En cambio la villita de Cebre, rindiendo culto al progreso, ha atendido

a las mejoras morales y materiales, según frase de un cebreño ilustrado,

que envía correspondencias a los diarios de Pontevedra y Orense. No se

charla ya de política solamente en el estanco: para eso se ha fundado un

Círculo de Instrucción y Recreo, Artes y Ciencias (lo reza su

reglamento) y se han establecido algunas tiendecillas que el cebreño

susodicho denomina _bazares_. Verdad es que los dos caciques aún

continúan disputándose el mero y mixto imperio; mas ya parece seguro que

Barbacana, representante de la reacción y la tradición, cede ante

Trampeta, encarnación viviente de las ideas avanzadas y de la nueva

edad.

Dicen algunos maliciosos que el secreto del triunfo del cacique liberal

está en que su adversario, hoy canovista, se encuentra ya extremadamente

viejo y achacoso, habiendo perdido mucha parte de sus bríos e indómito

al par que traicionero carácter. Sea como quiera, el caso es que la

influencia barbacanesca anda maltrecha y mermada.

Quien ha envejecido bastante, de un modo prematuro, es el antiguo

capellán de los Pazos. Su pelo está estriado de rayitas argentadas; su

boca se sume; sus ojos se empañan; se encorvan sus lomos. Avanza

despaciosamente por el _carrero_ angosto que serpea entre viñedos y

matorrales conduciendo a la iglesia de Ulloa.

¡Qué iglesia tan pobre! Más bien parece la casuca de un aldeano,

conociéndose únicamente su sagrado destino en la cruz que corona el

tejadillo del pórtico. La impresión es de melancolía y humedad, el atrio

herboso está a todas horas, aun a las meridianas, muy salpicado y como

empapado de rocío. La tierra del atrio sube más alto que el peristilo de

la iglesia, y ésta se hunde, se sepulta entre el terruño que lentamente

va desprendiéndose del collado próximo. En una esquina del atrio, un

pequeño campanario aislado sostiene el rajado esquilón; en el centro,

una cruz baja, sobre tres gradas de piedra, da al cuadro un toque

poético, pensativo. Allí, en aquel rincón del universo, vive

Jesucristo.... ¡pero cuán solo!, ¡cuán olvidado!

Julián se detuvo ante la cruz. Estaba viejo realmente, y también más

varonil: algunos rasgos de su fisonomía delicada se marcaban, se

delineaban con mayor firmeza; sus labios, contraídos y palidecidos,

revelaban la severidad del hombre acostumbrado a dominar todo arranque

pasional, todo impulso esencialmente terrestre. La edad viril le había

enseñado y dado a conocer cuánto es el mérito y debe ser la corona del

sacerdote puro. Habíase vuelto muy indulgente con los demás, al par que

severo consigo mismo.

Al pisar el atrio de Ulloa notaba una impresión singularísima. Parecíale

que alguna persona muy querida, muy querida para él, andaba por allí,

resucitada, viviente, envolviéndole en su presencia, calentándole con su

aliento. ¿Y quién podía ser esa persona? ¡Válgame Dios! ¡Pues no daba

ahora en el dislate de creer que la señora de Moscoso vivía, a pesar de

haber leído su esquela de defunción! Tan rara alucinación era, sin duda,

causada por la vuelta a Ulloa, después de un paréntesis de dos lustros.

¡La muerte de la señora de Moscoso! Nada más fácil que cerciorarse de

ella.... Allí estaba el cementerio. Acercarse a un muro coronado de

hiedra, empujar una puerta de madera, y penetrar en su recinto.

Era un lugar sombrío, aunque le faltasen los lánguidos sauces y cipreses

que tan bien acompañan con sus actitudes teatrales y majestuosas la

solemnidad de los camposantos. Limitábanlo, de una parte, las tapias de

la iglesia; de otra, tres murallones revestidos de hiedra y plantas

parásitas; y la puerta, fronteriza a la de entrada por el atrio, la

formaba un enverjado de madera, al través del cual se veía diáfano y

remoto horizonte de montañas, a la sazón color de violeta, por la hora,

que era aquella en que el sol, sin calentar mucho todavía, empieza a

subir hacia su zenit, y en que la naturaleza se despierta como saliendo

de un baño, estremecida de frescura y frío matinal. Sobre la verja se

inclinaba añoso olivo, donde nidaban mil gorriones alborotadores, que a

veces azotaban y sacudían el ramaje con su voleteo apresurado; y hacíale

frente una enorme mata de hortensia, mustia y doblegada por las lluvias

de la estación, graciosamente enfermiza, con sus mazorcas de desmayadas

flores azules y amarillentas. A esto se reducía todo el ornato del

cementerio, mas no su vegetación, que por lo exuberante y viciosa ponía

en el alma repugnancia y supersticioso pavor, induciendo a fantasear si

en aquellas robustas ortigas, altas como la mitad de una persona, en

aquella hierba crasa, en aquellos cardos vigorosos, cuyos pétalos

ostentaban matices flavos de cirio, se habrían encarnado, por misteriosa

transmigración, las almas, vegetativas también en cierto modo, de los

que allí dormían para siempre, sin haber vivido, sin haber amado, sin

haber palpitado jamás por ninguna idea elevada, generosa, puramente

espiritual y abstracta, de las que agitan la conciencia del pensador y

del artista. Parecía que era sustancia humana--pero de una humanidad

ruda, primitiva, inferior, hundida hasta el cuello en la ignorancia y en

la materia--la que nutría y hacía brotar con tan enérgica pujanza y savia

tan copiosa aquella flora lúgubre por su misma lozanía. Y en efecto, en

el terreno, repujado de pequeñas eminencias que contrastaban con la lisa

planicie del atrio, advertía a veces el pie durezas de ataúdes mal

cubiertos y blanduras y molicies que infundían grima y espanto, como si

se pisaran miembros flácidos de cadáver. Un soplo helado, un olor

peculiar de moho y podredumbre, un verdadero ambiente sepulcral se

alzaba del suelo lleno de altibajos, rehenchido de difuntos amontonados

unos encima de otros; y entre la verdura húmeda, surcada del surco

brillante que dejan tras sí el caracol y la babosa, torcíanse las cruces

de madera negra fileteadas de blanco, con rótulos curiosos, cuajados de

faltas de ortografía y peregrinos disparates. Julián, que sufría la

inquietud, el hormigueo en la planta de los pies que nos causa la

sensación de hollar algo blando, algo viviente, o que por lo menos

estuvo dotado de sensibilidad y vida, experimentó de pronto gran

turbación: una de las cruces, más alta que las demás, tenía escrito en

letras blancas un nombre. Acercóse y descifró la inscripción, sin

pararse en deslices ortográficos: _«Aquí hacen las cenizas de Primitibo

Suarez, sus parientes y amijos ruegen a Dios por su alma»_.... El

terreno, en aquel sitio, estaba turgente, formando una eminencia. Julián

murmuró una oración, desvióse aprisa, creyendo sentir bajo sus plantas

el cuerpo de bronce de su formidable enemigo. Al punto mismo se alzó de

la cruz una mariposilla blanca, de esas últimas mariposas del año que

vuelan despacio, como encogidas por la frialdad de la atmósfera, y se

paran en seguida en el primer sitio favorable que encuentran. La siguió

el nuevo cura de Ulloa y la vio posarse en un mezquino mausoleo,

arrinconado entre la esquina de la tapia y el ángulo entrante que

formaba la pared de la iglesia.

Allí se detuvo el insecto, y allí también Julián, con el corazón

palpitante, con la vista nublada, y el espíritu, por vez primera después

de largos años, trastornado y enteramente fuera de quicio, al choque de

una conmoción tan honda y extraordinaria, que él mismo no hubiera podido

explicarse cómo le invadía, avasallándole y sacándole de su natural ser

y estado, rompiendo diques, saltando vallas, venciendo obstáculos,

atropellando por todo, imponiéndose con la sobrehumana potencia de los

sentimientos largo tiempo comprimidos y al fin dueños absolutos del alma

porque rebosan de ella, porque la inundan y sumergen. No echó de ver

siquiera la ridiculez del mausoleo, construido con piedras y cal,

decorado con calaveras, huesos y otros emblemas fúnebres por la

inexperta mano de algún embadurnador de aldea; no necesitó deletrear la

inscripción, porque sabía de seguro que donde se había detenido la

mariposa, allí descansaba Nucha, la señorita Marcelina, la santa, la

víctima, la virgencita siempre cándida y celeste. Allí estaba, sola,

abandonada, vendida, ultrajada, calumniada, con las muñecas heridas por

mano brutal y el rostro marchito por la enfermedad, el terror y el

dolor.... Pensando en esto, la oración se interrumpió en labios de

Julián, la corriente del existir retrocedió diez años, y en un

transporte de los que en él eran poco frecuentes, pero súbitos e

irresistibles, cayó de hinojos, abrió los brazos, besó ardientemente la

pared del nicho, sollozando como niño o mujer, frotando las mejillas

contra la fría superficie, clavando las uñas en la cal, hasta

arrancarla....

Oyó risas, cuchicheos, jarana alegre, impropia del lugar y la ocasión.

Se volvió y se incorporó confuso. Tenía delante una pareja hechicera,

iluminada por el sol que ya ascendía aproximándose a la mitad del cielo.

Era el muchacho el más guapo adolescente que puede soñar la fantasía; y

si de chiquitín se parecía al Amor antiguo, la prolongación de líneas

que distingue a la pubertad de la infancia le daba ahora semejanza

notable con los arcángeles y ángeles viajeros de los grabados bíblicos,

que unen a la lindeza femenina y a los rizados bucles asomos de graciosa

severidad varonil. En cuanto a la niña, espigadita para sus once años,

hería el corazón de Julián por el sorprendente parecido con su pobre

madre a la misma edad: idénticas largas trenzas negras, idéntico rostro

pálido, pero más mate, más moreno, de óvalo más puro, de ojos más

luminosos y mirada más firme. ¡Vaya si conocía Julián a la pareja!

¡Cuántas veces la había tenido en su regazo!

Sólo una circunstancia le hizo dudar de si aquellos dos muchachos

encantadores eran en realidad el bastardo y la heredera legítima de

Moscoso. Mientras el hijo de Sabel vestía ropa de buen paño, de hechura

como entre aldeano acomodado y señorito, la hija de Nucha, cubierta con

un traje de percal, asaz viejo, llevaba los zapatos tan rotos, que puede

decirse que iba descalza.

París, Marzo de 1886.

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Los pazos de Ulloa · 第 20 / 20 段