los Pazos. Entró allí cierta hechicera más poderosa que la señora María
la Sabia: la política, si tal nombre merece el enredijo de intrigas y
miserias que en las aldeas lo recibe. Por todas partes cubre el manto de
la política intereses egoístas y bastardos, apostasías y vilezas; pero,
al menos, en las capitales populosas, la superficie, el aspecto, y a
veces los empeños de la lid, presentan carácter de grandiosidad.
Ennoblece la lucha la magnitud del palenque; asciende a ambición la
codicia, y el fin material se sacrifica, en ocasiones, al fin ideal de
la victoria por la victoria. En el campo, ni aun por hipocresía o
histrionismo se aparenta el menor propósito elevado y general. Las ideas
no entran en juego, sino solamente las personas, y en el terreno más
mezquino: rencores, odios, rencillas, lucro miserable, vanidad
microbiológica. Un combate naval en una charca.
Forzoso es reconocer, no obstante, que en la época de la revolución, la
exaltación política, la fe en las teorías llevada al fanatismo, lograba
infiltrarse doquiera, saneando con ráfagas de huracán el mefítico
ambiente de las intrigas cuotidianas en las aldeas. Vivía entonces
España pendiente de una discusión de Cortes, de un grito que se daba
aquí o acullá, en los talleres de un arsenal o en los vericuetos de una
montaña; y cada quince días o cada mes, se agitaban, se debatían, se
querían resolver definitivamente cuestiones hondas, problemas que el
legislador, el estadista y el sociólogo necesitan madurar lentamente,
meditar quizás años enteros antes de descifrarlos, y que una multitud en
revolución decide en pocas horas, mediante una acalorada discusión
parlamentaria, o una manifestación clamorosa y callejera. Entre el
almuerzo y la comida se reformaba, se innovaba una sociedad; fumando un
cigarro se descubrían nuevos principios, y en el fondo de la vorágine
batallaban las dos grandes soluciones de raza, ambas fuertes porque se
apoyaban en _algo_ secular, lentamente sazonado al calor de la historia:
la monarquía absoluta y la constitucional, por entonces disfrazada de
monarquía democrática.
La conmoción del choque llegaba a todos lados, sin exceptuar las fieras
montañas que cercaban a los Pazos de Ulloa. También allí se
politiqueaba. En las tabernas de Cebre, el día de la feria, se oía
hablar de libertad de cultos, de derechos individuales, de abolición de
quintas, de federación, de plebiscito-pronunciación no garantizada, por
supuesto--. Los curas, al terminar las funciones, entierros y misas
solemnes, se demoraban en el atrio, discutiendo con calor algunos
síntomas recientes y elocuentísimos, la primer salida de aquellos
famosos _cuatro sacristanes_, y otras menudencias. El señorito de
Limioso, tradicionalista inveterado, como su padre y abuelo, había hecho
dos o tres misteriosas excursiones hacia la parte del Miño, cruzando la
frontera de Portugal, y susurrábase que celebraba entrevistas en Tuy con
ciertos pájaros; afirmábase también que las señoritas de Molende estaban
ocupadísimas construyendo cartucheras y no sé qué más arreos bélicos, y
a cada paso recibían secretos avisos de que se iba a practicar un
registro en su casa.
Sin embargo, los entendidos y prácticos en la materia comprendían que
cualquier intentona a mano armada en territorio gallego se quedaría en
agua de cerrajas, y que por más rumores que corriesen acerca de
armamentos y organización en Portugal, venidas de tropa, nombramientos
de oficialidad, etc., la verdadera batalla que allí se librase no sería
en los campos, sino en las urnas; no por eso más incruenta. Gobernaban a
la sazón el país los dos formidables caciques, abogado el uno y
secretario el otro del ayuntamiento de Cebre; esta villita y su región
comarcana temblaban bajo el poder de entrambos. Antagonistas perpetuos,
su lucha, como la de los dictadores romanos, no debía terminarse sino
con la pérdida y muerte del uno. Escribir la crónica de sus hazañas, de
sus venganzas, de sus manejos, fuera cuento de nunca acabar. Para que
nadie piense que sus proezas eran cosa de risa, importa advertir que
algunas de las cruces que encontraba el viajante por los senderos, algún
techo carbonizado, algún hombre sepultado en presidio para toda su vida,
podían dar razón de tan encarnizado antagonismo.
Conviene saber que ninguno de los dos adversarios tenía ideas políticas,
dándoseles un bledo de cuanto entonces se debatía en España; mas, por
necesidad estratégica, representaba y encarnaba cada cual una tendencia
y un partido: Barbacana, moderado antes de la Revolución, se declaraba
ahora carlista; Trampeta, unionista bajo O'Donnell, avanzaba hacia el
último confín del liberalismo vencedor.
Barbacana era más grave, más autoritario, más obstinado e implacable en
la venganza personal, más certero en asestar el golpe, más ávido e
hipócrita, encubriendo mejor sus alevosas trazas para desmantecar al
desventurado colono; era además hombre que prefería servirse de medios
legales y manejar el código, diciendo que no hay tan seguro modo de
acabar con un enemigo como empapelarlo: si no guarnecían tantas cruces
los caminos por culpa de Barbacana, las cárceles hediondas del distrito
antaño, y hogaño las murallas de Ceuta y Melilla, podían revelar hasta
dónde se extendía su influencia. En cambio Trampeta, si justificando su
apodo no desdeñaba los enredos jurídicos, solía proceder con más
precipitación y violencia que Barbacana, asegurando la retirada menos
hábilmente; así es que su adversario le tuvo varias veces cogido entre
puertas, y por punto no le aniquiló. Trampeta poseía en desquite gran
fertilidad de ingenio, suma audacia, expedientes impensados con que
salir de los más graves compromisos. Barbacana servía mejor para
preparar desde su habitación una emboscada, hurtando el cuerpo después;
Trampeta, para ejecutarla en persona y con fortuna. La comarca aborrecía
a entrambos, pero Barbacana inspiraba más terror por su genio sombrío.
En aquella ocasión Trampeta, encargado de representar las ideas
dominantes y oficiales, se creía seguro de la impunidad, aunque quemase
a medio Cebre y apalease, encausase y embargase al otro medio.
Barbacana, con la superioridad de su inteligencia, y aun de su
instrucción, comprendía dos cosas: primera, que se había arrimado a
pared más sólida, a gente que no desampara a sus amigos; segunda, que
cuando se le antojase pasarse con armas y bagajes al campo opuesto,
conseguiría siempre hundir a Trampeta. Ya había tirado sus líneas para
el caso próximo de la elección de diputados.
Trampeta, con actividad vertiginosa, _hacía la cama_ al candidato del
gobierno. Muy a menudo iba a la capital de provincia, a conferenciar con
el gobernador. En tales ocasiones, el secretario, calculando que hombre
prevenido vale por dos, ni olvidaba las pistolas, ni omitía hacerse
escoltar por sus seides más resueltos, pues no ignoraba que Barbacana
tenía a sus órdenes mozos de pelo en pecho, verbigracia el temible
Tuerto de Castrodorna. Cada viaje era una viña para el bueno del
secretario, y muy beneficioso para los suyos: poco a poco las hechuras
de Barbacana iban cayendo, y estancos, alguacilatos, guardianía de la
cárcel, peones camineros, toda la plantilla oficial de Cebre, quedando a
gusto de Trampeta. Sólo no pudo meterle el diente al juez, protegido en
altas regiones por un pariente de la señora jueza, persona de viso.
Obtuvo también que se hiciese la vista gorda en muchas cosas, que se
cerrasen los ojos en otras, y que respecto a algunas sobreviniese
ceguera total; y con esto y con las facultades latas de que se hallaba
investido, declaró, puesta la mano en el pecho, que respondía de la
elección de Cebre.
Durante este periodo, Barbacana se hacía el muerto, limitándose a apoyar
débilmente, como por compromiso, al candidato propuesto por la Junta
carlista orensana, y recomendado por el Arcipreste de Loiro y los curas
más activos, como el de Boán, el de Naya, el de Ulloa. Bien se dejaba
comprender que Barbacana no tenía fe en el éxito. El candidato era una
excelente persona de Orense, instruido, consecuentísimo tradicionalista,
pero sin arraigo en el país y con fama de poca malicia política. Sus
mismos correligionarios no estaban a bien con él, por conceptuarle más
hombre de bufete que de acción e intriga.
Así las cosas, empezó a notarse que Primitivo, el montero mayor de los
Pazos, venía a Cebre muy a menudo; y como allí se repara todo, se
observó también que, además de las acostumbradas estaciones en las
tabernas, Primitivo se pasaba largas horas en casa de Barbacana. Éste
vivía casi bloqueado en su domicilio, porque Trampeta, envalentonado con
la embriaguez del poder, profería amenazas, asegurando que Barbacana
recibiría su pago en una _corredoira_ (camino hondo). No obstante, el
abogado se arriesgó a salir en compañía de Primitivo, y viéronse ir y
venir curas influyentes y caciques subalternos, muchos de los cuales
fueron también a los Pazos: unos a comer, otros por la tarde. Y como no
hay secreto bien guardado entre tres, y menos entre tres docenas, el
país y el gobierno supieron pronto la gran noticia: el candidato de la
Junta se retiraba de buen grado, y en su lugar Barbacana apoyaba, con el
nombre de independiente, a don Pedro Moscoso, conocido por marqués de
Ulloa.
Desde que se enteró del complot, Trampeta pareció atacado del baile de
San Vito. Menudeó viajes a la capital: eran de oír sus explicaciones y
comentarios en el despacho del gobernador.
--Todo lo arma--decía él--ese cerdo cebado del Arcipreste, unido al
faccioso del cura de Boán e instigando al usurero del mayordomo de los
Pazos, el cual a su vez mete en danza al malcriado del señorito, que
está enredado con su hija. ¡Vaya un candidato!--exclamaba frenético--,
¡vaya un candidato que los neos escogen! ¡Siquiera el otro era persona
honrada! Y alzaba mucho la voz al llegar a esto de la honradez.
Viendo el gobernador que el cacique perdía absolutamente la sangre fría,
comprendió que el negocio andaba mal parado, y le preguntó severamente:
--¿No ha respondido usted de la elección, con cualquier candidato que se
presentase?
--Sí señor, sí señor...--repuso apresuradamente Trampeta--. Sino que
considérese: ¿quién contaba con semejante cosa del otro mundo?
Atropellándose al hablar, de pura rabia y despecho, insistió en que
nadie imaginaría que el marqués de Ulloa, un señorito que sólo pensaba
en cazar, se echase a político; que, a pesar de la gran influencia de la
casa y de ejercer su nombre bastante prestigio entre los paisanos, la
aristocracia montañesa y los curas, la tentativa importaría un comino si
no la hubiese tomado de su cuenta Barbacana y no le ayudase un poderoso
cacique subalterno, que antes fluctuaba entre el partido de Barbacana y
el de Trampeta, pero en esta ocasión se había decidido, y era el mismo
mayordomo de los Pazos, hombre resuelto y sutil como un zorro, que
disponía de numerosos votos seguros, pues muchísima gente le debía
cuartos que tenía esquilmada la casa de Ulloa a cuyas expensas se
enriquecía con disimulo y que este solemne bribón, al arrimo del gran
encausador Barbacana, se alzaría con el distrito, si no se llevaba el
asunto a rajatabla y sin contemplaciones.
Quien conozca poco o mucho el mecanismo electoral no dudará que el
gobernador hizo jugar el telégrafo para que sin pérdida de tiempo, y por
más influencias que se atravesasen, fuese removido el juez de Cebre y
las pocas hechuras de Barbacana que en el distrito restaban ya. Deseaba
el gobernador triunfar en Cebre sin apelar a recursos extraordinarios y
arbitrariedades de monta, pues sabía que, si no era probable que jamás
se levantasen allí partidas, en cambio la sangre humana manchaba a
menudo mesas y urnas electorales; pero la nueva combinación le obligaba
a no reparar en medios y conferir al insigne Trampeta poderes
ilimitados....
Mientras el secretario se prevenía, el abogado no se dormía en las
pajas. La aceptación del señorito, al pronto, le había vuelto loco de
contento. No tenía don Pedro ideas políticas, aun cuando se inclinaba al
absolutismo, creyendo inocentemente que con él vendría el
restablecimiento de cosas que lisonjeaban su orgullo de raza, como por
ejemplo, los vínculos y mayorazgos; fuera de esto, inclinábase al
escepticismo indiferente de los labriegos, y era incapaz de soñar, como
el caballeresco hidalgo de Limioso, en la quijotada de entrar por la
frontera del Miño a la cabeza de doscientos hombres. Mas a falta de
pasión política, le impulsó a aceptar la diputación su vanidad. Él era
la primera persona del país, la más importante, la de origen más
ilustre: su familia, desde tiempo inmemorial, figuraba al frente de la
nobleza comarcana; en esto hizo hincapié el Arcipreste de Loiro para
convencerle de que le correspondía la representación del distrito.
Primitivo no desarrolló mucha elocuencia para apoyar la demostración del
Arcipreste: limitóse a decir, empleando un expresivo plural y cerrando
el puño:
--Tenemos al país así.
Desde que corrió la noticia comenzó el señorito a sentirse halagado por
la especie de pleito-homenaje que se presentaron a rendirle infinidad de
personas, todo el señorío de los contornos, el clero casi unánime, y los
muchos adictos y partidarios de Barbacana, capitaneados por este mismo.
A don Pedro se le ensanchaba el pulmón. Bien entendía que Primitivo
estaba entre bastidores; pero al fin y al cabo, el incensado era él.
Mostró aquellos días gran cordialidad y humor excelente y campechano.
Hizo caricias a su hija y ordenó se le pusiese un traje nuevo, con
bordados, para que la viesen así las señoritas de Molende, que se
proponían no contribuir con menos de cien votos al triunfo del
representante de la aristocracia montañesa. Él también--porque los
candidatos noveles tienen su época de cortejos en que rondan la
diputación como se ronda a las muchachas, y se afeitan con esmero y
tratan de lucir sus prendas físicas--cuidó algo más de su persona,
lamentablemente desatendida desde el regreso a los Pazos, y como estaba
entonces en el apogeo de su belleza, más bien masculina que varonil, las
muñidoras electorales se ufanaban de enviar tan guapo mozo al Congreso.
Por entonces, la pasión política sacaba partido hasta de la estatura,
del color del pelo, de la edad.
Desde que empezó a hervir la olla, hubo en los Pazos mesa franca: se
veía correr a Filomena y a Sabel por los salones adelante, llevando y
trayendo bandejas con tostado jerez y bizcochos; oíase el retintín de
las cucharillas en las tazas de café y el choque de los vasos. Abajo, en
la cocina, Primitivo obsequiaba a sus gentes con vino del Borde y
tarterones de bacalao, grandes fuentes de berzas y cerdo. A menudo se
juntaban ambas mesas, la de abajo y la de arriba, y se discutía, y se
reía y se contaban cuentos subidos de color, y se despellejaba a
azadonazos--porque no cabe nombrar el escalpelo--a Trampeta y a los de su
bando, removiendo entre risotadas, cigarros e interjecciones, el inmenso
detritus de trampas mayores y menores en que descansaba la fortuna del
secretario de Cebre.
--De esta vez--decía el cura de Boán, viejo terne y firme, que echaba
fuego por los ojos y gozaba fama del mejor cazador del distrito después
de Primitivo--, de esta vez los fastidiamos, ¡_quoniam_!
Nucha no asistía a las sesiones del comité. Se presentaba únicamente
cuando las visitas eran tales que lo requerían; atendía a suministrar
las cosas indispensables para el perenne festín, pero huía de él.
Tampoco Julián bajaba sino rara vez a las asambleas, y en ellas apenas
descosía los labios, mereciendo por esto que el cura de Ulloa se
ratificase en su opinión de que los capellanes atildados no sirven para
nada de provecho. No obstante, apenas averiguó el comité que Julián
tenía bonita letra cursiva, y ortografía asaz correcta, se echó mano de
él para misivas de compromiso. Además, le cayó otra ocupación.
Sucedió que el Arcipreste de Loiro, que había conocido y tratado mucho a
la señora doña Micaela, madre de don Pedro, quiso ver otra vez toda la
casa, y también la capilla, donde algunas veces había dicho misa en vida
de la difunta, que esté en gloria. Don Pedro se la mostró de mala gana,
y el Arcipreste se escandalizó al entrar. Estaba la capilla casi a
tejavana: la lluvia corría por el retablo abajo; las vestiduras de las
imágenes parecían harapos; todo respiraba el mayor abandono, el frío y
tristeza especial de las iglesias descuidadas. Julián ya se encontraba
cansado de soltar indirectas al marqués sobre el estado lastimoso de la
capilla, sin obtener resultado alguno; mas el asombro y las
lamentaciones del Arcipreste arañaron en la vanidad del señor de Ulloa,
y consideró que sería de buen efecto, en momentos tales, lavarle la
cara, repararla un poco. Se retejó con bastante celeridad, y con la
misma un pintor, pedido a Orense, pintó y doró el retablo y los altares
laterales, de suerte que la capilla parecía otra, y don Pedro la
enseñaba con orgullo a los curas, a los señoritos, a la caciquería
barbacanesca. Sólo faltaba ya trajear decentemente a los santos y
recoser ornatos y mantelillos. De esta faena se encargó Nucha, bajo la
dirección de Julián. Con tal motivo, refugiados en la capilla solitaria,
no llegaba hasta ellos el barullo del club electoral. Entre el capellán
y la señorita desnudaban a San Pedro, peinaban los rizos de la Purísima,
ribeteaban el sayal de San Antón, fregoteaban la aureola del Niño Jesús.
Hasta la boeta de las ánimas del Purgatorio fue cuidadosamente lavada y
barnizada de nuevo, y las ánimas en pelota, larguiruchas, acongojadas,
rodeadas de llamas de almazarrón, salieron a luz en toda su edificante
fealdad. Era semejante ocupación dulcísima para Julián: corrían las
horas sin sentir en el callado recinto, que olía a pintura fresca y a
espadaña traída por Nucha para adornar los altares; mientras armaba en
un tallo de alambre una hoja de papel plateado o pasaba un paño húmedo
por el vidrio de una urna, no necesitaba hablar: satisfacción interior y
apacible le llenaba el alma. A veces Nucha no hacía más que mandar la
maniobra, sentada en una silleta baja con su niña en brazos (no quería
apartarla de sí un instante). Julián trabajaba por dos: tenía una escala
y se encaramaba a lo más alto del retablo. No se atrevía a preguntar
nada acerca de asuntos íntimos, ni a averiguar si la señorita había
tenido con su esposo conversación decisiva respecto a Sabel; pero notaba
el aire abatido, las denegridas ojeras, el frecuente suspirar de la
esposa, y sacaba de estos indicios la natural consecuencia. Otros
síntomas percibió que le acaloraron la fantasía, dándole no poco en qué
cavilar. Nucha mostraba vehemente exaltación del cariño maternal de
algún tiempo a esta parte. Apenas se separaba de la chiquita cuando,
desasosegada e inquieta, salía a buscarla a ver qué le sucedía. En una
ocasión, no encontrándola donde presumía, comenzó a exhalar gritos
desgarradores, exclamando: «¡Me la roban!, ¡me la roban!». Por fortuna,
el ama se acercaba ya trayendo a la pequeña en brazos. A veces la besaba
con tal frenesí, que la criatura rompía en llanto. Otras se quedaba
embelesada mirándola con dulce e inefable sonrisa, y entonces Julián
recordaba siempre las imágenes de la Virgen Madre, atónita de su
milagrosa maternidad. Mas los instantes de amor tranquilo eran breves, y
continuos los de sobresalto y dolorosa ternura. No consentía a Perucho
acercarse por allí. Su fisonomía se alteraba al divisar el niño; y éste,
arrastrándose por el suelo, olvidando sus travesuras diabólicas, sus
latrocinios, su afición al establo, se emboscaba a la entrada de la
capilla para ver salir a la nena y hacerle mil garatusas, que ella
pagaba con risas de querubín, con júbilo desatinado, con el impulso de
todo su cuerpecillo proyectado hacia adelante, impaciente por lanzarse
de brazos del ama a los de Perucho.
Un día notó Julián en Nucha algo más serio aún: no ya expresión de
melancolía, sino hondo decaimiento físico y moral. Sus ojos se hallaban
encendidos y abultados, como de haber llorado mucho tiempo seguido; su
voz era desmayada y fatigosa; sus labios estaban resecos, tostados por
la calentura y el insomnio. Allí no se veía ya la espina del dolor que
lentamente va hincándose, pero el puñal clavado de golpe hasta el pomo.
Semejante espectáculo dio al traste con la prudencia del capellán.
--Usted está mala, señorita. A usted le pasa algo hoy.
Nucha meneó la cabeza intentando sonreír.
--No tengo nada.
Lo doliente y debilitado del acento la desmentía.
--Por Dios, señorita, no me responda que no.... ¡Si lo estoy viendo!
Señorita Marcelina.... ¡Válgame mi patrono San Julián! ¡Que no he de
poder yo servirle de algo, prestarle ayuda o consuelo! Soy una persona
humilde, inútil; pero con la intención, señorita, soy grande como una
montaña. ¡Quisiera, se lo digo con el corazón, que me mandase, que me
mandase!
Hacía estas protestas esgrimiendo un paño untado de tiza contra las
sacras, cuyo cerco de metal limpiaba con denuedo, sin mirarlo.
Alzó Nucha los ojos, y en ellos lució un rayo instantáneo, un impulso de
gritar, de quejarse, de pedir auxilio.... Al punto se apagó la llamarada,
y encogiéndose de hombros levemente, la señorita repitió:
--No tengo nada, Julián.
En el suelo había una cesta llena de hortensias y rama verde, destinada
al adorno de los floreros; Nucha empezó a colocarla con la destreza y
delicadeza graciosa que demostraba en el desempeño de todos sus
domésticos quehaceres. Julián, entre embelesado y afligido, seguía con
la vista el arreglo de las azules flores en los tarros de loza, el
movimiento de las manos enflaquecidas al través de las hojas verdes.
Notó que caía sobre ellas una gota de agua, gruesa, límpida, no
procedente de la humedad del rocío que aún bañaba las hortensias. Y casi
al tiempo mismo advirtió otra cosa, que le cuajó la sangre de horror: en
las muñecas de la señora de Moscoso se percibía una señal circular,
amoratada, oscura.... Con lucidez repentina, el capellán retrocedió dos
años, escuchó de nuevo los quejidos de una mujer maltratada a culatazos,
recordó la cocina, el hombre furioso.... Completamente fuera de sí, dejó
caer las sacras y tomó las manos de Nucha para convencerse de que, en
efecto, existía la siniestra señal....
Entraban a la sazón por la puerta de la capilla muchas personas: las
señoritas de Molende, el juez de Cebre, el cura de Ulloa, conducidos por
don Pedro, que los traía allí con objeto de que admirasen los trabajos
de restauración. Nucha se volvió precipitadamente; Julián, trastornado,
contestó balbuciendo al saludo de las señoritas. Primitivo, que venía a
retaguardia, clavaba en él su mirada directa y escrutadora.
-XXV-
Si unas elecciones durasen mucho, acabarían con quien las maneja, a puro
cansancio, molimiento y tensión del cuerpo y del espíritu, pues los
odios enconados, la perpetua sospecha de traición, las ardientes
promesas, las amenazas, las murmuraciones, las correrías y cartas
incesantes, los mensajes, las intrigas, la falta de sueño, las comidas
sin orden, componen una existencia vertiginosa e inaguantable. Acerca de
los inconvenientes prácticos del sistema parlamentario estaban muy de
acuerdo la yegua y la borrica que, con un caballo recio y joven
nuevamente adquirido por el mayordomo para su uso privado, completaban
las caballerizas de los Pazos de Ulloa. ¡Buenas cosas pensaban ellos de
las elecciones allá en su mente asnal y rocinesca, mientras jadeaban
exánimes de tanto trotar, y humeaba todo su pobre cuerpo bañado en
sudor!
¡Pues qué diré de la mula en que Trampeta solía hacer sus excursiones a
la capital! Ya las costillas le agujereaban la piel, de tan flaca como
se había puesto. Día y noche estaba el insigne cacique atravesado en la
carretera, y a cada viaje la elección de Cebre se presentaba más dudosa,
más peliaguda, y Trampeta, desesperado, vociferaba en el despacho del
Gobernador que importaba desplegar fuerza, destituir, colocar, asustar,
prometer, y, sobre todo, que el candidato cunero del gobierno aflojase
la bolsa, pues de otro modo el distrito se largaba, se largaba, se
largaba de entre las manos.
--¿Pues no decía usted--gritó un día el Gobernador con vehementes impulsos
de mandar al infierno al gran secretario--que la elección no sería muy
costosa; que los adversarios no podían gastar nada; que la Junta
carlista de Orense no soltaba un céntimo; que la casa de los Pazos no
soltaba un céntimo tampoco, porque a pesar de sus buenas rentas está
siempre a la quinta pregunta?
--Ahí verá usted, señor--contestó Trampeta--. Todo eso es mucha verdad;
pero hay momentos en que el hombre..., pues... cambia sus _auciones_,
como usted me enseña (Trampeta tenía esta muletilla). El marqués de
Ulloa....
--¡Qué marqués ni qué calabazas!--interrumpió con impaciencia el
Gobernador.