novelas o en los cuentos, a no ser a las aldeanas, y le produjo singular
efecto el espectáculo de aquellas dos estatuas bizantinas, que tales
parecían por su quietud y los rígidos pliegues de su ropa, manejando el
huso y la rueca, y suspendiendo a un mismo tiempo la labor cuando ella
entró. En nombre de las dos estatuas--que eran las tías paternas del
señorito de Limioso--había visitado éste a Nucha; vivía también en el
Pazo el padre, paralítico y encamado, pero a éste nadie le echaba la
vista encima; su existencia era como un mito, una leyenda de la montaña.
Las dos ancianas se irguieron y tendieron a Nucha los brazos con
movimiento tan simultáneo que no supo a cuál de ellas atender, y a la
vez y en las dos mejillas sintió un beso de hielo, un beso dado sin
labios y acompañado del roce de una piel inerte. Sintió también que le
asían las manos otras manos despojadas de carne, consuntas, amojamadas y
momias; comprendió que la guiaban hacia el estrado, y que le ofrecían
uno de los sitiales, y apenas se hubo sentado en él, conoció con terror
que el asiento se desvencijaba, se hundía; que se largaba cada pedazo
del sitial por su lado sin crujidos ni resistencia; y con el instinto de
la mujer encinta, se puso de pie, dejando que la última prenda del
esplendor de los Limiosos se derrumbase en el suelo para siempre....
Salieron del goteroso Pazo cuando ya anochecía, y sin que se lo
comunicasen, sin que ellos mismos pudiesen acaso darse cuenta de ello,
callaron todo el camino porque les oprimía la tristeza inexplicable de
las cosas que se van.
-XVI-
Debía el sucesor de los Moscosos andar ya cerca de este mundo, porque
Nucha cosía sin descanso prendas menudas semejantes a ropa de muñecas. A
pesar de la asiduidad en la labor, no se desmejoraba, al contrario,
parecía que cada pasito de la criatura hacia la luz del día era en
beneficio de su madre. No podía decirse que Nucha hubiese engruesado,
pero sus formas se llenaban, volviéndose suaves curvas lo que antes eran
ángulos y planicies. Sus mejillas se sonroseaban, aunque le velaba
frente y sienes esa ligera nube oscura conocida por _paño_. Su pelo
negro parecía más brillante y copioso; sus ojos, menos vagos y más
húmedos; su boca, más fresca y roja. Su voz se había timbrado con notas
graves. En cuanto al natural aumento de su persona, no era mucho ni la
afeaba, prestando solamente a su cuerpo la dulce pesadez que se nota en
el de la Virgen en los cuadros que representan la Visitación. La
colocación de sus manos, extendidas sobre el vientre como para
protegerlo, completaba la analogía con las pinturas de tan tierno
asunto.
Hay que reconocer que don Pedro se portaba bien con su esposa durante
aquella temporada de expectación. Olvidando sus acostumbradas correrías
por montes y riscos, la sacaba todas las tardes, sin faltar una, a dar
paseítos higiénicos, que crecían gradualmente; y Nucha, apoyada en su
brazo, recorría el valle en que los Pazos de Ulloa se esconden,
sentándose en los murallones y en los ribazos al sentirse muy fatigada.
Don Pedro atendía a satisfacer sus menores deseos: en ocasiones se
mostraba hasta galante, trayéndole las flores silvestres que le llamaban
la atención, o ramas de madroño y zarzamora cuajadas de fruto. Como a
Nucha le causaban fuerte sacudimiento nervioso los tiros, no llevaba
jamás el señorito su escopeta, y había prohibido expresamente a
Primitivo cazar por allí. Parecía que la leñosa corteza se le iba
cayendo, poco a poco, al marqués, y que su corazón bravío y egoísta se
inmutaba, dejando asomar, como entre las grietas de la pared,
florecillas parásitas, blandos afectos de esposo y padre. Si aquello no
era el matrimonio cristiano soñado por el excelente capellán, viven los
cielos que debía asemejársele mucho.
Julián bendecía a Dios todos los días. Su devoción había vuelto, no a
renacer, pues no muriera nunca, pero sí a reavivarse y encenderse. A
medida que se acercaba la hora crítica para Nucha, el capellán
permanecía más tiempo de rodillas dando gracias al terminar la misa;
prolongaba más las letanías y el rosario; ponía más alma y fervor en el
cuotidiano rezo. Y no entran en la cuenta dos novenas devotísimas, una a
la Virgen de Agosto, otra a la Virgen de Septiembre. Figurábasele este
culto mariano muy adecuado a las circunstancias, por la convicción cada
vez más firme de que Nucha era viva imagen de Nuestra Señora, en cuanto
una mujer concebida en pecado puede serlo.
Al oscurecer de una tarde de octubre estaba Julián sentado en el poyo de
su ventana, engolfado en la lectura del P. Nieremberg. Sintió pasos
precipitados en la escalera. Conoció el modo de pisar de don Pedro. El
rostro del señor de Ulloa derramaba satisfacción.
--¿Hay novedades?--preguntó Julián soltando el libro.
--¡Ya lo creo! Nos hemos tenido que volver del paseo a escape.
--¿Y han ido a Cebre por el médico?
--Va allá Primitivo.
Julián torció el gesto.
--No hay que asustarse.... Detrás de él van a salir ahora mismo otros dos
propios. Quería ir yo en persona, pero Nucha dice que no se queda ahora
sin mí.
--Lo mejor sería ir yo también por si acaso--exclamó Julián--. Aunque sea a
pie y de noche....
Lanzó don Pedro una de sus terribles y mofadoras carcajadas.
--¡Usted!--clamó sin cesar de reír--. ¡Vaya una ocurrencia, don Julián!
El capellán bajó los ojos y frunció el rubio ceño. Sentía cierta
vergüenza de su sotana, que le inutilizaba para prestar el menor
servicio en tan apretado trance. Y al par que sacerdote era hombre, de
modo que tampoco podía penetrar en la cámara donde se cumplía el
misterio. Sólo tenían derecho a ello dos varones: el esposo y el _otro_,
el que Primitivo iba a buscar, el representante de la ciencia humana.
Acongojóse el espíritu de Julián pensando en que el recato de Nucha iba
a ser profanado, y su cuerpo puro tratado quizás como se trata a los
cadáveres en la mesa de anatomía: como materia inerte, donde no se
cobija ya un alma. Comprendió que se apocaba y afligía.
--Llámeme usted si para algo me necesita, señor marqués--murmuró con
desmayada voz.
--Mil gracias, hombre.... Venía únicamente a darle a usted la buena
noticia.
Don Pedro volvió a bajar la escalera rápidamente silbando una
_riveirana_, y el capellán, al pronto, se quedó inmóvil. Pasóse luego la
mano por la frente, donde rezumaba un sudorcillo. Miró a la pared. Entre
varias estampitas pendientes del muro y encuadradas en marcos de briche
y lentejuelas, escogió dos: una de San Ramón Nonnato y otra de Nuestra
Señora de la Angustia, sosteniendo en el regazo a su Hijo muerto. Él la
hubiera preferido de la Leche y Buen Parto, pero no la tenía, ni se
había acordado mucho de tal advocación hasta aquel instante. Desembarazó
la cómoda de los cachivaches que la obstruían y puso encima, de pie, las
estampas. Abrió después el cajón, donde guardaba algunas velas de cera
destinadas a la capilla; tomó un par, las acomodó en candeleros de
latón, y armó su _altarito_. Así que la luz amarillenta de los cirios se
reflejó en los adornos y cristal de los cuadros, el alma de Julián
sintió consuelo inefable. Lleno de esperanza, el capellán se reprendió a
sí mismo por haberse juzgado inútil en momentos semejantes. ¡Él inútil!
Cabalmente le incumbía lo más importante y preciso, que es impetrar la
protección del cielo. Y arrodillándose henchido de fe, dio principio a
sus oraciones.
El tiempo corría sin interrumpirlas. De abajo no llegaba noticia alguna.
A eso de las diez reconoció Julián que sus rodillas hormigueaban con
insufrible hormigueo, que se apoderaba de sus miembros dolorosa lasitud,
que se le desvanecía la cabeza. Hizo un esfuerzo y se incorporó
tambaleándose. Una persona entró. Era Sabel, a quien el capellán miró
con sorpresa, pues hacía bastante tiempo que no se presentaba allí.
--De parte del señorito, que baje a cenar.
--¿Ha venido su padre de usted? ¿Ha llegado el médico?--interrogó
ansiosamente Julián, no atreviéndose a preguntar otra cosa.
--No, señor.... De aquí a Cebre hay un bocadito.
En el comedor encontró Julián al marqués cenando con apetito formidable,
como hombre a quien se le ha retrasado la pitanza dos horas más que de
costumbre. Julián trató de imitar aquel sosiego, sentándose y
extendiendo la servilleta.
--¿Y la señorita?--preguntó con afán.
--¡Pss!... Ya puede usted suponer que no muy a gusto.
--¿Necesitará algo mientras usted está aquí?
--No. Tiene allá a su doncella, la Filomena. Sabel también ayuda para
cuanto se precise.
Julián no contestó. Sus reflexiones valían más para calladas que para
dichas. Era una monstruosidad que Sabel asistiese a la legítima esposa;
pero si no se le ocurría al marido, ¿quién tenía valor para
insinuárselo? Por otra parte, Sabel, en realidad, no carecía de
experiencia doméstica, ni dejaría de ser útil. Notó Julián que el
marqués, a diferencia de algunas horas antes, parecía malhumorado e
impaciente. Recelaba el capellán interrogarle. Determinóse al fin.
--¿Y... dará tiempo a que llegue el médico?
--¿Que si da tiempo?--respondió el señorito embaulando y mascando con
colérica avidez--. ¡Como no lo dé de más! Estas señoritas finas son muy
delicadas y difíciles para todo.... Y cuando no hay un gran físico.... Si
fuese por el estilo de su hermana Rita....
Descargó un porrazo con el vaso en la mesa, y añadió sentenciosamente:
--Son una calamidad las mujeres de los pueblos.... Hechas de alfeñique....
Le aseguro a usted que tiene una debilidad, y una tendencia a las
convulsiones y a los síncopes, que.... ¡Melindres, diantre! ¡Melindres a
que las acostumbran desde pequeñas!
Pegó otro trompis y se levantó, dejando solo en el comedor a Julián. No
sabía éste qué hacer de su persona, y pensó que lo mejor era emprender
de nuevo plática con los santos. Subió. Las velas seguían ardiendo, y el
capellán volvió a arrodillarse. Las horas pasaban y pasaban, y no se
oían más ruidos que el viento de la noche al gemir en los castaños, y el
hondo sollozo del agua en la represa del cercano molino. Sentía Julián
cosquilleo y agujetas en los muslos, frío en los huesos y pesadez en la
cabeza. Dos o tres veces miró hacia su cama, y otras tantas el recuerdo
de la pobrecita, que sufría allá abajo, le detuvo. Dábale vergüenza
ceder a la tentación. Mas sus ojos se cerraban, su cabeza, ebria de
sueño, caía sobre el pecho. Se tendió vestido, prometiéndose
despabilarse al punto. Despertó cuando ya era de día.
Al encontrarse vestido, se acordó, y tratándose mentalmente de marmota y
leño, pensó si ya estaría en el mundo el nuevo Moscoso. Bajó apresurado,
frotándose los párpados, medio aturdido aún. En la antesala de la cocina
se dio de manos a boca con Máximo Juncal, el médico de Cebre, con
bufanda de lana gris arrollada al cuello, chaquetón de paño pardo, botas
y espuelas.
--¿Llega usted ahora mismo?--preguntó asombrado el capellán.
--Sí, señor.... Primitivo dice que estuvieron llamando anoche a mi puerta
él y otros dos, pero que no les abrió nadie.... Verdad que mi criada es
algo sorda; mas con todo..., si llamasen como Dios manda.... En fin, que
hasta el amanecer no me llegó el aviso. De cualquier manera parece que
vengo muy a tiempo todavía.... Primeriza al fin y al cabo.... Estas
batallas acostumbran durar bastante.... Allá voy a ver qué ocurre....
Precedido de don Pedro, echó a andar látigo en mano y resonándole las
espuelas, de modo que la imagen bélica que acababa de emplear parecía
exacta, y cualquiera le tomaría por el general que acude a decidir con
su presencia y sus órdenes la victoria. Su continente resuelto infundía
confianza. Reapareció a poco pidiendo una taza de café bien caliente,
pues con la prisa de venir se encontraba en ayunas. Al señorito le
sirvieron chocolate. Emitió el médico su dictamen facultativo: armarse
de paciencia, porque el negocio iba largo.
Don Pedro, de humor algo fosco y con las facciones hinchadas por el
insomnio, quiso a toda costa saber si había peligro.
--No, señor; no, señor--contestó Máximo desliendo el azúcar con la
cucharilla y echando ron en el café--. Si se presentan dificultades,
estamos aquí.... Tú, Sabel: una copita pequeña.
En la copita pequeña escanció también ron, que paladeó mientras el café
se enfriaba. El marqués le tendió la petaca llena.
--Muchas gracias...--pronunció el médico encendiendo un habano--. Por ahora
estamos a ver venir. La señora es novicia, y no muy fuerte.... A las
mujeres se les da en las ciudades la educación más antihigiénica: corsé
para volver angosto lo que debe ser vasto; encierro para producir la
clorosis y la anemia; vida sedentaria, para ingurgitarlas y criar linfa
a expensas de la sangre.... Mil veces mejor preparadas están las aldeanas
para el gran combate de la gestación y alumbramiento, que al cabo es la
verdadera función femenina.
Siguió explanando su teoría, queriendo manifestar que no ignoraba las
más recientes y osadas hipótesis científicas, alardeando de materialismo
higiénico, ponderando mucho la acción bienhechora de la madre
naturaleza. Veíase que era mozo inteligente, de bastante lectura y
determinado a lidiar con las enfermedades ajenas; mas la amarillez
biliosa de su rostro, la lividez y secura de sus delgados labios, no
prometían salud robusta. Aquel fanático de la higiene no predicaba con
el ejemplo. Asegurábase que tenía la culpa el ron y una panadera de
Cebre, con salud para vender y regalar cuatro doctores higienistas.
Don Pedro chupaba también con ensañamiento su cigarro y rumiaba las
palabras del médico, que por extraño caso, atendida la diferencia entre
un pensamiento relleno de ciencia novísima y otro virgen hasta de
lectura, conformaban en todo con su sentir. También el hidalgo rancio
pensaba que la mujer debe ser principalmente muy apta para la
propagación de la especie. Lo contrario le parecía un crimen. Acordábase
mucho, mucho, con extraños remordimientos casi incestuosos, del robusto
tronco de su cuñada Rita. También recordó el nacimiento de Perucho, un
día que Sabel estaba amasando. Por cierto que la borona que amasaba no
hubiera tenido tiempo de cocerse cuando el chiquillo berreaba ya
diciendo a su modo que él era de Dios como los demás y necesitaba el
sustento. Estas memorias le despertaron una idea muy importante.
--Diga, Máximo.... ¿le parece que mi mujer podrá criar?
Máximo se echó a reír, saboreando el ron.
--No pedir gollerías, señor don Pedro.... ¡Criar! Esa función augusta
exige complexión muy vigorosa y predominio del temperamento sanguíneo....
No puede criar la señora.
--Ella es la que se empeña en eso--dijo con despecho el marqués--; yo bien
me figuré que era un disparate... por más que no creí a mi mujer tan
endeble.... En fin, ahora tratamos de que no nazca el niño para rabiar de
hambre. ¿Tendré tiempo de ir a Castrodorna? La hija de Felipe el casero,
aquella mocetona, ¿no sabe usted?...
--¿Pues no he de saber? ¡Gran vaca! Tiene usted ojo médico.... Y está
parida de dos meses. Lo que no sé es si los padres la dejarán venir.
Creo que son gente honrada en su clase y no quieren divulgar lo de la
hija.
--¡Música celestial! Si hace ascos la traigo arrastrando por la trenza....
A mí no me levanta la voz un casero mío. ¿Hay tiempo o no de ir allá?
--Tiempo, sí. Ojalá acabásemos antes; pero no lleva trazas.
Cuando el señorito salió, Máximo se sirvió otra copa de ron y dijo en
confianza al capellán:
--Si yo estuviese en el pellejo del Felipe... ya le quiero un recado a
don Pedro. ¿Cuándo se convencerán estos señoritos de que un casero no es
un esclavo? Así andan las cosas de España: mucho de revolución, de
libertad, de derechos individuales.... ¡Y al fin, por todas partes la
tiranía, el privilegio, el feudalismo! Porque, vamos a ver, ¿qué es esto
sino reproducir los ominosos tiempos de la gleba y las iniquidades de la
servidumbre? Que yo necesito tu hija, ¡zas!, pues contra tu voluntad te
la cojo. Que me hace falta leche, una vaca humana, ¡zas!, si no quieres
dar de mamar de grado a mi chiquillo, le darás por fuerza. Pero le estoy
escandalizando a usted. Usted no piensa como yo, de seguro, en
cuestiones sociales.
--No señor; no me escandalizo--contestó apaciblemente Julián--. Al
contrario.... Me dan ganas de reír porque me hace gracia verle a usted
tan sofocado. Mire usted qué más querrá la hija de Felipe que servir de
ama de cría en esta casa. Bien mantenida, bien regalada, sin trabajar....
Figúrese.
--¿Y el albedrío? ¿Quiere usted coartar el albedrío, los derechos
individuales? Supóngase que la muchacha se encuentre mejor avenida con
su honrada pobreza que con todos esos beneficios y ventajas que usted
dice.... ¿No es un acto abusivo traerla aquí de la trenza, porque es hija
de un casero? Naturalmente que a usted no se lo parece; claro está.
Vistiéndose por la cabeza, no se puede pensar de otro modo; usted tiene
que estar por el feudalismo y la teocracia. ¿Acerté? No me diga usted
que no.
--Yo no tengo ideas políticas--aseveró Julián sosegadamente; y de pronto,
como recordando, añadió:--¿Y no sería bien dar una vuelta a ver cómo lo
pasa la señorita?
--¡Pchs!... No hago por ahora gran falta allá, pero voy a ver. Que no se
lleven la botella del ron, ¿eh? Hasta dentro de un instante.
Volvió en breve, e instalándose ante la copa mostró querer reanudar la
conversación política, a la cual profesaba desmedida afición,
prefiriendo, en su interior, que le contradijesen, pues entonces se
encendía y exaltaba, encontrando inesperados argumentos. Las violentas
discusiones en que se llegaba a vociferar y a injuriarse le esparcían la
estancada bilis, y la función digestiva y respiratoria se le activaba,
produciéndole gran bienestar. Disputaba por higiene: aquella gimnasia de
la laringe y del cerebro le desinfartaba el hígado.
--¿Con que usted no tiene ideas políticas? A otro perro con ese hueso,
padre Julián.... Todos los pájaros de pluma negra vuelan hacia atrás, no
andemos con cuentos. Y si no, a ver, hagamos la prueba: ¿qué piensa
usted de la revolución? ¿Está usted conforme con la libertad de cultos?
Aquí te quiero, escopeta. ¿Está usted de acuerdo con Suñer?
--¡Vaya unas cosas que tiene el señor don Máximo! ¿Cómo he de estar de
acuerdo con Suñer? ¿No es ése que dijo en el Congreso blasfemias
horrorosas? ¡Dios le alumbre!
--Hable claro: ¿usted piensa como el abad de San Clemente de Boán? Ése
dice que a Suñer y a los revolucionarios no se les convence con razones,
sino a trabucazo limpio y palo seco. ¿Usted qué opina?
--Son dichos de acaloramiento.... Un sacerdote es hombre como todos y
puede enfadarse en una disputa y echar venablos por la boca.
--Ya lo creo; y por lo mismo que es hombre como todos puede tener
intereses bastardos, puede querer vivir holgazanamente explotando la
tontería del prójimo, puede darse buena vida con los capones y cabritos
de los feligreses.... No me negará usted esto.
--Todos somos pecadores, don Máximo.
--Y aún puede hacer cosas peores, que... se sobrentienden..., ¿eh? No
sofocarse.
--Sí, señor. Un sacerdote puede hacer todas las cosas malas del mundo. Si
tuviésemos privilegio para no pecar, estábamos bien; nos habíamos
salvado en el momento mismo de la ordenación, que no era floja ganga.
Cabalmente, la ordenación nos impone deberes más estrechos que a los
demás cristianos, y es doblemente difícil que uno de nosotros sea bueno.
Y para serlo del modo que requeriría el camino de perfección en que
debemos entrar al ordenarnos de sacerdotes, se necesita, aparte de
nuestros esfuerzos, que la gracia de Dios nos ayude. Ahí es nada.
Díjolo en tono tan sincero y sencillo, que el médico amainó por algunos
instantes.
--Si todos fuesen como usted, don Julián....
--Yo soy el último, el peor. No se fíe usted en apariencias.
--¡Quiá! Los demás son buenas piezas, buenas..., y ni con la revolución
hemos conseguido minarles el terreno.... Le parecerá a usted mentira lo
que amañaron estos días para dar gusto a ese bandido de Barbacana....
No hallándose en antecedentes, Julián guardaba silencio.
--Figúrese usted--refirió el médico--que Barbacana tiene a sus órdenes otro
facineroso, un paisano de Castrodorna, conocido por el Tuerto, que va y
viene a Portugal a salto de mata, porque una noche cosió a puñaladas a
su mujer y al amante.... Hace poco parece que le echó mano la justicia,
pero Barbacana se empeñó en librarlo, y tanto sudaron él y los curas,
que el hombre salió bajo fianza, y se pasea por ahí.... De modo que, a
pesar de los pesares, nos tiene usted como siempre, mandados por el
infame Barbacana.
--Pero--objetó Julián--yo he oído que aquí, cuando no reina Barbacana,
reina otro cacique peor, que le llaman Trampeta, por los enredos y
diabluras que arma a los pobres paisanos chupándoles el tuétano.... Con
que por fas o por nefas.
--Eso.... Eso tiene algo de verdad..., pero mire usted, al menos Trampeta
no se propone levantar partidas.... Con Barbacana es preciso concluir,
pues corresponde con las juntas carlistas de la provincia para llevar el
país a fuego y sangre.... ¿Es usted partidario del niño Terso?
--Ya le dije que no tengo opiniones.
--Es que no le da la gana de disputar.
--Francamente, don Máximo, acierta usted. Estoy pendiente de esa pobre
señorita... pensando en lo que puede sucederle. Y no entiendo de
política...; no se ría usted..., no entiendo. Sólo entiendo de decir
misa; y el caso es que no la he dicho hoy todavía, y mientras no la diga
no me desayuno, y el estómago se me va.... Aplicaré la misa por la
necesidad presente. Yo no puedo--añadió con cierta melancolía--prestarle a
la señorita otro auxilio.
Marchóse, dejando al médico sorprendido de encontrar un cura que rehuía
entrar en políticas discusiones, que por aquellos días reemplazaban a
las teológicas en todas las sobremesas patronales, y celebró su misa con
gran atención y minuciosidad en las ceremonias. El repique de la
campanilla del acólito resonaba claro y argentino en la vetusta capilla
vacía. Oíanse fuera gorjeos de pájaros en los árboles del huerto, lejano
chirrido de carros que salían al trabajo, rumores campestres gratos,
calmantes, bienhechores. Era la misa de San Ramón Nonnato, elegida para
la circunstancia; y cuando el celebrante pronunció «_ejus nobis
intercessione concede, ut a peccatorum vinculis absoluti_...», parecióle
que las cadenas de dolor que ligaban a la pobre virgencita--que aún
entonces se la representaba como tal el capellán--se rompían de golpe,
dejándola libre, gozosa y radiante, con la más feliz maternidad.
Sin embargo, cuando regresó a la casa no había indicios de la susodicha
ruptura de cadenas. En vez de las apresuradas idas y venidas de criados
que siempre indican algún acontecimiento trascendental, notó una calma
de mal agüero. El señorito no volvía: verdad es que Castrodorna distaba
bastante de los Pazos. Fue preciso sentarse a la mesa sin él. El médico
no intentó disputar más, porque a su vez empezaba a hallarse preocupado
con la flema del heredero de los Moscosos. Hay que decir, en abono del
discutidor higienista, que tomaba su profesión por lo serio, y la
respetaba tanto como Julián la suya. Probábalo su misma manía de la
higiene y su culto de la salud, culto infundido por librotes modernos
que sustituyen al Dios del Sinaí con la diosa Higia. Para Máximo Juncal,
inmoralidad era sinónimo de escrofulosis, y el deber se parecía bastante
a una perfecta oxidación de los elementos asimilables. Disculpábase a sí
propio ciertos extravíos, por tener un tanto obstruidas las vías
hepáticas.
En aquel momento, el peligro de la señora de Moscoso despertaba su
instinto de lucha contra los males positivos de la tierra: el dolor, la
enfermedad, la muerte. Comió distraídamente, y sólo bebió dos copas de
ron. Julián apenas pasó bocado; preguntaba de tiempo en tiempo:
--¿Qué ocurrirá por allí, don Máximo?
Cesó de preguntar cuando el médico le hubo dado, a media voz, algunos
detalles, empleando términos técnicos. La noche caía. Máximo apenas
salía del cuarto de la paciente. Sintióse Julián tan triste y solo, que
ya se disponía a subir y encender su altar, para disfrutar al menos la
compañía de las velas y los cuadritos. Pero don Pedro entró
impetuosamente, como una ráfaga de viento huracanado. Traía de la mano
una muchachona color de tierra, un castillo de carne: el tipo clásico de
la vaca humana.
-XVII-
Que Máximo Juncal, ya que es su oficio, reconozca detenidamente la
cuenca del río lácteo de la poderosa bestiaza, conducida por el marqués
de Ulloa, no sin asombro de las gentes, en el borrén delantero de la
silla de su yegua, por no haber en Castrodorna otros medios de
transporte, y no permitir la impaciencia de don Pedro que el ama viniese
a pie. La yegua recordará toda la vida, con temblor general de su
cuerpo, aquella jornada memorable en que tuvo que sufrir a la vez el
peso del actual representante de los Moscosos y el de la nodriza del
Moscoso futuro.