Perucho se quedó algunos instantes suspenso y confuso; él afirma que al

poco rato volvió a embargar su ánimo el deseo de los cuartos ofrecidos,

que ya ascendían a la respetable suma de cuatro. Para obtenerlos era

menester buscar a su abuelo, y avisarle del encuentro con el señorito;

no lo tuvo por difícil, pues recordaba aproximadamente el punto del

bosque donde Primitivo quedaba; y por atajos y vericuetos sólo

practicables para los conejos y para él, Perucho se lanzó tras la pista

de su abuelo. Trepaba por un murallón medio deshecho ya, amparo de un

viñedo colgado, por decirlo así, en la falda abrupta del monte, cuando

del otro lado del baluarte que escalaba creyó sentir rumor de pisadas,

que la finura de su oído no confundió con las del cazador; y con el

instinto cauteloso de los niños hijos de la naturaleza y entregados a sí

mismos, se agachó, quedando encubierto por el murallón de modo que sólo

rebasase la frente. No podía dudarlo; eran pisadas humanas, bien

distintas de la corrida de la liebre por entre las hojas, o de los

golpecitos secos y reiterados que sacuden las patas unguladas del zorro

o del perro. Pisadas humanas eran, aunque sí muy recelosas, apagadas y

lentísimas. Parecían de alguien que procuraba emboscarse. Y, en efecto,

poco tardó el niño en ver asomar, gateando entre los matorrales, a un

hombre cuya descripción acaso había oído mil veces en las veladas, en

las deshojas, acompañada de exclamaciones de terror. El hongo gris, la

faja roja, las recortadas patillas destacándose sobre el rostro color de

sebo, y sobre todo el ojo blanco, sin vista, frío como un pedazo de

cuarzo de la carretera, en suma, la desapacible catadura del Tuerto de

Castrodorna dejaron absorto al chiquillo. Apretaba el Tuerto contra su

pecho corto y ancho trabuco, y, después de girar hacia todas partes el

único lucero de su fea cara, de aguzar el oído, de olfatear, por decirlo

así, el aire, arrimóse al murallón, medio arrodillándose tras de un seto

de zarzas y brezo que lo guarnecía. Perucho, cuyos pies descansaban en

las anfractuosidades del muro, se quedó como incrustado en él, sin osar

respirar, ni bajarse, ni moverse, porque aquel hombre desconocido, mal

encarado y en acecho, le infundía el pavor irracional de los niños, que

adivinan peligros cuya extensión ignoran. Por mucho que le aguijonease

el deseo de sus cuatro cuartos, no se atrevía a descolgarse del

murallón, temiendo hacer ruido y que le apuntasen con el cañón de aquel

arma, cuya ancha boca debía, de seguro, vomitar fuego y muerte.... Así

transcurrieron diez segundos de angustia para el angelote. Antes que

pudiera entrar a cuentas con el miedo, ocurrió un nuevo incidente.

Sintió otra vez pasos, no recelosos, como de quien se oculta, sino

precipitados, como de quien va a donde le importa llegar presto; y por

el camino hondo que limitaba el murallón divisó a su abuelo que avanzaba

en dirección de los Pazos; sin duda, con su vista de águila había

distinguido al señorito, y le seguía intentando darle alcance. Iba

Primitivo distraído, con el propósito de reunirse a don Pedro, y no

miraba a parte alguna. Llegó a atravesar por delante del muro. El niño

entonces vio una cosa terrible, una cosa que recordó años después y aun

toda su vida: el hombre emboscado se incorporaba, con su único ojo

centelleante y fiero; se echaba a la cara la formidable tercerola; se

oía un espantoso trueno, voz de la bocaza negra; flotaba un borrón de

humo, que el aire disipó instantáneamente, y al través de sus últimos

tules grises el abuelo giraba sobre sí mismo como una peonza, y caía

boca abajo, mordiendo sin duda, en suprema convulsión, la hierba y el

lodo del camino.

Asegura Perucho que no ha sabido jamás si fue el miedo o su propia

voluntad lo que le obligó a descolgarse del murallón y descender, más

bien que a saltos, rodando, los atajos conocidos, magullándose el

cuerpo, poniéndose en trizas la ropa, sin hacer caso de lo uno ni de lo

otro. Rebotó como un pelota por entre las nudosas cepas; brincó por cima

de los muros de piedra que las sostenían; salvó como una flecha

sembrados de maíz; metióse de patas en los regatos, mojándose hasta la

cintura, por no detenerse a seguir las pasaderas de piedra; salvó

vallados tres veces más altos que su cuerpo; cruzó setos, saltó

hondonadas y zanjas, no comprendió por dónde ni cómo, pero el caso es

que, arañado, ensangrentado, sudoroso, jadeante, se encontró en los

Pazos, y maquinalmente volvió al punto de partida, la capilla, donde

entró, enteramente olvidado de los cuatro cuartos, primer móvil de sus

aventuras todas.

Estaba escrito que aquella mañana había de ser fecunda en

extraordinarias sorpresas. En la capilla acostumbraba Perucho notar que

se hablaba bajito, se andaba despacio, se contenía hasta la respiración:

el menor desliz en tal materia solía costarle un severo regaño de don

Julián; de modo que, sobreponiéndose el instinto y el hábito al

azoramiento y trastorno, penetró en el sagrado lugar con actitud

respetuosa. En él sucedía algo que le causó un asombro casi mayor que el

de la catástrofe de su abuelo. Recostada en el altar se encontraba la

señora de Moscoso, con un color como una muerta, los ojos cerrados, las

cejas fruncidas, temblando con todo su cuerpo; frente a ella, el

señorito vociferaba, muy deprisa y en ademán amenazador, cosas que no

entendió el niño; mientras el capellán, con las manos cruzadas y la

fisonomía revelando un espanto y dolor tales que nunca había visto

Perucho en rostro humano expresión parecida, imploraba, imploraba al

señorito, a la señorita, al altar, a los santos..., y de repente,

renunciando a la súplica, se colocaba, encendido y con los ojos

chispeantes, dando cara al marqués, como desafiándole.... Y Perucho

comprendía a medias frases indignadas, frases injuriosas, frases donde

se desbordaba la cólera, el furor, la indignación, la ira, el insulto;

y, sin saber la causa de alboroto semejante, deducía que el señorito

estaba atrozmente enfadado, que iba a pegar a la señorita, a matarla

quizás, a deshacer a don Julián, a echar abajo los altares, a quemar tal

vez la capilla....

El niño recordó entonces escenas análogas, pero cuyo teatro era la

cocina de los Pazos, y las víctimas su madre y él: el señorito tenía

entonces la misma cara, idéntico tono de voz. Y en medio de la confusión

de su tierno cerebro, de los terrores que se reunían para apocarlo, una

idea, superior a todas, se levantó triunfante. No cabía duda que el

señorito se disponía a acogotar a su esposa y al capellán; también

acababan de matar a su abuelo en el monte; aquel día, según indicios,

debía ser el de la general matanza. ¿Quién sabe si, luego que acabase

con su mujer y con don Julián, se le ocurriría al señorito quitar la

vida a la nené? Semejante pensamiento devolvió a Perucho toda la

actividad y energía que acostumbraba desplegar para el logro de sus

azarosas empresas en corrales, gallineros y establos.

Escurrióse bonitamente de la capilla, resuelto a salvar a toda costa la

vida de la heredera de Moscoso. ¿Cómo haría? Faltábale tiempo de madurar

el plan: lo que importaba era obrar con celeridad y no arredrarse ante

obstáculo alguno. Se deslizó sin ser visto por la cocina, y subió la

escalera a escape. Llegado que hubo a las habitaciones altas, residencia

de los señores, de tal manera supo amortiguar el ruido de sus pisadas,

que el oído más fino lo confundiría con el susurro del aire al agitar

una cortina. Lo que él temía era encontrar cerrada la puerta del

dormitorio de Nucha. El corazón le dio un brinco de alegría al verla

entornada.

La empujó con suavidad de gato que esconde las uñas.... Tenía la maldita

puerta el vicio de rechinar; pero tan sutil fue el empuje, que apenas

gimió sordamente. Perucho se coló en la habitación, ocultándose tras del

biombo. Por uno de los muchos agujeros que éste lucía, miró al otro

lado, hacia donde estaba la cuna. Vio a la niña dormida, y al ama, de

bruces sobre el lecho de Nucha, roncando sordamente. No era de temer que

se despabilase la marmota: el rapaz podía a mansalva realizar sus

propósitos.

Sin embargo, convenía que no despertase la chiquilla, no fuese a

alborotar la casa lloriqueando. Perucho la tomó como quien toma un

muñeco de cristal, muy rompedizo y precioso: sus palmas llenas de callos

y sus brazos hechos a disparar certeras pedradas y a descargar puñetazos

en el testuz de los bueyes adquirieron de golpe delicadeza exquisita, y

la nené, envuelta en el pañolón de calceta, no gruñó siguiera al trocar

la cama por los brazos de su precoz raptor. Éste, conteniendo hasta el

respirar, andando con paso furtivo, rápido y cauteloso--el andar de la

gata que lleva a sus cachorros entre los dientes, colgados de la piel

del pescuezo--, se dirigió a buscar la salida por el claustro, pues de

cruzar la cocina era probable una sorpresa.

En el claustro se paró obra de diez segundos, para meditar. ¿Dónde

escondería su tesoro? ¿En el pajar, en el _herbeiro_, en el hórreo, en

el establo? Optó por el hórreo--el lugar menos frecuentado y más oscuro--.

Bajaría la escalera, se enhebraría por el claustro, se colaría por las

cuadras, salvaría la era, y después nada más sencillo que ocultarse en

el escondrijo. Dicho y hecho.

Arrimada al hórreo estaba la escala. Perucho comenzó a subir, operación

bastante difícil atendido el estorbo que le hacía la chiquilla. Lo

estrecho y vertical de los travesaños imponía la necesidad de agarrarse

con manos y pies al ir ascendiendo: Perucho no disponía de las manos; la

energía de la voluntad se le comunicó al dedo gordo del pie, que

semejaba casi prensil a fuerza de adaptarse y adherirse a las barras de

palo, bruñidas ya con el uso. En mitad de la ascensión pensó que rodaba

al pie del hórreo, y apretó contra el pecho a la niña, que,

despertándose, rompió en llanto.... ¡Que llorase! Allí no la oía alma

viviente; por la era sólo vagaba media docena de gallinas, disputando a

dos gorrinos las hojas de una col. Perucho entró triunfante por la

puerta del hórreo....

Las espigas de maíz no lo llenaban hasta el techo, dejando algún espacio

suficiente para que dos personas minúsculas, como Perucho y su

protegida, pudiesen acomodarse y revolverse. El rapaz se sentó sin

soltar a la nena, diciéndole mil chuscadas y zalamerías a fin de

acallarla, abusando del diminutivo que tan cariñosa gracia adquiere en

labios del aldeano.

--Reiniña, mona, _ruliña_, calla, calla, que te he de dar cosas bunitas,

bunitas, bunitiñas.... ¡Si no callas, viene un cocón y te come! ¡_Velo_

ahí viene! ¡Calla, soliño, paloma blanca, rosita!

No por virtud de las exhortaciones, pero sí por haber conocido a su

amigo predilecto, la niña callaba ya. Mirábale, y, sonriendo

regocijadamente, le pasaba las manos por la cara, gorjeaba, se bababa, y

miraba con curiosidad alrededor. Extrañaba el sitio. Enfrente,

alrededor, debajo, por todos lados, la rodeaba un mar de espigas de oro,

que al menor movimiento de Perucho se derrumbaban en suaves cascadas, y

donde el sol, penetrando por los intersticios del enrejado del hórreo,

tendía galones más claros, movibles listas de luz. Perucho comprendió

que poseía en las espigas un recurso inestimable para divertir a la

pequeña. Tan pronto le daba una en la mano, como alzaba con muchas una

especie de pirámide; la nené se entretenía en derribarla o forjarse la

ilusión de que la derribaba, pues realmente una patada de Perucho hacía

el milagro. Reía ella lo mismo que una loca, y pedía impaciente, por

señas, que le renovasen el juego.

Pronto se cansó de él. Con todo, estaba de buen humor, gracias a la

compañía de Perucho. Su mirada risueña y dulce, fija en la de su

compañero, parecía decirle: «¿Qué mejor juego que estar juntos?

Disfrutemos de este bien que siempre nos han dado con tasa». En vista de

tan cariñosas disposiciones, Perucho se entregó al placer de halagarla a

su sabor. Ya le apoyaba un dedo en el carrillo, para provocarla a risa;

ya remedaba a un lagarto, arrastrando la mano por el cuerpo de la nené

arriba, e imitando los culebreos del rabo; ya se fingía encolerizado,

espantaba los ojos, hinchaba los carrillos, cerraba los puños y

resoplaba fieramente; ya, tomando a la nena en peso, la subía en alto y

figuraba dejarla caer de golpe sobre las espigas. Por último, recelando

cansarla, la cogió en brazos, se sentó a la turca, y comenzó a mecerla y

arrullarla blandamente, con tanta suavidad, precaución y ternura como

pudiera su propia madre.

¡Qué ganas, qué violentos antojos se le pasaban!... ¿De qué? En las

veces que fue admitido a la intimidad de la habitación de Nucha y se le

consintió aproximarse a la nené y vivir su vida, jamás osara hacerlo....

Miedo de que le riñesen o echasen; vago respeto religioso que se imponía

a su alma de pilluelo diabólico; vergüenza; falta de costumbre de sus

labios, que a nadie besaban; todo se unía para impedirle satisfacer una

aspiración que él juzgaba ambiciosa y punto menos que sacrílega.... Pero

ahora era dueño del tesoro; ahora la nené le pertenecía; la había ganado

en buena lid, la poseía por derecho de conquista, ¡ese derecho que

comprenden los mismos salvajes! Adelantó mucho el hocico, igual que si

fuese a catar alguna golosina, y tocó la frente y los ojos de la

pequeña.... Después desenvolvió lentamente los pliegues del mantón, y

descubrió las piernas, calentitas como chicharrones, que apenas se

vieron libres del envoltorio comenzaron a bailar, sacudiendo sus

favoritas patadas de júbilo. Perucho alzó hasta la boca un pie, luego

otro, y así alternando se pasó un rato regular; sus besos hacían

cosquillas a la niña, que soltaba repentinas carcajadas y se quedaba

luego muy seria; pero que en breve empezó a sentir el frío, y con la

rapidez que revisten en los niños muy chicos los cambios de temperatura,

los piececillos se le quedaron casi helados. Al punto lo advirtió

Perucho, y echándoles repetidas veces el aliento, como había visto hacer

a la vaca con sus recentales, los envolvió en mantillas y pañolón, y

nuevamente llegó a sí a la criatura, meciéndola.

El más glorioso conquistador no aventajaba en orgullo y satisfacción a

Perucho en tales momentos, cuando juzgaba evidente que había salvado a

la nené de la degollación segura y puéstola a buen recaudo, donde nadie

daría con ella. Ni un minuto recordó al duro y bronceado abuelo tendido

allá junto al paredón.... A menudo se ve al niño, deshecho en lágrimas al

pie del cadáver de su madre, consolarse con un juguete o un cartucho de

dulces; quizás vuelvan más adelante la tristeza y el recuerdo, pero la

impresión capital del dolor ya se ha borrado para siempre. Así Perucho.

La ventura de poseer a su nené adorada, la prez de defender su vida, le

distraían de los trágicos acontecimientos recientes. No se acordaba del

abuelo, no, ni del trabucazo que lo había _tumbado_ como él tumbaba las

perdices.

Con todo, algo medroso y tétrico debía pesar sobre su imaginación, según

el cuento que empezó a referir en voz hueca a la nené, lo mismo que si

ella pudiese comprender lo que le hablaban. ¿De dónde procedía este

cuento, variante de la leyenda del ogro? ¿Lo oiría Perucho en alguna

velada junto al _lar_, mientras hilaban las viejas y pelaban castañas

las mozas? ¿Sería creación de su mente excitada por los terrores de un

día tan excepcional? «Una _ves_--empezaba el cuento--era un rey muy malo,

muy galopín, que se comía la gente y las _presonas_ vivas.... Este rey

tenía una nené bunita bunita, como la _frol_ de mayo... y pequeñita

pequeñita como un grano de _millo_ (maíz quería decir Perucho). Y el

malo bribón del rey quería comerla, porque era el coco, y tenía una cara

más fea, más fea que la del _diaño_... (Perucho hacía horribles muecas a

fin de expresar la fealdad extraordinaria del rey). Y una noche dijo él,

dice: 'Heme de comer mañana por la mañanita _trempano_ a la nené... así,

así'. (Abría y cerraba la boca haciendo chocar las mandíbulas, como los

papamoscas de las catedrales). Y había un _pagarito_ sobre un _árbole_,

y oyó al rey, y dijo, dice: 'Comer no la has de comer, coco feo.' ¿Y va

y qué hace el _pagarito_? Entra por la ventanita... y el rey estaba

durmiendo. (Recostaba la cabeza en las espigas de maíz y roncaba

estrepitosamente para representar el sueño del rey). Y va el _pagarito_

y con el _bico_ le saca un ojo, y el rey queda _chosco_. (Guiñaba el ojo

izquierdo, mostrando cómo el rey se halló tuerto). Y el rey a despertar

y a llorar, llorar, llorar (imitación de llanto) por su ojo, y el

_pagarito_ a se reír muy puesto en el _árbole_.... Y va y salta y dijo,

dice: 'Si no comes a la nené y me la regalas, te doy el ojo...' Y va el

rey y dice: 'Bueno...' Y va el _pagarito_ y se casó con la nené, y

estaba siempre cantando unas cosas muy preciosas, y tocando la gaita...

(solo de este instrumento), y entré por una _porta_ y salí por otra, ¡y

manda el rey que te lo cuente otra vez!».

La nené no oyó el final del cuento.... La música de las palabras, que no

le despertaban idea alguna, el haber vuelto a entrar en calor, la misma

satisfacción de estar con su favorito, le trajeron insensiblemente el

sueño anterior, y Perucho, al armar la algazara acostumbrada cuando

terminan los cuentos de cocos, la vio con los ojos cerrados.... Acomodó

lo mejor que pudo el lecho de espigas; llególe el mantón al rostro, como

hacía Nucha, para que no se le enfriase el hociquito, y muy denodado y

resuelto a hacer centinela, se arrimó a la puerta del hórreo, en una

esquina, reclinándose en un montón de maíz. Pero fuese la inmovilidad, o

el cansancio, o la reacción de tantas emociones consecutivas, también a

él la cabeza le pesaba y se le entornaban los párpados. Se los frotó con

los dedos, bostezó, luchó algunos minutos con el sueño invasor... Éste

venció al cabo. Los dos ángeles refugiados en el hórreo dormían en paz.

Entre las representaciones de una especie de pesadilla angustiosa que

agitaba a Perucho, veía el muchacho un animalazo de desmesurado grandor,

bestión fiero que se acercaba a él rugiendo, bramando y dispuesto a

zampárselo de un bocado o a deshacerlo de una uñada.... Se le erizó el

cabello, le temblaron las carnes, y un sudor frío le empapó la sien....

¡Qué monstruo tan espantoso! Ya se acerca..., ya cae sobre Perucho...,

sus garras se hincan en las carnes del rapaz, su cuerpo descomunal le

cae encima lo mismo que una roca inmensa.... El chiquillo abre los

ojos....

Sofocada y furiosa, vociferando, moliéndolo a su sabor a pescozones y

cachetes, arrancándole el rizado pelo y pateándolo, estaba el ama, más

enorme, más brutal que nunca. No hay que omitir que Perucho se condujo

como un héroe. Bajando la cabeza, se atravesó en la entrada del hórreo,

y por espacio de algunos minutos defendió su presa haciéndole muralla

con el cuerpo.... Pero el enorme volumen del ama pesó sobre él y lo

redujo a la inacción, comprimiéndolo y paralizándolo. Cuando el mísero

chiquillo, medio ahogado, se sintió libre de aquella estatua de plomo

que a poco más le convierte en oblea, miró hacia atrás.... La niña había

desaparecido. Perucho no olvidará nunca el desesperado llanto que

derramó por más de media hora revolcándose entre las espigas.

-XXIX-

Tampoco Julián olvidará el día en que ocurrieron acontecimientos tan

extraordinarios; día dramático entre todos los de su existencia, en que

le sucedió lo que no pudo imaginar jamás: verse acusado, por un marido,

de inteligencias culpables con su mujer, por un marido que se quejaba de

ultrajes mortales, que le amenazaba, que le expulsaba de su casa

ignominiosamente y para siempre; y ver a la infeliz señorita, a la

verdaderamente ofendida esposa, impotente para desmentir la ridícula y

horrenda calumnia. ¿Y qué sería si hubiesen realizado su plan de fuga al

día siguiente? ¡Entonces sí que tendrían que bajar la cabeza, darse por

convictos!... ¡Y decir que cinco minutos antes no se les prevenía

siquiera la posibilidad de que don Pedro y el mundo lo interpretasen

así!

No, no lo olvidará Julián. No olvidará aquellas inesperadas

tribulaciones, el valor repentino y ni aun de él mismo sospechado que

desplegó en momentos tan críticos para arrojar a la faz del marido

cuanto le hervía en el alma, la reprobación, la indignación contenida

por su habitual timidez; el reto provocado por el bárbaro insulto; los

calificativos terribles que acudían por vez primera a su boca, avezada

únicamente a palabras de paz; el emplazamiento _de hombre a hombre_ que

lanzó al salir de la capilla.... No olvidará, no, la escena terrible, por

muchos años que pesen sobre sus hombros y por muchas canas que le

enfríen las sienes. Ni olvidará tampoco su partida precipitada, sin dar

tiempo a recoger el equipaje; cómo ensilló con sus propias inexpertas

manos la yegua; cómo, desplegando una maestría debida a la urgencia,

había montado, espoleado, salido a galope, ejecutando todos estos actos

mecánicamente, cual entre sueños, sin aguardar a que se disipase el

corto hervor de la sangre, sin querer ver a la niña ni darle un beso,

porque comprendía, estaba seguro de que, si lo hiciera, sería capaz de

postrarse a los pies del señorito, rogándole humildemente que le

permitiese quedarse allí en los Pazos, aunque fuese de pastor de ganado

o jornalero....

No olvidará tampoco la salida de la casa solariega, la ascensión por el

camino que el día de su llegada le pareció tan triste y lúgubre.... El

cielo está nublado; ciernen la claridad del sol pardos crespones cada

vez más densos; los pinos, juntando sus copas, susurran de un modo

penetrante, prolongado y cariñoso; las ráfagas del aire traen el olor

sano de la resina y el aroma de miel de los retamares. El crucero, a

poca distancia, levanta sus brazos de piedra manchados por el oro viejo

del liquen.... La yegua, de improviso, respinga, tiembla, se encabrita....

Julián se agarra instintivamente a las crines, soltando la rienda.... En

el suelo hay un bulto, un hombre, un cadáver; la hierba, en derredor

suyo, se baña en sangre que empieza ya a cuajarse y ennegrecerse. Julián

permanece allí, clavado, sin fuerzas, anonadado por una mezcla de

asombro y gratitud a la Providencia, que no puede razonar, pero le

subyuga.... El cadáver tiene la faz contra tierra; no importa: Julián ha

reconocido a Primitivo; es él mismo. El capellán no vacila, no discurre

quién le habrá matado. ¡Cualquiera que sea el instrumento, lo dirige la

mano de Dios! Desvía la yegua, se persigna, se aparta, se aleja

definitivamente, volviendo de cuando en cuando la cabeza para ver el

negro bulto, sobre el fondo verde de la hierba y la blancura gris del

paredón....

¡Ah! No, no olvida nada Julián. No olvida en Santiago, donde su llegada

se glosa, donde su historia en los Pazos adquiere proporciones

leyendarias, donde el éxito de las elecciones, la partida del capellán,

el asesinato del mayordomo, se comentan, se adornan, entretienen al

pueblo casi todo un mes, y donde las gentes le paran en la calle

preguntándole qué ocurre por allá, qué sucede con Nucha Pardo, si es

cierto que su marido la maltrata y que está muy enferma, y que las

elecciones de Cebre han sido un escándalo gordo. No olvida cuando el

arzobispo le llama a su cámara, a fin de inquirir qué hay de verdad en

todo lo ocurrido, y él, después de arrodillarse, lo cuenta sin poner ni

quitar una sílaba, encontrando en la sincera confesión inexplicable

alivio, y besando, con el corazón desahogado ya, la amatista que brilla

sobre el anular del prelado. No olvida cuando éste dispone enviarle a

una parroquia apartadísima, especie de destierro, donde vivirá

completamente alejado del mundo.

Es una parroquia de montaña, más montaña que los Pazos, al pie de una

sierra fragosa, en el corazón de Galicia. No hay en toda ella, ni en

cuatro leguas a la redonda, una sola casa señorial; en otro tiempo, en

épocas feudales, se alzó, fundado en peñasco vivo, un castillo roquero,

hoy ruina comida por la hiedra y habitada por murciélagos y lagartos.

Los feligreses de Julián son pobres pastores: en vísperas de fiesta y

tiempo de oblata le obsequian con leche de cabra, queso de oveja,

manteca en orzas de barro. Hablan dialecto cerradísimo, arduo de

comprender; visten de somonte y usan greñas largas, cortadas sobre la

frente a la manera de los antiguos siervos. En invierno cae la nieve y

aúllan los lobos en las inmediaciones de la rectoral; cuando Julián

tiene que salir a las altas horas de la noche para llevar los

sacramentos a algún moribundo, se ve obligado a cubrirse con coroza de

paja y a calzar zuecos de palo; el sacristán va delante, alumbrando con

un farol, y entre la oscuridad nocturna, las encinas parecen

fantasmas....

Pasadas dos estaciones recibe una esquela, una papeleta orlada de negro;

la lee sin entenderla al pronto; después se entera bien del contenido, y

sin embargo no llora, no da señal alguna de pena.... Al contrario, aquel

día y los siguientes experimenta como un sentirmento de consuelo, de

bienestar y de alegría, porque la señorita Nucha, en el cielo, estará

desquitándose de lo sufrido en esta tierra miserable, donde sólo

martirios aguardan a un alma como la suya.... La doctrina resignada de la

_Imitación_ ha vuelto a reinar en su espíritu. Hasta el efecto de la

noticia se borra pronto, y una especie de insensibilidad apacible va

cauterizando el espíritu de Julián: piensa más en lo que le rodea, se

interesa por la iglesia desmantelada, trata de enseñar a leer a los

salvajes chiquillos de la parroquia, funda una congregación de hijas de

María para que las mozas no bailen los domingos.... Y así pasa el tiempo,

uniformemente, sin dichas ni amarguras, y la placidez de la naturaleza

penetra en el alma de Julián, y se acostumbra a vivir como los paisanos,

pendiente de la cosecha, deseando la lluvia o el buen tiempo como el

mayor beneficio que Dios puede otorgar al hombre, calentándose en el

_lar_, diciendo misa muy temprano y acostándose antes de encender luz,

conociendo por las estrellas si se prepara agua o sol, recogiendo

castaña y patata, entrando en el ritmo acompasado, narcótico y perenne

de la vida agrícola, tan inflexible como la vuelta de las golondrinas en

primavera y el girar eterno de nuestro globo, describiendo la misma

elipse, al través del espacio....

Y, sin embargo, no olvida. Y en aquel rincón viene a sorprenderle el

ascenso, la traslación a la parroquia de Ulloa, especie de desagravio

del arzobispo. La mitra alternaba con los señores de Ulloa en la

presentación del curato, y el arzobispo había querido manifestar así al

humilde párroco, enterrado diez años hacía en la montaña más fiera de la

diócesis, que la calumnia puede empañar el cristal de la honra, no

mancharlo.

-XXX-

Diez años son una etapa, no sólo en la vida del individuo, sino en la de

las naciones. Diez años comprenden un periodo de renovación: diez años

rara vez corren en balde, y el que mira hacia atrás suele sorprenderse

del camino que se anda en una década. Mas así como hay personas, hay

lugares para los cuales es insensible el paso de una décima parte de

siglo. Ahí están los Pazos de Ulloa, que no me dejarán mentir. La gran

huronera, desafiando al tiempo, permanece tan pesada, tan sombría, tan

adusta como siempre. Ninguna innovación útil o bella se nota en su

mueblaje, en su huerto, en sus tierras de cultivo. Los lobos del escudo

de armas no se han amansado; el pino no echa renuevos; las mismas ondas

simétricas de agua petrificada bañan los estribos de la puente señorial.

Los pazos de Ulloa · 第 19 / 20 段