de la herida, las primeras hilas en ancho

engavillado.

XXVI

HERIDA HASTA EL ALMA

Palmyra estaba dentro del proceso lento de la curación de heridas.

Vivía desarraigada de todo, en su rincón de fiebre, vencida por los

colores amarillos y el dolor agudo de la cura de la tarde.

Todo podía complicarse, pero la herida se portaba bien, tenía testarudez

en estar abierta, pero no se gangrenaba, era fresca y se mantenía

gozando su abertura.

Hasta que la llegase ese día en que de pronto se cierra como una boca

que se frunce y se aprieta.

En aquel dolor de sus heridas sentía más viva la rebeldía contra el

mundo y amaba con más delirio los consuelos de su Quinta custodiada por

las palmeras, con auras de salud entre las hojas de sus árboles.

El marino no sabía consolarla. Se le acabaron sus palabras de consuelo

desde el primer momento.

El sólo servía para el consuelo inminente y enérgico.

Estaba impaciente. Le irritaba aquella espera del doctor durante todo el

día.

Era el doctor el hombre principal de los días y él se sentía relegado

en ese aire de disecación que crea el olor de las medicinas para las

heridas.

Los grandes frascos con tapón de cristal contenían la salud que hay

esparcida en las tardes de primavera.

Ella parecía la embarazada de todos los días, en un parto interminable

lleno de ayes que se estampaban en las paredes.

Buenaventura se sentía algo así como culpable de aquella herida y

parecía burlarse de ella al no estar él también herido.

El médico mismo le miraba como a quien se ha escapado a las heridas que

tuvo la obligación de hacerse en la catástrofe.

Los vuelos atados de las palmeras le incitaban a irse.

Si ellas no podían, él podía desprenderse, pues para eso no era un

árbol.

Un día, aprovechando el optimismo del atardecer, después de haberse ido

el doctor conforme en que iba mejor todo, la enferma embellecida por las

pomadas y llena del agua de colonia de las lociones de la cura,

Buenaventura la planteó su marcha:

--Esto es lento... No estás para pasiones... Mi deber me reclama.

Palmyra, empapada en la salsa de las heridas, sonrió.

Conocía aquella traición, pero aquella vez le pareció más innoble.

Herida en aquella excursión, al ser la víctima ella sola, lo había sido

por abnegación, como salvándole a él y dándose en holocausto a la

tragedia...

Palmyra dijo irritada:

--Te pudiste haber ido antes de la excursión al Palacio Ruso... Así no

me vería como ves...

El encontró en aquellas palabras la injusticia que combate a la

injusticia en la vida. Contestó, sin embargo, para contenerla en los

ataques:

--¿Es que me vas a echar a mí la culpa?

Palmyra lloraba contra la almohada, gran esponja de lágrimas.

--Yo volveré...

Palmyra se destapó airada y dijo:

--El que se va no vuelve... No pienses volver jamás... No serías

recibido... ¡Querrías que fuese una albergadora de caminantes! No... No

vuelvas.

Aquel dominio del atardecido de la Quinta la hacía fuerte y todo el

silencio la secundaba y la contestaba como un coro.

No había hombre lo bastante discreto para entrar en aquella alcurnia de

la vida. Todos eran perláticos, desmañados, orgullosos de su

infidelidad.

¡Qué cosa burda y ambiciosa se despertaba en aquel hombre!

La rudeza del hombre, su negación inesperada, su creerse misionario de

una misión de viajes, surgía en él.

«Otro que tal», se dijo ella.

¿Cómo decirles que no tenían que hacer sino estarse quietos y no ser

ridículos? No comprendían. Su locovelocidad era estúpida.

Todos parecían ir a decir siempre:

--Dame el gabán y el sombrero para irme a cualquier parte.

Ninguno se sabía quedar. Todos tan sentimentales, tan grandes, tan

talentudos, con tanto carácter; pero ninguno sabía quedarse, aquel

quedarse en que no había ninguna renuncia.

Elle se sentía más sabia que ninguno al apreciar lo que era aquella

Quinta al borde del mundo y despreciaba a todos los hombres como a

ladrones que huyen después de robar. Hasta la había enfriado el deseo el

verles quererse ir agarrándose de los árboles con velocidad de monos

inquietos y foragidos.

La prueba de la soledad hacía grande a su Quinta como un templo

abandonado.

Todos querían ser transeuntes en aceras de las siete de la noche en

ciudades americanizadas.

La parecían, en vez de seres humanos con una idea de su latido en la

tierra, lenguados para las piscinas de los escaparates de joyería, una

mezcla de cosa y ser que la dejaba fría.

No existía el héroe, que sería el que soportase la Quinta y se amansase

en su recinto. Todos eran tan insensatos que no podían comprender el

mundo, todos tenían la infatuación de irlo a buscar para comprenderlo en

medio de sus caminos.

La despedida fué violenta, seca, entregándole con indiferencia su mano

como de gallina muy cocida por la fiebre y repitiéndole al oirle

insistir que volvería, un «no vuelvas nunca» sin reservas.

Todos quisieran volver alguna vez, pero no lo consentiría ella. Allí, o

se quedaba el que fuese o no la alternaban con sus olvidos y sus otras

conquistas. El único castigo de todos sería el de no poder volver. Nunca

más.

Las palmeras asomando por la gran ventana, decían: «No, no», como

aseverando el estribillo de Palmyra: «¡No vuelvas nunca! No te

recibiría».

«No, no», decían las palmeras removidas.

La consolaba verlas desde su lecho como coro leal de su negación a dar

nueva posada al que se iba.

XXVII

SALIDA DE LA CONVALECENCIA

Pasó Palmyra el lóbrego pasadizo entre la vida y la muerte.

El infernillo de la fiebre ardió en su frente noche y día, buscando sus

manos como un consuelo el frío mármol de la mesilla.

La vida como siempre que atisba, roza o huele la muerte, tuvo temblores

y titiriteos blandísimos. Hubo momento en que creyó que había muerto, y

sin embargo, era que retoñaba en ella la vida en la propia herida.

La melancolía la sentaba mejor.

Aquella belleza pulimentada que le había quedado era como estatua de

fuente seca, pero cuya agua corrió mucho.

Echada en sus divanes, tenía aún brillos del amor de las aguas pasadas.

Ninguno de aquellos hombres vanidosos que imitaban al que tiene que

hacer algo lejos, comprendía que allí el tiempo caía en el pozo que le

correspondía, en vez de quedar desenterrado y vano como por donde iban.

La Quinta, temblorosa, hospedaba el fantasma del hombre imposible, con

algo de mujer, pero sin irse por eso con los hombres, sino con las

mujeres.

Nadie sabía quedarse allí para siempre y abonarse a todos los días, sin

ansia viajera y sin espera del día siguiente.

Ese mamar del aire universal en el perdido balcón en que el aire es

dulce, no lo comprendía nadie.

Sólo ella se asomaba a los balcones del día para amamantarse en las

mamas del espacio.

Sólo ella sentía cómo el pezón de todo el espacio caía en su boca en

pacífica suspensión y dedicación.

Todo recae sobre nosotros, todo tiene aquí su reflejo.

La había quedado un miedo especial a aquel palacio ruso, a aquellos

ídolos de que se había reído y al hombre.

Salía nueva. Más embellecida, con el hueco que queda entre el lagrimal y

la nariz más profundizado por el dedo del escultor que nunca deja de

retocar las bellezas que sostiene en la vida.

Necesitaba el amor que no hace su maleta y se va, el amor que sabe

agonizar detrás de las cortinas, en el fondo de lecho que hay en las

habitaciones de la Quinta.

Todo tenía en la Quinta defensa de puerto con el que lucha el mar.

Las cadenas que sostenían las cortinas, rematadas por unas bolas

tachueladas de estrellas aristadas, parecían grilletes de los que se

habían escapado los presos.

Se sentía Palmyra en el fúnebre coche estufa que boga por los mares de

la muerte, pero en el que el muerto se siente vivir.

«En estas soledades--pensaba Palmyra--se conversa con los reyes

desengañados.»

Todo en la Quinta tenía aspecto de tocador de mujer. «¡La verdad es que

todo esto se ha vuelto tan femenino! Los hombres necesitan irse a la

guerra y a las ciudades».

Una idea antigua bullía en su mente y la recorría el cuerpo como una

vergüenza mezclada de voluptuosidad.

Aquella paz, llena sólo de la sombra de los grandes navegantes y

descubridores cansados y desdeñosos de sus descubrimientos, podría ser

compartida sólo por otra mujer.

¿Pero qué mujer? No quería la abnegada tía, ni la que se convierte en

brusca ama de llaves, ni la que viene a compartir sus suspiros y desea

siempre una enfermedad que curar.

Necesitaba la amiga que sabe abrazar con abrazos que desean curar y

curarse de todas las nostalgias.

Dió su primer té de recién curada, el té de las felicitaciones, como si

fuese el día de su santo aquel primer día de presentarse compuesta en

sus reuniones.

Lo preparó todo en el cuarto de los retratos, aquel cuarto nostálgico

que por estar tan lleno de miniaturas y fotografías dentro de las

coronas ovales de sus marcos tomaba su ámbito algo de cementerio.

Dieron las cinco de la tarde, aquella hora en punto que se la clavaba

siempre como una espina.

Llegó doña Elisabeth con un tipo inglés en que bajo el aire rígido que

conservaba, aparecía la hija del que fué zapatero desde el principio del

mundo.

Don Mariano Guisasol apareció con aquel chaleco de seda brochado que

parecía haber tenido viruelas y apretó su mano con tal fuerza, que se

fatigó y se sentó exhausto a su lado. Estaba muy gastado el pobrecillo.

Don Vasco apareció más profesor de botánica que nunca. Era como el

doctor que se tuvo desde la niñez y que es tan desinteresado que asiste

a la fiesta de alegría; cuando su antiguo enfermo ha salido de una

enfermedad gracias a otras manos.

Encontró en don Vasco al hombre de gafas perspicaces que se acerca a la

mujer como si fuese un naturalista. Era como el tocólogo de gran

experiencia que toca a la mujer poniéndola las manos en los sitios en

que la queda un dolor rezagado.

La trataba como a una sirena y esto a ella la encantaba porque se sentía

con la carne correosa y triste.

Aquella tarde, más patinoso que siempre, era el caballero de un antiguo

sarao de la Quinta, un señor que estuvo hablando con su bellísima tía

Adela, descotada y con los senos apretados, según aquella moda que los

hacía redondos y amontonados alcores.

El pensar en aquel sarao en que quedó irrealizada la hazaña con su tía

Adela, Palmyra aceptó las galanterías de don Vasco porque resultaban

juveniles.

Para aquella reunión de viejos amigos estaba bien encendida la leña en

la chimenea, aunque el día de invierno era como los más crudos de aquel

paraje un día de primavera con escalofríos.

Frente a la chimenea un gran abanico de metal cubría el calor, dejando

entrever su fuego a través de las varillas de su calado encaje.

Don Mariano Guisasol se apoyaba en las tenazas de los leños como en una

gran tizona.

Se hablaba de la lumbre.

--Yo creo que los que queman ramaje en el campo lo hacen como cocineros

que lo quisieran sazonar--decía don Vasco.

--¿Se han fijado en esos suspiros que lanza la leña y en los que sopla

con soplo interior todo el leño?--decía Palmyra.

El humo de la leña les picaba a todos los ojos.

Todos como con el alma blanda echaban una lagrimita en honor de los

leños consumidos.

La inglesa se limpiaba los ojos y las gafas constantemente. Parecía que

habían despertado sus nostalgias las simplezas que acababa de decir.

--Ya tenemos todos lentes ahumados--dijo el viejo español.

La Quinta se sentía eterna, con gentes en su seno, con la alegría

aprovechada, con el interior satisfecho, sintiéndose bailada por una

mujer enmascarada con las grandes cortinas de raso de fuego y entre

cuyos cabellos rutila el rocío de las arañas de cristal antiguo.

El té les esperaba en el salón del comedor en que los cuadros se habían

matizado con todas las salsas.

Les daba bondad, benevolencia y suavidad, al darles su taza de té, que

lanzaba la última rúbrica de humo.

Como siempre, cuando acababa de servir los tés, se decía: «Ya están

aceitadas para un rato todas sus asperezas, sus impertinencias, sus

secos silencios» y se sentaba muy alegre en medio de todos a seguir ese

juego de prendas inesperado, que es conversar con gentes que están muy

lejos del mundo.

Sus conversaciones eran una especie de «Memorias».

Llegó doña Manolita.

Se veía que todos la habían perdonado aquellos amancebamientos depurados

por la herida.

--Estás muy macilenta--dijo algo agorera--. Después se apresuró a tomar

su taza de té, que sorbía a cucharaditas, una tras otra, como quien

cuenta todas las que tiene una taza y que, como ella decía, «era como lo

tomaba de pequeña».

Doña Beatriz apareció con sus gafas de la resignación.

Se veía que sus dos antiguas pensionadas de té habían perdido la

costumbre.

Avidamente tomó su té y mojó las pastas. En su mirada a Palmyra, parecía

decir: «Déjeme ser su contertulia de todas las tardes. Con un té con

pastas, viviré el resto de mi vida». Cerca de ella reposaba su bolsillo

morisco en que estaba toda su fortuna.

La conversación parecía querer distraer a Palmyra de su convalecencia

pasada y hablaban como si no se hubiesen separado de aquella tertulia

hacía mucho tiempo.

Todos repetían el «decíamos ayer», pero todos, a una también, se dieron

cuenta de que era hora de irse.

Ya estaban de pie, cuando entró Lucinda; era la única invitada juvenil

que, aunque tarde, llegaba a darla unas manos en que no se notaban los

huesos, como en todas las que iba estrechando en la despedida.

Un temblor, una correncia de sus sinobías escondidas la tremuleció al

ver a Lucinda.

Era su amiga turbadora de antes, pero después de su enfermedad, se

sentía más dominada por ella y la sentía nueva en su corazón. Era además

impetuosa, dulce, apasionada en las confidencias. Seguramente se tenían

que decir en el sofá que el hombre es tan brusco, tan falsario y tan

despreciativo, que no merece la alucinación por sus otras excelencias.

Palmyra la dejó en un rincón mientras despedía a todos. Después se

acercó a ella como quien dice «ya podemos hablar».

--¿Ya bien?

--Ya bien... ¿Y dónde has estado tanto tiempo?

Aquella pregunta sorprendió a Lucinda, como si Palmyra estuviese

arrepentida de no haberla querido más antes, como si hubiera delirado

con su nombre en las fiebres.

Las cosas se transforman y se aclaran en un momento, sólo en un momento.

--He estado en el Norte como en el fondo del mar por como ha llovido...

He pensado mucho en ti...

Palmyra la apretaba las manos como queriendo decir algo que no podía

decir. Lucinda, cansada de esas últimas declaraciones en una vida

cansada que ya no quería despilfarrar su vida en los tés de la añagaza,

veía en lo que Palmyra tanteaba, como ciega de su camino, la paz de la

retirada.

Dos anclas se anclaban en aquellas manos y las dos comprobaban el

satinado agradable y el calor para la noche de fiebre fría en que no

bastan los calentadores de cobre bajo las sábanas rizadas sobre el

fuego.

Palmyra, caída en su temor a sentirse de nuevo frente al mundo, llamando

a los hombres con su pañuelo desde la más alta ventana de la Quinta,

dijo a Lucinda:

--¿Vendrás muchas tardes?

--Las que quieras.

--Tú lees muy bien... Me acuerdo de tus recitados en las noches de frío

del salón grande de Adela... Tráete libros, tus libros predilectos...

--Los traeré y te leeré... Estás en la segunda convalecencia... Se ve

que tu alma se ha quedado asustada.

La quinta de Palmyra (Novela grande) · 第 9 / 10 段