La proximidad de la fiesta del Corpus animaba un tanto la soñolienta

ciudad universitaria, y todas las tardes había lucido paseo bajo los

árboles de la Alameda. Carmen y Nucha solían ir delante, y las seguían

Rita y Manolita, acompañadas por su primo; el padre cubría la

retaguardia conversando con algún señor mayor, de los muchos que existen

en el pueblo compostelano, donde por ley de afinidad parece abundar más

que en otras partes la gente provecta. A menudo se arrimaba a Manolita

un señorito muy planchado y tieso, con cierto empaque ridículo y

exageradas pretensiones de elegancia: llamábase don Víctor de la

Formoseda y estudiaba derecho en la Universidad; don Manuel Pardo le

veía gustoso acercarse a sus hijas, por ser el señorito de la Formoseda

de muy limpio solar montañés, y no despreciable caudal. No era éste el

único mosquito que zumbaba en torno de las señoritas de la Lage. A las

primeras de cambio notó don Pedro que así por los tortuosos y lóbregos

soportales de la Rúa del Villar, como por las frondosidades de la

Alameda y la Herradura, les seguía y escoltaba un hombre joven,

melenudo, enfundado en un gabán gris, de corte raro y antiguo. Aquel

hombre parecía la sombra de las muchachas: no era posible volver la

cabeza sin encontrársele: y don Pedro reparó también que al surgir

detrás de un pilar o por entre los árboles el rondador perpetuo, la cara

triste y ojerosa de Carmen se animaba, y brillaban sus abatidos ojos. En

cambio don Manuel y Nucha daban señales de inquietud y desagrado.

Ya sobre la pista, don Pedro siguió acechando, a fuer de cazador

experto. Nucha no debía tener ningún adorador entre la multitud de

estudiantes y vagos que acudían al paseo, o si lo tenía, no le hacía

caso, pues caminaba seria e indiferente. En público, Nucha parecía

revestirse de gravedad ajena a sus años. Respecto a Manolita, no perdía

ripio coqueteando con el señorito de la Formoseda. Rita, siempre animada

y provocadora, lo era mucho con su primo, y no poco con los demás, pues

don Pedro advirtió que a las miradas y requiebros de sus admiradores

correspondía con ojeadas vivas y flecheras. Lo cual no dejó de dar en

qué pensar al marqués de Ulloa, el cual, tal vez por contarse en el

número de los hombres fácilmente atraídos por las mujeres vivarachas,

tenía de ellas opinión detestable y para sus adentros la expresaba en

términos muy crudos.

Dormían en habitaciones contiguas Julián y el marqués, pues Julián,

desde su ordenación, había ascendido de categoría en la casa, y mientras

la madre continuaba desempeñando las funciones de ama de llaves y dueña,

el hijo comía con los señores, ocupaba un cuarto de importancia, y era

tratado en suma, si no de igual a igual, pues siempre quedaban matices

de protección, al menos con gran amabilidad y deferencia. De noche,

antes de recogerse, el marqués se le entraba en el dormitorio a fumar un

cigarro y charlar. La conversación ofrecía pocos lances, pues siempre

versaba sobre el mismo proyecto. Decía don Pedro que le admiraban dos

cosas: haberse resuelto a salir de los Pazos, y hallarse tan decidido a

_tomar estado_, idea que antes le parecía irrealizable. Era don Pedro de

los que juzgan muy importantes y dignas de comentarse sus propias

acciones y mutaciones--achaque propio de egoístas--y han menester tener

siempre cerca de sí algún inferior o subordinado a quien referirlas,

para que les atribuya también valor extraordinario.

Agradaba la plática a Julián. Aquellas proyectadas bodas entre primo y

prima le parecían tan naturales como juntarse la vid al olmo. Las

familias no podían ser mejores ni más para en una; las clases iguales;

las edades no muy desproporcionadas, y el resultado dichosísimo, porque

así redimía el marqués su alma de las garras del demonio, personificado

en impúdicas barraganas. Solamente no le contentaba que don Pedro se

hubiese ido a fijar en la señorita Rita: mas no se atrevía ni a

indicarlo, no fuese a malograrse la cristiana resolución del marqués.

--Rita es una gran moza...--decía éste explayándose--. Parece sana como una

manzana, y los hijos que tenga heredarán su buena constitución. Serán

más fuertes aún que Perucho, el de Sabel.

¡Inoportuna reminiscencia! Julián se apresuraba a replicar, sin meterse

en honduras fisiológicas:

--La casta de los señores de Pardo es muy saludable, gracias a Dios....

Una noche cambiaron de sesgo las confidencias, entrando en terreno

sumamente embarazoso para Julián, siempre temeroso de que cualquier

desliz de su lengua desbaratase los proyectos del señorito, y le echase

a él sobre la conciencia responsabilidad gravísima.

--¿Sabe usted--insinuó don Pedro--que mi prima Rita se me figura algo

casquivana? Por el paseo va siempre entretenida en si la miran o no la

miran, si le dicen o no le dicen... juraría que toma varas.

--¿Que toma varas?--repitió el capellán, quedándose en ayunas del sentido

de la frase grosera.

--Sí, hombre..., que se deja querer, vamos.... Y para casarse, no es cosa

de broma que la mujer las gaste con el primero que llega.

--¿Quién lo duda, señorito? La prenda más esencial en la mujer es la

honestidad y el recato. Pero no hay que fiarse de apariencias. La

señorita Rita tiene el genio así, franco y alegre....

Creíase Julián salvado con estas evasivas, cuando, a las pocas noches,

don Pedro le apretó para que _cantase_:

--Don Julián, aquí no valen misterios.... Si he de casarme, quiero al

menos saber con quién y cómo.... Apenas se reirían si porque vengo de los

Pazos me diesen de buenas a primeras gato por liebre. Con razón se diría

que salí de un soto para meterme en otro. No sirve contestar que usted

no sabe nada. Usted se ha criado en esta casa, y conoce a mis primas

desde que nació. Rita.... Rita es mayor que usted, ¿no es verdad?

--Sí, señor--respondió Julián, no teniendo por cargo de conciencia revelar

la edad--. La señorita Rita cumplirá ahora veintisiete o veintiocho

años.... Después viene la señorita Manolita y la señorita Marcelina, que

son seguidas..., veintitrés y veintidós... porque en medio murieron dos

niños varones..., y luego la señorita Carmen, veinte.... Cuando nació el

señorito Gabriel, que andará en los diecisiete o poco más, ya no se

pensaba que la señora volviese a tener sucesión, porque andaba delicada,

y le probó tan mal el parto, que falleció a los pocos meses.

--Pues usted debe conocer perfectamente a Rita. Cante usted, ea.

--Señorito, a la verdad.... Yo me crié en esta casa, es cierto; pero sin

manualizarme con los señores, porque mi clase era otra muy distinta.... Y

mi madre, que era muy piadosa, no me permitió jamás juntarme con las

señoritas para jugar ni nada... por razones de decoro.... ¡Ya usted me

comprende! Con el señorito Gabriel sí que tuve algún trato; lo que es

con las señoritas... buenos días y buenas noches, cuando las encontraba

en los pasillos. Luego ya fui al Seminario....

--¡Bah, bah! ¿Tiene usted gana de cuentos...? Harto estará usted de saber

cosas de las chicas. Basta su madre de usted para enterarle. ¿Acerté? Se

ha puesto usted colorado.... ¡Ajá! ¡Por ahí vamos bien! ¡A ver con qué

cara me niega que su madre le ha informado de algunas cosillas...!

Julián se tornó purpúreo. ¡Que si le habían contado! ¡Pues no habían de

contarle! Desde su llegada, la venerable dueña que regía el llavero en

casa de la Lage no había cogido a solas a su hijo un minuto sin ceder a

la comezón de tocar ciertos asuntos, que únicamente con varones graves y

religiosos pueden conferirse.... Misía Rosario no lo iba a charlar con

otras comadres envidiosas, eso no; por algo comía el pan de don Manuel

Pardo; pero con la gente grave y de buen consejo, v.g., su confesor don

Vicente el canónigo, y Julián, aquel pedazo de sus entrañas elevado a la

más alta dignidad que cabe en la tierra, ¿quién le vedaba el gustazo de

juzgar a su modo la conducta del amo y las señoritas, de alardear de

discreción, censurando melosa y compasivamente algunos de sus actos que

ella «si fuese señora» no realizaría jamás, y de oír que «personas de

respeto» alababan mucho su cordura, y conformaban del todo con su

dictamen? Que si le habían contado a Julián, ¡Dios bendito! Pero una

cosa era que se lo hubiesen contado, y otra que él lo pudiese repetir.

¿Cómo revelar la manía de la señorita Carmen, empeñada en casarse contra

viento y marea de su padre, con un estudiantillo de medicina, un nadie,

hijo de un herrador de pueblo (¡oh baldón para la preclara estirpe de

los Pardos!), un loco de atar que la comprometía siguiéndola por todas

partes a modo de perrito faldero, y de quien además se aseguraba que era

un materialista, metido en sociedades secretas? ¿Cómo divulgar que la

señorita Manolita hacía novenas a San Antonio para que don Víctor de la

Formoseda se determinase a pedirla, llegando al extremo de escribir a

don Víctor cartas anónimas indisponiéndole con otras señoritas cuya casa

frecuentaba? Y sobre todo, ¿cómo indicar ni lo más somero y mínimo de

_aquello_ de la señorita Rita, que maliciosamente interpretado tanto

podía dañar a su honra? Antes le arrancasen la lengua.

--Señorito...--balbució--. Yo creo que las señoritas son muy buenas e

incapaces de faltar en nada; pero si lo contrario supiese, me guardaría

bien de propalarlo, toda vez que yo..., que mi agradecimiento a esta

familia me pondría..., vamos... como si dijéramos... una mordaza....

Detúvose, comprendiendo que se empantanaba más.

--No traduzca mis palabras, señorito.... Por Dios, no saque usted

consecuencias de mi poca habilidad para explicarme.

--¿Según eso--preguntó el marqués mirando de hito en hito al capellán--,

usted juzga que no hay absolutamente nada censurable? Clarito. ¿Las

considera usted _a todas_ unas señoritas intachables... perfectísimas...

que me convienen para casarme? ¿Eh?

Meditó Julián antes de responder.

--Si usted se empeña en que le descubra cuánto uno tiene en el corazón...

francamente, aunque las señoritas son cada una de por sí muy simpáticas,

yo, puesto a escoger, no lo niego..., me quedaría con la señorita

Marcelina.

--¡Hombre! Es algo bizca... y flaca.... Sólo tiene buen pelo y buen genio.

--Señorito, es una alhaja.

--Será como las demás.

--Es como ella sola. Cuando el señorito Gabriel quedó sin mamá de

pequeñito, lo cuidó con una formalidad que tenía la gracia del mundo,

porque ella no era mucho mayor que él. Una madre no hiciera más. De día,

de noche, siempre con el chiquillo en brazos. Le llamaba su hijo: dicen

que era un sainete ver aquello. Parece que el peso del chiquillo la

rindió y por eso quedó más delicada de salud que las otras. Cuando el

hermano marchó al colegio, estuvo malucha. Por eso la ve usted

descolorida. Es un ángel, señorito. Todo se le vuelve aconsejar bien a

las hermanas....

--Señal de que lo necesitan--arguyó don Pedro maliciosamente.

--¡Jesús! No puede uno deslizarse.... Bien sabe usted que sobre lo bueno

está lo mejor, y la señorita Marcelina raya en perfecta. La perfección

es dada a pocos. Señorito, la señorita Marcelina, ahí donde usted la ve,

se confiesa y comulga tan a menudo, y es tan religiosa, que edifica a la

gente.

Quedóse don Pedro reflexionando algún rato, y aseguró después que le

agradaba mucho, mucho, la religiosidad en las mujeres; que la

conceptuaba indispensable para que fuesen «buenas».

--Con que beatita, ¿eh?--añadió--. Ya tengo por dónde hacerla rabiar.

Y tal fue en efecto el resultado inmediato de aquella conferencia donde,

con mejor deseo que diplomacia, había intentado Julián presentar la

candidatura de Nucha. Desde entonces el primo gastó con ella bastantes

bromas, algunas más pesadas que divertidas. Con placer del niño

voluntarioso cuyos dedos entreabren un capullo, gozaba en poner colorada

a Nucha, en arañarle la epidermis del alma por medio de chanzas subidas

e indiscretas familiaridades que ella rechazaba enérgicamente. Semejante

juego mortificaba al capellán tanto como a la chica; las sobremesas eran

para él largo suplicio, pues a las anécdotas y cuentos de don Manuel,

que versaban siempre sobre materias nada pulcras ni bien olientes

(costumbre inveterada en el señor de la Lage), se unían las continuas

inconveniencias del primo con la prima. El pobre Julián, con los ojos

fijos en el plato, el rubio entrecejo un tanto fruncido, pasaba las de

Caín. Imaginábase él que ajar, siquiera fuese en broma, la flor de la

modestia virginal era abominable sacrilegio. Por lo que su madre le

había contado y por lo que en Nucha veía, la señorita le inspiraba

religioso respeto, semejante al que infunde el camarín que contiene una

veneranda imagen. Jamás se atrevía a llamarla por el diminutivo,

pareciéndole _Nucha_ nombre de perro más bien que de persona; y cuando

don Pedro se resbalaba a chanzonetas escabrosas, el capellán, juzgando

que consolaba a la señorita Marcelina, tomaba asiento a su lado y le

hablaba de cosas santas y apacibles, de alguna novena o función de

iglesia, a las cuales Nucha asistía con asiduidad.

No lograba el marqués vencer la irritante atracción que le llevaba hacia

Rita; y con todo, al crecer el imperio que ejercía en sus sentidos la

prima mayor, se fortalecía también la especie de desconfianza instintiva

que infunden al campesino las hembras ciudadanas, cuyo refinamiento y

coquetería suele confundir con la depravación. Vamos, no lo podía

remediar el marqués; según frase suya, Rita _le escamaba_ terriblemente.

¡Es que a veces ostentaba una desenvoltura! ¡Se mostraba con él tan

incitadora; tendía la red con tan poco disimulo; se esponjaba de tal

suerte ante los homenajes masculinos!

El aldeano que llega al pueblo ha oído contar mil lances, mil jugarretas

hechas a los bobos que allí entran desprevenidos como incautos peces.

Lleno de recelo, mira hacia todas partes, teme que le roben en las

tiendas, no se fía de nadie, no acierta a conciliar el sueño en la

posada, no sea que mientras duerme le birlen el bolso. Guardada la

distancia que separaba de un labriego al señor de Ulloa, éste era su

estado moral en Santiago. No hería su amor propio ser dominado por

Primitivo y vendido groseramente por Sabel en su madriguera de los

Pazos, pero sí que le _torease_ en Compostela su artificiosa primilla.

Además, no es lo mismo distraerse con una muchacha cualquiera que tomar

esposa. La hembra destinada a llevar el nombre esclarecido de Moscoso y

a perpetuarlo legítimamente había de ser limpia como un espejo.... Y don

Pedro figuraba entre los que no juzgan limpia ya a la que tuvo amorosos

tratos, aún en la más honesta y lícita forma, con otro que con su

marido. Aún las ojeadas en calles y paseos eran pecados gordos. Entendía

don Pedro el honor conyugal a la manera calderoniana, española neta,

indulgentísima para el esposo e implacable para la esposa. Y a él que no

le dijesen: Rita no estaba sin algún enredillo.... Acerca de Carmen y

Manolita no necesitaba discurrir, pues bien veía lo que pasaba. Pero

Rita....

Ningún amigo íntimo tenía en Santiago don Pedro, aunque sí varios

conocidos, ganados en el paseo, en casa de su tío o en el Casino, donde

solía ir mañana y noche, a fuer de buen español ocioso. Allí se le

embromaba mucho con su prima, comentándose también la desatinada pasión

de Carmen por el estudiante y su continuo atalayar en la galería, con el

adorador apostado enfrente. Siempre alerta, el señorito estudiaba el

tono y acento con que nombraban a Rita. En dos o tres ocasiones le

pareció notar unas puntas de ironía, y acaso no se equivocase; pues en

las ciudades pequeñas, donde ningún suceso se olvida ni borra, donde

gira perpetuamente la conversación sobre los mismos asuntos, donde se

abulta lo nimio y lo grave adquiere proporciones épicas, a menudo tiene

una muchacha perdida la fama antes que la honra, y ligerezas

insignificantes, glosadas y censuradas años y años, llevan a su autora

con palma al sepulcro. Además, las señoritas de la Lage, por su

alcurnia, por los humos aristocráticos de su padre, y la especie de

aureola con que pretendía rodearlas, por su belleza, eran blanco de

bastantes envidillas y murmuraciones: cuando no se las motejaba de

orgullosas, se recurría a tacharlas de coquetas.

Lucía el Casino entre su maltratado mueblaje un caduco sofá de

gutapercha, gala del gabinete de lectura: sofá que pudiera llamarse

tribuna de los maldicientes, pues allí se reunían tres de las más

afiladas tijeras que han cortado sayos en el mundo, triunvirato digno de

más detenido bosquejo y en el cual descollaba un personaje eminentísimo,

maestro en la ciencia del _mal saber_. Así como los eruditos se precian

de no ignorar la más mínima particularidad concerniente a remotas épocas

históricas, este sujeto se jactaba de poder decir, sin errar punto ni

coma, lo que disfrutaban de renta, lo que comían, lo que hablaban y

hasta lo que pensaban las veinte o treinta familias de viso que

encerraba el recinto de Santiago. Hombre era para pronunciar con suma

formalidad y gran reposo:

--Ayer, en casa de la Lage, se han puesto en la mesa dos principios:

croquetas y carne estofada. La ensalada fue de coliflor, y a los postres

se sirvió carne de membrillo de las monjas.

Comprobada la exactitud de tales pormenores, resultaban rigurosamente

ciertos.

Tan bien informado individuo consiguió encender más recelos en el ánimo

del suspicaz señor de Ulloa, bastándole para ello unas cuantas

palabritas, de ésas que tomadas al pie de la letra no llevan malicia

alguna, pero vistas al trasluz pueden significarlo todo.... Encomiando el

salero de Rita, y la hermosura de Rita, y la buena conformación

anatómica del cuerpo de Rita, añadió como al descuido:

--Es una muchacha de primer orden.... Y aquí difícilmente le saldría

novio. Las chicas por el estilo de Rita siempre encuentran su media

naranja en un forastero.

-XI-

Hacía un mes que don Manuel Pardo se preguntaba a sí mismo: «¿Cuándo se

determinará el rapaz a pedirme a Rita?».

Que se la pediría, no lo dudó un momento. La situación del marqués en

aquella casa era tácitamente la del novio aceptado. Los amigos de la

familia de la Lage se permitían alusiones desembozadas a la próxima

boda; los criados, en la cocina, calculaban ya a cuánto ascendería la

propineja nupcial. Al recogerse, sus hermanas daban matraca a Rita. A

todas horas reían fraternalmente con el primo y una ráfaga de alegría

juvenil trocaba la vetusta casa en alborotada pajarera.

Descabezaba una tarde la siesta el marqués, cuando llamaron a la puerta

con grandes palmadas. Abrió: era Rita, en chambra, con un pañuelo de

seda atado a lo curro, luciendo su hermosa garganta descubierta. Blandía

en la diestra un plumero enorme, y parecía una guapísima criada de

servir, semejanza que lejos de repeler al marqués, le hizo hervir la

sangre con mayor ímpetu. Sofocada y risueña la muchacha echaba lumbres

por ojos, boca y mejillas.

--¿Perucho? ¿Peruchón?

--¿Ritiña, Ritona?--contestó don Pedro devorándola con el mirar.

--Dicen las chicas que vengas.... Estamos muy enfaenadas arreglando el

desván, donde hay todos los trastos del tiempo del abuelo. Parece que se

encuentran allí cosas fenomenales.

--Y yo ¿para qué os sirvo? Supongo que no me mandaréis barrer.

--Todo será que se nos antoje. Ven, holgazán, dormilón, marmota.

Conducía al desván empinadísima escalera, y no era el sitio muy oscuro,

pues recibía luz de tres grandes claraboyas, pero sí bastante bajo; don

Pedro no podía estar allí de pie, y las chicas, al menor descuido, se

pegaban coscorrones en la cabeza contra la armazón del techo.

Guardábanse en el desván mil cachivaches arrumbados que habían servido

en otro tiempo a la pompa, aparato y esplendor de los Pardos de la Lage,

y hoy tenían por compañeros al polvo y la polilla; por esperanza, la

visita de muchachas bulliciosas, que de vez en cuando lo exploraban, a

fin de desenterrar alguna presea de antaño, que reformaban según la moda

actual. Con las antiguallas que allí se pudrían, pudiera escribirse la

historia de las costumbres y ocupaciones de la nobleza gallega, desde un

par de siglos acá. Restos de sillas de manos pintadas y doradas;

farolillos con que los pajes alumbraban a sus señoras al regresar de las

tertulias, cuando no se conocía en Santiago el alumbrado público; un

uniforme de maestrante de Ronda; escofietas y ridículos, bordados de

abalorio; chupas recamadas de flores vistosas; medias caladas de seda,

rancias ya; faldas adornadas con caireles; espadines de acero tomados de

orín; anuncios de funciones de teatro impresos en seda, rezando que la

_dama de música_ había de cantar una chistosa tonadilla, y el gracioso

representar una divertida _pitipieza_; todo andaba por allí revuelto con

otros chirimbolos análogos, que trascendían a casacón desde mil leguas,

y entre los cuales distinguíanse, como prendas más simbólicas y

elocuentes, los trebejos masónicos: medalla, triángulo, mallete,

escuadra y mandil, despojos de un abuelo afrancesado y grado 33..., y

una lindísima chaqueta de grana, con las insignias de coronel bordadas

en plata por bocamangas y cuello, herencia de la abuela de don Manuel

Pardo, que según costumbre de su época, autorizada por el ejemplo de la

reina María Luisa, usaba el uniforme de su marido para montar

diestramente a horcajadas.

--A buena parte me trajisteis--decía don Pedro, ahogado entre el polvo y

contrariadísimo por no poder moverse del asiento.

--Aquí te queremos--le replicaban Rita y Manolita, palmoteando

triunfantes--, porque aunque te empeñes, no hay medio de correr tras de

nosotras, ni de hacernos barrabasadas. Llegó la nuestra. Te vamos a

vestir con espadín y chupa. Ya verás.

--Buena gana tengo de ponerme de máscara.

--Un minuto solamente. Para ver qué facha haces.

--Os digo que no me visto de mamarracho.

--¿Cómo que no? Se nos ha puesto a nosotras en el moño.

--Mirad que os pesará. La que se me acerque ha de arrepentirse.

--¿Y qué nos harás, fantasmón?

--Eso no se dice hasta que se vea.

La misteriosa amenaza pareció infundir temor en las primas, que se

limitaron por entonces a inofensivas travesuras, a algún plumerazo más o

menos. Adelantaba la limpieza del desván: Manolita, con sus brazos

nervudos, manejaba los trastos; Rita los clasificaba; Nucha los sacudía

y doblaba esmeradamente; Carmen tomaba poca parte en el trajín, y menos

aún en la jarana: dos o tres veces se eclipsó, para asomarse a la

galería sin duda. Las demás le soltaron indirectas.

--¿Qué tal está el día, Carmucha? ¿Llueve o hace sol?

--¿Pasa mucha gente por la calle? Contesta, mujer.

--Ésa siempre está pensando en las musarañas.

A medida que las prendas iban quedando limpias de polvo, las chicas se

las probaban. A Manolita le sentaba a maravilla el uniforme de coronel,

por su tipo hombruno. Rita era un encanto con la dulleta de seda

verdegay de la abuela. Carmen sólo consintió en dejarse poner un

estrafalario adorno, un penacho triple, que allá cuando se estrenó se

llamaba _Las tres potencias_. Tocóle a Nucha la probatura de las

mantillas de blonda. A todo esto la tarde caía, y en el telarañoso

recinto del desván se veía muy poco. La penumbra era favorable a los

planes de las muchachas; aprovechando la ocasión propicia, acercáronse

disimuladamente las dos mayores a don Pedro, y mientras Rita le plantaba

en la cabeza un sombrero de tres picos, Manolita le echaba por los

hombros una chupa color tórtola, con guirnaldas de flores azules y

amarillas.

Fue de confusión el momento que siguió a esta diablura sosa. Don Pedro,

medio a gatas porque de otro modo no se lo consentía la poca altura del

desván, perseguía a sus primas, resuelto a tomar memorable venganza; y

ellas, exhalando chillidos ratoniles, tropezando con los muebles y

cachivaches esparcidos aquí y acullá, procuraban buscar la puertecilla

angosta, para evitar represalias. Mientras Rita se atrincheraba tras los

restos de una silla de manos y una desvencijada cómoda, huyeron dos

chicas, las menos valientes; y habiendo tenido Manolita la buena

ocurrencia de cegar momentáneamente a su primo arrojándole a la cabeza

un chal, pudo evadirse también Rita, jefe nato del motín. Desenredarse

del chal haciéndolo jirones, y lanzarse a la puerta y a la escalera en

seguimiento de la fugitiva, fueron acciones simultáneas en don Pedro.

Los pazos de Ulloa · 第 6 / 20 段