faltaba más! ¿Quién duda que se marcharía? Tranquilizaba a Julián una
señal en su concepto infalible: el haber sorprendido cierto anochecer,
cerca del pajar, a Sabel y al gallardo gaitero entretenidos en coloquios
más dulces que edificantes. Le ruborizó el encuentro, pero hizo la vista
gorda reflexionando que aquello era, por decirlo así, la antesala del
altar. Seguro de la victoria respecto a la mala hembra, transigió en lo
relativo al mayordomo. Cuanto más que éste no rechazaba las indicaciones
de Julián, ni le llevaba la contraria en cosa alguna. Si el capellán
ideaba planes, censuraba abusos o insistía en la urgente necesidad de
una reforma, Primitivo aprobaba, allanaba el camino, sugería medios, de
palabra se entiende; al llegar a la realización, ya era harina de otro
costal: empezaban las dificultades, las dilaciones: que hoy... que
mañana.... No hay fuerza comparable a la inercia. Primitivo decía a
Julián para consolarle:
--Una cosa es hablar, y otra hacer....
O matar a Primitivo, o entregársele a discreción: el capellán comprendía
que no quedaba otro recurso. Fue un día a desahogar sus cuitas con don
Eugenio, el abad de Naya, cuyos discretos pareceres le alentaban mucho.
Encontróle todo alborotado con los noticiones políticos, que acababan de
confirmar los pocos periódicos que se recibían en aquellos andurriales.
La marina se había sublevado, echando del trono a la reina, y ésta se
encontraba ya en Francia, y se constituía un gobierno provisional, y se
contaba de una batalla reñidísima en el puente de Alcolea, y el ejército
se adhería, y el diablo y su madre.... Don Eugenio andaba, de puro
excitado, medio loco, proyectando irse a Santiago sin dilación para
saber noticias ciertas. ¡Qué dirían el señor Arcipreste y el abad de
Boán! ¿Y Barbacana? Ahora sí que Barbacana estaba fresco: su eterno
adversario Trampeta, amigo de los unionistas, se le montaría encima por
los siglos de los siglos, amén. Con el embullo de estos acontecimientos,
apenas atendió el abad de Naya a las tribulaciones de Julián.
-XIII-
Transcurrido algún tiempo de vida familiar con suegro y cuñadas, don
Pedro echó de menos su huronera. No se acostumbraba a la metrópoli
arzobispal. Ahogábanle las altas tapias verdosas, los soportales
angostos, los edificios de lóbrego zaguán y escalera sombría, que le
parecían calabozos y mazmorras. Fastidiábale vivir allí donde tres gotas
de lluvia meten en casa a todo el mundo y engendran instantáneamente una
triste vegetación de hongos de seda, de enormes paraguas. Le incomodaba
la perenne sinfonía de la lluvia que se deslizaba por los canalones
abajo o retiñía en los charcos causados por la depresión de las
baldosas. Quedábanle dos recursos no más para combatir el tedio:
discutir con su suegro o jugar un rato en el Casino. Ambas cosas le
produjeron en breve, no hastío, pues el verdadero hastío es enfermedad
moral propia de los muy refinados y sibaritas de entendimiento, sino
irritación y sorda cólera, hija de la secreta convicción de su
inferioridad. Don Manuel era superior a su sobrino por el barniz de
educación adquirido en dilatados años de existencia ciudadana y el
consiguiente trato de gentes, así como por aquel bien entendido orgullo
de su nacimiento y apellido, que le salvaba de _adocenarse_ (era su
expresión predilecta). Aparte de la manía de referir en las sobremesas y
entre amigos de confianza mil anécdotas, no contrarias al pudor, pero sí
a la serenidad del estómago de los oyentes, era don Manuel persona
cortés y de buenas formas para presidir, verbigracia, un duelo, asistir
a una junta en la Sociedad Económica de Amigos del País, llevar el
estandarte en una procesión, ser llamado al despacho de un gobernador en
consulta. Si deseaba retirarse al campo, no le atraía tan sólo la
perspectiva de dar rienda suelta a instintos selváticos, de andar sin
corbata, de no pagar tributo a la sociedad, sino que le solicitaban
aficiones más delicadas, de origen moderno: el deseo de tener un jardín,
de cultivar frutales, de hacer obras de albañilería, distracción que le
embelesaba y que en el campo es más barata que en la ciudad. Además, el
fino trato de su mujer, la perpetua compañía de sus hijas suavizara ya
las tradiciones rudas que por parte de los la Lage conservaba don
Manuel: cinco hembras respetadas y queridas civilizan al hombre más
agreste. He aquí por qué el suegro, a pesar de encontrarse
cronológicamente una generación más atrás que su yerno, estaba
moralmente bastantes años delante.
Trataba don Manuel de descortezar a don Pedro; y no sólo fue trabajo
perdido, sino contraproducente, pues recrudeció su soberbia y le
infundió mayores deseos de emanciparse de todo yugo. Aspiraba el señor
de la Lage a que su sobrino se estableciese en Santiago, levantando la
casa de los Pazos y visitándola los veranos solamente, a fin de
recrearse y vigilar sus fincas; y al dar tales consejos a su yerno, los
entreveraba con indirectas y alusiones, para demostrar que nada ignoraba
de cuanto sucedía en la vieja madriguera de los Ulloas. Este género de
imposición y fiscalización, aunque tan disculpable, irritó a don Pedro,
que según decía, no aguantaba ancas ni gustaba de ser manejado por nadie
en el mundo.
--Por lo mismo--declaró un día delante de su mujer--vamos a tomar soleta
pronto. A mí nadie me trae y lleva desde que pasé de chiquillo. Si callo
a veces, es porque estoy en casa ajena.
Estar en casa ajena le exaltaba. Todo cuanto veía lo encontraba
censurable y antipático. El decoroso fausto del señor de la Lage; sus
bandejas y candelabros de plata; su mueblaje rico y antiguo; la
respetabilidad de sus relaciones, compuestas de lo más selecto de la
ciudad; su honesta tertulia nocturna de canónigos y personas formales
que venían a hacerle la partida de tresillo; sus criados respetuosos, a
veces descuidados, pero nunca insolentes ni entrometidos, todo se le
figuraba a don Pedro sátira viviente del desarreglo de los Pazos, de
aquella vida torpe, de las comidas sin mantel, de las ventanas sin
vidrios, de la familiaridad con mozas y gañanes. Y no se le despertaba
la saludable emulación, sino la ruin envidia y su hermano el ceñudo
despecho. Únicamente le consolaban los desatinados amoríos de Carmen;
celebraba la gracia, frotándose las manos, siempre que en el Casino se
comentaba la procacidad del estudiante y el descaro de la chiquilla.
¡Que rabiase su suegro! No bastaba tener sillas de damasco y alfombras
para evitar escándalos.
Los altercados de don Pedro con su tío iban agriándose, y vino a
envenenarlos la discusión política, que enzarza más que ninguna otra,
especialmente a los que discuten por impresión, sin ideas fijas y
razonadas. Fuerza es confesar que el marqués estaba en este caso. Don
Manuel no era ningún lince, pero afiliado platónicamente desde muchos
años atrás al partido moderado puro, hecho a leer periódicos, conocía la
rutina; y había tomado tan a contrapelo el chasco de González Bravo y la
marcha de Isabel II, que se disparaba, poniéndose a dos dedos de
ahogarse, cuando el sobrino, por molestarle, le contradecía, disculpaba
a los revolucionarios, repetía las enormidades que la prensa y las
lenguas de entonces propalaban contra la majestad caída, y aparentaba
creerlas como artículo de fe. El tío le rebatía con acritud y calor,
alzando al cielo las gigantescas manos.
--Allá en las aldeas--decía--se traga todo, hasta el mayor disparate.... No
tenéis formado el criterio, hijo, no tenéis formado el criterio, ésa es
vuestra desgracia.... Lo miráis todo al través de un punto de vista que
os forjáis vosotros mismos... (este tremendo disparate debía haberlo
aprendido don Manuel en algún artículo de fondo). Hay que juzgar con la
experiencia, con la sensatez.
--¿Y usted se figura que somos tontos los que venimos de allá...? Puede
ser que aún tengamos más pesquis, y veamos lo que ustedes no ven...
(aludía a su prima Carmen, colgada de la galería en aquel momento).
Créame usted, tío, en todas partes hay bobalicones que se maman el
dedo.... ¡Vaya si los hay!
La discusión tomaba carácter personal y agresivo; solía esto ocurrir a
la hora de la sobremesa; las tazas del café chocaban furiosas contra los
platillos; don Manuel, trémulo de coraje, vertía el anisete al llevarlo
a la boca; tío y sobrino alzaban la voz mucho más de lo regular, y
después de algún descompasado grito o frase dura, había instantes de
armado silencio, de muda hostilidad, en que las chicas se miraban y
Nucha, con la cabeza baja, redondeaba bolitas de miga de pan o doblaba
muy despacio las servilletas de todos deslizándolas en las anillas. Don
Pedro se levantaba de repente, rechazando su silla con energía, y,
haciendo temblar el piso bajo su andar fuerte, se largaba al Casino,
donde las mesas de tresillo funcionaban día y noche.
Tampoco allí se encontraba bien. Sofocábale cierta atmósfera
intelectual, muy propia de ciudad universitaria. Compostela es pueblo en
que nadie quiere pasar por ignorante, y comprendía el señorito cuánto se
mofarían de él y qué chacota se le preparaba, si se averiguase con
certeza que no estaba fuerte en ortografía ni en otras _ías_ nombradas
allí a menudo. Se le sublevaba su amor propio de monarca indiscutible en
los Pazos de Ulloa al verse tenido en menos que unos catedráticos
acatarrados y pergaminosos, y aun que unos estudiantes troneras, con las
botas rojas y el cerebro caliente y vibrante todavía de alguna lectura
de autor moderno, en la Biblioteca de la Universidad o en el gabinete
del Casino. Aquella vida era sobrado activa para la cabeza del señorito,
sobrado entumecida y sedentaria para su cuerpo; la sangre se le
requemaba por falta de esparcimiento y ejercicio, la piel le pedía con
mucha necesidad baños de aire y sol, duchas de lluvia, friegas de
espinos y escajos, ¡plena inmersión en la atmósfera montés!
No podía sufrir la nivelación social que impone la vida urbana; no se
habituaba a contarse como número par en un pueblo, habiendo estado
siempre de nones en su residencia feudal. ¿Quién era él en Santiago? Don
Pedro Moscoso a secas; menos aún: el yerno del señor de la Lage, el
marido de Nucha Pardo. El marquesado allí se había deshecho como la sal
en el agua, merced a la malicia de un viejecillo, miembro del
maldiciente triunvirato, a quien correspondía, por su acerada y
prodigiosa memoria y años innumerables, el ramo de averiguación y
esclarecimiento de añejos sucedidos, así como al más joven, que
conocemos ya, tocaban las investigaciones de actualidad, viniendo a ser
cronista el uno y analista el otro de la metrópoli. El cronista, pues,
hizo su oficio desentrañando la genealogía entera y verdadera de las
casas de Cabreira y Moscoso, probando ce por be que el título de Ulloa
no correspondía ni podía corresponder sino al duque de tal y cual,
grande de España, etc.; y demostrándolo mediante oportuna exhibición de
la _Guía de Forasteros_. Por cierto que al instruir estas diligencias se
hizo bastante burla de don Pedro y del señor de la Lage, a quien se
acusaba de haber bordado la corona de marquesa en un juego de sábanas
regalado a su hija; inocente desliz que el analista confirmó,
especificando dónde y cómo se habían marcado las susodichas sábanas, y
cuánto había costado el _escusón_ y el perendengue de la coronita.
Impaciente ya, resolvió don Pedro la marcha antes de que pasase la
inclemencia del invierno, a fines de un marzo muy esquivo y desapacible.
Salía el coche para Cebre tan de madrugada, que no se veía casi; hacía
un frío cruel, y Nucha, acurrucada en el rincón del incómodo vehículo,
se llevaba a menudo el pañuelo a los ojos, por lo cual su marido la
interpeló con poca blandura:
--¿Parece que vienes de mala gana conmigo?
--¡Qué cosas tienes!--respondió la muchacha destapando el rostro y
sonriendo--. Es natural que sienta dejar al pobre papá y... y a las
chicas.
--Pues ellas--murmuró el señorito--me parece que no te echarán memoriales
para que vuelvas.
Nucha calló. El carruaje brincaba en los baches de la salida, y el
mayoral, con voz ronca, animaba al tiro. Alcanzaron la carretera y rodó
el armatoste sobre una superficie más igual. Nucha reanudó el diálogo
preguntando a su marido pormenores relativos a los Pazos, conversación a
que él se prestaba gustoso, ponderando hiperbólicamente la hermosura y
salubridad del país, encareciendo la antigüedad del caserón y alabando
la vida cómoda e independiente que allí se hacía.
--No creas--decía a su mujer, alzando la voz para que no la cubriese el
ruido de los cascabeles y el retemblar de los vidrios--, no creas que no
hay gente fina allí.... La casa está rodeada de señorío principal: las
señoritas de Molende, que son muy simpáticas; Ramón Limioso, un cumplido
caballero.... También nos hará compañía el Abad de Naya.... ¡Pues y el
nuestro, el de Ulloa, que es presentado por mí! Ése es tan mío como los
perros que llevo a cazar.... No le mando que ladre y que porte porque no
se me antoja. ¡Ya verás, ya verás! Allí es uno alguien y supone algo.
A medida que se acercaban a Cebre, que entraba en sus dominios, se
redoblaba la alegre locuacidad de don Pedro. Señalaba a los grupos de
castaños, a los escuetos montes de aliaga y exclamaba regocijadísimo:
--¡Foro de casa...! ¡Foro de casa...! No corre por ahí una liebre que no
paste en tierra mía.
La entrada en Cebre acrecentó su alborozo. Delante de la posada
aguardaban Primitivo y Julián; aquél con su cara de metal, enigmática y
dura, éste con el rostro dilatado por afectuosísima sonrisa. Nucha le
saludó con no menor cordialidad. Bajaron los equipajes, y Primitivo se
adelantó trayendo a don Pedro su lucia y viva yegua castaña. Iba éste a
montar, cuando reparó en la cabalgadura que estaba dispuesta para Nucha,
y era una mula alta, maligna y tozuda, arreada con aparejo redondo, de
esos que por formar en el centro una especie de comba, más parecen
hechos para despedir al jinete que para sustentarlo.
--¿Cómo no le has traído a la señorita la borrica?--preguntó don Pedro,
deteniéndose antes de montar, con un pie en el estribo y una mano asida
a las crines de la yegua, y mirando al cazador con desconfianza.
Primitivo articuló no sé qué de una pata coja, de un tumor frío....
--¿Y no hay más borricos en el país?, ¿eh? A mí no me vengas con eso. Te
sobraba tiempo para buscar diez pollinas.
Volvióse hacia su mujer, y como para tranquilizar su conciencia,
preguntóle:
--¿Tienes miedo, chica? Tú no estarás acostumbrada a montar. ¿Has andado
alguna vez en esta casta de aparejos? ¿Sabes tenerte en ellos?
Nucha permanecía indecisa, recogiendo el vestido con la diestra, sin
soltar de la otra el saquillo de viaje. Al cabo murmuró:
--Lo que es tenerme, sé.... El año pasado, cuando estuve de baños, monté
en mil aparejos nunca vistos.... Sólo que ahora....
Soltó el traje de repente, llegóse a su marido, y le pasó un brazo
alrededor del cuello, escondiendo la cara en su pechera como la primera
vez que había tenido que abrazarle; y allí, en una especie de murmullo o
secreteo dulcísimo, acabó la frase interrumpida. Pintóse en el rostro
del marqués la sorpresa, y casi al mismo tiempo la alegría inmensa,
radiante, el júbilo orgulloso, la exaltación de una victoria. Y
apretando contra sí a su mujer, con amorosa protección, exclamó a
gritos:
--O no hay en tres leguas a la redonda una pollina mansa, o aunque la
tenga el mismo Dios del cielo y no la quiera prestar, aquí vendrá para
ti, a fe de Pedro Moscoso. Aguarda, hija, aguarda un minuto nada más....
O mejor dicho, entra en la posada y siéntate.... A ver, un banco, una
silla para la señorita.... Espera, _Nuchiña_, vengo volando. Primitivo,
acompáñame tú. Abrígate, Nucha.
Volando no, pero sí al cabo de media hora, volvió sin aliento. Traía del
ronzal una oronda borriquilla, bien arreada, dócil y segura: la propia
hacanea de la mujer del juez de Cebre. Don Pedro tomó en brazos a su
esposa y la sentó en la albarda, arreglándole la ropa con esmero.
-XIV-
Así que pudieron conferenciar reservadamente capellán y señorito,
preguntó don Pedro, sin mirar cara a cara a Julián:
--¿Y... _ésa_? ¿Está todavía por aquí? No la he visto cuando entramos.
Como Julián arrugase el entrecejo, añadió:
--Está, está.... Apostaría yo cien pesos, antes de llegar, a que usted no
había encontrado modo de sacudírsela de encima.
--Señorito, la verdad...--articuló Julián bastante disgustado--. Yo no sé
qué decir.... Ha sido una cosa que se ha ido enredando.... Primitivo me
juró y perjuró que la muchacha se iba a casar con el gaitero de Naya....
--Ya sé quién es--dijo entre dientes don Pedro, cuyo rostro se anubló.
--Pues yo... como era bastante natural, lo creí. Además tuve ocasión de
persuadirme de que, en efecto, el gaitero y Sabel... tienen... trato.
--¿Ha averiguado usted todo eso?--interrogó el marqués con ironía.
--Señor, yo.... Aunque no sirvo mucho para estas cosas, quise informarme
para no caer de inocente.... He preguntado por ahí y todo el mundo está
conforme en que andan para casarse; hasta don Eugenio, el abad de Naya,
me dijo que el muchacho había pedido sus papeles. Y por cierto que, a
pretexto de no sé qué enredo o dificultad en los tales papeles dichosos,
no se hizo la cosa todavía.
Quedóse don Pedro callado, y al fin prorrumpió:
--Es usted un santo. Ya podían venirme a mí con ésas.
--Señor, la verdad es que si tuvieron intención de engañarme... digo que
son unos grandísimos pillos. Y la Sabel, si no está muerta y penada por
el gaitero, lo figura que es un asombro. Hace dos semanas fue a casa de
don Eugenio y se le arrodilló llorando y pidiendo por Dios que se diese
prisa a arreglarle el casamiento, porque aquel día sería el más feliz de
su vida. Don Eugenio me lo ha contado, y don Eugenio no dice una cosa
por otra.
--¡Bribona! ¡Bribonaza!--tartamudeó el señorito, iracundo, paseándose por
la habitación aceleradamente.
Sosegóse no obstante muy luego, y agregó:
--No me pasmo de nada de eso, ni digo que don Eugenio mienta; pero...
usted... es un papanatas, un infeliz, porque aquí no se trata de Sabel,
¿entiende usted?, sino de su padre, de su padre. Y su padre le ha
engañado a usted como a un chino, vamos. La... mujer ésa, bien comprendo
que rabia por largarse; mas Primitivo es abonado para matarla antes que
tal suceda.
--No, si también empezaba yo a maliciarme eso.... Mire usted que empezaba
a maliciármelo.
El señorito se encogió de hombros con desdén, y exclamó:
--A buena hora.... Deje usted ya de mi cuenta este asunto.... Y por lo
demás..., ¿qué tal, qué tal?
--Muy mansos..., como corderos.... No se me han opuesto de frente a nada.
--Pero habrán hecho de lado cuanto se les antoje.... Mire usted, don
Julián, a veces me dan ganas de empapillarle a usted. Lo mismito que a
los pichones.
Julián replicó todo compungido:
--Señorito, acierta usted de medio a medio. No hay forma de conseguir
nada aquí si Primitivo se opone. Tenía usted razón cuando me lo
aseguraba el año pasado. Y de algún tiempo acá, parece que aún le tienen
mayor respeto, por no decir más miedo. Desde que se armó la revolución y
andan agitadas las cosas políticas, y cada día recibimos una noticia
gorda, creo que Primitivo se mezcla en esos enredos, y recluta satélites
en el país.... Me lo ha asegurado don Eugenio, añadiendo que ya antes
tenía subyugada a mucha gente prestando a réditos.
Guardaba silencio don Pedro. Por fin alzó la cabeza y dijo:
--¿Se acuerda usted de la burra que hubo que buscar en Cebre para mi
mujer?
--¡No me he de acordar!
--Pues la señora del juez..., ríase usted un poco, hombre..., la señora
del juez se avino a prestármela porque iba Primitivo conmigo. Si no....
No hizo Julián reflexión alguna acerca de un suceso que tanto indignaba
al marqués. Al terminar la conferencia, don Pedro le puso la mano en el
hombro.
--¿Y por qué no me da usted la enhorabuena, desatento?--exclamó con
aquella misma irradiación que habían tenido sus pupilas en Cebre.
Julián no entendía. El señorito se explicó cayéndosele la baba de gozo.
Sí, señor, para octubre, el tiempo de las castañas..., esperaba el mundo
un Moscoso, un Moscoso auténtico y legítimo... hermoso como un sol
además.
--¿Y no puede también ser una Moscosita?--preguntó Julián después de
reiteradas felicitaciones.
--¡Imposible!--gritó el marqués con toda su alma. Y como el capellán se
echase a reír, añadió:--Ni de guasa me lo anuncie usted, don Julián.... Ni
de guasa. Tiene que ser un chiquillo, porque si no le retuerzo el
pescuezo a lo que venga. Ya le he encargado a Nucha que se libre bien de
traerme otra cosa más que un varón. Soy capaz de romperle una costilla
si me desobedece. Dios no me ha de jugar tan mala pasada. En mi familia
siempre hubo sucesión masculina: Moscosos crían Moscosos, es ya
proverbial. ¿No lo ha reparado usted cuando estuvo almorzándose el polvo
del archivo? Pero usted es capaz de no haber reparado tampoco el estado
de mi mujer, si no le entero yo ahora.
Y era verdad. No sólo no lo había echado de ver, sino que tan natural
contingencia no se le había pasado siquiera por las mientes. La
veneración que por Nucha sentía y que iba acrecentándose con el trato,
cerraba el paso a la idea de que pudiesen ocurrirle los mismos percances
fisiológicos que a las demás hembras del mundo. Justificaba esta
candorosa niñería el aspecto de Nucha. La total inocencia, que se
pintaba en sus ojos vagos y como perdidos en contemplaciones de un mundo
interior, no había menguado con el matrimonio; las mejillas, un poco más
redondeadas, seguían tiñéndose del carmín de la vergüenza por el menor
motivo. Si alguna variación podía observarse, algún signo revelador del
tránsito de virgen a esposa, era quizás un aumento de pudor; pudor, por
decirlo así, más consciente y seguro de sí mismo; instinto elevado a
virtud. No se cansaba Julián de admirar la noble seriedad de Nucha
cuando una chanza atrevida o una palabra malsonante hería sus oídos; la
dignidad natural, que era como su propia envoltura, escudo impalpable
que la resguardaba hasta contra las osadías del pensamiento; la bondad
con que agradecía la atención más leve, pagándola con frases compuestas,
pero sinceras; la serenidad de toda su persona, semejante al caer de una
tarde apacibilísima. Parecíale a Julián que Nucha era ni más ni menos
que el tipo ideal de la bíblica Esposa, el poético ejemplar de la Mujer
fuerte, cuando aún no se ha borrado de su frente el nimbo del candor, y
sin embargo ya se adivina su entereza y majestad futura. Andando el
tiempo aquella gracia había de ser severidad, y a las oscuras trenzas
sucederían las canas de plata, sin que en la pura frente imprimiese
jamás una mancha el delito ni una arruga el remordimiento. ¡Cuán
sazonada madurez prometía tan suave primavera! Al pensarlo, felicitábase
otra vez Julián por la parte que le cabía en la acertada elección del
señorito.
Con desinteresada satisfacción se decía a sí mismo que había logrado
contribuir al establecimiento de una cosa gratísima a Dios, e
indispensable a la concertada marcha de la sociedad: el matrimonio
cristiano, lazo bendito, por medio del cual la Iglesia atiende
juntamente, con admirable sabiduría, a fines espirituales y materiales,
santificando los segundos por medio de los primeros. «La índole de tan
sagrada institución--discurría Julián--es opuesta a impúdicos extremos y
arrebatos, a romancescos y necios desahogos, ardientes y roncos arrullos
de tórtola»; por eso alguna vez que el esposo se deslizaba a
familiaridades más despóticas que tiernas, parecíale al capellán que la
esposa sufría mucho, herida en su cándida modestia, en su decente
compostura; figurábasele que la caída de sus párpados, su encendimiento,
su silencio, eran muda protesta contra libertades impropias del honesto
trato conyugal. Si ante él sucedían tales cosas, a la mesa por ejemplo,
Julián torcía la cara, haciéndose el distraído, o alzaba el vaso para
beber, o fingía atender a los perros, que husmeaban por allí.