si me hubieran presentado a la muerte con mucho misterio y ceremonia...
--¿Los caballos galoparon al caer?
--Me parecían caballos de Neptuno que se lanzaban a un mundo
submarino... Fué un momento terrible en que sus crines parecieron
melenas de león... ¡Qué feroz carrera hacia la muerte!
--¿Y él?
--El no me acompañó, él se quedó como un mono colgado de unas ramas...
Se desprende una del hombre en la desgracia sin arrancarse el corazón.
Se ve que no nos puede acompañar a la muerte...
--¿Y después, qué hizo?
--«¡Fugio!»
--¿Y no has vuelto a saber de él?
--Sí... En cartas muy cumplidas... Pero no le quiero volver a ver... La
Quinta no quiere más viajeros... Sólo mi jardín y estas habitaciones que
son consuelo de mis ilusiones.
--¿Y a las buenas amigas como yo, dónde nos dejas?
--Es verdad... Tú... Sí--y se quedó con su mano en las manos.
Un reloj les sacó de su ensimismación.
Lucinda exclamó:
--¡Qué tarde! Volveré mañana--y se puso el sombrero sobre aquel pelo
negro como lleno siempre de las aguas del peine.
Tenía algo de esclava en todo su porte e iba muy bien como pareja a la
belleza larga, fina, con unos grandes ojos, de Palmyra.
--Adiós... Hasta mañana.
--Hasta mañana... Adiós.
Ya los chales de las dos mujeres se enlazarán en una visita eterna, como
pegándosela a todos los hombres que creen inferior a la mujer y se lo
sueltan en muchos momentos.
¡Qué replegadas en su blanda madriguera!
XXVIII
LUCINDA
Aquel despertar de Palmyra a la vida tuvo voracidad, pero voracidad
contenida.
Se paseaba por su jardín como loca entre las palmeras que tenían el
cogote muy afeitado, pues acababan de ser aseadas y se veían sus
mechones sobrantes por el suelo.
Eran días de aire feroz, un aire que movía las palmeras como si fuesen
penachos de caballos de coche fúnebre. El aire parecía quererse llevar
todos los sombreretes de la tierra.
En aquel remanso portugués se sentía la vaguedad insaciable. En aquella
última playa se acostaba el invierno, allí era el sitio en que los
trenes tropiezan con los topes finales.
El gran conflicto la traía suspensa, trémula, unos ratos arrebatada y
otros pálida.
Esperaba con efusión sospechosa a Lucinda.
Había tenido mucha fama de eso y tenía los ojos unidos de las serpientes
con las pupilas muy abiertas de quien ha querido ver mucho las cosas que
absorbió, las víctimas desangradas. Tenía también el gesto sospechoso de
la serpiente que muerde en lo bajo y mira hacia lo alto para ver encima
de ella el gesto de la mujer mordida.
Se la veía, sin embargo, ya cansada y deseosa de paz. Su voz que había
sido más dura, tenía inflexiones silenciosas y sordas. La esperaba con
incertidumbre y deseo. Necesitaba encumbrarse en espejos más cálidos que
los espejos fríos.
Su pensamiento se entestarudaba cada vez más...
¿Pero y el gesto? ¿Cómo se realizaría el gesto que inicia el gran
secreto?
Sí, sí; en el hombre no volvería a incurrir. Su último rencor para él
era el de aquella larga curación en la mayor soledad.
Esa dulzura resignada de la mujer, esa cosa de niño que ha crecido, no
merecía el trato brusco del hombre generalmente engreído y en pos
siempre de una nueva aventura.
La maltrataba el gesto de cansancio que tomaba en seguida el
conquistador. No podía el hombre llevar una mujer a cuestas como una
mujer lleva a un hombre sin revolverse contra él. Se veía que iban
impacientes siempre y comparándolas con las mujeres muy bellas, de los
demás.
La inmovilidad de las cosas era contradecida aquella tarde por la
constante movilidad y pasaje de las nubes.
Todo se iba un poco con las nubes que robaban intimidad a las casas y
que se llevaban algo así como el tiempo del paisaje, dejando sin fondo
vital la vida paisana.
«¡Qué importa quedarse si todo eso se va! ¡De qué vale que nos creamos
inmóviles!», pensaba Palmyra asomada a los cristales y viendo pasar las
nubes cinematográficas de aquella tarde.
La tarde pasaba y Lucinda no llegaba.
Asomada al balcón, no podía retener una idea ni casi retenerse a sí
misma.
Las nubes, rápidas, la daban una melancolía de desangramiento y Palmyra
las miraba con gesto de dolorosa.
Se veía en ellas más de bulto que de ningún modo el pasaje de todo.
Aún tan atraída por las nubes frente al cristal de la ventana, se retiró
hacia el fondo de la habitación, como para no marearse de tristeza y
desgana y la escarmentó más ver las nubes correr en el fondo del espejo
de su tocador. «Eso sí que es más grave que todo, eso sí que es
irresistible» y se retiró a otra habitación.
Por fin llegó Lucinda. Traía los libros de poesías que Palmyra la había
pedido para pasar la tarde, libros de mujer, entre los que se destacaba
el de la regia muerta, de Renée Vivien, la diosa de todas, la que volvía
de la muerte con viva morbidez.
Se sentaron en el ancho diván de la habitación confidente.
Lucinda leía los versos de la muerta suspirante.
CHANSON
De ta robe à longs plis flottants
Ruissellent toutes les chimères,
Et tu m’apportes le printemps
Dans tes mains blondes et légères.
J’ai peur de ce frisson nacré
De tes frêles seins, je ne touche
Qu’en tremblant à ton corps sacré,
J’ai peur du charme de ta bouche.
Je me sens grandir jusqu’aux Dieux
Quand, sous mon orgueilleuse étreinte,
Le doux bleu meurtri de tes yeux
S’évanouit, fraicheur éteinte.
Mais quand, si blanche entre mes bras,
A mon cri d’amour qui se pâme
Tu souris et ne réponds pas,
Tes yeux fermés me glacent l’âme...
J’ai peur,--c’est le remords spectral
Que l’extase ne saurait taire,--
De t’avoir peut-être fait mal
D’une caresse involontaire.
Después siguió leyendo otro libro dedicado por una mujer a otra «...¡Ah!
tu carne, bajo el agua y bajo mi carne, mi carne que busca todo lo que
la huye y se la parece»... «Los cisnes turbados por nuestras rivales
blancuras se aproximan y nuestros cuerpos se mezclan al «duvet» de sus
alas»... «...y mis dedos pasarán sobre ti, con la obsesión deslizante de
las ondas y mis dedos te harán sentir la insinuación ligera de las
ondas. Y nuestros cuerpos tendrán el balanceo de los juncos sobre el
agua; pues mis caricias saben el ritmo de las mareas».
Palmyra se sentía como nenufar de aquellos recitados cuyo camino se
hacía para encontrar una sola flor.
«Yo la tenía sobre mi amor como una crucificada.»
Y como era una mujer la que hablaba de otra, la cruz era suave y sin
tormentos y la crucifixión estaba llena de blanduras.
«Yo me acuerdo de las tardes rojas en que nos devorábamos,
insaciablemente hambrientas, y nuestros besos se volvían asesinatos, y
nuestras bocas entreabiertas, como heridas, tenían un gusto a sangre.»
Sentían un viejo consejo de otra como ellas: «Sé loca conmigo, pues la
locura es la sabiduría de las tinieblas».
Después leía más versos de mujeres, versos de esas poetisas portuguesas
dañadas por el mal insaciable y en los que se hablaba de «nesta agonía
lenta do viver», de «nêgra dor espavorida», de «nêgra nostalgia», de
«nêgros días ensombrados», «de «noites laurentas», de «un atardecer
triste o doloroso», que «enrubescen o ceu», «de numa ancia desgrenhada»,
de los nervios «crispados por amarguras nas minhas noites perdidas», de
perderse «na grande Escuridâo».
Lucinda acabó de recitar.
Palmyra se preguntaba: ¿pero y el gesto? ¿El primer gesto?
Una ternura de soledad y de atardecer largo las empujaba, pero hasta
aquella misma mujer de fama perversa era tímida; comenzó su perversidad
dejando caer el libro que guardaba entreabierto como un devocionario
para encontrar con su cabeza al reclinarse para cogerlo el pecho de la
amiga. Palmyra sintió en aquel tropezón una voluptuosidad extrema, sin
engaño ni arrebato.
Muchas veces, en la necesidad de amansar los deseos locos de ternura de
su cabeza, también ella había dejado caer a propósito un dedal, las
tijeritas, un lápiz, así, en medio de una tertulia apiñada, para poder
desvanecer un poco de la sed de ternura de su cabeza en un regazo ajeno.
¿Iba a ser una pasión espúrea la suya?
No. Iba a tener alguien que la acompañase con el mismo miedo y el mismo
deseo. Necesitaba a quien confesar lo inconfesable, porque la pasión no
es más que eso: compartir la misma confesión de deseo y hacer brotar por
el roce el fuego mortal e instantáneo. El placer no puede dar una
contestación, puede sólo emborrachar de preguntas o ensordecer la
pregunta al reforzarse el preguntar.
«Ya sé que no es una concesión ni una realidad el amor--pensaba
Palmyra--, pero es la posibilidad de preguntar, de exclamar, de pedir
durante unos minutos cada día.»
Ese violento apretar los dientes del hombre ante la mujer que le cansa
un poco, no se daría en la amiga.
Y en la hora del insomnio largo en que cualquier cosa calma, aquella
mujer compartiría la pregunta incontestable, haciéndose cargo
compasivamente de que a todos se asoma con igual desconsuelo.
XXIX
BIOMBO FINAL
Lucinda, deseosa de paz y holgura, se había quedado a vivir en la
Quinta.
Las dos mujeres comprenderán mejor sus vejeces para las que al hombre
sería siempre incomprensivo.
Entreveían la mañana con sus leches distintas y tenían vencida la
necesidad complementaria.
En los primeros días bonancibles de su mezcla entrañable, se paseaban
por aquella playa última del mundo europeo.
Entraban en la playa cuando el nublado del invierno había escampado.
Se veía el puente colgante del arco iris.
El sol rompía sus lápices al pastel de tanto como quería recalcar los
colores.
La playa imitaba al desierto y para imitarlo más, un viento sur
levantaba polvaredas de arena.
Toda ella revolaba como una vela y su sombrero era «corbeille» de los
vientos.
Paradas ante la suave altamarea, que en vez de olas creaba fanales, se
sentaban en la playa, que tan gran estuche de mujer es. Arreglaban la
cama de la arena, y Lucinda se sentaba tan bien en la arena, luciendo
con tal arrogancia su espléndido busto--en el que parecía estar su
virilidad--que Palmyra la decía:
--Eres la amazona de la arena.
Brotaban las opiniones pueriles sin el temor que infunden los «¡qué
tontería!» del hombre.
--Las conchas debían chuparse y saber a caramelo fino... Sobre todo esas
que parecen un rizo de berlangot--decía Palmyra.
Cuando llevaban media tarde en la playa pasaba una ráfaga de abandono
por sus imaginaciones.
A las dos, como a todas, se las habían escapado los hombres. Hasta el
que se había ido a la muerte parecía haberse escapado también.
Por una dulzura de mujer que quisieran tener una tertulia en la
antecámara de su panteón, se dejaba llevar de aquella amiga que le dió a
leer los versos tendenciosos, en que la dulzura femenina parece
encontrar su confidencia.
La última voluntad de amistad condescendiente y que no da el portazo de
los machos al salir, se iba amparando de aquella hembra a la que podría
asir por los cabellos y que sabía despedirse de ella todas las noches
con la voluntad suprema de amanecer en el mismo tiempo, de saludarse en
la misma mañana.
El drama de la incomprendida estaba resuelto. La otra la comprendía
perfectamente y las dos se serenaban en el ser comprendidas.
Oían mejor toda la noche y saboreaban mejor todos los perfumes. No
estaban atemorizadas y encerradas como cuando el hombre incomprensivo o
presumido está cerca.
Ya aquella cosa dura, informe, cada día con nuevas violencias, había
desaparecido. Ahora quedaban ellas que hacían juego con el estanque, que
no lo perturbaban ni lo asediaban con las nubes negras de los presagios
de rupturas, engaños y crueldades.
El día no tenía brusquedades ni incertidumbres de genio. Amanecían a un
día de placidez, sin temor de ninguna hora, sin que una a otra se
exigiesen una belleza meticulosa.
Sus miradas no perseguían los rasgos apuntados de la vejez.
El mundo resultaba más divertido, más asombroso, y las horas más
grandes, más redondas, más claras.
Se asomaban a los balcones con alegría y saltaban sobre su busto apoyado
en la balaustrada.
Una de las cosas que más adoraba Palmyra en Lucinda era que, además de
su cuerpo, sabía arreglar sus encajes y sus ropas en todos aquellos
grandes roperos que poseía Palmyra.
Tenía la paciencia de repasar los trajes y de sentir lo que de pasado
amable, suave y perfumado quedaba en ellos.
--¿Vamos a arreglar los armarios?--preguntaba Lucinda, y Palmyra sonreía
con encanto.
Su piel blanca se iba hacia aquella piel obscura... Después de todo el
amor es una confidencia y sólo una confidencia de incompletables...
La soledad era cada vez más dolorosa en la Quinta... Los eucaliptos
eucaliptizaban el alma. Todas las piedras de la Quinta tenían el temblor
de su soledad.
En el porvenir se las perdonaría por la época de hombres violentos y
zafios que fué aquella en que realizaron sus enchufes.
Esa cosa ambiciosa y desesperada del hombre, que es un eterno emigrante,
se aplacaba en ellas.
En el salón del piano se oía cómo todas las horas tocaban sus sonatas
diferentes. Estaba el teclado al aire para que el tiempo pudiese tocar
aquellas teclas con amarillento tipo de dientes de caballo.
Su gran sensibilidad se daba cuenta hasta de cuando los ratones eran
cogidos en las ratoneras de los sótanos y lanzaban en la noche el «glu»
del ahogo último, cuando su rabo les quiere ayudar a escapar, y oyendo
las cajas de música apreciaba qué púas las faltaban.
Pensaba constantemente en el fondo del gran estanque.
--Yo me haría boás con esos marabús verdes que hay en el fondo del agua.
¡Qué frescura en los días de verano!
--Cuando yo digo que eres una sirena aficionada a esos trajes de flecos
que son como trajes de algas.
Por un lado la noche estaba detrás de biombos y por el otro estaba en
pleno salón.
Esa manera con que el hombre tira de la mano femenina, arrancándola a
toda contemplación para llevarla a la alcoba, no era la manera con que
ellas se retiraban después de haberse adormecido mirando.
--En una quinta así llega a sentirse una bastarda de rey...
--Es verdad... O sea persona con toda la realeza y que tiene al mismo
tiempo la inmensa fortuna de no tener que salir al mundo.
--Somos dos hijas bastardas de un rey.
--No--respondió Lucinda--, tú eres esa bastarda y yo tu dama.
Palmyra abrazó ludiéndola con su traje de niña, de pura niña, hecho de
un «fular» blanco que daba dentera a las caricias.
La compañera era un abismo, pero uno de esos abismos consoladores en
cuya sima hay un eco que responde. En el hombre el eco a veces no
responde y huye.
Tejían interminablemente un jersey para envolver al mundo, el forrito de
lana con que abrigar al terráqueo. ¡Ya era esa una buena misión!
Sólo no fracasan en la vida los amores muy excepcionales. Ella pudo
encontrar al hombre alegre de la Quinta; ¡pero lo perdido que estaría
entre las multitudes que hacen su manifestación de millones sobre cada
lado del poliédrico terráqueo!
En la hondura inolvidable de su jardín acariciaba la humedad
aterciopelada con sus manos para acariciar galgos.
Sentía una suprema mudez en sus sillones rústicos y veía cómo las
palmeras tenían un cimbreo solemne.
--El hombre no ha llegado aún por su inteligencia a la misma finura a
que la mujer ha llegado por su sensibilidad.
Era una pena tener que recurrir a la que era como espejo que reflejaba
su misma mueca, pero había cierto consuelo en aquel desdoblamiento.
Un hombre no sabe estarse pacíficamente junto a una ventana. Ella con la
amiga se sentaban en la carroza de la ventana y se pasaban la tarde
viendo pasar el tiempo, y de vez en cuando a algún viajero de los
caminos que lleva pan a alguna parte.
Es una paciencia mucho más larga que la de rezar el rosario la de
permanecer junto a la cristalera de las grandes ventanas, con las
cabezas saliendo apenas a flote sobre el alfeizar, metidas en el agua
interior hasta el cuello.
Ellas con sus toquillas puestas se encrespaban en aquella visión del
tiempo, como si viesen pasar un tren lleno de viajeros, un tren
interminable que convertía el mar en una película de perforación
universal.
Las dos sentían en las mejillas del alma el sabor de los musgos y en un
día lluvioso encontraban profundidades de amor y naufragio, cantigas de
tristeza y presagios.
La Quinta no tenía ya miedo de ser abandonada y todos los arbustos se
les subían a los hombros como perros de alta talla.
La lluvia mojaba sus raíces y se sentían como árboles optimistas que
agradecen el agua.
Las dos eran árboles que enlazaban sus raíces blancas, sus piernas
desangradas por la alucinación voluptuosa.
--Estoy como una galleta mojada en té--dijo Palmyra.
Sentían, mirando los hoyos que hacía la lluvia, cosas hondas y su
imaginación tenía más altura cuando la lluvia caía en caudalosas
jarradas de esas que convierten los caminos en ríos nuevos, ríos
improvisados y aún sin pesca.
--Siempre la invención del techo será maravillosa--dijo Palmyra.
--¡Qué gratitud a su inventor!--corroboró Lucinda.
Las lágrimas de los cristales caían por sus mejillas como por las de
unas Magdalenas asomadas a la lluvia.
Nunca podría un hombre sentirse pacífico, en un internado de reloj como
aquél.
Ni vicio ni alarde. Compañía, compañía inmensa, compañía insaciable con
un momento de pegarse una a otra como lapas del desvarío.
La Quinta podría vivir ya quieta en su abismo de árboles.
Al vagido de Palmyra contestaría el vagido contrario, algo así como su
mismo vagido enfundado en el eco.
Se reconocerían alertas en la noche y como eso es, después de todo, todo
lo que se puede hacer antes de la muerte, se quedarían conformes.
--¿Oyes cómo suena la campana del paso del tren? Toca a que se abran los
pasos de nivel para que pasemos nosotras...
--Sí es verdad, parece que debemos cruzar la vida en nuestros
automóviles detenidos...
--¡Y con qué ansia de cruzar están todos los que esperan que pase el
tren!
Estaban solas y, sin embargo, el ojo de la cerradura parecía tener la
luz de una mirada.
El amor es estar trémulo, incapaz, desorientado, pero en segura
compañía.
El frenesí brota por lo inacabado que se es, apareciendo en él los
desperezos de todos los deseos. Es una aspiración al rayo que acaba en
el abrazo.
No se ocultarían ni averiguarían el abismo en que consiste la inquietud
de la vida. ¿Para qué engañarse? Antes y después abismo insaciable. Así
no brotaría ese desengaño que brota en el hombre indignado por no haber
sido saciado nunca. Ellas ya lo sabían, por lo menos antes de comenzar.
Los hombres fuerza, violencia y desprecio. Ellas miedo, incertidumbre y
al fin un encalmamiento de condenadas irresolutas.
Estaban libres del temor de ser pisoteadas, que acude a las mujeres
después de ser olladas por el hombre entre besos y picotazos de la
nariz, como si fuese como pico de águila.
Sabían reanudar la vida del aprecio y la solidaridad después de
apretujarse en la sombra. Más que un amor, su mezcla era una
investigación.
La llamaba como quien llama a la camarera cuando se ahoga.
--¡Lucinda! ¡Lucinda!
Después la memoria del mundo se apartaba de la idea acalorada del
pecado. ¡Era tan breve! Parece desde lejos que todo, el sentido del
mundo, se vuelve contra los pecados, pero ni se entera.
Su imaginación amaría la escena de lo insaciable, de lo inconsumado por
más que le consuma, lo que no se engaña con la verdad.
Dejemos a las dos mujeres solas. No conviene desvelar estos misterios,
además de que ellas no dejan ningún agujerito por el que pueda nadie
asomarse.
¡Largos y penosos insomnios los de ambas a dos!
El hombre está hallado nada más encontrado. Pero mujer con mujer, luchan
como sedientas en el desierto ¡en tan larga tarea, en tan largo
rechinar!
Pero en la pasión, ni hallando en seguida se halla, ni buscando siempre
se logra hallar más.
FIN
INDICE
_Páginas._
I.--Descripción de la finca 7
II.--Interior de la Quinta 13
III.--Armando, el falso aristócrata 21
IV.--Las visitas 27
V.--Día de lluvia amorosa 37
VI.--La última amazona 43
VII.--Paseos en «milord» 49
VIII.--El telegrama 57
IX.--El envenenado 63
X.--Ultimo paseo de Armando 71
XI.--La soledad inapetente 83
XII.--Al Casino 89
XIII.--Era el hombre violento 97
XIV.--Los automóviles de los desembarcados 101
XV.--En alta mar del amor 109
XVI.--Otra retirada 117
XVII.--Recrudecimientos, soledades, aspiraciones,
melancolías 125
XVIII.--El genio arrebatado 139
XIX.--El concierto 145
XX.--Nuevo huésped 151
XXI.--Tarde diáfana y final 157
End of Project Gutenberg's La quinta de Palmyra, by Ramón Gómez de la Serna