dice por ahí... _eso_?
--¿Lo qué?
--Lo de que yo... tengo algo que ver... con esa muchacha, ¿eh? Porque
puede usted creerme, y se lo juraría si fuese lícito jurar: bien sabe
Dios que la tal mujer hasta me es aborrecible, y que no le habré mirado
a la cara media docena de veces desde que estoy en los Pazos.
--No, pues a la cara se le puede mirar, que la tiene como una rosa.... Ea,
sosiéguese: a mí se me figura que nadie piensa mal de usted con Sabel.
El marqués no inventó la pólvora, es cierto que no, y la moza se
distraerá con los de su clase cuanto quiera, dígalo el bailoteo en la
gaita de hoy; pero no iba a tener la desvergüenza de pegársela en sus
barbas, con el mismo capellán.... Hombre, no hagamos tan estúpido al
marqués.
Julián se volvió, más bien arrodillado que sentado en la grama, con los
ojos abiertos de par en par.
--Pero... el señorito..., ¿qué tiene que ver el señorito...?
El cura de Naya saltó a su vez, sin que ninguna mosca le picase, y
prorrumpió en juvenil carcajada. Julián, comprendiendo, preguntó
nuevamente:
--Luego el chiquillo... el Perucho....
Tornó don Eugenio a reír hasta el extremo de tener que limpiarse los
lagrimales con el pañuelo de cuadros.
--No se ofenda...--murmuraba entre risa y llanto--. No se ofenda porque me
río así.... Es que, de veras, no me puedo contener cuando me pega la
risa; un día hasta me puse malo.... Esto es como las cosqui...
cosquillas... involuntario....
Aplacado el acceso de risa, añadió:
--Es que yo siempre lo tuve a usted por un bienaventurado, como nuestro
patrón San Julián..., pero esto pasa de castaño oscuro.... ¡Vivir en los
Pazos y no saber lo que ocurre en ellos! ¿O es que quiere hacerse el
bobo?
--A fe, no sospechaba nada, nada, nada. ¿Usted piensa que iba a quedarme
allí ni dos días, caso de averiguarlo antes? ¿Autorizar con mi presencia
un amancebamiento? ¿Pero... usted está seguro de lo que dice?
--Hombre.... ¿tiene usted gana de cuentos? ¿Es usted ciego? ¿No lo ha
notado? Pues repárelo.
--¡Qué sé yo! ¡Cuando uno no está en la malicia! Y el niño..., ¡infeliz
criatura! El niño me da tanta compasión.... Allí se cría como un
morito.... ¿Se comprende que haya padres tan sin entrañas?
--Bah.... Esos hijos así, nacidos por detrás de la Iglesia.... Luego, si
uno oye a los de aquí y a los de allá.... Cada cual dice lo que se le
antoja.... La moza es alegre como unas castañuelas; todo el mundo en las
romerías le debe dos cuartos: uno la convida a rosquillas, el otro a
_resolio_, éste la saca a bailar, aquél la empuja.... Se cuentan mil
enredos.... ¿Usted se ha fijado en el gaitero que tocó hoy en la misa?
--¿Un buen mozo, con patillas?
--Cabal. Le llaman el _Gallo_ de mote. Pues dicen si la acompaña o no por
los caminos.... ¡Historias!
Por detrás de la tapia del huerto se oyó entonces vocerío alegre y
argentinas carcajadas.
--Son las primas...--dijo don Eugenio--. Van a la gaita, que está tocando
en el crucero ahora. ¿Quiere usted venir un ratito? A ver si se le pasa
el disgusto.... Ahí en casa unos rezan y otros juegan.... Yo no rezo nunca
sobre la comida.
--Vamos allá--contestó Julián, que se había quedado ensimismado.
--Nos sentaremos al pie del crucero.
-VII-
Volvía Julián preocupado a la casa solariega, acusándose de excesiva
simplicidad, por no haber reparado cosas de tanto bulto. Él era sencillo
como la paloma; sólo que en este pícaro mundo también se necesita ser
cauto como la serpiente.... Ya no podía continuar en los Pazos.... ¿Cómo
volvía a vivir a cuestas de su madre, sin más emolumentos que la misa?
¿Y cómo dejaba así de golpe al señorito don Pedro, que le trataba tan
llanamente? ¿Y la casa de Ulloa, que necesitaba un restaurador celoso y
adicto? Todo era verdad: pero, ¿y su deber de sacerdote católico?
Le acongojaban estos pensamientos al cruzar un maizal, en cuyo lindero
manzanilla y cabrifollos despedían grato aroma. Era la noche templada y
benigna, y Julián apreciaba por primera vez la dulce paz del campo,
aquel sosiego que derrama en nuestro combatido espíritu la madre
naturaleza. Miró al cielo, oscuro y alto.
--¡Dios sobre todo!--murmuró, suspirando al pensar que tendría que habitar
un pueblo de calles angostas y encontrarse con gente a cada paso.
Siguió andando, guiado por el ladrido lejano de los perros. Ya divisaba
próxima la vasta mole de los Pazos. El postigo debía estar abierto.
Julián distaba de él unos cuantos pasos no más, cuando oyó dos o tres
gritos que le helaron la sangre: clamores inarticulados como de alimaña
herida, a los cuales se unía el desconsolado llanto de un niño.
Engolfóse el capellán en las tenebrosas profundidades de corredor y
bodega, y llegó velozmente a la cocina. En el umbral se quedó paralizado
de asombro ante lo que iluminaba la luz fuliginosa del candilón. Sabel,
tendida en el suelo, aullaba desesperadamente; don Pedro, loco de furor,
la brumaba a culatazos; en una esquina, Perucho, con los puños metidos
en los ojos, sollozaba. Sin reparar lo que hacía, arrojóse Julián hacia
el grupo, llamando al marqués con grandes voces:
--¡Señor don Pedro..., señor don Pedro!
Volvióse el señor de los Pazos, y se quedó inmóvil, con la escopeta
empuñada por el cañón, jadeante, lívido de ira, los labios y las manos
agitadas por temblor horrible; y en vez de disculpar su frenesí o de
acudir a la víctima, balbució roncamente:
--¡Perra..., perra..., condenada..., a ver si nos das pronto de cenar, o
te deshago! ¡A levantarse... o te levanto con la escopeta!
Sabel se incorporaba ayudada por el capellán, gimiendo y exhalando
entrecortados ayes. Tenía aún el traje de fiesta con el cual la viera
Julián danzar pocas horas antes junto al crucero y en el atrio; pero el
_mantelo_ de rico paño se encontraba manchado de tierra; el dengue de
grana se le caía de los hombros, y uno de sus largos zarcillos de
filigrana de plata, abollado por un culatazo, se le había clavado en la
carne de la nuca, por donde escurrían algunas gotas de sangre. Cinco
verdugones rojos en la mejilla de Sabel contaban bien a las claras cómo
había sido derribada la intrépida bailadora.
--¡La cena he dicho!--repitió brutalmente don Pedro.
Sin contestar, pero no sin gemir, dirigióse la muchacha hacia el rincón
donde hipaba el niño, y le tomó en brazos, apretándole mucho. El
angelote seguía llorando a moco y baba. Don Pedro se acercó entonces, y
mudando de tono, preguntó:
--¿Qué es eso? ¿Tiene algo Perucho?
Púsole la mano en la frente y la sintió húmeda. Levantó la palma: era
sangre. Desviando entonces los brazos, apretando los puños, soltó una
blasfemia, que hubiera horrorizado más a Julián si no supiese, desde
aquella tarde misma, que acaso tenía ante sí a un padre que acababa de
herir a su hijo. Y el padre resurgía, maldiciéndose a sí propio,
apartando los rizos del chiquillo, mojando un pañuelo en agua, y
atándolo con cuidado indecible sobre la descalabradura.
--A ver cómo lo cuidas...--gritó dirigiéndose a Sabel--. Y cómo haces la
cena en un vuelo.... ¡Yo te enseñaré, yo te enseñaré a pasarte las horas
en las romerías sacudiéndote, perra!
Con los ojos fijos en el suelo, sin quejarse ya, Sabel permanecía
parada, y su mano derecha tentaba suavemente su hombro izquierdo, en el
cual debía tener alguna dolorosa contusión. En voz baja y lastimera,
pero con suma energía, pronunció sin mirar al señorito:
--Busque quien le haga la cena..., y quien esté aquí.... Yo me voy, me
voy, me voy, me voy....
Y lo repetía obstinadamente, sin entonación, como el que afirma una cosa
natural e inevitable.
--¿Qué dices, bribona?
--Que me voy, que me voy.... A mi casita pobre.... ¡Quién me trajo aquí!
¡Ay, mi madre de mi alma!
Rompió la moza a llorar amarguísimamente, y el marqués, requiriendo su
escopeta, rechinaba los dientes de cólera, dispuesto ya a hacer alguna
barrabasada notable, cuando un nuevo personaje entró en escena. Era
Primitivo, salido de un rincón oscuro; diríase que estaba allí oculto
hacía rato. Su aparición modificó instantáneamente la actitud de Sabel,
que tembló, calló y contuvo sus lágrimas.
--¿No oyes lo que te dice el señorito?--preguntó sosegadamente el padre a
la hija.
--Oi-go, siii-see-ñoor, oi-go-tartamudeó la moza, comiéndose los
sollozos.
--Pues a hacer la cena en seguida. Voy a ver si volvieron ya las otras
muchachas para que te ayuden. La Sabia está ahí fuera: te puede encender
la lumbre.
Sabel no replicó más. Remangóse la camisa y bajó de la espetera una
sartén. Como evocada por alguna de sus compañeras en hechicerías, entró
en la cocina entonces, pisando de lado, la vieja de las greñas blancas,
la Sabia, que traía el enorme mandil atestado de leña. El marqués tenía
aún la escopeta en la mano: cogiósela respetuosamente Primitivo, y la
llevó al sitio de costumbre. Julián, renunciando a consolar al niño,
creyó llegada la ocasión de dar un golpe diplomático.
--Señor marqués..., ¿quiere que tomemos un poco el aire? Está la noche
muy buena.... Nos pasearemos por el huerto....
Y para sus adentros pensaba:
«En el huerto le digo que me voy también.... No se ha hecho para mí esta
vida, ni esta casa».
Salieron al huerto. Oíase el cuarrear de las ranas en el estanque, pero
ni una hoja de los árboles se movía, tal estaba la noche de serena. El
capellán cobró ánimos, pues la oscuridad alienta mucho a decir cosas
difíciles.
--Señor marqués, yo siento tener que advertirle....
Volvióse el marqués bruscamente.
--Ya sé..., ¡chist!, no necesitamos gastar saliva. Me ha pescado usted en
uno de esos momentos en que el hombre no es dueño de sí.... Dicen que no
se debe pegar nunca a las mujeres.... Francamente, don Julián, según
ellas sean.... ¡Hay mujeres de mujeres, caramba..., y ciertas cosas
acabarían con la paciencia del santo Job que resucitase! Lo que siento
es el golpe que le tocó al chiquillo.
--Yo no me refería a eso...--murmuró Julián--. Pero si quiere que le hable
con el corazón en la mano, como es mi deber, creo no está bien maltratar
así a nadie.... Y por la tardanza de la cena, no merece....
--¡La tardanza de la cena!--pronunció el señorito--. ¡La tardanza! A ningún
cristiano le gusta pasarse el día en el monte comiendo frío y llegar a
casa y no encontrar bocado caliente; ¡pero si esa mala hembra no tuviese
otras mañas...! ¿No la ha visto usted? ¿No la ha visto usted todo el
día, allá en Naya, bailoteando como una descosida, sin vergüenza? ¿No la
ha encontrado usted a la vuelta, bien acompañada? ¡Ah!... ¿Usted cree
que se vienen solitas las mozas de su calaña? ¡Ja, ja! Yo la he visto,
con estos ojos, y le aseguro a usted que si tengo algún pesar, ¡es el de
no haberle roto una pierna, para que no baile más por unos cuantos
meses!
Guardó silencio el capellán, sin saber qué responder a la inesperada
revelación de celos feroces. Al fin calculó que se le abría camino para
soltar lo que tenía atravesado en la garganta.
--Señor marqués--murmuró--, dispénseme la libertad que me tomo.... Una
persona de su clase no se debe rebajar a importársele por lo que haga o
no haga la criada.... La gente es maliciosa, y pensará que usted trata
con esa chica.... Digo _pensará_ Ya lo piensa todo el mundo.... Y el caso
es que yo..., vamos..., no puedo permanecer en una casa donde, según la
voz pública, vive un cristiano en concubinato.... Nos está prohibido
severamente autorizar con nuestra presencia el escándalo y hacernos
cómplices de él. Lo siento a par del alma, señor marqués; puede creerme
que hace tiempo no tuve un disgusto igual.
El marqués se detuvo, con las manos sepultadas en los bolsillos.
--_Leria, leria_...--murmuró--. Es preciso hacerse cargo de lo que es la
juventud y la robustez.... No me predique un sermón, no me pida
imposibles. ¡Qué demonio!, el que más y el que menos es hombre como
todos.
--Yo soy un pecador--replicó Julián--, solamente que veo claro en este
asunto, y por los favores que debo a usted, y el pan que le he comido,
estoy obligado a decirle la verdad. Señor marqués, con franqueza, ¿no le
pesa de vivir así encenagado? ¡Una cosa tan inferior a su categoría y a
su nacimiento! ¡Una triste criada de cocina!
Siguieron andando, acercándose a la linde del bosque, donde concluía el
huerto.
--¡Una bribona desorejada, que es lo peor!--exclamó el marqués después de
un rato de silencio--. Oiga usted...--añadió arrimándose a un castaño--. A
esa mujer, a Primitivo, a la condenada bruja de la Sabia con sus hijas y
nietas, a toda esa gavilla que hace de mi casa merienda de negros, a la
aldea entera que los encubre, era preciso cogerlos así (y agarraba una
rama del castaño triturándola en menudos fragmentos) y deshacerlos. Me
están saqueando, me comen vivo..., y cuando pienso en que esa tunanta me
aborrece y se va de mejor gana con cualquier gañán de los que acuden
descalzos a alquilarse para majar el centeno, ¡tengo mientes de
aplastarle los sesos como a una culebra!
Julián oía estupefacto aquellas miserias de la vida pecadora, y se
admiraba de lo bien que teje el diablo sus redes.
--Pero, señor...--balbució--. Si usted mismo lo conoce y lo comprende....
--¿Pues no lo he de comprender? ¿Soy estúpido acaso para no ver que esa
desvergonzada huye de mí, y cada día tengo que cazarla como a una
liebre? ¡Sólo está contenta entre los demás labriegos, con la hechicera
que le trae y lleva chismes y recados a los mozos! A mí me detesta. A la
hora menos pensada me envenenará.
--Señor marqués, ¡yo me pasmo!--arguyó el capellán eficazmente--. ¡Que
usted se apure por una cosa tan fácil de arreglar! ¿Tiene más que poner
a semejante mujer en la calle?
Como ambos interlocutores se habían acostumbrado a la oscuridad, no sólo
vio Julián que el marqués meneaba la cabeza, sino que torcía el gesto.
--Bien se habla...--pronunció sordamente--. Decir es una cosa y hacer es
otra.... Las dificultades se tocan en la práctica. Si echo a ese enemigo,
no encuentro quien me guise ni quien venga a servirme. Su padre....
¿Usted no lo creerá? Su padre tiene amenazadas a todas las mozas de que
a la que entre aquí en marchándose su hija, le mete él una perdigonada
en los lomos.... Y saben que es hombre para hacerlo como lo dice. Un día
cogí yo a Sabel por un brazo y la puse en la puerta de la casa: la misma
noche se me despidieron las otras criadas, Primitivo se fingió enfermo,
y estuve una semana comiendo en la rectoral y haciéndome la cama yo
mismo.... Y tuve que pedirle a Sabel, de favor, que volviese....
Desengáñese usted, pueden más que nosotros. Esa comparsa que traen
alrededor son paniaguados suyos, que les obedecen ciegamente. ¿Piensa
usted que yo ahorro un ochavo aquí en este desierto? ¡Quiá! Vive a mi
cuenta toda la parroquia. Ellos se beben mi cosecha de vino, mantienen
sus gallinas con mis frutos, mis montes y sotos les suministran leña,
mis hórreos les surten de pan; la renta se cobra tarde, mal y arrastro;
yo sostengo siete u ocho vacas, y la leche que bebo cabe en el hueco de
la mano; en mis establos hay un rebaño de bueyes y terneros que jamás se
uncen para labrar mis tierras; se compran con mi dinero, eso sí, pero
luego se dan a parcería y no se me rinden cuentas jamás....
--¿Por qué no pone otro mayordomo?
--¡Ay, ay, ay! ¡Como quien no dice nada! Una de dos: o sería hechura de
Primitivo y entonces estábamos en lo mismo, o Primitivo le largaría un
tiro en la barriga.... Y si hemos de decir verdad, Primitivo no es
mayordomo.... Es peor que si lo fuese, porque manda en todos, incluso en
mí; pero yo no le he dado jamás semejante mayordomía.... Aquí el
mayordomo fue siempre el capellán.... Ese Primitivo no sabrá casi leer ni
escribir; pero es más listo que una centella, y ya en vida del tío
Gabriel se echaba mano de él para todo.... Mire usted, lo cierto es que
el día que él se cruza de brazos, se encuentra uno colgadito.... No
hablemos ya de la caza, que para eso no tiene igual; a mí me faltarían
los pies y las manos si me faltase Primitivo.... Pero en los demás
asuntos es igual.... Su antecesor de usted, el abad de Ulloa, no se valía
sin él; y usted, que también ha venido en concepto de administrador,
séame franco: ¿ha podido usted amañarse solo?
--La verdad es que no--declaró Julián humildemente--. Pero con el
tiempo..., la práctica....
--¡Bah, bah! A usted no le obedecerá ni le hará caso jamás ningún
paisano, porque es usted un infeliz; es usted demasiado bonachón. Ellos
necesitan gente que conozca sus máculas y les dé ciento de ventaja en
picardía.
Por depresiva que fuese para el amor propio del capellán la observación,
hubo de reconocer su exactitud. No obstante, picado ya, se propuso
agotar los recursos del ingenio para conseguir la victoria en lucha tan
desigual. Y su caletre le sugirió la siguiente perogrullada:
--Pero, señor marqués..., ¿por qué no sale un poco al pueblo? ¿No sería
ése el mejor modo de desenredarse? Me admiro de que un señorito como
usted pueda aguantar todo el año aquí, sin moverse de estas montañas
fieras.... ¿No se aburre?
El marqués miraba al suelo, aun cuando en él no había cosa digna de
verse. La idea del capellán no le cogía de sorpresa.
--¡Salir de aquí!--exclamó--. ¿Y a dónde demontre se va uno? Siquiera aquí,
mal o bien, es uno el rey de la comarca.... El tío Gabriel me lo decía
mil veces: las personas decentes, en las poblaciones, no se distinguen
de los zapateros.... Un zapatero que se hace millonario metiendo y
sacando la lesna, se sube encima de cualquier señor, de los que lo somos
de padres a hijos.... Yo estoy muy acostumbrado a pisar tierra mía y a
andar entre árboles que corto si se me antoja.
--Pero al fin, señorito, ¡aquí le manda Primitivo!
--Bah.... A Primitivo le puedo yo dar tres docenas de puntapiés, si se me
hinchan las narices, sin que el juez me venga a empapelar.... No lo hago;
pero duermo tranquilo con la seguridad de que lo haría si quisiese.
¿Cree usted que Sabel irá a quejarse a la justicia de los culatazos de
hoy?
Esta lógica de la barbarie confundía a Julián.
--Señor, yo no le digo que deje esto... Únicamente, que salga una
temporadita, a ver cómo le prueba.... Apartándose usted de aquí algún
tiempo, no sería difícil que Sabel se casase con persona de su esfera, y
que usted también encontrase una conveniencia arreglada a su calidad,
una esposa legítima. Cualquiera tiene un desliz, la carne es flaca; por
eso no es bueno para el hombre vivir solo, porque se encenaga, y como
dijo quien lo entendía, es mejor casarse que abrasarse en
concupiscencia, señor don Pedro. ¿Por qué no se casa, señorito?--exclamó,
juntando las manos--. ¡Hay tantas señoritas buenas y honradas!
A no ser por la oscuridad, vería Julián chispear los ojos del marqués de
Ulloa.
--¿Y cree usted, santo de Dios, que no se me había ocurrido a mí? ¿Piensa
usted que no sueño todas las noches con un chiquillo que se me parezca,
que no sea hijo de una bribona, que continúe el nombre de la casa...,
que herede esto cuando yo me muera... y que se llame _Pedro Moscoso_,
como yo?
Al decir esto golpeábase el marqués su fornido tronco, su pecho varonil,
cual si de él quisiese hacer brotar fuerte y adulto ya el codiciado
heredero. Julián, lleno de esperanza, iba a animarle en tan buenos
propósitos; pero se estremeció de repente, pues creyó sentir a sus
espaldas un rumor, un roce, el paso de un animal por entre la maleza.
--¿Qué es eso?--exclamó volviéndose--. Parece que anda por aquí el zorro.
El marqués le cogió del brazo.
--Primitivo...--articuló en voz baja y ahogada de ira--. Primitivo que nos
atisbará hace un cuarto de hora, oyendo la conversación.... Ya está usted
fresco.... Nos hemos lucido.... ¡Me valga Dios y los santos de la corte
celestial! También a mí se me acaba la cuerda. ¡Vale más ir a presidio
que llevar esta vida!
-VIII-
Mientras se raía con la navaja de barba los contados pelos rubios que
brotaban en sus carrillos, Julián maduraba un proyecto: afeitado y
limpio que fuese, emprendería el camino de Cebre un pie tras otro, en el
caballo de San Francisco; allí le pediría al cura una jícara de
chocolate, y esperaría en la rectoral hasta las doce, hora en que pasa
la diligencia de Orense a Santiago; malo sería que en interior o cupé no
hubiese un asiento vacante. Tenía dispuesto su maletín: lo enviaría a
buscar desde Cebre por un mozo. Y calculando así, miraba contristado el
paisaje ameno, el huerto con su dormilón estanque, el umbrío manchón del
soto, la verdura de los prados y maizales, la montaña, el limpio
firmamento, y se le prendía el alma en el atractivo de aquella dulce
soledad y silencio, tan de su gusto, que deseaba pasar allí la vida
toda. ¡Cómo ha de ser! Dios nos lleva y trae según sus fines.... No, no
era Dios, sino el pecado, en figura de Sabel, quien lo arrojaba del
paraíso.... Le agitó semejante idea y se cortó dos veces la mejilla....
Estuvo próximo a inferirse el tercer rasguño, porque le dieron una
palmada en el hombro.
Se volvió.... ¿Quién había de conocer a don Pedro, tan metamorfoseado
como venía? Afeitado también, aunque sin detrimento de su barba, que
brillaba suavizada por el aceite de olor, trascendiendo a jabón y a ropa
limpia, vestido con traje de mezclilla, chaleco de piqué blanco, hongo
azul, y al brazo un abrigo, parecía el señor de Ulloa otro hombre nuevo
y diferente, con veinte grados más de educación y cultura que el
anterior. De golpe lo comprendió todo Julián... y la sangre le dio
gozoso vuelco.
--¡Señorito...!
--Ea, despachar, que corre prisa.... Tiene usted que acompañarme a
Santiago y necesitamos llegar a Cebre antes de mediodía.
--¿De veras viene usted? ¡Mismo parece cosa de milagro! Yo estuve hoy
arreglando la maleta. ¡Bendito sea Dios! Pero si usted determina que me
quede aquí entretanto....
--¡No faltaba otra cosa! Si salgo solo, se me agua la fiesta. Voy a dar
una sorpresa al tío Manolo, y a conocer a las primas, que sólo las he
visto cuando eran unas mocosas.... Si ahora me desanimo, no vuelvo a
animarme en diez años. Ya he mandado a Primitivo que ensille la yegua y
ponga el aparejo a la borrica.
En aquel punto asomó por la puerta un rostro que a Julián se le antojó
siniestro, y acaso pensó otro tanto el marqués, pues preguntó
impaciente:
--Vamos a ver, ¿qué ocurre?
--La yegua--respondió Primitivo sin alzar la voz--no sirve para el camino.
--¿Por qué razón? ¿Puede saberse?
--Está sin una ferradura siquiera--declaró serenamente el cazador.
--¡Mal rayo que te parta!--vociferó el marqués echando fuego por los
ojos--. ¡Ahora me dices eso! ¿Pues no es cuenta tuya cuidar de que esté
herrada? ¿O he de llevarla yo al herrador todos los días?
--Como no sabía que el señorito quisiese salir hoy....
--Señor--intervino Julián--, yo iré a pie. Al fin tenía determinado dar ese
paseo. Lleve usted la burra.
--Tampoco hay burra--objetó el cazador sin pestañear ni alterar un solo
músculo de su faz broncínea.
--¿Que... no... hay... bu... rraaaaa?--articuló, apretando los puños, don
Pedro--. ¿Que no... la... hayyy? A ver, a ver.... Repíteme eso, en mi
cara.
El hombre de bronce no se inmutó al reiterar fríamente.
--No hay burra.
--¡Pues así Dios me salve! ¡La ha de haber y tres más, y si no por quien
soy que os pongo a todos a cuatro patas y me lleváis a caballo hasta
Cebre!
Nada replicó Primitivo, incrustado en el quicio de la puerta.
--Vamos claros, ¿cómo es que no hay burra?
--Ayer, al volver del pasto, el rapaz que la cuida le encontró dos
puñaladas.... Puede el señorito verla.
Disparó don Pedro una imprecación, y bajó de dos en dos las escaleras.
Primitivo y Julián le seguían. En la cuadra, el pastor, adolescente de
cara estúpida y escrofulosa, confirmó la versión del cazador. Allá en el
fondo del establo columbraron al pobre animal, que temblaba, con las
orejas gachas y el ojo amortiguado; la sangre de sus heridas, en negro
reguero, se había coagulado desde el anca a los cascos. Julián
experimentaba en el establo sombrío y lleno de telarañas impresión
análoga a la que sentiría en el teatro de un crimen. Por lo que hace al
marqués, quedóse suspenso un instante, y de súbito, agarrando al pastor
por los cabellos, se los mesó y refregó con furia, exclamando:
--Para que otra vez dejes acuchillar a los animales..., toma..., toma...,
toma....
Rompió el chico a llorar becerrilmente, lanzando angustiosas miradas al
impasible Primitivo. Don Pedro se volvió hacia éste.
--Pilla ahora mismo mi saco y la maleta de don Julián.... Volando.... Nos
vamos a pie hasta Cebre.... Andando bien, tenemos tiempo de coger el
coche.