Obedeció el cazador sin perder su helada calma. Bajó la maleta y el

saco; pero en vez de cargar ambos objetos a hombros, entregó cada bulto

a un mozo de campo, diciendo lacónicamente:

--Vas con el señorito.

Sorprendióse el marqués y miró a su montero con desconfianza. Jamás

perdonaba Primitivo la ocasión de acompañarle, y extrañaba su

retraimiento entonces. Por la imaginación de don Pedro cruzaron rápidas

vislumbres de recelo; y como si Primitivo lo adivinase, probó a

disiparlo.

--Yo tengo ahí que atender al rareo del soto de Rendas. Están los

castaños tan apretados, que no se ve.... Ya andan allá los leñadores....

Pero sin mí, no se desenvuelven....

Encogióse de hombros el señorito, calculando que acaso Primitivo se

proponía ocultar en el soto la vergüenza de su derrota. No obstante,

como creía conocerle, hacíasele duro que abandonase la partida sin

desquite. Estuvo a punto de exclamar: «Acompáñame». Presintió

resistencias, y pensó para su sayo: «¡Qué demonio! Más vale dejarle.

Aunque se empeñe, no me ha de cortar el paso.... Y si cree que puede

conmigo...».

Fijó sin embargo una mirada escrutadora en las escuetas facciones del

cazador, donde creía advertir, muy encubierta y disimulada, cierta

contracción diabólica.

--¿Qué estará rumiando este zorro?--cavilaba el señorito--. Sin alguna no

escapamos. ¡No, pues como se desmande! Me coge hoy en punto de caramelo.

Subió don Pedro a su habitación y volvió con la escopeta al hombro.

Julián le miraba sorprendido de que tomase el arma yendo de viaje. De

pronto el capellán recordó algo también y se dirigió a la cocina.

--¡Sabel!--gritó--. ¡Sabel! ¿Dónde está el niño, mujer? Le quería dar un

beso.

Sabel salió y volvió con el chiquillo agarrado a sus sayas. Le había

encontrado escondido en el pesebre de las vacas, su rincón favorito, y

el diablillo traía los rizos entretejidos con hierba y flores

silvestres. Estaba precioso. Hasta la venda de la descalabradura le

asemejaba al Amor. Julián le levantó en peso, besándole en ambos

carrillos.

--Sabel, mujer, lávelo de vez en cuando siquiera.... Por las mañanas....

--Vámonos, vámonos...--apremió el marqués desde la puerta, como si

recelase entrar junto a la mujer y el niño--. Hace falta el tiempo.... Se

nos va a marchar el coche.

Si Sabel deseaba retener a aquel fugitivo Eneas, no dio de ello la más

leve señal, pues se volvió con gran sosiego a sus potes y trébedes. Don

Pedro, a pesar de la urgencia alegada para apurar a Julián, aguardó dos

minutos en la puerta, quizás con la ilusión recóndita de ser detenido

por la muchacha; pero al fin, encogiéndose de hombros, salió delante, y

echó a andar por la senda abierta entre viñas que conducía al crucero.

Era el paraje descubierto, aunque el terreno quebrado, y el señorito

podía otear fácilmente a derecha e izquierda todo cuanto sucediese: ni

una liebre brincaría por allí sin que sus ojos linces de cazador la

avizorasen. Aunque departiendo con Julián acerca de la sorpresa que se

le preparaba a la familia de la Lage, y de si amenazaba llover porque el

cielo se había encapotado, no descuidaba el marqués observar algo que

debía interesarle muchísimo. Un instante se paró, creyendo divisar la

cabeza de un hombre allá lejos, detrás de los paredones que cerraban la

viña. Pero a tal distancia no consiguió cerciorarse. Vigiló más atento.

Acercábanse al soto de Rendas, situado antes del crucero; desde allí el

arbolado se espesaba, y se dificultaba la precaución. Orillaron el soto,

llegaron al pie del santo símbolo y se internaron en el camino más agrio

y estrecho, sin ver nada que justificase temores. En la espesura oyeron

el golpe reiterado del hacha y el ¡ham! de los leñadores, que rareaban

los castaños. Más adelante, silencio total. El cielo se cubría de nubes

cirrosas, y la claridad del sol apenas se abría paso, filtrándose velada

y cárdena, presagiando tempestad. Julián recordó un detalle melancólico,

la cruz a la cual iban a llegar en breve, que señalaba el teatro de un

crimen, y preguntó:

--¿Señorito?

--¿Eh?--murmuró el marqués, hablando con los dientes apretados.

--Aquí cerca mataron un hombre, ¿verdad? Donde está la cruz de madera.

¿Por qué fue, señorito? ¿Alguna venganza?

--Una pendencia entre borrachos, al volver de la feria--respondió

secamente don Pedro, que se hacía todo ojos para inspeccionar los

matorrales.

La cruz negreaba ya sobre ellos, y Julián se puso a rezar el _Padre

nuestro_ acostumbrado, muy bajito. Iba delante, y el señorito le pisaba

casi los talones. Los mozos portadores del equipaje se habían adelantado

mucho, deseosos de llegar cuanto antes a Cebre y echar un traguete en la

taberna. Para oír el susurro que produjeron las hojas y la maleza al

desviarse y abrir paso a un cuerpo, necesitábanse realmente sentidos de

cazador. El señorito lo percibió, aunque tenue, clarísimo, y vio el

cañón de la escopeta apuntado tan diestramente que de fijo no se

perdería el disparo: el cañón no amagaba a su pecho, sino a las espaldas

de Julián. La sorpresa estuvo a punto de paralizar a don Pedro: fue un

segundo, menos que un segundo tal vez, un espacio de tiempo

inapreciable, lo que tardó en reponerse, y en echarse a la cara su arma,

apuntando a su vez al enemigo emboscado. Si el tiro de éste salía, la

bala se cruzaría casi con otra bala justiciera. La situación duró pocos

instantes: estaban frente a frente dos adversarios dignos de medir sus

fuerzas. El más inteligente cedió, encontrándose descubierto. Oyó el

marqués el roce del follaje al bajarse el cañón que amenazaba a Julián,

y Primitivo salió del soto, blandiendo su vieja escopeta certera,

remendada con cordeles. Julián precipitó el _Gloria Patri_ para decirle

en tono cortés:

--Hola.... ¿Se viene usted con nosotros por fin hasta Cebre?

--Sí, señor--contestó Primitivo, cuyo semblante recordaba más que nunca el

de una estatua de fundición--. Dejo dispuesto en Rendas, y voy a ver si

de aquí a Cebre sale algo que tumbar....

--Dame esa escopeta, Primitivo--ordenó don Pedro--. Estoy oyendo cantar la

codorniz ahí, que no parece sino que me hace burla. Se me ha olvidado

cargar mi carabina.

Diciendo y haciendo, cogió la escopeta, apuntó a cualquier parte, y

disparó. Volaron hojas y pedazos de rama de un roble próximo, aunque

ninguna codorniz cayó herida.

--¡Marró!--exclamó el señorito fingiendo gran contrariedad, mientras para

sí discurría: «No era bala, eran postas.... Le quería meter grajea de

plomo en el cuerpo.... ¡Claro, con bala era más escandaloso, más

alarmante para la justicia. Es zorro fino!».

Y en voz alta:

--No vuelvas a cargar; hoy no se caza, que se nos viene la lluvia encima

y tenemos que apretar el paso. Marcha delante, enséñanos el atajo hasta

Cebre.

--¿No lo sabe el señorito?

--Sí tal, pero a veces me distraigo.

-IX-

Como ya dos veces había repicado la campanilla y los criados no llevaban

trazas de abrir, las señoritas de la Lage, suponiendo que a horas tan

tempranas no vendría nadie de cumplido, bajaron en persona y en grupo a

abrir la puerta, sin peinar, con bata y chinelas, hechas unas fachas.

Así es que se quedaron voladas al encontrarse con un arrogante mozo, que

les decía campechanamente:

--¿A que nadie me conoce aquí?

Sintieron impulsos de echar a correr; pero la tercera, la menos linda de

todas, frisando al parecer en los veinte años, murmuró:

--De fijo que es el primo Perucho Moscoso.

--¡Bravo!--exclamó don Pedro--. ¡Aquí está la más lista de la familia!

Y adelantándose con los brazos abiertos fue para abrazarla; pero ella,

hurtando el cuerpo, le tendió una manecita fresca, recién lavada con

agua y colonia. En seguida se entró por la casa gritando:

--¡Papá!, ¡papá! ¡Está aquí el primo Perucho!

El piso retembló bajo unos pasos elefantinos.... Apareció el señor de la

Lage, llenando con su volumen la antesala, y don Pedro abrazó a su tío,

que le llevó casi en volandas al salón. Julián, que por no malograr la

sorpresa de la aparición del primo se había quedado oculto detrás de la

puerta, salía riendo del escondite, muy embromado por las señoritas, que

afirmaban que estaba gordísimo, y se escurría por el corredor, en busca

de su madre.

Viéndoles juntos, se observaba extraordinario parecido entre el señor de

la Lage y su sobrino carnal: la misma estatura prócer, las mismas

proporciones amplias, la misma abundancia de hueso y fibra, la misma

barba fuerte y copiosa; pero lo que en el sobrino era armonía de

complexión titánica, fortalecida por el aire libre y los ejercicios

corporales, en el tío era exuberancia y plétora; condenado a una vida

sedentaria, se advertía que le sobraba sangre y carne, de la cual no

sabía qué hacer; sin ser lo que se llama obeso, su humanidad se

desbordaba por todos lados; cada pie suyo parecía una lancha, cada mano

un mazo de carpintero. Se ahogaba con los trajes de paseo; no cabía en

las habitaciones reducidas; resoplaba en las butacas del teatro, y en

misa repartía codazos para disponer de más sitio. Magnífico ejemplar de

una raza apta para la vida guerrera y montés de las épocas feudales, se

consumía miserablemente en el vil ocio de los pueblos, donde el que nada

produce, nada enseña, ni nada aprende, de nada sirve y nada hace. ¡Oh

dolor! Aquel castizo Pardo de la Lage, naciendo en el siglo XV, hubiera

dado en qué entender a los arqueólogos e historiadores del XIX.

Mostró admirarse de la buena presencia del sobrino y le habló

llanotamente, para inspirarle confianza.

--¡Muchacho, muchacho! ¿A dónde vas con tanto doblar? Cuidado que estás

más hombre que yo.... Siempre te imitaste más a Gabriel y a mí que a tu

madre que santa gloria haya.... Lo que es con tu padre, ni esto.... No

saliste Moscoso, ni Cabreira, chico; saliste Pardo por los cuatro

costados. Ya habrás visto a tus primas, ¿eh? Chiquillas, ¿qué le decís

al primo?

--¿Qué me dicen? Me han recibido como a la persona de más cumplimiento....

A ésta le quise dar un abrazo, y ella me alargó la mano muy fina.

--¡Qué borregas! ¡Marías Remilgos! A ver cómo abrazáis todas al primo,

inmediatamente.

La primera que se adelantó a cumplir la orden fue la mayor. Al

estrecharla, don Pedro no pudo dejar de notar las bizarras proporciones

del bello bulto humano que oprimía. ¡Una real moza, la primita mayor!

--¿Tú eres Rita, si no me equivoco?--preguntó risueño--. Tengo muy mala

memoria para nombres y puede que os confunda.

--Rita, para servirte...--respondió con igual amabilidad la prima--. Y ésta

es Manolita, y ésta es Carmen, y aquélla es Nucha....

--Sttt.... Poquito a poco.... Me lo iréis repitiendo conforme os abrace.

Dos primas vinieron a pagar el tributo, diciendo festivamente:

--Yo soy Manolita, para servir a usted.

--Yo, Carmen, para lo que usted guste mandar.

Allá entre los pliegues de una cortina de damasco se escondía la

tercera, como si quisiese esquivar la ceremonia afectuosa; pero no le

valió la treta, antes su retraimiento incitó al primo a exclamar:

--¿Doña Hucha, o como te llames?... Cuidadito conmigo..., se me debe un

abrazo....

--Me llamo Marcelina, hombre.... Pero éstas me llaman siempre Marcelinucha

o Nucha....

Costábale trabajo resolverse, y permanecía refugiada en el rojo dosel de

la cortina, cruzando las manos sobre el peinador de percal blanco, que

rayaban con doble y largo trazo, como de tinta, sus sueltas trenzas. El

padre la empujó bruscamente, y la chica vino a caer contra el primo,

toda ruborizada, recibiendo un apretón en regla, amén de un frote de

barbas que la obligó a ocultar el rostro en la pechera del marqués.

Hechas así las amistades, entablaron el señor de la Lage y su sobrino la

imprescindible conversación referente al viaje, sus causas, incidentes y

peripecias. No explicaba muy satisfactoriamente el sobrino su impensada

venida: pch... ganas de _espilirse_.... Cansa estar siempre solo.... Gusta

la variación.... No insistió el tío, pensando para su chaleco: «Ya Julián

me lo contará _todo_».

Y se frotaba las manos colosales, sonriendo a una idea que, si

acariciaba tiempo hacía allá en su interior, jamás se le había

presentado tan clara y halagüeña como entonces. ¡Qué mejor esposo podían

desear sus hijas que el primo Ulloa! Entre los numerosos ejemplares del

tipo del padre que desea _colocar_ a sus niñas, ninguno más vehemente

que don Manuel Pardo, en cuanto a la voluntad, pero ninguno más

reservado en el modo y forma. Porque aquel hidalgo de cepa vieja sentía

a la vez gana ardentísima de casar a las chiquillas y un orgullo de raza

tan exaltado, bajo engañosas apariencias de llaneza, que no sólo le

vedaba descender a ningún ardid de los usuales en padres casamenteros,

sino que le imponía suma rigidez y escrúpulo en la elección de sus

relaciones y en la manera de educar a sus hijas, a quienes traía como

encastilladas y aisladas, no llevándolas sino de pascuas a ramos a

diversiones públicas. Las señoritas de la Lage, discurría don Manuel,

deben casarse, y sería contrario al orden providencial que no apareciese

tronco en que injertar dignamente los retoños de tan noble estirpe; pero

antes se queden para vestir imágenes que unirse con cualquiera, con el

teniente que está de guarnición, con el comerciante que medra midiendo

paño, con el médico que toma el pulso; eso sería, ¡vive Dios!,

profanación indigna; las señoritas de la Lage sólo pueden dar su mano a

quien se les iguale en calidad. Así pues, don Manuel, que se desdeñaría

de tender redes a un ricachón plebeyo, se propuso inmediatamente hacer

cuanto estuviese en su mano para que su sobrino pasase a yerno, como el

Sandoval de la zarzuela.

¿Conformaban las primitas con las opiniones de su padre? Lo cierto es

que, apenas el primo se sentó a platicar con don Manuel, cada niña se

escurrió bonitamente, ya a arreglar su tocado, ya a prevenir alojamiento

al forastero y platos selectos para la mesa. Se convino en que el primo

se quedaba hospedado allí, y se envió por la maleta a la posada.

Fue la comida alegre en extremo. Rápidamente se había establecido entre

don Pedro y las señoritas de la Lage el género de familiaridad inherente

al parentesco en grado prohibido pero dispensable: familiaridad que se

diferencia de la fraternal en que la sazona y condimenta un picante

polvito de hostilidad, germen de graciosas y galantes escaramuzas.

Cruzábase en la mesa vivo tiroteo de bromas, piropos, que entre los dos

sexos suele preludiar a más serios combates.

--Primo, me extraña mucho que estando a mi lado no me sirvas el agua.

--Los aldeanos no entendemos de política: ve enseñándome un poco, que por

tener maestras así....

--Glotón, ¿quién te da permiso para repetir?

--El plato está tan rico, que supongo que es obra tuya.

--¡Vaya unas ilusiones! Ha sido la cocinera. Yo no guiso para ti. Te

fastidiaste.

--Prima, esta yemecita. Por mí.

--No me robes del plato, goloso. Que no te lo doy, ea. ¿No tienes ahí la

fuente?

--¿A que te lo atrapo? Cuando más descuidada estés....

--¿A que no?

Y la prima se levantaba y echaba a correr con su plato en las manos,

para evitar el hurto de un merengue o de media manzana, y el juego se

celebraba con estrepitosas carcajadas, como si fuese el paso más

gracioso del mundo. Las mantenedoras de este torneo eran Rita y

Manolita, las dos mayores; en cuanto a Nucha y Carmen, se encerraban en

los términos de una cordialidad mesurada, presenciando y riendo las

bromas, pero sin tomar parte activa en ellas, con la diferencia de que

en el rostro de Carmen, la más joven, se notaba una melancolía perenne,

una preocupación dominante, y en el de Nucha se advertía tan sólo

gravedad natural, no exenta de placidez.

Hállabase don Pedro en sus glorias. Al resolverse a emprender el viaje,

receló que las primas fuesen algunas señoritas muy cumplimenteras y

espetadas, cosa que a él le pondría en un brete, por serle extrañas las

fórmulas del trato ceremonioso con damas de calidad, clase de _perdices

blancas_ que nunca había cazado; mas aquel recibimiento franco le

devolvió al punto su aplomo. Animado, y con la cálida sangre despierta,

consideraba a las primitas una por una, calculando a cuál arrojaría el

pañuelo. La menor no hay duda que era muy linda, blanca con cabos

negros, alta y esbelta, pero la mal disimulada pasión de ánimo, las

cárdenas ojeras, amenguaban su atractivo para don Pedro, que no estaba

por romanticismos. En cuanto a la tercera, Nucha, asemejábase bastante a

la menor, sólo que en feo: sus ojos, de magnífico tamaño, negros también

como moras, padecían leve estrabismo convergente, lo cual daba a su

mirar una vaguedad y pudor especiales; no era alta, ni sus facciones se

pasaban de correctas, a excepción de la boca, que era una miniatura. En

suma, pocos encantos físicos, al menos para los que se pagan de la

cantidad y morbidez en esta nuestra envoltura de barro. Manolita ofrecía

otro tipo distinto, admirándose en ella lozanas carnes y suma gracia,

unida a un defecto que para muchos es aumento singular de perfección en

la mujer, y a otros, verbigracia a don Pedro, les inspira repulsión: un

carácter masculino mezclado a los hechizos femeniles, un bozo que iba

pasando a bigote, una prolongación del nacimiento del pelo sobre la

oreja que, descendiendo a lo largo de la mandíbula, quería ser, más que

suave patilla, atrevida barba. A la que no se podían poner tachas era a

Rita, la hermana mayor. Lo que más cautivaba a su primo, en Rita, no era

tanto la belleza del rostro como la cumplida proporción del tronco y

miembros, la amplitud y redondez de la cadera, el desarrollo del seno,

todo cuanto en las valientes y armónicas curvas de su briosa persona

prometía la madre fecunda y la nodriza inexhausta. ¡Soberbio vaso en

verdad para encerrar un Moscoso legítimo, magnífico patrón donde

injertar el heredero, el continuador del nombre! El marqués presentía en

tan arrogante hembra, no el placer de los sentidos, sino la numerosa y

masculina prole que debía rendir; bien como el agricultor que ante un

terreno fértil no se prenda de las florecillas que lo esmaltan, pero

calcula aproximadamente la cosecha que podrá rendir al terminarse el

estío.

Pasaron al salón después de la comida, para la cual las muchachas se

habían emperejilado. Enseñaron a don Pedro infinidad de quisicosas:

estereóscopos, álbumes de fotografías, que eran entonces objetos muy

elegantes y nada comunes. Rita y Manolita obligaban al primo a fijarse

en los retratos que las representaban apoyadas en una silla o en una

columna, actitud clásica que por aquel tiempo imponían los fotógrafos; y

Nucha, abriendo un álbum chiquito, se lo puso delante a don Pedro,

preguntándole afanosamente:

--¿Le conoces?

Era un muchacho como de diecisiete años, rapado, con uniforme de alumno

de la Academia de artillería, parecidísimo a Nucha y a Carmen cuanto

puede parecerse un pelón a dos señoritas con buenas trenzas de pelo.

--Es mi niño--afirmó Nucha muy grave.

--¿Tu niño?

Riéronse las otras hermanas a carcajadas, y don Pedro exclamó cayendo en

la cuenta:

--¡Bah!, ya sé. Es vuestro hermano, mi señor primo, el mayorazgo de la

Lage, Gabrieliño.

--Pues claro: ¿quién había de ser? Pero esa Nucha le quiere tanto, que

siempre le llama su niño.

Nucha, corroborando el aserto, se inclinó y besó el retrato, con tan

apasionada ternura, que allá en Segovia el pobre alumno, víctima quizá

de los rigores de la cruel _novatada_, debió sentir en la mejilla y el

corazón una cosa dulce y caliente.

Cuando Carmen, la tristona, vio a sus hermanas entretenidas, se

escabulló del salón, donde ya no apareció más. Agotado todo lo que en el

salón había que enseñar al primo, le mostraron la casa desde el desván

hasta la leñera: un caserón antiguo, espacioso y destartalado, como aún

quedan muchos en la monumental Compostela, digno hermano urbano de los

rurales Pazos de Ulloa. En su fachada severa desafinaba una galería de

nuevo cuño, ideada por don Manuel Pardo de la Lage, que tenía el costoso

vicio de hacer obras. Semejante solecismo arquitectónico era el

quitapesares de las señoritas de Pardo; allí se las encontraba siempre,

posadas como pájaros en rama favorita, allí hacían labor, allí tenían un

breve jardín, contenido en macetas y cajones, allí colgaban jaulas de

canarios y jilgueros; tal vez no parasen en esto los buenos oficios de

la galería dichosa. Lo cierto es que en ella encontraron a Carmen,

asomada y mirando a la calle, tan absorta que no sintió llegar a sus

hermanas. Nucha le tiró del vestido; la muchacha se volvió, pudiendo

notarse que tenía unas vislumbres de rosa en las mejillas, descoloridas

de ordinario. Hablóle Nucha vivamente al oído, y Carmen se apartó del

encristalado antepecho, siempre muda y preocupada. Rita no cesaba de

explicar al primo mil particularidades.

--Desde aquí se ven las mejores calles... Ése es el Preguntoiro; por ahí

pasa mucha gente.... Aquella torre es la de la Catedral.... ¿Y tú no has

ido a la Catedral todavía? ¿Pero de veras no le has rezado un Credo al

Santo Apóstol, judío?--exclamaba la chica vertiendo provocativa luz de

sus pupilas radiantes--. Vaya, vaya.... Tengo yo que llevarte allí, para

que conozcas al Santo y lo abraces muy apretadito.... ¿Tampoco has visto

aún el Casino?, ¿la Alameda?, ¿la Universidad? ¡Señor! ¡Si no has visto

nada!

--No, hija.... Ya sabes que soy un pobre aldeano... y he llegado ayer al

anochecer. No hice más que acostarme.

--¿Por qué no te viniste acá en derechura, descastado?

--¿A alborotaros la casa de noche? Aunque salgo de entre tojos, no soy

tan mal criado como todo eso.

--Vamos, pues hoy tienes que ver alguna notabilidad.... Y no faltar al

paseo.... Hay chicas muy guapas.

--De eso ya me he enterado, sin molestarme en ir a la Alameda--contestó el

primo echando a Rita una miradaza que ella resistió con intrepidez

notoria, y pagó sin esquivez alguna.

-X-

Y en efecto, le fueron enseñadas al marqués de Ulloa multitud de cosas

que no le importaban mayormente. Nada le agradó, y experimentó mil

decepciones, como suele acontecer a las gentes habituadas a vivir en el

campo, que se forman del pueblo una idea exagerada. Pareciéronle, y con

razón, estrechas, torcidas y mal empedradas las calles, fangoso el piso,

húmedas las paredes, viejos y ennegrecidos los edificios, pequeño el

circuito de la ciudad, postrado su comercio y solitarios casi siempre

sus sitios públicos; y en cuanto a lo que en un pueblo antiguo puede

enamorar a un espíritu culto, los grandes recuerdos, la eterna vida del

arte conservada en monumentos y ruinas, de eso entendía don Pedro lo

mismo que de griego o latín. ¡Piedras mohosas! Ya le bastaban las de los

Pazos. Nótese cómo un hidalgo campesino de muy rancio criterio se

hallaba al nivel de los demócratas más vandálicos y demoledores. A pesar

de conocer a Orense y haber estado en Santiago cuando niño, discurría y

fantaseaba a su modo lo que debe ser una ciudad moderna: calles anchas,

mucha regularidad en las construcciones, todo nuevo y flamante, gran

policía, ¿qué menos puede ofrecer la civilización a sus esclavos? Es

cierto que Santiago poseía dos o tres edificios espaciosos, la Catedral,

el Consistorio, San Martín.... Pero en ellos existían cosas muy sin razón

ponderadas, en concepto del marqués: por ejemplo, la Gloria de la

Catedral. ¡Vaya unos santos más mal hechos y unas santas más flacuchas y

sin forma humana!, ¡unas columnas más toscamente esculpidas! Sería de

ver a alguno de estos sabios que escudriñan el _sentido_ de un monumento

religioso, consagrándose a la tarea de demostrar a don Pedro que el

pórtico de la Gloria encierra alta poesía y profundo simbolismo.

¡Simbolismo! ¡Jerigonzas! El pórtico estaba muy mal labrado, y las

figuras parecían pasadas por tamiz. Por fuerza las artes andaban

atrasadísimas en aquellos tiempos de maricastaña. Total, que de los

monumentos de Santiago se atenía el marqués a uno de fábrica muy

reciente: su prima Rita.

Los pazos de Ulloa · 第 5 / 20 段