para que no se despierten.
--Sí, en su cureña de paja...
--Eso... Y que si se mueven un poco, los posos de la botella se
alborotan y se mezclan al vino dándole una turbiedad manifiesta... Pues
se creyó que el veneno era esa turbiedad natural... Nunca se supo ni se
pudo descubrir al asesino...
Armando volvió la vista en derredor como si buscase aún, al cabo de los
años, al posible envenenador.
Ahora se daba cuenta de haber encontrado una pregunta inscrita en el
ambiente de la casa. «¿Quién había envenenado al abuelo Joao? Se repetía
en todas las habitaciones esa pregunta. La historia de Portugal está
llena de envenenamientos, tanto, que una vez en el Brasil envenenaron a
toda la familia real, salvándose sólo uno de sus miembros.
En las comilonas de los reyes, a veces se sazonaban con veneno los
magníficos platos como por variar, como por conseguir que en vez del
monótono «¡Qué exquisito!» se tornase pálido el comensal y echándose
mano a la barriga dijese: «¡Yo me muero!»
Daba mayor soledad y mayor impunidad a la Quinta aquel caso de
envenenamiento. La aislaba más del mundo.
Armando encontró en Palmyra, puesto a encontrar encantos, el encanto de
la que había escapado al veneno, y la encontró más apetitosa, más
necesitada de protección y con mayor deseo de retenerla, la besó con
afán con la mejilla y con la boca, que era como le gustaba besar,
mientras apretaba sus manos como si la consolase de la orfandad de aquel
abuelo envenenado.
Después, llamados a la mesa, él la dió el brazo con aire de valiente
que, después de saber que aquél era el comedor de los envenenamientos,
se dirige a él sin titubear.
El comedor, después de la comunicación del secreto, resultaba más pétreo
y su bóveda tenía algo de bóveda de panteón.
Armando pidió una botella de vino viejo, del que reservaba para las
solemnidades, del que su amigo había bebido para huir más ligero y vivo
de la Quinta.
Se lo trajeron en la canastilla a que se asoman las buenas botellas que
merecen algo así como la presentación a la corte del infante recién
nacido.
Se sonrieron los dos amantes. Ya veía ella qué escena quería mimar.
Armando miró al criado, como si éste se pudiera dar cuenta de lo que
aquello significaba, como si pudiese ser el nuevo envenenador.
Tenía una alegría siniestra y novelesca el comedor aquella noche.
Armando disparaba constantemente cañonazos de viejo vino en su vaso.
Estaba alegre.
--¡Por qué no me lo habrás dicho antes! Me hubiera gustado mucho más el
vino...
--No seas blasfemo... Yo sostengo que el alma de mi abuelo se quedó para
siempre en el comedor, detenida en aquella cena...
--Vamos... Es un comendador convidado perpetuamente a la mesa... ¡Qué
suerte!
--Mi madre decía que estaba metido en la alacena, en esa gran alacena de
puertas labradas, y no la abrió nunca... Todos los objetos de plata
estaban oxidados cuando yo mandé revisarla.
--Yo te aseguro que quedó en el vino la solera de aquel veneno y que no
está mal...
Palmyra le dió más detalles, mientras el criado se ausentó. Fué en una
cena de Navidad cuando mataron a don Joao, hombre corpulento que estuvo
agonizando cinco días.
Toda la cena tenía algo de veneno mezclado a la sal, y ante el primer
plato estuvo por decir Armando:
--¡Qué venenoso está esto!--cuando sólo era que estaba un poco quemado.
Había quedado en el comedor la satisfacción insatisfecha--mitad con
mitad para siempre jamás--de una comida tan alegre como lo suelen ser
todas las comidas perturbadas por la muerte.
La cena tuvo una turbación especial que encantó a Palmyra, porque
quitaba monotonía a la Quinta. La monotonía que la ahogaba.
La cena abundó en alusiones y dicharachos, quedándose Armando muy pálido
al mover la gran lámpara del comedor que se quedó oscilando y como
haciendo oscilar toda la habitación, como si el terremoto hubiese
removido los cimientos.
Al salir del comedor él la dijo:
--Estoy envenenado de amor.
--¡Falso!--repuso ella dándole con la cadera.
El Envenenado daba emoción a la Quinta, porque con su muerte incorrupta
de asesinado, al que no se pudo vengar, daba valor y temblores a la vida
mortal.
El estrado de la cama tenía aquella noche actitud de horca, haciendo un
ángulo macabro del que no colgaba aún el pendido, aunque pedía su
colgajo.
--¡Si esta transformación súbita de la Quinta me salvase de mi
misantropía!--se decía Armando viendo a Palmyra despojarse de sus
fundas, como desesperada que se arranca la piel en lucha con alguna
prenda que no quiere salir.
Por fin se oyó en toda la alcoba el desclavijarse de los dientes del
corsé, y Palmyra, como si se entregase al envenenado, como si quisiese
curarle del envenenamiento posible, le abrazó con frenesí. Tan solemne
era la noche, que ella se quedó con sus joyas puestas, y el collar de
perlas recalcitrante y luminoso buscaba siempre el hueco de sus senos.
Armando se fué comiendo los frutos del día, que eran como frutos
renovados de la Quinta, pero, como siempre, insistió en el melocotón
nuevo de la barbilla.
Era aquella diversión la mayor y la única de la Quinta abandonada en
medio de los grandes jardines, que de noche se hacían mayores.
Armando luchaba por alcanzar aquel _¡Ay Jesú!_ sin la _ese_ final, y sin
la ceda andaluza, que daba singular aire de martirio y derretimiento al
amor. También cuando le salía un «¡Ay mía mae!» encontraba en ella toda
la dulzura portuguesa.
Aquella noche brotó el «¡Ay Jesú!» suave, inusitado, con blandura
suprema.
X
ÚLTIMO PASEO DE ARMANDO
--¿Quieres que vayamos a la playa de Morça?
--Vamos.
Era una playa «muito longa», a la que muchas veces había estado
preparada la excursión que había fallido por algo imprevisto.
Armando aceptó el paseo con ansia de despedida, pues el telegrama que
había pedido a su amigo por caridad, un telegrama como el que a él le
libertó, debía de llegar a través de todo aquel día.
Salieron a las diez de la mañana. El coche con la capota echada, tenía
ese fondo recatado de cenador mañanero que toma en las excursiones
tempraneras. El cochero se había puesto el traje nuevo para las
excursiones bajo la luz clara y llevaba su fusta de niño bien regalado,
la fusta de trenzado látigo blanco y como con el pito infantil en el
puño.
Pronto estuvieron en medio del paisaje, en el que había esa salsa en que
se echa tomillo y romero.
Se olía ese perfume o «chiero» que huelen los burros con los anillos de
las narices muy abiertos.
Las abulagas lo llenaban todo. También surgían los saúcos al margen del
camino... Al verlos, Palmyra dijo:
--¡Cuánto tiempo que yo no veía saúcos! De pequeña me cubría la cabeza
con palmas de saúco... Quiero una rama... Di al cochero que pare...
--Después... La cogeremos a la vuelta...--repuso Armando, que no quería
nunca parar lo que ya caminaba, ni rectificar un recado, ni decir que no
trajesen ya una cosa que se había encargado. Lo que marchaba debía
seguir; ¿para qué cometer la impertinencia de parar el coche y
retardarlo todo y hacer volver la cabeza al cochero, inquiriendo lo que
pasaba en el fondo del coche, y solemnizar el capricho pueril en medio
de la claridad de la mañana, que ridiculiza y macera tanto las cosas?
Los bordes de los caminos dejaban ver todas las raíces, y por eso olía
tanto a raíces, a ese hondo olor que más que hondo olor es hondo sabor.
Armando sentía en aquella despedida la resignada vida que impone el
campo.
Desde el fondo del milord se veía la dignidad con que andan los
caballos, su idea de que arrastran el coche como si fuese su cola.
Las puertas de las corraladas tenían dignidad de puertas de palacio y se
veía que daban a otras quintas de Portugal, de esas en que los dueños
reposan de todo, como si fuesen los reyes tristes del paraje.
Salieron a la vera mar. Encontraron el faro de Praia, junto al que hacía
tres años que había un gran barco roto, un barco que todos los que
acampaban en sus alrededores se iban comiendo, pero al que con todo lo
que le habían arrancado le quedaba aún más de la mitad. ¡Era tan difícil
de desatornillar y desclavar! A veces tenía aristas tan soldadas que
resultaba una caja de sardinas difícil de abrir, sin que se encontrase
la herramienta lo bastante perforadora para abrirle brecha.
En la popa, aún metida en el mar, había blindajes agujereados, por donde
salían fuentes de ola. El olor a alquitrán daba, no se sabía por qué,
toda la aguda tristeza del naufragio.
Era aquel barco roto una constante catástrofe. Hasta que no quitasen el
barco de allí no se serenaría el paisaje de la costa.
Olía a mar vivamente. Palmyra dijo:
--Es como si nos comiésemos un cangrejo...
Grupos de gentes nómadas se hospedaban en aquel trecho.
Habían construído los camarotes del naufragio, aprovechando los ojos de
buey como ventanas de sus barracas.
El barco, partido en dos, debía ser el espantajo de todos los barcos que
pasaban a lo lejos, temerosos de incurrir en la misma suerte.
Allí se encendía la lumbre y se guisaba con maderas de barco roto.
Remontaron la sierra y vieron el mar en el fondo. Era el mediodía, la
hora de las hambres...
El mar estaba sin barcos... Era como si todos se hubiesen ido a comer...
Un solo barquito de vela era como la trufa del mar y estaba en medio de
él como para justificar la navegación.
Les salían al paso los molinos de Portugal. Armando dijo:
--En la cruz de Portugal se une el signo divino de la cruz con la humana
aspa en cruz del molino.
--Es verdad... Tienes razón--dijo Palmyra.
Bajaron, rizándole, el monte en que tantas personas realengas buscaban
antaño un refugio y tenían sus retiros estratégicos. El camino era un
camino patinoso y verdinegro, en el que todos los árboles estaban
cubiertos por la yedra. De vez en cuando se oía el ruido sospechoso de
una cascada que caía de lo alto o se veía un lago de esos que, aun
estando en la cima del monte, llegan a su base.
Avanzaba la hora. Iban a comer muy tarde. Ya se habían esparcido los
barcos en el mar, y les parecía frente a las humosas chimeneas que el
capitán comía constantemente.
Los vapores blancos parecían aeroplanos lanzados en la inmensidad
celestial del mar.
En las tapias había bancos constantes para los caminantes más románticos
del mundo. En la ventana de alguno de aquellos palacios una vieja, como
chiflada, pero cuerda, se asomaba como alucinada. Les extrañó una que
leía un periódico, un periódico indudablemente viejo, antiguo, de hace
lo menos veinte años.
Pasaron los pueblos de los vinos portugueses, resultando muy pueblerino
el sitio de partida de los vinos que pueden pedirse en todos los
restaurantes.
Así como en las mesas están de etiqueta las botellas--pechera blanca y
traje negro--, estaban descuelladas, repanchingonas y de casa junto a
sus fábricas, en su pueblo.
Los hombres y las mujeres del pueblo que se asomaban a las puertas de
esos pueblos de los grandes vinos, parecían alcoholizados ya, con la
nariz roja.
Por fin llegaron a la playa de Morça. No había nada en el hotel, pero
mataron un conejo que guisaron salteado, y compusieron en seguida un
menú.
El vino parecía de ese que se encuentra en las barricas que echan los
barcos al mar.
--Vamos a volver pronto, no nos coja la noche en el camino--aconsejó
Armando, y en silencio comieron de prisa el modesto condumio.
En el silencio, el mar engañoso les mostraba esa cosa de ir a callarse
para siempre que tiene--¡después del rizo ruidoso de su rizado de tres
en tres olas!--, y que se rectifica a continuación volviendo fatalmente
a prorrumpir en sus desbordamientos ruidosos del gran baño de Dios,
preparado todos los días con puntualidad.
Después de comer tomaron de nuevo su coche, con gusto de principio de
paseo, y el coche buscó el atajo, corriendo mucho.
Era la hora de las cuatro.
En los corrales los gallos daban sus cacareos secos, pues tienen poca
saliva para tanto cacareo.
Las rosas bravas se asomaban entre todas las plantas plebeyas.
Se notaban cosas sutiles, como que el aire había soplado todos los
molinillos, creando esos vilanos que son las palomas mensajeras entre
unas y otras plantas.
En lo más bajo del paisaje aparecieron unas casitas abrigadas en lo
hondo, porque en lo hondo prosperaban sus viñas.
Desde la puerta de esas casas tiraban el agua de la jofaina en que se ha
lavado alguien.
Se veían cimientos de casas que no acabaron de construirse, sin que
nadie sepa por qué.
Se veían mendigos barbudos, que, sentados en el camino, se ponían las
alpargatas que acababan de sacudir o cargaban con su morral.
--Las amapolas--dijo Palmyra--son como corbatas que se pone el campo.
En las Quintas altas se veían grandes jarrones y varios bustos romanos,
entre los que se destacaba la madre de Nerón. Todas las estatuas, como
la de su Quinta, eran como evocación de otras estatuas, no como estatuas
de plasticidad propia.
Armando se quedó dormido después del largo memorial del paisaje y al
despertarse encontró «que los caminos siempre piensan lo mismo, sin
enterarse de nada».
El pesimismo del campo volvía a él:
«En el campo se siente que igual podríamos ser de un siglo antes que de
un siglo después.»
«Todo el campo, además, espera a los muertos.»
El coche caminaba al trote cochinero de los coches que vuelven, un trote
seguido, sin descanso, como si el cochero gastase toda la vida de sus
bestias en la postrer carrera.
--Aquí--dijo volviéndose a sus amos--fué donde se estrelló el otro día
un automóvil.
Lo decía con la satisfacción del cochero de coche pacífico y nadador que
odia al automóvil.
El olor a manzanilla del campo se agravaba, y las margaritas eran como
sus últimas luces.
Apareció por fin el conmovedor rincón que habían tenido sólo todo el
día, la Quinta descuidada durante toda la jornada, y que esperaba teta
de su mamá, como un niño abandonado a las criadas inútiles.
El coche saltó, con alegría de galgo, el umbral de la puerta tristona de
la Quinta. El viejo jardinero esperaba a la puerta con el telegrama
urgente. Armando lo abrió con falsas señales de impaciencia.
Palmyra alargó la cabeza para leer.
«Tu madre, muy mal. Ven en seguida.--_Luis._»
--¿Has entendido?
--Sí... ¡Qué desgracia!
--Me voy esta noche... No tengo otro remedio... Si no salgo esta noche
tú sabes que no podría tomar el tren de mañana... Dormiré en el
Francfort.
Bajaron rápidamente del coche. Ella estaba muy pálida. Tanto, que la
doncella que salió a recibirla puso una gran ternura y una gran avidez
en su «Mía Señora».
--¿Qué le pasa a «Mía Señora»?
Armando, en plena hipocresía, subió corriendo a su habitación, y gritó:
--¡Las maletas!
Fue preparando todas las cosas sobre las butacas y la cama. En aquel
apresuramiento, la mentira parecía tener algo de verdad.
Ella, después de haber llorado, se asomó a la alcoba.
--¿Pero te lo llevas todo?
El se volvió inquieto. «¿Quizá desconfiaba ella?»
--Tú sabes que todo se puede necesitar cuando no sabe uno qué va a
pasar..., qué tiempo va a tener que estar a la cabecera de una
enferma...
Armando seguía afanosamente la preparación de sus maletas. Todo lo tenía
arreglado desde hacía días. Sólo la dejaría unas cuantas hojas de
Gillette desparramadas sobre las mesas y los mármoles como tarjetas de
acero del hombre.
--Vete fuera si has de llorar tanto... No puedo consolarte si he de
hacer las maletas... Se me olvidará todo...
Palmyra salió de la alcoba.
Armando estaba apesadumbrado.
Era como el que guarda en la maleta los pedazos del cadáver de su
víctima.
Había que ser un niño o una mujer para adaptarse a aquella tenue
resignación de la Quinta, que era cárcel venturosa de la intimidad
humana.
Había que saber desposarse con los muebles, con las cornucopias, con las
columnas salomónicas como sólo sabe hacerlo una mujer.
Había que poder saborear esa dulce paz que hay en los sofás en que el
alma del mundo se sienta, desmayándose el tiempo en su pliegue ideal.
La Quinta ofrecía el día indeterminable que no necesita paseos ni nada,
pero él no los podía soportar.
Las maletas hechas, Armando llamó a Palmyra.
--Despídete de mí como si fuera a volver dentro de un rato... Eso es lo
que va a pasar.
--No puedo... No puedo--decía ella llorando--, me matarán las _saudades_
de un solo día sin ti...
Tenía que desprenderse de ella violentamente. Hubiera querido evitar que
sucediera eso.
Tomó el coche corriendo, como el que va a llegar tarde, yéndose con una
hora de anticipación.
Hizo que apremiase los caballos el cochero para no tener que devolver
saludos finales de marinero a la ventana a que ella se asomaba y por la
que parecía irse a tirar.
Aquella noche durmió en el hotel de Lisboa con ese temor a no
despertarse a tiempo que ocurre antes de los viajes en que se huye.
Se despertó y salió en el tren casi vacío, en cuyo camarote sus
reflexiones se recrudecieron. Era libre, respiraba a gusto, pero no
dejaba de darse razones para consolar su arrepentimiento.
¡En qué día más feo le tocaba viajar!
Con una temperatura más bondadosa le habría entrado una llantina como
aquella en que se derretiría Palmyra.
Cerró las ventanillas. Se quedó el vagón sordo.
Los eucaliptus de las estaciones se destrozaban en el viento. Iba a
salir de Portugal de un momento a otro.
Entró en los valles plácidos a que aún no había llegado la lluvia.
Iba con un señor serio y melancólico que debía vivir en otra Quinta en
medio del campo.
«Yo me hubiera convertido en un señor como éste», se decía Armando. Aún
le quedaba una envidia de cómo hubiera podido vivir. Le obsesionó aquel
caballero parte del viaje, hasta que en una estación sin nadie avanzó un
criado de patillas, que, con el sombrero en la mano, tomó su maleta y la
metió en un coche de dos caballos. Después echó a andar, y al pasar
frente al paso nivel volvió a verle esperando que el tren pasase. Le
pareció mal que no hubiese tenido influencia para pasar antes que el
tren.
El tren hacía árboles, hojarascas de humo.
Se veían pastores en medio del campo. «Mientras haya pastores...»--se
decía Armando con retinencia optimista, pues en los viajes se ve la
estabilidad duradera de todo.
«En la tarde del tren se comprende la tarde prehistórica»--pensaba en la
soledad genial del vagón, con genialidad que le es propia.
Iba hacia los días obscuros en que se está como en los profundos
estanques del invierno, allí en España.
Dejaba aquellas mañanas en las que aparecen vivas, recortadas sobre un
límpido cielo azul, las balaustradas del buen tiempo. Iba a cambiar el
mundo que es alegre en su inmensidad, por el que es alegre en los
chamizos, en los «cabarets», en los cafés.
Aquellas mañanas portuguesas tenían siempre una punta de sol o varios
cuchillos de sol, aun los días nublados. La claraboya del mar también
era luminosa siempre.
«¡Si no lloviese tanto!»--se decía Armando para contradecir su
nostalgia, que era demasiado amorosa, tan amorosa que le reprendía,
diciéndole: «Podrás estar sobre lagos de lluvia, pero siempre en lo
alto, junto a la luz, no como en aquel Madrid que se sumerge y sólo vive
con empuje la luz artificial de los «cabarets».
Iba atardeciendo cada vez más, y Armando veía en su recuerdo el panorama
de los alrededores de la Quinta.
Los hotelitos en la tarde obscura quedaban a flote, como barcos
amarrados en el puerto seguro.
Los pinos llevaban una vida platónica en lo alto del monte. Todo tenía
la placidez de lo que disfruta luces y vacaciones amenas entre dos
muertes: la del nacer y la de morir. Todo aprovecha el interregno.
La noche vino, y Armando se perdió en el sueño pesado de los viajes. Ya
estaba corriendo por España camino del Madrid que quebranta los huesos,
pero cuyo suplicio quería vivir.
XI
LA SOLEDAD INAPETENTE
Palmyra se quedó anonadada, pero sintió la sospecha que cerró sus
lagrimales. Volvió a encararse con aquel detalle de la huída de Armando
y que ya la hizo desconfiar en el momento del viaje: «¿Por qué se había
llevado todas las cosas?»
«Y retrato mío, ¿se habrá llevado alguno?» Buscó todos y hasta encontró
el pequeño para el que Armando, en la época de las galanterías, encargó
un marquito de brillantes en Lisboa y tenía siempre delante en su mesa
de despacho.
--No tendré ninguna carta de él--se decía Palmyra, dándose cuenta de la
crueldad necesaria en la huída. Para borrar su arrepentimiento le
olvidaría por completo. Nunca jamás volvería a hacer aquel camino de
vuelta. Procuraría que fuese muy vago el recuerdo de todo.
Se volvió a sentir Palmyra en las playas últimas de Europa... Se
acordaba de lo que decía Armando con cierta tristeza: «Aquí se ve el
último momento del ocaso que ve toda Europa... Nosotros lo despedimos en
el último puerto, cuando ya se va decididamente al otro mundo».
¡Si ella supiese no mezclar su alma a los amores y ser algo así como la
dama que hospeda en su casa al elegido sin temer verle partir!
Aquella Quinta era enemiga del amor constante; pero era encantador
refugio para el amor apasionado de unos meses.
El alma tensa y apasionada de Palmyra se negaba a consentir eso. Tenía
el deseo de inmortalidad que padecen las almas nobles.
Quiso conformarse con la Quinta, y la comenzó a vivir más intensamente.
Cada nuevo día sin carta de él, la hacía más desengañada.
Estaba el jardín abandonado. En las plazoletas había crecido la hierba;
del estanque había que sacar los cadáveres del tiempo, los cadáveres de
los cinco o seis años que no se limpiaba, las barbas del dios de las
aguas.
Aquella limpieza del estanque fué para ella como un alivio. Todos los
posos que habían dejado en ella sus amores últimos salieron con aquel
desarraigo de las verdosidades acuáticas. La limpieza de la matriz del
estanque fué también una limpieza para la suya.
Las noches de luna la cogían en las terrazas. Aquellas noches de luna la
fosforecían el alma y se la engatusaban más. Brillaban las claraboyas y
los cristales como si algo en el paisaje pusiese los ojos en blanco.
¡Su corazón! Estaba desorientado y vacío. Lo único que necesitaba era
cierta limpieza y una entrada en los nuevos amores discreta, bien
llevada, bien dicha.
Palmyra daba vueltas a las habitaciones solitarias, encendía luces,
buscaba. ¡Gata desalada!
No había remedio. Comprendió todas las razones y las excepciones; pero
insistía en encontrar al que la acariciase en ese único día--todos los
días _el único_--en que se movía la vida.
¡Qué noches más largas! En la Quinta no se podía vivir sola. Todo era
inútil, muerto y los rechinamientos de su cama eran burlones.
Palmyra estaba como sorda en la Quinta. En sus paseos en milord buscaba
el rincón del coche y se reclinaba allí con gesto displicente y
desdeñoso. Se calzaba y enmediaba demasiado bien para permanecer sola.
Dialogaba consigo misma como varón y mujer. La entraba esa duplicidad
sensual en que la mujer, si pudiera, crearía al hombre. ¡Y qué hombre la
saldría: apuesto, violento, cumplidor! Daría miedo en su relación con
los demás hombres.
Ella.--Sí, me he desnudado delante de ti como delante del espejo que
puede atraparme.
El.--Déjame, señora, que primero te acaricie sobre los encajes.
Ella.--Sería la alcoba triste sin ti.
El.--Levanta un poco tu camisita como en el antiguo can-cán.
Ella.--Lo que tú quieras... Haré como que paso el río del amor.
El.--Eres blanca como el delirio, y los sitios en que el escultor de tus
piernas metió el dedo creó sombras que acaban de exaltar tu dulzura...
Ella.--Ya quería yo, ya, que alguien fuese justo con mi blancura...
El.--Tus hombros son los hombros del ánfora, en que resbala la forma.
Ella.--Acércate... Cógeme como un ánfora.
El.--Tus sábanas están limpias como una virginidad...
Ella.--Tengo un cuadrante de pluma para ti... Yo no necesito más que
uno...
El.--A mí me basta la almohada... Tu cabeza es la que necesita tener un
trono sobre el lecho.
Ella (_apagando la luz_).--Ven...
En la sombra el sueño se prolongaba, pero el diálogo se iba durmiendo en
un monólogo con sordina.
De las esquinas de la cama, con sus remates en forma de quilla, salían
los cisnes ledos que buscaban a Leda.
Pero ella ya no tenía fuegos para sostenerse atenta a sus pensamientos,
y se dormía baldía.
A la mañana siguiente recomenzaba la tragedia solitaria y recorría los
jardines de la Quinta como la protagonista de una novela que no
encontrase la continuación de su argumento. Se asomaba a la verja de la
puerta siempre como «la protagonista y buscaba el belvedere estilo
portugués de la esquina del tapial para asomarse tranquila en otra
orientación extrema.