Tardó bastante el capellán en dormirse. Recapacitaba en sus terrores y

concedía su ridiculez; prometíase vencer aquella pusilanimidad suya;

pero duraba aún el desasosiego: la impulsión estaba comunicada y

almacenada en sinuosidades cerebrales muy hondas. Apenas le otorgó sus

favores el sueño, vino con él una legión de pesadillas a cual más negra

y opresora. Empezó a soñar con los Pazos, con el gran caserón; mas, por

extraña anomalía propia del estado, cuyo fundamento son siempre nociones

de lo real, pero barajadas, desquiciadas y revueltas merced al anárquico

influjo de la imaginación, no veía la huronera tal cual la había visto

siempre, con su vasta mole cuadrilonga, sus espaciosos salones, su ancho

portalón inofensivo, su aspecto amazacotado, conventual, de construcción

del siglo XVIII; sino que, sin dejar de ser la misma, había mudado de

forma; el huerto con bojes y estanque era ahora ancho y profundo foso;

las macizas murallas se poblaban de saeteras, se coronaban de almenas;

el portalón se volvía puente levadizo, con cadenas rechinantes; en suma:

era un castillote feudal hecho y derecho, sin que le faltase ni el

romántico aditamento del pendón de los Moscosos flotando en la torre del

homenaje; indudablemente, Julián había visto alguna pintura o leído

alguna medrosa descripción de esos espantajos del pasado que nuestro

siglo restaura con tanto cariño. Lo único que en el castillo recordaba

los Pazos actuales era el majestuoso escudo de armas; pero aun en este

mismo existía diferencia notable, pues Julián distinguía claramente que

se habían animado los emblemas de piedra, y el pino era un árbol verde

en cuya copa gemía el viento, y los dos lobos rapantes movían las

cabezas exhalando aullidos lúgubres. Miraba Julián fascinado hacia lo

alto de la torre, cuando vio en ella alarmante figurón: un caballero con

visera calada, todo cubierto de hierro; y aunque ni un dedo de la mano

se le descubría, con el don adivinatorio que se adquiere soñando, Julián

percibía al través de la celada la cara de don Pedro. Furioso,

amenazador, enarbolaba don Pedro un arma extraña, una bota de acero, que

se disponía a dejar caer sobre la cabeza del capellán. Éste no hacía

movimiento alguno para desviarse, y la bota tampoco acababa de caer; era

una angustia intolerable, una agonía sin término; de repente sintió que

se le posaba en el hombro una lechuza feísima, con greñas blancas. Quiso

gritar: en sueños el grito se queda siempre helado en la garganta. La

lechuza reía silenciosamente. Para huir de ella, saltaba el foso; mas

éste ya no era foso, sino la represa del molino; el castillo feudal

también mudaba de hechura sin saberse cómo; ahora se parecía a la

clásica torre que tienen en las manos las imágenes de Santa Bárbara; una

construcción de cartón pintado, hecha de sillares muy cuadraditos, y a

cuya ventana asomaba un rostro de mujer pálido, descompuesto.... Aquella

mujer sacó un pie, luego otro... fue descolgándose por la ventana

abajo.... ¡Qué asombro! ¡Era la sota de bastos, la mismísima sota de

bastos, muy sucia, muy pringosa! Al pie del muro la esperaba el caballo

de espadas, una rara alimaña azul, con la cola rayada de negro. Mas a

poco Julián reconoció su error: ¡qué caballo de espadas! No era sino San

Jorge en persona, el valeroso caballero andante de las celestiales

milicias, con su dragón debajo, un dragón que parecía araña, en cuya

tenazuda boca hundía la lanza con denuedo.... Brillante y aguda, la lanza

descendía, se hincaba, se hincaba.... Lo sorprendente es que el lanzazo

lo sentía Julián en su propio costado.... Lloraba muy bajito, queriendo

hablar y pedir misericordia; nadie acudía en su auxilio, y la lanza le

tenía ya atravesado de parte a parte.... Despertó repentinamente,

resintiéndose de una punzada dolorosa en la mano derecha, sobre la cual

había gravitado el peso del cuerpo todo, al acostarse del lado

izquierdo, posición favorable a las pesadillas.

-XX-

Los sueños de las noches de terror suelen parecer risibles apenas

despunta la claridad del nuevo día; pero Julián, al saltar de la cama,

no consiguió vencer la impresión del suyo. Proseguía el hervor de la

imaginación sobrexcitada: miró por la ventana, y el paisaje le pareció

tétrico y siniestro; verdad es que entoldaban la bóveda celeste

nubarrones de plomo con reflejos lívidos, y que el viento, sordo unas

veces y sibilante otras, doblaba los árboles con ráfagas repentinas. El

capellán bajó la escalera de caracol con ánimo de decir su misa, que a

causa del mal estado de la capilla señorial acostumbraba celebrar en la

parroquia. Al regresar y acercarse a la entrada de los Pazos, un

remolino de hojas secas le envolvió los pies, una atmósfera fría le

sobrecogió, y la gran huronera de piedra se le presentó imponente,

ceñuda y terrible, con aspecto de prisión, como el castillo que había

visto soñando. El edificio, bajo su toldo de negras nubes, con el ruido

temeroso del cierzo que lo fustigaba, era amenazador y siniestro. Julián

penetró en él con el alma en un puño. Cruzó rápidamente el helado

zaguán, la cavernosa cocina, y, atravesando los salones solitarios, se

apresuró a refugiarse en la habitación de Nucha, donde acostumbraban

servirle el chocolate por orden de la señorita.

Encontró a ésta algo más desemblantada que de costumbre. Al abatimiento

que de ordinario se revelaba en su rostro afilado, se agregaba una

contracción y un azoramiento, indicios de gran tirantez nerviosa. Tenía

a la niña en brazos, y al ver llegar a Julián le hizo rápidamente seña

de que ni chistase ni se menease, que el angelito andaba en tratos de

aletargarse al calor del seno maternal. Inclinada sobre la criatura,

Nucha le echaba el aliento para mejor adormecerla, y arreglaba con

febriles movimientos el pañolón calcetado que envolvía, como el capullo

a la oruga, aquella vida naciente. Pestañeó la niña dos o tres veces, y

luego cerró los ojitos, mientras su madre no cesaba de arrullarla con

una _nana_ aprendida del ama, una especie de gemido cuya base era el

triste, ¡_lai... lai_!, la queja lenta y larga de todas las canciones

populares en Galicia. El canto fue descendiendo, hasta concluir en la

pronunciación melancólica y cariñosa de una sola letra, la _e_

prolongada; y levantándose en puntas de pie, Nucha depositó a su hija en

la cuna muy delicada y cuidadosamente, pues la chiquilla era tan

lista--en opinión de su madre--que distinguía al punto la cuna del brazo,

y era capaz de despertar del sopor más profundo si se enteraba de la

sustitución.

Por lo mismo Julián y Nucha se hablaron muy de quedo, mientras la

señorita manejaba la aguja de _crochet_ calcetando unos zapatitos que

parecían bolsas. Julián empezó por preguntar si se le había quitado el

susto de la noche anterior.

--Sí, pero todavía estoy no sé cómo.

--Yo tampoco les tengo afición a esos bichos asquerosos.... No los había

visto tan gordos hasta que vine a la aldea. En el pueblo apenas los hay.

--Pues yo--contestó Nucha--era antes muy valiente; pero desde... que nació

la pequeña, no sé qué me pasa; parece que me he vuelto medio tonta, que

tengo miedo a todo....

Interrumpió la labor, y alzó la cara; sus grandes ojos estaban

dilatados; sus labios, ligeramente trémulos.

--Es una enfermedad, es una manía; ya lo conozco, pero no lo puedo

remediar, por más que hago. Tengo la cabeza debilitada; no pienso sino

en cosas de susto, en espantos.... ¿Ve usted qué chillidos di ayer por la

dichosa araña? Pues de noche, cuando me quedo sola con la niña...--porque

el ama durmiendo es lo mismo que si estuviese muerta; aunque le disparen

al oído un cañón de a ocho no se mueve--haría a cada paso escenas por el

estilo si no me dominase. No se lo digo a Juncal por vergüenza; pero veo

cosas muy raras. La ropa que cuelgo me representa siempre hombres

ahorcados, o difuntos que salen del ataúd con la mortaja puesta; no

importa que mientras está el quinqué encendido, antes de acostarme, la

arregle así o asá; al fin toma esas hechuras extravagantes aun no bien

apago la luz y enciendo la lamparilla. Hay veces que distingo personas

sin cabeza; otras, al contrario, les veo la cara con todas sus

facciones, la boca muy abierta y haciendo muecas.... Esos mamarrachos que

hay pintados en el biombo se mueven; y cuando crujen las ventanas con el

viento, como esta noche, me pongo a cavilar si son almas del otro mundo

que se quejan....

--¡Señorita!--exclamó dolorosamente Julián--. ¡Eso es contra la fe! No

debemos creer en aparecidos ni en brujerías.

--¡Si yo no creo!--repuso la señorita riendo nerviosamente--. ¿Usted se

figura que soy como el ama, que dice que ha visto en realidad la

_Compaña_, con su procesión de luces allá a las altas horas? En mi vida

he dado crédito a paparruchas semejantes; por eso digo que debo de estar

enferma, cuando me persiguen visiones y vestiglos.... Lo que siempre me

porfía el señor de Juncal: fortalecerse, criar sangre.... Lástima que la

sangre no se compre en la tienda.... ¿no le parece a usted?

--O que... los sanos no se la podamos regalar a... los que... la

necesitan....

Dijo esto el presbítero titubeando, poniéndose encendido hasta la nuca,

porque su impulso primero había sido exclamar: «Señorita Marcelina, aquí

está mi sangre a la disposición de usted».

El silencio producido por arranque tan vivo duró algunos segundos,

durante los cuales ambos interlocutores miraron fijamente, distraídos y

ensimismados, el paisaje que se alcanzaba desde la ancha y honda ventana

fronteriza. Al pronto no lo vieron; luego su efecto sombrío les fue

entrando, mal de su grado, por los ojos hasta el alma. Eran las montañas

negras, duras, macizas en apariencia, bajo la oscurísima techumbre del

cielo tormentoso; era el valle alumbrado por las claridades pálidas de

un angustiado sol; era el grupo de castaños, inmóvil unas veces, otras

violentamente sacudido por la racha del ventarrón furioso y

desencadenado.... A un mismo tiempo exclamaron los dos, capellán y

señorita:

--¡Qué día tan triste!

Julián reflexionaba en la rara coincidencia de los terrores de Nucha y

los suyos propios; y, pensando alto, prorrumpía:

--Señorita, también esta casa..., vamos, no es por decir mal de ella,

pero... es un poco _miedosa_. ¿No le parece?

Los ojos de Nucha se animaron, como si el capellán le hubiese adivinado

un sentimiento que no se atrevía a manifestar.

--Desde que ha venido el invierno--murmuró hablando consigo misma--no sé

qué tiene ni qué trazas saca... que no me parece la misma.... Hasta las

murallas se han vuelto más gordas y la piedra más oscura.... Será una

tontería, ¡ya sé que lo será!, pero no me atrevo a salir de mi

habitación, yo que antes revolvía todos los rincones y andaba por todas

partes.... Y no tengo remedio sino dar una vuelta por ella.... Necesito

ver si hay abajo, en el sótano, arcones para la ropa blanca.... Hágame el

favor de venir, Julián, ahora que la niña duerme.... Quiero quitarme de

la cabeza estas aprensiones y estas tontunas.

Intentó el capellán disuadirla: temía que se cansase, que se enfriase al

atravesar los salones, al bajar al claustro. La señorita no dio más

respuesta que dejar la labor, envolverse en su mantón y echar a andar.

Cruzaron a buen paso la fila de habitaciones extensas, desamuebladas,

casi vacías, donde las pisadas retumbaban sordamente. De tiempo en

tiempo, Nucha volvía la cabeza atrás a ver si la seguía su acompañante,

y el ademán de volverla revelaba alteración y zozobra. En la diestra

columpiaba un manojo de llaves. Salieron al claustro superior, y por una

escalerilla muy pendiente descendieron al inferior, cuyas arcadas eran

de piedra.

Llegados al patín que cerraba el grave claustro, Nucha señaló a un pilar

que tenía incrustada una argolla de hierro, de la cual colgaba aún un

eslabón comido de orín.

--¿Sabe usted qué era esto?--murmuró con apagada voz.

--No sé--respondió Julián.

--Dice Pedro--explicó la señorita--que estuvo ahí la cadena con que tenían

sujeto sus abuelos a un negro esclavo.... ¿No parece mentira que se

hiciesen semejantes crueldades? ¡Qué tiempos tan malos, Julián!

--Señorita..., a don Máximo Juncal, que no piensa más que en política,

todo se le vuelve hablar de eso; pero mire usted, en cada tiempo hay su

legua de mal camino.... Bastantes barbaridades hacen hoy en día, y la

religión anda perdida desde estas grescas.

--Pero como aquí--observó Nucha, formulando sencillamente una observación

histórico-filosófica de bastante alcance--no ve uno sino las atrocidades

de los señores de otro tiempo..., parece que son las únicas que le dan

en qué pensar.... ¿Por qué serán tan malos cristianos los hombres?--añadió

entreabriendo los labios con cándido asombro.

El cielo se oscureció más en el momento de expresarse así Nucha; un

relámpago alumbró súbitamente las profundidades de las arcadas del

claustro y el rostro de la señorita, que adquirió a la luz verdosa el

aspecto trágico de una faz de imagen.

--¡Santa Bárbara bendita!--articuló piadosamente el capellán,

estremeciéndose--. Volvámonos arriba, señorita.... Está tronando. Como

este año no tuvimos _cordonazo de San Francisco_..., ya se ve, el

equinoccio no quiere pasar sin esto.... ¿Subimos?

--No--resolvió Nucha, empeñada en combatir sus propios terrores--. Ésta es

la puerta del sótano.... ¿Cuál será la llave?

La buscó algún tiempo en el manojo. Al introducirla en la cerradura y

empujar la puerta, otro relámpago bañó de claridad fantasmagórica el

sitio en que iba a penetrar; rodó el carro del trueno, pausado al

principio, después ronco y formidable, como una voz hinchada por la

cólera, y Nucha retrocedió con espanto.

--¿Qué sucede, señorita querida? ¿Qué sucede?--gritó el capellán.

--¡Nada... nada!--tartamudeó la señora de Ulloa--. Se me figuró al abrir

que estaba ahí dentro un perro muy grande, sentado, y que se levantaba y

se me echaba para morderme.... ¿Si no los tendré cabales? Pues mire usted

que juraría haberlo visto.

--¡El dulce Nombre! No, señorita es que hace frío aquí, es que truena, es

que es una locura andar ahora revolviendo en los sótanos.... Retírese

usted; yo buscaré lo que haga falta.

--No--replicó Nucha con energía--. Ya me carga de veras ser tan boba....

Quiero entrar antes, para que vea usted si comprendo perfectamente que

todas son necedades.... ¿Trae usted la cerilla?--gritó ya desde dentro.

El capellán la encendió, y a su luz menos que dudosa vieron el sótano,

mejor dicho, entrevieron las paredes destilando humedad; el confuso

montón de objetos retirados allí por inservibles y pudriéndose en los

rincones; el conjunto de cosas informes y, por lo mismo, temerosas y

vagas. En la penumbra de aquel lugar casi subterráneo, en el

hacinamiento de vejestorios retirados por inservibles y entregados a las

ratas, la pata de una mesa parecía un brazo momificado, la esfera de un

reloj era la faz blanquecina de un muerto, y unas botas de montar

carcomidas, asomando por entre papeles y trapos, despertaban en la

fantasía la idea de un hombre asesinado y oculto allí. No obstante,

Nucha, con paso resuelto, fue derecha al caos húmedo y medroso, y, con

la voz ahogada y conmovida de los que acaban de obtener un gran triunfo

sobre sí mismos, gritó:

--Aquí está el arcón.... Que me lo suban después....

Salió muy animada, satisfecha de su resolución, vencedora en la lucha

cuerpo a cuerpo con el caserón que la asustaba. Al subir otra vez por la

escalerilla, volvió a sobrecogerla el fragor de un trueno más hondo,

poderoso y cercano que los anteriores. ¡Era preciso encender la vela del

Santísimo y rezar el Trisagio!

Así lo hicieron al punto. La vela fue colocada sobre la cómoda de Nucha:

un cirio bastante largo aún, de cera color de naranja, con muchas

lágrimas y un pábilo que chisporroteaba y no acababa de arder. Antes de

arrodillarse, cerraron las maderas de la ventana, para evitar que la

ojeada fulgurante del relámpago les deslumbrase a cada minuto. Rugía con

creciente ira el viento, y la tronada se había situado sobre los Pazos,

oyéndose su estruendo lo mismo que si corriese por el tejado un

escuadrón de caballos a galope o si un gigante se entretuviese en

arrastrar un peñasco y llevarlo a tumbos por encima de las tejas. ¡Con

cuánto fervor empezó el capellán a guiar el Trisagio misterioso!

Anonadándose ante la cólera divina, cuya violencia sacudía y hacía

retemblar a los Pazos como si fuesen una choza, pronunciaba:

De la subitánea muerte del rayo y de la centella libra este Trisagio, y

sella a quien lo reza: y advierte....

Nucha, de repente, se incorporaba lanzando un chillido, y corría al

sofá, donde se reclinaba lanzando interrumpidas carcajadas histéricas,

que sonaban a llanto. Sus manos crispadas arrancaban los corchetes de su

traje, o comprimían sus sienes, o se clavaban en los almohadones del

sofá, arañándolos con furor.... Aunque tan inexperto, Julián comprendió

lo que ocurría: el espasmo inevitable, la explosión del terror

reprimido, el pago del alarde de valentía de la pobre Nucha....

--¡Filomena, Filomena! Aquí, mujer, aquí.... Agua, vinagre..., el

frasquito aquél.... ¿Dónde está el frasco que vino de la botica de Cebre?

Aflójele el vestido.... Ya me vuelvo de espaldas, mujer, no necesitaba

avisármelo.... Unos pañitos fríos en las sienes.... ¡Si truena, que

truene! Deje tronar.... Acuda a la señorita.... Déle aire con este papel

aunque sea.... ¿Ya está cubierta y floja? Se lo daré yo, poquito a

poco.... Que respire bien el vinagre...

-XXI-

Notóse días después alguna mejoría en el estado general de la señora de

Ulloa, con lo cual el capellán revivió y se le animó también el marchito

semblante. El marqués andaba en extremo distraído, organizando una

cazata a los lejanos montes de Castrodorna, más allá del río; el tiempo

se aseguraba; las noches eran de helada, claras y glaciales; acercábase

el plenilunio, y todo prometía feliz éxito. La víspera de la salida al

cazadero vinieron a dormir a los Pazos el notario de Cebre, el señorito

de Limioso, el cura de Boán, el de Naya, y un cazador furtivo, escopeta

negra infalible, conocida en el país por el alias de _Bico de rato_

(hocico de ratón), mote apropiadísimo a la color tiznada de su cara,

donde giraban dos ojuelos vivarachos. Llenóse la casa de ruido, de

tilinteo de cascabeles, de cadencia de uñas de perros sobre los pisos de

madera, de voces sonoras y de órdenes para tener en punto al amanecer

todos los arreos de caza. La cena fue regocijada y ruidosa: se bromeó,

se contaron de antemano las perdices que habían de sucumbir, se

saborearon por adelantado las provisiones que se llevaban al monte, y se

remojó previamente el gaznate con jarros de un tinto añejo que daba

gloria. A la hora de los postres y del café, habiéndose retirado Nucha,

que por el ansia de su niña se recogía temprano, subieron de la cocina

Primitivo y el ratón, y los futuros compañeros de glorias y fatigas

comenzaron a fraternizar fumando y trincando a competencia. Era el

momento más sabroso, el verdadero instante de felicidad espiritual para

un cazador de raza: era el minuto de las anécdotas cinegéticas y, sobre

todo, de los embustes.

Para éstos se establecía turno pacífico, pues nadie renunciaba a soltar

su correspondiente bola, y crecían en magnitud conforme se enredaba la

plática. Formaban círculo los cazadores, y a sus pies dormían enroscados

los perros, con un ojo cerrado y otro entreabierto y de párpado

convulso; a veces, cuando se aplacaban las risotadas y las frases

chistosas, se oía a los canes _tocar la guitarra_, espulgarse a toda

orquesta, ladrar por sueños, sacudir las orejas y suspirar con

resignación. Nadie les hacía caso.

El hocico de ratón tiene la palabra:

--¡Pueda que no me lo crean y es tan cierto como que habemos de morir y

la tierra nos ha de comer! Para más verdá fue un día de San Silvestre....

--Andarían las brujas sueltas--interrumpió el cura de Boán.

--Si eran _meigas_ o era el _trasno_, yo no lo sé: pero lo mismo que

habemos de dar cuenta a Dios nuestro Señor de nuestras _auciones_, me

pasó lo que les voy a contar. Andaba yo tras de una perdiz agachadito,

agachadito y el ratón se agachaba en efecto, siguiendo su inveterada

costumbre de representar cuanto hablaba, porque no llevaba perro ni

diaño que lo valiese, y estaba, con perdón de las barbas honradas que me

escuchan, para montar a caballo de un vallado, cuando oigo ¡tras tris,

tras tras!, ¡tipirí, tipirá!, el andar de una liebre; ¡más lista

venía... que las _zantellas_! Pues señor... _viro_ la cabeza mismo

así..., ¡con perdón de las barbas!, con mi escopeta más agarrada que la

Bula..., y de repente, ¡pan!, me pasa una cosa del otro mundo por encima

de la cabeza, y me caigo del vallado abajo....

Explosión de preguntas, de risas, de protestas.

--¿Una cosa del otro mundo?

--¿Un ánima del Purgatorio?

--¿Pero él era persona o animal o qué mil rayos era?

--Abrir la puerta, que esta mentira no cabe en la habitación.

--¡Así Dios me salve y me dé la gloria como es verdad!--clamó el hocico de

ratón, poniendo el semblante más compungido del mundo--. ¡Era, con

perdón, la descarada de la liebre, que brincó por _riba_ de mí y me tiró

patas arriba!

La aclaración produjo verdadero delirio. Don Eugenio, el abad de Naya,

se abría literalmente de risa, apretándose las caderas con ambas manos,

quejándose y derramando lágrimas; el marqués de Ulloa lanzaba carcajadas

poderosas; hasta Primitivo modulaba una risa opaca y turbia. El bueno

del ratón no podía ya entreabrir los labios para hablar sin que la

hilaridad se desatase. En toda reunión de cazadores (gente amiga de

bromas pesadas) hay un bufón, un juglar, un gracioso obligado, y este

papel correspondía de derecho a la escopeta negra, que se prestaba a

desempeñarlo de bonísima gana. Acostumbrado a pasarse los días y las

noches al sereno, en espera de la liebre, del conejo o de la perdiz;

hecho a apretarse la cintura con una cuerda, a la manera de los

salvajes, en las muchas ocasiones en que le faltaba un mendrugo de pan

que roer, el mísero ratoncillo era dichoso cuando le tocaba cazar con

gente de pro, de la que se lleva al cazadero botas henchidas de lo

añejo, _lacones_ cocidos y cigarros; ufanábase cuando le celebraban sus

patrañas: las narraba cada día con mayor seriedad, convicción y tono

ingenuo, y a todas las chanzas respondía invocando a Dios y a los santos

de la corte celestial en apoyo de sus aseveraciones estrambóticas.

De pie, con las manos en los bolsillos del pantalón, mapamundi de

remiendos, y moviendo con risible rapidez nariz y boca, que tenía de

color de unto rancio, aguardaba a que le pidiesen algún nuevo episodio

tan verosímil como el de la liebre; pero ahora el turno le correspondía

a don Eugenio.

--¿Saben--decía medio llorando y salivando aún de risa--un caso que pasó

entre el canónigo Castrelo y un señor muy chistoso, Ramírez de Orense?

--¡El canónigo Castrelo!--exclamaron el cura de Boán y el marqués--. ¡Qué

apunte! ¡De órdago! Ése las suelta... como la torre de la Catedral.

--Pues verán, verán cómo encontró con la horma de su zapato donde menos

se lo pensaba. Era una noche en el Casino, y estaban jugando al

tresillo. Castrelo se puso, como de costumbre, a espetar cuentos de

caza..., ¡mentira todos! Después de que se hartó, quiso encajar uno

descomunal y dijo así muy serio: «Sabrán ustedes que una mañana salí yo

al monte, y entre unas matas oí así... un ruido sospechoso. Me acerco

muy despacito... el ruido seguía, dale que tienes. Me acerco más..., y

ya no me cabe duda de que hay allí escondida una pieza. Armo, apunto,

disparo..., ¡pum, pum! ¿Y qué creerán ustedes que maté, señores?». Todo

el mundo a nombrar animales diferentes: que lobo, que zorro, que jabalí,

y hasta hubo quien nombró a un oso.... Castrelo a decir que no con la

cabeza..., hasta que por último saltó: «Pues ni zorro, ni lobo, ni

jabalí.... Lo que maté era.... ¡un tigre de Bengala!».

--Hombre, don Eugenio.... ¡No fastidiar!--gritaron unánimemente los

cazadores--. ¿Había de atreverse Castrelo?... ¿Cómo no le deshicieron el

morro de una bofetada allí mismo?

Don Eugenio, no consiguiendo que le oyesen, hacía con la mano señas de

que faltaba lo mejor del cuento.

--¡Paciencia!--exclamó por fin--. Tengan paciencia, que no se acabó. Pues,

señor, ya ustedes comprenderán que en el Casino se armó una gresca.

Empezaron a insultar a Castrelo y a tratarlo de mentiroso en su cara.

Sólo el señor de Ramírez estaba muy formal, y apaciguaba a los

alborotadores. «No hay que asombrarse, no hay que asombrarse; yo les

contaré a ustedes una cosa que me pasó a mí cazando, que es más rara

todavía que la del señor de Castrelo». El canónigo empieza a escamarse y

la gente a atender. «Sabrán ustedes que una mañana salí yo al monte, y,

entre unas matas, oí así... un ruido sospechoso. Me acerco muy

despacito.... El ruido seguía, dale que tienes. Me acerco más.... Ya no me

cabe duda de que hay allí escondida una pieza. Armo..., apunto...,

disparo.... ¡Pum, pum!... ¿Y qué creerá usted que maté, señor canónigo?».

«¿Cómo demonios lo he de saber? Sería... un león». «¡Ca!». «Pues

sería... un elefante». «¡Caaa!». «Sería... lo que usted guste, caramba».

«¡Una sota de bastos, señor de Castrelo! ¡Era una sota de bastos!».

Minutos de no entenderse. El ratón reía con una especie de hipo agudo;

el señorito de Limioso, ronca y gravemente; el cura de Boán, no sabiendo

cómo desahogar el regocijo, pateaba en el suelo y abofeteaba a la mesa.

--¡Ey!--gritó don Eugenio--. _Bico-de-rato_, ¿no te has tropezado tú nunca

con ningún tigre? Echa un vasito y cuéntanos si te encontraste alguno

por ahí, _hom_.

Atizóse el ratón su medio cuartillo; brilláronle los ojuelos, limpió el

labio con la bocamanga de la mugrienta chaqueta, y declaró con acento

sincero y candoroso:

--Lo que es _trigues_..., por estos montes no debe de los haber, que si

no, ya los tendría matados; pero les diré lo que me pasó un día de la

Virgen de Agosto....

--¿A las tres y diez minutos de la tarde?--preguntó don Eugenio.

Los pazos de Ulloa · 第 13 / 20 段