estaba lleno de algo sentado, sentado a la manera de aquellas gentes de
pueblo que se han visto sentadas al borde de las aceras en la ciudad.
* * * * *
Contra las tristezas antiguas que dominaban la Quinta es contra lo que
era más difícil reaccionar. No sabía de dónde procedían aquellas
impregnaciones, aquellos grandes lagrimones que la churreteaban el
rostro.
Se acordaba de las otras mujeres que ya desaparecieron y que se
encerraron en el Palacete como en la estancia eterna cuando sólo fueron
viajeros que se iban y que sólo por un momento veían destacarse en sus
ventanillas el Palacio que han de dejar detrás ignorantes de todo su
futuro.
* * * * *
Los panales de la Quinta trabajaban con constancia y daban un postre que
convertía en mielados cristales los de los tarros en que se guardaba la
gran cosecha de los jardines.
En un rincón del jardín trabajaban constantemente las abejas que iban
fajadas en la gran cosecha recogida.
Palmyra sentía un poco en su alma aquella íntima labor en que la vida se
concentraba y tenía ánimos de creación.
«Nosotros debemos tener en el alma un colmenar activo e interior al que
traer la sustancia de todas las miradas. Sólo haciendo esa labor de
recoger y trasegar bien las miradas se cumple con todos los deberes.»
Y por la tarde, después de aquella imagen feliz que daba por objeto del
alma el recibir todas las miradas dispersadas por el día ya en la hora
de vuelta, se congregaba más en sí misma y recababa todos los
pensamientos y miradas habidas en el día: el haber pensado en la
erección placentera que hay en las yemas de los pinos; el haber visto a
los eucaliptos como a viejos doctores a quienes saludar; el haber
encontrado en la calva solitaria, atada a un árbol, la cabra solitaria
que espera que vengan por ella como niña que tiene la misma inquietud en
el colegio; la pena de las rosas cortadas en el jardín y la persecución
con que se persigue con la mirada al que va formando un ramo con las
tijeras de sastre; la idea de sangre que dan las flores rojas; el dolor
de las columnas caídas frente a ese hotel que no se acaba nunca; el olor
a las redes ennegrecidas por la brea que cicatriza instantáneamente las
heridas de los pulmones; el fenómeno de sentir cómo los pinos caminan
hacia el poblado, se aproximan a él, vuelven con el ocaso, son amigos
que se acercan por la espalda y entablan su conversa con el que pasa,
etc., etc.
Vivir por vivir, activando esos colmenares del alma, afanándose por
esclarecer el atardecer, por esparcir el ánimo, tanto en miradas
extáticas como en otras más afanosas, por encontrarse, al entrar en el
recogimiento, con un depósito mayor de miel y cera.
Tomaba ejemplo de aquellas casitas blancas de las que sacaba las láminas
alveoladas de que colgaban los racimos espesos de obreras que se
entremezclaban realizando una unión esforzada para conseguir dar presión
a la cera que iba formando el panal.
* * * * *
Como aliciente de sus inextirpables pensamientos de voluptuosidad,
repasaba el vicio de los alrededores. En el hotel, de los adornos de
cartón, había unas niñas a las que venían a ver gentes de Lisboa, dos
niñas muy blancas y redondas, con una sombra criolla de bigote, que se
reían de todas las mujeres de más de veinte años que se encontraban en
el camino.
Siempre estaban, cuando se las veía, como recién levantadas después de
recién acostadas.
Tenían sus retratos muchos desconocidos, que se los enseñaban a sus
amigos como si fuesen sus ahijadas, y que venían a verlas, encerrándose
unos días en aquella casa con baños de inocencia y de perversidad, como
se mezcla el agua caliente y la fría.
Estaban conservadas entre ropas blancas y capas felpudas y refrescantes.
El vicio raro del rincón tibio y ciudadano, exigía ese hotelito con dos
niñas juguetonas y voluptuosas como gatos, que sólo rozan mucho las
piernas del que pasa.
Muy iluminada en la noche aquella casa parecían presenciarse, mirando a
sus ventanas, saltos de niñas que van a la cama de su papá. Aquel vicio
puntualizaba, como un perfume más, el permiso de goce que daba al
paisaje el dulzor manso de vivir. No resultaba indignante. Con tal de
poderse sostener en el hotel alegre las estaba permitido todo. Resultaba
más alegre y más clara que las otras luces la luz de la casa de las
niñas malas, de las niñas que siempre se estaban subiendo encima de las
piernas de los caballeros sentados.
Palmyra tenía curiosidad por verlas asomadas con lazos celestes y
corales arrebatados, esperando, siempre con el peine puesto en los
cabellos como una peineta algo gitana, a unos viajeros hipotéticos, que
venían generalmente en automóviles amarillos.
También observaba Palmyra con encanto aquel hotel, que se alquilaba a
parejas distintas, que venían de Lisboa, donde las daban la llave para
que pasasen los días de contrato en amorosa soledad. Siempre miraba con
gran curiosidad a la terraza para ver una pareja--la misma a través de
todas sus variaciones--que se amaba con verdadero encanto y disfrutaba
hasta de las plantas submarinas, con absorciones profundas que hacían
desde sus galerías.
«Qué resistencia la de esos peroles, esos vasos y esos asientos»--se
decía Palmyra como si no fuese lo mismo tratar a distintos huéspedes,
que a uno seguido.
* * * * *
Quería Palmyra sostenerse sin otra sensualidad, sólo observando la vida,
suponiendo las cosas de los demás, recogiendo las ondas amorosas, que si
se las aprende y acepta a pecho descubierto, tienen en la recepción la
misma intensidad que en los aparatos emisores, sin que importe que
broten de detrás de los cristales y de las maderas de lejanas casas.
* * * * *
A veces sentía cómo se fraguaban en la paz del día los futuros
cataclismos. El agua, siempre reñida con la tierra, buscaba los caminos
secretos y profundos, en los que se forman los gases que hacen explotar
al terráqueo de vez en cuando.
Algo hacía terreno volcánico toda aquella costa portuguesa. Se tenía la
sospecha de un engullimiento del mar. Se contaba con eso como sazón de
la tarde.
* * * * *
En sus paseos se paraba cuando oía el tren, diciéndose: «¡Quieta! No me
vea el tren y me lleve».
Se ponía satisfecha cuando le sentía irse, y era de una gran ilusión
para sus oídos oir el último estertor.
«¡Ya pasó! ¡Ya pasó!»--se decía frenética de alegría.
Abrazaba a su can desde lejos, y con un salto ideal abrazaba, sobre
todo, a la Venus que remataba el frontispicio de la Quinta.
* * * * *
Remontaban el cielo tardes como para que saliesen de paseo todos los
aviadores.
Se había puesto de seda el día, y las gasas más puras revoloteaban en la
brisa.
Los nadadores del paisaje encontraban para sus miradas aguas tibias.
Se bebía en los vasos del aire naranjadas y jarabes de granadina, sin el
gusto de la fabricación.
Todo el valle era como una rosa de té, en la que ella fuese la
cochinilla escondida.
* * * * *
Frente y contra el mundo estaba la Quinta. Ofrecía su fachada como los
gimnastas que hacen exhibición de su pecho.
«Espero las flechas de los malos días y del viento fuerte.»
«Si quieren mis moradores ya no tendrá que verles nadie jamás.»
«Puedo ocultar el pasaje completo de una vida feliz.»
Y se reían a veces con risa frenética los cristales de los balcones.
Vivía la Quinta en independencia del paisaje.
A veces había llovido por dentro, en el interior del palacio y el campo
sólo había puesto en aquella lluvia el gesto que toma cuando ha dejado
de llover y el sol tiene los rayos mojados, babosos como cuernos de
caracol.
¿Por qué había llovido dentro? Las arañas de cristal, las cornucopias,
la cristalería que, al pasar los carros por el camino, lloraba como un
niño, todo eso junto había creado la lluvia cristalina de allí dentro.
* * * * *
No tenía actualidad la tierra muchos días, el cielo era el que ofrecía
su valle como un sitio de merienda ideal o como unas dunas donde cazar
patos a la manera con que se cazan en las dunas terrenas.
«Tiene mi vida--se decía Palmyra--algo de prisión de reina.»
Y en las primaveras se sentía adornada con canesús de rosas y en el
otoño se sentía vestida con trajes de larga cola, trajes verdes hechos
con hojas ensartadas.
* * * * *
Hasta para ese día de locura, de gritos, de estar con los cabellos
sueltos y el camisón blanco de dormir todo el día, sirve la Quinta muy
perdida entre la maraña selvática. ¿Pues y si hay que pasar el resto de
la vida sentado en un sillón junto a una ventana? Entonces un pájaro que
dé saltos sobre los ríos del espacio es un espectáculo divino.
* * * * *
Sentía a veces como si perdiese el tiempo de hacer no sabía qué cosas en
la ciudad, pero se consolaba diciéndose: «aquí pasa lo mismo el día y
deja flores, leña, nubes en que duermen los sueños como en colchones de
pluma y una cosa que es como una miel que se respira».
Pensando como siempre en lo que dejaba el día que pasa, pues de eso era
destilería su Quinta, la daba la sensación el final de su palacio de
estar lleno de tiempo enmelado y de tener los sótanos atestados de
baúles y tinajas de lo mismo.
«Los hombres no saben ver todas las cosas del día como nuevas--pensaba
Palmyra volviendo a su obsesión--. No saben sentir los besos en las
manos que dan las cosas inanimadas cuando son plácidas y silenciosas,
cuando apenas ven a nadie.»
Ella sabía ser una viajera diferente cada mañana. Los otros pensaban en
ciudades lejanas. No sabían quedarse definitivamente.
* * * * *
Sentía todas las tardes el ansia de lanzar los gritos de la tarde, unos
gritos que necesitaba como gran desahogo el alma a la que se ha
concedido el bienestar, los gritos de gratitud a la naturaleza, al mar,
a lo bonancible del tiempo.
¡Con qué encanto hubiera lanzado esos gritos desgarrados y sinceros,
como destemplados gritos de pavo real, con esa misma calidad agria de
los gritos felices!
* * * * *
Los ocasos se apretaban allí atrozmente. Casi estrangulaban de emoción.
Se levantaban de la naturaleza coros de soledad.
Aunque toda Quinta está detrás de los caminos, en la revuelta de los
caminos, entre boscajes que la sirven de biombo, aquélla resultaba más
oculta que ninguna otra, en lo más recóndito, como en un paraje digno de
un cementerio.
* * * * *
La Quinta se ponía cada vez más melancólica, más vetusta y sus árboles
se llenaban de más mirlos.
El reloj de sol marchaba cada vez mejor.
Ella ya distinguía unos días de otros y encontraba en cada uno toda la
vida reunida, cernida, hecha un fino flan.
Era golosa de todos los días. «Sé lo lejos que estoy del mundo--se
decía--pero en esto está el éxito».
Se sentía como fuera del camino de la muerte.
* * * * *
En el fondo de todos los hotelitos se habían ido dando la untura del
día--algo mucho mejor que un baño de sol--y ya estaban suavizados con
bastante gozo para dar por bien sucedido el día.
Al pasar por los caminos se pensaba eso: que ya había entrado dentro de
cada casa por sus ventanas la densa medida del regalo de un día,
envuelto en papeles de seda azul.
* * * * *
Tenía miedo a los perros de los caminos que no hacen nunca nada y que
hasta se hacen los distraídos y miran a otro lado al pasar junto a las
gentes del camino para no tenerlas que saludar. Eran perros filosóficos
que arrastraban por el suelo sus cabezas meditabundas y olfateaban con
deleite la harina del camino.
Alguno de ellos parecía un perro miserable que la iba a pedir una
moneda, pero también pasaba de largo.
* * * * *
Los hombres volvían a tentarla y desde su fantasía la llamaban por señas
desde los confines del mundo; pero ella se decía para disuadirse de los
gestos varoniles incitantes y coactivos:
«La seguridad en el mundo me la da mi Quinta. ¡Además qué necesitada
está de mi presencia! Hasta que yo me muera no podrá ser la Quinta
solitaria, toda llena de zarzas y cuyo interior no se sabe si ha sido o
no ha sido robado!»
«Los árboles y todo me conoce. Todo clama por no convertirse en jardín
abandonado ya que está en tan precioso y lejano rincón del mundo.»
* * * * *
La sombra de las casas era tan intensa y caía tan bien delante de ellas
algunas noches de cordial clima y clara luna, que era como esa tapa que
se desploma de los vargueños fraileros y que forma frente a ellos un
ancho pupitre inesperado. Daban ganas de tiritar de luna que había.
Se tendría voluntariamente un ataque de nervios sobre las sábanas
blancas.
La blancura de las noches hasta de invierno, que era posible contemplar
con los balcones abiertos, estaba llena de sensualidad.
Creía haber encontrado la colaboración de la noche en su alegría
frenética de dueña de su Quinta en el paraje más resguardado del mundo.
Se sentía tan dichosa con el beneplácito de todo, que le hubiera gustado
lanzar carcajadas a la noche, carcajadas disonantes como los gritos de
los gatos, a los que parecían haber pillado el rabo en las rendijas de
las puertas.
* * * * *
Pero en medio de todas sus cavilaciones, placideces y elevaciones,
encontraba sus ingles hambrientas, enflaquecidas, más metidas hacia
dentro que de continuo. Querían el amor como después querrían la muerte.
La vida es breve y hay que saberla agotar en cada momento.
En aquella soltería fatal la entraba la sensualidad enjuta de los galgos
y sentía cómo se afilaban las aristas de su cuerpo.
XVIII
EL GENIO ARREBATADO
Palmyra recibió una carta de Mafra, su buena amiga de París, en que la
recomendaba un pianista célebre.
«Como sé que te hará pasar un rato delicioso--decía la carta--me atrevo
a enviártelo con esta carta de presentación, que debía estar escrita con
notas musicales en vez de con palabras.»
Aquel pianista portugués que la expedían desde París, la tenía
preocupada. Además la amistad con Mafra era sospechosa y ya le hacía
complicado. Parecía una osadía más de Mafra aquél regalarla un pianista
usado, aunque de la mejor calidad.
* * * * *
Esperó limpiando el piano, sacudiendo sus piezas de música, de las que
salían innumerables notas de polvo, y colocando las partituras
sobrenaturales en primer término.
Como tardaba, cubrió el piano con un magnífico retal de damasco y en vez
de las velas sosas que tenían los candelabros, mandó traer unas velas
pintadas.
Por fin, al día siguiente, apareció el artista, con un tipo exuberante,
apasionado antes de que se presentase la ocasión, con una melena llena
de brillantina sólida.
Cubrió el suelo de «mía señora» rendidos y anduvo hacia ella como
arrodillado por las alfombras.
Por tanto bajar la cabeza, se le veía una calva que aparecía entre sus
crespos cabellos y que se hacía visible, como luna entre nubes.
Venía entusiasmado por la belleza de los alrededores, con la imaginación
desgreñada.
--¡Oh, mía señora!...
Lo que procuró primero fué asentarse bien en el más cómodo sillón de la
sala, y después, con redoblada elocuencia, dijo:
--Desde fuera se sospechan muchas cosas en estos jardines... Me he
emocionado el entrar hasta el palacio... Me parecía que había caimanes
que morderían al desconocido... ¡Hacen un camino tan sombrío y tan
entretejido los árboles!
--Sí, yo sé que produce ese miedo la Quinta... Después aquí se hace un
claro muy bonito, muy rubio podríamos decir, ¿no?
--Sí, está bien... Muy rubio... Eso es...
--Desde la puerta se teme que salga a recibir al que ha llamado uno de
esos japoneses de fisonomía retorcida que esgrimen un sable... Tanto,
que los pobres pordioseros no llaman muchas veces de miedo que les da...
Me defiende más ese grupo de árboles que obscurecen la entrada que mi
perro lobo...
--Y después aquí, ¡cómo se levanta la cabeza sobre los árboles!.. Esto
es maravilloso... maravilloso.
Palmyra miraba al pianista con cierta atracción. Tenía la melena fuerte
de los pianistas y usaba los adjetivos vibrantes y frenéticos que a ella
le gustaban tanto.
Venía de tocar en las reuniones de París. Los hombres quizás le daban un
poco de lado porque no les parece bastante un pianista, pero las mujeres
le seguían, siseaban, para que la reunión guardase silencio y siempre
había una dama que volvía las hojas a su partitura y que en ese momento
parecía tener galantería de caballero más que de mujer.
Tenía el frac un poco desgarbado de los pianistas que a la sombra del
piano, indudablemente, se había alargado, preocupándole mucho conseguir
la chepa de los grandes ejecutantes.
--Aquí debe sonar el piano admirablemente... Debe ondular cada nota
hasta llegar al mar... Es como un ancho lago este silencio.
Y con esa desenvoltura que él tenía muy ensayada, se dirigió al piano y
como quien levanta atrevidamente el peto de una mujer levantó la tapa y
se puso a tocar.
Palmyra, acariciada en aquella caricia a su piano, se puso a su lado
como para repasar las hojas de su memoria.
«Este hombre--se decía Palmyra--no está lleno de tantas complicaciones
como él cree... No acaba de saber lo que hace, no tendrá las
pretensiones de esos hombres demasiado deseosos de gloria de los que he
huído... Tiene el bastante barniz para ser fino y saber poner las manos
sobre lo que toca... Pero sus manos deben estar frías siempre.»
Necesitaba ya al otro varón. Todos los días tienen las habitaciones el
mismo espacio que llenar y el mundo renueva también su vacía virginidad.
Cuando llega el sol de la tarde sin haber tenido satisfacción, la
habitación está desesperada.
El pianista tocaba en el piano de ella como si la gozase por primera vez
y eso le comprometiese a más insistencia y a imitar más que nunca la
desesperación de amor. Desde mañana ya sería otra cosa.
Palmyra, con voz un poco entornada, la voz que necesitaba el momento,
dijo:
--Ha resucitado usted el palacio... Hacía tiempo que no se tocaba así,
quizás desde que en las postrimerías del siglo pasado estuvo aquí
nuestro célebre Almeida...
--¿Estuvo aquí Almeida?--preguntó con mucha admiración el pianista.
--Estuvo y dejó una fotografía dedicada a mi tía Ana, la más bella de
mis antepasadas, tanto que no quiso entregar a nadie su belleza...
--¿Y tocó en este mismo piano?
--En el mismo...
--Entonces hay que cerrarlo y tirar la llave al mar...
Palmyra iba tomando gusto a aquella fantochería de don Félix; el
pianista de la aristocracia. Iba a tener aquel hombre una hipocresía
cabal, una de esas hipocresías en el trato que gustan a las mujeres que
son las grandes hipócritas. Por eso ella le respondió en el mismo tono:
--Pero usted es un verdadero émulo de Almeida y merece su piano... Lo
que he prohibido tocar en él son vals...
El pianista, como agradeciendo entremedias de la conversación esa
deferencia, tomó su mano y se la besó.
Aquel beso, ni de llegada ni de despedida, fué un verdadero beso de
amor, pero dado con verdadero disimulo.
«¿Tendré que dar de mamar a éste también?»--se decía ella, que sabía que
en el juego del amor hay esa figura, la primera que acudía a su mente
cuando el nuevo amante se la insinuaba.
Por como juzgaba según ese ejemplo a los hombres, desechaba a los
hombres de bigote porque no comprendía cómo podrían simular la actitud
infantil.
La repugnaba pensar en la farsa que supondría someter a ese gesto al
hombre de bigote negro.
Un momento estuvo pensativa sin saber cómo aceptar aquel beso que podía
ser tan cumplimiento como uno de aquellos «mía señora» con que la había
alfombrado la casa.
Por romper el silencio, le consultó:
--¿Quiere que invite mucha gente al concierto?
--Quisiera tocar para usted sola.
--Pero es necesario que los demás le admiren...
Palmyra que quería entonar la entrada en la Quinta de aquel hombre que
ya había visto en ella la desamparada y la consumida, esperó la noche
solemne de la fiesta para comenzar con grandeza su nuevo amor.
XIX
EL CONCIERTO
Habían brotado de los alrededores señoritas azules, abrochadas con
broches de los que en el mundo han quedado más de non. Imitaban a la
mujer como la habían imitado todas sus antepasadas.
Señores de perilla muy afeitada en vuelta y antiguos consejeros como con
un luto histórico se pegaban a la pared como si fuesen cuadros de la
casa.
Las señoras formales, con las manos en los vientres fecundos, lañados
después de tantos partos, esperaban algo así como el sermón de la
música.
La inglesa sorda, que sólo oyendo música decía que no era sorda, se
había colocado en el sitio en que se oía mejor y en la butaca en que iba
a ser más dulce la loción musical.
Palmyra había congregado los resplandores en el salón del arpa.
El artista era aguardado con impaciencia, como si su tardanza pudiese
disminuir al final un acto del programa.
Don Vasco se sentía feliz aquella noche, como si en vez de un concierto
fuese una función de teatro la que se fuese a representar.
Don Mariano Guisasol volvía a recordar sus días de fiesta en las
embajadas y por eso se había puesto de frac, dándole eso la obligación
de ser el que pasase las hojas al pianista o el que limpiase el piano.
Todos habían traído el juego de rostros para oir música y pensaban mirar
al piano de cola como si fuese un ataúd en cuanto fuese necesario.
Los primeros abortos sentimentales de las jovencitas iban a quedar
debajo de la butacas.
La veleta de la casa sentía cosquillas con la fiesta que se celebraba en
sus salones, por lo general llenos de lánguida conversación.
En eso entró don Félix, raudo como a quien le persiguen y haciendo al
mismo tiempo el gesto de aquel que se viene guardando un poco de música
en los faldones del frac, como si temiese que le pudiese faltar aún con
la que llevaba en todos los bolsillos.
Iba como a operarles a todos sentándose rápidamente en el piano. Templó
el banquillo a su medida y sonriendo a todos y como diciendo: «para que
el piano resulte bien tocado, hay que lavarse muy bien los dientes», se
tiró al agua de la música como nadador valiente. ¡Había que pasar cuanto
antes el escalofrío de las primeras notas!
Atacó seguidas las composiciones. Casi no descansaba. Saludaba con una
inclinación de cabeza a los aplausos y como prestidigitador del piano
sacaba músicas y músicas de sus dedos.
Las señoritas azules trataban de ocultar sus piernas que se escapaban a
sus faldas escuetas. La música las nalgalizaba.
Don Félix tecleaba sin parar como si quisiera con vencer a Palmyra con
su apasionamiento, mirándola mientras apasionadamente, como un náufrago
en una tormenta, como barquero en medio de un oleaje embravecido.
Todos seguían con apasionamiento la lucha del pianista con el piano,
como lucha de un estrangulador con la dulce víctima.
Por fin dió por terminado el concurso hípico musical de sus manos y
descansó con las manos sobre las teclas del piano como el que cree que
la víctima ha lanzado su último suspiro.
La música como un río incesante y bravo se había llevado vida de todos
les reunidos, peces vivos de la vida de todos, peces brillantes y
dorados, los mejores momentos de las almas. Y todo se había ido hacia el
mar.
Habían quedado más que mejorados, empeorados, con menos belleza en sus
corazones, con menos ideas bellas en sus estanques.
La música era un remolino engañoso, les había robado alma, fantasías,
ideas, reservas bondadosas. Todo estaba ya en el fondo de los mares
lejanos.
Don Félix se sentó al lado de Palmyra. La llevaba el triunfo de la noche
y la sumisión de la música apagada y vencida bajo sus dedos. Parecía
haber matado a una reina para entronizar a otra.
Palmyra parecía haber sido descascarillada por la música y por eso se
ofrecía más blanda y desnuda en la conversación. Su traje era sólo un
mosquitero rosa sobre la cama de la _chaisse-longue_.
--¿Es que ha llorado durante la música?--preguntó el disfrazado de
melenas.
--No... Y sin embargo, me ha secado los ojos la música.
--Eso no puede ser...--dijo don Félix--el lagrimal es la primera lágrima
solidificada, la lágrima madre de todas las demás... Esa no la podrá
usted enjugar nunca.
--Pues yo tuve una amiga a la que extirparon los lagrimales y aunque
creyó que ya no podría llorar nunca, volvió a llorar.
--¡Ah!, es que las lágrimas tienen que romper por algún lado...
--Lo que harían sería desparramarse como cascada del ojo.
De pronto, como sucede en los sitios en que se acuesta temprano la
gente, a todos se les hizo tarde y todos se pusieron en pie al mismo
tiempo emboscando la habitación que estaba tan diáfana.
Todos se despedían hasta otra vez como si creyeran que el célebre
pianista se iba a quedar allí para tocar el té musical de todos los
días.
Contaban con que por de pronto en la casa cerrada en medio de la noche
se quedasen los dos como pareja matrimoniada por el arte.
El pianista esperaba ese fin de espectáculo para ofrecerse con su
aureola a la mujer delicada que es doblegada por la música.