cansado, puesto que había sido enamorado y orquesta.
Quizás aquel hombre con la tercera persona de su piano al lado, pudiese
soportar la soledad de los dos en el palacio.
Aquella amante de cola negra que iba a completar la trilogía no la
importaba.
Palmyra solo necesitaba que otras manos la encontrasen Era ciega de sí
misma sin eso.
No acaba de creer en sí. Era ese medio ser que es la mujer.
Necesitaba ese reconocimiento de su silueta en el que toman parte las
dos manos, bajando paralelas al contorno femenino, reposando sobre las
caderas y como palpando así la esférica voluntad planetaria que hay en
ellas.
--¿Y ahora, señora...?--preguntó el pianista, que parecía haber nadado
hacia ella para conseguirla a través de el acuoso torbellino de la
música:
Palmyra contestó:
--Se quedará aquí... El cuarto del huésped siempre está preparado.
--No es lo que me preocupa dormir... Después de un concierto en que he
puesto más alma que en ninguno de los que he dado nunca, no podré
dormirme en toda la noche.
--Y yo que le he escuchado, tampoco.
Junto al túmulo del piano de cola, animado aún por las últimas notas,
era aquel idilio como una de esas aproximaciones de velatorio que surgen
entre la hermana de la muerta y el cuñado.
XX
NUEVO HUÉSPED
Siempre sería dichoso el amanecer del desconocido en la Quinta de
Palmyra. Merecía el cambio la sorpresa de cada uno de los nuevos
huéspedes.
Se despertó temprano, lleno de la placidez de la alcoba.
«¡Qué desayunos tendrá este palacio!», se decía el pianista, esperando
aquel tazón de leche en el que habrían caído las mariposas blancas de la
mañana.
Llegó la criada confidente, que sabía saludar al nuevo señor encamado,
igual que si lo saludase con levita y sombrero de copa, y abrió las
maderas.
El mar entró en la habitación como colcha de damasco azul, de las que
resbalan voluptuosamente, porque cuando se abre la primera ventana
frente al mar, el despertar de la vida tiene algo de ola.
Félix venció esa descortesía que hay siempre en aparecer desarreglado
frente a la mujer con quien no se acaba de tener confianza, y salió en
pijama hacia el cuarto de baño.
Palmyra, contenta, se incorporó en el lecho y vió su mañana de jardín
antiguo.
Era como si mirase a través de un brillante la ma ñana que tomaba todos
los tonos azules y diáfanos que sólo toma a través del cristal.
«Resignación para un nuevo día», le hubiese pedido ella.
«Cortesía para un nuevo día», le hubiera pedido también.
Ya tenía la eterna melancolía despedidora en cada caso.
Sin embargo, la mañana era lo más bondadoso del día.
En la mañana las uñas estaban enfundadas en los dedos.
Las almas y los cuartos de los chalets se ventilaban a esa hora.
El verde de la primera comida apaciguaba todos los alrededores.
Se tenían pequeños deseos conformistas, como que pasase el primer
automóvil, el automóvil que peina al paisaje y le hace la raya.
El mar era un mar vertido en un lava ojos.
Gran limpieza de espejos había en la mañana.
El pianista encontró con gusto la claridad y el relumbre matutino.
En días sucesivos, como una lección de optimismo que no le dejó
reflexionar, se acordó de aquella mañana primera.
Como a todos, una convicción campestre les hacía perdurar.
Ella seguía improvisando sus frases de aplicación perfecta:
--Hay un momento en que los barcos son como tartanas.
Y en la hora luciente de después de comer, que es cuando más rubor y
respingo dan los besos, ella decía:
--Que nos mira el mar con sus ojos azules--y ponía un gesto como de ser
acusada por todas partes, mientras él respondía siempre incrédulo y sin
respetar la frase que debía quedar en lo suyo:
--¡Como que le he visto pestañear!
Como siempre, vivían esperando la noche, disculpando las horas,
arrancando sus hojas rápidamente.
El, como si eso estuviese entre sus deberes de amante, tocaba el piano
al atardecer, pero cada vez con menos gana y escarbando largo rato, como
perro que ahonda en la tierra, en el montón de partituras deshechas,
desencuadernadas, mal barajadas por la desidia.
Ella le perdonaba los gestos preliminares y los gestos finales por como
necesitaba aquella música para prepararse con ideal egoísmo para gozar
el ocaso y la noche:
--Si yo fuese poetisa escribiría una poesía que se titulase «Las
naranjas del ocaso» y pintaría a todos los que saborean el ocaso desde
las ventanas, como gentes que muerden y chupan naranjas vespertinas...
--Eso sería muy pornográfico--respondió sin respeto a la pulposa idea
aquel hombre en que cada día brotaba más el sochantre alevoso.
Pero Palmyra tenía ya la fuerza de sobreponerse a toda chabacanada.
Lo peor era cuando tenía que oir las confidencias imprudentes del «genio
arrebatado»:
--Todos hemos tenido, te lo diré yo con más franqueza que nadie, una
prima de perfil muy fino y de lindeza muy singular, de la que no
pensamos ser nunca esposos, pero que al encontrarla en ti desnuda y
suave, entregándonos sus secretos, nos ha llenado de una dicha
sobrenatural... Nadie nos habrá podido dar más placer...
--¿Con que una primita muy linda en la que no pensásteis nunca?...
--Y que, sin embargo, ahora resulta que es en la que pensamos siempre.
--Es raro eso... Por lo visto tu amor es un amor que inicio yo, pero que
no se inicia en ti... Tendré perdida por lo tanto tu constancia...
--No... No es eso... He querido ser sincero contigo y descubrirte los
orígenes de mi cariño, y veo que hasta contigo me he equivocado, que eso
está prohibido en todos los amores.
--Tienes carne de pescadora lisboeta--la decía otras veces.
--Explica, explica ese cumplimiento--decía Palmyra entre enfadada y
satisfecha.
El pianista entonces contaba cómo desde niño había admirado a esas
pescadoras de carnes muy blancas y frías, carnes de lubinas humanas que
pasan por las calles de Lisboa mostrando su belleza como de mármol por
como no la deteriora ni la pobreza ni la vida trabajadísima, ni el andar
descalzas. De adolescente no tenía otro ideal que casarse con una de
ellas si lograba que le quisiera.
--Pues probablemente yo no procedo de ninguna pescadora--repuso Palmyra.
--Pero es posible que alguna pescadora proceda de los tuyos... Hubo un
tiempo en que eran hijas de reyes--contestó el pianista.
No se la olvidó a Palmyra aquella imagen; pues encontraba que era
verdad, que en su blancura había calidades marinas y empalidecimientos
debidos a ser de una especie cara, cortesana, siempre tratada en
princesa y alimentada y sostenida en los palacios de los bastardos.
Pero Palmyra conseguía olvidar las estrechas confidencias asomándose a
la terraza del atardecer. Su resarcimiento estaba en el anochecido.
Estaba junto al hombre, necesitaba al hombre, pero sólo la curaba de él
el asomarse a la perspectiva de su Quinta.
Todo se acaracolaba en el fondo del campo.
La borregada verde de los pinos embestía hacia el mar. Se veía que hacia
allí había que orientar los pensamientos.
El faro ya lucía como si tuviese un destello de sortija monumental, la
sortija que sólo reluce un momento cuando se lleva la mano al bigote o
desenvuelve el periódico el farero.
Todo el mar admiraba aquella sortija de brillos intermitentes según daba
en ella la luna.
Cenaban. La velada se envoluptiosonaba. Dejaba que se insinuase la noche
y la metiese envidia de desembozar la cama.
Tenía algo de ofrenda a la noche aquel levantar las sábanas frente a
toda su expectación.
Era allí más verdad que en ningún sitio--si cabe decir eso--el acto de
acostarse.
Toda la noche venía a cantar silenciosos cantares alrededor de la
Quinta.
Andaba sobre la alfombra felpuda de pelos largos, como Eva por la
_pelouse_ del paraíso.
Aquel ratillo que al amanecer al día y al anochecer al sueño, tenía
Palmyra de andar descalza sobre la espesa y crecida alfombra, le dejaba
al pianista un regustillo de entrevisión primera del mundo. Quizás ese
ápice de la antigua visión repartida entre los hombres, se encalabrina
de nuevo como sólo se encalabrinó al ver a Eva sobre la yerba suave del
paraíso, peinando con sus pies el terciopelo velludo de la primera
_pelouse_.
La ola lejana rizaba los peces.
El faro ponía una lágrima de luz en los ojos que lo miraban. Su fanal,
con tipo de gran filtro, destilaba la noche en el laboratorio de la
pureza nocturna.
Y Palmyra, en la solemnidad de aquellas noches, se desataba los lazos
rosas de las hombreras de su camisa de niña.
XXI
TARDE DIÁFANA Y FINAL
El pianista, como hombre acostumbrado a variar de ciudad, tenía el ansia
de irse a otro sitio a continuar con sus conciertos de amor, así como
con sus conciertos de música.
Otro prisionero que quería escaparse.
Como no se quiere oir sobre la almohada el latido del corazón, así los
hombres no querían oir en aquella soledad el latido absoluto de su vida,
el sentido claro de su existencia.
Les hacía mal efecto el oírlo clarísimo, pertinaz, dejando troqueles de
sí mismo en todos los parajes.
--Demasiado yo mismo... Demasiado ella misma...--se decía el aislado sin
acabar de desperezarse en todo el día, con los ojos turbios y chicos.
Era una tarde tan diáfana que estaban en la terraza.
--Ese chalet me da siempre pena...
--¿Por qué?
--Por ese cristal combeado que tiene en el mirador... Le da la luz de
una manera que siempre parece que está llorando.
El pianista optó por su distracción embrutecida de hombre superior y no
rió de la gracia de Palmyra. Aquel virtuoso del piano en la hora
definida por alguien como la del «ocaso de los virtuosos» en honor de
las grandes pianolas, tenía grandes terrenos rocosos en el espíritu.
Entró en el jardín uno de esos caballos negros que van vestidos con un
atarre de lienzos blancos, completamente abrumados bajo la carga de
piezas enteras; los caballos más limpios y ungidos del mundo, medio
caballos medio nobles comerciantes, si el noble comerciante fuese
posible.
Con el palo del metro al hombro tenía el que guiaba la buhonería un aire
de boyerizo.
El caballo negro se volvía más negro bajo el comercio de puntillas y
grandes sábanas que eran matrices de camisas, pantalones y demás ropa
blanca.
--Mía señora, «lenzoes» de puro hilo...
Para la herida eterna de lo que se va descomponiendo y muriendo, allí
iban hilas, vendajes, gasa para los apósitos.
Todas las ventanas de la Quinta pedían que la comprasen lienzos nuevos.
Palmyra siempre compraba algo: un encaje, un mantelito, una puntilla,
sólo por ver cómo soltaba sus riquezas el buhonero y descansaba su noble
caballo negro del pesado corsé cuajado de telambre.
Aquella cosa episcopal que tenía Félix la subrayó Palmyra aquella tarde
en que él, muy beatíficamente, estaba sentado entre las dos palmeras de
alto plumero que se elevaban sobre la terraza.
--Pareces el Papa entre los dos altos abanicos de pluma que siempre le
rodean...
--Pero sólo soy un modesto organista resignado.
Los ovillos de golondrinas jugaban alrededor del palacio.
Ella le miraba por ver cómo le complacían aquellos mimos del paisaje.
Nada. Su abstracción era la del que quiere marcharse. Esparaba no sabía
qué cosas del mundo. Quería asistir a las fiestas en que se bebe una
copa de champagne.
Tenía amigos a los que no había acabado de olvidar y sobre los que tenía
de triunfar. Debía tener alguna amiga, cuya cita después de la ausencia,
le tentaba.
Félix no hacía más que acariciar su gloria.
--¡Ah, mi gloria!
Palmyra, desde su gran dulzura, había aprendido a ver que en los hombres
hay unos maniáticos exacerbados y terribles.
--¡Ah, mi gloria!--repetía y su gloria daba una gran intranquilidad
inútil a aquella vida, la intranquilidad estéril y enferma de la fiebre.
Corría un aire suave, un aire de llamada.
Los vientos se meten en el rincón más refugiado de la casa, pero los
aires suaves llaman, son la resaca que lleva a los países a los que se
está un poco rehacio en ir.
Aquellos aires suaves que sólo despelusaban los árboles y movían los
«moirés» del boscaje, no la gustaban a Palmyra porque eran llamadas cuyo
apremio sabía.
--No tengo tristeza humana esta tarde, pero tengo tristeza--dijo ella.
--¿Pues entonces, de qué clase es?
--Tengo la tristeza del primer pino en que comienzan los pinares junto a
las playas...
--Siento no sentirme yo otro pino para poderte consolar...
--No tiene consuelo esto... Prefiero desconsolarme más... Toca algo,
algo triste...
--No seas egoísta... Estoy cansado... No es éste el momento...
--Ah, ¿sí?... No te lo perdonaré nunca...
Se hizo un silencio largo en que ella se sentía como ese pino que sólo
encuentra arenas para sus raíces y siente el embate del mar y su amenaza
de retorcerle las muñecas con esos vientos que acuestan y aculebrinan
los árboles...
Era un vil ejecutante de los que se visten de romántico y aguantan los
deliquios de las señoras.
El reanudó la conversación:
--Los pinares han de tener lobos para tener encanto... ¿Hay aquí lobos?
--Siempre quedan lobos en la noche de los pinares.
--¡Ah! ¡Lobos supuestos! ¡Valiente cosa!
¡Qué pena no compartir las suposiciones y fantasías que merece el mundo!
¡No coincidir en el mismo escalofrío y la misma sospecha!
Pasó la bandada de pájaros como una larga hilera de puntos
suspensivos... Nunca tan oportunos...
Lo que leían en el paisaje se cortó como se corta un capítulo por varias
líneas de puntos suspensivos.
Pasó un automóvil.
Iba llenando el camino de las ratas quejosas de los bocinazos.
Tenían aquella tarde los pinos redondos de la quinta vecina el retoque
de haber sido tratados por el peluquero de los pinos, que tan bien les
sabe hacer la cabeza.
En la diafanidad de la tarde se percibía que tenían en sus cabelleras
encrespadas ruido de mar.
¿Quién pastorea los pinos? Los pinos se pastorean a sí mismos. Son su
propio rebaño y sus propios pastores.
Seguían poniendo en su vida la austeridad y recomendándosela. Eran las
pestañas de su paisaje.
Ellos la contenían en su valle y ponían la orla que necesitaba su vida,
cada vez más abandonada.
¿No podían representar lo varonil en su vida, lo varonil quieto y firme?
Ya en el atardecer, vieron cómo en el marco de una lejana puerta se
encendía la primera fogata de las cocinas.
--Siempre creo que son un incendio que nace esos fuegos de las
cocinas... Tienen un color tal de gasa de fuego las llamas a esta hora,
que me sobresaltan el ánimo...
--Eres una hiperestésica... En Portugal, todas sois hiperestésicas.
--Si no se es hiperestésico, no vale vivir... Comprendo que no se debe
tomar ninguna droga para fomentar la hiperestesia, pero si se es
lealmente no hay por qué dejarlo de ser.
Félix no contestó.
Aun estando tan necesitado de ruptura, le doblegaba la tarde diáfana.
Había fundidos en aquel ocaso muchos arcoiris, como en una de esas
natillas en que se echa una docena de huevos.
Ya en su final el sol buscó una nube para celebrar púdicamente sus
misterios detrás del iconostasio.
Parecía no querer que se le viese morir en el último momento cuando ya
no conocía a nadie y era inútil quererle retener.
Las chicharras del atardecer comenzaban a sonar. Félix se indignó.
--¡Ah! Que nos hayan tocado esas chicharras al lado del balcón es como
si tuviésemos encima un despertador descompuesto, de esos en que suena
el timbre a todas horas sin parar... Y que no tiene remedio... No hay
relojero a quien llamar.
Las chicharras no descansaban, sonando como un timbre cuyo botón se ha
metido dentro del llamador y del que no hay quien separe las lengüetas
contrarias apretadas en encarnizado contacto.
Se seguía oyendo el timbrazo de esa clase especial de cigarras
lusitanas, cigarras sin la sequedad de las castellanas, cigarras de pila
húmeda que surgen en los otoños como si en los timbres de la naturaleza
se diese un contacto interminable, o bien el dedo de Dios llamase al
hombre bueno o el cinematógrafo de la noche anunciase su apertura.
El caso es que ese timbreante nerviosismo de la naturaleza era como un
vivero de timbres esparcidos, musgosos y saudosos en medio de su
crispadora unanimidad.
--No se puede hacer música en esta Quinta con ese chicharreo... A esta
hora, que es la mejor para hacer música, comienzan todas las tardes...
Me acuerdo de unos conciertos que di en un rincón de América en un
teatro dotado de infernales timbres para el reclamo... Pero cuando yo
comenzaba el concierto, callaban como por encanto... ¡Pero éstos!...
Cada vez le resultaba más insoportable al gran pianista aquella
grillería inacabable como césped fecundo de la tierra, como multitud de
escarabajos engordados por el térmico otoño.
¡Y que no se podía extirpar el retoñeo silvestre! No era cosa de buscar
en un rincón al animal impertinente. Habría que arrasar aquello.
--No puedo continuar en medio de esta naturaleza tan descuidada y como
con liendres... Te voy a decir la verdad... Yo volveré, pero necesito
irme...
Palmyra se quedó del color de los recién operados. No esperaba que
sucediese tan pronto y fuese tan cínico aquel desenlace.
--Bien, me parece bien, pianista ingrato; pero te has de ir antes de que
llegue la noche cerrada...
--No creí que te ibas a picar tanto, querida patrona.
--Eres como un intérprete de hotel... Los unos interpretan las palabras
de los demás, tú la música... Por eso no contesto como debiera a que me
hayas llamado patrona.
Félix se quedó pálido. Quizás ninguna mujer le había sabido insultar
mejor. Le aturdió el insulto como esos codazos que se dan al piano y que
desarmonizan todo el espacio, y dirigiéndose a su alcoba, hizo la maleta
rápida del huésped que ha reñido con la hostelera.
XXII
LOS CANDELABROS DEL PIANO, EL VIAJE A LISBOA Y EL MARINO
Se veía el pinar desde lo alto del palacio, con todas las copas unidas
como formando una suave cabellera por la que se sentían ganas de pasar
la mano cariciosamente.
En el fondo de su alcoba Palmyra les enseñaba a los árboles todo, sin
que la importase lo que pudieran ver con los ojos de sus nidos.
Después de ataviarse, salía a las otras habitaciones y echaba colchas
sobre todas las cosas. Era una manía suya arropar con tapetes todos los
muebles.
Otra vez había vuelto a su silencio, a ese silencio que en Portugal es
mayor que en todo el mundo. Otra vez había vuelto a fundirse en los
cielos, aprovechando esa mayor difusión y efusión entre la tierra y el
cielo que también caracteriza a Portugal.
Palmyra se paseaba ociosa por las grandes habitaciones, todas como camas
inútiles.
Era una ilusión la Quinta.
Los antiguos moradores habían amontonado allí muebles suntuosos,
dorados, laqueados, incrustados de alegre lapizlazuli y de onix con sus
alternativas claridades y obscuridades, pero nada les había valido para
la defensa. El espejo más grande del mundo encuadrado en el marco más
churrigueresco y enramado del universo, anegaba aquella naturaleza que
se movería siempre un poco perlática en la empinada laguna del espejo.
Ansiosa de salir de la mentira del espejo, se asomó a aquella ventana
con cierre de guillotina que la convertía en María Antonieta
despidiéndose del mundo.
La enredadera, que como una instalación de flores unidos por eléctrico
hilo, trepaba y subía por la pared de aquel lado, la envolvía en una
celosía confidencial.
La enredadera creaba en la Quinta una dulce comunicación con la tierra.
La esperanza de la tierra era dulcificada por la enredadera que trepaba
hasta los últimos balcones.
La tierra hacía una caricia a la Quinta a la luz del día y su abrazo era
envolvente y apasionado. La abrazaba por encima de sus altos hombros con
sus largos brazos.
«¡Y quieren que deje mi Quinta envuelta en la enredadera que no me
olvidaría!»
Arraigaba la casa y la prendía más que sus amores y sus cimientos, la
enredadera trepadora.
«Después de todo lo que yo quiero hallar dentro del palacio, es copia de
lo que sucede fuera con las enredaderas... Es el tierno abrazo de
alguien.»
Se veía el mar, aquel mar de la rinconada en cuyas veredas había crecido
yerba por falta de circulación de barcos.
Gran charco inútil, zumbaba como un idiota contra la costa, con manoteo
de meníngico.
Estaba despechada con el mar porque le achacaba aquella resaca especial
que se llevaba a sus amantes.
Se sentía sola en medio de las aguas negras del olvido.
La mujer ve en el amor una cuestión de larga e incansable asiduidad.
Necesita el duradero encuentro. Que no se vaya el que ha de responder a
su voz. Que detrás de las cortinas haya alguien. Que un ser animado
reciba el beso que de pronto florece en los labios.
La sensibilidad no se puede saciar. Se la provoca, se la acaricia, se la
calma, pero nada más. Sólo se la saciaría si alguna caricia quedase
dotada de eternidad.
No se encontraba a sí misma si no la contorneaban unas manos
complacientes. Necesitaba ese vals lento que el amante la sacaba a
bailar, en ese momento en que se está de pie y se recibe el apretujón
del reconocimiento, algo así como el desperezo del uno en el otro, ese
rasgo humano por el que espera junto al árbol o el farol, hay un momento
en que los abraza.
Palmyra no creía ya casi en el amor, pero creía en sus roces y en las
chispas inevitables que hace brotar.
La faltaba eso y por esa causa andaba incierta por el palacio.
Un barco entraba a lo lejos, con su diadema de camarotes.
Se sentían las miradas complacidas de los que deseaban tierra. Se
presenciaba cómo las mujeres de pie en sus cabinas se daban el último
borlazo de polvos y los caballeros se peinaban su liso peinado con un
peinecito de bolsillo.
Aquel relucimiento de cubierta que podía observarse, parecía causado por
innumerables espejitos de mano alertas al desembarco.
Palmyra se sentó al piano, pero no abrió su caja. Se quedó apoyada en el
brillante seno duro en que guarda sus teclas.
Se veía un poco en el espejo brillante de su tapa, en esa negra
perspectiva en que está la inspiración.
La inquietud del amor la poseía, pero la agravaron hasta el dolor y el
desengaño los candelabros del piano abiertos hacia ella, como
queriéndola abrazar, con intención escabrosa en su gesto.
Inquieta por aquella imagen involuntaria, Palmyra pensó en irse a Lisboa
para huir de la Quinta, encharcada por los primeros días de otoño.
Se vistió y se hizo conducir a la estación lejana. Pasaría la noche en
el Gran Hotel de Lisboa. Tenía miedo a Lisboa, pero la atraía. Para una
mujer sola tenía muchos peligros.
Ultimamente, desde un balcón del hotel, habían tirado a la calle a una
extranjera, que después de caer sobre los hilos telefónicos, que la
sostuvieron un momento en la falsilla de sus líneas paralelas, cayó a la
calle y se mató.
También era de aquellos días la noticia de un individuo que después de
engañar a una joven, la había cortado los pechos, que se encontraron en
medio de la calle envueltos en un papel.
Y el hombre del mak-ferland del Alentejo--largo sobretodo gris
guarnecido de pieles de raposa--que dejaba muy malheridas y sin habla a
las mujeres, también andaba por Lisboa en aquella ocasión.
Con todo, tomó el tren a la capital.
El trenecito iba dejando a su paso pañuelos de seda de humo que el aire
de la tarde limpísima sacudía un momento y hacía desaparecer como los
prestidigitadores.
«Ven ustedes este pañuelo con el que doy un latigazo en el aire... pues
ya no lo ven ustedes.»
...Y este otro...
...Y este otro...
...Y este más...
Hasta que se perdió aquella imagen en la imaginación.
Generalmente no iba a Lisboa más que cuando se la acababa el café. Ese
día se vestía de seda o de terciopelo.
«El café bueno--se decía ella axiomáticamente--mantiene al amante.»
Como una castidad para los viajes, ella que no lo necesitaba se ponía
velo, un tupido velo de motas. Entraba en aquellos trenes de destino
corto como viajera del transiberiano.
Tomaba tan en serio el amor que dejaba en la Quinta, que no participaba
de la infidelidad del tren. Se embarcaba en los barcos que vogaban en el
mar adláteres al tren, para huir de las miradas y todo el viaje
permanecía mirándoles.
En Lisboa lo que más la obsesionaba, lo que marcaba para ella la
sensación de haber llegado, era una mujer pálida que se asomaba en esos
balcones que tienen la obligación de tener las persianas en forma de
toldo con la visera inclinada hacia la calle, visera a la que a veces se
la hacía sobresalir tanto que mostraba mejor el interior de la casa
llena de estores como enaguas lujosas y almidonadas.
Tenía que pasar por delante de sus balcones para verla al pasar.