fuesen. ¡Pero créanme, como que esa luz nos está alumbrando! Venía yo de
tirar a las tórtolas en un sembrado, y me encontré a la chiquilla del
tío Pepe de Naya, que traía la vaca mismo cogida así y hacía ademán de
arrollarse una cuerda a la muñeca. «Buenos días». «Santos y buenos».
«¿Me da las _rulas_?». «¿Y qué me das por ellas, rapaza?». «No tengo un
_ichavo_ triste». «Pues déjame mamar de la vaquiña, que rabio de sed».
«Mame luego, pero no lo chupe todo». Me arrodillo así el ratón medio se
hincó de hinojos ante el abad de Naya, y ordeñando en la palma de la
mano, con perdón, zampo la leche. ¡Qué fresca! «Vaya, rapaza.... ¡San
Antón te guarde la vaca!». Ando, ando, ando, ando, y al cuarto de legua
de allí me entra un sueño por todo el cuerpo..., como que me voy
quedando tonto. ¡A escotar! Me meto por el monte arriba, y llegando a
donde hay unos tojos más altos que un cristiano, me tumbo así (con
perdón) y saco el sombrero, y lo dejo de esta manera (reparen bien)
sobre la yerba. Sueño fue, que hasta de allí a hora y media no volví en
mi acuerdo. Voy a apañar mi sombrero para largar.... Lo mismo que todos
nos habemos de morir y resucitar en la gloria del día del Juicio, me veo
debajo una culebra más gorda que mi brazo _drecho_..., ¡con perdón!
--¿Pero no que el izquierdo?--interrumpió don Eugenio picarescamente.
--¡Muchísimo más gorda!--continuó el ratón imperturbable--, y toda rollada,
rollada, rollada, que cabía allí debajo..., ¡y durmiendo como una santa
de Dios!
--¿Pero roncar, no roncaba?
--La condenada acudía al olor de la leche..., y valió que le dio idea de
esconderse en el chapeo..., que las intenciones bien se las conocí....
¡eran de metérseme por la boca, con perdón de las barbas honradas!
Aunque se armó gran algazara, la moderó algún tanto el cura de Boán
recordando las diversas ocasiones en que se oían contar casos análogos:
culebras que se encontraban en los establos mamando del pezón de las
vacas, otras que se deslizaban en la cuna de los niños para beberles la
leche en el estómago....
Asistía Julián a la velada, entretenido y contento, porque la alegría y
el humor de los cazadores le disipaba las ideas congojosas de algunos
días atrás, el miedo a la Sabia, a Primitivo, a los Pazos, los lúgubres
presentimientos acrecentados por la comunicación de los terrores
nerviosos de Nucha. Don Eugenio, viéndole animado, le porfiaba para que
fuese a hacerles una visita al cazadero; negábase Julián, pretextando la
necesidad de decir misa, de rezar las horas canónicas: en realidad, era
que no quería dejar enteramente sola a la señorita. Al cabo, tanto
insistió don Eugenio, que hubo de prometer, aplazando para el último
día.
--No ha de haber nada de eso-exclamó el bullicioso párroco--. Mañana por
la mañanita nos lo llevamos con nosotros.... Se vuelve de allá pasado
mañana temprano.
Toda resistencia hubiera sido inútil, y más en tal momento, cuando la
jarana crecía y el vino menguaba en los jarros. Julián sabía que aquella
gente maleante y retozona era capaz de llevarlo por fuerza, si se negaba
a ir de grado.
-XXII-
Tuvo, pues, que salir al romper el alba, dando diente con diente,
caballero en la mansa pollinita, y siendo blanco de las bromas de los
cazadores, porque iba vestido de modo asaz impropio para la ocasión, sin
zamarra, ni polainas de cuero, ni sombrerazo, ni armas ofensivas o
defensivas de ninguna especie. El día asomaba despejado y magnífico: en
las hierbas resplandecían las cristalizaciones de la escarcha; la tierra
se estremecía de frío y humeaba levemente a la primera caricia del sol;
el paso animado y gimnástico de los cazadores resonaba militarmente
sobre el terreno endurecido por la helada.
Desde el cazadero, adonde llegaron a cosa de las nueve, desparramáronse
por el monte. Julián, no sabiendo qué hacer de su persona, quedóse
pegado a don Eugenio, y le vio realizar dos proezas cinegéticas y meter
en el morral dos pollitos de perdiz, tibios aún de la recién arrancada
vida. Es de advertir que don Eugenio no gozaba fama de diestro tirador,
por lo cual, al reunirse los cazadores a mediodía para comer en un
repuesto encinar, el párroco de Naya invocó el testimonio de Julián para
que asegurase que se las había visto tirar al vuelo.
--¿Y qué es tirar al vuelo, don Julián?--le preguntaron todos.
Como el capellán se quedó parado al hacerle tan insidiosa pregunta,
ocurrióseles a los cazadores que sería cosa muy divertida darle a Julián
una escopeta y un perro y que intentase cazar algo. Quieras que no
quieras, fue preciso conformarse. Se le destinó el _Chonito_, perdiguero
infatigable, recastado, de hocico partido, el más ardiente y seguro de
cuantos canes iban allí.
--En cuanto vea que el perro se para--explicábale don Eugenio al novel
cazador, que apenas sabía por dónde coger el arma mortífera--, se prepara
usted y le anima para que entre..., y al salir las perdices, les apunta
y hace fuego cuando se tiendan.... Si es la cosa más fácil del mundo....
Chonito caminaba con la nariz pegada al suelo, sus ijares se estremecían
de impaciencia, de cuando en cuando se volvía para cerciorarse de que le
acompañaba el cazador. De pronto tomó el trote hacia un matorral de
u[r]ces, y repentinamente se quedó parado, en actitud escultural, tenso
e inmóvil como si lo hubiesen fundido en bronce para colocar en un
zócalo.
--¡Ahora!--exclamó el de Naya--. Eh, Julián, mándele que entre....
--Entra, Chonito, entra--murmuró lánguidamente el capellán.
El perro, sorprendido por el tono suave de la orden, vaciló; por fin se
lanzó entre las urces, y al punto mismo se oyó un revoloteo, y el bando
salió en todas direcciones.
--¡Ahora, condenado, ahora! ¡Ese tiro!--gritó don Eugenio.
Julián apretó el gatillo.... Las aves volaron raudamente y se perdieron
de vista en un segundo. Chonito, confuso, miraba al que había disparado,
a la escopeta y al suelo: el hidalgo animal parecía preguntar con los
ojos dónde se encontraba la perdiz herida, para portarla.
Media hora después se repitió la escena, y el desengaño de Chonito. Ni
fue el último, porque más adelante, en un sembrado, aún levantó el can
un bando tan numeroso, tan próximo, y que salía tan a tiro, que era casi
imposible no _tumbar_ dos o tres perdices disparando a bulto. Otra vez
hizo fuego Julián. El perdiguero ladraba de entusiasmo y de gozo.... Mas
ninguna perdiz cayó. Entonces Chonito, clavando en el capellán una
mirada casi humana, llena de desprecio, volvió grupas y se alejó
corriendo a todo correr, sin dignarse oír las imperativas voces con que
lo llamaban....
No hay cómo encarecer lo que se celebró este rasgo de inteligencia a la
hora de la cena. Se hizo chacota de Julián, y, en penitencia de su
torpeza, se le condenó a asistir inmediatamente, cansado y todo, a la
espera de las liebres.
La luna de aquella noche de diciembre semejaba disco de plata bruñida
colgado de una cúpula de cristal azul oscuro; el cielo se ensanchaba y
se elevaba por virtud de la serenidad y transparencia casi boreales de
la atmósfera.
Caía helada, y en el aire parecía que se cruzaban millares de finísimas
agujas, que apretaban las carnes y reconcentraban el calor vital en el
corazón. Pero para la liebre, vestida con su abrigado manto de suave y
tupido pelo, era noche de festín, noche de pacer los tiernos retoños de
los pinos, la fresca hierba impregnada de rocío, las aromáticas plantas
de la selva; y noche también de amor, noche de seguir a la tímida
doncella de luengas orejas y breve rabo, sorprenderla, conmoverla y
arrastrarla a las sombrías profundidades del pinar....
Tras de los pinos y matorrales se emboscaban en noches así los
cazadores. Tendidos boca abajo, cubierto con un papel el cañón de la
carabina a fin de que el olor de la pólvora no llegue a los finos
órganos olfativos de la liebre, aplican el oído al suelo, y así se pasan
a veces horas enteras. Sobre el piso endurecido por el hielo resuena
claramente el trotecillo irregular de la caza; entonces el cazador se
estremece, se endereza, afianza en tierra la rodilla, apoya la escopeta
en el hombro derecho, inclina el rostro y palpa nerviosamente el gatillo
antes de apretarlo. A la claridad lunar divisa por fin un monstruo de
fantástico aspecto, pegando brincos prodigiosos, apareciendo y
desapareciendo como una visión: la alternativa de la oscuridad de los
árboles y de los rayos espectrales y oblicuos de la luna hace parecer
enorme a la inofensiva liebre, agiganta sus orejas, presta a sus saltos
algo de funambulesco y temeroso, a sus rápidos movimientos una velocidad
que deslumbra. Pero el cazador, con el dedo ya en el gatillo, se
contiene y no dispara. Sabe que el fantasma que acaba de cruzar al
alcance de sus perdigones es la hembra, la Dulcinea perseguida y
recuestada por innumerables galanes en la época del celo, a quien el
pudor obliga a ocultarse de día en su gazapera, que sale de noche,
hambrienta y cansada, a descabezar cogollos de pino, y tras de la cual,
desalados y hechos almíbar, corren por lo menos tres o cuatro machos,
deseosos de románticas aventuras. Y si se deja pasar delante a la dama,
ninguno de los nocturnos rondadores se detendrá en su carrera loca,
aunque oiga el tiro que corta la vida de su rival, aunque tropiece en el
camino su ensangrentado cadáver, aunque el tufo de la pólvora le diga:
«¡Al final de tu idilio está la muerte!».
No, no se pararán. Acaso el instinto de cobardía propio de su raza les
moverá a agazaparse breves minutos detrás de un arbusto o de una peña;
pero al primer imperceptible efluvio amoroso que les traiga la cortante
brisa; al primer hálito de la hembra que se destaque del olor de la
resina exhalado por los pinares, los fogosos perseguidores se lanzarán
de nuevo y con más brío, ciegos de amor, convulsos de deseo, y el
cazador que los acecha los irá tendiendo uno por uno a sus pies, sobre
la hierba en que soñaron tener lecho nupcial.
-XXIII-
En el corazón de la tierna heredera de los Ulloas tenía el capellán,
desde hacía algún tiempo, un rival completamente feliz y victorioso:
Perucho.
Le bastó presentarse para triunfar. Entró un día en la punta de los
pies, y sin ser sentido fue arrimándose a la cuna. Nucha le ofrecía de
vez en cuando golosinas y calderilla, y el rapaz, como suele suceder a
las fieras domesticadas, contrajo excesiva familiaridad y apego, y
costaba trabajo echarle de allí, encontrándosele por todas partes, donde
menos se pensaba, a manera de gatito pequeño viciado en el mimo y la
compañía.
Muchísimo le llamó la atención la chiquitina al pronto. Ni los pollos
nuevos cuando rompían el cascarón, ni los cachorros de la Linda, ni los
recentales de la vaca, consiguieron nunca fijar así las miradas atónitas
de Perucho. No podía él darse cuenta de cómo ni por dónde había venido
tan gran novedad; sobre este tema, se perdía en reflexiones. Rondaba la
cuna incesantemente, poniéndose en riesgo notorio de recibir algún
pescozón del ama, y, como no le expulsasen, se estaba buena pieza con el
dedito en la boca, absorto y embelesado, más parecido que nunca a los
amorcillos de los jardines que dicen con su actitud: «Silencio». Jamás
se le había visto quieto tantas horas seguidas. Así que la niña empezó a
tener asomos de conciencia de la vida exterior, dio claras muestras de
que si ella le interesaba a Perucho, no le importaba menos Perucho a
ella. Ambos personajes reconocieron en seguida su mutua importancia, y a
este reconocimiento siguieron evidentes señales de concordia y regocijo.
Apenas veía la chiquilla a Perucho, brillaban sus ojuelos, y de su boca
entreabierta salía, unido a la cristalina y caliente baba de la
dentición, un amorosísimo gorjeo. Tendía ansiosamente las manos, y
Perucho, comprendiendo la orden, acercaba la cabeza cerrando los
párpados; entonces la pequeña saciaba su anhelo, tirando a su sabor del
pelo ensortijado, metiendo los dedos de punta por boca, orejas y nariz,
todo acompañado del mismo gorjeo, y entreverado con chillidos de alegría
cuando, por ejemplo, acertaba con el agujero de la oreja.
Pasados los dos o tres primeros meses de lactancia, el genio de los
niños se agria, y sus llantos y rabietas son frecuentes, porque empiezan
los fenómenos precursores de la dentición a molestarles. Cuando tal
sucedía a su niña, Nucha solía emplear con buen resultado el talismán de
la presencia de Perucho. Un día que el berrenchín no cesaba, fue preciso
acudir a expedientes más heroicos: sentar a Perucho en una silleta baja
y ponerle en brazos a la chiquitina. Él se estaba quieto, inmóvil, con
los ojos muy abiertos y fijos, sin osar respirar, tan hermoso, que daban
ganas de comérselo. La chiquita, sin transición, había pasado de la
furia a la bonanza, y reía abriendo un palmo de desdentada boca; reía
con los labios, con el mirar, con los pies bailarines, que descargaban
pataditas menudas en el muslo de Perucho. No se atrevía el rapaz ni a
volver la cabeza, de puro encantado.
A medida que la chiquilla atendía más, Perucho se ingeniaba en traerle
juguetes inventados por él, que la divertían infinito. No se sabe lo que
aquel galopín discurría para encontrar a cada paso cosas nuevas, ya
fuesen flores, ya pajaritos vivos, ya ballestas de caña, ya todo género
de porquerías, que era lo que más entusiasmaba a la pequeña.
Presentábase a lo mejor con una rana atada por una pata, perneando en
grotescas contorsiones, o llegaba ufanísimo con un ratón acabadito de
nacer, tan chico y asustado, que daba lástima. Tenía aquel cachidiablo
la especialidad de los juguetes animados. En su _pucho_ roto y
agujereado almacenaba lagartijas, mariposas y _mariquitas de Dios_; en
sus bolsillos y seno, nidos, frutos y gusanos. La señorita le tiraba
bondadosamente de las orejas.
--Como vuelvas a traer aquí tales ascos..., verás, verás. Te he de colgar
de la chimenea como a los chorizos, para que te ahúmes.
Julián transigía con estas intimidades, mientras no sorprendió el
secreto de otras harto menos inocentes. Desde que madrugando había visto
a Sabel salir del cuarto de don Pedro, dábale un vuelco la sangre cada
vez que tropezaba al chiquillo y notaba el afecto con que lo trataba
Nucha a veces.
Cierto día entró el capellán en la habitación de la señorita y encontró
un inesperado espectáculo. En el centro de la cámara humeaba un colosal
barreñón de loza, lleno de agua templada, y estrechamente abrazados y en
cueros, el chiquillo sosteniendo en brazos a la niña, estaban Perucho y
la heredera de Ulloa en el baño. Nucha, en cuclillas, vigilaba el grupo.
--No hubo otro medio de reducirla a bañarse--exclamó al advertir la
admiración de Julián--; y como don Máximo dice que el baño le conviene....
--No me pasmo yo de ella--respondió el capellán--, sino de él, que le teme
más al agua que al fuego.
--A trueque de estar con la nena--replicó Nucha--, se deja él bañar aunque
sea en pez hirviendo. Ahí los tiene usted en sus glorias. ¿No parecen un
par de hermanitos?
Al pronunciar sin intención la frase, Nucha, desde el suelo, alzaba la
mirada hacia Julián. La descomposición de la cara de éste fue tan
instantánea, tan reveladora, tan elocuente, tan profunda, que la señora
de Moscoso, apoyándose en una mano, se irguió de pronto, quedándose en
pie frente a él. En aquel rostro consumido por la larga enfermedad, y
bajo cuya piel fina se traslucía la ramificación venosa; en aquellos
ojos vagos, de ancha pupila y córnea húmeda, cercados de azulada ojera,
vio Julián encenderse y fulgurar tras las negras pestañas una luz
horrible, donde ardían la certeza, el asombro y el espanto. Calló. No
tuvo ánimos para pronunciar una sola frase, ni disimulo para componer
sus facciones alteradas.
La niña, en el tibio bienestar del baño, sonreía, y Perucho,
sosteniéndola por los sobacos, hablándola con tierna algarabía de
diminutivos cariñosos, la columpiaba en el líquido transparente, le
abría los muslos para que recibiese en todas partes la frescura del
agua, imitando con religioso esmero lo que había visto practicar a
Nucha. Ocurría la escena en un salón de los más chicos de la casa,
dividido en dos por descomunal y maltratadísimo biombo del siglo pasado,
pintado harto fantásticamente con paisajes inverosímiles: árboles
picudos en fila que parecían lechugas, montañas semejantes a quesos de
San Simón, nubarrones de hechura de panecillos, y casas con techo
colorado, dos ventanas y una puerta, siempre de frente al espectador.
Ocultaba el biombo la cama de Nucha, de copete dorado y columnas
salomónicas, y la cunita de la niña. Inmóvil por espacio de algunos
segundos, la señorita recobró de improviso la acción. Se inclinó hacia
el barreño y arrancó de golpe a su hija de brazos de Perucho.
La criatura, sorprendida y asustada por el brusco movimiento,
interrumpida en su diversión, rompió en llanto desconsolado y repentino;
y su madre, sin hacerle caso, entró corriendo tras el biombo, la echó en
la cuna, y medio la arropó, volviendo a salir inmediatamente. Aún
permanecía Perucho en el agua, asaz asombrado; la señorita le asió de
los hombros, del pelo, de todas partes, y empujándole cruelmente,
desnudo como estaba, le persiguió por el salón hasta expulsarle a
empellones.
--¡Largo de aquí!--decía más pálida que nunca y con los ojos llameantes--.
¡Que no te vea yo entrar!... Como vuelvas te azoto, ¿entiendes?, ¡te
azoto!
Pasó tras el biombo otra vez, y Julián la siguió aturdido, sin saber lo
que le sucedía. Con la cabeza baja, los labios temblones, la señora de
Moscoso arreglaba, sin disimular el desatiento de las manos, los pañales
de su hija, cuyo llorar tenía ya inflexiones de pena como de persona
mayor.
--Llame usted al ama--ordenó secamente Nucha.
Corrió Julián a obedecer. A la puerta del salón le cerraba el paso una
cosa tendida en el suelo; alzó el pie; era Perucho, en cueros,
acurrucado. No se le oía el llanto: veíase únicamente el brillo de los
gruesos lagrimones, y el vaivén del acongojado pecho. Compadecido el
capellán, levantó a la criatura. Sus carnes, mojadas aún, estaban
amoratadas y yertas.
--Ven por tu ropa--le dijo--. Llévala a tu madre para que te vista. Calla.
Insensible como un espartano al mal físico, Perucho sólo pensaba en la
injusticia cometida con él.
--No hacía mal...--balbució, ahogándose--. No-ha-cí--a-mal...
ningu... no....
Volvió Julián con el ama, pero la criatura tardó bastante en consolarse
al pecho. Ponía la boquita en el pezón, y de repente torcía la cara,
hacía pucheros, iniciaba un llanto quejumbroso. Nucha, con andar
automático, salió del retrete formado por el biombo y se acercó a la
ventana, haciendo seña a Julián de que la siguiese. Y, demudados ambos,
se contemplaron algunos minutos silenciosamente, ella preguntando con
imperiosa ojeada, él resuelto ya a engañar, a mentir. Hay problemas que
sólo lo son planteados a sangre fría; en momentos de apuro, los resuelve
el instinto con seguridad maravillosa. Julián estaba determinado a
faltar a la verdad sin escrúpulos.
Al cabo Nucha pronunció con sordo acento:
--No crea que es la primera vez que se me ocurre que ese... chiquillo
es... hijo de mi marido. Lo he pensado ya; sólo que fue como un
relámpago, de esas cosas que desecha uno apenas las concibe. Ahora ya...
ya estamos en otro caso. Sólo con ver su cara de usted....
--¡Jesús!, ¡señorita Marcelina! ¿Qué tiene que ver mi cara?... No se
acalore, le ruego que no se acalore.... ¡Por fuerza esto es cosa del
demonio! ¡Jesús mil veces!
--No, no me acaloro-exclamó ella, respirando fuerte y pasándose por la
frente la palma extendida.
--¡Válgame Dios! Señorita, a usted le va mal. Se le ha vuelto un color....
Estoy viendo que le da el ataque. ¿Quiere la cucharadita?
--No, no y no; esto no es nada: un poco de ahogo en la garganta. Esto
lo... noto muchas veces; es como una bola que se me forma allí.... Al
mismo tiempo parece que me barrenan la sien.... Al caso, al caso.
Decláreme usted lo que sabe. No calle nada.
--Señorita...--Julián resolvió entonces, en su interior, apelar a eso que
llaman subterfugio jesuítico, y no es sino natural recurso de cuantos,
detestando la mentira, se ven compelidos a temer la verdad--. Señorita....
Reniego de mi cara. ¡Lo que se le ha ido a ocurrir! Yo no pensaba en
semejante cosa. No, señora, no.
La esposa hincó más sus ojos en los del capellán e hizo dos o tres
interrogaciones concretas, terminantes. Aquí del jesuitismo, mejor
dicho, de la verdad cogida por donde no pincha ni corta.
--Me puede creer; ya ve que no había de tener gusto en decir una cosa por
otra: no sé de quién es el chiquillo. Nadie lo sabe de cierto. Parece
natural que sea del querido de la muchacha.
--¿Usted está seguro de que tiene... querido?
--Como de que ahora es de día.
--¿Y de que el querido es un mozo aldeano?
--Sí señora: un rapaz guapo por cierto; el que toca la gaita en las
fiestas de Naya y en todas partes. Le he visto venir aquí mil veces, el
año pasado, y... andaban juntos. Es más: me consta que trataban de sacar
los papeles para casarse. Sí señora: me consta. Ya ve usted que....
Nucha respiró de nuevo, llevándose la diestra a la garganta, que sin
duda le oprimía el consabido ahogo. Sus facciones se serenaron un tanto,
sin recobrar su habitual compostura y apacibilidad encantadora:
persistía la arruga en el entrecejo, el extravío en el mirar.
--¡Mi niña...--articuló en voz baja--, mi niña abrazada con él! Aunque
usted diga y jure y perjure.... Julián, esto hay que remediarlo. ¿Cómo
voy a vivir de esta manera? ¡Ya me debía usted avisar antes! Si el
chiquillo y la mujer no salen de aquí, yo me volveré loca. Estoy
enferma; estas cosas me hacen daño..., daño.
Sonrió con amargura y añadió:
--Tengo poca suerte.... No he hecho mal a nadie, me he casado a gusto de
papá, y mire usted ¡cómo se me arreglan las cosas!
--Señorita....
--No me engañe usted también recalcó el _también_. Usted se ha criado en
mi casa, Julián, y para mí es usted como de la familia. Aquí no cuento
con otro amigo. Aconséjeme.
--Señorita--exclamó el capellán con fuego--, quisiera librarla de todos los
disgustos que pueda tener en el mundo, aunque me costase sangre de las
venas.
--O esa mujer se casa y se va--pronunció Nucha--, o....
Interrumpió aquí la frase. Hay momentos críticos en que la mente
acaricia dos o tres soluciones violentísimas, extremas, y la lengua, más
cobarde, no se atreve a formularlas.
--Pero, señorita Marcelina, no se mate así--porfió Julián--. Son
figuraciones, señorita, figuraciones.
Ella le tomó las manos entre las suyas, que ardían.
--Dígale usted a mi marido que la eche, Julián. ¡Por amor de Dios y su
madre santísima!
El contacto de aquellas palmas febriles, la súplica, turbaron al
capellán de un modo inexplicable, y sin reflexionar exclamó:
--¡Tantas veces se lo he dicho!
--¡Ve usted!--repuso ella, sacudiendo la cabeza y cruzando las manos.
Enmudecieron. En la campiña se oía el ronco graznido de los cuervos;
tras el biombo, la niña lloriqueaba, inconsolable. Nucha se estremeció
dos o tres veces. Por último articuló dando con los nudillos en los
vidrios de la ventana:
--Entonces seré yo....
El capellán murmuró como si rezase:
--Señorita.... Por Dios.... No se revuelva la cabeza.... Déjese de eso....
La señora de Moscoso cerró los ojos y apoyó la faz en los vidrios de la
ventana. Procuraba contenerse: la energía y serenidad de su carácter
querían salir a flote en tan deshecha tempestad. Pero agitaba sus
hombros un temblor, que delataba la tiranía del sistema nervioso sobre
su debilitado organismo. El temblor, por fin, fue disminuyendo y
cesando.... Nucha se volvió, con los ojos secos y los nervios domados ya.
-XXIV-