llevo un mes de _porclamar_ en todos lados que no hay semejante marqués,
que el gobierno le ha sacado el título para dárselo a otro más liberal,
y que ese título de marqués quien se lo ha ofrecido es Carlos siete,
para cuando venga la Inquisición y el diezmo, como usted me enseña....
--Adelante, adelante--exclamó el Gobernador, que aquel día debía estar
nervioso--. Decía usted que el marqués o lo que sea... en vista de las
circunstancias....
--No reparará en un par de miles de duros más o menos, no señor.
--¿Si no los tenía, los habrá pedido?
--¡_Catá_! Los ha pedido a su suegro de Santiago; y como el suegro de
Santiago no tiene tampoco una peseta disponible, como usted me enseña...
héteme aquí que se los ha dado el suegro de los Pazos.
--¿Se le cuentan dos suegros a ese candidato carlista?--preguntó el
gobernador, que a su pesar se divertía con los chismes del secretario.
--No será el primero, como usted me enseña--dijo Trampeta riéndose de la
chuscada--. Ya entiende por quién hablo.... ¿eh?
--¡Ah!, sí, la muchacha ésa que vivía en la casa antes de que Moscoso se
casase, y de la cual tiene un hijo.... Ya ve usted cómo me acuerdo.
--El hijo... el hijo será de quien Dios disponga, señor gobernador.... Su
madre lo sabrá..., si es que lo sabe.
--Bien, eso para la elección importa un rábano.... Al grano: los recursos
de que Moscoso dispone....
--Pues se los ha facilitado el mayordomo, el Primitivo, el suegro _de
cultis_.... Y usted me preguntará: ¿cómo un infeliz mayordomo tiene miles
de duros? Y yo respondo: prestando a réditos del ocho por ciento al mes,
y más los años de hambre, y metiendo miedo a todo el mundo para que le
paguen bien y no le nieguen una miserable deuda de un duro...--Y usted
dirá: ¿de dónde saca ese Primitivo o ese ladrón el dinero para
prestar?--Y yo replico: del bolsillo de su mismo amo, robándole en la
venta del fruto, dándolo a un precio y abonándoselo a otro, engañándole
en la administración y en los arriendos, pegándosela, como usted me
enseña, por activa y por pasiva...--Y usted dirá....
Este modo dialogado era un recurso de la oratoria trampetil, del cual
echaba mano cuando quería persuadir al auditorio. El gobernador le
interrumpió:
--Con permiso de usted lo diré yo mismo. ¿Qué cuenta le tiene a ese
galopín prestarle a su amo los miles de duros que tan trabajosamente le
ha cogido?
--¡Me caso!...--votó el secretario--. Los miles de duros, como usted me
enseña, no se prestan sin hipoteca, sin garantías de una _clás_ o de
otra, y el Primitivo no ha nacido en el año de los tontos. Así queda
seguro el capital y el amo sujeto.
--Comprendo, comprendo--articuló con viveza el Gobernador. Queriendo dar
una muestra de su penetración, añadió:--Y le conviene sacar diputado al
señorito, para disponer de más influencia en el país y poder hacer todo
cuanto le acomode....
Trampeta miró al funcionario con la mezcla de asombro y de gozosa ironía
que las personas de educación inferior muestran cuando oyen a las más
elevadas decir una simpleza gorda.
--Como usted me enseña, señor gobernador--pronunció--, no hay nada de
eso.... Don Pedro, diputado de oposición o independiente o conforme les
dé la gana de llamarle, servirá de tanto a los suyos como la carabina de
Ambrosio.... Primitivo, arrimándose a un servidor de usted o al judío,
con perdón, de Barbacana, conseguiría lo que quisiese ¿eh?, sin
necesidad de sacar diputado al amo.... Y Primitivo, hasta que le dio la
ventolera, siempre fue de los míos.... Zorro como él no lo hay en toda la
provincia... Ése ha de acabar por envolvernos a Barbacana y a mí.
--Y entonces Barbacana ¿por qué se ha declarado a favor del señorito?
--Porque Barbacana va con los curas a donde lo lleven. Ya sabe lo que
hace.... Usted, un suponer, está ahí hoy y se larga mañana; pero los
curas están siempre, y lo mismo el señorío... los Limiosos, los
Méndez....
Y dando suelta al torrente de su rencor, el cacique añadió apretando los
puños:
--¡Me caso con Dios! Mientras no hundamos a Barbacana, no se hará nada en
Cebre.
--¡Corriente! Pues facilítenos usted la manera de hundirlo. Ganas no
faltan.
Trampeta se quedó un rato pensativo, y con la cuadrada uña del pulgar,
quemada del cigarro, se rascó la perilla.
--Lo que yo cavilo es ¿qué cuenta le tendrá al raposo de Primitivo esta
diputación del amo?... Ahora se aprovecha de dos cosas: lo que le pilla
como hipoteca y lo que le mama corriendo con los gastos electorales y
presentándole luego, como usted me enseña, las cuentas del Gran
Capitán.... Pero si vencen y me hacen diputado a mi señor don Pedro, y
éste vuela para _Madrí_, y allí pide cuartos por otro lado, que sí
pedirá, y abre el ojo para ver las picardías de su mayordomo, y no se
vuelve a acordar de la moza ni del chiquillo..., entonces....
Tornó a rascarse la perilla, suspenso y meditabundo, como el que
persigue la solución de un problema muy intrincado. Sus agudísimas
facultades intelectuales estaban todas en ejercicio. Pero no daba con el
cabo de la madeja.
--Al caso--insistió el gobernador--. De lo que se trata es de que no nos
derroten vergonzosamente. El candidato es primo del ministro; hemos
respondido de la elección.
--Contra el candidato de la Junta de Orense.
--¿Piensa usted que allá admiten esas distinciones? Estamos a triunfar
contra cualquiera. No andemos con circunloquios; ¿cree usted que vamos a
salir rabo entre piernas? ¿Sí o no?
Trampeta permanecía indeciso. Al cabo levantó la faz, con el orgullo de
un gran estratégico, seguro siempre de inventar algún ardid para burlar
al enemigo.
--Mire usted--dijo--, hasta la fecha Barbacana no ha podido acabar con este
cura, aunque me ha jugado dos o tres buenas.... Pero a jugarlas no me
gana él ni Dios.... Sólo que a mí no se me ocurren las mejores tretas
hasta que tocan a romper el fuego.... Entonces ni el diablo discurre lo
que yo discurro. Tengo aquí--y se dio una puñada en la negruzca
frente--una cosa que rebulle, pero que aún no sale por más que hago....
Saldrá, como usted me enseña, cuando llegue el mismísimo punto
_resfinado_ de la ocasión....
Y blandiendo el brazo derecho repetidas veces de arriba abajo, como un
sable, añadió en voz hueca:
--Fuera miedo. ¡Se gana!
Mientras el secretario cabildeaba con la primera autoridad civil de la
provincia, Barbacana daba audiencia al Arcipreste de Loiro, que había
querido ir en persona a tomar noticias de cómo andaban los negocios por
Cebre, y se arrellanaba en el despacho del abogado, sorbiendo, por
_fusique_ de plata, polvos de un rapé Macuba, que acaso nadie gastaba ya
sino él en toda Galicia, y que le traían de contrabando, con gran
misterio y cobrándole un dineral.
El Arcipreste, a quien en Santiago conocían por el apodo de _Sobres de
Envelopes_, a causa de una candorosa pregunta en mal hora formulada en
una tienda, había sido en otro tiempo, cuando simple abad de Anles, el
mejor instrumento electoral conocido. Dijéronle una vez que iba perdida
la elección que él manejaba; gritó él furioso: «¿Perder el cura de Anles
una elección?», y, al gritar, dio el más soberano puntapié a la urna,
que era un puchero, haciéndola volar en miles de pedazos, desparramando
las cédulas y logrando, con tan sencillo expediente, que su candidato
triunfase. La hazaña le valió la gran cruz de Isabel la Católica. En el
día, obesidad, años y sordera le impedían tomar parte activa; pero
quedábale la afición y el compás, no habiendo para él cosa tan gustosa
como un electoral cotarro.
Siempre que el arcipreste venía a Cebre, pasaba un ratito en el estanco
y cartería, donde se charlaba de política por los codos, se leían
papeles de Madrid, y se enmendaba la plana a todos los gobernantes y
estadistas habidos y por haber, oyéndose a menudo frases del corte
siguiente: «Yo, Presidente del Consejo de Ministros, arreglo eso de una
plumada». «Yo que Prim, no me arredro por tan poco». Y aún solía
levantarse la voz de algún tonsurado exclamando: «Pónganme a mí donde
está el Papa, y verán cómo lo resuelvo mucho mejor en un periquete».
Al salir de casa de Barbacana, encontró el arcipreste en la cartería al
juez y al escribano, y a la puerta a don Eugenio, desatando su yegua de
una argolla y dispuesto a montar.
--Aguárdate un poco, Naya--le dijo familiarmente, dándole, según costumbre
entre curas, el nombre de su parroquia--. Voy a ver los partes de los
periódicos, y después nos largamos juntos.
--Yo tomo hacia los Pazos.
--Yo también. Di allá en la posada que me traigan aquí la mula.
Cumplió don Eugenio el encargo diligentemente, y a poco ambos
eclesiásticos, envueltos en cumplidos montecristos, atados los sombreros
por debajo de la barba con un pañuelo para que no se los llevase el
viento fuerte que corría, bajaban el repecho de la carretera al sosegado
paso de sus monturas. Naturalmente hablaban de la batalla próxima, del
candidato y de otras particularidades referentes a la elección. El
arcipreste lo veía todo muy de color de rosa, y estaba tan cierto de
vencer, que ya pensaba en llevar la música de Cebre a los Pazos para dar
serenata al diputado electo. Don Eugenio, aunque animado, no se las
prometía tan felices. El gobierno dispone de mucha fuerza, ¡qué
diantre!, y cuando ve la cosa mal parada recurre a la coacción, haciendo
las elecciones por medio de la Guardia Civil. Todo eso de Cortes era,
según dicho del abad de Boán, una solemnísima farsa.
--Pues por esta vez--contestaba el arcipreste, manoteando y bufando para
desenredarse de la esclavina del montecristo, que el viento le envolvía
alrededor de la cara--, por esta vez, les hemos de hacer tragar saliva.
Al menos el distrito de Cebre enviará al congreso una persona decente,
hijo del país, jefe de una casa respetable y antigua, que nos conoce
mejor que esos pillastres venidos de fuera.
--Eso es muy cierto--respondió don Eugenio, que rara vez contradecía de
frente a sus interlocutores--; a mí me gusta, como al que más, que la
casa de los Pazos de Ulloa represente a Cebre; y si no fuese por cosas
que todos sabemos....
El arcipreste, muy grave, sorbió el _fusique_ o cañuto. Amaba
entrañablemente a don Pedro, a quien, como suele decirse, había visto
nacer, y además profesaba el principio de respetar la alcurnia.
--Bien, hombre, bien--gruñó--, dejémonos de murmuraciones....
Cada uno tiene sus defectos y sus pecados, y a Dios dará cuenta
de ellos. No hay que meterse en vidas ajenas.
Don Eugenio, como si no entendiese, insistió, repitiendo cuanto acaba de
oír en la cartería de Cebre, donde se bordaban con escandalosos
comentarios las noticias dadas por Trampeta al gobernador de la
provincia. Todo lo refería gritando bastante, a fin de que el punto de
sordera del arcipreste, agravado por el viento, no le impidiese percibir
lo más sustancial del discurso. El travieso y maleante clérigo gozaba lo
indecible viendo al arcipreste sofocado, abotargado, con la mano en la
oreja a guisa de embudo, o introduciendo rabiosamente el _fusique_ en
las narices. Cebre, según don Eugenio, hervía en indignación contra don
Pedro Moscoso; los aldeanos lo querían bien; pero en la villa, dominada
por gentes que protegía Trampeta, se contaban horrores de los Pazos. De
algunos días acá, justamente desde la candidatura del marqués, se había
despertado en la población de Cebre un santo odio al pecado, una
reprobación del concubinato y la bastardía, un sentimiento tan exquisito
de rectitud y moralidad, que asombraba; siendo de advertir que este
acceso de virtud se notaba únicamente en los satélites del secretario,
gente en su mayoría de la cáscara amarga y nada edificante en su
conducta. Al enterarse de tales cosas, el arcipreste se amorataba de
furor.
--¡Fariseos, escribas!--rebufaba--. ¡Y luego nos llamarán a nosotros
hipócritas! ¡Miren ustedes qué recato, qué decoro y qué vergüenza les ha
entrado a los incircuncisos de Cebre! (en boca del arcipreste,
_incircunciso_ era tremenda injuria). Como si el que más y el que menos
de ese atajo de tunantes no tuviese hechos méritos para ir a presidio...
y al palo, sí señor, ¡al palo!
Don Eugenio no podía contener la risa.
--Hace siete años, la friolera de siete años--tartamudeó el arcipreste
calmándose un poco, pero respirando trabajosamente a causa del mucho
viento--, siete añitos que en los Pazos sucede... eso que tanto les
asusta ahora.... Y maldito si se han acordado de decir esta boca es mía.
Pero con las elecciones.... ¡Qué condenado de aire! Vamos a volar,
muchacho.
--Pues aún murmuran cosas peores--gritó el de Naya.
--¿Eh? Si no se oye nada con este vendaval.
--Que aún dicen cosas más serias--voceó don Eugenio, pegando su inquieta
yegüecilla a la reverenda mula del arcipreste.
--Dirán que nos van a fusilar a todos.... Lo que es a mí, ya me amenazó el
secretario con formarme siete causas y meterme en chirona.
--Qué causas ni qué.... Baje usted la cabeza.... Así.... Aunque estamos
solos no quiero gritar mucho....
Agarrado don Eugenio al montecristo de su compañero, le explicó desde
cerca algo que las alas del nordeste se llevaron aprisa, con estridente
y burlón silbido.
--¡Caramelos!--rugió el arcipreste, sin que se le ocurriese una sola
palabra más. Tardó aún cosa de dos minutos en recobrar la expedición de
la lengua y en poder escupir al ventarrón, cada vez más desencadenado y
furioso, una retahíla de injurias contra los infames calumniadores del
partido de Trampeta. El granuja de don Eugenio le dejó desahogar, y
luego añadió:
--Aún hay más, más.
--¿Y qué más puede haber? ¿Dicen también que el señorito don Pedro sale a
robar a los caminos? ¡Canalla de incircuncisos ésos, sin más Dios ni más
ley que su panza!
--Aseguran que la noticia viene por persona de la misma casa.
--¿Eeeeh? Cargue el diablo con el viento.
--Que la noticia viene por persona de la misma casa de los Pazos.... ¿Ya
me entiende usted?--Y don Eugenio guiñó el ojo.
--Ya entiendo, ya.... ¡Corazones de perro, lenguas de escorpión! Una
señorita que es la honradez en persona, de una familia tan buena, no
despreciando a nadie..., ¡y calumniarla, y para más con un ordenado de
misa! ¡Liberaluchos indecentes, de éstos de por aquí, que se venden tres
al cuarto! ¡Pero cómo está el mundo, Naya, cómo está el mundo!
--Pues también añaden....
--¡Caramelos! ¿Acabarás hoy? ¡Qué tormenta se prepara, María Santísima!
¡Qué viento... qué viento!
--Atiéndame, que esto no lo dicen ellos, sino Barbacana. Que esa persona
de la casa--Primitivo, vamos--nos va a hacer una perrería gorda en la
elección.
--¿Eeeh? ¿Tú _seque_ chocheas? Para, mula, a ver si oigo mejor. ¿Que
Primitivo...?
--No es seguro, no es seguro, no es seguro--vociferó el abad de Naya, que
se divertía más que en un sainete.
--¡Por vida de lo que malgasto, que esto ya pasa de raya! Hazme el favor
de no volverme loco, ¿eh?, que para eso bastante tengo con el viento
maldito. ¡No quiero oír, no quiero oír más!--declaró esto en ocasión que
su montecristo se alzaba rápidamente a impulsos de una ráfaga mayor, y
se volvía todo hacia arriba, dejando al arcipreste como suelen pintar a
Venus en la concha. Así que logró remediar el percance, hizo trotar a su
mula, y no se oyó en el camino más voz que la del nordeste, que allá a
lo lejos, sacudiendo castañares y robledales, remedaba majestuosa
sinfonía.
-XXVI-
Amortiguada la primera impresión, no se atrevía Julián a interrogar a
Nucha sobre lo que había visto. Hasta recelaba ir al cuarto de la
señorita. Algún fundamento tenía este recelo. Aunque de suyo confiado,
creía notar el capellán que le espiaban. ¿Quién? Todo el mundo:
Primitivo, Sabel, la vieja bruja, los criados. Como sentimos de noche,
sin verla, la niebla húmeda que nos penetra y envuelve, así sentía
Julián la desconfianza, la malevolencia, la sospecha, la odiosidad que
iba espesándose en torno suyo. Era cosa indefinible, pero patente. En
dos o tres funciones a que asistió, figurósele que los curas le hablaban
con acento hostil, que el arcipreste le examinaba frunciendo el
entrecejo, y que únicamente don Eugenio le manifestaba la acostumbrada
cordialidad. Pero acaso fuesen éstas vanas cavilaciones, y quizás soñaba
también al imaginarse que, a la mesa, don Pedro seguía continuamente la
dirección de sus ojos y acechaba sus movimientos. Esto le fatigaba tanto
más cuanto que un irresistible anhelo le obligaba a mirar a Nucha muy a
menudo, reparando a hurtadillas si estaba más delgada, si comía con buen
apetito, si se notaba _algo_ nuevo en sus muñecas. La señal, oscura el
primer día, fue verdeando y desapareciendo.
La necesidad de ver a la niña acabó por poder más que las vacilaciones
de Julián. Arreglada ya la capilla, sólo en la habitación de su madre
podía verla, y allí fue, no bastándole el beso robado en el corredor,
cuando el ama lo cruzaba con la nena en brazos. Iba la criatura saliendo
de esa edad en que los niños parecen un lío de trapos, y sin perder la
gracia y atractivo del ser indefenso y débil, tenía el encanto de la
personalidad, de la soltura cada vez mayor de sus movimientos y
conciencia de sus actos. Ya adoptaba posturas de ángel de Murillo; ya
cogía un objeto y acertaba a llevarlo a la cálida boca, en la
impaciencia de la dentición retrasada; ya ejecutaba con indecible
monería ese movimiento cautivador entre todos los de los niños pequeños,
de tender no sólo los brazos, sino el cuerpo entero, con abandono
absoluto, hacia la persona que les es simpática; actitud que las
nodrizas llaman _irse con la gente_. Hacía tiempo que la pequeña
redoblaba la risa, y su carcajada melodiosa, repentina y breve, era sólo
comparable a gorjeo de pájaro. Ningún sonido articulado salía aún de su
boca, pero sabía expresar divinamente, con las onomatopeyas que según
ciertos filólogos fueron base del lenguaje primitivo, todos sus afectos
y antojos; en su cráneo, que empezaba a solidificarse, por más que en el
centro latiese aún la abierta mollera, se espesaba el pelo, de día en
día más oscuro, suave aún como piel de topo; sus piececitos se
desencorvaban, y los dedos, antes retorcidos, el pulgar vuelto hacia
arriba, los otros botoncillos de rosa hacia abajo, se habituaban a la
estación horizontal que exige el andar humano. Cada uno de estos grandes
progresos en el camino de la vida era sorpresa y placer inefable para
Julián, confirmando su dedicación paternal al ser que le dispensaba el
favor insigne de tirarle de la cadena del reloj, manosearle los botones
del chaleco, ponerle como nuevo de baba y leche. ¡Qué no haría él por
servir de algo a la nenita idolatrada! A veces el cariño le inspiraba
ideas feroces, como agarrar un palo y moler las costillas a Primitivo;
coger un látigo y dar el mismo trato a Sabel. Pero, ¡ay! Nadie puede
usurpar el puesto del amo de casa, del jefe de la familia; y el jefe....
Al capellán le pesaba en el alma la fundación de aquel hogar cristiano.
Recta había sido la intención, y amargo el fruto. ¡Sangre del corazón
daría él por ver a Nucha en un convento!
¿Qué arbitrio adoptar ya? Julián presentía los inmensos inconvenientes
de su intervención directa. Seguro de la teoría, firme en el terreno del
derecho, capaz de resistir pasivamente hasta morir, faltábale la
vigorosa palanca de los actos humanos, la iniciativa. En aquella casa es
indudable que andaban muchas cosas desquiciadas, otras torcidas y fuera
de camino; el capellán asistía al drama, temía un desenlace trágico,
sobre todo desde la famosa señal en las muñecas, que no le salía de la
acalorada imaginación; mostrábase taciturno; su color sonrosado se
trocaba en amarillez de cera; rezaba más aún que de costumbre; ayunaba;
decía la misa con el alma elevada, como la diría en tiempos de martirio;
deseaba ofrecer la existencia por el bienestar de la señorita; pero, a
no ser en uno de sus momentos de arrechucho puramente nervioso, no
podía, no sabía, no acertaba a dar un paso, a adoptar una medida--aunque
ésta fuese tan fácil y hacedera como escribir cuatro renglones a don
Manuel Pardo de la Lage, informándole de lo que ocurría a su hija--.
Siempre encontraba pretextos para aplazar toda acción, tan socorridos
como éste, verbigracia:
--Dejemos que pasen las elecciones.
Las elecciones le infundían esperanzas de que, si el señorito, elegido
diputado, salía de la huronera, de entre la gente inicua que lo prendía
en sus redes, era posible que Dios le tocase en el corazón y mudase de
conducta.
Una cosa preocupaba mucho al buen capellán: ¿el señorito se iría solo a
Madrid, o llevaría a su mujer y a la pequeña? Julián ponía a Dios por
testigo de que deseaba esto último, si bien al pensar qué podía suceder
le entraba una hipocondría mortal. La idea de no ver más a nené durante
meses o años, de no tenerla en las rodillas montada a _caballito_, de
quedarse allí, frente a frente con Sabel, como en oscuro pozo habitado
por una sabandija, le era intolerable. Duro le parecía que se marchase
la señorita, pero lo de la niña..., lo de la niña...
«Si me la dejasen--pensaba--la cuidaría yo perfectamente».
Acercábase la batalla decisiva. Los Pazos eran un jubileo, un ir y venir
de adictos y correveidiles, un entrar y salir de mensajes, de órdenes y
contraórdenes, que le daban semejanza con un cuartel general. Siempre
había en las cuadras caballos o mulas forasteras, masticando abundante
pienso, y en los anchos salones se oía crujir incesante de botas altas,
pisadas de fuertes zapatos, cuando no pateo de zuecos. Julián se
tropezaba con curas sofocados, respirando bélico ardor, que le hablaban
de _los trabajos_, pasmándose de ver que no tomaba parte en nada.... ¡En
tan solemne y crítica ocasión, el capellán de los Pazos no tenía derecho
a dormir ni a comer!
Seguía reparando que algunos abades se mostraban con él así como airados
o resentidos, en especial el arcipreste, el más encariñado con la casa
de Ulloa; pues mientras el cura de Boán y aun el de Naya atendían sobre
todo al triunfo político, el arcipreste miraba principalmente al
esplendor del hidalgo solar, al buen nombre de los Moscosos.
Todo anunciaba que el señor de los Pazos se llevaría el gato al agua, a
pesar del enorme aparato de fuerza desplegado por el gobierno. Se
contaban los votos, se hacía un censo, se sabía que la superioridad
numérica era tal, que las mayores diabluras de Trampeta no la echarían
abajo. No disponía el gobierno en el distrito sino de lo que,
pomposamente hablando, puede llamarse el elemento oficial. Si es verdad
que éste influye mucho en Galicia, merced al carácter sumiso de los
labriegos, allí en Cebre no podía contrapesar la acción de curas y
señoritos reunidos en torno del formidable cacique Barbacana. El
arcipreste resoplaba de gozo. ¡Cosa rara! Barbacana mismo era el único
que no se las contaba felices. Preocupado y de peor humor a cada
instante, torcía el gesto cuando algún cura entraba en su despacho
frotándose las manos de gusto, a noticiarle adhesiones, caza de votos.
¡Qué elecciones aquéllas, Dios eterno! ¡Qué lid reñidísima, qué disputar
el terreno pulgada a pulgada, empleando todo género de zancadillas y
ardides! Trampeta parecía haberse convertido en media docena de hombres
para trampetear a la vez en media docena de sitios. Trueques de
papeletas, retrasos y adelantos de hora, falsificaciones, amenazas,
palos, no fueron arbitrios peculiares de esta elección, por haberse
ensayado en otras muchas; pero uniéronse a las estratagemas usuales
algunos rasgos de ingenio sutil, enteramente inéditos. En un colegio,
las capas de los electores del marqués se rociaron de aguarrás y se les
prendió fuego disimuladamente por medio de un fósforo, con que los
infelices salieron dando alaridos, y no aparecieron más. En otro se
colocó la mesa electoral en un descanso de escalera; los votantes no
podían subir sino de uno en uno, y doce paniaguados de Trampeta,
haciendo fila, tuvieron interceptado el sitio durante toda la mañana,
moliendo muy a su sabor a puñadas y coces a quien intentaba el asalto.
Picardía discreta y mañosa fue la practicada en Cebre mismo.