era que tenía allí a uno de los que pasaban raudos y representaban para
ella el mundo, el mundo de los grandes trasatlánticos como palomares
flotantes, llenos de gemelos que miraban su torreón...
El norteamericano apoltronaba su tamaño en la butaca con un paisaje en
el respaldo, y mostraba su rostro de ninguna raza y de casi todas, uno
de esos rostros que confunden siempre al que les mira, pues habiendo
parecido que antes se miró a uno, después resulta que es a otro al que
se encuentra.
--Ahora iría por el mar, con todos mis compañeros de viaje que me
echarán de menos, sobre todo en la mesita verde que ocupábamos después
de cenar, cuatro, siempre los mismos...
¿Qué la iba a exigir aquel hombre a cambio de aquéllo? Había perdido su
barco y tenía derecho...
--¿Y hasta cuándo estará usted aquí?
--Hasta que usted quiera... Vengo a Europa a estudiar, así es que me
puedo quedar aquí a estudiarla a usted.
--¡Ah! No... A estudiarme, no... Me dan escalofríos sólo de pensarlo.
--Bueno, bueno... Diré sólo que estudio.
--¿Y de qué región es usted?
--Bástela saber que una carta tarda en llegar a mi casa veinte días...
--¿Y cómo es su pueblo?
--No tiene nada de interesante... Esto sí que es bello... Es el digno
marco que la corresponde... Cuando me saludó usted al pasar, perdí la
brújula... Si usted no me hubiera recibido, hubiera paseado por delante
de la verja de su Quinta siempre y me hubiera convertido en acuarelista
de paisajes en que se ve una Quinta.
--Estoy comprometida con usted como con el que ha naufragado...
--La verdad es que me he tirado del barco al mar sólo por usted...
--Ha sido tan franca su decisión que yo debo ser también franca... El
mote del escudo de la Quinta es: «Sigue tu primer impulso sin dejar
pasar la hora...» Venga con sus equipajes... Es usted mi huésped.
Se hizo una pausa. El norteamericano se puso en pie. Tenía en el rostro
timidez y osadía, descorazonamiento por el pronto logro de su deseo y al
mismo tiempo entusiasmo. Sus cincuenta rostros superpuestos eran
descubiertos por una imperceptible muesca de colores y perfiles que no
casaban bien como en una policromía mal tirada trasluciéndose sus
cincuenta expresiones distintas.
--¿Y si ahora no le gusta a usted mi nombre?--dijo él.
--¿Tan extravagante es?
--No; es Samuel.
--Pues no es feo.
--Es que como es judío...
Palmyra no contestó, pero pasó por su imaginación una gran aprensión, y
eso que en su pueblo no estaba vinculada la doctrina antisemita...
Reponiéndose y queriéndole evitar toda suspicacia, dijo:
--¿Y eso, qué?... Aquí no se guarda ningún rencor a los judíos...
Samuel apretó su mano con silenciosa gratitud y se fué hacia la puerta.
Palmyra salió con él.
En el recibimiento él hizo ademán de ir a coger su sombrero, pero
Palmyra, que esperaba ese gesto para cazarlo, echó mano a su mano y la
retuvo...
--No... Ese sombrero me pertenece... Es la prenda espontánea de su
afecto... Sólo lo arrancará de su sitio el día que me olvide, el día que
tome el barco que dejó escapar hoy...
--Pues entonces quedará ahí para siempre.
Samuel salió para traer sus equipajes en seguida.
XV
EN ALTA MAR DEL AMOR
La noche estuvo llena de las reticencias, de los silencios tímidos y de
las cortesías graciosas de la aventura que se ha precipitado demasiado.
Sólo el sueño niveló la falta de confianza en que se había realizado
todo.
Durmieron como viajeros cansados, y cuando él se despertó primero a la
mañana siguiente, despertado por las moscas que trajinaban en la luz,
pensó despertarse en alta mar, y le sorprendió encontrarse en la cabaña
de la alcoba, con una rendija excesiva en la ventana.
No estaba en la alta mar del mar, pero estaba en la alta mar del amor.
Miró a Palmyra. Dormía sosegada, con confianza, como si durmiese más que
sobre una cama sobre un jardín, en un rincón de los boscajes de la
Quinta.
Sintió ganas de hacerla cosquillas en la garganta, que ofrecía curvada y
graciosa. «¿Al abrir los ojos no me extrañará demasiado?»--se preguntó
Samuel, pero recordó la naturalidad de Palmyra como si se tratase de una
boda acordada por toda la familia, en vez de ser una aventura...
--Palmyra--llamó en voz baja Samuel para que al despertar entreviese que
la conocía bien por su nombre.
--Palmyra.
--Palmyra.
--Palmyra.
--¡Palmyra!...
Palmyra entreabrió los ojos y sonrió, acostada en la lontananza de la
playa ambarina de su carne, como lejana bañista debajo del toldo azul de
sus ojos.
Pero le había sonreído. En vista de eso se tranquilizó y observó los
cuadros.
Volvió a mirar a Palmyra como al valle florido de su amor, como el que
sentado en la ladera ve la extensión luminosa y margaritada que desde
allí se atalaya.
Ya estaba conformado con la sonrisa de aquel despertar que se había
nublado en seguida. Ahora a esperar que se cerciorase, que recompusiese
con el abrazo del despertar definitivo, la cadena de los abrazos.
Palmyra durmió el sueño deslumbrado de la mañana, el sueño que se sueña
de cara a la luz, sucediendo la pesadilla en pleno mediodía. Samuel la
oseaba las moscas.
Poco duró ese sueño anaranjado de la vívida mañana y Palmyra se
despertó, sonriendo de nuevo al ver al náufrago que la hacía aire con
sus manos oseadoras y osadas.
«Ya no se me irán los ojos y la tranquilidad detrás de las caravanas de
los automóviles con gente de los barcos--pensaba Palmyra--. Mi única
inquietud la habrá cancelado este viajero que se quedó a mi lado...»
Se rió con risa descarada, mirándole.
--¿De qué se ríe?
--De que me parece usted un barco embarrancado...
Volvían a perder el tuteo que habían alcanzado ya. No les convenía. Todo
iba a retroceder.
--Tienes un despertar tranquilo como el de las playas.
--Y tú eres el mar que bulle demasiado temprano...
--¡No tanto!--dijo Samuel sonriendo--. A lo más soy un marinero
despierto y animoso.
Palmyra se dió cuenta en ese amanecer que la sorprendía con aquel nuevo
caballero al lado, de que era bastante calvo, ahora que su peinado
estaba deshecho, y que, por lo tanto, debía tener la murrullería que
ella achacaba a los calvos, su aire de hombres de mundo un poco cínicos,
como si sus pensamientos se creyesen sin hoja de parra ya, y, por lo
tanto, estuviesen en el deber de afrontarlo todo con demasiada audacia.
Palmyra gozó un rato viendo cómo se sobreponía la osadía de aquel hombre
a la sorpresa de hallarse en tan íntima compañía con una mujer
desconocida. Siempre quedará en una mujer la ilusión de esa sorpresa
inevitable. Sólo eso inducirá hacia el amor variado, hasta a aquéllas
que lo probaron mucho.
Se vistieron. Ya sabía Palmyra que había que gozar la mañana desde más
temprano cuando llegaba un nuevo forastero que extrañaba la cama y que
tenía curiosidades que había que saciar llevándole a la ventana y
haciéndole desayunar en la terraza con las migas calientes de la mañana,
que son como piedrecitas y tierras blandas y sustanciosas, que aclaran
al ser comidas la neta impresión del terrenal mundo que se contempla, en
plena alegría, toda su materia y su inmaterialidad.
Con aquella especie de matiné antiguo de bordes rizados, como se rizan
los papeles en que se prueban las tenacillas de todos los días, salió
con Samuel a la terraza, donde se celebraba el primer desayuno.
«Deberían recordar siempre este momento y llenarse de gratitud y de
quietud, renunciando a sus ambiciones de comisionistas»--pensaba
Palmyra.
Samuel andaba por la terraza como viajero de transatlántico, con cierta
inseguridad aún. Se asomó a la balaustrada de la terraza como quien se
asoma a la pasarela, y se quedó sorprendido de aquel mundo de rosas
frenéticas que daban al mundo un infantilismo mañanero.
--Cantan su perfume como coros de colegio de niñas que lanzasen los
hosannas de la mañana--dijo en voz alta a Palmyra, que abría el toldo de
playa que tapaba el velador de los desayunos y de las comidas al aire
libre, cuando estaban hartos del sombrío comedor.
--Parece que has puesto al cielo traje de baño--dijo Samuel,
refiriéndose a aquella enorme sombrilla listada de azules círculos
concéntricos y que era también como un blanco ideal para las escopetas
de salón de los aviadores.
--Lo que se pone es más alegre la mañana con este quitasol--contestó
Palmyra--.
--Como que es el pabellón de las buenas mañanas, sólo de las buenas
mañanas--repuso Samuel.
El hombre oscilante, que venía del Perú, donde le había rechazado una
mujer al saber su origen, gozaba aquella mañana plácida que brotaba
después de haber sido propietario de una linda mujer, mucho más
encantadora que «la otra». Lo que no digería, de lo que no acababa de
poderse dar cuenta es de que fuese aquello epílogo en vez de
preámbulo... Era como si el día comenzase por el ocaso, por lo
realizado, en vez de comenzar por el rosicler.
No comprendía una cosa tan estable, tan franca, tan segura. La mañana
entera aterrizaba en la terraza.
Desayunaron. El se sentía personaje un poco inverosímil de una estampa
que había soñado alguna vez. Así había visto él la ilustración más viva
de la felicidad: un desayuno así, en una terraza y entre flores y con
pájaros posados en el barandal...
--Mi estancia aquí--dijo Samuel queriendo declarar la verdad de lo que
sentía--es como si náufrago feliz me hubiese despertado en una isla
encantada...
--Con tal de que pienses siempre eso--dijo Palmyra con su más rogativa
entonación, mirándole fijamente para atisbar el efecto del «siempre»,
que hizo que Samuel la mirase con cierto susto, con aquel recelo
inevitable, con aquella cosa de _cogido_ que quiere escapar.
Hubo una pausa, en que él pareció dedicarse a escribir con manteca en la
palma del pan, pareciendo después como si quisiera afilar el cuchillo en
la reconfortante maculatura.
--¿Es que todos los amores son de travesía?--preguntó Palmyra con cierta
incongruencia y para sorprenderle con la pregunta.
--¿Cómo, qué quieres decir?--contestó Samuel, envuelto en la mentira de
la embriaguez y del hospedaje desinteresado...
--Es que te siento alegre, feliz, como sin otro negocio que el de vivir,
y, sin embargo, temo que te ausentes--replicó con sumisión Palmyra.
--Pues no me ausentaré nunca... Cuando se encuentra la casa de la dicha
hay que no salir de paseo siquiera... Como esos presidiarios que no
pueden escaparse nunca, no tendré otro traje que el pijama...
--No, ¡qué horror!... Aborrezco el pijama... Todo hombre en pijama es
trivial como él solo, y además hipócrita como un cómico de teatro
galante... Tan pueril y tan ostentoso es el pijama, que no han podido
menos de usarlo también las mujeres, que en sus juegos con los hombres
juegan a la ambigüedad, por más que lo disimulen.
--Pues retiro lo del pijama...
En la mañana había una especie de batalla de flores, con proyectiles de
mariposas. No se sentía ninguna impaciencia. El apartamiento arcádico de
Portugal se sentía en rededor.
Palmyra, que en el primer momento de saber que Samuel era judío no se
había dado cuenta de nada y le había recibido con magnanimidad queriendo
mostrarle que no había en ella ni la más mínima rencilla contra su raza,
ahora recapacitaba y pensaba que la idea de errante va unida a la idea
de judío, y pensaba que había escogido más exprofesamente que nunca al
que había de huir de un modo fatal.
El pronto de la huída de Samuel sería más subitáneo que en los demás.
Echaría a correr sin despedirse, dejando quizá sus equipajes. Se había
quedado en la Quinta por su facultad de huir, de apartarse de un camino
para tomar cualquier otro, por su condición de errante.
Todos los días, a todas horas, tendría presente su fuga, y la lucha
contra su voluntad de escapar sería estéril, porque ningún mimo
contendría al encanto fatal. Mejor hubiera sido imitar un odio atávico,
invencible, del que apenas se le hubiera podido echar la culpa, porque
hubiera parecido brotar de la raza.
Ya vería siempre a Samuel como si fuese a echar a correr.
Con su imaginación hiperestesiada de avezada a la soledad, oía ya la voz
del jardinero al contestar a la pregunta de: «¿Ha visto usted al
señorito?» «Sí, le he visto cruzar la Quinta corriendo a todo correr», y
como en medio de esa pesadilla en que se despierta la voz, dijo Palmyra
a Samuel en voz alta:
--Si sientes deseos de andar por el jardín, date un paseo mientras yo me
acabo de arreglar...
--Yo no... No me muevo de la terraza... Nunca me he sentido tan
arraigado como hoy... Me parece como si la terraza estuviese cimentada
sobre una pirámide incrustada del revés en la tierra.
--Y yo me siento también sobre el nivel de los otros días...--dijo
Palmyra dándole el beso de detrás de la oreja, el beso que se queda
pinzado como esos cigarros o esos claveles o esas cerezas que se ponen
así los chulines.
La Quinta miraba a Samuel con la resignación del Museo que acepta al
turista que se queda, al nuevo copista que se prepara a hacer la misma
copia que tantos otros con igual pasión.
Desde que las Alhambras perdieron su primer recato, aceptan a todo
enamorado como visitante, y hasta le recogen el bastón y le dan un
número.
XVI
OTRA RETIRADA
Samuel tenía voracidad de amor, pero se le veía aprovecharse de él, no
para gozar el placer que se infunde en el mundo después de brotar del
hombre, sino para almacenarle, para guardarle, con un último gesto
sórdido en que se concentraba mucho y escondía el placer que conseguía.
Palmyra, que nunca había comenzado a perder los amores, se fué
disuadiendo del amor de aquel hombre, cuyo único defecto no es que fuese
de raza distinta, sino que se lo creyese, que en él estuviese la
desconfianza y la prevención en vez de en los demás. El era el que no
había olvidado.
Samuel también tenía el defecto de que hablaba constantemente de sus
hermanos de Salónica, de Hamburgo, de Tánger, de Polonia, y eso le hacía
un poco antipático, como si llamase a intervenir en sus amores con
Palmyra a aquellos numerosísimos hermanos y hermanas, suegras y suegros
terribles y rencorosos, con convenciones especiales a las que tendría
que obedecer.
--Porque mis hermanos de Salónica...
--Porque mis hermanas de...
Y siempre salía a relucir aquella fraternidad que le absorbía, que le
hacía volver la cabeza a los lejanos horizontes y distraerse de Palmyra
con nostalgias fortísimas.
* * * * *
Palmyra había tenido, sin embargo, días de sentirse junto al hombre
honrado, y había recibido todas sus confidencias de perseguido y de
plantado por las mujeres; pero desde el primer día hasta esta tarde en
que después de dos meses de pasión se reunían en el Salón Siglo XIX,
estaba esperando su huida, el momento de la ingratitud en que caería
sobre él la maldición de merecer el despego de los demás y sus
persecuciones. En su predilección por aquel hombre serio como un hombre,
había envuelta una especie de maldición gitana: «¡Que maldecido y
perseguido te veas por judío si me abandonas!» No había vez que no se
dejase abrazar por él que no repitiese eso por lo bajo, con los párpados
y los dientes apretados unos contra otros, en tensión rabiosa y
obcecada.
Aquella tarde estaba Samuel más preocupado que nunca, como dispuesto a
contarla una nueva vejación de las que había sufrido.
Por eso Palmyra había escogido aquel salón para estar reunidos en la
hora mejor del idilio, al atardecido.
En cuanto llegaba el calor era el salón en que se pasaba el bochorno,
porque la humedad y el olor a humedad resultaban refrescantes. Aquella
humedad era tan grande que levantaba las hojas de la pared.
--¡Qué sabroso es este salón siglo diez y nueve! Me deja un mayor anhelo
de tu carne--la había dicho una vez el huído Armando y Palmyra no se
había olvidado de la frase.
--En este salón--la dijo Samuel--tu blusa de seda es más incitante. En
este salón se sorprenden los amores de tus antepasados y se ve que aún
rescoldan sobre los sofás.... Eran de los que no se acostaban, de los
que lo hacían todo muy abrazados sobre los sofás...
Palmyra entraba en aquel salón cuando temía aquella cosa imponente que
había en los otros salones del palacio, llenos de un aire demasiado
suntuoso que parecía amedrentar y despedir a los amantes.
Samuel, que tenía pico de águila para el placer, parecía afilarlo en los
besos silenciosos que ponía en ella. Palmyra le dejaba recapacitar en
sus besos, y esperaba lo que saliese de aquella seriedad, pues muchas
veces en esos torvos silencios se prepara el arrebato del amor.
Impaciente Palmyra, le preguntó:
--¿En qué piensas?
--En que te llevaría a un viaje...
--¿A un viaje?
--Sí... No sé cómo puedes estar aquí siempre... A un barco parado se le
ponen sucios los fondos... Si pudiésemos empujar hacia el mar esta
Quinta y que navegase...
--De ningún modo... Me agarraría desde las ventanas a las ramas de los
árboles para contenerla... Son sus cimientos en la tierra los que más
me gusta...
--No te comprendo... No te acabo de comprender.
--Pues es bien fácil... No quiero perderme fuera de aquí... Más que
vivir la vida, la vamos leyendo, y yo quiero repasarla bien, no
distraerme, no perder palabra, no perder ripio...
--Pero donde más interesante es la vida es en los viajes--repuso Samuel,
siempre poseído por el mal intrépido de la huída...
--No... Eso es ver láminas, que es lo que hace perder más el texto de la
vida... Un libro con láminas está aviado... Casi no se lee nunca... Lo
importante es la letra menuda, monótona, que dice muchas cosas...
--¿Y los monumentos?
--Son los que dan más vaguedad a la vida... Sirven sólo para
encubrirla...
--¿Así es que según tu opinión las pirámides...?
--Las pirámides buscaron una apariencia natural de serranía que no está
mal... Pero casi todos los monumentos distraen, hacen daño a la vida...
Se veía cómo estaba metida por honda convicción en su Quinta. Ni una
carreta de bueyes la podía sacar de su predio.
¿Qué carrozas esperaba? Sólo imaginándose el gran espectáculo de la
vuelta de unos viajeros que tuviesen forzosamente que volver y que pasar
por aquel paraje, se podía explicar aquella espera feliz y continua
junto a las ventanas de la Quinta.
Claro que hay el mundo de lo insucediente que está sobre los grandes
ramajes y fija la punta del pie en las ramas que rematan los árboles,
pero ese mundo es demasiado soporífero.
Palmyra, que se había dado cuenta de lo que aquello significaba de
rebeldía contra la Quinta, se echó en la _chaisse-longue_ desde la que
se veía el paisaje del atardecido. Otra vez volvía a tomar cómoda
posesión de los almohadones de la melancolía.
Se curaba en aquella mirada intensa de su eterna convalecencia por la
huída de los hombres.
Veía el recodo de la salida al mar y sentía como todos los días, con
entera novedad, que era un puerto antiguo al que acababa de llegar, y en
el que se unían las carabelas del ayer más remoto como las del más
próximo presente.
«Si no se llegase alguna vez, sería penoso el viaje de la contemplación
diaria»--se decía Palmyra, que había encontrado el cierre, la pulsera
para cada idea con precisión de escritora mística, de Santa Teresa del
anonimato.
Era más largo y más denso que el resto del día aquella hora en que el
día se entornaba. Dejaba en la casa provisiones de eternidad,
caramelitos y guindas de inmortalidad.
Palmyra perdía la vista en aquella larga contemplación, y la quedaban en
los ojos soles amarillos como yemas de numerosos huevos fritos
transparentes en medio de las claras numerosas.
--A esta hora me olvidas--la dijo por fin Samuel, rompiendo el silencio
y la situación penosa y desconfiada--. Pareces de la religión egipcia
que mira con veneración y miedo al sol que se pone para juzgar a los
muertos.
La cena de todos los días se iba cuajando poco a poco y echaba en su
salsa perejiles, romeros y mil yerbas sobre todo el paisaje. En esa paz
severa del verdadero campo se siente la seguridad de que se cenará. En
las ciudades, por el contrario, la seguridad es abrumadora porque hasta
el fuego depende de las nóminas oficiales, y el cenar es un acto
improvisado y de última hora.
«Todo cocina en mi guiso»--se decía Palmyra y tomaba una postura más
cómoda en su _chaisse-longue_.
En aquel silencio, Samuel, que veía el bosque por la ventana, se sentía
irritado por esa trampa, que es la arboleda que no se abandona, la
arboleda que rodea demasiado una vida.
Sentía ya el deseo de las grandes llanuras, necesitaba salir a los
páramos, a los inacabables calveros del mundo. Su raza se había educado
en las caminatas por los desiertos y amaba ese paisaje que descubre la
desnudez del mundo.
«Los árboles, ¡qué por encima están del ser humano y qué poco tienen que
ver con él!--pensaba Samuel--. Si el perro aulla cuando encuentra un
hombre muerto en el bosque, el árbol se abanica suavemente sobre el
hombre caído en el que van quedando al descubierto las costillas como si
se le hubiese desabrochado y se le hubiesen salido las ballenas del
corsé de la carne».
El sentía que los dos preparaban una disputa en su silencio, que
anunciaba con su largura y su calidad el fondo rencoroso.
--Los árboles--dijo Samuel por fin--cubren la vida de una hipocresía
verde y ostentosa... Cada día que pasa veo que los odio más...
Palmyra, con un rencor enorme, desproporcionado, más enconado que si
hubiese sido ofendida ella misma, repuso:
--Como que te ahorcaste de ellos una vez...
Samuel no contestó. Se puso en pie, se paró un momento como un soldado
que se cuadra, después abrió la puerta que daba al pasillo de las
alcobas y se fué.
No tenía arreglo lo que iba a suceder. «Después de todo--se dijo
Palmyra--tenía que pasar esto algún día próximo. No tenía más remedio
que irse por una razón más fuerte que la de ninguno de los que se
fueron».
Y Samuel se marchó, se marchó aquella misma noche en el mismo automóvil
de los turistas en que vino de tan intempestiva manera, en el enorme
automóvil blanco que envían de las Agencias cuando se pide un automóvil
por teléfono desde un punto distante.
Y fué el único amante que lloró al hacer el equipaje y que se fué
llorando en el coche que le libertaba.
XVII
RECRUDECIMIENTOS, SOLEDADES, ASPIRACIONES, MELANCOLÍAS
Palmyra tenía un aire más dominante y hacía un gesto con la falda que
marcaba su carácter, cada vez más arrostrador, y su evolución. Ese gesto
era el que hacía al sentarse y pellizcar su falda, bajándola más,
asentándosela sobre las piernas con una actitud más amazonesca que
nunca.
Vivía a retazos en silencios continuados, en ratos de melancolía, en
paseos plácidos, en arrebatos de perseguida.
--No... no quiero irme... No me iré nunca...--se decía en sus
gabinetes--. Todos ellos tienen un momento en que quisieran vender esto
para dejarme sola y desvalida en el mundo, pero yo no me dejaré
desposeer... Es como la capilla de mi vida mi Quinta... Es para mí
iglesia, cuna, panteón...
Pero los hombres no comprendían aquello, y lo malo era que no podía
explicarles ni enseñarles el encanto de su posesión, hecho de cosas
inexplicables, del modo de llegar las luces y del modo de llegar las
sombras, del modo de moverse los árboles y del modo de articularse todas
las hojas, del miedo al mar y de la cosa que entraba al que lo
contemplaba, de esa especie de niñez de niño bonito que gestaba en las
sombras ya con la querencia de echarse en sus brazos...
La flora submarina que el alma posee recibía caricias submarinas y se
movía como con vida propia.
* * * * *
Se sentía el optimismo de la vida en la Quinta porque había baluartes,
frutas, hortalizas, gallinas que matar, patos en eterna salida de pista
y constantes pavos parecidos a los viejas de los asilos.
Palmyra no temía la ciudad. Pocos conflictos la podría crear a ella.
Pero, de todos modos, el peligro social combatía detrás de los montes,
aunque siempre vendría a morir en las arenas de la playa, frente a la
explanada del mar.
* * * * *
Todos los aires de Europa, todos los ayes, todos los espantosos
cansancios que no podían ya más, todas las viejas actrices cansadas de
sostener el prestigio de su nombre y su falso pelo rubio, todos los
grandes boticarios cansados de despachar en las boticas de más fama,
todos los viejos y prestigiosos doctores cansados de sostener consultas
imposibles con gentes que les esperaban siempre en todos los gabinetes
de todos los pisos de su casa, convertidos en salas de espera, etc.,
etc., todo eso venía a descansar a esa costa final de Europa, llegando
en trenes sin ruido y sin carril.