Acudían allí los curas acompañando y animando al rebaño de electores, a

fin de que no se dejasen dominar por el pánico en el momento de

depositar el voto. Para evitar que «se la jugasen», don Eugenio,

valiéndose del derecho de intervención, sentó en la mesa a un labriego

de los más adictos suyos, con orden terminante de no separar la vista un

minuto de la urna. «¿Tú entendiste, Roque? No me apartas los ojos de

ella, así se hunda el mundo». Instalóse el payo, apoyando los codos en

la mesa y las manos en los carrillos, contemplando de hito en hito la

misteriosa olla, tan fijamente como si intentase alguna experiencia de

hipnotismo. Apenas alentaba, ni se movía más que si fuese hecho de

piedra. Trampeta en persona, que daba sus vueltas por allí, llegó a

impacientarse viendo al inmóvil testigo, pues ya otra olla rellena de

papeletas, cubiertas a gusto del alcalde y del secretario de la mesa, se

escondía debajo de ésta, aguardando ocasión propicia de sustituir a la

verdadera urna. Destacó, pues, un seide encargado de seducir al

vigilante, convidándole a comer, a echar un trago, recurriendo a todo

género de insinuaciones halagüeñas. Tiempo perdido: el centinela ni

siquiera miraba de reojo para ver a su interlocutor: su cabeza redonda,

peluda, sus salientes mandíbulas, sus ojos que no pestañeaban, parecían

imagen de la misma obstinación. Y era preciso sacarle de allí, porque se

acercaba la hora sacramental, las cuatro, y había que ejecutar el

escamoteo de la olla. Trampeta se agitó, hizo a sus adláteres preguntas

referentes a la biografía del vigilante, y averiguó que tenía un pleito

de tercería en la Audiencia, por el cual le habían embargado los bueyes

y los frutos. Acercóse a la mesa disimuladamente, púsole una mano en el

hombro, y gritó: «¡Fulano... ganaste el pleito!». Saltó el labriego,

electrizado. «¡Qué me dices, hombre!». «Se falló en la Audiencia ayer».

«Tú loqueas». «Lo que oyes». En este intervalo el secretario de la mesa

verificaba el trueque de pucheros: ni visto ni oído. El alcalde se

levantó con solemnidad. «¡Señores... se va a proceder al _discutinio_!».

Entra la gente en tropel: comienza la lectura de papeletas; míranse los

curas atónitos, al ver que el nombre de su candidato no aparece «¿Tú te

moviste de ahí?», pregunta el abad de Naya al centinela. «No, señor»,

responde éste con tal acento de sinceridad, que no consentía sospecha.

«Aquí alguien nos vende», articula el abad de Ulloa en voz bronca,

mirando desconfiadamente a don Eugenio. Trampeta, con las manos en los

bolsillos, ríe a socapa.

Tales amaños mermaron de un modo notable la votación del marqués de

Ulloa, dejando cincunscrita la lucha, en el último momento, a disputarse

un corto número de votos, del cual dependía la victoria. Y llegado el

instante crítico, cuando los ulloístas se juzgaban ya dueños del campo,

inclinaron la balanza del lado del gobierno defecciones completamente

impensadas, por no decir abominables traiciones, de personas con quienes

se contaba en absoluto, habiendo respondido de ellas la misma casa de

los Pazos, por boca de su mayordomo. Golpe tan repentino y alevoso no

pudo prevenirse ni evitarse. Primitivo, desmintiendo su acostumbrada

impasibilidad, dio rienda a una cólera furiosa, desatándose en amenazas

absurdas contra los tránsfugas.

Quien se mostró estoico fue Barbacana. La tarde que se supo la pérdida

definitiva de la elección, el abogado estaba en su despacho, rodeado de

tres o cuatro personas. Ahogándose como ballena encallada en una playa y

a quien el mar deja en seco, entró el arcipreste, morado de despecho y

furor. Desplomóse en un sillón de cuero; echó ambas manos a la garganta,

arrancó el alzacuello, los botones de camisa y almilla; y trémulo, con

los espejuelos torcidos y el _fusique_ oprimido en el crispado puño

izquierdo, se enjugó el sudor con un pañuelo de hierbas. La serenidad

del cacique le sacó de tino.

--¡Me pasmo, caramelos! ¡Me pasmo de verle con esa flema! ¿O no sabe lo

que pasa?

--Yo no me apuro por cosas que están previstas. En materia de elecciones

no se me coge a mí de susto.

--¿Usted se esperaba lo que ocurre?

--Como si lo viera. Aquí está el abad de Naya, que puede responder de que

se lo profeticé. No atestiguo con muertos.

--Verdad es--corroboró don Eugenio, harto compungido.

--¿Y entonces, santo de Dios, a qué tenernos embromados?

--No les íbamos a dejar el distrito por suyo sin disputárselo siquiera.

¿Les gustaría a ustedes? Legalmente, el triunfo es nuestro.

--Legalmente.... ¡Toma, caramelos! ¡Legalmente sí, pero vénganos con

legalidades! ¡Y esos Judas condenados que nos faltaron cuando

precisamente pendía de ellos la cosa! ¡El herrero de Gondás, los dos

Ponlles, el albéitar...!

--Ésos no son Judas, no sea inocente, señor arcipreste: ésa es gente

mandada, que acata una consigna. El Judas es otro.

--¿Eeeeh? Ya entiendo, ya.... ¡Hombre, si es cierta esa maldad--que no

puedo convencerme, que se me atraganta--, aún sería poco para el traidor

el castigo de Judas! Pero usted, santo, ¿por qué no le atajó? ¿Por qué

no avisó? ¿Por qué no le arrancó la careta a ese pillo? Si el señor

marqués de Ulloa supiese que tenía en casa al traidor, con atarlo al pie

de la cama y cruzarlo a latigazos.... ¡Su propio mayordomo! No sé cómo

pudo usted estarse así con esa flema.

--Se dice luego; pero mire usted: cuando la elección estriba en una

persona, y no cabe cerciorarse de si está de buena o mala fe, de poco

sirve revelar sospechas.... Hay que aguardar el golpe atado de pies y

manos..., son cosas que se ven a la prueba, y si salen mal, se debe

callar y _guardarlas_....

Al pronunciar la palabra _guardarlas_, el cacique se daba una puñada en

el pecho, cuya concavidad retumbó sordamente, lo mismo que debía

retumbar la de san Jerónimo cuando el santo la hería con el famoso

pedrusco.

Y algo se asemejaba Barbacana al tipo de los san Jerónimos de escuela

española, amojamados y huesudos, caracterizados por la luenga y

enmarañada barba y el sombrío fuego de las pupilas negras.

--De aquí no salen--añadió con torvo acento--, y aquí no pierden el tiempo,

que todavía nadie se la hizo a Barbacana sin que algún día se la pagase.

Y respecto del Judas, ¿cómo quería usted que lo pudiésemos

desenmascarar, si ahora, lo mismo que en tiempo de la pasión de Nuestro

Señor Jesucristo, tenía la bolsa en la mano? A ver, señor arcipreste,

¿quién nos ha facilitado las municiones para esta batalla?

--¿Que quién las ha facilitado? En realidad de verdad, la casa de Ulloa.

--¿Las tenía disponibles? ¿Sí o no? Ahí está el toque. Como esas casas no

son más que vanidad y vanidad, por no confesar que le faltaban los

cuartos y no pedirlos a una persona de conocida honradez, pongo por

ejemplo, un servidor, va y los recibe de un pillastre, de una

sanguijuela que le está chupando cuanto posee.

--Buenas cosas van a decir de nosotros los badulaques de la Junta de

Orense. Que somos unos estafermos y que no servimos para nada. ¡Perder

una elección! Es la primera vez de mi vida.

--No. Que escogimos un candidato muy simple. Hablando en plata, eso es lo

que dirá la Junta de Orense.

--Poco a poco--exclamó el arcipreste dispuesto a romper lanzas por su caro

señorito--. No estamos conformes....

Aquí llegaban de su plática, y el auditorio, que se componía, además del

abad de Naya, del de Boán y del señorito de Limioso, guardaba el

silencio de la humillación y la derrota. De repente un espantoso

estruendo, formado por los más discordantes y fieros ruidos que pueden

desgarrar el tímpano humano, asordó la estancia. Sartenes rascadas con

tenedores y cucharas de hierro; tiestos de cocina tocados como címbalos;

cacerolas, dentro de las cuales se agitaba en vertiginoso remolino un

molinillo de batir chocolate; peroles de cobre en que tañían broncas

campanadas fuertes manos de almirez; latas atadas a un cordel y

arrastradas por el suelo; trébedes repicados con varillas de hierro, y,

por cima de todo, la lúgubre y ronca voz del cuerno, y la horrenda

vociferación de muchas gargantas humanas, con esa cavernosidad que

comunica a la laringe el exceso de vino en el estómago. Realmente

acababan los bienaventurados músicos de agotar una redonda corambre, que

en la Casa Consistorial les había brindado la munificencia del

secretario. Por entonces aún ignoraban los electores campesinos ciertos

refinamientos, y no sabían pedir del _vino que hierve y hace espuma_,

como algunos años después, contentándose con buen tinto empecinado del

Borde. Al través de las vidrieras de Barbacana penetraba, junto con el

sonido de los hórridos instrumentos y descompasada gritería, vaho

vinoso, el olor tabernario de aquella patulea, ebria de algo más que del

triunfo. El arcipreste se enderezaba los espejuelos; su rostro

congestionado revelaba inquietud. El cura de Boán fruncía el cano

entrecejo. Don Eugenio se inclinaba a echarlo todo a broma. El señorito

de Limioso, resuelto y tranquilo, se aproximó a la ventana, alzó un

visillo y miró.

La cencerrada proseguía, implacable, frenética, azotando y arañando el

aire como una multitud de gatos en celo el tejado donde pelean;

súbitamente, de entre el alboroto grotesco se destacó un clamor que en

España siempre tiene mucho de trágico: un _muera_.

--¡Muera el Terso!

Un enjambre de _mueras_ y _vivas_ salió tras el primero.

--¡Mueran los curas!

--¡Muera la tiranía!

--¡Viva Cebre y nuestro diputado!

--¡Viva la Soberanía Nacional!

--¡Muera el marqués de Ulloa!

Más enérgico, más intencionado, más claro que los restantes, brotó este

grito:

--¡Muera el ladrón _faucioso_ Barbacana!

Y el vocerío, unánime, repitió:

--¡Mueraaaa!

Instantáneamente apareció junto a la mesa del abogado un hombre de

siniestra catadura, hasta entonces oculto en un rincón. No vestía como

los labriegos, sino como persona de baja condición en la ciudad:

chaqueta de paño negro, faja roja y hongo gris; patillas cortas, de boca

de hacha, redoblaban la dureza de su fisonomía, abultada de pómulos y

ancha de sienes. Uno de sus hundidos ojuelos verdes relucía felinamente;

el otro, inmóvil y cubierto con gruesa nube blanca, semejaba hecho de

cristal cuajado.

Abriendo Barbacana el cajón de su pupitre, sacaba de él dos enormes

pistolas de arzón, prehistóricas sin duda, y las reconocía para

cerciorarse de que estaban cargadas. Mirando al aparecido fijamente,

pareció ofrecérselas con leve enarcamiento de cejas. Por toda respuesta,

el Tuerto de Castrodorna hizo asomar al borde de su faja el extremo de

una navaja de cachas amarillas, que volvió a ocultar al punto. El

arcipreste, que había perdido los bríos con la obesidad y los años,

sobresaltóse mucho.

--Déjese de calaveradas, mi amigo. Por si acaso, me parece oportuno salir

por la puerta de atrás. ¿Eh? No es cosa de aguardar a que esos

incircuncisos vengan aquí a darle a uno tósigo.

Mas ya el cura de Boán y el señorito de Limioso, unidos al Tuerto,

formaban un grupo lleno de decisión. El señorito de Limioso, no

desmintiendo su vieja sangre hidalga, aguardaba sosegadamente, sin

fanfarronería alguna, pero con impávido corazón; el abad de Boán, nacido

con más vocación de guerrillero que de misacantano, apretaba con júbilo

la pistola, olfateaba el peligro, y, a ser caballo, hubiera relinchado

de gozo; el Tuerto, encogido y crispado como un tigre, se situaba detrás

de la puerta a fin de destripar a mansalva al primero que entrase.

--No tenga miedo, señor arcipreste...--murmuró gravemente Barbacana--.

Perro que ladra no muerde. Ni a romperme un vidrio se atreverán esos

bocalanes. Pero conviene estar dispuesto, por si acaso, a enseñarles los

dientes.

Resonaban nutridos y feroces los _mueras_; mas en efecto, ni una piedra

sola venía a herir los cristales. El señorito de Limioso se acercó otra

vez, levantó el visillo y llamó a don Eugenio.

--Mire, Naya, mire para aquí.... Buena gana tienen de subir ni de tirar

piedras.... Están bailando.

Don Eugenio se llegó a la vidriera y soltó la carcajada. Entre la

patulea de beodos, dos seides de Trampeta, carcelero el uno, el otro

alguacil, trataban de calentar a algunos de los que chillaban más

fuerte, para que atacasen la morada del abogado; señalaban a la puerta,

indicaban con ademanes elocuentes lo fácil que sería echarla abajo y

entrar. Pero los borrachos, que no por estarlo perdían la cautelosa

prudencia, el saludable temor que inspira el cacique al labriego, se

hacían los desentendidos, limitándose a berrear, a herir cazos y

sartenes con más furia. Y en el centro del corro, al compás de los

almireces y cacerolas, brincaban como locos los más tomados de la

bebida, los verdaderos pellejos.

--Señores--dijo en grave y enronquecida voz Ramón Limioso--: Es siquiera

una mala vergüenza que esos pillos nos tengan aquí sitiados.... Me dan

ganas de salir y pegarles una corrida, que no paren hasta el

Ayuntamiento.

--Hombre--gruñó el abad de Boán--, usted poco habla, pero bueno. Vamos a

meterles miedo, ¡_quoniam_! Estornudando solamente, espanto yo media

docena de esos pellejones.

No pronunció el Tuerto palabra; únicamente su ojo verdoso se encendió

con fosfórica luz, y miró a Barbacana, como pidiéndole permiso de tomar

parte en la empresa. Barbacana hizo con la cabeza señal afirmativa, pero

le indicó al mismo tiempo que guardase la navaja.

--Tiene razón--exclamó el hidalgo de Limioso, enderezando la cabeza y

dilatando las ventanillas de la nariz con altanera expresión, muy

desusada en su lánguida y triste faz--. A esa gente, a palos y latigazos

se les sacude el polvo. No ensuciar un arma que uno usa para el monte,

para las perdices y las liebres, que valen más que ellos (fuera el

alma).

Y al decir _fuera el alma_, persignóse el señorito.

--Tengan miramiento, hombre, tengan miramiento...--murmuraba el arcipreste

difícilmente, extendiendo las manos como para calmar los ánimos

irritados. (¡Cuán lejos estaban los tiempos belicosos en que aseguraba

una elección a puntapiés!)

Barbacana no se opuso a la hazaña; al contrario, pasó a otra estancia y

volvió con un haz de junquillos, palos y bastones. El cura de Boán no

quiso más garrote que el suyo, que era formidable; Ramón Limioso, fiel a

su desdén de la grey villana, asió el látigo más delgado, un latiguillo

de montar. El Tuerto empuñó una especie de tralla, que, manejada por

diestra vigorosa, debía ser de terrible efecto.

Bajaron cautelosamente la escalera, cuidando de no zapatear, previsión

que el endiablado estrépito de la cencerrada hacía de todo punto ociosa.

Tenía la puerta su tranca y los cerrojos corridos, medida de precaución

adoptada por la cocinera del abogado así que oyó estruendo de motín. El

abad de Boán los descorrió impetuosamente, el Tuerto sacó la tranca,

giró la llave en la cerradura, y clérigos y seglares se lanzaron contra

la canalla sin avisar ni dar voces, con los dientes apretados,

chispeantes los ojos, blandiendo látigos y esgrimiendo garrotes.

No habrían transcurrido cinco minutos cuando Barbacana, que por detrás

de los visillos registraba el teatro del combate, sonrió

silenciosamente, o más bien regañó los labios, descubriendo la amarilla

dentadura, y apretó con nerviosa violencia la barandilla de la ventana.

En todas direcciones huían los despavoridos borrachos, chillando como si

los cargase un regimiento de caballería a galope: algunos tropezaban y

caían de bruces, y la tralla del Tuerto se les enroscaba alrededor de

los lomos, arrancándoles alaridos de dolor. Fustigaba el hidalgo de

Limioso con menos crueldad, pero con soberano desprecio, como se

fustigaría a una piara de marranos. El cura de Boán sacudía estacazo

limpio, con regularidad y energía infatigables. El de Naya, incapaz de

mantenerse dentro de los límites de su papel justiciero, insultaba, reía

y vapuleaba a un mismo tiempo a los beodos.

--¡Anda, tinaja, cuba, mosquito! ¡Toma, toma, para que vuelvas otra vez,

pellejo, odre! ¡Ve a dormir la mona, cuero! ¡A la taberna con tus

huesos, _larpán_, tonel de mosto! ¡A la cárcel, borrachos, a vomitar lo

que tenéis en esas tripas!

Limpia estaba la calle; más limpia ya que una patena: silencio profundo

había sustituido al vocerío, a los _mueras_ y a la cencerrada feroz. Por

el suelo quedaban esparcidos despojos de la batalla: cazos, almireces,

cuernos de buey. En la escalera se oía el ruido de los vencedores, que

subían celebrando el fácil triunfo. Delante de todos entró don Eugenio,

que se echó en una butaca partiéndose a carcajadas y palmoteando. El

cura de Boán le seguía limpiándose el sudor. Ramón Limioso, serio y aún

melancólico, se limitó a entregar a Barbacana el latiguillo, sin

despegar los labios.

--¡Van... buenos!--tartamudeó el abad de Naya reventando de risa.

--Yo _mallé_ en ellos... ¡como quien _malla_ en centeno!--exclamó

respirando con placer el de Boán.

--Pues yo--explicó el hidalgo--, si supiese que habían de ser tan cobardes

y echar a correr sin volvérsenos siquiera, a fe que no me tomo el

trabajo de salir.

--No se fíen--observó el arcipreste--. Ahora en el Ayuntamiento los

avergüenza Trampeta, y capaz es de venir acá en persona con los

incircuncisos a darle un susto al señor Licenciado (así llamaban a

Barbacana familiarmente sus amigos). Por si acaso, es prudente que estos

señores pasen aquí la noche. Yo tengo que misar mañana en Loiro, y mi

hermana estará muerta de miedo..., que si no....

--Nada de eso--replicó perentoriamente Barbacana--. Estos señores se

vuelven cada uno a su casa. No hay cuidado ninguno. A mí... me basta con

este mozo--añadió señalando al Tuerto, agazapado otra vez en su rincón.

No fue posible reducir al cacique a que aceptase la guardia de honor que

le ofrecían. Por otra parte, no se notaba síntoma alguno de que hubiese

de alterarse el orden nuevamente. Ni se oían a lo lejos vociferaciones

de electores victoriosos. El soñoliento silencio de los pueblecillos

pequeños y sin vida pesaba sobre la villa de Cebre. Tres héroes de la

gran batida, y el arcipreste con ellos, salieron a caballo hacia la

montaña. No iban cabizbajos, a fuer de muñidores electorales derrotados,

sino llenos de regocijo, con gran cháchara y broma, celebrando a más y

mejor la somanta administrada a los borrachines cencerreadores. Don

Eugenio estaba inspirado, oportuno, bullanguero, ocurrentísimo en una

palabra; había que oírle remedar los aullidos y la caída de los ebrios

en el lodo de la calle, y el gesto que ponía el cura de Boán al _majar_

en ellos.

Barbacana se quedó solo con el Tuerto. Si alguno de los molidos músicos

de la cencerrada se atreviese a asomar la cabeza y mirar hacia las

ventanas del cacique, vería que, por fanfarronada o por descuido, no

estaban cerradas las maderas, y podría distinguir, al través de los

visillos y destacándose sobre el fondo de la habitación alumbrada por el

quinqué, las cabezas del abogado y de su feroz defensor y seide. Sin

duda hablaban de algo importante, porque la plática fue larga. Una hora

o algo más corrió desde que encendieron la luz hasta que las maderas se

cerraron, quedando la casa silenciosa, torva y sombría como quien oculta

algún negro secreto.

-XXVII-

La persona en quien se notó mayor sentimiento por la pérdida de las

elecciones fue Nucha. Desde la derrota, se desmejoró más de lo que

estaba, y creció su abatimiento físico y moral. Apenas salía de su

habitación donde vivía esclava de su niña, cosida a ella día y noche. En

la mesa, mientras comía poco y sin gana, guardaba silencio, y a veces

Julián, que no apartaba los ojos de la señorita, la veía mover los

labios, cosa frecuente en las personas poseídas de una idea fija, que

hablan para sí, sin emitir la voz. Don Pedro, como nunca huraño, no se

tomaba el trabajo de intentar un asomo de conversación. Mascaba firme,

bebía seco, y tenía los ojos fijos en el plato, cuando no en las vigas

del techo; jamás en sus comensales.

Tan deshecha y acabada le parecía al capellán la señorita, que un día se

atrevió, venciendo recelos inexplicables, a llamar aparte a don Pedro,

preguntándole en voz entrecortada si no sería bueno avisar al señor de

Juncal, para que viese....

--¿Está usted loco?--respondió don Pedro, fulminándole una mirada

despreciativa--. ¿Llamar a Juncal..., después de lo que trabajó contra mí

en las elecciones? Máximo Juncal no atravesará más las puertas de esta

casa.

No replicó el capellán, pero pocos días después, volviendo de Naya, se

tropezó con el médico. Éste detuvo su caballejo, y, sin apearse,

contestó a las preguntas de Julián.

--«Puede ser grave...». Quedó muy débil del parto, y necesitaba cuidados

exquisitos.... Las mujeres nerviosas sanan del cuerpo cuando se les

tranquiliza y se les distrae el espíritu.... Mire, Julián, tendríamos que

hablar para seis horas si yo le dijese todo lo que pienso de esa infeliz

señorita, y de esos Pazos.... Punto en boca.... Bonito diputado querían

ustedes enviar a las Cortes.... Más valdría que sus padres lo hubiesen

mandado a la escuela....

Puede ser grave.... Esto principalmente se estampó en el pensamiento de

Julián. Sí que podía ser grave: ¿Y de qué medios disponía él para

conjurar la enfermedad y la muerte? De ninguno. Envidió a los médicos.

Él sólo tenía facultades para curar el espíritu: ni aun ésas le servían,

pues Nucha no se confesaba con él; y hasta la idea de que se confesase,

de ver desnuda un alma tan hermosa, le turbaba y confundía.

Muchas veces había pensado en semejante probabilidad: cualquier día era

fácil que Nucha, por necesidad de desahogo y de consuelo, viniese a

echársele a los pies en el tribunal de la penitencia y a demandarle

consejos, fuerza, resignación. «¿Y quién soy yo--se decía Julián--para

guiar a una persona como la señorita Marcelina? Ni tengo edad, ni

experiencia, ni sabiduría suficiente; y lo peor es que también me falta

virtud, porque yo debía aceptar gustoso todos los padecimientos de la

señorita, creer que Dios se los envía para probarla, para acrecentar sus

méritos, para darle mayor cantidad de gloria en el otro mundo... y soy

tan malo, tan carnal, tan ciego, tan inepto, que me paso la vida dudando

de la bondad divina porque veo a esta pobre señora entre adversidades y

tribulaciones pasajeras.... Pues no ha de ser así--resolvía el capellán

con esfuerzo--. He de abrir los ojos, que para eso tengo la luz de la fe,

negada a los incrédulos, a los impíos, a los que están en pecado mortal.

Si la señorita me viene a pedir que le ayude a llevar la cruz,

enseñémosle a que la abrace amorosamente. Es necesario que comprenda

ella, y yo también, lo que significa esa cruz. Con ella se va a la

felicidad única y verdadera. Por muy dichosa que fuese la señorita aquí

en el mundo, vamos a ver, ¿cuánto tiempo y de qué manera podría serlo?

Aunque su marido la... estimase como merece, y la pusiese sobre las

niñas de sus ojos, ¿se libraría por eso de contrariedades, enfermedades,

vejez y muerte? Y cuando llega la hora de la muerte, ¿qué importa ni de

qué sirve haber pasado un poco más alegre y tranquila esta vidilla

perecedera y despreciable?».

Tenía Julián a la mano siempre un ejemplar de la _Imitación de Cristo_;

era la modesta edición de la Librería religiosa, y castiza y admirable

traducción del P. Nieremberg. Al frente de la portada había un grabado,

bien ínfimo como obra de arte, que proporcionaba al capellán mucho

alivio cada vez que fijaba sus ojos en él. Representaba una colina, el

Calvario; y por el estrecho sendero que conducía al lugar del suplicio,

iba subiendo lentamente Jesús, con la cruz a cuestas, y el rostro vuelto

hacia un fraile que allá en lontananza se echaba otra cruz al hombro.

Aunque malo el dibujo y peor el desempeño, respiraba aquel grabado una

especie de resignación melancólica, adecuada a la situación moral del

presbítero. Y después de haberlo contemplado despacio, parecíale sentir

en los hombros una pesadumbre abrumadora y dulcísima a la vez, y una

calma honda, como si se encontrase--calculaba él para sí--sepultado en el

fondo del mar, y el agua le rodease por todas partes, sin ahogarle.

Entonces leía párrafos del libro de oro, que se le entraban en el alma a

manera de hierro enrojecido en la carne:

Los pazos de Ulloa · 第 17 / 20 段