Palmyra estaba radiante. Su desconcierto se había ido borrando; el caso

era que tenía allí a uno de los que pasaban raudos y representaban para

ella el mundo, el mundo de los grandes trasatlánticos como palomares

flotantes, llenos de gemelos que miraban su torreón...

El norteamericano apoltronaba su tamaño en la butaca con un paisaje en

el respaldo, y mostraba su rostro de ninguna raza y de casi todas, uno

de esos rostros que confunden siempre al que les mira, pues habiendo

parecido que antes se miró a uno, después resulta que es a otro al que

se encuentra.

--Ahora iría por el mar, con todos mis compañeros de viaje que me

echarán de menos, sobre todo en la mesita verde que ocupábamos después

de cenar, cuatro, siempre los mismos...

¿Qué la iba a exigir aquel hombre a cambio de aquéllo? Había perdido su

barco y tenía derecho...

--¿Y hasta cuándo estará usted aquí?

--Hasta que usted quiera... Vengo a Europa a estudiar, así es que me

puedo quedar aquí a estudiarla a usted.

--¡Ah! No... A estudiarme, no... Me dan escalofríos sólo de pensarlo.

--Bueno, bueno... Diré sólo que estudio.

--¿Y de qué región es usted?

--Bástela saber que una carta tarda en llegar a mi casa veinte días...

--¿Y cómo es su pueblo?

--No tiene nada de interesante... Esto sí que es bello... Es el digno

marco que la corresponde... Cuando me saludó usted al pasar, perdí la

brújula... Si usted no me hubiera recibido, hubiera paseado por delante

de la verja de su Quinta siempre y me hubiera convertido en acuarelista

de paisajes en que se ve una Quinta.

--Estoy comprometida con usted como con el que ha naufragado...

--La verdad es que me he tirado del barco al mar sólo por usted...

--Ha sido tan franca su decisión que yo debo ser también franca... El

mote del escudo de la Quinta es: «Sigue tu primer impulso sin dejar

pasar la hora...» Venga con sus equipajes... Es usted mi huésped.

Se hizo una pausa. El norteamericano se puso en pie. Tenía en el rostro

timidez y osadía, descorazonamiento por el pronto logro de su deseo y al

mismo tiempo entusiasmo. Sus cincuenta rostros superpuestos eran

descubiertos por una imperceptible muesca de colores y perfiles que no

casaban bien como en una policromía mal tirada trasluciéndose sus

cincuenta expresiones distintas.

--¿Y si ahora no le gusta a usted mi nombre?--dijo él.

--¿Tan extravagante es?

--No; es Samuel.

--Pues no es feo.

--Es que como es judío...

Palmyra no contestó, pero pasó por su imaginación una gran aprensión, y

eso que en su pueblo no estaba vinculada la doctrina antisemita...

Reponiéndose y queriéndole evitar toda suspicacia, dijo:

--¿Y eso, qué?... Aquí no se guarda ningún rencor a los judíos...

Samuel apretó su mano con silenciosa gratitud y se fué hacia la puerta.

Palmyra salió con él.

En el recibimiento él hizo ademán de ir a coger su sombrero, pero

Palmyra, que esperaba ese gesto para cazarlo, echó mano a su mano y la

retuvo...

--No... Ese sombrero me pertenece... Es la prenda espontánea de su

afecto... Sólo lo arrancará de su sitio el día que me olvide, el día que

tome el barco que dejó escapar hoy...

--Pues entonces quedará ahí para siempre.

Samuel salió para traer sus equipajes en seguida.

XV

EN ALTA MAR DEL AMOR

La noche estuvo llena de las reticencias, de los silencios tímidos y de

las cortesías graciosas de la aventura que se ha precipitado demasiado.

Sólo el sueño niveló la falta de confianza en que se había realizado

todo.

Durmieron como viajeros cansados, y cuando él se despertó primero a la

mañana siguiente, despertado por las moscas que trajinaban en la luz,

pensó despertarse en alta mar, y le sorprendió encontrarse en la cabaña

de la alcoba, con una rendija excesiva en la ventana.

No estaba en la alta mar del mar, pero estaba en la alta mar del amor.

Miró a Palmyra. Dormía sosegada, con confianza, como si durmiese más que

sobre una cama sobre un jardín, en un rincón de los boscajes de la

Quinta.

Sintió ganas de hacerla cosquillas en la garganta, que ofrecía curvada y

graciosa. «¿Al abrir los ojos no me extrañará demasiado?»--se preguntó

Samuel, pero recordó la naturalidad de Palmyra como si se tratase de una

boda acordada por toda la familia, en vez de ser una aventura...

--Palmyra--llamó en voz baja Samuel para que al despertar entreviese que

la conocía bien por su nombre.

--Palmyra.

--Palmyra.

--Palmyra.

--¡Palmyra!...

Palmyra entreabrió los ojos y sonrió, acostada en la lontananza de la

playa ambarina de su carne, como lejana bañista debajo del toldo azul de

sus ojos.

Pero le había sonreído. En vista de eso se tranquilizó y observó los

cuadros.

Volvió a mirar a Palmyra como al valle florido de su amor, como el que

sentado en la ladera ve la extensión luminosa y margaritada que desde

allí se atalaya.

Ya estaba conformado con la sonrisa de aquel despertar que se había

nublado en seguida. Ahora a esperar que se cerciorase, que recompusiese

con el abrazo del despertar definitivo, la cadena de los abrazos.

Palmyra durmió el sueño deslumbrado de la mañana, el sueño que se sueña

de cara a la luz, sucediendo la pesadilla en pleno mediodía. Samuel la

oseaba las moscas.

Poco duró ese sueño anaranjado de la vívida mañana y Palmyra se

despertó, sonriendo de nuevo al ver al náufrago que la hacía aire con

sus manos oseadoras y osadas.

«Ya no se me irán los ojos y la tranquilidad detrás de las caravanas de

los automóviles con gente de los barcos--pensaba Palmyra--. Mi única

inquietud la habrá cancelado este viajero que se quedó a mi lado...»

Se rió con risa descarada, mirándole.

--¿De qué se ríe?

--De que me parece usted un barco embarrancado...

Volvían a perder el tuteo que habían alcanzado ya. No les convenía. Todo

iba a retroceder.

--Tienes un despertar tranquilo como el de las playas.

--Y tú eres el mar que bulle demasiado temprano...

--¡No tanto!--dijo Samuel sonriendo--. A lo más soy un marinero

despierto y animoso.

Palmyra se dió cuenta en ese amanecer que la sorprendía con aquel nuevo

caballero al lado, de que era bastante calvo, ahora que su peinado

estaba deshecho, y que, por lo tanto, debía tener la murrullería que

ella achacaba a los calvos, su aire de hombres de mundo un poco cínicos,

como si sus pensamientos se creyesen sin hoja de parra ya, y, por lo

tanto, estuviesen en el deber de afrontarlo todo con demasiada audacia.

Palmyra gozó un rato viendo cómo se sobreponía la osadía de aquel hombre

a la sorpresa de hallarse en tan íntima compañía con una mujer

desconocida. Siempre quedará en una mujer la ilusión de esa sorpresa

inevitable. Sólo eso inducirá hacia el amor variado, hasta a aquéllas

que lo probaron mucho.

Se vistieron. Ya sabía Palmyra que había que gozar la mañana desde más

temprano cuando llegaba un nuevo forastero que extrañaba la cama y que

tenía curiosidades que había que saciar llevándole a la ventana y

haciéndole desayunar en la terraza con las migas calientes de la mañana,

que son como piedrecitas y tierras blandas y sustanciosas, que aclaran

al ser comidas la neta impresión del terrenal mundo que se contempla, en

plena alegría, toda su materia y su inmaterialidad.

Con aquella especie de matiné antiguo de bordes rizados, como se rizan

los papeles en que se prueban las tenacillas de todos los días, salió

con Samuel a la terraza, donde se celebraba el primer desayuno.

«Deberían recordar siempre este momento y llenarse de gratitud y de

quietud, renunciando a sus ambiciones de comisionistas»--pensaba

Palmyra.

Samuel andaba por la terraza como viajero de transatlántico, con cierta

inseguridad aún. Se asomó a la balaustrada de la terraza como quien se

asoma a la pasarela, y se quedó sorprendido de aquel mundo de rosas

frenéticas que daban al mundo un infantilismo mañanero.

--Cantan su perfume como coros de colegio de niñas que lanzasen los

hosannas de la mañana--dijo en voz alta a Palmyra, que abría el toldo de

playa que tapaba el velador de los desayunos y de las comidas al aire

libre, cuando estaban hartos del sombrío comedor.

--Parece que has puesto al cielo traje de baño--dijo Samuel,

refiriéndose a aquella enorme sombrilla listada de azules círculos

concéntricos y que era también como un blanco ideal para las escopetas

de salón de los aviadores.

--Lo que se pone es más alegre la mañana con este quitasol--contestó

Palmyra--.

--Como que es el pabellón de las buenas mañanas, sólo de las buenas

mañanas--repuso Samuel.

El hombre oscilante, que venía del Perú, donde le había rechazado una

mujer al saber su origen, gozaba aquella mañana plácida que brotaba

después de haber sido propietario de una linda mujer, mucho más

encantadora que «la otra». Lo que no digería, de lo que no acababa de

poderse dar cuenta es de que fuese aquello epílogo en vez de

preámbulo... Era como si el día comenzase por el ocaso, por lo

realizado, en vez de comenzar por el rosicler.

No comprendía una cosa tan estable, tan franca, tan segura. La mañana

entera aterrizaba en la terraza.

Desayunaron. El se sentía personaje un poco inverosímil de una estampa

que había soñado alguna vez. Así había visto él la ilustración más viva

de la felicidad: un desayuno así, en una terraza y entre flores y con

pájaros posados en el barandal...

--Mi estancia aquí--dijo Samuel queriendo declarar la verdad de lo que

sentía--es como si náufrago feliz me hubiese despertado en una isla

encantada...

--Con tal de que pienses siempre eso--dijo Palmyra con su más rogativa

entonación, mirándole fijamente para atisbar el efecto del «siempre»,

que hizo que Samuel la mirase con cierto susto, con aquel recelo

inevitable, con aquella cosa de _cogido_ que quiere escapar.

Hubo una pausa, en que él pareció dedicarse a escribir con manteca en la

palma del pan, pareciendo después como si quisiera afilar el cuchillo en

la reconfortante maculatura.

--¿Es que todos los amores son de travesía?--preguntó Palmyra con cierta

incongruencia y para sorprenderle con la pregunta.

--¿Cómo, qué quieres decir?--contestó Samuel, envuelto en la mentira de

la embriaguez y del hospedaje desinteresado...

--Es que te siento alegre, feliz, como sin otro negocio que el de vivir,

y, sin embargo, temo que te ausentes--replicó con sumisión Palmyra.

--Pues no me ausentaré nunca... Cuando se encuentra la casa de la dicha

hay que no salir de paseo siquiera... Como esos presidiarios que no

pueden escaparse nunca, no tendré otro traje que el pijama...

--No, ¡qué horror!... Aborrezco el pijama... Todo hombre en pijama es

trivial como él solo, y además hipócrita como un cómico de teatro

galante... Tan pueril y tan ostentoso es el pijama, que no han podido

menos de usarlo también las mujeres, que en sus juegos con los hombres

juegan a la ambigüedad, por más que lo disimulen.

--Pues retiro lo del pijama...

En la mañana había una especie de batalla de flores, con proyectiles de

mariposas. No se sentía ninguna impaciencia. El apartamiento arcádico de

Portugal se sentía en rededor.

Palmyra, que en el primer momento de saber que Samuel era judío no se

había dado cuenta de nada y le había recibido con magnanimidad queriendo

mostrarle que no había en ella ni la más mínima rencilla contra su raza,

ahora recapacitaba y pensaba que la idea de errante va unida a la idea

de judío, y pensaba que había escogido más exprofesamente que nunca al

que había de huir de un modo fatal.

El pronto de la huída de Samuel sería más subitáneo que en los demás.

Echaría a correr sin despedirse, dejando quizá sus equipajes. Se había

quedado en la Quinta por su facultad de huir, de apartarse de un camino

para tomar cualquier otro, por su condición de errante.

Todos los días, a todas horas, tendría presente su fuga, y la lucha

contra su voluntad de escapar sería estéril, porque ningún mimo

contendría al encanto fatal. Mejor hubiera sido imitar un odio atávico,

invencible, del que apenas se le hubiera podido echar la culpa, porque

hubiera parecido brotar de la raza.

Ya vería siempre a Samuel como si fuese a echar a correr.

Con su imaginación hiperestesiada de avezada a la soledad, oía ya la voz

del jardinero al contestar a la pregunta de: «¿Ha visto usted al

señorito?» «Sí, le he visto cruzar la Quinta corriendo a todo correr», y

como en medio de esa pesadilla en que se despierta la voz, dijo Palmyra

a Samuel en voz alta:

--Si sientes deseos de andar por el jardín, date un paseo mientras yo me

acabo de arreglar...

--Yo no... No me muevo de la terraza... Nunca me he sentido tan

arraigado como hoy... Me parece como si la terraza estuviese cimentada

sobre una pirámide incrustada del revés en la tierra.

--Y yo me siento también sobre el nivel de los otros días...--dijo

Palmyra dándole el beso de detrás de la oreja, el beso que se queda

pinzado como esos cigarros o esos claveles o esas cerezas que se ponen

así los chulines.

La Quinta miraba a Samuel con la resignación del Museo que acepta al

turista que se queda, al nuevo copista que se prepara a hacer la misma

copia que tantos otros con igual pasión.

Desde que las Alhambras perdieron su primer recato, aceptan a todo

enamorado como visitante, y hasta le recogen el bastón y le dan un

número.

XVI

OTRA RETIRADA

Samuel tenía voracidad de amor, pero se le veía aprovecharse de él, no

para gozar el placer que se infunde en el mundo después de brotar del

hombre, sino para almacenarle, para guardarle, con un último gesto

sórdido en que se concentraba mucho y escondía el placer que conseguía.

Palmyra, que nunca había comenzado a perder los amores, se fué

disuadiendo del amor de aquel hombre, cuyo único defecto no es que fuese

de raza distinta, sino que se lo creyese, que en él estuviese la

desconfianza y la prevención en vez de en los demás. El era el que no

había olvidado.

Samuel también tenía el defecto de que hablaba constantemente de sus

hermanos de Salónica, de Hamburgo, de Tánger, de Polonia, y eso le hacía

un poco antipático, como si llamase a intervenir en sus amores con

Palmyra a aquellos numerosísimos hermanos y hermanas, suegras y suegros

terribles y rencorosos, con convenciones especiales a las que tendría

que obedecer.

--Porque mis hermanos de Salónica...

--Porque mis hermanas de...

Y siempre salía a relucir aquella fraternidad que le absorbía, que le

hacía volver la cabeza a los lejanos horizontes y distraerse de Palmyra

con nostalgias fortísimas.

* * * * *

Palmyra había tenido, sin embargo, días de sentirse junto al hombre

honrado, y había recibido todas sus confidencias de perseguido y de

plantado por las mujeres; pero desde el primer día hasta esta tarde en

que después de dos meses de pasión se reunían en el Salón Siglo XIX,

estaba esperando su huida, el momento de la ingratitud en que caería

sobre él la maldición de merecer el despego de los demás y sus

persecuciones. En su predilección por aquel hombre serio como un hombre,

había envuelta una especie de maldición gitana: «¡Que maldecido y

perseguido te veas por judío si me abandonas!» No había vez que no se

dejase abrazar por él que no repitiese eso por lo bajo, con los párpados

y los dientes apretados unos contra otros, en tensión rabiosa y

obcecada.

Aquella tarde estaba Samuel más preocupado que nunca, como dispuesto a

contarla una nueva vejación de las que había sufrido.

Por eso Palmyra había escogido aquel salón para estar reunidos en la

hora mejor del idilio, al atardecido.

En cuanto llegaba el calor era el salón en que se pasaba el bochorno,

porque la humedad y el olor a humedad resultaban refrescantes. Aquella

humedad era tan grande que levantaba las hojas de la pared.

--¡Qué sabroso es este salón siglo diez y nueve! Me deja un mayor anhelo

de tu carne--la había dicho una vez el huído Armando y Palmyra no se

había olvidado de la frase.

--En este salón--la dijo Samuel--tu blusa de seda es más incitante. En

este salón se sorprenden los amores de tus antepasados y se ve que aún

rescoldan sobre los sofás.... Eran de los que no se acostaban, de los

que lo hacían todo muy abrazados sobre los sofás...

Palmyra entraba en aquel salón cuando temía aquella cosa imponente que

había en los otros salones del palacio, llenos de un aire demasiado

suntuoso que parecía amedrentar y despedir a los amantes.

Samuel, que tenía pico de águila para el placer, parecía afilarlo en los

besos silenciosos que ponía en ella. Palmyra le dejaba recapacitar en

sus besos, y esperaba lo que saliese de aquella seriedad, pues muchas

veces en esos torvos silencios se prepara el arrebato del amor.

Impaciente Palmyra, le preguntó:

--¿En qué piensas?

--En que te llevaría a un viaje...

--¿A un viaje?

--Sí... No sé cómo puedes estar aquí siempre... A un barco parado se le

ponen sucios los fondos... Si pudiésemos empujar hacia el mar esta

Quinta y que navegase...

--De ningún modo... Me agarraría desde las ventanas a las ramas de los

árboles para contenerla... Son sus cimientos en la tierra los que más

me gusta...

--No te comprendo... No te acabo de comprender.

--Pues es bien fácil... No quiero perderme fuera de aquí... Más que

vivir la vida, la vamos leyendo, y yo quiero repasarla bien, no

distraerme, no perder palabra, no perder ripio...

--Pero donde más interesante es la vida es en los viajes--repuso Samuel,

siempre poseído por el mal intrépido de la huída...

--No... Eso es ver láminas, que es lo que hace perder más el texto de la

vida... Un libro con láminas está aviado... Casi no se lee nunca... Lo

importante es la letra menuda, monótona, que dice muchas cosas...

--¿Y los monumentos?

--Son los que dan más vaguedad a la vida... Sirven sólo para

encubrirla...

--¿Así es que según tu opinión las pirámides...?

--Las pirámides buscaron una apariencia natural de serranía que no está

mal... Pero casi todos los monumentos distraen, hacen daño a la vida...

Se veía cómo estaba metida por honda convicción en su Quinta. Ni una

carreta de bueyes la podía sacar de su predio.

¿Qué carrozas esperaba? Sólo imaginándose el gran espectáculo de la

vuelta de unos viajeros que tuviesen forzosamente que volver y que pasar

por aquel paraje, se podía explicar aquella espera feliz y continua

junto a las ventanas de la Quinta.

Claro que hay el mundo de lo insucediente que está sobre los grandes

ramajes y fija la punta del pie en las ramas que rematan los árboles,

pero ese mundo es demasiado soporífero.

Palmyra, que se había dado cuenta de lo que aquello significaba de

rebeldía contra la Quinta, se echó en la _chaisse-longue_ desde la que

se veía el paisaje del atardecido. Otra vez volvía a tomar cómoda

posesión de los almohadones de la melancolía.

Se curaba en aquella mirada intensa de su eterna convalecencia por la

huída de los hombres.

Veía el recodo de la salida al mar y sentía como todos los días, con

entera novedad, que era un puerto antiguo al que acababa de llegar, y en

el que se unían las carabelas del ayer más remoto como las del más

próximo presente.

«Si no se llegase alguna vez, sería penoso el viaje de la contemplación

diaria»--se decía Palmyra, que había encontrado el cierre, la pulsera

para cada idea con precisión de escritora mística, de Santa Teresa del

anonimato.

Era más largo y más denso que el resto del día aquella hora en que el

día se entornaba. Dejaba en la casa provisiones de eternidad,

caramelitos y guindas de inmortalidad.

Palmyra perdía la vista en aquella larga contemplación, y la quedaban en

los ojos soles amarillos como yemas de numerosos huevos fritos

transparentes en medio de las claras numerosas.

--A esta hora me olvidas--la dijo por fin Samuel, rompiendo el silencio

y la situación penosa y desconfiada--. Pareces de la religión egipcia

que mira con veneración y miedo al sol que se pone para juzgar a los

muertos.

La cena de todos los días se iba cuajando poco a poco y echaba en su

salsa perejiles, romeros y mil yerbas sobre todo el paisaje. En esa paz

severa del verdadero campo se siente la seguridad de que se cenará. En

las ciudades, por el contrario, la seguridad es abrumadora porque hasta

el fuego depende de las nóminas oficiales, y el cenar es un acto

improvisado y de última hora.

«Todo cocina en mi guiso»--se decía Palmyra y tomaba una postura más

cómoda en su _chaisse-longue_.

En aquel silencio, Samuel, que veía el bosque por la ventana, se sentía

irritado por esa trampa, que es la arboleda que no se abandona, la

arboleda que rodea demasiado una vida.

Sentía ya el deseo de las grandes llanuras, necesitaba salir a los

páramos, a los inacabables calveros del mundo. Su raza se había educado

en las caminatas por los desiertos y amaba ese paisaje que descubre la

desnudez del mundo.

«Los árboles, ¡qué por encima están del ser humano y qué poco tienen que

ver con él!--pensaba Samuel--. Si el perro aulla cuando encuentra un

hombre muerto en el bosque, el árbol se abanica suavemente sobre el

hombre caído en el que van quedando al descubierto las costillas como si

se le hubiese desabrochado y se le hubiesen salido las ballenas del

corsé de la carne».

El sentía que los dos preparaban una disputa en su silencio, que

anunciaba con su largura y su calidad el fondo rencoroso.

--Los árboles--dijo Samuel por fin--cubren la vida de una hipocresía

verde y ostentosa... Cada día que pasa veo que los odio más...

Palmyra, con un rencor enorme, desproporcionado, más enconado que si

hubiese sido ofendida ella misma, repuso:

--Como que te ahorcaste de ellos una vez...

Samuel no contestó. Se puso en pie, se paró un momento como un soldado

que se cuadra, después abrió la puerta que daba al pasillo de las

alcobas y se fué.

No tenía arreglo lo que iba a suceder. «Después de todo--se dijo

Palmyra--tenía que pasar esto algún día próximo. No tenía más remedio

que irse por una razón más fuerte que la de ninguno de los que se

fueron».

Y Samuel se marchó, se marchó aquella misma noche en el mismo automóvil

de los turistas en que vino de tan intempestiva manera, en el enorme

automóvil blanco que envían de las Agencias cuando se pide un automóvil

por teléfono desde un punto distante.

Y fué el único amante que lloró al hacer el equipaje y que se fué

llorando en el coche que le libertaba.

XVII

RECRUDECIMIENTOS, SOLEDADES, ASPIRACIONES, MELANCOLÍAS

Palmyra tenía un aire más dominante y hacía un gesto con la falda que

marcaba su carácter, cada vez más arrostrador, y su evolución. Ese gesto

era el que hacía al sentarse y pellizcar su falda, bajándola más,

asentándosela sobre las piernas con una actitud más amazonesca que

nunca.

Vivía a retazos en silencios continuados, en ratos de melancolía, en

paseos plácidos, en arrebatos de perseguida.

--No... no quiero irme... No me iré nunca...--se decía en sus

gabinetes--. Todos ellos tienen un momento en que quisieran vender esto

para dejarme sola y desvalida en el mundo, pero yo no me dejaré

desposeer... Es como la capilla de mi vida mi Quinta... Es para mí

iglesia, cuna, panteón...

Pero los hombres no comprendían aquello, y lo malo era que no podía

explicarles ni enseñarles el encanto de su posesión, hecho de cosas

inexplicables, del modo de llegar las luces y del modo de llegar las

sombras, del modo de moverse los árboles y del modo de articularse todas

las hojas, del miedo al mar y de la cosa que entraba al que lo

contemplaba, de esa especie de niñez de niño bonito que gestaba en las

sombras ya con la querencia de echarse en sus brazos...

La flora submarina que el alma posee recibía caricias submarinas y se

movía como con vida propia.

* * * * *

Se sentía el optimismo de la vida en la Quinta porque había baluartes,

frutas, hortalizas, gallinas que matar, patos en eterna salida de pista

y constantes pavos parecidos a los viejas de los asilos.

Palmyra no temía la ciudad. Pocos conflictos la podría crear a ella.

Pero, de todos modos, el peligro social combatía detrás de los montes,

aunque siempre vendría a morir en las arenas de la playa, frente a la

explanada del mar.

* * * * *

Todos los aires de Europa, todos los ayes, todos los espantosos

cansancios que no podían ya más, todas las viejas actrices cansadas de

sostener el prestigio de su nombre y su falso pelo rubio, todos los

grandes boticarios cansados de despachar en las boticas de más fama,

todos los viejos y prestigiosos doctores cansados de sostener consultas

imposibles con gentes que les esperaban siempre en todos los gabinetes

de todos los pisos de su casa, convertidos en salas de espera, etc.,

etc., todo eso venía a descansar a esa costa final de Europa, llegando

en trenes sin ruido y sin carril.

La quinta de Palmyra (Novela grande) · 第 5 / 10 段