Se pasaba largos ratos echada sobre los almohadones, dóciles como gatos

que permitiesen recostarse sobre ellos. Parecía una convaleciente cuya

sangre se va tornando roja muy poco a poco.

Se quedaba mirando los gruesos pendentif de las arañas, ese gran

brillante que cuelga como su último remate.

En aquellos días de perdición en la Quinta--de mucha más perdición que

lo que se llama perdición en el amor--hasta entró en la biblioteca. Se

escondía allí para que el tiempo no la encontrase tan demasiado en medio

de los grandes salones.

La daba melancolía la biblioteca. ¡Cuántos antepasados tenían que haber

muerto para dejarla a ella aquellas estanterías con libros inesperados

para sus manos, pero que la pertenecían!

Las señales que se veían en algunos tomos salientes como orejas

perspicaces la daban una sensación de las manos y las inteligencias

muertas, de cómo aquella asociación de datos que buscaba la señal, ya

sería siempre inútil. A veces había ido a quitar todas las señales de

los libros, pero la dió pena estropear aquella labor y borrar lo que

ingenuamente esperaba que volviese el que señaló el libro.

La esfera armilar la ponía triste. Hasta una enfermedad de esas que se

curan tomándose esféricos depósitos de termómetro era preferible a

aquella soledad con la esfera armilar.

Aquella esfera la daba la emoción infinita de un modo confuso y apenas

inteligible para su puerilidad. Era como el esqueleto del Universo que

la hacía microscópica, inexistente, polvo vil.

La sobraban los libros; todos eran como tomos de medicina en un sitio en

que se está sano. Prefería, a leer, mirar por el balcón al mar.

Los libros, eso sí, daban sustancia a la biblioteca, cuyo balcón la

gustaba más que los otros, precisamente por eso, porque los libros

mejoraban el arrobo de la habitación, su resguardo.

La gran esfera terrestre, que tenía que sostenerse sobre el suelo porque

no había mesa ni estante que la sostuviese, era como el reflejo en

convexo de la idea de la naturaleza lejana y complicada que se veía por

el gran ventanal.

Los mares de la esfera, sobre todo, se volvían verdaderos y anchurosos

en aquella proximidad al mar inmenso. Era como si se desbaratasen y se

escapasen a la red de sus meridianos y se vertiesen sobre el verdadero

mar.

El cinturón de cobre y la cerviz, también de cobre, que envolvían a la

esfera enorme, daban al mundo un aspecto formidable.

Palmyra, quieta y asentada durante un largo rato, volvía a sentir la

desazón voluptuosa, y dando un salto huía de la biblioteca.

XII

AL CASINO

En aquellos días recibió una invitación del Casino de Ardantes.

Era una invitación como otras muchas que había recibido antaño: «_A

charming festival in honour of the British Colony of Ardantes to be held

in this Casino, the Direction has the great pleasure, etc._»

Nunca había querido ir a aquel Casino en que no se sabía qué gentes

jugaban a los juegos prohibidos.

Iría dispuesta a traerse un hombre a la Quinta.

Se vistió otra vez con la ilusión de la que no sabe lo que va a pasar y

estiró sus medias como se estiran para hacer la conquista.

Hizo el camino a pie. No quiso alborotar la terraza del Casino con la

llegada de su coche. Podría entrar mucho más disimulada y dejar con más

desparpajo el bastoncito sobre el borde de la mesa de juego mientras

abría su portamonedas con gesto de bolsista jugadora.

Pasó por entre los _chalets_, cuyas ventanas respiraban el aire

embalsamado con la misma vagarosidad que los peces el agua.

Las casas, cubiertas de verdor, se daban tono de mujeres con un chal

sobre los hombros.

Aquellas casas cubiertas de enredaderas, eran casas que había que peinar

por las mañanas. Ella no había cubierto las paredes de su palacio con

las mismas morenas yedras por si no podía asearlas con el ancho peine

que necesitaban para no llenarse de innumerables bichos.

El nido humano resultaba más nido en aquellas casas cubiertas por

completo de hojarascas y llenas de melenas verdinegras.

Palmyra sentía la turbación de la que sale por primera vez al mundo

después de una viudez.

Lo malo es que se acordaba demasiado de Armando y de sus palabras.

--Al subir la cuesta los automóviles meten ruido de aeroplanos--había

dicho Armando viéndoles subir aquella cuesta que buscaba el camino de

los pueblos.

No se la podían olvidar a Palmyra aquellas frases del golfo genial que

estuvo preso en el palacio como un bandido del renacimiento, y que, como

aquellos aventureros, dejó grabadas para siempre sus anécdotas en las

paredes de la prisión.

--Atado en ese sofá estuvo él--sentiría siempre ansias de explicar a los

que por primera vez fueran a la Quinta.

--Las cazoletas del telégrafo son palomas _ahorcadas_--había dicho

también, y también era inolvidable para Palmyra que las veía

estranguladas por noticias que llevaban más allá, sin dejar ninguna en

la Quinta, sin poder sorprender lo más mínimo de las palabras

pasajeras.

Pensando despaciosamente en Armando llegó al Casino.

Aquel Casino tenía una gran vida en el verano, sin sillas suficientes

nunca para esos invitados de casino que se invitan solos y que no se

sabe de qué recóndito rincón han salido.

Se sentó en la mesa de juego y puso sobre ella uno de aquellos grandes

billetes que sonaban a papel pergamino escandalosamente.

Su vecino de mesa la miró por la rendija pícara que quedaba entre sus

lentes y su sien. La reconocía con desconfianza y con hipocresía,

buscando la abertura en su cuello, ese sitio por el que entran las

miradas de refilón y se ve una carne quemada que resulta más carnal.

Ella apuntó a cualquier número.

--No..., no ponga usted a ese número, que no ha salido ni saldrá

nunca--la dijo el vecino con arrebato apasionado, con aire protector,

con verdadera congoja.

Palmyra le miró agradecida por aquella advertencia trémula, y le

preguntó:

--¿Pero, por qué?

--Porque yo he perdido todo mi dinero señalando ese sitio... Es un

abismo.

--Entonces--dijo Palmyra con la misma voz trémula--quiero ver si le

vengo, arrancándole al banquero todo el dinero que le ha quitado a

usted...

Así se formó la sociedad de súbita franqueza y de emociones compartidas

que había de hacerles volver juntos a la Quinta al final de la tarde de

jugadores, después de que Palmyra recuperase parte de la fortuna de

Fausto, ingeniero de minas, que ahorraba la mitad de su sueldo y con la

otra mitad especulaba, jugaba, se divertía y comía modestamente.

Tomaron el té de después del juego, té reconfortante, cuyo azúcar

dulcifica el dolor sufrido y asienta el gusto metálico que tiene el

mismo triunfo.

Palmyra estaba encantada de la pasmada galantería del ingeniero,

galantería torpe, de hombre que no se considera apto para entrar en la

intimidad de la mujer distinguida con quien habla.

No tenía rubor en confesar sus gustos más ingenuos.

--A mí la naturaleza me encanta... Llevo siempre en mi maleta, cuando

voy a la ciudad, unos cuantos paisajes que cuelgo de las paredes del

hotel...

--¿Y los pinos? ¿Cómo está usted con los pinos?

--Los pinos...--y Fausto se detuvo un momento sin saber continuar; él

amaba la naturaleza, la naturaleza en general, pero no había pensado en

los pinos... Sin embargo, hizo un esfuerzo... Debía hacer un esfuerzo

por decir algo ingenioso... Miró por las ventanas del Casino al campo, y

dirigiendo una mirada a los pinos que se veían, dijo:

--Sí...; los pinos son el tupé de nuestros montes...

Palmyra le animó con una larga sonrisa a que fuese ingenioso.

Tomaba Fausto el té con avidez de jugador arruinado, como si encontrase

en su líquido dorado el restituyente.

La confesó los pormenores de su casa: «Mi lecho y una gran mesa de pino

blanco, llena de los puntazos de los chinches, naturalmente de los

«chinches» limpios».

Cada vez le veía Palmyra más posible: la primera noche como huésped

extraño, y después un poco dueño de todo, colocando las cosas en

distinto sitio, acercando su butaca al balcón.

--La acompañaría si no perdiese el tren...

--Acompáñeme a la Quinta y cenará usted conmigo... Como no pensaba

retirarme tan tarde, no he pedido el coche... Pero no hay mucha

distancia.

Salieron del Casino... El camino era el camino campestre, largo, con

muchas revueltas, con humo de hojas amontonadas en pequeñas piras que

ardían en las cunetas como si el ocaso hubiese dejado incendiados todos

los matojos.

«El camino va a bastar», pensaba Palmyra. «Este es el de los amantes de

la naturaleza que sienten ganas de besar en medio de ella».

En efecto; en la revuelta del camino en que ya no se vieron casas

blancas, Fausto, como si ya no le viese nadie, sin pensar en que le veía

ella y en que se podía resistir, besó a Palmyra con beso que resbala,

que da un tropezón en el rostro y que buscando la mejilla cae en la

barbilla o se queda colgado de la sotabarba.

Palmyra aceptó aquel beso, diciendo con falsa ingenuidad de mujer que no

quiere que de ningún modo retrocedan las cosas...

--Sí... Realmente no nos ve nadie...

--Estábamos demasiado solos... No se puede llevar a un hombre apasionado

por un camino tan solitario a esta hora...

--Lo malo--dijo ella--es que todo el camino es tan solitario y es muy

largo...

--Tengo besos para todo el camino, por largo que sea.

--Es usted un besador de caminos, en vez de un ingeniero de caminos...

--Soy más; soy un salteador de caminos.

--¡Qué miedo!--dijo ella haciendo un mohín.

El resto del camino fué dichoso. Ella tenía ganas de volverse a

encontrar como objeto de goce, como intriga para el ansia y la

curiosidad.

A veces le tenía que decir:

--Espere... Soy la dueña de mi casa, y en mi Quinta soy Cleopatra, dueña

de Egipto...

Ella prefirió aquel atrevimiento, desde luego, en la opulenta sinceridad

del camino, como caza clandestina en medio del campo, con anhelos de

chico que ha encontrado un nido, apagando así el vivo deseo de llevarla

pronto a casa, donde sucede el epitalamio después de la cena,

mezclándose al arrebato del vino y de la carne.

Fausto entró en la Quinta con timidez. Siempre se sospecha que la mujer

sea la cruel reina que prepara la encerrona al hombre para matarle.

Cuando se cerró la puerta de la Quinta, que sonó a cierre de gran jaula,

volvió la cabeza desconfiado.

Pero le dió confianza ver al final del paseo de grandes árboles la casa

de tipo noble y señorial, la clara casa portuguesa como ensueño de una

lluvia clara.

Tenía cierta timidez de entrar en aquellos recintos en que, si no el

padre, la sombra del padre se albergaba y les vería pasar por los

pasillos como en plena ilegitimidad.

--Otro cubierto en la mesa--dijo Palmyra a su vieja doncella--, y

prepárenle el cuarto de los huéspedes... El señor se llama don Fausto, y

es mi primo el ingeniero...

Fausto tasaba lo que había de cinismo en las frases de Palmyra, pero

también tasaba que aquello no era usual, que se veía que no acostumbraba

a guardar allí al hombre elegido...

El ingeniero atisbaba la altura de techos de las habitaciones, sin pasar

de ese asombro con que le contagian al hombre modesto y habitante de las

casas bajas de techo las grandes proporciones del palacio. Se sentía

apasionado por Palmyra. No había visto nunca nada tan deslumbrador y

generoso.

Ella sentía la alegría de estar ya acompañada, y se hacía la ilusión de

que hacía tiempo que había excitado a que volviese a este amigo antiguo

que, por fin, había llegado aquella noche.

Ya tenía quien la observase de nuevo, ante quien ser nueva e

insospechable, así como tenía al hombre de quien esperar los

despotricamientos más extraños del instinto y las seriedades más

curiosas.

--Mañana enviamos a su casa por el tablero, las cajas de compases y ese

platillo blanco en el que se moja el tiralíneas como un pájaro en su

bebedero. Mi padre también era ingeniero.

Fausto dejaba proponer. Estaba admirado, y aun en la alcoba trató a

aquella mujer como quien la da el brazo para ir al comedor.

XIII

ERA EL HOMBRE VIOLENTO

El solaz de la Quinta aumentó. Después de la lluvia deseada brotó en la

plazoleta del edificio la serenata de perfumes de todo el jardín.

El ingeniero, sin que eso supusiese que estaba preocupado por las cifras

exageradamente, tenía la costumbre de hablar por números más que por

palabras. Perdió pronto la idea de su deber de convivencia, manteniendo

las ilusiones que provocaba la Quinta.

Miraba por el ancho ventanal y seguía sus planos y sus cálculos. Palmyra

le miraba asombrada de su inconsciencia. Por él mismo más que por ella

le hubiera recomendado un poco más de amor. «Desgraciado--se decía

ella--, no conoce la farsa de la vida... Cree que conseguida la mujer no

necesita hacer más».

En vista de que le vió laborar en una labor tonta y sórdida, se puso a

coser. La hubiera prostituído el que aquello hubiese sido demasiado

breve. Tenía que aprenderse más a aquel hombre y agotar su psicología.

Tenía mucha miedo a que en su imaginación se volviese confusa y casi

irrecordable la silueta de un hombre. Entonces sí que se podría decir

que había comenzado a ser una mala mujer.

Veía en él al chico que ha crecido en plena inconsciencia, dedicado como

un colegial a su caja de compases. No se entregó a ninguna novelería. Se

creía indudablemente en unas vacaciones de colegio, con una señora

simpática y cariñosa, a la que apenas conocía.

Al trabajar era hombre de lentes, y ella notaba que cuando la miraba

veía menos que nunca.

Así como Palmyra pensaba estas cosas sobre su costura, él pensaba otras

sobre el papel cebolla de sus planos.

Había soñado muchísimas cosas: hallazgos de minas y encargos de puentes

sobre el mar, pero no había soñado una mujer como aquélla, «¿Por qué me

la habrá regalado el destino?»--se preguntaba, y en vano buscaba la

respuesta.

Era un poco inexpresivo en sus caricias, y al encontrar sus brazos se

dedicó a acariciarlos con la profusión y la disciplina del que da

masaje.

Le tuvo que llamar la atención ella, porque la ortigaba el brazo con

aquella insistencia.

Los dos, pues, se tenían afición e indiferencia. Lo que no acababan de

comprender era por qué se habían reunido. Ella, más que un amante, había

elegido un testigo con profesión seria, un testigo del que quedasen en

limpio los instintos y en el que el ser humano quedase como montado al

aire, es decir, sin encubrimiento; pues las líneas y los cálculos del

ingeniero no perturban al hombre, le dejan en medio sobre una vagoneta y

unos carriles y debajo de una serie de cables, de puentes y de señales.

Su ingeniero era algo así como un hombre del campo, y reaccionaba frente

a las cosas con naturalidad y encontrando en todas gustosas experiencias

de la vida.

En las sobremesas, recostados en la silla de dos asientos pegados

haciendo la S confidencial, sentía ella cómo le fascinaba su descote,

con el hoyo voraginoso entre los senos, pero le fascinaba sosamente,

llevándole la placidez hasta el sueño, hacia el que la llevaba cogida de

las manos, arrancándola de su asiento, ansioso, más que de abrazarla, de

estar dormidos pronto.

Palmyra se aburría. Aquel hombre no comprendía el paisaje, no adoraba su

Quinta, no sentía la soledad. Sólo se sentía dueño de ella y miraba el

paisaje colocando cada cosa en su sitio, pero nada más. De todas maneras

la acompañaba.

Un día de tormenta se quedó abierto el balcón de su despacho, y como su

tablero se asomaba mucho al balcón, buscando la luz, llovió sobre el

plano que tenía entre manos. El escándalo que armó al volver fué tan

grande, que Palmyra le mandó callar.

--No quiero, mujerzuela--respondió encolerizado, y la empujó contra la

pared.

Palmyra se quedó en el rincón de la habitación a que había sido

empujada. Le miraba como la actriz que ha sido asesinada y no puede

hablar ya.

El quiso borrar sus palabras y su acción. No había querido ir tan lejos.

Pedía perdón.

--No puede ser--dijo ella--, has vuelto a ser el extraño, como si aquel

señor que recogí en el Casino me hubiera dicho una grosería entonces, en

vez de ser galante y apasionado... Jamás se oyó en la Quinta esa

palabra... No la podré olvidar... Luego, al atardecer, tomas tus cosas y

te vas.

Llamó al criado...

--Prepare el coche para las siete...

Se vengaba Palmyra de la huída del otro echando a éste. Ya le había

encontrado hacía días el encolerizamiento que producía la Quinta en los

hombres al poco tiempo de vivir en ella. La Quinta necesitaba un

voluntario. No valía salir por un amante como ella había salido. Ahora

esperaría la llegada del que fuese.

La corría prisa echar a aquel intruso. No podría nunca conformarse con

un hombre obscuro, distraído, seco. Necesitaba el guarda enamorado de la

Quinta. El que sintiese lo que de isla del amor había en su palacio.

XIV

LOS AUTOMÓVILES DE LOS DESEMBARCADOS

Después de la riña con Fausto, una de las cosas que más emocionaban su

vida de soledad, lo que la llevaba hacia el mundo, lo que la daba la

palpitación máxima del corazón era ver los automóviles que unidos a los

trasatlánticos que hacían escala en Lisboa, transportaban a los viajeros

más inquietos para que viesen aquellos parajes de la costa y el faro

estratégico.

Camino del faro pasaban junto a la Quinta de Palmyra, que les lanzaba

destellos de todos sus cristales, triángulos de luz, losanjes

volanderos.

Las seis bocinas en fila hacían presagiar la caravana de viajeros.

Palmyra corría a las ventanas. Ella, tan lejos del mundo, en ese momento

perdía su resignación y se asomaba a ver los grupos de extranjeros

apretujados, los brazos de unos sobre los pechos de los otros, cuatro o

cinco donde cabían sólo dos, las gasas de las extranjeras flotantes como

banderolas descoloridas, todos despeinados y como mareados por el largo

viaje, ellas con flequillos y patillas desrizadas, de embarazadas en

meses mayores, echadas hacia atrás en sus asientos, afondadas, como si

su preñez las obligase a esas posturas.

Se dejaban llevar por la ráfaga encorvada del automóvil, todos en la

mecedora flotante y rauda, sin saber ni por dónde iban ni qué iban a

ver, cumpliendo más que nada con un itinerario de los que ofrecen los

«chauffeurs» listos.

Ni tenían tiempo de saludar al paisaje y menos para despedirse de él, y

dejaban flotante su extrañeza y su extranjerismo como inquietud

abandonada en medio del bosque.

La soledad quedaba arrepentida de estar tan sola, y todo el monte

hubiera querido irse con los excursionistas, continuando su viaje hacia

ciudades más en el centro del mundo.

Se van sin importarles lo que dejan detrás, prendiendo miradas

distraídas en lo que ha de quedar bien fijo, establecido para siempre en

el sitio que ocupa.

A Palmyra la costaba trabajo meterse dentro, abandonar la visión del

camino recién rizado por todos los automóviles, esperando ver uno más,

el rezagado, el de los más degustadores del paisaje que se habían

detenido más largo rato bajo el faro engallado.

Había recogido--sobre todo cuando lucía blusas de mucho color--las

miradas amorosas de todos, como si todos ellos quisieran ser sus esposos

y ellas la mirasen encantadas de ser sus cuñadas. ¡Pero ninguno se

tiraba de su automóvil como torero que salta la barrera!

¿Escribiría alguno alguna vez la postal del pasajero?

Dejaban el recuerdo de los camarotes pintados de blanco y con ojos de

lupa en aquellos barcos que ella veía en alta mar con su tarta blanca en

medio, y que eran los que vertían sus viajeros extrañados durante unas

horas de la lisura estable de la tierra.

«Ya estará impaciente el trasatlántico, moviéndose en la rada, tirando

de la cadena de su ancla como perro que quiere escaparse»--pensaba

Palmyra.

Y por fin se metía dentro de la Quinta. «¿Cómo sospecharían su vida

aquellos seres?... ¿Qué idea del paisaje se llevaban? ¿Como cuál creían

que era? Sólo aspiraban a llevarse visto un punto más del mundo para

poderlo pregonar.

Aquellos automóviles eran como las canoas de salvamento a las que se

pone en marcha dando al manubrio de su despertar.

Siempre la habían dejado gran emoción; pero aquella tarde de soledad en

que aquel viajero rubio la había tirado el sombrero como brindis de

torero entusiasta, dejándolo colgado de un manzano, se quedó más

pensativa que nunca.

El sombrero aquél, que había bajado a buscar, llevaba en el forro de

fina sedilla blanca el nombre de un sombrerero de London. Eso no era

bastante para saber la nacionalidad del desombrerado, porque según vieja

falsificación todos los sombreros son de London y tampoco decía nada

apenas el que en su badana apareciesen las iniciales S. C.

No dejaba de tener una íntima galantería bastante original aquel regalo

del sombrero del excursionista arrojado como recuerdo en el rápido

pasaje de esos automóviles de «te tomo y te dejo en el mismo sitio que

te tomé».

Palmyra dejó aquella montera de brindis en su perchero, y cuando volvió

al salón pensó sorprendida que iba acompañada de la sombra que había

entrado en la Quinta con aquel hombre que había dejado su sombrero en el

perchero. Estaba íntimamente con ella, y, sin embargo, estaba lejos, ya

en alta mar con un sombrero nuevo que aun extrañaba su cabeza.

«Con él encasquetado ya no se acordará de mí»--pensaba Palmyra--, pero

después rectificaba: «Se acordará aún, porque el sombrero nuevo le

estará chico, más chico que éste que me ha dejado».

Durante el anochecido estuvo nerviosa, excitada, mirando el mar de los

espejos, esperando quizá la entrada de aquel hombre por el dintel del

espejo.

Cuando la sirvieron el té tardío, porque se había olvidado de llamar,

estuvo por decir al criado: «¿Y la otra taza que te he pedido?»

Aquel sombrero que cogió como el de un vagabundo del árbol del que se

ahorcan los sombreros y las alpargatas de los trotacaminos, tenía el

imperio del sombrero del dueño y señor. Había dejado libre el cabello

oleaginoso que ella buscaba para peinar con sus manos y sentir los

chisporroteos eléctricos que brotan de los peines de concha y de los

dedos entreabiertos como parte ancha de unos peines blandos.

«Y no es que haya tirado un sombrero viejo... Está usado, pero no está

viejo»--pensaba Palmyra.

Del salón se iban colgando las anchas cortinas moradas de los bailes de

arte; sólo el espejo del fondo tenía luz y copiaba la tarde de ojeras

irisadas.

En eso llamó la criada:

--Madama... Un señor sin sombrero pregunta por su Excelencia...

Lo de «sin sombrero» lo decía la criada para que madama no le

recibiese, porque un señor sin sombrero da idea de un loco o de uno que

viene huyendo, pero madama, como si esa señal la recordara a un amigo

querido que llegase de muy lejos, la dijo:

--¡Que pase! ¡Que pase!

Un caballero, menos rubio de lo que la había parecido al verle pasar en

el automóvil, se adelantó hacia ella e hirió su mano con la llaga de un

beso apasionado y largo...

--Señora--dijo--, he torcido mi viaje sólo por usted...

--¿Pero perdió su barco?--exclamó con ingenuidad Palmyra...

--Sí..., partió sin mi--respondió sonriendo el desconocido...

--¿Y sus baúles?--volvió a preguntar Palmyra desconcertada, como si

esperase que el extranjero hubiera llegado con sus baúles y todo a

instalarse en la Quinta desconocida...

--¿Mis baúles?... En un Hotel de Lisboa--respondió extrañado el

extranjero.

Palmyra le señaló un asiento. El extranjero se sentó con tipo de marino

que descansa, tipo de marino que viene a traer una noticia de allende el

mar.

--¿Y cómo se ha atrevido a venir? ¿Y si yo hubiese sido una señora

casada?

--No hubiera venido... Me he enterado antes de quién era usted y cómo

vivía... La tiré mi sombrero porque no me dió tiempo de tirarla otra

cosa; mejor la hubiera tirado la cabeza, el corazón... Lo que quería

decirla es que volvería...

--Yo sólo creí que fuese un chicoleo.

--De ningún modo... Siempre se tira el sombrero para recogerle, más o

menos pisado por la dama, pero se recoge...

--Ya ve usted que yo no le dejé en el jardín... Lo recogí y lo he puesto

en el perchero...

--Ya le he visto al entrar, y por cierto que he hecho como que lo

dejaba, ajustándole más a su colgadero...

Palmyra sonrió, aunque estaba asustada e indecisa, ante aquella visita

que amenazaba con ser muy larga... No sabía hasta cuando... Quizá hasta

cuando volviese aparecer de nuevo en lontananza un barco con la ruta del

que había dejado irse...

--¿Y qué es usted?--preguntó Palmyra sacándole de su arrobo.

--Yo... Doctor...

--No... Quiero decir de qué nacionalidad.

--Norteamericano... Sé el español difícilmente, pero como he notado que

me entendía así con los portugueses, he creído posible conversar con

usted toda la vida...

La quinta de Palmyra (Novela grande) · 第 4 / 10 段