caballo favorito, al que daba terrones de azúcar como una _ecuyere_.
Todo el paisaje portugués se conmovía con el paseo de Palmyra y se
notaba después en el resto de la tarde la dulzura que había impuesto al
ambiente el paso de la amazona. Hasta había algunos árboles del camino
que la rozaban, que la querían abrazar.
Cumplía un deber Palmyra, un deber con la Quinta, con la puerta de la
Quinta y con todo lo demás al salir sobre su caballo con el traje de
etiqueta que exige el amazonismo y que es la vanidad del paisaje.
Armando la había dicho:
--Eres la canela del paisaje, en el que dejas tus caminitos de canela,
igual que los que pone la mano de la que hace arroz con leche sobre la
superficie un tanto encallecida del dulce arroz.
Quedaba el paisaje dominado, enamorado, saciado con el paseo de la fina
amazona de breve cintura clásica y busto en punta. Con los gestos que la
amazona hacía con la fusta y que eran como de batir el aire, se quedaba
flagelado y enervado el aire de la tarde.
--Día que no sales--la había dicho también Armando--es día en que todo
parece más hostil y como si algo faltase en la _toilette_ del panorama.
Es como si el muy cochino del día no se afeitase, como si al no recibir
tu visita estuviese descuidado y salvaje.
--Mi amazona, ven--la decía también él con un mimo nuevo, abrazándola
efusivamente, encontrando en su busto un apresto y una dureza que había
adquirido petando con todo el camino, sobre todo con las vueltas.
Ya era una cosa más de su _toilette_ volver así, triunfadora, con la
levita orgullosa, un poco desmelenada, con tierra en los ojos, con la
nariz agudizada.
--Traes las enaguas purificadas de la amazona--la decía Armando--, y
traes unos labios nuevos que has recogido en el campo como se recoge el
fresón de debajo de las hojas que tratan de ocultarlo.
También la repetía entre sorprendido e irónico:
--Nunca creí que fuese tan importante ser amazona... Resultas la madrina
del paisaje... Madrina de bautizo y madrina de boda al mismo tiempo.
Volvía hecha, robustecida, con un secreto nuevo; pero todo eso se iba
adelgazando, consumiendo, olvidando hacia la noche. Era el botín que
traía la amazona como esas flores rústicas de las jaras oleaginosas, que
se ablandan y moquean en la planta en cuanto pasan unas horas de haber
sido arrancadas.
Había pasado por los más rústicos caminos. Los caminos solos, soleados y
_lejanos_, de Portugal; los caminos llenos de las antiguas fábulas y las
viejas consejas, en que no sólo figuran hidalgos aldeanos rústicos como
en los de Galicia, sino reyes y finos aristócratas y damas de habla fina
y cortesana.
Había hecho la dueña de la Quinta lo que tenía que hacer. Se había
sacrificado a la cortesía que merecían los alrededores campestres que
para eso les estaban obligados, sumisos, y eran la creación serena de
sus vidas. Había hecho la visita al campo que lo mantenía propicio.
Armando la daba en pago los besos de la gratitud y abrazaba su pecho en
levitado, en el que tropezaba con la doble fila de botones.
Después Palmyra se ponía muy de casa y aparecían de nuevo sus brazos
desnudos. Eso la volvía la mujer débil, íntima, delicada, cohibida. El,
como quien toca el arpa de un cuerpo, la acariciaba los brazos de arriba
a abajo, de arriba a abajo.
El gran salón se llenaba de una expectación, de una rotonda de luz en
que se esperaban obispos, virreyes, magnates, que viniesen a intrigar y
a hacer la tertulia. En definitiva sólo era una jaula demasiado grande,
de esas jaulas historiadas que entristecen a los pájaros más que las
jaulas íntimas.
En el patio del estanque gritaban los patos como si siempre les
persiguiese la mano del matarife, como si fuesen a cogerles para
echarles al caldo hirviente.
Le molestaba a Armando aquel griterío asustado, urgente, desesperado.
Le daban ganas de asomarse al balcón y gritarles:
--¡Calmaos, que no os van a hacer nada! ¡Cobardes, más que cobardes!
VII
PASEOS EN «MILORD»
Esperaban al coche de campanillas argentinas, alegres, bien timbradas,
porque su secreto era que estaban hechas de plata. Se hundían en el
coche, se quedaban ocultos por la montaña azul de la capota y se iban
como a darse un paseo en hamaca por el paisaje.
Buscaban la carretera que iba junto al tren. Deseaban esa compañía
ciudadana, civilizada, que trae la reciente confidencia de la capital.
Les gustaba también que el tren entero les mirase buscando en ellos la
felicidad deseada.
Pasaba el tren lleno de ventanillas de sol. Llevaba siempre el raudal
feliz de un principio de primavera. Sus viajeros leían en él,
desperezando los brazos, los periódicos tostados, luminosos y felices
del verano.
Como en butacas de peluquería alegre iban todos los viajeros. La tijera
del buen día les acariciaba el cogote.
Había sonrisas mudas al pensar en las enemistades lejanas, en estos
extranjeros solos y embriagados en el viaje por la ribera dichosa. Su
sarcasmo era para los malos que tenían que estar en su riguroso país
por su ambición o por su torpeza. Los anónimos recibidos durante su vida
se habían borrado definitivamente en este ambiente.
El «milord» de Palmyra salía después al campo, y ya en aquella carretera
maltratada, el coche sufría las oscilaciones y los tumbos de las grandes
zanjas abiertas por las ruedas de los carros cargados de piedra.
Se encontraban esos «chalets» hechos en medio del campo, en medio del
miedo, mirando a paisajes ingentes, cuando un poco más arriba, en
terrenos que costaban lo mismo, hubieran visto el mar. «¿Es que el padre
de los dueños de esos «chalets» fué un náufrago y por eso sus hijos no
quisieron volver a ver el mar?»
En todos aquellos hotelitos se notaba que todo estaba dispuesto (¡que
sean más grandes los ventanales, que sean mayores!) para mirar lo que se
ha de dejar de ver irremisiblemente, sin que sirvan las atalayas bien
dispuestas para verlo más tiempo.
Hicieron sus «chalets» los moradores para estar asomados siempre,
primero activos, en pie, saliendo fuera del «chalet», más tarde siempre
sentados frente a los últimos cristales--por lo que entonces piensan que
debieron hacer más bajo el alféizar.
Cada ventana de Portugal tiene su significado propio, su gesto
particular, su éxtasis distinto. La una es la ventana para el espíritu
avizor, la otra es para el nostálgico y aquélla para el enervado.
El coche de dos caballos tenía siempre una cosa de desbocado. Al bajar
las cuestas los caballos, torcían las cabezas como si se las
descoyuntasen, unidas en un delirio de espanto, siempre como si ya no
pudiesen contener el coche de lanza disparada como una flecha enorme.
Se reflejaban en el camino los ojos espantados de los caballos.
Pero siempre se salía con bien de ese momento difícil de la cuesta abajo
en que el torno del freno intervenía como una máquina de someter al
Destino.
Otra vez en el campo llano, volvían a su serenidad.
¡Qué regalo el de las legumbres, que encima de dar su fruto dan a veces
su perfume! Las habas estaban ya floridas y dejaban percibir el olor
correspondiente al ensueño de su sabor.
Ella estaba por rechazar aquel olor como si fuese un olor de cocina,
pero la conmovía con su finura.
--Huele casi como la flor de almendro--dijo Armando.
--Aun siendo tan ordinario se puede aceptar...--contestó Palmyra.
--El campo nos ofrece lo que puede... No es para que le llames ordinario
a lo que te regala--repuso él por refrenarla igual que el cochero a sus
caballos.
--¿Que no es ordinario?--repuso ella brava--. ¿A que no te atreves a que
tengamos en la vivienda, sobre los veladores, flores de habas? Si nos
preguntase alguien qué flores eran, ¿te atreverías a decir la verdad?...
Armando calló. Las habas seguían dando su perfume para cocineras
sentimentales, un perfume sustancioso que se filtraba a través de los
muchos cercos de piedra en que abundaba el valle, refiriéndose a los
cuales, se le ocurrió decir a Armando:
--Debe tener dolor de muelas el paisaje.
Pasaban por caminos de pinos constantemente.
Los pinos son los más humanos de los árboles, con sus cabelleras
obscuras, con sus cuerpos de atezada expresión.
Todos están para hablar, para salir al paso, para decir las cosas de la
tierra que escuchan con sus raíces, pero aún no se ha decidido ninguno.
«Un día--pensaba Palmyra--se le ocurrirá hablar a uno de esos humanos
pinos, y lanzará recitales de profundo sentido.»
Los caminos de pinos tenían algo de los caminos de postes que van al
lado del tren, parecían andar, estar constantemente de paseo con un
movimiento propio.
Había un rato en que se dedicaban a la arbitrariedad.
Ponían nombres solemnes a las cosas y así, por ejemplo, las
desgarraduras que se abrían en las nubes eran para ella: «ventanas que
daban a la tarde de Dios, agujeros de telón por los que se podía ver
todo si alguien nos aupase como a niños que quieren ver lo que no
alcanzan a ver» y él opinaba, señalando esas ruinas o esas montañas que
parecen castillos, que: «La naturaleza es muy novelera, y quiere que se
la dote de castillos con fosos y almenas».
Cada cual halla un sentido al mundo y le halla matices nuevos, sobre
todo cuando las lenguas se desatan de verdad al atardecer.
Palmyra se volvía más tierna y sin temor a que el cochero viese su gesto
buscaba las manos de Armando y le buscaba la boca como paloma que busca
el pico del palomo. Armando la rehuía un poco. Era de suyo temeroso de
la avidez que hay en los anteojos de los ociosos dueños de los
«chalets». Palmyra tenía la hermosa pasión que no se recata.
Echaba la cabeza en su hombro y se quedaba así como dormida con los ojos
abiertos.
--¡Qué turulata eres!--la decía Armando.
--¿Y qué es eso?--preguntaba Palmyra.
--Que te quedas turulata y no sales de ser una turulata... Un ocaso te
dejó un día así y no sales de tu arrobo...
--¿Te burlas?
--Jamás... Te comento... Siempre me darás ansia de llevarte en brazos
tan desmayada como estás y aunque no salgas nunca de tu desmayo, como si
el suplicio de los donjuanes de un momento lo aceptase yo para
siempre...
--¡Qué poca ternura tienes!--le insistió ella buscando más mimos.
Era insaciable de ternura en medio del paisaje.
--Parece que no es sólo de tu corazón del que quieres que cuide, sino de
una huerta de corazones--la dijo Armando.
Volvían hacia casa. Contra corriente tornaban también los trabajadores,
que miraban cínicamente a los coches.
Siempre parecía que se había hecho demasiado tarde, y se temía el
vientecillo sutil que da la pulmonía.
El coche entraba por fin en la Quinta dando un saltito sobre el listón
de piedra que sobresalía del suelo marcando la entrada. Ese salto del
coche sobre sus muelles era un salto que marcaba la intimidad, era como
el salto que dan los caballos de circo cuando ya han trabajado, cuando
ya se meten dentro.
La Quinta estaba llena de un silencio ambarino precioso. Había más luz,
una luz que había estado sola en las habitaciones y que se había llenado
de confidencias. En el botijo de cristal del agua se había filtrado lo
mejor de la luz de la tarde.
Era cuando Armando reconocía más la suavidad de Portugal, su entonación,
la serenidad de otro tiempo en que abundaba.
El sólo recordaba una paz igual allá de pequeño, hacia el 1889, cuando
en casa de su abuela, en la calle de Monteleón, llegaba la hora de la
siesta y se quedaban entornadas las maderas.
Era un aire de hacía treinta años aquel que había en la Quinta, y por
eso resultaba tan virgen y tan sabroso.
Palmyra, siempre con los brazos desnudos, le daba los abrazos de la
desnudez, los abrazos sobre las sábanas revueltas, y, sin embargo,
estaba en pie y con la etiqueta del traje.
Armando, displicente, apenas la hacía caso, y ella, entonces, se iba
como despechada. Y cuando volvía reaparecía con cara de haber llorado,
pero no por haber llorado, sino por no se sabía qué.
Armando miraba al cielo como si aquel telo del rostro de Palmyra
señalase muchas nubes y una luz lluviosa.
«¿Pero es que ha nacido para llorar?», se preguntaba Armando, y sin
poderlo evitar buscaba sus lágrimas o un gran sentimiento que
justificase sus lágrimas.
En vez de aplacarle fomentaba su crueldad de hombre aquella propensión a
las lágrimas.
A lo lejos el polvillo del mar hacía brumoso el sol y alejaba el poblado
extremo de la costa, al que daba un tipo de ensueño de la realidad.
Eran las seis de la tarde, esa hora en que todo ha llegado ya a los
pueblos finales de la costa, esa hora en que el mundo se estanca en sus
casas de refugio.
Palmyra a esa hora se dirigía hacia atrás buscando el apoyo de alguien,
buscando el reposo en todo.
Las butacas de abrazo antiguo la recibían con encanto a esa hora en que
a los seres finos les entra el desmayo de amor.
Y el atardecer solitario se precipitaba y desde ese momento hasta la
noche le entraba a Armando la fiebre, el escalofrío de la soledad.
Cenaban y muy temprano, cuando el cansancio es como un niño lleno de
sueño verdadero, se iban a la cama.
Armando, que había soñado tanta cosa para cuando se acostase, se
encontraba ensoñarrado y cansado.
La veía desde las arenas del sueño levantar sus brazos de mujer que está
en camisa y, sin embargo, comienza a desabrocharse el traje.
Tenía costumbres antiguas y cuidadosas como guardar en su joyero de
cristal con un fondo de raso azul enguatado, las joyas de que se
despojaba para acostarse y que eran como los candados de su belleza, que
se volvía libre, nadadora del lecho, desligada de los compromisos
severos que imponen las joyas antiguas que son como el recuerdo moral de
las severas mujeres de la familia.
En el clima de aquel paraje del mundo podía sacar las manos de entre las
sábanas y jugar con ellas.
Resultaba hasta inexistente su desnudo en aquella soledad desdichada
huída de la gran ciudad. En vez de tenerla más por completo y más para
él solo que nunca, se sentía sin ella como si Palmyra se quitase la
camisa en el vacío supremo.
La naturaleza que les rodeaba no deseaba a la mujer. Deseaba el sol, el
aire denso y vivo.
Se necesita que toda la ansiedad de los desesperados y de los
insaciables envuelva a la mujer que se desnuda, aunque se realice el
acto solitario muy a cubierto de ellos.
VIII
EL TELEGRAMA
Enrique era el huésped tratado a cuerpo de rey. Palmyra no le había
regateado nada. Todas las mañanas le variaba las rosas de su cuarto y
recogía las caídas sobre la gran mesa de pórfido.
El perro golfo de Enrique no agradecía bastante aquella bondad. Le
parecía que después de todo aquellas rosas deshojadas le acompañaban
más, y las hojas caídas eran como papelillos suyos en aquella mesa
prestada, tarjetas, algo que hacía mal en llevarse aquella mano
misteriosa.
Al perro golfo le molestaba que inmediatamente después de haberlo dejado
todo sobre la cama, alguien viniese y lo colocase en su sitio,
colgandero de las perchas, montado sobre las cruces que se estaban
cayendo siempre y producían un gran ruido dentro del armario.
Armando le veía aparecer en la mañana satisfecho de poderle dar aquella
hospitalidad magnífica. Había resucitado su entusiasmo por el gran
palacio; ver a Enrique admirando todas las cosas, embobado frente a los
grandes espejos, admirado ante aquellas mesas de mármoles de colores en
que se veía un puerto, con barcos de vela, con pescadores, y además,
como si el que los había confeccionado se hubiese dejado la escuadra,
el compás, el lápiz, los guantes y el bastón, con todos esos bártulos
incrustados en mármoles de color, dando mayor realidad a la mesa.
Lo único que hubiera hecho de buena gana, hubiera sido comprarle un
traje. En eso el hijo del gran magistrado estaba desavenido con su
categoría aparente, con aquel aire de gran señor que él tomaba y que
Armando procuraba exagerar.
¿Y tu tío el presidente del Tribunal del Estado?
--Bien, bien... Siempre en su coche de mulas, como si fuese un obispo...
Palmyra no desconfiaba, no le estudiaba. Su buena fe, su gran deseo de
continuar la fábula en el palacio encantador, en el que se podían amar
hasta los visillos de linón de las ventanas, la hacía aceptar a aquel
caballero casposo, con la enjutez del hombre vicioso. ¡Como que había
sido _croupier_ durante algún tiempo en el Casino de Invierno!
Veía en aquellas reuniones, en el salón del palacio, la hospitalidad
encendida. Estaba siempre afanosa de que los cálices de tan fino vidrio
que hasta se quedaban vibrando cuando se escanciaba en ellos el licor,
estuviesen llenos hasta el borde.
La purera, que representaba una pequeña pagoda, tocaba de vez en cuando
la pieza de música, que era como el ofrecimiento delicado para que se
tomase de nuevo un puro más.
Ella inclinaba la cabeza con mimo durante las conversaciones. Ponía una
gran languidez en el gesto y enseñaba sus brazos desnudos y sus manos en
postura de orquídeas variadas, móviles, gesteras.
Armando, como todas las tardes, había un momento que, sintiéndose un
poco borracho y viendo que Enrique también lo estaba, la rogaba con gran
zalamería:
--Palmyra, toca un rato el arpa.
Palmyra arrastraba hasta el centro de la habitación su arpa y llovía
sobre los muebles del gran salón, sobre todo dentro de los espejos, la
lluvia del arpa, con sus grandes y atravesadas gotas como lágrimas
lentas.
Aquella tarde el arpa tocaba con más sueño que nunca, como cuando la
lluvia se ha olvidado de dejar de caer, cuando ya cae del cielo como de
los aleros porque estaba al caer.
De pronto llamaron a la campanilla. El arpa se quedó desoída. Las manos
de Palmyra en las cuerdas doradas eran como pájaros musicales que
hiciesen sonar su jaula.
El criado apareció. Traía un telegrama en la bandeja.
--¿Para quién?--preguntaron los dos caballeros a la vez. Palmyra no tuvo
tiempo sino de suspender su música y escuchar.
--Para el excelentísimo señor don Enrique...
Enrique, con un gran gesto de actor dramático, recogió el telegrama. Lo
abrió, y después de leerlo, se quedó callado con aire de contrariedad.
Palmyra, con su mejor aire de mediadora y enfermera, preguntó rompiendo
el silencio:
--¿Alguna desgracia, don Enrique?
Armando observaba la escena con cierta impasibilidad.
Enrique dió a leer el telegrama a Armando, que lo leyó, no con la
tristeza que hacía al caso, sino con una extraña tristeza sardónica, y
que, por si no había estado clara en su rostro, la aclaró diciéndole a
don Enrique, al darle el cupón del telegrama que había que firmar y que
esperaba el criado:
--No será nada... Firma ahí... Esta firma del recibí consuela mucho.
Enrique, al oir esas palabras, dirigió la mirada a Armando, una mirada
de ladrón al compañero desconocido con quien de pronto se encuentra
viajando en el mismo tren. Después firmó.
Palmyra, crédula, tenía un puro rostro de dolor, pronto a romper a
llorar si la aclaraban que era muy doloroso el telegrama.
--Dale algo al telegrafista--dijo Armando a Palmyra, con ese recordar
súbitamente una propina que no se dió.
Palmyra, que conocía el arrebato y la preocupación de Armando por las
propinas, salió a dársela.
Al quedarse solos, Armando dirigió una sonrisa a Enrique que le arrancó
la espada de dolor que aún esgrimía.
--No seas «parvo»... Ese mismo telegrama fué el que recibimos en aquel
pueblo de Toledo y que, según me explicaste entonces, era el telegrama
que cortaba tus aburrimientos, el telegrama convenido para poder huir
del sitio que no te convenía... Responde a otro tuyo en que sólo
escribes «Pronto»... ¿Ves qué memoria tengo?
Enrique no supo qué responder, pero sonrió.
--Por lo menos, que lo crea Palmyra...
--Eso, bueno...
--Porque chico, esto es muy bonito, muy poético, ha podido costar un
millón de pesetas poner ese lago enfrente del palacio, pero yo me
aburro...
Armando tomó un aspecto melancólico que daba a su gran sensatez un aire
de simpatía extrema.
--Pero no es para que te pongas así... Tú tienes para no aburrirte esa
encantadora mujer con la carne de las miniaturas.
--Sí... Pero me aclara mi propio caso tu telegrama... Te hemos dado la
mejor habitación, has sido tratado a cuerpo de rey, has hecho por
primera vez todas las excursiones que hay que hacer. No has tenido
tiempo de desesperarte oyendo a la señora inglesa hablar de su casa de
Londres, ni al viejo español retirado alabar este clima... No has tenido
que ser fiel a una mujer y has flirteado con todas las de los contornos
y a los quince días estás cansado.
--A los veinte, si te es igual...
--Tan igual; es lo mismo para el caso, porque yo llevo muchos meses.
En eso entró Palmyra, guardando las llaves en la escarcela de su
cintura, y se abismó todo en una conversación melancólica, que precipitó
la caída de la tarde.
IX
EL ENVENENADO
Armando encontraba siempre lo de niña cargante que había en Palmyra.
Todo se lo había oído numerosas veces.
Estaba en crisis. Lo que había en ella de mujer--casi completamente
igual a lo que pudiese ofrecer otra mujer--no le era suficiente. Su sexo
era como un volcán apagado.
Decía aún sus últimas frases. Los atardeceres le conseguían poner a
tono.
--Todos son techos de pagoda al atardecer--decía asomado a la bella
ventana encelosada de la Quinta.
--La misión del mar es una misión sin descanso... Lava los pies a la
tierra constantemente para ganar el cielo.
Pero de aquel estar asomado a la ventana de la Quinta, desde la que se
veía el mejor trasluz y el más puro reflejo metálico del mar, salía más
desconsolado porque al mar se necesita oponer fuertes caricias para
poder reaccionar de él.
No bastaba que mirase siempre, como si atisbase el rescoldo de una gran
pasión, a aquel hotelito en que pasaron su luna de miel dos príncipes
románticos.
Todos los atardeceres esperaba que hubiese venido alguien de los
alrededores en el último tren, pero después se desengañaba.
Buscaba otras ventanas de la Quinta, se asomaba al patizuelo en que
estaba la inefable fuente, en que dos niños, dos colegiales, en la isla
central de la taza se tapaban con un paraguas del chorro que salía de su
propia contera. Siempre le resultaba íntima y entrañable esa escena de
amistad infantil bajo la lluvia constante de la fuente.
Por fin se asomaba a la ventana, desde cuya ventana se veía el faro que
resultaba con su pábilo tembloroso algo así como el gran cirio pascual
del paisaje.
--¿Es que yo voy a ser el farero de ese faro?...--se preguntaba Armando
al mirarle--. Por muy bonita que sea la vida aquí es siempre vida de
farero... Se vuelve cementerio la naturaleza en esta soledad y en esta
Quinta por más de que tenga el tipo legendario de esos palacios que los
reyes tienen para pasar un mes de su vida.
El faro daba luz y vigilancia, no sólo al mar sino a todo el paisaje. Le
parecía que en caso de tener que lanzar un grito angustioso le
respondería el faro lejano, que le animaba el corazón como unas gotas de
digital. Palmyra aparecía a su lado en ese momento y se ponía a mirar
también el faro como si fuese la estrella fija de todos los días, aun de
los más nublados.
Palmyra se apoyaba en su hombro con melancolía.
¿Es que sólo iba á tener derecho a los mimos de aquel día ya lejano en
que la conoció? No. Todos los días se producía en ella esa misma alegría
exigente de las jaulas de los pájaros colgados al sol y Armando no se
daba cuenta.
Tenía la misma cara pequeña, suave, requetebesable del primer día y, sin
embargo, estaba abandonada. Y la fuente de su sensibilidad manaba en
chorro inútil como esas fuentes que se desangran sin que las oiga
siquiera nadie en los jardines que se quedaron lejos de todo.
--En esta soledad se llena de musgo el alma--pensaba Armando.
Así de ensimismados pasaban los atardeceres hasta que Armando se decidía
por fin a mimarla. Era un arranque final, irremediable.
Esta última tarde, como todas, se oyó, durante un largo rato, cómo los
criados cerraban todas las ventanas del hotel que sonaban en una larga
tormenta de portazos. La Quinta se iba llenando de la permanencia de luz
eléctrica, como de una cordialidad especial, como si la luz eléctrica,
en vez de acabar en cada instante, pudiese dejar algún residuo
clarividente adensado en el ámbito.
Palmyra buscaba en su corazón más confidencias y más reflexiones que
hacerle:
--Te voy a contar un secreto de la Quinta que no te he dicho nunca...
--¿Cuál? Cuenta--y Armando se aproximó, a oir su voz, a sentir el
perfume de sus equis.
--Que mi abuelo murió envenenado... En una gran comilona que dió en
nuestro comedor--todo estaba como está hoy--le dieron en el vino polvos
de muerte.
--¿Y cómo no lo notó?