En materia de desnudeces infantiles, Julián no era voto, pues sólo

conocía las de los angelotes de los retablos; pero cavilaba para sus

adentros que, a pesar de haber el pecado original corrompido toda carne,

aquélla que le estaban enseñando era la cosa más pura y santa del mundo:

un lirio, una azucena de candor. La cabezuela blanda, cubierta de

lanúgine rubia y suave por cima de las costras de la leche, tenía el

olor especial que se nota en los nidos de paloma, donde hay pichones

implumes todavía; y las manitas, cuyo pellejo rellenaba ya suave grasa,

y cuyos dedos se redondeaban como los del niño Dios cuando bendice; la

faz, esculpida en cera color rosa; la boca, desdentada y húmeda como

coral pálido recién salido del mar; los piececillos, encendidos por el

talón a fuerza de agitarse en gracioso pataleo, eran otras tantas

menudencias provocadoras de ese sentimiento mixto que despiertan los

niños muy pequeños hasta en el alma más empedernida: sentimiento

complejo y humorístico, en que entra la compasión, la abnegación, un

poco de respeto y un mucho de dulce burla, sin hiel de sátira.

En Nucha, el espectáculo producía las hondas impresiones de la luna de

miel maternal, exaltadas por un temperamento nervioso y una sensibilidad

ya enfermiza. A aquel bollo blando, que aún parecía conservar la

inconsistencia del gelatinoso protoplasma, que aún no tenía conciencia

de sí propio ni vivía más que para la sensación, la madre le atribuía

sentido y presciencia, le insuflaba en locos besos su alma propia, y, en

su concepto, la chiquilla lo entendía todo y sabía y ejecutaba mil cosas

oportunísimas, y hasta se mofaba discretamente, a su manera, de los

dichos y hechos del ama. «Delirios impuestos por la naturaleza con muy

sabios fines», explicaba Juncal. ¡Qué fue el primer día en que una

sonrisa borró la grave y cómica seriedad de la diminuta cara y

entreabrió con celeste expresión el estrecho filete de los labios! No

era posible dejar de recordar el tan traído como llevado símil de la luz

de la aurora disipando las tinieblas. La madre pensó chochear de

alegría.

--¡Otra vez, otra vez!--exclamaba--. ¡Encanto, cielo, cielito, monadita

mía, ríete, ríete!

Por entonces la sonrisa no se dignó presentarse más. La zopenca del ama

negaba el hecho, cosa que enfurecía a la madre. Al otro día cupo a

Julián la honra de encender la efímera lucecilla de la inteligencia

naciente en la criatura, paseándole no sé qué baratijas relucientes

delante de los ojos. Julián iba perdiendo el miedo a la nena, que al

principio creía fácil de deshacer entre los dedos como merengue; y

mientras la madre enrollaba la faja o calentaba el pañal, solía tenerla

en el regazo.

--Más me fío en usted que en el ama--decíale Nucha confidencialmente,

desahogando unos secretos celos maternales--. El ama es incapaz de

sacramentos.... Figúrese usted que para hacerse la raya al peinarse apoya

el peine en la barbilla y lo va subiendo por la boca y la nariz hasta

que acierta con la mitad de la frente; de otro modo no sabe.... Me he

empeñado en que no coma con los dedos, y ¿qué conseguí? Ahora come la

carne asada con cuchara.... Es un entremés, Julián. Cualquier día me

estropea la chiquilla.

El capellán perfeccionaba sus nociones del arte de tener un chico en

brazos sin que llore ni rabie. Consolidó su amistad con la pequeñuela un

suceso que casi debería pasarse en silencio: cierto húmedo calorcillo

que un día sintió Julián penetrar al través de los pantalones.... ¡Qué

acontecimiento! Nucha y él lo celebraron con algazara y risa, como si

fuese lo más entretenido y chusco. Julián brincaba de contento y se

cogía la cintura, que le dolía con tantas carcajadas. La madre le

ofreció su delantal de hule, que él rehusó; ya tenía un pantalón viejo,

destinado a perecer en la demanda, y por nada del mundo renunciaría a

sentir aquella onda tibia.... Su contacto derretía no sé qué nieve de

austeridad, cuajada sobre un corazón afeminado y virgen allá desde los

tiempos del seminario, desde que se había propuesto renunciar a toda

familia y todo hogar en la tierra entrando en el sacerdocio; y al par

encendía en él misterioso fuego, ternura humana, expansiva y dulce; el

presbítero empezaba a querer a la niña con ceguera, a figurarse que, si

la viese morir, se moriría él también, y otros muchos dislates por el

estilo, que cohonestaba con la idea de que, al fin, la chiquita era un

ángel. No se cansaba de admirarla, de devorarla con los ojos, de

considerar sus pupilas líquidas y misteriosas, como anegadas en leche,

en cuyo fondo parecía reposar la serenidad misma.

Una penosa idea le acudía de vez en cuando. Acordábase de que había

soñado con instituir en aquella casa el matrimonio cristiano cortado por

el patrón de la Sacra Familia. Pues bien, el santo grupo estaba

disuelto: allí faltaba San José o lo sustituía un clérigo, que era peor.

No se veía al marqués casi nunca; desde el nacimiento de la niña, en vez

de mostrarse más casero y sociable, volvía a las andadas, a su vida de

cacerías, de excursiones a casa de los abades e hidalgos que poseían

buenos perros y gustaban del monte, a los cazaderos lejanos. Pasábase a

veces una semana fuera de los Pazos de Ulloa. Su hablar era más áspero,

su genio, más egoísta e impaciente, sus deseos y órdenes se expresaban

en forma más dura. Y aún notaba Julián más alarmantes indicios. Le

inquietaba ver que Sabel recibía otra vez su antigua corte de sultana

favorita, y que la Sabia y su progenie, con todas las parleras comadres

y astrosos mendigos de la parroquia, pululaban allí, huyendo a escape

cuando él se acercaba, llevando en el seno o bajo el mandil bultos

sospechosos. Perucho ya no se ocultaba, antes se le encontraba por todas

partes enredado en los pies, y, en suma, las cosas iban tornando al ser

y estado que tuvieron antes.

Trataba el bueno del capellán de comulgarse a sí propio con ruedas de

molino, diciéndose que aquello no significaba _nada_; pero la maldita

casualidad se empeñó en abrirle los ojos cuando no quisiera. Una mañana

que madrugó más de lo acostumbrado para decir su misa, resolvió advertir

a Sabel que le tuviese dispuesto el chocolate dentro de media hora.

Inútilmente llamó a su cuarto, situado cerca de la torre en que Julián

dormía. Bajó con esperanzas de encontrarla en la cocina, y al pasar ante

la puerta del gran despacho próximo al archivo, donde se había instalado

don Pedro desde el nacimiento de su hija, vio salir de allí a la moza,

en descuidado traje y soñolienta. Las reglas psicológicas aplicables a

las conciencias culpadas exigían que Sabel se turbase: quien se turbó

fue Julián. No sólo se turbó, pero subió de nuevo a su dormitorio,

notando una sensación extraña, como si le hubiesen descargado un fuerte

golpe en las piernas quebrándoselas. Al entrar en su habitación, pensaba

esto o algo análogo:

«Vamos a ver, ¿quién es el guapo que dice misa hoy?».

-XIX-

No, ese guapo no era él. ¡Buena misa sería la que dijese, con la cabeza

hecha una olla de grillos! Hasta reprimir los amotinados pensamientos

que le acuciaban, hasta adoptar una resolución firme y valedera, Julián

no se atrevía ni a pensar en el santo sacrificio.

La cosa era bien clara. Situación: la misma del año penúltimo. Tenía que

marcharse de aquella casa echado por el feo vicio, por el delito infame.

No le era lícito permanecer allí ni un instante más. Salvo el debido

respeto, se había llevado la trampa el matrimonio cristiano, en cierto

modo obra suya, y ya no quedaba rastro de hogar, sino una sentina de

corrupción y pecado. A otra parte, pues, con la música.

Sólo que.... Vaya, hay cosas más fáciles de pensar que de hacer en este

mundo. Todo era una montaña: encontrar pretexto, despedirse, preparar el

equipaje.... La primera vez que pensó en irse de allí ya le costaba algún

esfuerzo; hoy, la idea sola de marchar le producía el mismo efecto que

si le echasen sobre el alma un paño mojado en agua fría. ¿Por qué le

disgustaba tanto la perspectiva de salir de los Pazos? Bien mirado, él

era un extraño en aquella casa.

Es decir, eso de extraño.... Extraño no, pues vivía unido espiritualmente

a la familia por el respeto, por la adhesión, por la costumbre. Sobre

todo, la niña, la niña. El acordarse de la niña le dejó como embobado.

No podía explicarse a sí mismo el gran sacudimiento interior que le

causaba pensar que no volvería a cogerla en brazos. ¡Mire usted que

estaba encariñado con la tal muñeca! Se le llenaron de lágrimas los

ojos.

«Bien decían en el Seminario--murmuró con despecho--que soy muy apocado y

muy... así..., como las mujeres, que por todo se afectan. ¡Vaya un

sacerdote ordenado de misa! Si tengo tal afición a chiquillos, no debí

abrazar la carrera que abracé. No, no; esto que voy diciendo es un

desatino mayor todavía.... Si me gustan los chiquillos y tengo vocación

de ayo o niñero, ¿quién me priva de cuidar a los que andan descalzos por

las carreteras, pidiendo limosna? Son hijos de Dios lo mismo que esta

pobre pequeña de aquí.... Hice mal, muy mal en tomarle tanta afición....

Pero es que sólo un perro, ¡qué!, ni un perro...: sólo una fiera puede

besar a un angelito y no quererlo bien».

Resumiendo después sus cavilaciones, añadió para sí:

«Soy un majadero, un Juan Lanas. No sé a qué he venido aquí la vez

segunda. No debí volver. Estaba visto que el señorito tenía que parar en

esto. Mi poca energía tiene la culpa. Con riesgo de la vida debí barrer

esa canalla, si no por buenas, a latigazos. Pero yo no tengo agallas,

como dice muy bien el señorito, y ellos pueden y saben más que yo, a

pesar de ser unos brutos. Me han engañado, me han embaucado, no he

puesto en la calle a esa moza desvergonzada, se han reído de mí y ha

triunfado el infierno».

Mientras sostenía este monólogo, iba sacando de un cajón de la cómoda

prendas de ropa blanca, a fin de hacer su equipaje, pues como todas las

personas irresolutas, solía precipitarse en los primeros momentos y

adoptar medidas que le ayudaban a engañarse a sí propio. Al paso que

rellenaba la maleta, razonaba para consigo:

«¿Señor, Señor, por qué ha de haber tanta maldad y tanta estupidez en la

tierra? ¿Por qué el hombre ha de dejar que lo pesque el diablo con tan

tosco anzuelo y cebo tan ruin? (diciendo esto alineaba en el baúl

calcetines). Poseyendo la perla de las mujeres, el verdadero trasunto de

la mujer fuerte, una esposa castísima (este superlativo se le ocurrió al

doblar cuidadosamente la sotana nueva), ¡ir a caer precisamente con una

vil mozuela, una sirviente, una fregona, una desvergonzada que se va a

picos pardos con el primer labriego que encuentra!».

Llegaba aquí del soliloquio cuando trataba sin éxito de acomodar el

sombrero de canal de modo que la cubierta de la maleta no lo abollase.

El ruido que hizo la tapa al descender, el gemido armonioso del cuero,

parecióle una voz irónica que le respondía:

«Por eso, por eso mismo».

«¡Será posible!--murmuró el bueno del capellán--. ¡Será posible que la

abyección, que la indignidad, que la inmundicia misma del pecado

atraiga, estimule, sea un aperitivo, como las guindillas rabiosas, para

el paladar estragado de los esclavos del vicio! Y que en esto caigan, no

personas de poco más o menos, sino señores de nacimiento, de rango,

señores que...».

Detúvose y, reflexivo, contó un montículo de pañuelos de narices que

sobre la cómoda reposaba.

«Cuatro, seis, siete.... Pues yo tenía una docena, todos marcados....

Pierden aquí la ropa bastante...».

Volvió a contar.

«Seis, siete.... Y uno en el bolsillo, ocho.... Puede que haya otro en la

lavandera...».

Dejólos caer de golpe. Acababa de recordar que uno de aquellos pañuelos

se lo había atado él a la niñita debajo de la barba, para impedir que la

baba le rozase el cuello. Suspiró hondamente, y abriendo otra vez el

maletín, notó que la seda del sombrero de canal se estropeaba con la

tapa. «No cabe», pensó, y parecióle enorme dificultad para su viaje no

poder acomodar la canaleja. Miró el reloj: señalaba las diez. A las diez

o poco más comía la chiquita su sopa y era la risa del mundo verla con

el hocico embadurnado de puches, empeñada en coger la cuchara y sin

acertar a lograrlo. ¡Estaría tan mona! Resolvió bajar; al día siguiente

le sería fácil colocar mejor su sombrero y resolver la marcha. Por

veinticuatro horas más o menos....

Este medicamento emoliente de la espera equivale, para la mayor parte de

los caracteres, a infalible específico. No hay que vituperar su empleo,

en atención a lo que consuela: en rigor, la vida es serie de

aplazamientos, y sólo hay un desenlace definitivo, el último. Así que

Julián concibió la luminosa idea de aguardar un poco, sintióse

tranquilo; aun más: contento. No era su carácter muy jovial,

propendiendo a una especie de morosidad soñadora y mórbida, como la de

las doncellas anémicas; pero en aquel punto respiraba con tal desahogo

por haber encontrado una solución, que sus manos temblaban, deshaciendo

con alegre presteza el embutido de calcetines y ropa blanca y dando

amable libertad al canal y manteo. Después se lanzó por las escaleras,

dirigiéndose a la habitación de Nucha.

Nada aconteció aquel día que lo diferenciase de los demás, pues allí la

única variante solía ser el mayor o menor número de veces que mamaba la

chiquitina, o la cantidad de pañales puestos a secar. Sin embargo, en

tan pacífico interior veía el capellán desarrollarse un drama mudo y

terrible. Ya se explicaba perfectamente las melancolías, los suspiros

ahogados de Nucha. Y mirándole a la cara y viéndola tan consumida, con

la piel terrosa, los ojos mayores y más vagos, la hermosa boca contraída

siempre, menos cuando sonreía a su hija, calculaba que la señorita, por

fuerza, debía _saberlo todo_, y una lástima profunda le inundaba el

alma. Reprendióse a sí mismo por haber pensado siquiera en marcharse. Si

la señorita necesitaba un amigo, un defensor, ¿en quién lo encontraría

más que en él? Y lo necesitaría de fijo.

La misma noche, antes de acostarse, presenció el capellán una escena

extraña, que le sepultó en mayores confusiones. Como se le hubiese

acabado el aceite a su velón de tres mecheros y no pudiese rezar ni

leer, bajó a la cocina en demanda de combustible. Halló muy concurrido

el sarao de Sabel. En los bancos que rodeaban el fuego no cabía más

gente: mozas que hilaban, otras que mondaban patatas, oyendo las

chuscadas y chocarrerías del tío Pepe de Naya, vejete que era un puro

costal de malicias, y que, viniendo a moler un saco de trigo al molino

de Ulloa, donde pensaba pasar la noche, no encontraba malo refocilarse

en los Pazos con el cuenco de caldo de unto y tajadas de cerdo que la

hospitalaria Sabel le ofrecía. Mientras él pagaba el escote contando

chascarrillos, en la gran mesa de la cocina, que desde el casamiento de

don Pedro no usaban los amos, se veían, no lejos de la turbia luz de

aceite, relieves de un festín más suculento: restos de carne en platos

engrasados, una botella de vino descorchada, una media tetilla, todo

amontonado en un rincón, como barrido despreciativamente por el

hartazgo; y en el espacio libre de la mesa, tendidos en hilera, había

hasta doce naipes, que si no recortados en forma ovada por exceso de

uso, como aquellos de que se sirvieron Rinconete y Cortadillo, no les

cedían en lo pringosos y sucios. En pie, delante de ellos, la señora

María la Sabia, extendiendo el dedo negro y nudoso cual seca rama de

árbol, los consultaba con ademán reflexivo. Encorvada la horrenda

sibila, alumbrada por el vivo fuego del hogar y la luz de la lámpara,

ponía miedo su estoposa pelambrera, su catadura de bruja en aquelarre,

más monstruosa por el bocio enorme, ya que le desfiguraba el cuello y

remedaba un segundo rostro, rostro de visión infernal, sin ojos ni

labios, liso y reluciente a modo de manzana cocida. Julián se detuvo en

lo alto de la escalera, contemplando las prácticas supersticiosas, que

se interrumpirían de seguro si sus zapatillas hiciesen ruido y delatasen

su presencia.

Si él conociese a fondo la tenebrosísima y aún no desacreditada ciencia

de la cartomancia, ¡cuánto más interesante le parecería el espectáculo!

Entonces podría ver reunidos allí, como en el reparto de un drama, los

personajes todos que jugaban en su vida y ocupaban su imaginación. Aquel

rey de bastos, con hopalanda azul ribeteada de colorado, los pies

simétricamente dispuestos, la gran maza verde al hombro, se le figuraría

bastante temible si supiese que representaba un hombre moreno casado--don

Pedro--. La sota del mismo palo se le antojaría menos fea si comprendiese

que era símbolo de una señorita morena también--Nucha--. A la de copas le

daría un puntapié por insolente y borracha, atendido que personificaba a

Sabel, una moza rubia y soltera. Lo más grave sería verse a sí mismo--un

joven rubio--significado por el caballo de copas, azul por más señas,

aunque ya todos estos colorines los había borrado la mugre.

¡Pues qué sucedería si después, cuando la vieja barajó los naipes y,

repartiéndolos en cuatro montones, empezó a interpretar su sentido

fatídico, pudiese él oír distintamente todas las palabras que salían del

antro espantable de su boca! Había allí concordancias de la sota de

bastos con el ocho de copas, que anunciaban nada menos que amores

secretos de mucha duración; apariciones del ocho de bastos, que

vaticinaban riñas entre cónyuges; reuniones de la sota de espadas con la

de copas patas arriba, que encerraban tétricos augurios de viudez por

muerte de la esposa. A bien que el cinco del mismo palo profetizaba

después unión feliz. Todo esto, dicho por la sibila en voz baja y

cavernosa, lo escuchaba solamente la bella fregatriz Sabel, que con los

brazos cruzados tras la espalda, el color arrebatado, se inclinaba sobre

el oráculo, que más parecía provocarla a curiosidad que a regocijo. La

jarana con que en el hogar se celebraban los chistes del señor Pepe

impedía que nadie atendiese al silabeo de la vieja. Merced a la

situación de la escalera, dominaba Julián la mesa, trípode y ara del

temeroso rito, y sin ser visto podía ver y entreoír algo. Escuchaba,

tratando de entender mejor lo que sólo confusamente percibía, y como al

hacerlo cargase sobre el barandal de la escalera, éste crujió levemente,

y la bruja alzó su horrible carátula. En un santiamén recogió los

naipes, y el capellán bajó, algo confuso de su espionaje involuntario,

pero tan preocupado con lo que creía haber sorprendido, que ni se le

ocurrió censurar el ejercicio de la hechicería. La bruja, empleando el

tono humilde y servil de siempre, se apresuró a explicarle que aquello

era mero pasatiempo, «por se reír un poco».

Volvió Julián a su cuarto agitadísimo. Ni él mismo sabía lo que le

correteaba por el magín. Bien presumía antes a cuántos riesgos se

exponían Nucha y su hija viviendo en los Pazos: ahora..., ahora los

divisaba inminentes, clarísimos. ¡Tremenda situación! El capellán le

daba vueltas en su cerebro excitado: a la niña la robarían para matarla

de hambre; a Nucha la envenenarían tal vez.... Intentaba serenarse. ¡Bah!

No abundan tanto los crímenes por esos mundos, a Dios gracias. Hay

jueces, hay magistrados, hay verdugos. Aquel hato de bribones se

contentaría con explotar al señorito y a la casa, con hacer rancho de

ella, con mandar anulando en su dignidad y poderío doméstico a la

señorita. Pero..., ¿si no se contentaba?

Dio cuerda a su velón, y apoyando los codos sobre la mesa intentó leer

en las obras de Balmes, que le había prestado el cura de Naya, y en cuya

lectura encontraba grato solaz su espíritu, prefiriendo el trato con tan

simpática y persuasiva inteligencia a las honduras escolásticas de

Prisco y San Severino. Mas a la sazón no podía entender una sola línea

del filósofo, y sólo oía los tristes ruidos exteriores, el quejido

constante de la presa, el gemir del viento en los árboles. Su acalorada

fantasía le fingió entre aquellos rumores quejumbrosos otro más

lamentable aún, porque era personal: un grito humano. ¡Qué disparatada

idea! No hizo caso y siguió leyendo. Pero creyó escuchar de nuevo el

_ay_ tristísimo. ¿Serían los perros? Asomóse a la ventana: la luna

bogaba en un cielo nebuloso, y allá a lo lejos se oía el aullar de un

perro, ese aullar lúgubre que los aldeanos llaman _ventar la muerte_ y

juzgan anuncio seguro del próximo fallecimiento de una persona. Julián

cerró la ventana estremeciéndose. No despuntaba por valentón, y sus

temores instintivos se aumentaban en la casa solariega, que le producía

nuevamente la dolorosa impresión de los primeros días. Su temperamento

linfático no poseía el secreto de ciertas saludables reacciones, con las

cuales se desecha todo vano miedo, todo fantasma de la imaginación. Era

capaz, y demostrado lo tenía, de arrostrar cualquier riesgo grave, si

creía que se lo ordenaba su deber; pero no de hacerlo con ánimo sereno,

con el hermoso desdén del peligro, con el buen humor heroico que sólo

cabe en personas de rica y roja sangre y firmes músculos. El valor

propio de Julián era valor temblón, por decirlo así; el breve arranque

nervioso de las mujeres.

Volvía a su conferencia con Balmes cuando.... ¡Jesús nos valga! ¡Ahora

sí, ahora sí que no cabía duda! Un chillido sobreagudo de terror había

subido por el oscuro caracol y entrado por la puerta entornada. ¡Qué

chillido! El velón le bailaba en las manos a Julián.... Bajaba, sin

embargo, muy aprisa, sin sentir sus propios movimientos, como en las

espantosas caídas que damos soñando. Y volaba por los salones

recorriendo la larga crujía para llegar hacia la parte del archivo,

donde había sonado el grito horrible.... El velón, oscilando más y más en

su diestra trémula, proyectaba en las paredes caleadas extravagantes

manchones de sombra.... Iba a dar la vuelta al pasillo que dividía el

archivo del cuarto de don Pedro, cuando vio.... ¡Dios santo! Sí, era la

escena misma, tal cual se la había figurado él.... Nucha de pie, pero

arrimada a la pared, con el rostro desencajado de espanto, los ojos no

ya vagos sino llenos de extravío mortal; enfrente su marido, blandiendo

un arma enorme.... Julián se arrojó entre los dos.... Nucha volvió a

chillar....

--¡Ay!, ¡ay! ¡Qué hace usted! ¡Que se escapa... que se escapa!

Comprendió entonces el alucinado capellán lo que ocurría, con no poca

vergüenza y confusión suya.... Por la pared trepaba aceleradamente,

deseando huir de la luz, una araña de desmesurado grandor, un monstruoso

vientre columpiado en ocho velludos zancos. Su carrera era tan rápida,

que inútilmente trataba el señorito de alcanzarla con la bota; de

repente Nucha se adelantó, y con voz entre grave y medrosa repitió

ingenuamente lo que había dicho mil veces en su niñez:

--¡San Jorge... para la araña!

El feo insecto se detuvo a la entrada de la zona de sombra: la bota cayó

sobre él. Julián, por reacción natural del miedo disipado, que se trueca

en inexplicable gozo, iba a reírse del suceso; pero notó que Nucha,

cerrando los ojos y apoyándose en la pared, se cubría la cara con el

pañuelo.

--No es nada, no es nada...--murmuraba.

--Un poco de llanto nervioso.... Ya pasará.... Estoy aún algo débil....

--¡Valiente cosa para tanto alboroto!--exclamó el marido encogiéndose de

hombros--. ¡Os crían con más mimo! En mi vida he visto tal. Don Julián,

¿usted creyó que la casa se venía abajo? ¡Ea, a recogerse! Buenas

noches.

Los pazos de Ulloa · 第 12 / 20 段