cabeza como gran reclamo de su belleza, como bagatela de feria, como
papel de recambio en el vasar de todos los días, y a la hora certera a
que ella pasaba tenía en brazos un niño de pecho que hacía juego con un
monito de la especie más pequeña.
Se establecía una armonía tan deliciosa y artificial entre el mono, el
niño y la mujer saltimbántica y funambúlica del lazo de papel de seda en
la cabeza, que el corazón de Palmyra quedaba muy conmovido.
En Lisboa comenzó a vagar por las calles cuando tuvo el pretexto de su
kilo de café. Con él en la mano se la ocurrió pensar: «Aquí, donde todo
el mundo lleva un paquete o un maletín en la mano, ¿cómo detener a los
«bombistas» antes de que cometan su atentado?»
Esos viejos de Lisboa, que parecen caracterizados de viejos
antiquísimos, la decían flores al pasar, las largas flores como
verónicas de larga duración.
Debía notársela aquella mañana el bufido de su ansia, porque los hombres
que iban delante de ella la veían por los ojos del cogote y la
esperaban.
Tan acosada se vió, que tuvo que meterse en un café, en ese cualquier
café del destino que no se ha elegido.
--Café--pidió Palmyra.
--No hay café, sólo cerveza--dijo el camarero.
Palmyra no gustaba de la cerveza, pero en aquel día de sed soportaría el
amargor espumoso.
Ya la había chocado aquella conspiración de hombres solos. Las lámparas
de gas tenían aún la cofia antigua, la media pantalla de porcelana
almidonada con el vuelillo rizado.
De pronto entró en la cervecería un marino que parecía llegar a una
habitación querida de la que no se había podido olvidar, en busca de lo
que estaba sobre la gentuza que pudiese estar congregada en su recinto.
Palmyra lo vió llegar y sintió el vuelco del corazón, que parece abrumar
de sangre a la criatura que ataca.
El marino traía los galones circunflejos del mar, galones más graves que
los de tierra.
No había visto a los que ocupaban su rincón, pero por fin bajó la vista
y se encontró con una mujer entre aquel humo y aquella betuminosidad que
parecía salir de la cerveza negra. Sin pensarlo más se sentó en la mesa
de al lado, cerrando el callejón que los separaba apenas y que había
medido y ceñido los muslos de Palmyra al entrar.
¿Pero para qué seguir el rumbo de esta nueva aventura? Ya Palmyra la
pobre, llevada de su desasosiego, está resultando la mujer fácil.
Ya nos repugna un poco seguir sus aventuras. Veremos si aparece sola o
acompañada en la visita que, después de dejarla vivir un mes sola, vamos
a hacerla en la Quinta.
XXIII
EL HOMBRE CÓMODO
En vez de anclarse con su reloj en la Quinta se había establecido con su
brújula aquel marino en vacaciones. La inquieta brújula, colocada
siempre sobre su mesa de despacho, parecía orientar la Quinta. Señalaba
el Norte con temblor del cielo y del infierno, como con temor de la
incertidumbre de la tierra.
Era raro aquel hombre. Parecía pensar en otra cosa, ir navegando sin
importarte nada la vida y, sin embargo, era atrozmente celoso. No la
dejaba siquiera cantar en aquellos tés que daba Palmyra de vez en
cuando.
--No me gusta que cantes... Las mujeres cantando se quedan en camisa...
Y si es largo el canto, con los senos desnudos sobre el descote de la
camisa.
Como el capitán Buonaventura tenía algo de centauro, cuando daba con él
los paseos a caballo, parecía volver huída de él, como enemigos, como
después de la batalla sentimental.
Los caballos volvían también como muy serios el uno con el otro. Ella y
él esperaban entrar en casa para decirse la verdad de un desamor al que
no le basta montar a caballo.
Palmyra se quedaba pequeña al lado de su caballo y él la miraba como a
espolique pueril. Tardaba en bajar de su cabalgadura para subrayar más
el contraste.
También salían de paseo en el milord. El marino apenas hablaba. Ella
deseaba volver, y al llegar frente a la Quinta se entregaba a delirios
de efusión:
--Es nuestro aliento el que sale por las chimeneas... Está tan unida la
casa a mí que hasta me parece que me esperan en todas las ventanas niños
de pecho, criaturas mías que esperan que yo las dé teta.
--Ni que fueras una vaca de cien ubres--respondía el rudo marino sin
acabar de comprender aquel simil que henchía una sola maternidad.
Palmyra no encontraba el alma de aquel hombre. A veces la parecía que
sólo se revelaba en aquellos ratos misteriosos en que se encerraba
echando el pestillo de su despacho. ¿Qué ocultaba aquel hombre?
Era bueno, melancólico y cariñoso, ¿pero qué escondía que no quería que
ella viese? ¿Por qué se escondía en la habitación cerrada para no se
sabía qué? Su camiseta era como un coselete de acero del que no se
despojó nunca. Llevaba algo muy forrado en el pecho:
--Es para que no me dé frío...
Palmyra encontraba la rareza de aquel hombre, que no creía que hay que
dar algunas explicaciones y aclarar lo que se piensa.
Abundaba en pensamientos de viaje:
--Ya ves que estamos sentados, pues recorremos kilómetros, y kilómetros
sobre el terráqueo que se mueve.
Ella le contestaba con incongruencia para distraerle:
--Los pinos hacen el día de un verde escarchado.
* * * * *
Andaba solo, desasosegado por el jardín:
--He estado sentado toda la tarde en un banco... He podido hacer un
viaje largo... Por lo menos me hubiera encontrado en otro sitio al final
de esas cuatro o cinco horas.
--¡Muy bonito!--le contestaba ella reconviniéndole.
--Mujer... Contando con que tú fueses también en el tren.
Tenía una máquina de fotografía y la pleitesía a Palmyra, su mayor rasgo
de galantería, era hacerla fotografías y fotografías.
El no decía más que de vez en cuando: «yo que soy un hombre» o «yo que
soy un hombre de hierro». ¡Cuán poca cosa!
El invierno, que avanzaba, le iba dejando más en cuadro, más desmontado,
más sórdido.
Los días grises le quitaban todo brillo y todo ingenio.
La glándula que conmueve el día gris seguía inundando en grisuras el
lago de su espíritu.
Las frases de Palmyra quedaban caídas en las alfombras, como pendientes
que nadie recoge:
--Los días grises me envuelven en nubes--decía ella y él no comprendía
qué debía contestarla--. «¡Qué bien te sientan!», ya que era obligada
esa galantería en aquella soledad en que sólo lucían para él los ojos de
ella.
Los ocasos morían sin responso.
Los cristales solos, miraban al ocaso como esas menorcitas del Brasil
que miran con frenéticos ojos de escarabajo dorado a los hombres con
grandes barbas.
Palmyra, abriendo las cortinas, como si abriese las tapas de una
encuadernación, corría a ver el último momento del día:
--Me gusta pasar por entre las cortinas de dos hojas--solía decir--,
porque eso tiene una cosa de teatro... Unas veces salgo a debutar y
otras a recoger los aplausos.
Entraban las tardes por el balcón con una humedad exquisita.
--Es una humedad de encaje--dijo Palmyra una tarde.
--Hoy tiene una humedad de macizos de pensamientos. Huele a las pestañas
moradas de los pensamientos...--dijo Palmyra otra tarde.
El viento tachaba más sus palabras y las ensordecía más.
El viento, siempre asustante, siempre yendo a romperlo todo y siempre no
rompiendo nada.
Se entregaba a su broma eterna de coger a los árboles por la cintura y
hacer como que va a correr con ellos.
Merece que no se le haga caso. Como la ventana no esté abierta y se
libre del portazo, no puede con el cristal.
A otros árboles los cogía por el pelo y parecía que los iba a arrancar.
El mar resultaba como más cercano y embravecido con la presencia del
marino. Era como la fiera junto al domador, gruñendo en el cajón del
circo.
Sonaba la trompa de los barcos. Los elefantes artificiales levantaban
sobre el mar el arco de su trompa.
Por llenar aquellas tardes interminables en que el marino, echado en el
diván, fumaba y miraba a lo lejos, buscaba su arpa Palmyra.
Eso despertaba en él su adoración violenta de temerario adorador de las
sirenas.
Junto al arpa se convertía Palmyra en nave de sí misma, izándose sobre
su cabeza la vela lírica.
El marino sentía celos en medio de su adoración, como si contemplase los
abrazos de un amor mayor. Gracias que ante el safismo, que era tocar el
arpa, mitigaba sus celos la voluptuosidad de poder presenciar a la
lesbiana.
Así como Júpiter encarnó en el cisne, Orfeo ha encarnado en el arpa para
yacer con las mujeres.
Tejedora--primera imagen en la creación del arpa--del fino tapiz
musical, que es como cortinal de los soles misteriosos. Palmyra se
abrazaba a su arpa como a la amiga de sus desengaños, a la última, a la
que se inclina sobre el pecho, gravitando con pesadez sobre él.
El cetro de oro del arpa vivía en el arrebato de la arpista. Era cetro
descomunal con dotaciones litúrgicas.
En el revés de las cuerdas del arpa, se veía la mano de Palmyra como
pájaro que buscaba su libertad, picoteando en los barrotes de la jaula.
La escena de las dos manos por este contraste de la prisión, era escena
de macho y hembra ansiosos, el uno a un lado y el otro al otro de la
jaula.
¡Mano presa del otro lado de la lluvia y la distancia!
¡Dedos viciosos los de la arpista!
--Ahora quiero más tus manos--la decía él después de verla tocar el
arpa, como si notase en su mano la desproporción del dedo amenazador.
Palmyra se curaba a sí misma la soledad y se consolaba porque aquel
hombre tenía trazas de ir a estar siempre.
Iba descubriendo en él al remolón, al hombre cómodo y enervado,
cualidades que no la importaban con tal de que representase por mucho
tiempo al ser complementario, que en sus ausencias buscaba desatentada
por los pasillos de la noche.
El no recataba su comodidad:
«Aquí orino más», se decía con gran placidez, dando una gran importancia
a ese hecho dichoso que parecía despejar su naturaleza de residuos
insanos, de esa cargazón que corrompe, de esos venenos que obran en el
interior del ser.
Todo el día plácido de la Quinta parecía pasar por él como un licor
fino, de esos que son tan cordiales y reponedores.
Dormía copiosamente y le indignaban aquellos montantes en forma de
abanico por los que entraba una ducha de luz terrible.
--¡No, que no abran! ¡Que no abran!--gritaba el hombre cómodo cuando
sentía a la doncella de la mañana.
XXIV
EL EMBOTELLAMIENTO
Los árboles, en su mayoría de hoja permanente, brindaban su primavera
invernal.
El marino paseaba por el jardín como presidiario que fragua una fuga.
Se escondía detrás de los árboles y miraba por entre sus verdes dedos
entreabiertos, a alguien que le podía vigilar, que podía venir a
intervenir en sus pensamientos.
Tenía la voluntariosa manía de llevar las manos en los bolsillos de la
americana de botones dorados, con gesto intemperante y decidido a algo,
a no se sabía qué.
En el jardín abrían sus bostezos los cocodrilos de la soledad.
El buscaba a través de las enramadas la orquesta del jardín, ese sitio
en que se congrega la gente en los parques zoológicos, cuyo silencio es
angustioso fuera de esa única plazoleta.
Aquella cosa de estar metido en una botella verde la sentía cuando
anochecía dentro del bosque.
La botella verde del paisaje, come botella de sidra en los parajes
asturianos, le encerraba en su verdosidad.
«Soy un corcho en una botella verde», pensó un día, y desde entonces
sintió la angustia de los corchos que han podido entrar, pero que no
podrán salir.
¡Con qué empuje saltaba en el fondo de la botella obscura y tristona!
Pinchaban a la tarde los cactus y las plantas de lengua gorda--esas
plantas que gustan de la vera mar y de los climas buenos--querían
hablar.
Los cañaverales imitaban a los maizales, pero entre ellos se destacaban
los bambús, todos deseosos de pescar, todos ilusionados con el día ideal
en que pudiesen despedir su anzuelo lejos.
Las palmeras pintaban optimista verdura en el cielo con sus brochas
abiertas y también eran como abanicos de la reina entronizada en la
tarde.
Echaba de menos esos bailes de los barcos en que el marino vive en plena
novela de «Magazine».
Su cansancio de viaje, el terrible cansancio que le había llevado allí,
ya se había acabado y sentía la nostalgia de volverlo a sufrir.
Ella le encantaba, ¿pero hasta cuándo duraría su maceración? Hubiera
deseado, sí, saber todo el placer de aquella mujer y dejarla sólo la
concha vacía, henchida nada más que por el eco del placer que contuvo.
Pero su más viva nostalgia la sentía en aquel rincón del jardín en que
estaba la barca naufragada, la barca caída del revés como uno de esos
animales que no pueden levantarse cuando caen así.
Aquella barca que alguna vez fué recreo de Palmyra para pescar el
calamar o gozar un día de muy buen mar, era en la Quinta, algo alejada
del mar, como bote salvavidas por si llegaba el segundo diluvio
universal.
El marino sentía todos los comezones frente a aquella barca tirada, en
la que estaba por meterse como en su hamaca de jardín.
«Aquí se conserva la vida como si fuese la muerte. En este marasmo no se
diferencia nada la muerte de la vida. La vida es para perderla, para
jugarla, no sólo para navegar con ella», pensaba Buonaventura.
Lo que en el jardín había de vegetación tropical, le embargaba y le
tentaba con la otra orilla.
Los bananeros con sus grandes hojas rotas, parecían árboles de mangas
con chorreras.
Ella le buscaba por el jardín con gesto que se esclarecía en los
rincones más umbrosos, un gesto como de madre que ha perdido a su hijo.
El compadecía en ella su gran belleza y aquella cosa que tenía de loca,
sobre todo los días que se había lavado la cabeza y llevaba el pelo
colgante.
Palmyra buscaba candilitos, esas flores que buscan a los gnomos
antiguos.
Hacía gárgaras la tarde con los barrenos. Toda aquella piedra arrancada
sufría la dentición de lo que ha de vivir y ser civilizado. El marino,
por hacer algo, regaba.
Jugaba a dibujar la palmera de agua junto a las palmeras verdes,
mezclando sus arcos. Era aquel arco de agua una caricia que la palmera
agradecía.
Los relojes del último ocaso europeo entregaban su hora en el calvario
supremo.
Al ver Palmyra al marino, con una mano en el bolsillo y en la otra la
manga de riego, le decía:
--Pareces un almirante dando órdenes con tu espada de agua.
--La espada flamígera del agua--aclaraba él.
Después se entraban en la Quinta que tenía calor propio, olor a maderas
finas y el último perfume a flor de los bosques antiguos.
Otros días llovía y no salía. Gozaban de la lluvia que en una definición
hecha de los placeres del castillo por el señor castellano, ocupa su
número de orden entre los placeres: «Ver llover.»
Palmyra, aun dentro de su traje de terciopelo, iba sacando su hombro
como si se bañase en la habitación.
Palmyra, como siempre, estaba empeñada en calentar toda la casa.
--Esta habitación no la hemos calentado aún... Ven aquí conmigo--y le
llevaba a la habitación de los cuadros japoneses en que el dragón acaba
por ser un animal vivo, cinematográfico, que llega a moverse.
En aquellas tardes de lluvia, se sentía deseoso del viaje por mar, pues
se huye antes de la lluvia y se arriba a golfos y bahías en que el arco
iris se ha tumbado.
Los cristales antiguos, imponían un dibujo de «moire» a lo que se veía
fuera.
De un lado, el mar impasible y del otro, cualquier injusticia que
viniese de los hombres y que en aquel castillo les heriría por la
espalda.
--Mira, llueve en el mar--le decía ella señalando la lejana siembra
desigual de la lluvia.
--Aquí tardará en llover--dijo él--, el mar atrae la lluvia como un beso
que pide y el cielo tiene que otorgarle.
Las noches tenían monotonía de travesía. El marino fumaba en su camarote
aunque estuviese con Palmyra. El puro estaba lleno de nostalgias
cubanas.
Miraba displicente las cosas como mosca de sus marcos. Displicentemente
tomaba del musiquero las novelas cortas de la música, con sus portadas
novelescas e iba dejándolas como si supusiese lo que decían sus letras
de ojos cerrados.
El mar desrizaba sus olas ruidosamente, con más rigidez que por el día.
Ella flotaba en la noche con sus ojos suspensos en lo vago.
Respiraban solos aquellos dos ojos en aquel cuerpo y sabían sus deberes
de castellana como nada.
Era medicina de amor la que aplicaba a sus amantes y sólo quería que se
explicasen que no hay más que calmantes en el mundo, aunque aspirando a
otra cosa se pase de un amor a otro.
Los dos ojos serenos y colgados como lámparas de los techos de su
palacio presenciaban la eterna escena de las probaturas.
Las noches de luna eran las únicas que le divertían como si hubiese
cinematógrafo en el gran casino.
En las noches de luna parecía que el mar se había echado su colcha de
matrimonio, su colcha de boda con la luna.
Daba pena retirarse a la alcoba. Los dos podían tener paciencia para
siempre en la terraza del mundo.
Algunas noches, la luna, se nublaba de vez en cuando y eso daba al
paisaje el movimiento de un juego de dados y unas veces--en la
obscuridad--echaba los dados en el cubilete, y otras veces los
desparramaba sobre las praderas del paisaje.
Palmyra seguía el celo violento de los gatos, asustada como de una
tormenta. Percibía en aquellas noches el fondo de crueldad y rabia que
hay en el amor.
Dominaban los gatos al mar cuyo ruido de ola parece que está llenando
siempre el baño inmenso, cuyas torneras se han olvidado de cerrar.
Los gatos llenaban de llanto de niño aquellas noches. Parecía que el
camino estaba lleno de niños arrojados al arroyo.
«¡Queja humana! También procedemos del gato»--pensaba ella.
De pronto salían escapados los dos gatos y se quedaban retorcidos y
echados en los tejados lejanos, el gato con la zarpa en la cabeza de la
gata.
Impresionados recónditamente por aquel concierto y sobre todo por el
silencio que lo acababa, se iban a la cama como víctimas de la fatalidad
de las cavernas.
XXV
EL COCHE DESBOCADO
Habían salido en su «milord» como dos convalecientes de una soledad de
muchos días.
El campo tenía doble perfume. Ya día de otoño muy entrado y, por lo
tanto apenas con flores, se oligüiscaba el perfume de las flores
maceradas para lograr su esencia.
Aquella tarde el coche había ido más temprano, inmediatamente después de
comer, a la una y media de la tarde.
Los caballos tenían ese latir impaciente que les caracteriza, como si se
pusiesen cada vez más nerviosos de esperar al que ha de bajar. Palmyra
los acarició antes de subir al coche, fijándose, como siempre, en esa
sufrencia que las venas de su cara dan al caballo.
Del día irradiaban los caminos felices y rectos del día optimista.
Iban al Palacio Ruso, palacio misterioso, edificado en medio de los
bosques, en lo alto de un monte y al que se podía visitar consiguiendo
permiso en Lisboa. Hacía tiempo que Palmyra tenía ganas de visitar aquel
palacio de difícil acceso, pues para llegar a él tenía que hacer el
coche una espiral de trescientas vueltas alrededor del empinado monte.
Los cocheros la disuadían siempre «porque los caballos vulgares no
sirven para eso».
Palmyra no dejaba de entrever en lo alto del boscaje como extraño
palomar de cúpulas moscovitas aquel palacio a cuyas ventanas quería
asomarse alguna vez.
Por eso iba radiante. El camino era precioso y a veces tropezaba con un
chalet de interior delectable o con un nombre dichoso como «O
Miradouro». Nuevas Arcadias pasaban en su excursión y sobre los tejados
de los pueblecillos se secaban las calabazas como soles antiguos.
Eran llevados como por unos tritones de los que se sentía además el
oleaje marginal.
Palmyra hablaba menos que había hablado con sus otros amantes al cruzar
por el mismo paisaje.
Sólo dijo al pasar ante los molinos erguidos sobre el horizonte:
--Los molinos parecen coquetas que se han echado la sombrilla al hombro.
El valle la ofreció sus últimas flores por haber dicho aquello y abrió
un poco más sus capullos bufándolos con ese gesto rápido de las
floristas, fáciles comadronas de las flores.
Convenía decir una sola frase en paisaje tan puro. Sin ser sobrecargada
esa única frase, quedaba como luminosa flor ultravioleta que luciese
mucho.
Ante el pino solitario dijo de nuevo Palmyra, sin pensar en cómo eran de
vanos los oídos que la escuchaban:
--Este pino, tan sólo, es como el pastor de un rebaño de pinos que se le
escaparon...
Los miósporos primaveralizaban siempre los caminos, creciendo salvajes,
verdes invierno y verano, siempre con hoja reluciente, fuerte y
cantarina.
Los miósporos propalaban la cordialidad del buen clima y curaban todo
desengaño. El miósporo no es árbol que consiente a los muertos
congregarse bajo él. Sólo la vida, las tardes veraniegas, los andenes de
sombra en los días demasiado soleados.
Los miósporos, árboles silvestres y no muy apreciados, bailaban la
alegría del árbol con jarana interior.
Crecidos hasta entre las piedras del buen país son valientes, griegos,
siempre como frente a un mar lleno de la ilusión primera, a la vista de
los primeros barcos crédulos que llevaban un ojo escrito en la proa.
Muchos se desarrollaban en forma de gran bola, como nubes reales,
quietas, agarradas a la tierra en la velocidad de su empuje, nubes hijas
de la tierra como las otras lo parecen del cielo, aunque tienen que
confesar, sin tomar en cuenta el símbolo poético, que también lo son de
la tierra.
Los miósporos despreciados por los jardineros, eran el galope de las
verduras, el encabritamiento del campo, una nota verde tan entrañable
que era la tenacidad de la primavera en aquellos parajes.
¡En cuantas excitaciones a dejar su Quinta, se había agarrado a los
miósporos verdes, varoniles, fuertes como los grandes clavos de que se
amarran los barcos!
Se la ocurrió de pronto inventar la fiesta de Eva.
Escogió la mejor manzana de los pomares por que pasaron.
--¡Qué bien harías de Eva!--la había dicho él y ella había respondido:
--A la noche.
Y en el coche, con su bellísima manzana en la mano, tenía un tipo muy
sugestivo de Eva vestida.
Al pasar por entre el caserío, con rubor de enseñar algo prohibido,
ocultó la manzana.
A veces una rueda iba por el mar y la otra por la tierra.
El cabrilleo de las aguas producía un fenómeno picatorio.
Parecía que saltaban sobre las aguas como sobre una red las sardinas,
más bancos de sardinas que los que había visto nunca cualquier pescador
de experiencia.
Ante un árbol cortado, dijo Palmyra:
--Muchos troncos cortados imitan un tronco de mujer en corsé...
Todo estaba situado como en la última costa en que se sienten todos los
pensamientos revoloteando en la nuca y delante el espectáculo magnético
del mar divisionario. ¿Para qué se quiere más? Por eso la gran
inmovilidad de la raza, que sólo es sonámbula de los caminos del mar y
tira por ellos de vez en cuando.
En aquella tarde, la verdad ensimismadora del mar resultaba más
consoladora, prestándose a un éxtasis sin remordimientos.
Subían el camino en caracol, ese camino hacia lo alto que parecía
conducir al cielo en coche.
Los árboles se desconocían unos a otros, en cuanto los parajes daban la
vuelta, pues cada cual daba a un punto cardinal distinto.
Aquella vuelta al pináculo tenía aires de regata en coche y de subida
hacia aires más puros. Era a una especie de Parnaso a donde subían.
Los árboles se permitían el lujo de ser geniales en aquella altura y se
adornaban con enredaderas como con sus bandas los personajes.
Se huía hacia el mundo de la jaula colgada en el más alto claro de la
tierra, la jaula de tórtolos siempre arrulladores...
La verdad silenciosa y saudosa de Portugal, se sentía en aquel camino
acaracolado entre árboles con musgo y liquen en sus troncos, con algo de
los primitivos apóstoles del mundo.
Los chalets de los muertos inmortales parecían ser aquellos que les
salían al paso y de cuyas ventanas colgaban las macetas de corcho.
La inconsciencia del vivir se refugiaba y resultaba espléndida bajo
aquella luz de tarde feliz.
Iban por el camino, por el que ya nadie vuelve a encontrar al que busca.
Se oía un coche que iba delante de ellos y nunca se le encontraba ni se
le veía al final del camino.
Palmyra, con su credulidad apasionada, iba señalando con besos cada
grado de la espiral.
El marino, que se sentía atónito como si el coche fuese a recular hacia
atrás sin que el freno valiese de nada, se dejaba querer. Fumaba en su
larga pipa blanca el cigarro cínico que se fuma en la punta de una pipa
larga y recta. Hombre que despega así el cigarro de sí, también despega
a la mujer de sus abrazos.
Plantas obscuras, follajes desconocidos y anónimos vivían su más pura
virginidad, veían de puro obscurecidos que estaban como ven las máquinas
fotográficas.