Poco después sufrió una metamorfosis el vivir entumecido y soñoliento de

los Pazos. Entró allí cierta hechicera más poderosa que la señora María

la Sabia: la política, si tal nombre merece el enredijo de intrigas y

miserias que en las aldeas lo recibe. Por todas partes cubre el manto de

la política intereses egoístas y bastardos, apostasías y vilezas; pero,

al menos, en las capitales populosas, la superficie, el aspecto, y a

veces los empeños de la lid, presentan carácter de grandiosidad.

Ennoblece la lucha la magnitud del palenque; asciende a ambición la

codicia, y el fin material se sacrifica, en ocasiones, al fin ideal de

la victoria por la victoria. En el campo, ni aun por hipocresía o

histrionismo se aparenta el menor propósito elevado y general. Las ideas

no entran en juego, sino solamente las personas, y en el terreno más

mezquino: rencores, odios, rencillas, lucro miserable, vanidad

microbiológica. Un combate naval en una charca.

Forzoso es reconocer, no obstante, que en la época de la revolución, la

exaltación política, la fe en las teorías llevada al fanatismo, lograba

infiltrarse doquiera, saneando con ráfagas de huracán el mefítico

ambiente de las intrigas cuotidianas en las aldeas. Vivía entonces

España pendiente de una discusión de Cortes, de un grito que se daba

aquí o acullá, en los talleres de un arsenal o en los vericuetos de una

montaña; y cada quince días o cada mes, se agitaban, se debatían, se

querían resolver definitivamente cuestiones hondas, problemas que el

legislador, el estadista y el sociólogo necesitan madurar lentamente,

meditar quizás años enteros antes de descifrarlos, y que una multitud en

revolución decide en pocas horas, mediante una acalorada discusión

parlamentaria, o una manifestación clamorosa y callejera. Entre el

almuerzo y la comida se reformaba, se innovaba una sociedad; fumando un

cigarro se descubrían nuevos principios, y en el fondo de la vorágine

batallaban las dos grandes soluciones de raza, ambas fuertes porque se

apoyaban en _algo_ secular, lentamente sazonado al calor de la historia:

la monarquía absoluta y la constitucional, por entonces disfrazada de

monarquía democrática.

La conmoción del choque llegaba a todos lados, sin exceptuar las fieras

montañas que cercaban a los Pazos de Ulloa. También allí se

politiqueaba. En las tabernas de Cebre, el día de la feria, se oía

hablar de libertad de cultos, de derechos individuales, de abolición de

quintas, de federación, de plebiscito-pronunciación no garantizada, por

supuesto--. Los curas, al terminar las funciones, entierros y misas

solemnes, se demoraban en el atrio, discutiendo con calor algunos

síntomas recientes y elocuentísimos, la primer salida de aquellos

famosos _cuatro sacristanes_, y otras menudencias. El señorito de

Limioso, tradicionalista inveterado, como su padre y abuelo, había hecho

dos o tres misteriosas excursiones hacia la parte del Miño, cruzando la

frontera de Portugal, y susurrábase que celebraba entrevistas en Tuy con

ciertos pájaros; afirmábase también que las señoritas de Molende estaban

ocupadísimas construyendo cartucheras y no sé qué más arreos bélicos, y

a cada paso recibían secretos avisos de que se iba a practicar un

registro en su casa.

Sin embargo, los entendidos y prácticos en la materia comprendían que

cualquier intentona a mano armada en territorio gallego se quedaría en

agua de cerrajas, y que por más rumores que corriesen acerca de

armamentos y organización en Portugal, venidas de tropa, nombramientos

de oficialidad, etc., la verdadera batalla que allí se librase no sería

en los campos, sino en las urnas; no por eso más incruenta. Gobernaban a

la sazón el país los dos formidables caciques, abogado el uno y

secretario el otro del ayuntamiento de Cebre; esta villita y su región

comarcana temblaban bajo el poder de entrambos. Antagonistas perpetuos,

su lucha, como la de los dictadores romanos, no debía terminarse sino

con la pérdida y muerte del uno. Escribir la crónica de sus hazañas, de

sus venganzas, de sus manejos, fuera cuento de nunca acabar. Para que

nadie piense que sus proezas eran cosa de risa, importa advertir que

algunas de las cruces que encontraba el viajante por los senderos, algún

techo carbonizado, algún hombre sepultado en presidio para toda su vida,

podían dar razón de tan encarnizado antagonismo.

Conviene saber que ninguno de los dos adversarios tenía ideas políticas,

dándoseles un bledo de cuanto entonces se debatía en España; mas, por

necesidad estratégica, representaba y encarnaba cada cual una tendencia

y un partido: Barbacana, moderado antes de la Revolución, se declaraba

ahora carlista; Trampeta, unionista bajo O'Donnell, avanzaba hacia el

último confín del liberalismo vencedor.

Barbacana era más grave, más autoritario, más obstinado e implacable en

la venganza personal, más certero en asestar el golpe, más ávido e

hipócrita, encubriendo mejor sus alevosas trazas para desmantecar al

desventurado colono; era además hombre que prefería servirse de medios

legales y manejar el código, diciendo que no hay tan seguro modo de

acabar con un enemigo como empapelarlo: si no guarnecían tantas cruces

los caminos por culpa de Barbacana, las cárceles hediondas del distrito

antaño, y hogaño las murallas de Ceuta y Melilla, podían revelar hasta

dónde se extendía su influencia. En cambio Trampeta, si justificando su

apodo no desdeñaba los enredos jurídicos, solía proceder con más

precipitación y violencia que Barbacana, asegurando la retirada menos

hábilmente; así es que su adversario le tuvo varias veces cogido entre

puertas, y por punto no le aniquiló. Trampeta poseía en desquite gran

fertilidad de ingenio, suma audacia, expedientes impensados con que

salir de los más graves compromisos. Barbacana servía mejor para

preparar desde su habitación una emboscada, hurtando el cuerpo después;

Trampeta, para ejecutarla en persona y con fortuna. La comarca aborrecía

a entrambos, pero Barbacana inspiraba más terror por su genio sombrío.

En aquella ocasión Trampeta, encargado de representar las ideas

dominantes y oficiales, se creía seguro de la impunidad, aunque quemase

a medio Cebre y apalease, encausase y embargase al otro medio.

Barbacana, con la superioridad de su inteligencia, y aun de su

instrucción, comprendía dos cosas: primera, que se había arrimado a

pared más sólida, a gente que no desampara a sus amigos; segunda, que

cuando se le antojase pasarse con armas y bagajes al campo opuesto,

conseguiría siempre hundir a Trampeta. Ya había tirado sus líneas para

el caso próximo de la elección de diputados.

Trampeta, con actividad vertiginosa, _hacía la cama_ al candidato del

gobierno. Muy a menudo iba a la capital de provincia, a conferenciar con

el gobernador. En tales ocasiones, el secretario, calculando que hombre

prevenido vale por dos, ni olvidaba las pistolas, ni omitía hacerse

escoltar por sus seides más resueltos, pues no ignoraba que Barbacana

tenía a sus órdenes mozos de pelo en pecho, verbigracia el temible

Tuerto de Castrodorna. Cada viaje era una viña para el bueno del

secretario, y muy beneficioso para los suyos: poco a poco las hechuras

de Barbacana iban cayendo, y estancos, alguacilatos, guardianía de la

cárcel, peones camineros, toda la plantilla oficial de Cebre, quedando a

gusto de Trampeta. Sólo no pudo meterle el diente al juez, protegido en

altas regiones por un pariente de la señora jueza, persona de viso.

Obtuvo también que se hiciese la vista gorda en muchas cosas, que se

cerrasen los ojos en otras, y que respecto a algunas sobreviniese

ceguera total; y con esto y con las facultades latas de que se hallaba

investido, declaró, puesta la mano en el pecho, que respondía de la

elección de Cebre.

Durante este periodo, Barbacana se hacía el muerto, limitándose a apoyar

débilmente, como por compromiso, al candidato propuesto por la Junta

carlista orensana, y recomendado por el Arcipreste de Loiro y los curas

más activos, como el de Boán, el de Naya, el de Ulloa. Bien se dejaba

comprender que Barbacana no tenía fe en el éxito. El candidato era una

excelente persona de Orense, instruido, consecuentísimo tradicionalista,

pero sin arraigo en el país y con fama de poca malicia política. Sus

mismos correligionarios no estaban a bien con él, por conceptuarle más

hombre de bufete que de acción e intriga.

Así las cosas, empezó a notarse que Primitivo, el montero mayor de los

Pazos, venía a Cebre muy a menudo; y como allí se repara todo, se

observó también que, además de las acostumbradas estaciones en las

tabernas, Primitivo se pasaba largas horas en casa de Barbacana. Éste

vivía casi bloqueado en su domicilio, porque Trampeta, envalentonado con

la embriaguez del poder, profería amenazas, asegurando que Barbacana

recibiría su pago en una _corredoira_ (camino hondo). No obstante, el

abogado se arriesgó a salir en compañía de Primitivo, y viéronse ir y

venir curas influyentes y caciques subalternos, muchos de los cuales

fueron también a los Pazos: unos a comer, otros por la tarde. Y como no

hay secreto bien guardado entre tres, y menos entre tres docenas, el

país y el gobierno supieron pronto la gran noticia: el candidato de la

Junta se retiraba de buen grado, y en su lugar Barbacana apoyaba, con el

nombre de independiente, a don Pedro Moscoso, conocido por marqués de

Ulloa.

Desde que se enteró del complot, Trampeta pareció atacado del baile de

San Vito. Menudeó viajes a la capital: eran de oír sus explicaciones y

comentarios en el despacho del gobernador.

--Todo lo arma--decía él--ese cerdo cebado del Arcipreste, unido al

faccioso del cura de Boán e instigando al usurero del mayordomo de los

Pazos, el cual a su vez mete en danza al malcriado del señorito, que

está enredado con su hija. ¡Vaya un candidato!--exclamaba frenético--,

¡vaya un candidato que los neos escogen! ¡Siquiera el otro era persona

honrada! Y alzaba mucho la voz al llegar a esto de la honradez.

Viendo el gobernador que el cacique perdía absolutamente la sangre fría,

comprendió que el negocio andaba mal parado, y le preguntó severamente:

--¿No ha respondido usted de la elección, con cualquier candidato que se

presentase?

--Sí señor, sí señor...--repuso apresuradamente Trampeta--. Sino que

considérese: ¿quién contaba con semejante cosa del otro mundo?

Atropellándose al hablar, de pura rabia y despecho, insistió en que

nadie imaginaría que el marqués de Ulloa, un señorito que sólo pensaba

en cazar, se echase a político; que, a pesar de la gran influencia de la

casa y de ejercer su nombre bastante prestigio entre los paisanos, la

aristocracia montañesa y los curas, la tentativa importaría un comino si

no la hubiese tomado de su cuenta Barbacana y no le ayudase un poderoso

cacique subalterno, que antes fluctuaba entre el partido de Barbacana y

el de Trampeta, pero en esta ocasión se había decidido, y era el mismo

mayordomo de los Pazos, hombre resuelto y sutil como un zorro, que

disponía de numerosos votos seguros, pues muchísima gente le debía

cuartos que tenía esquilmada la casa de Ulloa a cuyas expensas se

enriquecía con disimulo y que este solemne bribón, al arrimo del gran

encausador Barbacana, se alzaría con el distrito, si no se llevaba el

asunto a rajatabla y sin contemplaciones.

Quien conozca poco o mucho el mecanismo electoral no dudará que el

gobernador hizo jugar el telégrafo para que sin pérdida de tiempo, y por

más influencias que se atravesasen, fuese removido el juez de Cebre y

las pocas hechuras de Barbacana que en el distrito restaban ya. Deseaba

el gobernador triunfar en Cebre sin apelar a recursos extraordinarios y

arbitrariedades de monta, pues sabía que, si no era probable que jamás

se levantasen allí partidas, en cambio la sangre humana manchaba a

menudo mesas y urnas electorales; pero la nueva combinación le obligaba

a no reparar en medios y conferir al insigne Trampeta poderes

ilimitados....

Mientras el secretario se prevenía, el abogado no se dormía en las

pajas. La aceptación del señorito, al pronto, le había vuelto loco de

contento. No tenía don Pedro ideas políticas, aun cuando se inclinaba al

absolutismo, creyendo inocentemente que con él vendría el

restablecimiento de cosas que lisonjeaban su orgullo de raza, como por

ejemplo, los vínculos y mayorazgos; fuera de esto, inclinábase al

escepticismo indiferente de los labriegos, y era incapaz de soñar, como

el caballeresco hidalgo de Limioso, en la quijotada de entrar por la

frontera del Miño a la cabeza de doscientos hombres. Mas a falta de

pasión política, le impulsó a aceptar la diputación su vanidad. Él era

la primera persona del país, la más importante, la de origen más

ilustre: su familia, desde tiempo inmemorial, figuraba al frente de la

nobleza comarcana; en esto hizo hincapié el Arcipreste de Loiro para

convencerle de que le correspondía la representación del distrito.

Primitivo no desarrolló mucha elocuencia para apoyar la demostración del

Arcipreste: limitóse a decir, empleando un expresivo plural y cerrando

el puño:

--Tenemos al país así.

Desde que corrió la noticia comenzó el señorito a sentirse halagado por

la especie de pleito-homenaje que se presentaron a rendirle infinidad de

personas, todo el señorío de los contornos, el clero casi unánime, y los

muchos adictos y partidarios de Barbacana, capitaneados por este mismo.

A don Pedro se le ensanchaba el pulmón. Bien entendía que Primitivo

estaba entre bastidores; pero al fin y al cabo, el incensado era él.

Mostró aquellos días gran cordialidad y humor excelente y campechano.

Hizo caricias a su hija y ordenó se le pusiese un traje nuevo, con

bordados, para que la viesen así las señoritas de Molende, que se

proponían no contribuir con menos de cien votos al triunfo del

representante de la aristocracia montañesa. Él también--porque los

candidatos noveles tienen su época de cortejos en que rondan la

diputación como se ronda a las muchachas, y se afeitan con esmero y

tratan de lucir sus prendas físicas--cuidó algo más de su persona,

lamentablemente desatendida desde el regreso a los Pazos, y como estaba

entonces en el apogeo de su belleza, más bien masculina que varonil, las

muñidoras electorales se ufanaban de enviar tan guapo mozo al Congreso.

Por entonces, la pasión política sacaba partido hasta de la estatura,

del color del pelo, de la edad.

Desde que empezó a hervir la olla, hubo en los Pazos mesa franca: se

veía correr a Filomena y a Sabel por los salones adelante, llevando y

trayendo bandejas con tostado jerez y bizcochos; oíase el retintín de

las cucharillas en las tazas de café y el choque de los vasos. Abajo, en

la cocina, Primitivo obsequiaba a sus gentes con vino del Borde y

tarterones de bacalao, grandes fuentes de berzas y cerdo. A menudo se

juntaban ambas mesas, la de abajo y la de arriba, y se discutía, y se

reía y se contaban cuentos subidos de color, y se despellejaba a

azadonazos--porque no cabe nombrar el escalpelo--a Trampeta y a los de su

bando, removiendo entre risotadas, cigarros e interjecciones, el inmenso

detritus de trampas mayores y menores en que descansaba la fortuna del

secretario de Cebre.

--De esta vez--decía el cura de Boán, viejo terne y firme, que echaba

fuego por los ojos y gozaba fama del mejor cazador del distrito después

de Primitivo--, de esta vez los fastidiamos, ¡_quoniam_!

Nucha no asistía a las sesiones del comité. Se presentaba únicamente

cuando las visitas eran tales que lo requerían; atendía a suministrar

las cosas indispensables para el perenne festín, pero huía de él.

Tampoco Julián bajaba sino rara vez a las asambleas, y en ellas apenas

descosía los labios, mereciendo por esto que el cura de Ulloa se

ratificase en su opinión de que los capellanes atildados no sirven para

nada de provecho. No obstante, apenas averiguó el comité que Julián

tenía bonita letra cursiva, y ortografía asaz correcta, se echó mano de

él para misivas de compromiso. Además, le cayó otra ocupación.

Sucedió que el Arcipreste de Loiro, que había conocido y tratado mucho a

la señora doña Micaela, madre de don Pedro, quiso ver otra vez toda la

casa, y también la capilla, donde algunas veces había dicho misa en vida

de la difunta, que esté en gloria. Don Pedro se la mostró de mala gana,

y el Arcipreste se escandalizó al entrar. Estaba la capilla casi a

tejavana: la lluvia corría por el retablo abajo; las vestiduras de las

imágenes parecían harapos; todo respiraba el mayor abandono, el frío y

tristeza especial de las iglesias descuidadas. Julián ya se encontraba

cansado de soltar indirectas al marqués sobre el estado lastimoso de la

capilla, sin obtener resultado alguno; mas el asombro y las

lamentaciones del Arcipreste arañaron en la vanidad del señor de Ulloa,

y consideró que sería de buen efecto, en momentos tales, lavarle la

cara, repararla un poco. Se retejó con bastante celeridad, y con la

misma un pintor, pedido a Orense, pintó y doró el retablo y los altares

laterales, de suerte que la capilla parecía otra, y don Pedro la

enseñaba con orgullo a los curas, a los señoritos, a la caciquería

barbacanesca. Sólo faltaba ya trajear decentemente a los santos y

recoser ornatos y mantelillos. De esta faena se encargó Nucha, bajo la

dirección de Julián. Con tal motivo, refugiados en la capilla solitaria,

no llegaba hasta ellos el barullo del club electoral. Entre el capellán

y la señorita desnudaban a San Pedro, peinaban los rizos de la Purísima,

ribeteaban el sayal de San Antón, fregoteaban la aureola del Niño Jesús.

Hasta la boeta de las ánimas del Purgatorio fue cuidadosamente lavada y

barnizada de nuevo, y las ánimas en pelota, larguiruchas, acongojadas,

rodeadas de llamas de almazarrón, salieron a luz en toda su edificante

fealdad. Era semejante ocupación dulcísima para Julián: corrían las

horas sin sentir en el callado recinto, que olía a pintura fresca y a

espadaña traída por Nucha para adornar los altares; mientras armaba en

un tallo de alambre una hoja de papel plateado o pasaba un paño húmedo

por el vidrio de una urna, no necesitaba hablar: satisfacción interior y

apacible le llenaba el alma. A veces Nucha no hacía más que mandar la

maniobra, sentada en una silleta baja con su niña en brazos (no quería

apartarla de sí un instante). Julián trabajaba por dos: tenía una escala

y se encaramaba a lo más alto del retablo. No se atrevía a preguntar

nada acerca de asuntos íntimos, ni a averiguar si la señorita había

tenido con su esposo conversación decisiva respecto a Sabel; pero notaba

el aire abatido, las denegridas ojeras, el frecuente suspirar de la

esposa, y sacaba de estos indicios la natural consecuencia. Otros

síntomas percibió que le acaloraron la fantasía, dándole no poco en qué

cavilar. Nucha mostraba vehemente exaltación del cariño maternal de

algún tiempo a esta parte. Apenas se separaba de la chiquita cuando,

desasosegada e inquieta, salía a buscarla a ver qué le sucedía. En una

ocasión, no encontrándola donde presumía, comenzó a exhalar gritos

desgarradores, exclamando: «¡Me la roban!, ¡me la roban!». Por fortuna,

el ama se acercaba ya trayendo a la pequeña en brazos. A veces la besaba

con tal frenesí, que la criatura rompía en llanto. Otras se quedaba

embelesada mirándola con dulce e inefable sonrisa, y entonces Julián

recordaba siempre las imágenes de la Virgen Madre, atónita de su

milagrosa maternidad. Mas los instantes de amor tranquilo eran breves, y

continuos los de sobresalto y dolorosa ternura. No consentía a Perucho

acercarse por allí. Su fisonomía se alteraba al divisar el niño; y éste,

arrastrándose por el suelo, olvidando sus travesuras diabólicas, sus

latrocinios, su afición al establo, se emboscaba a la entrada de la

capilla para ver salir a la nena y hacerle mil garatusas, que ella

pagaba con risas de querubín, con júbilo desatinado, con el impulso de

todo su cuerpecillo proyectado hacia adelante, impaciente por lanzarse

de brazos del ama a los de Perucho.

Un día notó Julián en Nucha algo más serio aún: no ya expresión de

melancolía, sino hondo decaimiento físico y moral. Sus ojos se hallaban

encendidos y abultados, como de haber llorado mucho tiempo seguido; su

voz era desmayada y fatigosa; sus labios estaban resecos, tostados por

la calentura y el insomnio. Allí no se veía ya la espina del dolor que

lentamente va hincándose, pero el puñal clavado de golpe hasta el pomo.

Semejante espectáculo dio al traste con la prudencia del capellán.

--Usted está mala, señorita. A usted le pasa algo hoy.

Nucha meneó la cabeza intentando sonreír.

--No tengo nada.

Lo doliente y debilitado del acento la desmentía.

--Por Dios, señorita, no me responda que no.... ¡Si lo estoy viendo!

Señorita Marcelina.... ¡Válgame mi patrono San Julián! ¡Que no he de

poder yo servirle de algo, prestarle ayuda o consuelo! Soy una persona

humilde, inútil; pero con la intención, señorita, soy grande como una

montaña. ¡Quisiera, se lo digo con el corazón, que me mandase, que me

mandase!

Hacía estas protestas esgrimiendo un paño untado de tiza contra las

sacras, cuyo cerco de metal limpiaba con denuedo, sin mirarlo.

Alzó Nucha los ojos, y en ellos lució un rayo instantáneo, un impulso de

gritar, de quejarse, de pedir auxilio.... Al punto se apagó la llamarada,

y encogiéndose de hombros levemente, la señorita repitió:

--No tengo nada, Julián.

En el suelo había una cesta llena de hortensias y rama verde, destinada

al adorno de los floreros; Nucha empezó a colocarla con la destreza y

delicadeza graciosa que demostraba en el desempeño de todos sus

domésticos quehaceres. Julián, entre embelesado y afligido, seguía con

la vista el arreglo de las azules flores en los tarros de loza, el

movimiento de las manos enflaquecidas al través de las hojas verdes.

Notó que caía sobre ellas una gota de agua, gruesa, límpida, no

procedente de la humedad del rocío que aún bañaba las hortensias. Y casi

al tiempo mismo advirtió otra cosa, que le cuajó la sangre de horror: en

las muñecas de la señora de Moscoso se percibía una señal circular,

amoratada, oscura.... Con lucidez repentina, el capellán retrocedió dos

años, escuchó de nuevo los quejidos de una mujer maltratada a culatazos,

recordó la cocina, el hombre furioso.... Completamente fuera de sí, dejó

caer las sacras y tomó las manos de Nucha para convencerse de que, en

efecto, existía la siniestra señal....

Entraban a la sazón por la puerta de la capilla muchas personas: las

señoritas de Molende, el juez de Cebre, el cura de Ulloa, conducidos por

don Pedro, que los traía allí con objeto de que admirasen los trabajos

de restauración. Nucha se volvió precipitadamente; Julián, trastornado,

contestó balbuciendo al saludo de las señoritas. Primitivo, que venía a

retaguardia, clavaba en él su mirada directa y escrutadora.

-XXV-

Si unas elecciones durasen mucho, acabarían con quien las maneja, a puro

cansancio, molimiento y tensión del cuerpo y del espíritu, pues los

odios enconados, la perpetua sospecha de traición, las ardientes

promesas, las amenazas, las murmuraciones, las correrías y cartas

incesantes, los mensajes, las intrigas, la falta de sueño, las comidas

sin orden, componen una existencia vertiginosa e inaguantable. Acerca de

los inconvenientes prácticos del sistema parlamentario estaban muy de

acuerdo la yegua y la borrica que, con un caballo recio y joven

nuevamente adquirido por el mayordomo para su uso privado, completaban

las caballerizas de los Pazos de Ulloa. ¡Buenas cosas pensaban ellos de

las elecciones allá en su mente asnal y rocinesca, mientras jadeaban

exánimes de tanto trotar, y humeaba todo su pobre cuerpo bañado en

sudor!

¡Pues qué diré de la mula en que Trampeta solía hacer sus excursiones a

la capital! Ya las costillas le agujereaban la piel, de tan flaca como

se había puesto. Día y noche estaba el insigne cacique atravesado en la

carretera, y a cada viaje la elección de Cebre se presentaba más dudosa,

más peliaguda, y Trampeta, desesperado, vociferaba en el despacho del

Gobernador que importaba desplegar fuerza, destituir, colocar, asustar,

prometer, y, sobre todo, que el candidato cunero del gobierno aflojase

la bolsa, pues de otro modo el distrito se largaba, se largaba, se

largaba de entre las manos.

--¿Pues no decía usted--gritó un día el Gobernador con vehementes impulsos

de mandar al infierno al gran secretario--que la elección no sería muy

costosa; que los adversarios no podían gastar nada; que la Junta

carlista de Orense no soltaba un céntimo; que la casa de los Pazos no

soltaba un céntimo tampoco, porque a pesar de sus buenas rentas está

siempre a la quinta pregunta?

--Ahí verá usted, señor--contestó Trampeta--. Todo eso es mucha verdad;

pero hay momentos en que el hombre..., pues... cambia sus _auciones_,

como usted me enseña (Trampeta tenía esta muletilla). El marqués de

Ulloa....

--¡Qué marqués ni qué calabazas!--interrumpió con impaciencia el

Gobernador.

Los pazos de Ulloa · 第 15 / 20 段