cruz está la salud, en la cruz está la vida, en la cruz está la defensa
de los enemigos, en la cruz está la infusión de la suavidad soberana, en
la cruz está la fortaleza del corazón, en la cruz está el gozo del
espíritu, en la cruz está la suma virtud, en la cruz está la perfección
de la santidad.... Toma pues tu cruz, y sigue a Jesús.... Mira que todo
consiste en la cruz, y todo está en morir; y no hay otro camino para la
vida y para la verdadera paz que el de la santa cruz y continua
mortificación.... Dispón y ordena todas las cosas según tu querer, y no
hallarás sino que has de padecer algo, o de grado o por fuerza; y así
siempre hallarás la cruz, porque o sentirás dolor en el cuerpo, o
padecerás tribulación en el espíritu.... Cuando llegares al punto de que
la aflicción te sea dulce y gustosa por amor de Cristo, piensa entonces
que te va bien, porque hallaste el paraíso en la tierra...».
--¡Cuándo llegaré yo a este estado de bienaventuranza, Señor!--murmuraba
Julián poniendo una señal en el libro--. Había oído algunas veces que
Dios concede lo que se le pide mentalmente en el acto de consagrar la
hostia, y con muchas veras le pedía llegar al punto de que su cruz....
No, la de la pobre señorita, le fuese dulce y gustosa, como decía
Kempis....
A la misa en la capilla remozada asistía siempre Nucha, oyéndola toda de
rodillas, y retirándose cuando Julián daba gracias. Sin volverse ni
distraerse en la oración, Julián conocía el instante en que se levantaba
la señorita y el ruido imperceptible de sus pisadas sobre el entarimado
nuevo. Cierta mañana no lo oyó. Este hecho tan sencillo le privó de
rezar con sosiego. Al alzarse, vio a Nucha también en pie, el índice
sobre los labios. Perucho, que ayudaba a misa con desembarazo notable,
se dedicaba a apagar los cirios, valiéndose de una luenga caña. La
mirada de la señorita decía elocuentemente:
«Que se vaya ese niño».
El capellán ordenó al acólito que despejase.
Tardó éste algo en obedecer, deteniéndose en doblar la toalla del
lavatorio. Al fin se fue, no muy de su grado. Llenaba la capilla olor de
flores y barniz fresco; por las ventanas entraba una luz caliente, que
cernían visillos de tafetán carmesí; y las carnes de los santos del
altar adquirían apariencia de vida, y la palidez de Nucha se sonroseaba
artificialmente.
--¿Julián?--preguntó con imperioso acento, extraño en ella.
--Señorita...--respondió él en voz baja, por respeto al lugar sagrado.
Tembláronle los labios y las manos se le enfriaron, pues creyó llegado
el terrible momento de la confesión.
--Tenemos que hablar. Y ha de ser aquí, por fuerza. En otras partes no
falta quien aceche.
--Es verdad que no falta.
--¿Hará usted lo que le pida?
--Ya sabe que....
--¿Sea lo que sea?
--Yo....
Su turbación crecía: el corazón le latía con sordo ruido. Se recostó en
el altar.
--Es preciso--declaró Nucha sin apartar de él sus ojos, más que vagos,
extraviados ya--que me ayude usted a salir de aquí. De esta casa.
--A.... A... salir...--tartamudeó Julián, aturdido.
--Quiero marcharme. Llevarme a mi niña. Volverme junto a mi padre. Para
conseguirlo hay que guardar secreto. Si lo saben aquí, me encerrarán con
llave. Me apartarán de la pequeña. La matarán. Sé de fijo que la
matarán.
El tono, la expresión, la actitud, eran de quien no posee la plenitud de
sus facultades mentales; de mujer impulsada por excitación nerviosa que
raya en desvarío.
--Señorita...--articuló el capellán, no menos alterado--, no esté de pie,
no esté de pie.... Siéntese en este banquito.... Hablemos con
tranquilidad.... Ya conozco que tiene disgustos, señorita.... Se necesita
paciencia, prudencia.... Cálmese....
Nucha se dejó caer en el banco. Respiraba fatigosamente, como persona en
quien se cumplen mal las funciones pulmonares. Sus orejas, blanquecinas
y despegadas del cráneo, transparentaban la luz. Habiendo tomado
aliento, habló con cierto reposo.
--¡Paciencia y prudencia! Tengo cuanta cabe en una mujer. Aquí no viene
al caso disimular: ya sabe usted cuándo empezó a clavárseme la espina;
desde aquel día me propuse averiguar la verdad, y no me costó... gran
trabajo. Digo, sí; me costó un... un combate.... En fin, eso es lo que
menos importa. Por mí no pensaría en irme, pues no estoy buena y se me
figura que... duraré poco..., pero..., ¿y la niña?
--La niña....
--La van a matar, Julián, esas... gentes. ¿No ve usted que les estorba?
¿Pero no lo ve usted?
--Por Dios le pido que se sosiegue.... Hablemos con calma, con juicio....
--¡Estoy harta de tener calma!--exclamó con enfado Nucha, como el que oye
una gran simpleza--. He rogado, he rogado.... He agotado todos los
medios.... No aguardo, no puedo aguardar más. Esperé a que se acabasen
las elecciones dichosas, porque creía que saldríamos de aquí y entonces
se me pasaría el miedo.... Yo tengo miedo en esta casa, ya lo sabe usted,
Julián; miedo horrible.... Sobre todo de noche.
A la luz del sol, que tamizaban los visillos carmesíes, Julián vio las
pupilas dilatadas de la señorita, sus entreabiertos labios, sus
enarcadas cejas, la expresión de mortal terror pintada en su rostro.
--Tengo mucho miedo--repitió estremeciéndose.
Renegaba Julián de su sosera. ¡Cuánto daría por ser elocuente! Y no se
le ocurría nada, nada. Los consuelos místicos que tenía preparados y
atesorados, la teoría de abrazarse a la cruz..., todo se le había
borrado ante aquel dolor voluntarioso, palpitante y desbordado.
--Ya desde que llegué... esta casa tan grande y tan antigua...--prosiguió
Nucha--me dio frío en la espalda.... Sólo que ahora... no son tonterías de
chiquilla mimada, no.... Me van a matar a la pequeña.... ¡Usted lo verá!
Así que la dejo con el ama, estoy en brasas.... Acabemos pronto.... Esto
se va a resolver ahora mismo. Acudo a usted, porque no puedo confiarme a
nadie más.... Usted quiere a mi niña.
--Lo que es quererla...--balbució Julián, casi afónico de puro
enternecido.
--Estoy sola, sola...--repitió Nucha pasándose la mano por las mejillas.
Su voz sonaba como entrecortada por lágrimas que contenía--. Pensé en
confesarme con usted, pero... buena confesión te dé Dios.... No
obedecería si usted me mandase quedarme aquí.... Ya sé que es mi
obligación: la mujer no debe apartarse del marido. Mi resolución, cuando
me casé, era....
Detúvose de pronto, y careándose con Julián, le preguntó:
--¿No le parece a usted como a mí que este casamiento tenía que salir
mal? Mi hermana Rita ya era casi novia del primo cuando él me pidió....
Sin culpa mía, quedamos reñidas Rita y yo desde entonces.... No sé cómo
fue aquello; bien sabe Dios que no puse nada de mi parte para que Pedro
se fijase en mí. Papá me aconsejó que, de todos modos, me casase con el
primo.... Yo seguí el consejo.... Me propuse ser buena, quererle mucho,
obedecerle, cuidar de mis hijos.... Dígame usted, Julián, ¿he faltado en
algo?
Julián cruzó las manos. Sus rodillas se doblaban, y a punto estuvo de
hincarlas en tierra. Pronunció con entusiasmo:
--Usted es un ángel, señorita Marcelina.
--No...--replicó ella--, ángel no, pero no me acuerdo de haber hecho daño a
nadie. He cuidado mucho a mi hermanito Gabriel, que era delicado de
salud y no tenía madre....
Al pronunciar esta frase, la ola rebosó, las lágrimas corrieron por fin;
Nucha respiró mejor, como si aquellos recuerdos de la infancia templasen
sus nervios y el llanto le diese alivio.
--Y por cierto que le tomé tal cariño, que pensaba para mí: «Si tengo
hijos algún día, no es posible quererlos más que a mi hermano». Después
he visto que esto era un disparate; a los hijos se les quiere muchísimo
más aún.
El cielo se nublaba lentamente, y se oscurecía la capilla. La señorita
hablaba con sosiego melancólico.
--Cuando mi hermano se fue al colegio de artillería, yo no pensé más que
en dar gusto a papá, y en que se notase poco la falta de la pobre
mamá.... Mis hermanas preferían ir a paseo, porque, como son bonitas, les
gustaban las diversiones. A mí me llamaban feúcha y bizca, y me
aseguraban que no encontraría marido.
--¡Ojalá!--exclamó Julián sin poder reprimirse.
--Yo me reía. ¿Para qué necesitaba casarme? Tenía a papá y a Gabriel con
quien vivir siempre. Si ellos se me morían, podía entrar en un convento:
el de las Carmelitas, en que está la tía Dolores, me gustaba mucho. En
fin, no he tenido culpa ninguna del disgusto de Rita. Cuando papá me
enteró de las intenciones del primo, le dije que no quería sacarle el
novio a mi hermana, y entonces papá... me besuqueó mucho en los
carrillos, como cuando era pequeña, y... me parece que le estoy
oyendo... me respondió así: «Rita es una tonta..., cállate». Pero por
mucho que diga papá.... ¡al primo le seguía gustando más Rita!...
Continuó después de algunos segundos de silencio:
--Ya ve usted que no tenía mucho por qué envidiarme mi hermana.... ¡Cuánta
hiel he tragado, Julián! Cuando lo pienso se me pone un nudo aquí....
El capellán pudo al fin expresar parte de sus sentimientos.
--No me extraña que se le ponga ese nudo.... Soy yo y lo tengo también....
Día y noche estoy cavilando en sus males, señorita.... Cuando vi aquella
señal.... La lastimadura en la muñeca....
Por primera vez durante la conversación se encendió el descolorido
rostro de Nucha, y sus ojos se velaron, cubriéndolos la caída de las
pestañas. No respondió directamente.
--Mire usted--murmuró con asomos de amarga sonrisa--que siempre me suceden
a mí desgracias por cosas de que no tengo la culpa.... Pedro se empeñaba
en que yo le reclamase a papá la legítima de mamá, porque papá le negó
un dinero que le hacía falta para las elecciones. También se disgustó
mucho porque la tía Marcelina, que pensaba instituirme heredera, creo
que va a dejarle a Rita los bienes.... Yo no tengo que ver con nada de
eso.... ¿Por qué me matan? Ya sé que soy pobre: no hay necesidad de
repetírmelo.... En fin, esto es lo de menos.... Me dolió bastante más el
que mi marido me dijese que por mí se ve sin sucesión la casa de
Moscoso.... ¡Sin sucesión! ¿Y mi niña? ¡Angelito de mis entrañas!
Lloraba la infeliz señora, lentamente, sin sollozar. Sus párpados tenían
ya el matiz rojizo que dan los pintores a los de las Dolorosas.
--Lo mío--añadió--no me importa. Lo mío lo aguantaría hasta el último
instante. Que me... traten de un modo... o de otro, que... que la
criada... sea... ocupe mi sitio... bien..., bien, paciencia, sería
cuestión de tener paciencia, de sufrir, de dejarse morir.... Pero está de
por medio la niña..., hay otro niño, otro hijo, un bastardo.... La niña
estorba.... ¡La matarán!...
Repitió solemnemente y muy despacio:
--La matarán. No me mire usted así. No estoy loca, sólo estoy excitada.
He determinado marcharme e irme a vivir con mi padre. Me parece que esto
no es ningún pecado, ni tampoco el llevarme a la pequeña. ¡Y si peco, no
me lo diga, Julianciño!... Es resolución irrevocable. Usted vendrá
conmigo, porque sola no conseguiría realizar mi plan. ¿Me acompañará?
Julián quiso objetar algo; ¿qué? No lo sabía él mismo. El diminutivo
cariñoso usado por la señorita, la febril resolución con que hablaba, le
vencieron. ¿Negarse a ayudar a la desdichada? Imposible. ¿Pensar en lo
que el proyecto tenía de extraño, de inconveniente? Ni se le ocurrió un
minuto. A fuer de criatura candorosa, una fuga tan absurda le pareció
hasta fácil. ¿Oponerse a la marcha? También él había tenido y tenía a
cada instante miedo, miedo cerval, no sólo por la niña, sino por la
madre: ¿acaso no se le había ocurrido mil veces que la existencia de las
dos corría inminente peligro? Además, ¿qué cosa en el mundo dejaría él
de intentar por secar aquellos ojos puros, por sosegar aquel anheloso
pecho, por ver de nuevo a la señorita segura, honrada, respetada,
cercada de miramientos en la casa paterna?
Se representaba la escena de la escapatoria. Sería al amanecer. Nucha
iría envuelta en muchos abrigos. Él cargaría con la niña, dormidita y
arropadísima también. Por si acaso llevaría en el bolsillo un tarro con
leche caliente. Andando bien llegarían a Cebre en tres horas escasas.
Allí se podían hacer sopas. La nena no pasaría hambre. Tomarían en el
coche la berlina, el sitio más cómodo. Cada vuelta de la rueda les
alejaría de los tétricos Pazos....
Muy quedito, como quien se confiesa, empezaron a debatir y resolver
estos pormenores. Otro rayo de sol entreabría las nubes, y los santos,
en sus hornacinas, parecían sonreír benévolamente al grupo del
banquillo. Ni la Purísima de sueltos tirabuzones y traje blanco y azul,
ni el san Antonio que hacía fiestas a un niño Jesús regordete, ni el san
Pedro con la tiara y las llaves, ni siquiera el arcángel san Miguel, el
caballero de la ardiente espada, siempre dispuesto a rajar y hendir a
Satanás, revelaban en sus rostros pintados de fresco el más leve enojo
contra el capellán, ocupado en combinar los preliminares de un rapto en
toda regla, arrebatando una hija a su padre y una mujer a su legítimo
dueño.
-XXVIII-
Al llegar aquí de la narración, es preciso acudir, para completarla, a
las reminiscencias que grabaron para siempre en la imaginación del lindo
rapazuelo, hijo de Sabel, los sucesos de la memorable mañana en que por
última vez ayudó a misa al bonachón de don Julián (el cual, por más
señas, solía darle dos cuartos una vez terminado el oficio divino).
El primer recuerdo que Perucho conserva es que, al salir de la capilla,
quedóse muy triste arrimado a la puerta, porque aquel día el capellán no
le había dado cosa alguna. Chupándose el dedo y en actitud meditabunda
permaneció allí unos instantes, hasta que la misma falta de los dos
cuartos acostumbrados le descubrió un rayo de luz: ¡su abuelo le había
prometido otros dos si le avisaba cuando la señora se quedase en la
capilla después de oída la misa! Raciocinando con sorprendente rigor
matemático, calculó que pues perdía dos cuartos por un lado, era urgente
ganarlos por otro; apenas concibió tan luminosa idea, sintió que las
piernas le bailaban, y echó a correr con toda la velocidad posible en
busca de su abuelo.
Atravesando la cocina, colóse en la habitación baja donde despachaba
Primitivo, y empujando la puerta, le vio sentado ante una gran mesa
antigua, sobre la cual se encrespaba un maremágnum de papelotes
cubiertos de cifras engarrapatadas, de apuntes escritos con letra
jorobada y escabrosa, por mano que no debía ser diestra ni aun en
palotes. La mesa y el cuarto en general atraían a Perucho con el encanto
que posee para la niñez lo desordenado y revuelto, los sitios en que se
acumulan muchas cosas variadas, pues imaginan ellos que cada montón de
objetos es un mundo desconocido, un depósito de tesoros inestimables.
Rara vez entraba allí Perucho; su abuelo acostumbraba echarle para que
no sorprendiese ciertas operaciones financieras que el mayordomo gustaba
de realizar sin testigos. Cuando el nieto entró, la cara pulimentada y
oscura de Primitivo podía confundirse con el tono bronceado de un acervo
de calderilla o montaña de cobre, de la cual iban saliendo columnitas,
columnitas que el mayordomo alineaba en correcta formación.... Perucho se
quedó deslumbrado ante tan fabulosa riqueza. ¡Allí estaban sus dos
cuartos! ¡Menuda pepita de aquel gran criadero de metal! Lleno de
esperanza, alzó la voz cuanto pudo, y dio su recado. Que la señora
estaba en la capilla, con el señor capellán.... Que le habían despedido
de allí.
Iba a añadir: «Y que se me deben dos cuartos por la noticia» o cosa
análoga, pero no le dio lugar a ello su abuelo, alzándose del sillón con
la agilidad de bicho montés que caracterizaba sus movimientos todos, no
sin que al hacerlo produjese un tempestuoso remolino en el mar de
calderilla, y la caída de algunas torres que, con sonoro estrépito, se
rindieron a la gran pesadumbre. Primitivo salió corriendo hacia el
interior de la casa. El chiquillo se quedó allí, solicitado por las dos
tentaciones más fuertes que en su vida había sufrido. Era una la de
comerse las obleas, que con su provocativa blancura y encendido rojo le
estaban convidando desde un bote de hojalata, y aun cuando sería más
glorioso para nuestro héroe vencer el goloso capricho, la sinceridad
obliga a declarar que alargó el dedo humedecido en saliva, y fue
pescando una, dos, tres, hasta zamparse cuantas encerraba el bote.
Satisfecha esta concupiscencia, le apremió la otra, incitándole nada
menos que a cobrarse por su mano de los dos cuartos prometidos,
tomándolos del montón que tenía allí delante, a su disposición y
albedrío. No sólo apetecía cobrarse del debido salario, sino que le
seducían principalmente unos ochavos roñosos llamados de _la fortuna_ en
el país, y que, merced a consideraciones muy lógicas en su mente
infantil, le parecían preferibles a las piezas gordas. Las adquisiciones
y placeres de Perucho los representaba generalmente un ochavo. Por un
ochavo le daba la rosquillera, en ferias y romerías, caramelos de
alfeñique o rosquillas bastantes; por un ochavo le vendían bramante
suficiente para el trompo, y le surtía el cohetero de pólvora en
cantidad con que hacer regueritos; por un ochavo se procuraba tiras de
mistos de cartón, groseras aleluyas impresas en papel amarillo, gallos
de barro con un pito en parte no muy decorosa. Y todo esto lo tenía al
alcance de su mano, como las obleas; ¡y nadie le veía ni podía
delatarle! El angelote se empinó en la punta de los pies para alcanzar
mejor el dinero, alargó a la vez ambas palmas, y las sumergió en el mar
de cobre.... Las paseó mucho rato por la superficie sin osar cerrarlas....
Por fin hizo presa en un puñado de ochavos, y entonces apretó el puño
fortísimamente, con la intensidad propia de los niños, que temen siempre
se les escape la dicha por la mano abierta. Y así se mantuvo inmóvil,
sin atreverse a retraer aquella diestra pecadora y cargada de botín al
seguro rincón del seno, donde almacenaba siempre sus latrocinios. Porque
es de advertir que Perucho tenía bastante de caco, y con la mayor
frescura se apropiaba huevos, fruta, y, en general, cuantos objetos
codiciaba; pero, con respeto supersticioso de aldeano, que sólo juzga
propiedad ajena el dinero, jamás había tocado a una moneda. En el alma
de Perucho se verificaba una de esas encarnizadas luchas entre el deber
y la pasión, cantadas por la musa dramática: el ángel malo y el bueno le
tiraban cada uno de una oreja, y no sabía a cuál atender. ¡Tremendo
conflicto! Pero regocíjense el cielo y los hombres, pues venció el
espíritu de luz. ¿Fue el primer despertar de ese sentimiento de honor
que dicta al hombre heroicos sacrificios? ¿Fue una gota de la sangre de
Moscoso, que realmente corría por sus venas y que, con la misteriosa
energía de la transmisión hereditaria, le guió la voluntad como por
medio de una rienda? ¿Fue temprano fruto de las lecciones de Julián y
Nucha? Lo cierto es que el rapaz abrió la mano, separando mucho los
dedos, y los ochavos apresados cayeron entre los restantes, con metálico
retintín.
No por eso hay que figurarse que Perucho renunciaba a sus dos cuartos,
los ganados honradamente con la agilidad de sus piernas. ¡Renunciar! ¡A
buena parte! Aquel mismo embrión de conciencia que en el fondo de su
ser, donde todos tenemos escrita desde _ab initio_ gran parte del
Decálogo, le gritaba: «no hurtarás», le dijo con no menor energía:
«tienes derecho a reclamar lo que te ofrecieron». Y, obedeciendo a la
impulsión, la criatura echó a correr en la misma dirección que su
abuelo.
Casualmente tropezó con él en la cocina, donde preguntaba algo a Sabel
en queda voz. Acercósele Perucho, y asiéndole de la chaqueta exclamó:
--¿Mis dos cuartos?
No hizo caso Primitivo. Dialogaba con su hija, y, a lo que Perucho pudo
comprender, ésta explicaba que el señorito había salido de madrugada a
tirar a los pollos de perdiz, y suponía que anduviese hacia la parte del
camino de Cebre. El abuelo soltó un juramento que usaba a menudo y que
Perucho solía repetir por fanfarronada, y, sin más conversación, se
alejó.
Aseguró Perucho después que le había llamado la atención ver al abuelo
salir sin tomar la escopeta y el sombrerón de alas anchas, prendas que
no soltaba nunca. Semejante idea debió ocurrírsele al chiquillo más
tarde, en vista de los sucesos. Al pronto sólo pensó en alcanzar a
Primitivo, y lo logró en lo alto del camino que baja a los Pazos. Aunque
el cazador iba como el pensamiento, el rapaz corría en regla también.
--¡Anda al demonio! ¿Qué se te ofrece?--gruñó Primitivo al conocer a su
nieto.
--¡Mis dos cuartos!
--Te doy cuatro en casa si me ayudas a buscar por el monte al señorito y
le dices, en cuanto lo veas, lo que me dijiste a mí, ¿entiendes? Que el
capellán está con la señora encerrado en la capilla y que te echaron de
allí para quedar solos.
El angelón fijó sus pupilas límpidas en los fascinadores ojuelos de
víbora de su abuelo; y, sin esperar más instrucciones, abriendo mucho la
boca, salió a galope hacia donde por instinto juzgaba él que el señorito
debía encontrarse. Volaba, con los puños apretados, haciendo saltar
guijarros y tierra al golpe de sus piececillos encallecidos por la
planta. Cruzaba por cima de los tojos sin sentir las espinas, hollando
las flores del rosado brezo, salvando matorrales casi tan altos como su
persona, espantando la liebre oculta detrás de un madroñero o la pega
posada en las ramas bajas del pino. De repente oyó el andar de una
persona y vio al señorito salir de entre el robledal.... Loco de júbilo
se acercó a darle su recado, del cual esperaba albricias. Éstas fueron
la misma palabrota inmunda y atroz que había expectorado su abuelo en la
cocina; y el señorito salió disparado en dirección de los Pazos, como si
un torbellino lo arrebatase.