Se podría decir de aquel rincón del mundo que al atardecer todo trecho

estaba lleno de algo sentado, sentado a la manera de aquellas gentes de

pueblo que se han visto sentadas al borde de las aceras en la ciudad.

* * * * *

Contra las tristezas antiguas que dominaban la Quinta es contra lo que

era más difícil reaccionar. No sabía de dónde procedían aquellas

impregnaciones, aquellos grandes lagrimones que la churreteaban el

rostro.

Se acordaba de las otras mujeres que ya desaparecieron y que se

encerraron en el Palacete como en la estancia eterna cuando sólo fueron

viajeros que se iban y que sólo por un momento veían destacarse en sus

ventanillas el Palacio que han de dejar detrás ignorantes de todo su

futuro.

* * * * *

Los panales de la Quinta trabajaban con constancia y daban un postre que

convertía en mielados cristales los de los tarros en que se guardaba la

gran cosecha de los jardines.

En un rincón del jardín trabajaban constantemente las abejas que iban

fajadas en la gran cosecha recogida.

Palmyra sentía un poco en su alma aquella íntima labor en que la vida se

concentraba y tenía ánimos de creación.

«Nosotros debemos tener en el alma un colmenar activo e interior al que

traer la sustancia de todas las miradas. Sólo haciendo esa labor de

recoger y trasegar bien las miradas se cumple con todos los deberes.»

Y por la tarde, después de aquella imagen feliz que daba por objeto del

alma el recibir todas las miradas dispersadas por el día ya en la hora

de vuelta, se congregaba más en sí misma y recababa todos los

pensamientos y miradas habidas en el día: el haber pensado en la

erección placentera que hay en las yemas de los pinos; el haber visto a

los eucaliptos como a viejos doctores a quienes saludar; el haber

encontrado en la calva solitaria, atada a un árbol, la cabra solitaria

que espera que vengan por ella como niña que tiene la misma inquietud en

el colegio; la pena de las rosas cortadas en el jardín y la persecución

con que se persigue con la mirada al que va formando un ramo con las

tijeras de sastre; la idea de sangre que dan las flores rojas; el dolor

de las columnas caídas frente a ese hotel que no se acaba nunca; el olor

a las redes ennegrecidas por la brea que cicatriza instantáneamente las

heridas de los pulmones; el fenómeno de sentir cómo los pinos caminan

hacia el poblado, se aproximan a él, vuelven con el ocaso, son amigos

que se acercan por la espalda y entablan su conversa con el que pasa,

etc., etc.

Vivir por vivir, activando esos colmenares del alma, afanándose por

esclarecer el atardecer, por esparcir el ánimo, tanto en miradas

extáticas como en otras más afanosas, por encontrarse, al entrar en el

recogimiento, con un depósito mayor de miel y cera.

Tomaba ejemplo de aquellas casitas blancas de las que sacaba las láminas

alveoladas de que colgaban los racimos espesos de obreras que se

entremezclaban realizando una unión esforzada para conseguir dar presión

a la cera que iba formando el panal.

* * * * *

Como aliciente de sus inextirpables pensamientos de voluptuosidad,

repasaba el vicio de los alrededores. En el hotel, de los adornos de

cartón, había unas niñas a las que venían a ver gentes de Lisboa, dos

niñas muy blancas y redondas, con una sombra criolla de bigote, que se

reían de todas las mujeres de más de veinte años que se encontraban en

el camino.

Siempre estaban, cuando se las veía, como recién levantadas después de

recién acostadas.

Tenían sus retratos muchos desconocidos, que se los enseñaban a sus

amigos como si fuesen sus ahijadas, y que venían a verlas, encerrándose

unos días en aquella casa con baños de inocencia y de perversidad, como

se mezcla el agua caliente y la fría.

Estaban conservadas entre ropas blancas y capas felpudas y refrescantes.

El vicio raro del rincón tibio y ciudadano, exigía ese hotelito con dos

niñas juguetonas y voluptuosas como gatos, que sólo rozan mucho las

piernas del que pasa.

Muy iluminada en la noche aquella casa parecían presenciarse, mirando a

sus ventanas, saltos de niñas que van a la cama de su papá. Aquel vicio

puntualizaba, como un perfume más, el permiso de goce que daba al

paisaje el dulzor manso de vivir. No resultaba indignante. Con tal de

poderse sostener en el hotel alegre las estaba permitido todo. Resultaba

más alegre y más clara que las otras luces la luz de la casa de las

niñas malas, de las niñas que siempre se estaban subiendo encima de las

piernas de los caballeros sentados.

Palmyra tenía curiosidad por verlas asomadas con lazos celestes y

corales arrebatados, esperando, siempre con el peine puesto en los

cabellos como una peineta algo gitana, a unos viajeros hipotéticos, que

venían generalmente en automóviles amarillos.

También observaba Palmyra con encanto aquel hotel, que se alquilaba a

parejas distintas, que venían de Lisboa, donde las daban la llave para

que pasasen los días de contrato en amorosa soledad. Siempre miraba con

gran curiosidad a la terraza para ver una pareja--la misma a través de

todas sus variaciones--que se amaba con verdadero encanto y disfrutaba

hasta de las plantas submarinas, con absorciones profundas que hacían

desde sus galerías.

«Qué resistencia la de esos peroles, esos vasos y esos asientos»--se

decía Palmyra como si no fuese lo mismo tratar a distintos huéspedes,

que a uno seguido.

* * * * *

Quería Palmyra sostenerse sin otra sensualidad, sólo observando la vida,

suponiendo las cosas de los demás, recogiendo las ondas amorosas, que si

se las aprende y acepta a pecho descubierto, tienen en la recepción la

misma intensidad que en los aparatos emisores, sin que importe que

broten de detrás de los cristales y de las maderas de lejanas casas.

* * * * *

A veces sentía cómo se fraguaban en la paz del día los futuros

cataclismos. El agua, siempre reñida con la tierra, buscaba los caminos

secretos y profundos, en los que se forman los gases que hacen explotar

al terráqueo de vez en cuando.

Algo hacía terreno volcánico toda aquella costa portuguesa. Se tenía la

sospecha de un engullimiento del mar. Se contaba con eso como sazón de

la tarde.

* * * * *

En sus paseos se paraba cuando oía el tren, diciéndose: «¡Quieta! No me

vea el tren y me lleve».

Se ponía satisfecha cuando le sentía irse, y era de una gran ilusión

para sus oídos oir el último estertor.

«¡Ya pasó! ¡Ya pasó!»--se decía frenética de alegría.

Abrazaba a su can desde lejos, y con un salto ideal abrazaba, sobre

todo, a la Venus que remataba el frontispicio de la Quinta.

* * * * *

Remontaban el cielo tardes como para que saliesen de paseo todos los

aviadores.

Se había puesto de seda el día, y las gasas más puras revoloteaban en la

brisa.

Los nadadores del paisaje encontraban para sus miradas aguas tibias.

Se bebía en los vasos del aire naranjadas y jarabes de granadina, sin el

gusto de la fabricación.

Todo el valle era como una rosa de té, en la que ella fuese la

cochinilla escondida.

* * * * *

Frente y contra el mundo estaba la Quinta. Ofrecía su fachada como los

gimnastas que hacen exhibición de su pecho.

«Espero las flechas de los malos días y del viento fuerte.»

«Si quieren mis moradores ya no tendrá que verles nadie jamás.»

«Puedo ocultar el pasaje completo de una vida feliz.»

Y se reían a veces con risa frenética los cristales de los balcones.

Vivía la Quinta en independencia del paisaje.

A veces había llovido por dentro, en el interior del palacio y el campo

sólo había puesto en aquella lluvia el gesto que toma cuando ha dejado

de llover y el sol tiene los rayos mojados, babosos como cuernos de

caracol.

¿Por qué había llovido dentro? Las arañas de cristal, las cornucopias,

la cristalería que, al pasar los carros por el camino, lloraba como un

niño, todo eso junto había creado la lluvia cristalina de allí dentro.

* * * * *

No tenía actualidad la tierra muchos días, el cielo era el que ofrecía

su valle como un sitio de merienda ideal o como unas dunas donde cazar

patos a la manera con que se cazan en las dunas terrenas.

«Tiene mi vida--se decía Palmyra--algo de prisión de reina.»

Y en las primaveras se sentía adornada con canesús de rosas y en el

otoño se sentía vestida con trajes de larga cola, trajes verdes hechos

con hojas ensartadas.

* * * * *

Hasta para ese día de locura, de gritos, de estar con los cabellos

sueltos y el camisón blanco de dormir todo el día, sirve la Quinta muy

perdida entre la maraña selvática. ¿Pues y si hay que pasar el resto de

la vida sentado en un sillón junto a una ventana? Entonces un pájaro que

dé saltos sobre los ríos del espacio es un espectáculo divino.

* * * * *

Sentía a veces como si perdiese el tiempo de hacer no sabía qué cosas en

la ciudad, pero se consolaba diciéndose: «aquí pasa lo mismo el día y

deja flores, leña, nubes en que duermen los sueños como en colchones de

pluma y una cosa que es como una miel que se respira».

Pensando como siempre en lo que dejaba el día que pasa, pues de eso era

destilería su Quinta, la daba la sensación el final de su palacio de

estar lleno de tiempo enmelado y de tener los sótanos atestados de

baúles y tinajas de lo mismo.

«Los hombres no saben ver todas las cosas del día como nuevas--pensaba

Palmyra volviendo a su obsesión--. No saben sentir los besos en las

manos que dan las cosas inanimadas cuando son plácidas y silenciosas,

cuando apenas ven a nadie.»

Ella sabía ser una viajera diferente cada mañana. Los otros pensaban en

ciudades lejanas. No sabían quedarse definitivamente.

* * * * *

Sentía todas las tardes el ansia de lanzar los gritos de la tarde, unos

gritos que necesitaba como gran desahogo el alma a la que se ha

concedido el bienestar, los gritos de gratitud a la naturaleza, al mar,

a lo bonancible del tiempo.

¡Con qué encanto hubiera lanzado esos gritos desgarrados y sinceros,

como destemplados gritos de pavo real, con esa misma calidad agria de

los gritos felices!

* * * * *

Los ocasos se apretaban allí atrozmente. Casi estrangulaban de emoción.

Se levantaban de la naturaleza coros de soledad.

Aunque toda Quinta está detrás de los caminos, en la revuelta de los

caminos, entre boscajes que la sirven de biombo, aquélla resultaba más

oculta que ninguna otra, en lo más recóndito, como en un paraje digno de

un cementerio.

* * * * *

La Quinta se ponía cada vez más melancólica, más vetusta y sus árboles

se llenaban de más mirlos.

El reloj de sol marchaba cada vez mejor.

Ella ya distinguía unos días de otros y encontraba en cada uno toda la

vida reunida, cernida, hecha un fino flan.

Era golosa de todos los días. «Sé lo lejos que estoy del mundo--se

decía--pero en esto está el éxito».

Se sentía como fuera del camino de la muerte.

* * * * *

En el fondo de todos los hotelitos se habían ido dando la untura del

día--algo mucho mejor que un baño de sol--y ya estaban suavizados con

bastante gozo para dar por bien sucedido el día.

Al pasar por los caminos se pensaba eso: que ya había entrado dentro de

cada casa por sus ventanas la densa medida del regalo de un día,

envuelto en papeles de seda azul.

* * * * *

Tenía miedo a los perros de los caminos que no hacen nunca nada y que

hasta se hacen los distraídos y miran a otro lado al pasar junto a las

gentes del camino para no tenerlas que saludar. Eran perros filosóficos

que arrastraban por el suelo sus cabezas meditabundas y olfateaban con

deleite la harina del camino.

Alguno de ellos parecía un perro miserable que la iba a pedir una

moneda, pero también pasaba de largo.

* * * * *

Los hombres volvían a tentarla y desde su fantasía la llamaban por señas

desde los confines del mundo; pero ella se decía para disuadirse de los

gestos varoniles incitantes y coactivos:

«La seguridad en el mundo me la da mi Quinta. ¡Además qué necesitada

está de mi presencia! Hasta que yo me muera no podrá ser la Quinta

solitaria, toda llena de zarzas y cuyo interior no se sabe si ha sido o

no ha sido robado!»

«Los árboles y todo me conoce. Todo clama por no convertirse en jardín

abandonado ya que está en tan precioso y lejano rincón del mundo.»

* * * * *

La sombra de las casas era tan intensa y caía tan bien delante de ellas

algunas noches de cordial clima y clara luna, que era como esa tapa que

se desploma de los vargueños fraileros y que forma frente a ellos un

ancho pupitre inesperado. Daban ganas de tiritar de luna que había.

Se tendría voluntariamente un ataque de nervios sobre las sábanas

blancas.

La blancura de las noches hasta de invierno, que era posible contemplar

con los balcones abiertos, estaba llena de sensualidad.

Creía haber encontrado la colaboración de la noche en su alegría

frenética de dueña de su Quinta en el paraje más resguardado del mundo.

Se sentía tan dichosa con el beneplácito de todo, que le hubiera gustado

lanzar carcajadas a la noche, carcajadas disonantes como los gritos de

los gatos, a los que parecían haber pillado el rabo en las rendijas de

las puertas.

* * * * *

Pero en medio de todas sus cavilaciones, placideces y elevaciones,

encontraba sus ingles hambrientas, enflaquecidas, más metidas hacia

dentro que de continuo. Querían el amor como después querrían la muerte.

La vida es breve y hay que saberla agotar en cada momento.

En aquella soltería fatal la entraba la sensualidad enjuta de los galgos

y sentía cómo se afilaban las aristas de su cuerpo.

XVIII

EL GENIO ARREBATADO

Palmyra recibió una carta de Mafra, su buena amiga de París, en que la

recomendaba un pianista célebre.

«Como sé que te hará pasar un rato delicioso--decía la carta--me atrevo

a enviártelo con esta carta de presentación, que debía estar escrita con

notas musicales en vez de con palabras.»

Aquel pianista portugués que la expedían desde París, la tenía

preocupada. Además la amistad con Mafra era sospechosa y ya le hacía

complicado. Parecía una osadía más de Mafra aquél regalarla un pianista

usado, aunque de la mejor calidad.

* * * * *

Esperó limpiando el piano, sacudiendo sus piezas de música, de las que

salían innumerables notas de polvo, y colocando las partituras

sobrenaturales en primer término.

Como tardaba, cubrió el piano con un magnífico retal de damasco y en vez

de las velas sosas que tenían los candelabros, mandó traer unas velas

pintadas.

Por fin, al día siguiente, apareció el artista, con un tipo exuberante,

apasionado antes de que se presentase la ocasión, con una melena llena

de brillantina sólida.

Cubrió el suelo de «mía señora» rendidos y anduvo hacia ella como

arrodillado por las alfombras.

Por tanto bajar la cabeza, se le veía una calva que aparecía entre sus

crespos cabellos y que se hacía visible, como luna entre nubes.

Venía entusiasmado por la belleza de los alrededores, con la imaginación

desgreñada.

--¡Oh, mía señora!...

Lo que procuró primero fué asentarse bien en el más cómodo sillón de la

sala, y después, con redoblada elocuencia, dijo:

--Desde fuera se sospechan muchas cosas en estos jardines... Me he

emocionado el entrar hasta el palacio... Me parecía que había caimanes

que morderían al desconocido... ¡Hacen un camino tan sombrío y tan

entretejido los árboles!

--Sí, yo sé que produce ese miedo la Quinta... Después aquí se hace un

claro muy bonito, muy rubio podríamos decir, ¿no?

--Sí, está bien... Muy rubio... Eso es...

--Desde la puerta se teme que salga a recibir al que ha llamado uno de

esos japoneses de fisonomía retorcida que esgrimen un sable... Tanto,

que los pobres pordioseros no llaman muchas veces de miedo que les da...

Me defiende más ese grupo de árboles que obscurecen la entrada que mi

perro lobo...

--Y después aquí, ¡cómo se levanta la cabeza sobre los árboles!.. Esto

es maravilloso... maravilloso.

Palmyra miraba al pianista con cierta atracción. Tenía la melena fuerte

de los pianistas y usaba los adjetivos vibrantes y frenéticos que a ella

le gustaban tanto.

Venía de tocar en las reuniones de París. Los hombres quizás le daban un

poco de lado porque no les parece bastante un pianista, pero las mujeres

le seguían, siseaban, para que la reunión guardase silencio y siempre

había una dama que volvía las hojas a su partitura y que en ese momento

parecía tener galantería de caballero más que de mujer.

Tenía el frac un poco desgarbado de los pianistas que a la sombra del

piano, indudablemente, se había alargado, preocupándole mucho conseguir

la chepa de los grandes ejecutantes.

--Aquí debe sonar el piano admirablemente... Debe ondular cada nota

hasta llegar al mar... Es como un ancho lago este silencio.

Y con esa desenvoltura que él tenía muy ensayada, se dirigió al piano y

como quien levanta atrevidamente el peto de una mujer levantó la tapa y

se puso a tocar.

Palmyra, acariciada en aquella caricia a su piano, se puso a su lado

como para repasar las hojas de su memoria.

«Este hombre--se decía Palmyra--no está lleno de tantas complicaciones

como él cree... No acaba de saber lo que hace, no tendrá las

pretensiones de esos hombres demasiado deseosos de gloria de los que he

huído... Tiene el bastante barniz para ser fino y saber poner las manos

sobre lo que toca... Pero sus manos deben estar frías siempre.»

Necesitaba ya al otro varón. Todos los días tienen las habitaciones el

mismo espacio que llenar y el mundo renueva también su vacía virginidad.

Cuando llega el sol de la tarde sin haber tenido satisfacción, la

habitación está desesperada.

El pianista tocaba en el piano de ella como si la gozase por primera vez

y eso le comprometiese a más insistencia y a imitar más que nunca la

desesperación de amor. Desde mañana ya sería otra cosa.

Palmyra, con voz un poco entornada, la voz que necesitaba el momento,

dijo:

--Ha resucitado usted el palacio... Hacía tiempo que no se tocaba así,

quizás desde que en las postrimerías del siglo pasado estuvo aquí

nuestro célebre Almeida...

--¿Estuvo aquí Almeida?--preguntó con mucha admiración el pianista.

--Estuvo y dejó una fotografía dedicada a mi tía Ana, la más bella de

mis antepasadas, tanto que no quiso entregar a nadie su belleza...

--¿Y tocó en este mismo piano?

--En el mismo...

--Entonces hay que cerrarlo y tirar la llave al mar...

Palmyra iba tomando gusto a aquella fantochería de don Félix; el

pianista de la aristocracia. Iba a tener aquel hombre una hipocresía

cabal, una de esas hipocresías en el trato que gustan a las mujeres que

son las grandes hipócritas. Por eso ella le respondió en el mismo tono:

--Pero usted es un verdadero émulo de Almeida y merece su piano... Lo

que he prohibido tocar en él son vals...

El pianista, como agradeciendo entremedias de la conversación esa

deferencia, tomó su mano y se la besó.

Aquel beso, ni de llegada ni de despedida, fué un verdadero beso de

amor, pero dado con verdadero disimulo.

«¿Tendré que dar de mamar a éste también?»--se decía ella, que sabía que

en el juego del amor hay esa figura, la primera que acudía a su mente

cuando el nuevo amante se la insinuaba.

Por como juzgaba según ese ejemplo a los hombres, desechaba a los

hombres de bigote porque no comprendía cómo podrían simular la actitud

infantil.

La repugnaba pensar en la farsa que supondría someter a ese gesto al

hombre de bigote negro.

Un momento estuvo pensativa sin saber cómo aceptar aquel beso que podía

ser tan cumplimiento como uno de aquellos «mía señora» con que la había

alfombrado la casa.

Por romper el silencio, le consultó:

--¿Quiere que invite mucha gente al concierto?

--Quisiera tocar para usted sola.

--Pero es necesario que los demás le admiren...

Palmyra que quería entonar la entrada en la Quinta de aquel hombre que

ya había visto en ella la desamparada y la consumida, esperó la noche

solemne de la fiesta para comenzar con grandeza su nuevo amor.

XIX

EL CONCIERTO

Habían brotado de los alrededores señoritas azules, abrochadas con

broches de los que en el mundo han quedado más de non. Imitaban a la

mujer como la habían imitado todas sus antepasadas.

Señores de perilla muy afeitada en vuelta y antiguos consejeros como con

un luto histórico se pegaban a la pared como si fuesen cuadros de la

casa.

Las señoras formales, con las manos en los vientres fecundos, lañados

después de tantos partos, esperaban algo así como el sermón de la

música.

La inglesa sorda, que sólo oyendo música decía que no era sorda, se

había colocado en el sitio en que se oía mejor y en la butaca en que iba

a ser más dulce la loción musical.

Palmyra había congregado los resplandores en el salón del arpa.

El artista era aguardado con impaciencia, como si su tardanza pudiese

disminuir al final un acto del programa.

Don Vasco se sentía feliz aquella noche, como si en vez de un concierto

fuese una función de teatro la que se fuese a representar.

Don Mariano Guisasol volvía a recordar sus días de fiesta en las

embajadas y por eso se había puesto de frac, dándole eso la obligación

de ser el que pasase las hojas al pianista o el que limpiase el piano.

Todos habían traído el juego de rostros para oir música y pensaban mirar

al piano de cola como si fuese un ataúd en cuanto fuese necesario.

Los primeros abortos sentimentales de las jovencitas iban a quedar

debajo de la butacas.

La veleta de la casa sentía cosquillas con la fiesta que se celebraba en

sus salones, por lo general llenos de lánguida conversación.

En eso entró don Félix, raudo como a quien le persiguen y haciendo al

mismo tiempo el gesto de aquel que se viene guardando un poco de música

en los faldones del frac, como si temiese que le pudiese faltar aún con

la que llevaba en todos los bolsillos.

Iba como a operarles a todos sentándose rápidamente en el piano. Templó

el banquillo a su medida y sonriendo a todos y como diciendo: «para que

el piano resulte bien tocado, hay que lavarse muy bien los dientes», se

tiró al agua de la música como nadador valiente. ¡Había que pasar cuanto

antes el escalofrío de las primeras notas!

Atacó seguidas las composiciones. Casi no descansaba. Saludaba con una

inclinación de cabeza a los aplausos y como prestidigitador del piano

sacaba músicas y músicas de sus dedos.

Las señoritas azules trataban de ocultar sus piernas que se escapaban a

sus faldas escuetas. La música las nalgalizaba.

Don Félix tecleaba sin parar como si quisiera con vencer a Palmyra con

su apasionamiento, mirándola mientras apasionadamente, como un náufrago

en una tormenta, como barquero en medio de un oleaje embravecido.

Todos seguían con apasionamiento la lucha del pianista con el piano,

como lucha de un estrangulador con la dulce víctima.

Por fin dió por terminado el concurso hípico musical de sus manos y

descansó con las manos sobre las teclas del piano como el que cree que

la víctima ha lanzado su último suspiro.

La música como un río incesante y bravo se había llevado vida de todos

les reunidos, peces vivos de la vida de todos, peces brillantes y

dorados, los mejores momentos de las almas. Y todo se había ido hacia el

mar.

Habían quedado más que mejorados, empeorados, con menos belleza en sus

corazones, con menos ideas bellas en sus estanques.

La música era un remolino engañoso, les había robado alma, fantasías,

ideas, reservas bondadosas. Todo estaba ya en el fondo de los mares

lejanos.

Don Félix se sentó al lado de Palmyra. La llevaba el triunfo de la noche

y la sumisión de la música apagada y vencida bajo sus dedos. Parecía

haber matado a una reina para entronizar a otra.

Palmyra parecía haber sido descascarillada por la música y por eso se

ofrecía más blanda y desnuda en la conversación. Su traje era sólo un

mosquitero rosa sobre la cama de la _chaisse-longue_.

--¿Es que ha llorado durante la música?--preguntó el disfrazado de

melenas.

--No... Y sin embargo, me ha secado los ojos la música.

--Eso no puede ser...--dijo don Félix--el lagrimal es la primera lágrima

solidificada, la lágrima madre de todas las demás... Esa no la podrá

usted enjugar nunca.

--Pues yo tuve una amiga a la que extirparon los lagrimales y aunque

creyó que ya no podría llorar nunca, volvió a llorar.

--¡Ah!, es que las lágrimas tienen que romper por algún lado...

--Lo que harían sería desparramarse como cascada del ojo.

De pronto, como sucede en los sitios en que se acuesta temprano la

gente, a todos se les hizo tarde y todos se pusieron en pie al mismo

tiempo emboscando la habitación que estaba tan diáfana.

Todos se despedían hasta otra vez como si creyeran que el célebre

pianista se iba a quedar allí para tocar el té musical de todos los

días.

Contaban con que por de pronto en la casa cerrada en medio de la noche

se quedasen los dos como pareja matrimoniada por el arte.

El pianista esperaba ese fin de espectáculo para ofrecerse con su

aureola a la mujer delicada que es doblegada por la música.

La quinta de Palmyra (Novela grande) · 第 6 / 10 段