Por muy perfecta casada que hiciese Nucha, su condición y virtudes la
llamaban a otro estado más meritorio todavía, más parecido al de los
ángeles, en que la mujer conserva como preciado tesoro su virginal
limpieza. Sabía Julián por su madre que Nucha manifestaba a veces
inclinación a la vida monástica, y daba en la manía de deplorar que no
hubiese entrado en un convento. Siendo Nucha tan buena para mujer de un
hombre, mejor sería para esposa de Cristo; y las castas nupcias dejarían
intacta la flor de su inocencia corporal, poniéndola para siempre al
abrigo de las tribulaciones y combates que en el mundo nunca faltan.
Esto de los combates le recordaba a Sabel. ¿Quién duda que su
permanencia en casa era ya un peligro para la tranquilidad de la esposa
legítima? No imaginaba Julián riesgos inmediatos, pero presentía algo
amenazador para lo porvenir. ¡Horrible familia ilegal, enraizada en el
viejo caserón solariego como las parietarias y yedras en los derruidos
muros! Al capellán le entraban a veces impulsos de coger una escoba, y
barrer bien fuerte, bien fuerte, hasta que echase de allí a tan mala
ralea. Pero cuando iba más determinado a hacerlo, tropezaba en la
egoísta tranquilidad del señorito y en la resistencia pasiva,
incontrastable del mayordomo. Sucedió además una cosa que aumentó la
dificultad de la barredura: la cocinera enviada de Santiago empezó a
malhumorarse, quejándose de que no entendía la cocina, de que la leña no
ardía bien, del humo, de todo; Sabel, muy servicial, acudió a ayudarla;
y a los pocos días la cocinera, cansada de aldea, se despidió con malos
modos, y Sabel quedó en su sitio, sin que mediasen más fórmulas para el
reemplazo que asir el mango de la sartén cuando la otra lo soltó. Julián
no tuvo ni tiempo de protestar contra este cambio de ministerio y vuelta
al antiguo régimen. Lo cierto es que la familia espuria se mostraba por
entonces incomparablemente humilde: a Primitivo no se le encontraba sino
llamándole cuando hacía falta; Sabel se eclipsaba apenas dejaba la
comida puesta a la lumbre y confiada al cuidado de las mozas de
fregadero; el chiquillo parecía haberse evaporado.
Y con todo, al capellán no le llegaba la camisa al cuerpo. ¡Si Nucha se
enteraba! ¿Y quién duda que se enteraría en el momento menos pensado?
Por desgracia la nueva esposa mostraba afición suma a recorrer la casa,
a informarse de todo, a escudriñar los sitios más recónditos y
trasconejados, verbigracia desvanes, bodegas, lagar, palomar, hórreos,
_tulla_, perreras, cochiqueras, gallinero, establos y _herbeiros_ o
depósitos de forraje. No le llegaba a Julián la camisa al cuerpo,
temblando que en alguna de estas dependencias recibiese Nucha a boca de
jarro, por impensado incidente, la atroz revelación. Y al mismo tiempo,
¿cómo oponerse al útil merodeo del ama de casa hacendosa por sus
dominios? Parecía que con la joven señora entraban en cada rincón de los
Pazos la alegría, la limpieza y el orden, y que la saludaba el rápido
bailotear del polvo arremolinado por las escobas, la vibración del rayo
de sol proyectado en escondrijos y zahurdas donde las espesas telarañas
no lo habían dejado penetrar desde años antes.
Seguía Julián a Nucha en sus exploraciones, a fin de vigilar y evitar,
si cabía, cualquier suceso desgraciado. Y en efecto, su intervención fue
provechosa cuando Nucha descubrió en el gallinero cierto pollo implume.
El caso merece referirse despacio.
Había observado Nucha que en aquella casa de bendición las gallinas no
ponían jamás, o si ponían no se veía la postura. Afirmaba don Pedro que
se gastaban al año bastantes _ferrados_ de centeno y mijo en el corral;
y con todo eso, las malditas gallinas no daban nada de sí. Lo que es
cacarear, cacareaban como descosidas, indicio evidente de que andaban en
tratos de soltar el huevo; oíase el himno triunfal de las fecundas a la
vez que el blando cloquear de las lluecas; se iba a ver el nido, se
advertía en él suave calorcillo, se distinguía la paja prensada
señalando en relieve la forma del huevo.... Y nada; que no se podía
juntar ni para una mala tortilla. Nucha permanecía ojo alerta. Un día
que acudió más diligente al cacareo delator, divisó agazapado en el
fondo del gallinero, escondiéndose como un ratoncillo, un rapaz de pocos
años. Sólo asomaban entre la paja de la nidadura sus descalzos pies.
Nucha tiró de ellos y salió el cuerpo, y tras del cuerpo las manos, en
las cuales venía ya el plato que apetecía el ama de casa, pues los
huevos que el chico acababa de ocultar se le habían roto con la prisa, y
la tortilla estaba allí medio hecha, batida por lo menos.
--¡Ah pícaro!--exclamó Nucha cogiéndole y sacándole afuera, a la luz del
corral--. ¡Te voy a desollar vivo, gran tunante! ¡Ya sabemos quién es el
zorro que se come los huevos! Hoy te pongo el trasero en remojo, donde
no lo veas.
Agitábase y perneaba el ladrón en miniatura; Nucha sintió lástima,
imaginándose que sollozaba con desconsuelo. Apenas logró verle un minuto
la cara desviándole de ella los brazos, pudo convencerse de que el muy
insolente no hacía sino reírse a más y a mejor, y también notar la
extraordinaria lindeza del desharrapado chicuelo. Julián, testigo
inquieto de esta escena, se adelantó y quiso arrebatárselo a Nucha.
--Déjemelo usted, don Julián...--suplicó ella--. ¡Qué guapo!, ¡qué pelo!,
¡qué ojos! ¿De quién es esta criatura?
Nunca el timorato capellán sintió tantas ganas de mentir. No atinó, sin
embargo.
--Creo...--tartamudeó atragantándose--, creo que... de Sabel, la que guisa
estos días.
--¿De la criada? Pero.... ¿está casada esa chica?
Creció la turbación de Julián. De esta vez tenía en la garganta una pera
de ahogo.
--No, señora; casada, no.... Ya sabe usted que... desgraciadamente... las
aldeanas..., por aquí... no es común que guarden el mayor recato....
Debilidades humanas.
Sentóse Nucha en un poyo del corral que con el gallinero lindaba, sin
soltar al chiquillo, empeñándose en verle la cara mejor. Él porfiaba en
taparla con manos y brazos, pegando respingos de conejo montés cautivo y
sujeto. Sólo se descubría su cabellera, el monte de rizos castaños como
la propia castaña madura, envedijados, revueltos con briznas de paja y
motas de barro seco, y el cuello y nuca, dorados por el sol.
--Julián, ¿tiene usted ahí una pieza de dos cuartos?
--Sí, señora.
--Toma, _rapaciño_.... A ver si me pierdes el miedo.
Fue eficaz el conjuro. Alargó el chiquillo la mano, y metió rápidamente
en el seno la moneda. Nucha vio entonces el rostro redondeado, hoyoso,
graciosísimo y correcto a la vez, como el de los amores de bronce que
sostienen mecheros y lámparas. Una risa entre picaresca y celestial
alegraba tan linda obra de la naturaleza. Nucha le plantó un beso en
cada carrillo.
--¡Qué monada! ¡Dios lo bendiga! ¿Cómo te llamas, pequeño?
--Perucho--contestó el pilluelo con sumo desenfado.
--¡El nombre de mi marido!--exclamó la señorita con viveza--. ¿Apostemos a
que es su ahijado? ¿Eh?
--Es su ahijado, su ahijado--se apresuró a declarar Julián, que desearía
ponerle al chico un tapón en aquella boca risueña, de carnosos labios
cupidinescos. No pudiendo hacerlo intentó sacar la conversación de
terreno tan peligroso.
--¿Para qué querías tú los huevos? Dilo y te doy otros dos cuartos, anda.
--Los vendo--declaró Perucho concisamente.
--Con que los vendes, ¿eh? Tenemos aquí un negociante.... ¿Y a quién los
vendes?
--A las mujeres de por ahí, que van a la _vila_....
--Sepamos, ¿a cómo te pagan?
--Dos cuartos por la _ducia_.
--Pues mira--díjole Nucha cariñosamente--, de aquí en adelante me los vas a
vender a mí, que te pagaré otro tanto. Por lo bonito que eres no quiero
reñirte ni enfadarme contigo. ¡Quiá! Vamos a ser muy amigotes tú y yo.
Lo primerito que te he de regalar son unos pantalones.... No andas muy
decente que digamos.
En efecto, por los desgarrones y aberturas del sucio calzón de estopa
del chico hacían irrupción sus fresquísimas y lozanas carnes, cuya
morbidez no alcanzaba a encubrir el fango y suciedad que les servía de
vestidura, a falta de otra más decorosa.
--¡Angelitos!--murmuró Nucha--. ¡Parece mentira que los traigan así! Yo no
sé cómo no se matan, cómo no perecen de frío.... Julián, hay que vestir a
este niño Jesús.
--Sí, ¡buen niño Jesús está él!--gruñó Julián--. El mismísimo enemigo malo,
¡Dios me perdone! No le tenga lástima, señorita; es un diablillo, más
travieso que un mico.... Lo que no hice yo para enseñarle a leer y
escribir, para acostumbrarle a que se lavase esos hocicos y esas
patas.... ¡Ni atándolo, señorita, ni atándolo! Y está más sano que una
manzana con la vida que trae. Ya se ha caído dos veces al estanque este
año, y de una por poco se ahoga.
--Vaya, Julián, ¿qué quiere usted que haga a su edad? No ha de ser formal
como los mayores. Ven conmigo, rapaz, que voy a arreglarte algo para que
te tapes esas piernecitas.... ¿No tiene calzado? Pues hay que encargarle
unos zuecos bien fuertes, de álamo.... Y le voy a predicar un sermón a su
madre para que me lo enjabone todos los días. Usted le va a dar lección
otra vez. O le haremos ir a la escuela, que será lo mejor.
No hubo quien apease a Nucha de su caritativo propósito. Julián estaba
con el alma en un hilo, temiendo que de semejante aproximación resultase
alguna catástrofe. No obstante, la bondad natural de su corazón hizo que
se interesase nuevamente por aquella obra pía, que ya había intentado
sin fruto. Veía en ella mayor demostración de la hermosura moral de
Nucha. Parecíale que era providencial el que la señorita cuidase a aquel
mal retoño de tronco ruin. Y Nucha entretanto se divertía infinito con
su protegido; hacíale gracia su propia desvergüenza, sus instintos
truhanescos, su afán por apandar huevos y fruta, su avidez al coger las
monedas, su afición al vino y a los buenos bocados. Aspiraba a enderezar
aquel arbolito tierno, civilizándole a la vez la piel y el espíritu.
Obra de romanos, decía el capellán.
-XV-
Por entonces se dedicó el matrimonio Moscoso a pagar visitas de la
aristocracia circunvecina. Nucha montaba la borriquilla, y su marido la
yegua castaña; Julián los acompañaba en mula; alguno de los perros
favoritos del marqués se incorporaba a la comitiva siempre, y dos mozos,
vestidos con la ropa dominguera, la más bordada faja, el sombrero de
fieltro nuevecito, empuñando varas verdes que columpiaban al andar, iban
de espolistas, encargados de _tener mano_ de las monturas cuando se
apeasen los jinetes.
La tanda empezó por la señora jueza de Cebre. Abrió la puerta la criada
en pernetas, que al ver a Nucha bajarse de su cabalgadura y arreglar los
volantes del traje con el mango de la sombrilla, echó a correr
despavorida hacia el interior de la casa, clamando como si anunciase
fuego o ladrones:
--Señora.... ¡Ay, mi señora! ¡Unos señores...!, ¡hay unos señores aquí!
Ningún eco respondió a sus alaridos de consternación; pero transcurridos
breves minutos, apareció en el zaguán el juez en persona, deshaciéndose
en excusas por la torpeza de la muchacha: era inconcebible el trabajo
que costaba domesticarlas; se les repetía mil veces la misma cosa, y
nada, no aprendían a recibir a las... pues... de la manera que.... Al
murmurar así, arqueaba el codo ofreciendo a Nucha el sostén de su brazo
para subir la escalera; y siendo ésta tan angosta que no cabían dos
personas de frente, la señora de Moscoso pasaba los mayores trabajos del
mundo intentando asirse con las yemas de los dedos al brazo del buen
señor, que subía dos escalones antes que ella todo torcido y sesgado.
Llegados a la puerta de la sala, el juez empezó a palparse, buscando
ansiosamente algo en los bolsillos, articulando a media voz monosílabos
entrecortados y exclamaciones confusas. De repente exhaló una especie de
bramido terrible.
--Pepa.... ¡Pepaaaá!
Se oyó el ¡_clac_! de los pies descalzos, y el juez interpeló a la
fámula:
--La llave, ¿vamos a ver? ¿Dónde Judas has metido la llave?
Pepa se la alargaba ya a toda prisa, y el juez, cambiando de tono y
pasando de la más furiosa ronquera a la más meliflua dulzura, empujó la
puerta y dijo a Nucha:
--Por aquí, señora mía, por aquí..., tenga usted la bondad....
La sala estaba completamente a oscuras. Nucha tropezó con una mesa, a
tiempo que el juez repetía:
--Tenga usted la bondad de sentarse, señora mía.... Usted dispense....
La claridad que bañó la habitación, una vez abiertas las maderas de la
ventana, permitió a Nucha distinguir al fin el sofá de _repis_ azul, los
dos sillones haciendo juego, el velador de caoba, la alfombra tendida a
los pies del sofá y que representaba un ferocísimo tigre de Bengala,
color de canela fina. Al juez todo se le volvía acomodar a los
visitadores, insistiendo mucho en si al marqués de Ulloa le convenía la
luz de frente o estaría mejor de espaldas a la vidriera; al mismo tiempo
lanzaba ojeadas de sobresalto en derredor, porque le iba sabiendo mal la
tardanza de su mujer en presentarse. Esforzábase en sostener la
conversación, pero su sonrisa tenía la contracción de una mueca, y su
ojo severo se volvía hacia la puerta muy a menudo. Al cabo se oyó en el
corredor crujido de enaguas almidonadas: la señora jueza entró, sofocada
y compuesta de fresco, según claramente se veía en todos los pormenores
de su tocado; acababa de embutir su respetable humanidad en el corsé, y
sin embargo no había logrado abrochar los últimos botones del corpiño de
seda; el moño postizo, colocado a escape, se torcía inclinándose hacia
la oreja izquierda; traía un pendiente desabrochado, y no habiéndole
llegado el tiempo para calzarse, escondía con mil trabajos, entre los
volantes pomposos de la falda de seda, las babuchas de orillo.
Aunque Nucha no pecaba de burlona, no pudo menos de hacerle gracia el
atavío de la jueza, que pasaba por el figurín vivo de Cebre, y a
hurtadillas sonrió a Julián mostrándole con imperceptible guiño los
collares, dijes y broches que lucía en el cuello la señora, mientras
ésta a su vez devoraba e inventariaba el sencillo adorno de la recién
casada santiaguesa. La visita fue corta, porque el marqués deseaba
_cumplir_ aquel mismo día con el Arcipreste, y la parroquia de Loiro
distaba una legua por lo menos de la villita de Cebre. Se despidieron de
la autoridad judicial tan ceremoniosamente como habían entrado, con los
mismos requilorios de brazo y acompañamiento y muchos ofrecimientos de
casa y persona.
Era preciso para ir a Loiro internarse bastante en la montaña, y seguir
una senda llena de despeñaderos y precipicios, que sólo se hacía
practicable al acercarse a los dominios del arciprestazgo, vastos y
ricos algún día, hoy casi anulados por la desamortización. La rectoral
daba señales de su esplendor pasado; su aspecto era conventual; al
entrar y apearse en el zaguán, los señores de Ulloa sintieron la
impresión del frío subterráneo de una ancha cripta abovedada, donde la
voz humana retumbaba de un modo extraño y solemne. Por la escalera de
anchos peldaños y monumental balaústre de piedra bajaba
dificultosamente, con la lentitud y el balanceo con que caminan los osos
puestos en dos pies, una pareja de seres humanos monstruosa, deforme,
que lo parecía más viéndola así reunida: el Arcipreste y su hermana.
Ambos jadeaban: su dificultosa respiración parecía el resuello de un
accidentado; las triples roscas de la papada y el rollo del pestorejo
aureolaban con formidable nimbo de carne las faces moradas de puro
inyectadas de sangre espesa; y cuando se volvían de espaldas, en el
mismo sitio en que el Arcipreste lucía la tonsura ostentaba su hermana
un moñito de pelo gris, análogo al que gastan los toreros. Nucha, a
quien el recibimiento del juez y el tocado de su señora habían puesto de
buen humor, volvió a sonreír disimuladamente, sobre todo al notar los
_quidproquos_ de la conversación, producidos por la sordera de los dos
respetables hermanos. No desmintiendo éstos la hospitalaria tradición
campesina, hicieron pasar a los visitadores, quieras no quieras, al
comedor, donde un mármol se hubiera reído también observando cómo la
mesa del refresco, la misma en que comían a diario los dueños de casa,
tenía dos escotaduras, una frente a otra, sin duda destinadas a alojar
desahogadamente la rotundidad de un par de abdómenes gigantescos.
El regreso a los Pazos fue animado por comentarios y bromas acerca de
las visitas: hasta Julián dio de mano a su formalidad y a su indulgencia
acostumbrada para divertirse a cuenta de la mesa escotada y del almacén
de quincalla que la señora jueza lucía en el pescuezo y seno. Pensaban
con regocijo en que al día siguiente se les preparaba otra excursión del
mismo género, sin duda igualmente divertida: tocábales ver a las
señoritas de Molende y a los señores de Limioso.
Salieron de los Pazos tempranito, porque bien necesitaban toda la larga
tarde de verano para cumplir el programa; y acaso no les alcanzaría, si
no fuese porque a las señoritas de Molende no las encontraron en casa;
una mocetona que pasaba cargada con un haz de hierba explicó
difícilmente que las señoritas _iban en_ la feria de Vilamorta, y sabe
Dios cuándo volverían de allá. Le pesó a Nucha, porque las señoritas,
que habían estado en los Pazos a verla, le agradaban, y eran los únicos
rostros juveniles, las únicas personas en quienes encontraba
reminiscencias de la cháchara alegre y del fresco pico de sus hermanas,
a las cuales no podía olvidar. Dejaron un recado de atención a cargo de
la mocetona y torcieron monte arriba, camino del Pazo de Limioso.
El camino era difícil y se retorcía en espiral alrededor de la montaña;
a uno y otro lado, las cepas de viña, cargadas de follaje, se inclinaban
sobre él como para borrarlo. En la cumbre amarilleaba a la luz del sol
poniente un edificio prolongado, con torre a la izquierda, y a la
derecha un palomar derruido, sin techo ya. Era la señorial mansión de
Limioso, un tiempo castillo roquero, nido de azor colgado en la
escarpada umbría del montecillo solitario, tras del cual, en el
horizonte, se alzaba la cúspide majestuosa del inaccesible Pico Leiro.
No se conocía en todo el contorno, ni acaso en toda la provincia, casa
infanzona más linajuda ni más vieja, y a cuyo nombre añadiesen los
labriegos con acento más respetuoso el calificativo de _Pazo_,
_palacio_, reservado a las moradas hidalgas.
Desde bastante cerca, el Pazo de Limioso parecía deshabitado, lo cual
aumentaba la impresión melancólica que producía su desmantelado palomar.
Por todas partes indicios de abandono y ruina: las ortigas obstruían la
especie de plazoleta o patio de la casa; no faltaban vidrios en las
vidrieras, por la razón plausible de que tales vidrieras no existían, y
aun alguna madera, arrancada de sus goznes, pendía torcida, como un
jirón en un traje usado. Hasta las rejas de la planta baja, devoradas de
orín, subían las plantas parásitas, y festones de yedra seca y raquítica
corrían por entre las junturas desquiciadas de las piedras. Estaba el
portón abierto de par en par, como puerta de quien no teme a ladrones;
pero al sonido mate de los cascos de las monturas en el piso herboso del
patio, respondieron asmáticos ladridos y un mastín y dos perdigueros se
abalanzaron contra los visitantes, desperdiciando por las fauces el poco
brío que les quedaba, pues ninguno de aquellos bichos tenía más que un
erizado pelaje sobre una armazón de huesos prontos a agujerearlo al
menor descuido. El mastín no podía, literalmente, ejecutar el esfuerzo
del ladrido: temblábanle las patas, y la lengua le salía de un palmo
entre los dientes, amarillos y roídos por la edad. Apaciguáronse los
perdigueros a la voz del señor de Ulloa, con quien habían cazado mil
veces; no así el mastín, resuelto sin duda a morir en la demanda, y a
quien sólo acalló la aparición de su amo el señorito de Limioso.
¿Quién no conoce en la montaña al directo descendiente de los paladines
y ricohombres gallegos, al infatigable cazador, al acérrimo
tradicionalista? _Ramonciño_ Limioso contaría a la sazón poco más de
veintiséis años, pero ya sus bigotes, sus cejas, su cabello y sus
facciones todas tenían una gravedad melancólica y dignidad algún tanto
burlesca para quien por primera vez lo veía. Su entristecido arqueo de
cejas le prestaba vaga semejanza con los retratos de Quevedo; su
pescuezo, flaco, pedía a voces la golilla, y en vez de la vara que tenía
en la mano, la imaginación le otorgaba una espada de cazoleta. Donde
quiera que se encontrase aquel cuerpo larguirucho, aquel gabán raído,
aquellos pantalones con rodilleras y tal cual remiendo, no se podía
dudar que, con sus pobres trazas, Ramón Limioso era un verdadero _señor
desde sus principios_--así decían los aldeanos--y no _hecho a puñetazos_,
como otros.
Lo era hasta en el modo de ayudar a Nucha a bajarse de la borrica, en la
naturalidad galante con que le ofreció no el brazo, sino, a la antigua
usanza, dos dedos de la mano izquierda para que en ellos apoyase la
palma de su diestra la señora de Ulloa. Y con el decoro propio de un
paso de minueto, la pareja entró por el Pazo de Limioso adelante,
subiendo la escalera exterior que conducía al claustro, no sin peligro
de rodar por ella: tales estaban de carcomidos los venerables escalones.
El tejado del claustro era un puro calado; veíanse, al través de las
tejas y las vigas, innumerables retales de terciopelo azul celeste; la
cría de las golondrinas piaba dulcemente en sus nidos, cobijados en el
sitio más favorable, tras el blasón de los Limiosos, repetido en el
capitel de cada pilar en tosca escultura--tres peces bogando en un lago,
un león sosteniendo una cruz--. Fue peor cuando entraron en la antesala.
Muchos años hacía que la polilla y la vetustez habían dado cuenta de la
tablazón del piso; y no alcanzando, sin duda, los medios de los Limiosos
a echar piso nuevo, se habían contentado con arrojar algunas tablas
sueltas sobre los pontones y las vigas, y por tan peligroso camino cruzó
tranquilamente el señorito, sin dejar de ofrecer los dedos a Nucha, y
sin que ésta se atreviese a solicitar más firme apoyo. Cada tablón en
que sentaban el pie se alzaba y blandía, descubriendo abajo la negra
profundidad de la bodega, con sus cubas vestidas de telarañas.
Atravesaron impávidos el abismo y penetraron en la sala, que al menos
poseía un piso clavado, aunque en muchos sitios roto y en todos casi
reducido a polvo sutil por el taladro de los insectos.
Nucha se quedó inmóvil de sorpresa. En un ángulo de la sala medio
desaparecía bajo un gran acervo de trigo un mueble soberbio, un vargueño
incrustado de concha y marfil; en las paredes, del betún de los cuadros
viejos y ahumados se destacaba a lo mejor una pierna de santo
martirizado, toda contraída, o el anca de un caballo, o una cabeza
carrilluda de angelote; frente a la esquina del trigo, se alzaba un
estrado revestido de cuero de Córdoba, que aún conservaba su rica
coloración y sus oros intensos; ante el estrado, en semicírculo,
magníficos sitiales escultados, con asiento de cuero también; y entre el
trigo y el estrado, sentadas en _tallos_ (asientos de tronco de roble
bruto, como los que usan los labriegos más pobres), dos viejas secas,
pálidas, derechas, vestidas de hábito del Carmen, ¡hilaban!