no había llegado todavía. En aquel momento le pareció que un suceso tan
próximo no se verificaría jamás. Apuró a Sabel reclamando la cena, pues
traía un hambre feroz. Sabel la sirvió en persona, por hallarse aquel
día muy ocupada Filomena, la doncella, que acostumbraba atender al
comedor. Estaba Sabel fresca y apetecible como nunca, y las floridas
carnes de su arremangado brazo, el brillo cobrizo de las conchas de su
pelo, la melosa ternura y sensualidad de sus ojos azules, parecían
contrastar con la situación, con la mujer que sufría atroces tormentos,
medio agonizando, a corta distancia de allí. Hacía tiempo que el marqués
no veía de cerca a Sabel. Más que mirarla, se puede decir que la examinó
despacio durante algunos minutos. Reparó que la moza no llevaba
pendientes y que tenía una oreja rota; entonces recordó habérsela
partido él mismo, al aplastar con la culata de su escopeta el zarcillo
de filigrana, en un arrebato de brutales celos. La herida se había
curado, pero la oreja tenía ahora dos lóbulos en vez de uno.
--¿No duerme nada la señorita?--preguntaba Julián al médico.
--A ratos, entre dolor y dolor.... Precisamente me gusta a mí bien poco
ese sopor en que cae. Esto no adelanta ni se gradúa, y lo peor es que
pierde fuerzas. Cada vez se me pone más débil. Puede decirse que lleva
cuarenta y ocho horas sin probar alimento, pues me confesó que antes de
avisar a su marido, mucho antes, ya se sintió mal y no pudo comer....
Esto de los sueñecitos no me hace tilín. Para mí, más que modorra, son
verdaderos síncopes.
Don Pedro apoyaba con desaliento la cabeza en el cerrado puño.
--Estoy convencido--dijo enfáticamente--de que semejantes cosas sólo les
pasan a las señoritas educadas en el pueblo y con ciertas impertinencias
y repulgos.... Que les vengan a las mozas de por aquí con síncopes y
desmayos.... Se atizan al cuerpo media olla de vino y despachan esta
faena cantando.
--No, señor, hay de todo.... Las linfático-nerviosas se aplanan.... Yo he
tenido casos....
Explicó detenidamente varias lides, no muchas aún, porque empezaba a
asistir, como quien dice. Él estaba por la expectativa: el mejor
comadrón es el que más sabe aguardar. Sin embargo, se llega a un grado
en que perder un segundo es perderlo todo. Al aseverar esto, paladeaba
sorbos de ron.
--¿Sabel?--llamó de repente.
--¿Qué quiere, señorito Máximo?--contestó la moza con solicitud.
--¿Dónde me han puesto una caja que traje?
--En su cuarto, sobre la cama.
--¡Ah!, bueno.
Don Pedro miró al médico, comprendiendo de qué se trataba. No así
Julián, que asustado por el hondo silencio que siguió al diálogo de
Máximo y Sabel, interrogó indirectamente para saber qué encerraba la
caja misteriosa.
--Instrumentos--declaró el médico secamente.
--¿Instrumentos..., para qué?--preguntó el capellán, sintiendo un sudor
que le rezumaba por la raíz del cabello.
--Para operarla, ¡qué demonio! Si aquí se pudiese celebrar junta de
médicos, yo dejaría quizás que la cosa marchase por sus pasos contados;
pero recae sobre mí exclusivamente la responsabilidad de cuanto ocurra.
No me he de cruzar de brazos, ni dejarme sorprender como un bolonio. Si
al amanecer ha aumentado la postración y no veo yo síntomas claros de
que esto se desenrede... hay que determinarse. Ya puede usted ir rezando
al bendito San Ramón, señor capellán.
--¡Si por rezar fuese!--exclamó ingenuamente Julián--. ¡Apenas llevo rezado
desde ayer!
De tan sencilla confesión tomó pie el médico para contar mil graciosas
historietas, donde se mezclaban donosamente la devoción y la obstetricia
y desempeñaba San Ramón papel muy principal. Refirió de su profesor en
la clínica de Santiago, que al entrar en el cuarto de las parturientas y
ver la estampa del santo con sus correspondientes candelicas, solía
gritar furioso: «Señores, o sobro yo o sobra el santo.... Porque si me
desgracio me echarán la culpa, y si salimos bien dirán que fue milagro
suyo...». Contó también algo bastante grotesco sobre rosas de Jericó,
cintas de la Virgen de Tortosa, y otros piadosos talismanes usados en
ocasiones críticas. Al fin cesó en su cháchara, porque le rendía el
sueño, ayudado por el ron. A fin de no aletargarse del todo en la
comodidad del lecho, tendióse en el banco del comedor, poniendo por
almohada una cesta. El señorito, cruzando sobre la mesa ambos brazos,
había dejado caer la frente sobre ellos y un silbido ahogado, preludio
de ronquido, anunciaba que también le salteaba la gana de dormir. El
alto reloj de pesas dio, con fatigado son, la medianoche.
Julián era el único despierto; sentía frío en las médulas y en los
pómulos ardor de calentura. Subió a su cuarto, y empapando la toalla en
agua fresca, se la aplicó a las sienes. Las velas del altar estaban
consumidas; las renovó, y colocó una almohada en el suelo para
arrodillarse en ella, pues lo más molesto siempre era el dichoso
hormigueo. Y empezó a subir con buen ánimo la cuesta arriba de la
oración. A veces desmayaba, y su cuerpo juvenil, envuelto en las nieblas
grises del sueño, apetecía la limpia cama. Entonces cruzaba las manos,
clavándose las uñas de una en el dorso de otra, para despabilarse.
Quería rezar con devoción, tener conciencia de lo que pedía a Dios: no
hablar de memoria. Sin embargo, desfallecía. Acordóse de la oración del
Huerto y de aquella diferencia tan acertadamente establecida entre la
decisión del espíritu y la de la carne. También recordó un pasaje
bíblico: Moisés orando con los brazos levantados, porque, de bajarlos,
sería vencido Israel. Entonces se le ocurrió realizar algo que le
flotaba en la imaginación. Quitó la almohada, quedándose con las rótulas
apoyadas en el santo suelo; alzó los ojos, buscando a Dios más allá de
las estampas y de las vigas del techo; y abriendo los brazos en cruz,
comenzó a orar fervorosamente en tal postura.
El ambiente se volvió glacial; una tenue claridad, más lívida y opaca
que la de la luna, asomó por detrás de la montaña. Dos o tres pájaros
gorjearon en el huerto; el rumor de la presa del molino se hizo menos
profundo y sollozante. La aurora, que sólo tenía apoyado uno de sus
rosados dedos en aquel rincón del orbe, se atrevió a alargar toda la
manecita, y un resplandor alegre, puro, bañó las rocas pizarrosas,
haciéndolas rebrillar cual bruñida plancha de acero, y entró en el
cuarto del capellán, comiéndose la luz amarilla de los cirios. Mas
Julián no veía el alba, no veía cosa ninguna.... Es decir, sí veía esas
luces que enciende en nuestro cerebro la alteración de la sangre, esas
estrellitas violadas, verdosas, carmesíes, color de azufre, que vibran
sin alumbrar; que percibimos confundidas con el zumbar de los oídos y el
ruido de péndulo gigante de las arterias, próximas a romperse....
Sentíase desvanecer y morir; sus labios no pronunciaban ya frases, sino
un murmullo, que todavía conservaba tonillo de oración. En medio de su
doloroso vértigo oyó una voz que le pareció resonante como toque de
clarín.... La voz decía algo. Julián entendió únicamente dos palabras:
--Una niña.
Quiso incorporarse, exhalando un gran suspiro, y lo hizo, ayudado por la
persona que había entrado y no era otra sino Primitivo; pero apenas
estuvo en pie, un atroz dolor en las articulaciones, una sensación de
mazazo en el cráneo le echaron a tierra nuevamente. Desmayóse.
Abajo, Máximo Juncal se lavaba las manos en la palangana de peltre
sostenida por Sabel. En su cara lucía el júbilo del triunfo mezclado con
el sudor de la lucha, que corría a gotas medio congeladas ya por el frío
del amanecer. El marqués se paseaba por la habitación ceñudo, contraído,
hosco, con esa expresión torva y estúpida a la vez que da la falta de
sueño a las personas vigorosas, muy sometidas a la ley de la materia.
--Ahora alegrarse, don Pedro--dijo el médico--. Lo peor está pasado. Se ha
conseguido lo que usted tanto deseaba.... ¿No quería usted que la
criatura saliese toda viva y sin daño? Pues ahí la tenemos, sana y
salva. Ha costado trabajillo..., pero al fin....
Encogióse despreciativamente de hombros el marqués, como amenguando el
mérito del facultativo, y murmuró no sé qué entre dientes, prosiguiendo
en su paseo de arriba abajo y de abajo arriba, con las manos metidas en
los bolsillos, el pantalón tirante cual lo estaba el espíritu de su
dueño.
--Es un angelito, como dicen las viejas--añadió maliciosamente Juncal, que
parecía gozarse en la cólera del hidalgo--; sólo que angelito hembra. A
estas cosas hay que resignarse; no se inventó el modo de escribir al
cielo encargando y explicando bien el sexo que se desea....
Otro espumarajo de rabia y grosería brotó de los labios de don Pedro.
Juncal rompió a reír, secándose con la toalla.
--La mitad de la culpa por lo menos la tendrá usted, señor
marqués--exclamó--. ¿Quiere usted hacerme favor de un cigarrito?
Al ofrecer la petaca abierta, don Pedro hizo una pregunta. Máximo
recobró la seriedad para contestarla.
--Yo no he dicho tanto como eso.... Me parece que no. Cierto que cuando
las batallas son muy porfiadas y reñidas puede suceder que el
combatiente quede inválido; pero la naturaleza, que es muy sabia, al
someter a la mujer a tan rudas pruebas, le ofrece también las más
impensadas reparaciones.... Ahora no es ocasión de pensar en eso, sino en
que la madre se restablezca y la chiquita se críe. Temo algún percance
inmediato.... Voy a ver.... La señora se ha quedado tan abatida....
Entró Primitivo, y sin mostrar alteración ni susto dijo «que subiese don
Máximo, que al capellán le había dado algo; que estaba como difunto».
--Vamos allá, hombre, vamos allá. Esto no estaba en el programa--murmuró
Juncal.
--¡Qué trazas de mujercita tiene ese cura! ¡Qué poquito _estuche_! Lo que
es éste no cogerá el trabuco, aunque lleguen a levantarse las partidas
con que anda soñando el jabalí del abad de Boán.
-XVIII-
Largos días estuvo Nucha detenida ante esas lóbregas puertas que llaman
de la muerte, con un pie en el umbral, como diciendo: «¿Entraré? ¿No
entraré?». Empujábanla hacia dentro las horribles torturas físicas que
habían sacudido sus nervios, la fiebre devoradora que trastornó su
cerebro al invadir su pecho la ola de la leche inútil, el desconsuelo de
no poder ofrecer a su niña aquel licor que la ahogaba, la extenuación de
su ser del cual la vida huía gota a gota sin que atajarla fuese posible.
Pero la solicitaban hacia fuera la juventud, el ansia de existir que
estimula a todo organismo, la ciencia del gran higienista Juncal, y
particularmente una manita pequeña, coloradilla, blanda, un puñito
cerrado que asomaba entre los encajes de una chambra y los dobleces de
un mantón.
El primer día que Julián pudo ver a la enferma, no hacía muchos que se
levantaba, para tenderse, envuelta en mantas y abrigos, sobre vetusto y
ancho canapé. No le era lícito incorporarse aún, y su cabeza reposaba en
almohadones doblados al medio. Su rostro enflaquecido y exangüe
amarilleaba como una faz de imagen de marfil, entre el marco del negro
cabello reluciente. Bizcaba más, por habérsele debilitado mucho aquellos
días el nervio óptico. Sonrió con dulzura al capellán, y le señaló una
silla. Julián clavaba en ella esa mirada donde rebosaba la compasión,
mirada delatora que en vano queremos sujetar y apagar cuando nos
aproximamos a un enfermo grave.
--La encuentro a usted con muy buen semblante, señorita--dijo el capellán
mintiendo como un bellaco.
--Pues usted--respondió ella lánguidamente--está algo desmejorado.
Confesó que, en efecto, no andaba bueno desde que..., desde que se había
acatarrado un poco. Le daba vergüenza referir lo de la noche en vela, el
desmayo, la fuerte impresión moral y física sufrida con tal motivo.
Nucha empezó a hablarle de algunas cosas indiferentes, y pasó sin
transición a preguntarle:
--¿Ha visto usted la pequeñita?
--Sí, señora.... El día del bautizo. ¡Angelito! Lloró bien cuando le
pusieron la sal y cuando sintió el agua fría....
--¡Ah! Desde entonces ha crecido una cuarta lo menos y se ha vuelto
hermosísima. Y alzando la voz y esforzándose, añadió:--¡Ama, ama! Traiga
la niña.
Oyéronse pasos como de estatua colosal que anda, y entró la mocetona
color de tierra, muy oronda con su vestido nuevo de merino azul
ribeteado de negro terciopelo de tira, con el cual se asemejaba a la
gigantona tradicional de la catedral de Santiago, llamada la _Coca_. A
manera de pajarito posado en grueso tronco, venía la inocente criatura
recostada en el magno seno que la nutría. Estaba dormida, y tenía la
calma, el dulce e insensible respirar que hace sagrado el sueño de los
niños. Julián no se cansaba de mirarla así.
--¡Santita de Dios!--murmuró apoyando los labios muy quedamente en la
gorra, por no atreverse a la frente.
--Cójala usted, Julián.... Ya verá lo que pesa. Ama, déle la niña....
No pesaba más que un ramo de flores, pero el capellán juró y perjuró que
parecía hecha de plomo. Aguardaba el ama en pie, y él se había sentado
con la chiquilla en brazos.
--Déjemela un poquito...--suplicó--. Ahora, mientras duerme.... No
despertará de seguro en mucho tiempo.
--Ya la llamaré cuando haga falta. Ama, váyase.
La conversación giró sobre un tema muy socorrido y muy del gusto de
Nucha: las gracias de la pequeña.... Tenía muchísimas, sí señor, y el que
lo dudase sería un gran majadero. Por ejemplo: abría los ojos con
travesura incomparable; estornudaba con redomada picardía; apretaba con
su manita el dedo de cualquiera, tan fuerte, que se requería el vigor de
un Hércules para desasirse; y aún hacía otros donaires, mejores para
callados que para archivados por la crónica. Al referirlos, el rostro
exangüe de Nucha se animaba, sus ojos brillaban, y la risa dilató sus
labios dos o tres veces. Mas de pronto se nubló su cara, hasta el punto
de que entre las pestañas le bailaron lágrimas, a las cuales no dio
salida.
--No me han dejado criarla, Julián.... Manías del señor de Juncal, que
aplica la higiene a todo, y vuelta con la higiene, y dale con la
higiene.... Me parece a mí que no iba a morirme por intentarlo dos meses,
dos meses nada más. Puede que me encontrase mejor de lo que estoy, y no
tuviese que pasar un siglo clavada en este sofá, con el cuerpo sujeto y
la imaginación loca y suelta por esos mundos de Dios.... Porque así, no
gozo descanso: siempre se me figura que el ama me ahoga la niña, o me la
deja caer. Ahora estoy contenta, teniéndola aquí cerquita.
Sonrió a la chiquilla dormida, y añadió:
--¿No le encuentra usted parecido...?
--¿Con usted?
--¡Con su padre!... Es todito él en el corte de la frente....
No manifestó el capellán su opinión. Mudó de asunto y continuó aquel día
y los siguientes cumpliendo la obra de caridad de visitar al enfermo. En
la lenta convalecencia y total soledad de Nucha, falta le hacía que
alguien se consagrase a tan piadoso oficio. Máximo Juncal venía un día
sí y otro no; pero casi siempre de prisa, porque iba teniendo extensa
clientela: le llamaban hasta de Vilamorta. El médico hablaba de política
exhalando un aliento de vaho de ron, tratando de pinchar y amoscar a
Julián; y, en realidad, si Julián fuese capaz de amostazarse, habría de
qué con las noticias que traía Máximo. Todo eran iglesias derribadas,
escándalos antirreligiosos, capillitas protestantes establecidas aquí o
acullá, libertades de enseñanza, de cultos, de esto y de lo otro....
Julián se limitaba a deplorar tamaños excesos, y a desear que las cosas
se arreglasen, lo cual no daba tela a Máximo para armar una de sus
trifulcas favoritas, tan provechosas al esparcimiento de su bilis y tan
fecundas en peripecias cuando tropezaba con curas ternes y carlistas,
como el de Boán o el Arcipreste.
Mientras el belicoso médico no venía, todo era paz y sosiego en la
habitación de la enferma. Únicamente lo turbaba el llanto, prontamente
acallado, de la niña. El capellán leía el _Año cristiano_ en alta voz, y
poblábase el ambiente de historias con sabor novelesco y poético:
«Cecilia, hermosísima joven e ilustre dama romana, consagró su cuerpo a
Jesucristo; desposáronla sus padres con un caballero llamado Valeriano y
se efectuó la boda con muchas fiestas, regocijos y bailes.... Sólo el
corazón de Cecilia estaba triste...». Seguía el relato de la mística
noche nupcial, de la conversión de Valeriano, del ángel que velaba a
Cecilia para guardar su pureza, con el desenlace glorioso y épico del
martirio. Otras veces era un soldado, como San Menna; un obispo, como
San Severo.... La narración, detallada y dramática, refería el
interrogatorio del juez, las respuestas briosas y libres de los
mártires, los tormentos, la flagelación con nervios de buey, el ecúleo,
las uñas de hierro, las hachas encendidas aplicadas al costado... «Y el
caballero de Cristo estaba con un corazón esforzado y quieto, con
semblante sereno, con una boca llena de risa (como si no fuera él sino
otro el que padecía), haciendo burla de sus tormentos y pidiendo que se
los acrecentasen...». Tales lecturas eran de fantástico efecto,
particularmente al caer de las adustas tardes invernales, cuando la hoja
seca de los árboles se arremolinaba danzando, y las nubes densas y
algodonáceas pasaban lentamente ante los cristales de la ventana
profunda. Allá a lo lejos se oía el perpetuo sollozo de la represa, y
chirriaban los carros cargados de tallos de maíz o ramaje de pino. Nucha
escuchaba con atención, apoyada la barba en la mano. De tiempo en tiempo
su seno se alzaba para suspirar.
No era la primera vez que observaba Julián, desde el parto, gran
tristeza en la señorita. El capellán había recibido una carta de su
madre que encerraba quizás la clave de los disgustos de Nucha. Parece
que la señorita Rita había engatusado de tal manera a la tía vieja de
Orense, que ésta la dejaba por heredera universal, desheredando a su
ahijada. Además, la señorita Carmen estaba cada día más chocha por su
estudiante, y se creía en el pueblo que, si don Manuel Pardo negaba el
consentimiento, la chica saldría depositada. También pasaban cosas
terribles con la señorita Manolita: don Víctor de la Formoseda la
plantaba por una artesana, sobrina de un canónigo. En fin, misia Rosario
pedía a Dios paciencia para tantas tribulaciones (las de la casa de
Pardo eran para misia Rosario como propias). Si todo esto había llegado
a oídos de Nucha por conducto de su marido o de su padre, no tenía nada
de extraño que suspirase así. Por otra parte, ¡el decaimiento físico era
tan visible! Ya no se parecía Nucha a más Virgen que a la demacrada
imagen de la Soledad. Juncal la pulsaba atentamente, le ordenaba
alimentos muy nutritivos, la miraba con alarmante insistencia.
Atendiendo a la niña, Nucha se reanimaba. Cuidábala con febril
actividad. Todo se lo quería hacer ella, sin ceder al ama más que la
parte material de la cría. El ama, decía ella, era un tonel lleno de
leche que estaba allí para aplicarle la espita cuando fuese necesario y
soltar el chorro: ni más ni menos. La comparación del tonel es
exactísima: el ama tenía hechura, color e inteligencia de tonel. Poseía
también, como los toneles, un vientre magno. Daba gozo verla comer,
mejor dicho, engullir: en la cocina, Sabel se entretenía en llenarle el
plato o la taza a reverter, en ponerle delante medio pan, cebándola
igual que a los pavos. Con semejante mostrenco Sabel se la echaba de
principesa, modelo de delicados gustos y selectas aficiones. Como todo
es relativo en el mundo, para la gente de escalera abajo de la casa
solariega el ama representaba un salvaje muy gracioso y ridículo, y se
reían tanto más con sus patochadas cuanto más fácilmente podían incurrir
ellos en otras mayores. Realmente era el ama objeto curioso, no sólo
para los payos, sino por distintas razones, para un etnógrafo
investigador. Máximo Juncal refirió a Julián pormenores interesantes. En
el valle donde se asienta la parroquia de que el ama procedía--valle
situado en los últimos confines de Galicia, lindando con Portugal--las
mujeres se distinguen por sus condiciones físicas y modo de vivir: son
una especie de amazonas, resto de las guerreras galaicas de que hablan
los geógrafos latinos; que si hoy no pueden hacer la guerra sino a sus
maridos, destripan terrones con la misma furia que antes combatían;
andan medio en cueros, luciendo sus fornidas y recias carnazas; aran,
cavan, siegan, cargan carros de rama y esquilmo, soportan en sus hombros
de cariátide enormes pesos y viven, ya que no sin obra, por lo menos sin
auxilio de varón, pues los del valle suelen emigrar a Lisboa en busca de
colocaciones desde los catorce años, volviendo sólo al país un par de
meses, para casarse y propagar la raza, y huyendo apenas cumplido su
oficio de machos de colmena. A veces, en Portugal, reciben nuevas de
infidelidades conyugales, y, pasando la frontera una noche, acuchillan a
los amantes dormidos: éste fue el crimen del Tuerto protegido por
Barbacana, cuya historia había contado también Juncal. No obstante, las
hembras de Castrodorna suelen ser tan honestas como selváticas. El ama
no desmentía su raza por la anchura desmesurada de las caderas y
redondez de los rudos miembros. Costó un triunfo a Nucha vestirla
racionalmente, y hacerle trocar la corta saya de bayeta verde, que no le
cubría la desnuda pantorrilla, por otra más cumplida y decorosa,
consintiéndole únicamente el justillo, prenda clásica de ama de cría,
que deja rebosar las repletas ubres, y los característicos pendientes de
enorme argolla, el _torquis_ romano conservado desde tiempo inmemorial
en el valle. Fue una lid obligarle a poner los zapatos a diario, porque
todas sus congéneres los reservan para las fiestas repicadas; fue una
penitencia enseñarle el nombre y uso de cada objeto, aún de los más
sencillos y corrientes; fue pensar en lo excusado convencerla de que la
niña que criaba era un ser delicado y frágil, que no se podía traer mal
envuelto en retales de bayeta grana, dentro de una banasta mullida de
helechos, y dejarse a la sombra de un roble, a merced del viento, del
sol y de la lluvia, como los recién nacidos del valle de Castrodorna; y
Máximo Juncal, que aunque gran apologista de los artificios higiénicos
lo era también de las milagrosas virtudes de la naturaleza, hallaba
alguna dificultad en conciliar ambos extremos, y salía del paso apelando
a su lectura más reciente, _El origen de las especies_, por Darwin, y
aplicando ciertas leyes de adaptación al medio, herencia, etcétera, que
le permitían afirmar que el método del ama, si no hacía reventar como un
triquitraque a la criatura, la fortalecería admirablemente.
Por si acaso, Nucha no se atrevió a intentar la prueba, y dedicóse a
cuidar en persona su tesoro, llevando la existencia atareada y minuciosa
de las madres, en la cual es un acontecimiento que estén ahumadas las
sopas, y un fracaso que se apague el brasero. Ella lavaba a su hijita,
la vestía, la fajaba, la velaba dormida y la entretenía despierta. La
vida corría monótona, ocupadísima, sin embargo. El bueno de Julián,
testigo de estas faenas, iba enterándose poco a poco de los para él
arcanos misteriosos del aseo y tocado de una criatura, llegando a
familiarizarse con los múltiples objetos que componen el complicado
ajuar de los recienes: gorras, ombligueros, culeros, pañales, fajas,
microscópicos zapatos de crochet, capillos y baberos. Tales prendas,
blanquísimas, adornadas con bordados y encajes, zahumadas con espliego,
templaditas al sano calor de la camilla--calor doméstico si los hay--las
tenía el capellán muchas veces en el regazo, mientras la madre, con la
niña tendida boca abajo sobre su delantal de hule, pasaba y repasaba la
esponja por las carnes de tafetán, escocidas y medio desolladas por la
excesiva finura de su tierna epidermis, las rociaba con refrescantes
polvos de almidón y, apretando las nalgas con los dedos para que
hiciesen hoyos, se las mostraba a Julián exclamando con júbilo:
--¡Mire usted qué monada..., qué llenita se va poniendo!