--Tú sabes que las viejas botellas se sacan en la canastilla que sirve

para que no se despierten.

--Sí, en su cureña de paja...

--Eso... Y que si se mueven un poco, los posos de la botella se

alborotan y se mezclan al vino dándole una turbiedad manifiesta... Pues

se creyó que el veneno era esa turbiedad natural... Nunca se supo ni se

pudo descubrir al asesino...

Armando volvió la vista en derredor como si buscase aún, al cabo de los

años, al posible envenenador.

Ahora se daba cuenta de haber encontrado una pregunta inscrita en el

ambiente de la casa. «¿Quién había envenenado al abuelo Joao? Se repetía

en todas las habitaciones esa pregunta. La historia de Portugal está

llena de envenenamientos, tanto, que una vez en el Brasil envenenaron a

toda la familia real, salvándose sólo uno de sus miembros.

En las comilonas de los reyes, a veces se sazonaban con veneno los

magníficos platos como por variar, como por conseguir que en vez del

monótono «¡Qué exquisito!» se tornase pálido el comensal y echándose

mano a la barriga dijese: «¡Yo me muero!»

Daba mayor soledad y mayor impunidad a la Quinta aquel caso de

envenenamiento. La aislaba más del mundo.

Armando encontró en Palmyra, puesto a encontrar encantos, el encanto de

la que había escapado al veneno, y la encontró más apetitosa, más

necesitada de protección y con mayor deseo de retenerla, la besó con

afán con la mejilla y con la boca, que era como le gustaba besar,

mientras apretaba sus manos como si la consolase de la orfandad de aquel

abuelo envenenado.

Después, llamados a la mesa, él la dió el brazo con aire de valiente

que, después de saber que aquél era el comedor de los envenenamientos,

se dirige a él sin titubear.

El comedor, después de la comunicación del secreto, resultaba más pétreo

y su bóveda tenía algo de bóveda de panteón.

Armando pidió una botella de vino viejo, del que reservaba para las

solemnidades, del que su amigo había bebido para huir más ligero y vivo

de la Quinta.

Se lo trajeron en la canastilla a que se asoman las buenas botellas que

merecen algo así como la presentación a la corte del infante recién

nacido.

Se sonrieron los dos amantes. Ya veía ella qué escena quería mimar.

Armando miró al criado, como si éste se pudiera dar cuenta de lo que

aquello significaba, como si pudiese ser el nuevo envenenador.

Tenía una alegría siniestra y novelesca el comedor aquella noche.

Armando disparaba constantemente cañonazos de viejo vino en su vaso.

Estaba alegre.

--¡Por qué no me lo habrás dicho antes! Me hubiera gustado mucho más el

vino...

--No seas blasfemo... Yo sostengo que el alma de mi abuelo se quedó para

siempre en el comedor, detenida en aquella cena...

--Vamos... Es un comendador convidado perpetuamente a la mesa... ¡Qué

suerte!

--Mi madre decía que estaba metido en la alacena, en esa gran alacena de

puertas labradas, y no la abrió nunca... Todos los objetos de plata

estaban oxidados cuando yo mandé revisarla.

--Yo te aseguro que quedó en el vino la solera de aquel veneno y que no

está mal...

Palmyra le dió más detalles, mientras el criado se ausentó. Fué en una

cena de Navidad cuando mataron a don Joao, hombre corpulento que estuvo

agonizando cinco días.

Toda la cena tenía algo de veneno mezclado a la sal, y ante el primer

plato estuvo por decir Armando:

--¡Qué venenoso está esto!--cuando sólo era que estaba un poco quemado.

Había quedado en el comedor la satisfacción insatisfecha--mitad con

mitad para siempre jamás--de una comida tan alegre como lo suelen ser

todas las comidas perturbadas por la muerte.

La cena tuvo una turbación especial que encantó a Palmyra, porque

quitaba monotonía a la Quinta. La monotonía que la ahogaba.

La cena abundó en alusiones y dicharachos, quedándose Armando muy pálido

al mover la gran lámpara del comedor que se quedó oscilando y como

haciendo oscilar toda la habitación, como si el terremoto hubiese

removido los cimientos.

Al salir del comedor él la dijo:

--Estoy envenenado de amor.

--¡Falso!--repuso ella dándole con la cadera.

El Envenenado daba emoción a la Quinta, porque con su muerte incorrupta

de asesinado, al que no se pudo vengar, daba valor y temblores a la vida

mortal.

El estrado de la cama tenía aquella noche actitud de horca, haciendo un

ángulo macabro del que no colgaba aún el pendido, aunque pedía su

colgajo.

--¡Si esta transformación súbita de la Quinta me salvase de mi

misantropía!--se decía Armando viendo a Palmyra despojarse de sus

fundas, como desesperada que se arranca la piel en lucha con alguna

prenda que no quiere salir.

Por fin se oyó en toda la alcoba el desclavijarse de los dientes del

corsé, y Palmyra, como si se entregase al envenenado, como si quisiese

curarle del envenenamiento posible, le abrazó con frenesí. Tan solemne

era la noche, que ella se quedó con sus joyas puestas, y el collar de

perlas recalcitrante y luminoso buscaba siempre el hueco de sus senos.

Armando se fué comiendo los frutos del día, que eran como frutos

renovados de la Quinta, pero, como siempre, insistió en el melocotón

nuevo de la barbilla.

Era aquella diversión la mayor y la única de la Quinta abandonada en

medio de los grandes jardines, que de noche se hacían mayores.

Armando luchaba por alcanzar aquel _¡Ay Jesú!_ sin la _ese_ final, y sin

la ceda andaluza, que daba singular aire de martirio y derretimiento al

amor. También cuando le salía un «¡Ay mía mae!» encontraba en ella toda

la dulzura portuguesa.

Aquella noche brotó el «¡Ay Jesú!» suave, inusitado, con blandura

suprema.

X

ÚLTIMO PASEO DE ARMANDO

--¿Quieres que vayamos a la playa de Morça?

--Vamos.

Era una playa «muito longa», a la que muchas veces había estado

preparada la excursión que había fallido por algo imprevisto.

Armando aceptó el paseo con ansia de despedida, pues el telegrama que

había pedido a su amigo por caridad, un telegrama como el que a él le

libertó, debía de llegar a través de todo aquel día.

Salieron a las diez de la mañana. El coche con la capota echada, tenía

ese fondo recatado de cenador mañanero que toma en las excursiones

tempraneras. El cochero se había puesto el traje nuevo para las

excursiones bajo la luz clara y llevaba su fusta de niño bien regalado,

la fusta de trenzado látigo blanco y como con el pito infantil en el

puño.

Pronto estuvieron en medio del paisaje, en el que había esa salsa en que

se echa tomillo y romero.

Se olía ese perfume o «chiero» que huelen los burros con los anillos de

las narices muy abiertos.

Las abulagas lo llenaban todo. También surgían los saúcos al margen del

camino... Al verlos, Palmyra dijo:

--¡Cuánto tiempo que yo no veía saúcos! De pequeña me cubría la cabeza

con palmas de saúco... Quiero una rama... Di al cochero que pare...

--Después... La cogeremos a la vuelta...--repuso Armando, que no quería

nunca parar lo que ya caminaba, ni rectificar un recado, ni decir que no

trajesen ya una cosa que se había encargado. Lo que marchaba debía

seguir; ¿para qué cometer la impertinencia de parar el coche y

retardarlo todo y hacer volver la cabeza al cochero, inquiriendo lo que

pasaba en el fondo del coche, y solemnizar el capricho pueril en medio

de la claridad de la mañana, que ridiculiza y macera tanto las cosas?

Los bordes de los caminos dejaban ver todas las raíces, y por eso olía

tanto a raíces, a ese hondo olor que más que hondo olor es hondo sabor.

Armando sentía en aquella despedida la resignada vida que impone el

campo.

Desde el fondo del milord se veía la dignidad con que andan los

caballos, su idea de que arrastran el coche como si fuese su cola.

Las puertas de las corraladas tenían dignidad de puertas de palacio y se

veía que daban a otras quintas de Portugal, de esas en que los dueños

reposan de todo, como si fuesen los reyes tristes del paraje.

Salieron a la vera mar. Encontraron el faro de Praia, junto al que hacía

tres años que había un gran barco roto, un barco que todos los que

acampaban en sus alrededores se iban comiendo, pero al que con todo lo

que le habían arrancado le quedaba aún más de la mitad. ¡Era tan difícil

de desatornillar y desclavar! A veces tenía aristas tan soldadas que

resultaba una caja de sardinas difícil de abrir, sin que se encontrase

la herramienta lo bastante perforadora para abrirle brecha.

En la popa, aún metida en el mar, había blindajes agujereados, por donde

salían fuentes de ola. El olor a alquitrán daba, no se sabía por qué,

toda la aguda tristeza del naufragio.

Era aquel barco roto una constante catástrofe. Hasta que no quitasen el

barco de allí no se serenaría el paisaje de la costa.

Olía a mar vivamente. Palmyra dijo:

--Es como si nos comiésemos un cangrejo...

Grupos de gentes nómadas se hospedaban en aquel trecho.

Habían construído los camarotes del naufragio, aprovechando los ojos de

buey como ventanas de sus barracas.

El barco, partido en dos, debía ser el espantajo de todos los barcos que

pasaban a lo lejos, temerosos de incurrir en la misma suerte.

Allí se encendía la lumbre y se guisaba con maderas de barco roto.

Remontaron la sierra y vieron el mar en el fondo. Era el mediodía, la

hora de las hambres...

El mar estaba sin barcos... Era como si todos se hubiesen ido a comer...

Un solo barquito de vela era como la trufa del mar y estaba en medio de

él como para justificar la navegación.

Les salían al paso los molinos de Portugal. Armando dijo:

--En la cruz de Portugal se une el signo divino de la cruz con la humana

aspa en cruz del molino.

--Es verdad... Tienes razón--dijo Palmyra.

Bajaron, rizándole, el monte en que tantas personas realengas buscaban

antaño un refugio y tenían sus retiros estratégicos. El camino era un

camino patinoso y verdinegro, en el que todos los árboles estaban

cubiertos por la yedra. De vez en cuando se oía el ruido sospechoso de

una cascada que caía de lo alto o se veía un lago de esos que, aun

estando en la cima del monte, llegan a su base.

Avanzaba la hora. Iban a comer muy tarde. Ya se habían esparcido los

barcos en el mar, y les parecía frente a las humosas chimeneas que el

capitán comía constantemente.

Los vapores blancos parecían aeroplanos lanzados en la inmensidad

celestial del mar.

En las tapias había bancos constantes para los caminantes más románticos

del mundo. En la ventana de alguno de aquellos palacios una vieja, como

chiflada, pero cuerda, se asomaba como alucinada. Les extrañó una que

leía un periódico, un periódico indudablemente viejo, antiguo, de hace

lo menos veinte años.

Pasaron los pueblos de los vinos portugueses, resultando muy pueblerino

el sitio de partida de los vinos que pueden pedirse en todos los

restaurantes.

Así como en las mesas están de etiqueta las botellas--pechera blanca y

traje negro--, estaban descuelladas, repanchingonas y de casa junto a

sus fábricas, en su pueblo.

Los hombres y las mujeres del pueblo que se asomaban a las puertas de

esos pueblos de los grandes vinos, parecían alcoholizados ya, con la

nariz roja.

Por fin llegaron a la playa de Morça. No había nada en el hotel, pero

mataron un conejo que guisaron salteado, y compusieron en seguida un

menú.

El vino parecía de ese que se encuentra en las barricas que echan los

barcos al mar.

--Vamos a volver pronto, no nos coja la noche en el camino--aconsejó

Armando, y en silencio comieron de prisa el modesto condumio.

En el silencio, el mar engañoso les mostraba esa cosa de ir a callarse

para siempre que tiene--¡después del rizo ruidoso de su rizado de tres

en tres olas!--, y que se rectifica a continuación volviendo fatalmente

a prorrumpir en sus desbordamientos ruidosos del gran baño de Dios,

preparado todos los días con puntualidad.

Después de comer tomaron de nuevo su coche, con gusto de principio de

paseo, y el coche buscó el atajo, corriendo mucho.

Era la hora de las cuatro.

En los corrales los gallos daban sus cacareos secos, pues tienen poca

saliva para tanto cacareo.

Las rosas bravas se asomaban entre todas las plantas plebeyas.

Se notaban cosas sutiles, como que el aire había soplado todos los

molinillos, creando esos vilanos que son las palomas mensajeras entre

unas y otras plantas.

En lo más bajo del paisaje aparecieron unas casitas abrigadas en lo

hondo, porque en lo hondo prosperaban sus viñas.

Desde la puerta de esas casas tiraban el agua de la jofaina en que se ha

lavado alguien.

Se veían cimientos de casas que no acabaron de construirse, sin que

nadie sepa por qué.

Se veían mendigos barbudos, que, sentados en el camino, se ponían las

alpargatas que acababan de sacudir o cargaban con su morral.

--Las amapolas--dijo Palmyra--son como corbatas que se pone el campo.

En las Quintas altas se veían grandes jarrones y varios bustos romanos,

entre los que se destacaba la madre de Nerón. Todas las estatuas, como

la de su Quinta, eran como evocación de otras estatuas, no como estatuas

de plasticidad propia.

Armando se quedó dormido después del largo memorial del paisaje y al

despertarse encontró «que los caminos siempre piensan lo mismo, sin

enterarse de nada».

El pesimismo del campo volvía a él:

«En el campo se siente que igual podríamos ser de un siglo antes que de

un siglo después.»

«Todo el campo, además, espera a los muertos.»

El coche caminaba al trote cochinero de los coches que vuelven, un trote

seguido, sin descanso, como si el cochero gastase toda la vida de sus

bestias en la postrer carrera.

--Aquí--dijo volviéndose a sus amos--fué donde se estrelló el otro día

un automóvil.

Lo decía con la satisfacción del cochero de coche pacífico y nadador que

odia al automóvil.

El olor a manzanilla del campo se agravaba, y las margaritas eran como

sus últimas luces.

Apareció por fin el conmovedor rincón que habían tenido sólo todo el

día, la Quinta descuidada durante toda la jornada, y que esperaba teta

de su mamá, como un niño abandonado a las criadas inútiles.

El coche saltó, con alegría de galgo, el umbral de la puerta tristona de

la Quinta. El viejo jardinero esperaba a la puerta con el telegrama

urgente. Armando lo abrió con falsas señales de impaciencia.

Palmyra alargó la cabeza para leer.

«Tu madre, muy mal. Ven en seguida.--_Luis._»

--¿Has entendido?

--Sí... ¡Qué desgracia!

--Me voy esta noche... No tengo otro remedio... Si no salgo esta noche

tú sabes que no podría tomar el tren de mañana... Dormiré en el

Francfort.

Bajaron rápidamente del coche. Ella estaba muy pálida. Tanto, que la

doncella que salió a recibirla puso una gran ternura y una gran avidez

en su «Mía Señora».

--¿Qué le pasa a «Mía Señora»?

Armando, en plena hipocresía, subió corriendo a su habitación, y gritó:

--¡Las maletas!

Fue preparando todas las cosas sobre las butacas y la cama. En aquel

apresuramiento, la mentira parecía tener algo de verdad.

Ella, después de haber llorado, se asomó a la alcoba.

--¿Pero te lo llevas todo?

El se volvió inquieto. «¿Quizá desconfiaba ella?»

--Tú sabes que todo se puede necesitar cuando no sabe uno qué va a

pasar..., qué tiempo va a tener que estar a la cabecera de una

enferma...

Armando seguía afanosamente la preparación de sus maletas. Todo lo tenía

arreglado desde hacía días. Sólo la dejaría unas cuantas hojas de

Gillette desparramadas sobre las mesas y los mármoles como tarjetas de

acero del hombre.

--Vete fuera si has de llorar tanto... No puedo consolarte si he de

hacer las maletas... Se me olvidará todo...

Palmyra salió de la alcoba.

Armando estaba apesadumbrado.

Era como el que guarda en la maleta los pedazos del cadáver de su

víctima.

Había que ser un niño o una mujer para adaptarse a aquella tenue

resignación de la Quinta, que era cárcel venturosa de la intimidad

humana.

Había que saber desposarse con los muebles, con las cornucopias, con las

columnas salomónicas como sólo sabe hacerlo una mujer.

Había que poder saborear esa dulce paz que hay en los sofás en que el

alma del mundo se sienta, desmayándose el tiempo en su pliegue ideal.

La Quinta ofrecía el día indeterminable que no necesita paseos ni nada,

pero él no los podía soportar.

Las maletas hechas, Armando llamó a Palmyra.

--Despídete de mí como si fuera a volver dentro de un rato... Eso es lo

que va a pasar.

--No puedo... No puedo--decía ella llorando--, me matarán las _saudades_

de un solo día sin ti...

Tenía que desprenderse de ella violentamente. Hubiera querido evitar que

sucediera eso.

Tomó el coche corriendo, como el que va a llegar tarde, yéndose con una

hora de anticipación.

Hizo que apremiase los caballos el cochero para no tener que devolver

saludos finales de marinero a la ventana a que ella se asomaba y por la

que parecía irse a tirar.

Aquella noche durmió en el hotel de Lisboa con ese temor a no

despertarse a tiempo que ocurre antes de los viajes en que se huye.

Se despertó y salió en el tren casi vacío, en cuyo camarote sus

reflexiones se recrudecieron. Era libre, respiraba a gusto, pero no

dejaba de darse razones para consolar su arrepentimiento.

¡En qué día más feo le tocaba viajar!

Con una temperatura más bondadosa le habría entrado una llantina como

aquella en que se derretiría Palmyra.

Cerró las ventanillas. Se quedó el vagón sordo.

Los eucaliptus de las estaciones se destrozaban en el viento. Iba a

salir de Portugal de un momento a otro.

Entró en los valles plácidos a que aún no había llegado la lluvia.

Iba con un señor serio y melancólico que debía vivir en otra Quinta en

medio del campo.

«Yo me hubiera convertido en un señor como éste», se decía Armando. Aún

le quedaba una envidia de cómo hubiera podido vivir. Le obsesionó aquel

caballero parte del viaje, hasta que en una estación sin nadie avanzó un

criado de patillas, que, con el sombrero en la mano, tomó su maleta y la

metió en un coche de dos caballos. Después echó a andar, y al pasar

frente al paso nivel volvió a verle esperando que el tren pasase. Le

pareció mal que no hubiese tenido influencia para pasar antes que el

tren.

El tren hacía árboles, hojarascas de humo.

Se veían pastores en medio del campo. «Mientras haya pastores...»--se

decía Armando con retinencia optimista, pues en los viajes se ve la

estabilidad duradera de todo.

«En la tarde del tren se comprende la tarde prehistórica»--pensaba en la

soledad genial del vagón, con genialidad que le es propia.

Iba hacia los días obscuros en que se está como en los profundos

estanques del invierno, allí en España.

Dejaba aquellas mañanas en las que aparecen vivas, recortadas sobre un

límpido cielo azul, las balaustradas del buen tiempo. Iba a cambiar el

mundo que es alegre en su inmensidad, por el que es alegre en los

chamizos, en los «cabarets», en los cafés.

Aquellas mañanas portuguesas tenían siempre una punta de sol o varios

cuchillos de sol, aun los días nublados. La claraboya del mar también

era luminosa siempre.

«¡Si no lloviese tanto!»--se decía Armando para contradecir su

nostalgia, que era demasiado amorosa, tan amorosa que le reprendía,

diciéndole: «Podrás estar sobre lagos de lluvia, pero siempre en lo

alto, junto a la luz, no como en aquel Madrid que se sumerge y sólo vive

con empuje la luz artificial de los «cabarets».

Iba atardeciendo cada vez más, y Armando veía en su recuerdo el panorama

de los alrededores de la Quinta.

Los hotelitos en la tarde obscura quedaban a flote, como barcos

amarrados en el puerto seguro.

Los pinos llevaban una vida platónica en lo alto del monte. Todo tenía

la placidez de lo que disfruta luces y vacaciones amenas entre dos

muertes: la del nacer y la de morir. Todo aprovecha el interregno.

La noche vino, y Armando se perdió en el sueño pesado de los viajes. Ya

estaba corriendo por España camino del Madrid que quebranta los huesos,

pero cuyo suplicio quería vivir.

XI

LA SOLEDAD INAPETENTE

Palmyra se quedó anonadada, pero sintió la sospecha que cerró sus

lagrimales. Volvió a encararse con aquel detalle de la huída de Armando

y que ya la hizo desconfiar en el momento del viaje: «¿Por qué se había

llevado todas las cosas?»

«Y retrato mío, ¿se habrá llevado alguno?» Buscó todos y hasta encontró

el pequeño para el que Armando, en la época de las galanterías, encargó

un marquito de brillantes en Lisboa y tenía siempre delante en su mesa

de despacho.

--No tendré ninguna carta de él--se decía Palmyra, dándose cuenta de la

crueldad necesaria en la huída. Para borrar su arrepentimiento le

olvidaría por completo. Nunca jamás volvería a hacer aquel camino de

vuelta. Procuraría que fuese muy vago el recuerdo de todo.

Se volvió a sentir Palmyra en las playas últimas de Europa... Se

acordaba de lo que decía Armando con cierta tristeza: «Aquí se ve el

último momento del ocaso que ve toda Europa... Nosotros lo despedimos en

el último puerto, cuando ya se va decididamente al otro mundo».

¡Si ella supiese no mezclar su alma a los amores y ser algo así como la

dama que hospeda en su casa al elegido sin temer verle partir!

Aquella Quinta era enemiga del amor constante; pero era encantador

refugio para el amor apasionado de unos meses.

El alma tensa y apasionada de Palmyra se negaba a consentir eso. Tenía

el deseo de inmortalidad que padecen las almas nobles.

Quiso conformarse con la Quinta, y la comenzó a vivir más intensamente.

Cada nuevo día sin carta de él, la hacía más desengañada.

Estaba el jardín abandonado. En las plazoletas había crecido la hierba;

del estanque había que sacar los cadáveres del tiempo, los cadáveres de

los cinco o seis años que no se limpiaba, las barbas del dios de las

aguas.

Aquella limpieza del estanque fué para ella como un alivio. Todos los

posos que habían dejado en ella sus amores últimos salieron con aquel

desarraigo de las verdosidades acuáticas. La limpieza de la matriz del

estanque fué también una limpieza para la suya.

Las noches de luna la cogían en las terrazas. Aquellas noches de luna la

fosforecían el alma y se la engatusaban más. Brillaban las claraboyas y

los cristales como si algo en el paisaje pusiese los ojos en blanco.

¡Su corazón! Estaba desorientado y vacío. Lo único que necesitaba era

cierta limpieza y una entrada en los nuevos amores discreta, bien

llevada, bien dicha.

Palmyra daba vueltas a las habitaciones solitarias, encendía luces,

buscaba. ¡Gata desalada!

No había remedio. Comprendió todas las razones y las excepciones; pero

insistía en encontrar al que la acariciase en ese único día--todos los

días _el único_--en que se movía la vida.

¡Qué noches más largas! En la Quinta no se podía vivir sola. Todo era

inútil, muerto y los rechinamientos de su cama eran burlones.

Palmyra estaba como sorda en la Quinta. En sus paseos en milord buscaba

el rincón del coche y se reclinaba allí con gesto displicente y

desdeñoso. Se calzaba y enmediaba demasiado bien para permanecer sola.

Dialogaba consigo misma como varón y mujer. La entraba esa duplicidad

sensual en que la mujer, si pudiera, crearía al hombre. ¡Y qué hombre la

saldría: apuesto, violento, cumplidor! Daría miedo en su relación con

los demás hombres.

Ella.--Sí, me he desnudado delante de ti como delante del espejo que

puede atraparme.

El.--Déjame, señora, que primero te acaricie sobre los encajes.

Ella.--Sería la alcoba triste sin ti.

El.--Levanta un poco tu camisita como en el antiguo can-cán.

Ella.--Lo que tú quieras... Haré como que paso el río del amor.

El.--Eres blanca como el delirio, y los sitios en que el escultor de tus

piernas metió el dedo creó sombras que acaban de exaltar tu dulzura...

Ella.--Ya quería yo, ya, que alguien fuese justo con mi blancura...

El.--Tus hombros son los hombros del ánfora, en que resbala la forma.

Ella.--Acércate... Cógeme como un ánfora.

El.--Tus sábanas están limpias como una virginidad...

Ella.--Tengo un cuadrante de pluma para ti... Yo no necesito más que

uno...

El.--A mí me basta la almohada... Tu cabeza es la que necesita tener un

trono sobre el lecho.

Ella (_apagando la luz_).--Ven...

En la sombra el sueño se prolongaba, pero el diálogo se iba durmiendo en

un monólogo con sordina.

De las esquinas de la cama, con sus remates en forma de quilla, salían

los cisnes ledos que buscaban a Leda.

Pero ella ya no tenía fuegos para sostenerse atenta a sus pensamientos,

y se dormía baldía.

A la mañana siguiente recomenzaba la tragedia solitaria y recorría los

jardines de la Quinta como la protagonista de una novela que no

encontrase la continuación de su argumento. Se asomaba a la verja de la

puerta siempre como «la protagonista y buscaba el belvedere estilo

portugués de la esquina del tapial para asomarse tranquila en otra

orientación extrema.

La quinta de Palmyra (Novela grande) · 第 3 / 10 段