tientas, guiado por su instinto de perseguidor de alimañas ágiles, que
oye delante de sí el apresurado trotecillo de la hermosa res. En una
revuelta del pasillo le dio alcance. La defensa fue blanda, entrecortada
de risas. Don Pedro, determinado a infligir el castigo ofrecido, lo
aplicó en efecto cerca de una oreja, largo y sonoro. Parecióle que la
víctima no se resistía entonces; mas debía ser errónea tan maliciosa
suposición, porque Rita aprovechó un segundo de suspensión de
hostilidades para huir nuevamente, gritando:
--¿A que no me coges otra vez, cobarde?
Engolosinado, olvidando el peligro del juego, el marqués echó detrás de
la prima, que se había desvanecido ya en las negruras del pasadizo.
Éste, irregular y tortuoso, serpeaba alrededor de parte de la casa,
quebrándose en inesperados codos, y a veces estrechándose como longaniza
mal rellena. Rita llevaba ventaja en sus familiares angosturas. Oyó el
marqués chirriar puertas, indicio de que la chica se había acogido al
sagrado de alguna habitación. No estaba don Pedro para respetar
sagrados. Empujó la puerta tras la cual juzgaba parapetada a Rita. La
puerta resistía como si tuviese algún obstáculo delante; mas los puños
de don Pedro dieron cuenta fácilmente de la endeble trinchera de un par
de sillas, que vinieron al suelo con estrépito. Penetró en un cuarto
completamente oscuro, y por instinto alargó las manos a fin de no
tropezar con los muebles; advirtió que algo rebullía en las tinieblas;
tanteó el aire y palpó un bulto de mujer, que aprisionó en sus brazos
sin decir palabra, con ánimo de repetir el castigo. ¡Oh sorpresa! La
resistencia más tenaz y briosa, la protesta más desesperada, unas
manitas de acero que no podía cautivar, un cuerpo nervioso que se
sacudía rehuyendo toda presión, y al mismo tiempo varias exclamaciones
de profunda y verdadera congoja, dos o tres gritos ahogados que
demandaban socorro.... ¡Diantre! Aquello no se parecía a lo otro, no....
Por ciego y exaltado que estuviese el marqués, hubo de comprender....
Sintió una confusión insólita en él, y soltó a la chica.
--Nuchiña, no llores.... Calla, mujer.... Ya te dejo; no te hago nada....
Aguarda un instante.
Registró precipitadamente sus bolsillos, rascó un fósforo, miró
alrededor, encendió una vela puesta en un candelabro.... Nucha, viéndose
libre, callaba; pero se mantenía a la defensiva. Volvió el marqués a
disculparse y a consolarla.
--Nucha, no seas chiquilla.... Perdona, mujer.... Dispensa, no creía que
eras tú.
Conteniendo un sollozo, exclamó Nucha:
--Fuese quien fuese.... Con las señoritas no se hacen estas brutalidades.
--Hija mía, tu señora hermanita me buscó..., y el que me busca, que no se
queje si me encuentra.... Ea, no haya más, no estés así disgustada. ¿Qué
va a decir de mí el tío? Pero ¿aún lloras, mujer? Cuidado que eres
sensible de veras. A ver, a ver esa cara.
Alzó el candelabro para alumbrar el rostro de Nucha. Estaba ésta
encendida, demudada, y por sus mejillas corría despacio una lágrima;
pero al darle la luz en los ojos, no pudo menos de sonreír ligeramente y
secar el llanto con su pañuelo.
--¡Hija! ¡Cualquiera se te atreve! ¡Eres una fierecita! ¡Y hasta fuerza
en los puños descubres en esos momentos! ¡Diantre!
--Vete--ordenó Nucha recobrando su seriedad--. Ésta es mi habitación, y no
me parece decente que te estés metido en ella.
Dio el marqués dos pasos para salir; y volviéndose de pronto, preguntó:
--¿Quedamos amigos? ¿Se hacen las paces?
--Sí, con tal que no vuelvas a las andadas--respondió con sencillez y
firmeza Nucha.
--¿Qué me harás si vuelvo?--interrogó risueño el hidalgo campesino--. Capaz
eres de dejarme en el sitio de una manotada, chica.
--No por cierto.... No tengo yo fuerzas para tanto. Haré otra cosa.
--¿Cuál?
--Decírselo a papá, muy clarito, para que se fije en lo que de seguro no
se le habrá pasado por la cabeza: que no parece natural vivir tú aquí no
siendo nuestro hermano y siendo nosotras muchachas solteras. Ya sé que
es un atrevimiento meterme a enmendarle la plana a papá; pero él no ha
reparado en esto, ni te cree capaz de gracias como las de hoy. En cuanto
note algo, se le ha de ocurrir sin que yo se lo sople al oído, pues no
soy quién para aconsejar a mi padre.
--¡Caramba! Lo dices de un modo..., ¡como si fuese cuestión de vida o
muerte!
--Pues así.
Marchóse con estas despachaderas el marqués, y a la hora de la cena
estuvo taciturno y metido en sí, haciendo caso omiso de las zalamerías
de Rita. Nucha, aunque un poco alterada la fisonomía, se mostró como
siempre, afable, tranquila y atenta al buen servicio y orden de la mesa.
Aquella noche el marqués no dejó dormir a Julián, entreteniéndole hasta
las altas horas con larga y tendida plática. Los días siguientes fueron
de tregua; don Pedro salía bastante, y se le veía mucho en el Casino,
junto a la tribuna de los maldicientes. No perdía allí el tiempo.
Informábase de particularidades que le importaban, por ejemplo, el
verdadero estado de fortuna de su tío. En Santiago se decía lo que él
sospechaba ya: don Manuel Pardo mejoraba en tercio y quinto a su
primogénito Gabriel, que entre la mejora, su legítima y el vínculo,
vendría a arramblar con casi toda la casa de la Lage. No restaba más
esperanza a las primitas que la herencia de una tía soltera, doña
Marcelina, madrina de Nucha por más señas, que residía en Orense,
atesorando sórdidamente y viviendo como una rata en su agujero. Estas
nuevas dieron en qué pensar a don Pedro, que desveló a Julián algunas
noches más. Al cabo adoptó una resolución definitiva.
Estremecióse de placer don Manuel Pardo viendo al sobrino entrar en su
despacho una mañana, con la expresión indefinible que se nota en el
rostro y continente de quien viene a tratar algo de importancia. Había
oído don Manuel que donde hay varias hermanas, lo difícil es deshacerse
de la primera, y después las otras se desprenden de suyo, como las
cuentas de una sarta tras la más próxima al cabo del hilo. Colocada
Rita, lo demás era tortas y pan pintado. Con Manolita cargaría por
último el finchado señorito de la Formoseda; a Carmen se le quitarían de
la cabeza ciertas locuras y siendo tan linda no le faltaría buen
acomodo; y Nucha.... Lo que es Nucha no le hacía a él peso en casa, pues
la gobernaba a las mil maravillas; además, a fuer de heredera presunta
de su madrina, no necesitaba ampararse casándose. Si no hallaba marido,
viviría con Gabriel cuando éste, acabada la carrera, se estableciese
según conviene al mayorazgo de la Lage. Con tan gratos pensamientos, don
Manuel abrió los oídos para mejor recibir el rocío de las palabras de su
sobrino.... Lo que recibió fue un escopetazo.
--¿Por qué se asusta usted tanto, tío?--exclamaba don Pedro gozando en sus
adentros con la mortificación y asombro del viejo hidalgo--. ¿Hay
impedimento? ¿Tiene Nucha otro novio?
Comenzó don Manuel a poner mil objeciones, callándose algunas que no
eran para dichas. Salió la corta edad de la muchacha, su delicada salud,
y hasta su poca hermosura alegó el padre, sazonando la observación con
alusiones no muy reservadas al buen palmito de Rita y al mal gusto de no
preferirla. Dio al sobrino manotadas en los hombros y en las rodillas;
gastó chanzas, quiso aconsejarle como se aconseja a un niño que escoge
entre juguetes; y por último, tras de referir varios chascarrillos
adecuados al asunto y contados en dialecto, acabó por declarar que a las
demás chicas les daría algo al contraer matrimonio, pero que a Nucha...
como esperaba heredar lo de su tía.... Los tiempos estaban malos,
_abofé_.... Luego, encarándose con el marqués, le interrogó:
--¿Y qué dice esa mosquita muerta de Nucha, vamos a ver?
--Usted se lo preguntará, tío.... ¡Yo no le dije cosa de sustancia...! Ya
vamos viejos para andar haciendo cocos.
¡Oh y qué marejada hubo en casa de la Lage por espacio de una quincena!
Entrevistas con el padre, cuchicheos de las hermanas entre sí,
trasnochadas y madrugonas, batir de puertas, lloreras escondidas que
denunciaban ojos como puños, trastornos en las horas de comer,
conferencias con amigos sesudos, curiosidades de dueña oficiosa que
apaga el ruido de su pisar para sorprender algo al abrigo de una
cortina, todas las dramáticas menudencias que acompañan a un grave
suceso doméstico.... Y como en provincia las paredes son de cristal, se
murmuró en Santiago desaforadamente, glosando los _escándalos_ ocurridos
entre las señoritas de la Lage por causa del primo. Se acusó a Rita de
haber insultado agriamente a su hermana porque le quitaba el novio, y a
Carmen de ayudarla, porque Nucha reprendía su ventaneo. Se censuró a
Nucha también por falsa e hipócrita. Se le royeron los zancajos a don
Manuel, afirmando que había dicho en toda confianza a persona que lo
repitió en toda intimidad: «El sobrino no me había de salir de aquí sin
una de las chicas, y como se le antojó Nucha, hubo que dársela». Se
aseguró que las hermanas no cruzaban ya palabra alguna en la mesa, y lo
confirmó ver a Rita en paseo sola con Carmen delante, mientras el primo
seguía detrás con don Manuel y Nucha. Ésta iba como avergonzada,
cabizbaja y modesta. Crecieron los comentarios cuando Rita salió para
Orense, a acompañar una temporada a la tía Marcelina, según dijo, y don
Pedro para una posada, por no considerarse decoroso que los novios
viviesen bajo un mismo techo en vísperas de boda.
Ésta se efectuó llegada la dispensa pontificia, hacia fines del mes de
agosto. No faltaron los indispensables requisitos: finezas mutuas,
regalos de amigos y parientes, cajas de dulces muy emperifolladas para
repartir, buen ajuar de ropa blanca, las _galas_ venidas de Madrid en un
cajón monstruo. Dos o tres días antes de la ceremonia se recibió un
paquetito procedente de Segovia, y dentro de él un estuche. Contenía una
sortija de oro muy sencilla, y una cartulina figurando tarjeta, que
decía: «A mi inolvidable hermana Marcelina, su más amante hermano,
Gabriel». La novia lloró bastante con el obsequio de _su niño_, púsolo
en el dedo meñique de la mano izquierda, y allí se le reunió el otro
anillo que en la iglesia le ciñeron.
Casáronse al anochecer, en una parroquia solitaria. Vestía la novia de
rico gro negro, mantilla de blonda y aderezo de brillantes. Al regresar
hubo refresco para la familia y amigos íntimos solamente: un refresco a
la antigua española, con almíbares, sorbetes, chocolate, vino generoso,
bizcochos, dulces variadísimos, todo servido en macizas salvillas y
bandejas de plata, con gran etiqueta y compostura. No adornaban la mesa
flores, a no ser las rosas de trapo de las _tartas_ o ramilletes de
piñonate; dos candelabros con bujías, altos como mecheros de catafalco,
solemnizaban el comedor; y los convidados, transidos aún del miedo que
infunde el terrible sacramento del matrimonio visto de cerca, hablaban
bajito, lo mismo que en un duelo, esmerándose en evitar hasta el repique
de las cucharillas en la loza de los platos. Parecía aquello la comida
postrera de los reos de muerte. Verdad es que el señor don Nemesio
Angulo, eclesiástico en extremo cortesano y afable, antiguo amigo y
tertuliano de don Manuel y autor de la dicha de los cónyuges, a quienes
acababa de bendecir, intentó soltar dos o tres cosillas festivas, en
tono decentemente jovial, para animar un poco la asamblea; pero sus
esfuerzos se estrellaron contra la seriedad de los concurrentes. Todos
estaban--es la frase de cajón--_muy afectados_, incluso el señorito de la
Formoseda, que acaso pensaba «cuando la barba de tu vecino...», y
Julián, que viendo colmados sus deseos y votos ardentísimos, triunfante
su candidatura, sentía no obstante en el corazón un peso raro, como si
algún presentimiento cruel se lo abrumase.
Seria y solícita, la novia atendía y servía a todo el mundo; dos o tres
veces su pulso desasentado le hizo verter el Pajarete que escanciaba al
buen don Nemesio, colocado en sitio preferente, a su derecha. El novio
entretanto conversaba con los hombres, y, al alzarse de la mesa,
repartió excelentes cigarros de que tenía rellena la petaca. Nadie
aludió al trascendental acontecimiento, ni se atrevió a decir la menor
chanza que pudiese poner colorada a la novia; pero al despedirse los
convidados, algunos caballeros recalcaron maliciosamente las _buenas
noches_, mientras matronas y doncellas, besando con estrépito a la
desposada, le chillaban al oído: «Adiós, _señora_.... Ya eres _señora_,
ya no es posible llamarte _señorita_...», celebrando tan trivial
observación con afectadas risas, y mirando a Nucha como para
aprendérsela de memoria. Cuando todos fueron saliendo, don Manuel Pardo
se acercó a su hija, y la oprimió contra el pecho colosal, sellándole la
frente con besos muy cariñosos. Hallábase realmente conmovido el señor
de la Lage: era la primera vez que casaba una hija; sentía desbordarse
en su alma la paternidad, y al tomar de la mano a Nucha para conducirla
a la cámara nupcial, alumbrándoles el camino Misia Rosario con un
candelabro de cinco brazos cogido de la mesa del comedor, no acertaba a
pronunciar palabra, y un poco de humedad se asomaba a sus lagrimales
áridos, y una sonrisa de orgullo y placer entreabría al mismo tiempo su
boca. En el umbral pudo exclamar al cabo:
--¡Si levantase la cabeza tal día como hoy tu madre que en gloria esté!
Ardían en el tocador de la estancia dos velas puestas en candeleros no
menos empinados y majestuosos que los candelabros del refresco; y como
no la iluminaba otra luz, ni se había soñado siquiera en el clásico
globo de porcelana que es de rigor en todo voluptuoso camarín de novela,
impregnaba la alcoba más misterio religioso que nupcial, completando su
analogía con una capilla u oratorio la forma del tálamo, cuyas cortinas
de damasco rojo franjeadas de oro se parecían exactamente a colgaduras
de iglesia, y cuyas sábanas blanquísimas, tersas y almidonadas, con
randas y encajes, tenían la casta lisura de los manteles de altar.
Cuando el padre se retiraba ya, murmurando «Adiós, Nuchiña, hija
querida», la novia le asió la diestra y se la besó humildemente, con
labios secos, abrasados de calentura. Quedó sola. Temblaba como la hoja
en el árbol, y al través de sus crispados nervios corría a cada instante
el escalofrío de la _muerte chiquita_, no por miedo razonado y
consciente, sino por cierto pavor indefinible y sagrado. Parecíale que
aquella habitación donde reinaba tan imponente silencio, donde ardían
tan altas y graves las luces, era el mismo templo en que no hacía dos
horas aún se había puesto de hinojos.... Volvió a arrodillarse, divisando
allá en la sombra de la cabecera del lecho el antiguo Cristo de ébano y
marfil, a quien el cortinaje formaba severo dosel. Sus labios murmuraban
el consuetudinario rezo nocturno: «Un Padrenuestro por el alma de
mamá...». Oyéronse en el corredor pisadas recias, crujir de botas
flamantes, y la puerta se abrió.
Tomo II
-XII-
Quedaban migajas, no muy añejas aún, del pan de la boda, cuando don
Pedro celebró con Julián una conferencia, conviniendo ambos en lo
urgente de que el capellán se adelantase a salir a los Pazos para
adoptar varias precauciones indispensables y civilizar algo la huronera,
mientras no iban a vivirla sus dueños. Julián aceptó la comisión, y
entonces el señorito mostró remordimientos o escrúpulos de habérsela
encomendado.
--Mire usted--advirtió--que allí se necesitan muchas agallas.... Primitivo
es hombre de malos hígados, capaz de darle a usted cien vueltas....
--Dios delante. Matar no me matará.
--No lo diga usted dos veces--insistió el señor de Ulloa, impulsado por
voces de su conciencia, que en aquel momento se dejaban oír claras y
apremiantes--. Ya le avisé a usted en otra ocasión de cómo es Primitivo:
capaz de cualquier desafuero.... Lo que yo no creo es que vaya a cometer
barbaridades por gusto de cometerlas, ni aun en el primer momento,
cuando le ciega el deseo de la venganza.... Con todo....
No era ésta la única vez que don Pedro manifestaba sagacidad en el
conocimiento de caracteres y personas, don esterilizado por la falta de
nociones de cultura moral y delicadeza, de ésas que hoy exige la
sociedad a quien, mediante el nacimiento, la riqueza o el poder, ocupa
en ella lugar preeminente.
Prosiguió el señorito:
--Primitivo no es un bárbaro.... Pero es un bribón redomado y taimadísimo,
que no se para en barras con tal de lograr sus fines.... ¡Demontres!
Harto estoy de saberlo.... El día que nos vinimos... si él pudiese
detenernos soplándonos un tiro a mansalva... no doy dos cuartos por su
pellejo de usted ni por el mío.
Estremecióse Julián, y se le borraron las rosadas tintas de los pómulos.
No era de madera de héroes, lo cual le salía a la cara. A don Pedro le
divertía infinito el miedo del capellán. En la índole de don Pedro había
un fondo de crueldad, sostenido por su vida grosera.
--Apostemos--exclamó riéndose--que la cruz aquélla del camino va usted a
pasarla rezando.
--No digo que no--contestó Julián repuesto ya--; mas no por eso me niego a
ir. Es mi deber; de suerte que no hago nada de extraordinario en
cumplirlo. Dios sobre todo.... A veces no es tan fiero el león como lo
pintan.
--No le tiene cuenta ahora a Primitivo meterse en dibujos.
Calló Julián. Al cabo exclamó:
--Señorito, ¡si usted adoptase una buena resolución! ¡Echar a ese hombre,
señorito, echarlo!
--Calle usted, hombre, calle usted.... Le pondremos a raya.... Pero eso de
echar.... ¿Y los perros? ¿Y la caza? ¿Y aquellas gentes, y todo aquel
cotarro, que nadie me lo entiende sino él? Desengáñese usted: sin
Primitivo no me arreglo yo allí.... Haga usted la prueba, sólo por gusto,
de aquillotrarme algunas cosas de las que Primitivo maneja durmiendo....
Además, crea usted lo que le digo, que es como el Evangelio: si echa
usted a Primitivo por la puerta, se nos entrará por la ventana.
¡Diantre! ¡Si sabré yo quién es Primitivo!
Julián balbució:
--¿Y... de lo demás...?
--De lo demás.... Arréglese usted como quiera.... Lleva usted plenos
poderes.
¡Ya lo creo que los llevaba! ¡Así llevase también alguna receta eficaz
para servirse de ellos! Investido de autoridad omnímoda, Julián sentía
en el fondo del alma una especie de compasión por la desvergonzada
manceba y el hijo espurio. Este último sobre todo. ¿Qué culpa tenía el
pobre inocente de las bellaquerías maternales? Siempre parecía duro
arrojarle de una casa donde, al fin y al cabo, el dueño era su padre.
Julián no se hubiera encargado jamás de tan ingrata comisión a no
parecerle que iba en ello la salvación eterna de don Pedro, y también el
sosiego temporal de la que él seguía llamando _señorita Marcelina_,
contra el dictamen de las convidadas a la boda.
No sin aprensión cruzó de nuevo el triste país de lobos que antecedía al
valle de los Pazos. El cazador le aguardaba en Cebre, e hicieron la
jornada juntos; Primitivo, por más señas, se mostró tan sumiso y
respetuoso, que Julián, quien al revés que don Pedro poseía el don de
errar en el conocimiento práctico de las gentes, guardando los aciertos
para el terreno especulativo y abstracto, fue poco a poco desechando la
desconfianza, y persuadiéndose de que ya no tenía el zorro intenciones
de morder. El rostro impasible de Primitivo no revelaba rencor ni enojo.
Con su laconismo y seriedad habituales, hablaba del tiempo desapacible y
metido en agua, que casi no había consentido majar, ni segar el maíz, ni
vendimiar como Dios manda, ni cumplir en paz ninguna de las grandes
faenas agrícolas. Estaba en efecto el camino encharcado, lleno de
aguazales, y como había llovido por la mañana también, los pinos dejaban
escurrir de las verdes y brillantes púas de su ramaje gotas de agua que
se aplastaban en el sombrero de los viajeros. Julián iba perdiendo el
miedo y un gozo muy puro le inundaba el espíritu cuando saludó al
crucero con verdadera efusión religiosa.
«Bendito seas, Dios mío--pensaba para sí--, pues me has permitido cumplir
una obra buena, grata a tus ojos. He encontrado en los Pazos, hace un
año, el vicio, el escándalo, la grosería y todas las malas pasiones; y
vuelvo trayendo el matrimonio cristiano, las virtudes del hogar
consagrado por ti. Yo, yo he sido el agente de que te has valido para
tan santa obra.... Dios mío, gracias».
Cortaron el soliloquio ladridos vehementes: era la jauría del marqués,
que salía a recibir al montero mayor, haciendo locas demostraciones de
regocijo, zarandeando los rabos mutilados y abriendo de una cuarta las
fresquísimas bocas. Acariciólos Primitivo con su enjuta mano, pues era
sumamente afectuoso para los perros; y al nieto, que en pos de los
perros venía, le dio una especie de festivo soplamocos. Quiso Julián
besar al niño, pero éste se puso en polvorosa antes de que pudiese
lograrlo; y el capellán experimentó otra vez compasivos remordimientos,
causados por la vista de la ya repudiada criatura. A Sabel la halló en
el sitio de costumbre, entre sus pucheros, pero sin el antiguo séquito
de aldeanas viejas y mozas, de la Sabia y su dilatada progenie. Reinaba
en la cocina orden perfecto: todo limpio, sosegado y solitario; la
persona más severa y amiga de censurar no encontraría qué. El capellán
comenzaba a sentirse confuso viendo en ausencia suya tanto arreglo, y a
temer que su venida lo trastornara: idea dictada por su nativa timidez.
A la hora de cenar aumentó su sorpresa. Primitivo, más blando que un
guante, le daba cuenta en voz reposada de lo ocurrido allí durante medio
año, en materia de vacas paridas, obras emprendidas, rentas cobradas; y
mientras el padre reconocía así su autoridad superior, la hija le servía
diligente y humilde, con pegajosa dulzura de animal doméstico que
implora caricias. No sabía Julián qué cara poner en vista de una acogida
tan cordial.
Creyó que mudarían de actitud al día siguiente, cuando, haciendo uso de
los plenísimos poderes y facultades omnímodas de que venía investido,
ordenó a la Agar y al Ismael de aquel patriarcado emigrar al desierto.
¡Milagro asombroso! Tampoco se alteró entonces la mansedumbre de
Primitivo.
--Los señoritos traerán cocinera de allá, de Santiago...--explicaba
Julián, para fundar en algo la expulsión.
--Por supuesto...--respondió Primitivo con la mayor naturalidad del
mundo--. Allá en la _vila_ guísase de otro modo.... Los señores tienen la
boca acostumbrada.... Cuadra bien, que yo también le iba a pedir que le
escribiese al señor marqués de traer quien cocinase.
--¿Usted?--exclamó Julián, estupefacto.
--Sí, señor.... La hija se me quiere casar....
--¿Sabel?
--Sabel, sí, señor, anda en eso.... Con el gaitero de Naya, el _Gallo_....
Por de contado se empeña en irse para su casa, así que les echen las
bendiciones....
Sintió Julián un sofocón de pura alegría. No pudo menos de pensar que en
todo aquel negocio de Sabel andaba visiblemente la mano de la
Providencia. ¡Sabel casada, alejada de allí; el peligro conjurado; las
cosas en orden, la salvación segura! Una vez más dio gracias al Dios
bondadoso que quita los estorbos de delante cuando la mezquina previsión
humana no cree posible removerlos siquiera.... La satisfacción que le
rebosaba en el semblante era tal, que se avergonzó de mostrarla ante
Primitivo, y empezó a charlar aprisa, por disimulo, felicitando al
cazador y augurando a Sabel un porvenir de ventura en el nuevo estado.
Aquella noche misma escribió al marqués la buena noticia.
Pasaron días, siempre bonancibles. Proseguía Sabel mansa, Primitivo
complaciente, Perucho invisible, la cocina desierta. Sólo notaba Julián
cierta resistencia pasiva en lo tocante al gobierno de los estados y
hacienda del marqués. En este terreno le fue absolutamente imposible
adelantar una pulgada. Primitivo sostenía su posición de verdadero
administrador, apoderado, y, entre bastidores, autócrata: Julián
comprendía que sus plenos poderes importaban tanto como la carabina de
Ambrosio, y hasta pudo cerciorarse, por indicios evidentes, de que el
influjo que ejercía el cazador en el circuito de los Pazos iba
haciéndose extensivo a toda la comarca; a menudo venían a conferenciar
con el mayordomo, en actitud respetuosa y servil, gentes de Cebre, de
Castrodorna, de Boán, de puntos más distantes todavía. En cuatro leguas
a la redonda no se movía una paja sin intervención y aquiescencia de
Primitivo. No poseía Julián fuerzas para luchar con él, ni lo intentaba,
pareciéndole secundario el perjuicio que a la casa de Ulloa originase la
mala administración de Primitivo, en proporción al daño inmenso que
estuvo a punto de causarle Sabel. Descartarse de la hija lo tenía él por
importante; en cuanto al padre....