Verdad es que la hija no se marchaba tampoco; pero se marcharía, ¡no

faltaba más! ¿Quién duda que se marcharía? Tranquilizaba a Julián una

señal en su concepto infalible: el haber sorprendido cierto anochecer,

cerca del pajar, a Sabel y al gallardo gaitero entretenidos en coloquios

más dulces que edificantes. Le ruborizó el encuentro, pero hizo la vista

gorda reflexionando que aquello era, por decirlo así, la antesala del

altar. Seguro de la victoria respecto a la mala hembra, transigió en lo

relativo al mayordomo. Cuanto más que éste no rechazaba las indicaciones

de Julián, ni le llevaba la contraria en cosa alguna. Si el capellán

ideaba planes, censuraba abusos o insistía en la urgente necesidad de

una reforma, Primitivo aprobaba, allanaba el camino, sugería medios, de

palabra se entiende; al llegar a la realización, ya era harina de otro

costal: empezaban las dificultades, las dilaciones: que hoy... que

mañana.... No hay fuerza comparable a la inercia. Primitivo decía a

Julián para consolarle:

--Una cosa es hablar, y otra hacer....

O matar a Primitivo, o entregársele a discreción: el capellán comprendía

que no quedaba otro recurso. Fue un día a desahogar sus cuitas con don

Eugenio, el abad de Naya, cuyos discretos pareceres le alentaban mucho.

Encontróle todo alborotado con los noticiones políticos, que acababan de

confirmar los pocos periódicos que se recibían en aquellos andurriales.

La marina se había sublevado, echando del trono a la reina, y ésta se

encontraba ya en Francia, y se constituía un gobierno provisional, y se

contaba de una batalla reñidísima en el puente de Alcolea, y el ejército

se adhería, y el diablo y su madre.... Don Eugenio andaba, de puro

excitado, medio loco, proyectando irse a Santiago sin dilación para

saber noticias ciertas. ¡Qué dirían el señor Arcipreste y el abad de

Boán! ¿Y Barbacana? Ahora sí que Barbacana estaba fresco: su eterno

adversario Trampeta, amigo de los unionistas, se le montaría encima por

los siglos de los siglos, amén. Con el embullo de estos acontecimientos,

apenas atendió el abad de Naya a las tribulaciones de Julián.

-XIII-

Transcurrido algún tiempo de vida familiar con suegro y cuñadas, don

Pedro echó de menos su huronera. No se acostumbraba a la metrópoli

arzobispal. Ahogábanle las altas tapias verdosas, los soportales

angostos, los edificios de lóbrego zaguán y escalera sombría, que le

parecían calabozos y mazmorras. Fastidiábale vivir allí donde tres gotas

de lluvia meten en casa a todo el mundo y engendran instantáneamente una

triste vegetación de hongos de seda, de enormes paraguas. Le incomodaba

la perenne sinfonía de la lluvia que se deslizaba por los canalones

abajo o retiñía en los charcos causados por la depresión de las

baldosas. Quedábanle dos recursos no más para combatir el tedio:

discutir con su suegro o jugar un rato en el Casino. Ambas cosas le

produjeron en breve, no hastío, pues el verdadero hastío es enfermedad

moral propia de los muy refinados y sibaritas de entendimiento, sino

irritación y sorda cólera, hija de la secreta convicción de su

inferioridad. Don Manuel era superior a su sobrino por el barniz de

educación adquirido en dilatados años de existencia ciudadana y el

consiguiente trato de gentes, así como por aquel bien entendido orgullo

de su nacimiento y apellido, que le salvaba de _adocenarse_ (era su

expresión predilecta). Aparte de la manía de referir en las sobremesas y

entre amigos de confianza mil anécdotas, no contrarias al pudor, pero sí

a la serenidad del estómago de los oyentes, era don Manuel persona

cortés y de buenas formas para presidir, verbigracia, un duelo, asistir

a una junta en la Sociedad Económica de Amigos del País, llevar el

estandarte en una procesión, ser llamado al despacho de un gobernador en

consulta. Si deseaba retirarse al campo, no le atraía tan sólo la

perspectiva de dar rienda suelta a instintos selváticos, de andar sin

corbata, de no pagar tributo a la sociedad, sino que le solicitaban

aficiones más delicadas, de origen moderno: el deseo de tener un jardín,

de cultivar frutales, de hacer obras de albañilería, distracción que le

embelesaba y que en el campo es más barata que en la ciudad. Además, el

fino trato de su mujer, la perpetua compañía de sus hijas suavizara ya

las tradiciones rudas que por parte de los la Lage conservaba don

Manuel: cinco hembras respetadas y queridas civilizan al hombre más

agreste. He aquí por qué el suegro, a pesar de encontrarse

cronológicamente una generación más atrás que su yerno, estaba

moralmente bastantes años delante.

Trataba don Manuel de descortezar a don Pedro; y no sólo fue trabajo

perdido, sino contraproducente, pues recrudeció su soberbia y le

infundió mayores deseos de emanciparse de todo yugo. Aspiraba el señor

de la Lage a que su sobrino se estableciese en Santiago, levantando la

casa de los Pazos y visitándola los veranos solamente, a fin de

recrearse y vigilar sus fincas; y al dar tales consejos a su yerno, los

entreveraba con indirectas y alusiones, para demostrar que nada ignoraba

de cuanto sucedía en la vieja madriguera de los Ulloas. Este género de

imposición y fiscalización, aunque tan disculpable, irritó a don Pedro,

que según decía, no aguantaba ancas ni gustaba de ser manejado por nadie

en el mundo.

--Por lo mismo--declaró un día delante de su mujer--vamos a tomar soleta

pronto. A mí nadie me trae y lleva desde que pasé de chiquillo. Si callo

a veces, es porque estoy en casa ajena.

Estar en casa ajena le exaltaba. Todo cuanto veía lo encontraba

censurable y antipático. El decoroso fausto del señor de la Lage; sus

bandejas y candelabros de plata; su mueblaje rico y antiguo; la

respetabilidad de sus relaciones, compuestas de lo más selecto de la

ciudad; su honesta tertulia nocturna de canónigos y personas formales

que venían a hacerle la partida de tresillo; sus criados respetuosos, a

veces descuidados, pero nunca insolentes ni entrometidos, todo se le

figuraba a don Pedro sátira viviente del desarreglo de los Pazos, de

aquella vida torpe, de las comidas sin mantel, de las ventanas sin

vidrios, de la familiaridad con mozas y gañanes. Y no se le despertaba

la saludable emulación, sino la ruin envidia y su hermano el ceñudo

despecho. Únicamente le consolaban los desatinados amoríos de Carmen;

celebraba la gracia, frotándose las manos, siempre que en el Casino se

comentaba la procacidad del estudiante y el descaro de la chiquilla.

¡Que rabiase su suegro! No bastaba tener sillas de damasco y alfombras

para evitar escándalos.

Los altercados de don Pedro con su tío iban agriándose, y vino a

envenenarlos la discusión política, que enzarza más que ninguna otra,

especialmente a los que discuten por impresión, sin ideas fijas y

razonadas. Fuerza es confesar que el marqués estaba en este caso. Don

Manuel no era ningún lince, pero afiliado platónicamente desde muchos

años atrás al partido moderado puro, hecho a leer periódicos, conocía la

rutina; y había tomado tan a contrapelo el chasco de González Bravo y la

marcha de Isabel II, que se disparaba, poniéndose a dos dedos de

ahogarse, cuando el sobrino, por molestarle, le contradecía, disculpaba

a los revolucionarios, repetía las enormidades que la prensa y las

lenguas de entonces propalaban contra la majestad caída, y aparentaba

creerlas como artículo de fe. El tío le rebatía con acritud y calor,

alzando al cielo las gigantescas manos.

--Allá en las aldeas--decía--se traga todo, hasta el mayor disparate.... No

tenéis formado el criterio, hijo, no tenéis formado el criterio, ésa es

vuestra desgracia.... Lo miráis todo al través de un punto de vista que

os forjáis vosotros mismos... (este tremendo disparate debía haberlo

aprendido don Manuel en algún artículo de fondo). Hay que juzgar con la

experiencia, con la sensatez.

--¿Y usted se figura que somos tontos los que venimos de allá...? Puede

ser que aún tengamos más pesquis, y veamos lo que ustedes no ven...

(aludía a su prima Carmen, colgada de la galería en aquel momento).

Créame usted, tío, en todas partes hay bobalicones que se maman el

dedo.... ¡Vaya si los hay!

La discusión tomaba carácter personal y agresivo; solía esto ocurrir a

la hora de la sobremesa; las tazas del café chocaban furiosas contra los

platillos; don Manuel, trémulo de coraje, vertía el anisete al llevarlo

a la boca; tío y sobrino alzaban la voz mucho más de lo regular, y

después de algún descompasado grito o frase dura, había instantes de

armado silencio, de muda hostilidad, en que las chicas se miraban y

Nucha, con la cabeza baja, redondeaba bolitas de miga de pan o doblaba

muy despacio las servilletas de todos deslizándolas en las anillas. Don

Pedro se levantaba de repente, rechazando su silla con energía, y,

haciendo temblar el piso bajo su andar fuerte, se largaba al Casino,

donde las mesas de tresillo funcionaban día y noche.

Tampoco allí se encontraba bien. Sofocábale cierta atmósfera

intelectual, muy propia de ciudad universitaria. Compostela es pueblo en

que nadie quiere pasar por ignorante, y comprendía el señorito cuánto se

mofarían de él y qué chacota se le preparaba, si se averiguase con

certeza que no estaba fuerte en ortografía ni en otras _ías_ nombradas

allí a menudo. Se le sublevaba su amor propio de monarca indiscutible en

los Pazos de Ulloa al verse tenido en menos que unos catedráticos

acatarrados y pergaminosos, y aun que unos estudiantes troneras, con las

botas rojas y el cerebro caliente y vibrante todavía de alguna lectura

de autor moderno, en la Biblioteca de la Universidad o en el gabinete

del Casino. Aquella vida era sobrado activa para la cabeza del señorito,

sobrado entumecida y sedentaria para su cuerpo; la sangre se le

requemaba por falta de esparcimiento y ejercicio, la piel le pedía con

mucha necesidad baños de aire y sol, duchas de lluvia, friegas de

espinos y escajos, ¡plena inmersión en la atmósfera montés!

No podía sufrir la nivelación social que impone la vida urbana; no se

habituaba a contarse como número par en un pueblo, habiendo estado

siempre de nones en su residencia feudal. ¿Quién era él en Santiago? Don

Pedro Moscoso a secas; menos aún: el yerno del señor de la Lage, el

marido de Nucha Pardo. El marquesado allí se había deshecho como la sal

en el agua, merced a la malicia de un viejecillo, miembro del

maldiciente triunvirato, a quien correspondía, por su acerada y

prodigiosa memoria y años innumerables, el ramo de averiguación y

esclarecimiento de añejos sucedidos, así como al más joven, que

conocemos ya, tocaban las investigaciones de actualidad, viniendo a ser

cronista el uno y analista el otro de la metrópoli. El cronista, pues,

hizo su oficio desentrañando la genealogía entera y verdadera de las

casas de Cabreira y Moscoso, probando ce por be que el título de Ulloa

no correspondía ni podía corresponder sino al duque de tal y cual,

grande de España, etc.; y demostrándolo mediante oportuna exhibición de

la _Guía de Forasteros_. Por cierto que al instruir estas diligencias se

hizo bastante burla de don Pedro y del señor de la Lage, a quien se

acusaba de haber bordado la corona de marquesa en un juego de sábanas

regalado a su hija; inocente desliz que el analista confirmó,

especificando dónde y cómo se habían marcado las susodichas sábanas, y

cuánto había costado el _escusón_ y el perendengue de la coronita.

Impaciente ya, resolvió don Pedro la marcha antes de que pasase la

inclemencia del invierno, a fines de un marzo muy esquivo y desapacible.

Salía el coche para Cebre tan de madrugada, que no se veía casi; hacía

un frío cruel, y Nucha, acurrucada en el rincón del incómodo vehículo,

se llevaba a menudo el pañuelo a los ojos, por lo cual su marido la

interpeló con poca blandura:

--¿Parece que vienes de mala gana conmigo?

--¡Qué cosas tienes!--respondió la muchacha destapando el rostro y

sonriendo--. Es natural que sienta dejar al pobre papá y... y a las

chicas.

--Pues ellas--murmuró el señorito--me parece que no te echarán memoriales

para que vuelvas.

Nucha calló. El carruaje brincaba en los baches de la salida, y el

mayoral, con voz ronca, animaba al tiro. Alcanzaron la carretera y rodó

el armatoste sobre una superficie más igual. Nucha reanudó el diálogo

preguntando a su marido pormenores relativos a los Pazos, conversación a

que él se prestaba gustoso, ponderando hiperbólicamente la hermosura y

salubridad del país, encareciendo la antigüedad del caserón y alabando

la vida cómoda e independiente que allí se hacía.

--No creas--decía a su mujer, alzando la voz para que no la cubriese el

ruido de los cascabeles y el retemblar de los vidrios--, no creas que no

hay gente fina allí.... La casa está rodeada de señorío principal: las

señoritas de Molende, que son muy simpáticas; Ramón Limioso, un cumplido

caballero.... También nos hará compañía el Abad de Naya.... ¡Pues y el

nuestro, el de Ulloa, que es presentado por mí! Ése es tan mío como los

perros que llevo a cazar.... No le mando que ladre y que porte porque no

se me antoja. ¡Ya verás, ya verás! Allí es uno alguien y supone algo.

A medida que se acercaban a Cebre, que entraba en sus dominios, se

redoblaba la alegre locuacidad de don Pedro. Señalaba a los grupos de

castaños, a los escuetos montes de aliaga y exclamaba regocijadísimo:

--¡Foro de casa...! ¡Foro de casa...! No corre por ahí una liebre que no

paste en tierra mía.

La entrada en Cebre acrecentó su alborozo. Delante de la posada

aguardaban Primitivo y Julián; aquél con su cara de metal, enigmática y

dura, éste con el rostro dilatado por afectuosísima sonrisa. Nucha le

saludó con no menor cordialidad. Bajaron los equipajes, y Primitivo se

adelantó trayendo a don Pedro su lucia y viva yegua castaña. Iba éste a

montar, cuando reparó en la cabalgadura que estaba dispuesta para Nucha,

y era una mula alta, maligna y tozuda, arreada con aparejo redondo, de

esos que por formar en el centro una especie de comba, más parecen

hechos para despedir al jinete que para sustentarlo.

--¿Cómo no le has traído a la señorita la borrica?--preguntó don Pedro,

deteniéndose antes de montar, con un pie en el estribo y una mano asida

a las crines de la yegua, y mirando al cazador con desconfianza.

Primitivo articuló no sé qué de una pata coja, de un tumor frío....

--¿Y no hay más borricos en el país?, ¿eh? A mí no me vengas con eso. Te

sobraba tiempo para buscar diez pollinas.

Volvióse hacia su mujer, y como para tranquilizar su conciencia,

preguntóle:

--¿Tienes miedo, chica? Tú no estarás acostumbrada a montar. ¿Has andado

alguna vez en esta casta de aparejos? ¿Sabes tenerte en ellos?

Nucha permanecía indecisa, recogiendo el vestido con la diestra, sin

soltar de la otra el saquillo de viaje. Al cabo murmuró:

--Lo que es tenerme, sé.... El año pasado, cuando estuve de baños, monté

en mil aparejos nunca vistos.... Sólo que ahora....

Soltó el traje de repente, llegóse a su marido, y le pasó un brazo

alrededor del cuello, escondiendo la cara en su pechera como la primera

vez que había tenido que abrazarle; y allí, en una especie de murmullo o

secreteo dulcísimo, acabó la frase interrumpida. Pintóse en el rostro

del marqués la sorpresa, y casi al mismo tiempo la alegría inmensa,

radiante, el júbilo orgulloso, la exaltación de una victoria. Y

apretando contra sí a su mujer, con amorosa protección, exclamó a

gritos:

--O no hay en tres leguas a la redonda una pollina mansa, o aunque la

tenga el mismo Dios del cielo y no la quiera prestar, aquí vendrá para

ti, a fe de Pedro Moscoso. Aguarda, hija, aguarda un minuto nada más....

O mejor dicho, entra en la posada y siéntate.... A ver, un banco, una

silla para la señorita.... Espera, _Nuchiña_, vengo volando. Primitivo,

acompáñame tú. Abrígate, Nucha.

Volando no, pero sí al cabo de media hora, volvió sin aliento. Traía del

ronzal una oronda borriquilla, bien arreada, dócil y segura: la propia

hacanea de la mujer del juez de Cebre. Don Pedro tomó en brazos a su

esposa y la sentó en la albarda, arreglándole la ropa con esmero.

-XIV-

Así que pudieron conferenciar reservadamente capellán y señorito,

preguntó don Pedro, sin mirar cara a cara a Julián:

--¿Y... _ésa_? ¿Está todavía por aquí? No la he visto cuando entramos.

Como Julián arrugase el entrecejo, añadió:

--Está, está.... Apostaría yo cien pesos, antes de llegar, a que usted no

había encontrado modo de sacudírsela de encima.

--Señorito, la verdad...--articuló Julián bastante disgustado--. Yo no sé

qué decir.... Ha sido una cosa que se ha ido enredando.... Primitivo me

juró y perjuró que la muchacha se iba a casar con el gaitero de Naya....

--Ya sé quién es--dijo entre dientes don Pedro, cuyo rostro se anubló.

--Pues yo... como era bastante natural, lo creí. Además tuve ocasión de

persuadirme de que, en efecto, el gaitero y Sabel... tienen... trato.

--¿Ha averiguado usted todo eso?--interrogó el marqués con ironía.

--Señor, yo.... Aunque no sirvo mucho para estas cosas, quise informarme

para no caer de inocente.... He preguntado por ahí y todo el mundo está

conforme en que andan para casarse; hasta don Eugenio, el abad de Naya,

me dijo que el muchacho había pedido sus papeles. Y por cierto que, a

pretexto de no sé qué enredo o dificultad en los tales papeles dichosos,

no se hizo la cosa todavía.

Quedóse don Pedro callado, y al fin prorrumpió:

--Es usted un santo. Ya podían venirme a mí con ésas.

--Señor, la verdad es que si tuvieron intención de engañarme... digo que

son unos grandísimos pillos. Y la Sabel, si no está muerta y penada por

el gaitero, lo figura que es un asombro. Hace dos semanas fue a casa de

don Eugenio y se le arrodilló llorando y pidiendo por Dios que se diese

prisa a arreglarle el casamiento, porque aquel día sería el más feliz de

su vida. Don Eugenio me lo ha contado, y don Eugenio no dice una cosa

por otra.

--¡Bribona! ¡Bribonaza!--tartamudeó el señorito, iracundo, paseándose por

la habitación aceleradamente.

Sosegóse no obstante muy luego, y agregó:

--No me pasmo de nada de eso, ni digo que don Eugenio mienta; pero...

usted... es un papanatas, un infeliz, porque aquí no se trata de Sabel,

¿entiende usted?, sino de su padre, de su padre. Y su padre le ha

engañado a usted como a un chino, vamos. La... mujer ésa, bien comprendo

que rabia por largarse; mas Primitivo es abonado para matarla antes que

tal suceda.

--No, si también empezaba yo a maliciarme eso.... Mire usted que empezaba

a maliciármelo.

El señorito se encogió de hombros con desdén, y exclamó:

--A buena hora.... Deje usted ya de mi cuenta este asunto.... Y por lo

demás..., ¿qué tal, qué tal?

--Muy mansos..., como corderos.... No se me han opuesto de frente a nada.

--Pero habrán hecho de lado cuanto se les antoje.... Mire usted, don

Julián, a veces me dan ganas de empapillarle a usted. Lo mismito que a

los pichones.

Julián replicó todo compungido:

--Señorito, acierta usted de medio a medio. No hay forma de conseguir

nada aquí si Primitivo se opone. Tenía usted razón cuando me lo

aseguraba el año pasado. Y de algún tiempo acá, parece que aún le tienen

mayor respeto, por no decir más miedo. Desde que se armó la revolución y

andan agitadas las cosas políticas, y cada día recibimos una noticia

gorda, creo que Primitivo se mezcla en esos enredos, y recluta satélites

en el país.... Me lo ha asegurado don Eugenio, añadiendo que ya antes

tenía subyugada a mucha gente prestando a réditos.

Guardaba silencio don Pedro. Por fin alzó la cabeza y dijo:

--¿Se acuerda usted de la burra que hubo que buscar en Cebre para mi

mujer?

--¡No me he de acordar!

--Pues la señora del juez..., ríase usted un poco, hombre..., la señora

del juez se avino a prestármela porque iba Primitivo conmigo. Si no....

No hizo Julián reflexión alguna acerca de un suceso que tanto indignaba

al marqués. Al terminar la conferencia, don Pedro le puso la mano en el

hombro.

--¿Y por qué no me da usted la enhorabuena, desatento?--exclamó con

aquella misma irradiación que habían tenido sus pupilas en Cebre.

Julián no entendía. El señorito se explicó cayéndosele la baba de gozo.

Sí, señor, para octubre, el tiempo de las castañas..., esperaba el mundo

un Moscoso, un Moscoso auténtico y legítimo... hermoso como un sol

además.

--¿Y no puede también ser una Moscosita?--preguntó Julián después de

reiteradas felicitaciones.

--¡Imposible!--gritó el marqués con toda su alma. Y como el capellán se

echase a reír, añadió:--Ni de guasa me lo anuncie usted, don Julián.... Ni

de guasa. Tiene que ser un chiquillo, porque si no le retuerzo el

pescuezo a lo que venga. Ya le he encargado a Nucha que se libre bien de

traerme otra cosa más que un varón. Soy capaz de romperle una costilla

si me desobedece. Dios no me ha de jugar tan mala pasada. En mi familia

siempre hubo sucesión masculina: Moscosos crían Moscosos, es ya

proverbial. ¿No lo ha reparado usted cuando estuvo almorzándose el polvo

del archivo? Pero usted es capaz de no haber reparado tampoco el estado

de mi mujer, si no le entero yo ahora.

Y era verdad. No sólo no lo había echado de ver, sino que tan natural

contingencia no se le había pasado siquiera por las mientes. La

veneración que por Nucha sentía y que iba acrecentándose con el trato,

cerraba el paso a la idea de que pudiesen ocurrirle los mismos percances

fisiológicos que a las demás hembras del mundo. Justificaba esta

candorosa niñería el aspecto de Nucha. La total inocencia, que se

pintaba en sus ojos vagos y como perdidos en contemplaciones de un mundo

interior, no había menguado con el matrimonio; las mejillas, un poco más

redondeadas, seguían tiñéndose del carmín de la vergüenza por el menor

motivo. Si alguna variación podía observarse, algún signo revelador del

tránsito de virgen a esposa, era quizás un aumento de pudor; pudor, por

decirlo así, más consciente y seguro de sí mismo; instinto elevado a

virtud. No se cansaba Julián de admirar la noble seriedad de Nucha

cuando una chanza atrevida o una palabra malsonante hería sus oídos; la

dignidad natural, que era como su propia envoltura, escudo impalpable

que la resguardaba hasta contra las osadías del pensamiento; la bondad

con que agradecía la atención más leve, pagándola con frases compuestas,

pero sinceras; la serenidad de toda su persona, semejante al caer de una

tarde apacibilísima. Parecíale a Julián que Nucha era ni más ni menos

que el tipo ideal de la bíblica Esposa, el poético ejemplar de la Mujer

fuerte, cuando aún no se ha borrado de su frente el nimbo del candor, y

sin embargo ya se adivina su entereza y majestad futura. Andando el

tiempo aquella gracia había de ser severidad, y a las oscuras trenzas

sucederían las canas de plata, sin que en la pura frente imprimiese

jamás una mancha el delito ni una arruga el remordimiento. ¡Cuán

sazonada madurez prometía tan suave primavera! Al pensarlo, felicitábase

otra vez Julián por la parte que le cabía en la acertada elección del

señorito.

Con desinteresada satisfacción se decía a sí mismo que había logrado

contribuir al establecimiento de una cosa gratísima a Dios, e

indispensable a la concertada marcha de la sociedad: el matrimonio

cristiano, lazo bendito, por medio del cual la Iglesia atiende

juntamente, con admirable sabiduría, a fines espirituales y materiales,

santificando los segundos por medio de los primeros. «La índole de tan

sagrada institución--discurría Julián--es opuesta a impúdicos extremos y

arrebatos, a romancescos y necios desahogos, ardientes y roncos arrullos

de tórtola»; por eso alguna vez que el esposo se deslizaba a

familiaridades más despóticas que tiernas, parecíale al capellán que la

esposa sufría mucho, herida en su cándida modestia, en su decente

compostura; figurábasele que la caída de sus párpados, su encendimiento,

su silencio, eran muda protesta contra libertades impropias del honesto

trato conyugal. Si ante él sucedían tales cosas, a la mesa por ejemplo,

Julián torcía la cara, haciéndose el distraído, o alzaba el vaso para

beber, o fingía atender a los perros, que husmeaban por allí.

Los pazos de Ulloa · 第 8 / 20 段