Retiróse la moza cabizbaja y mohína, como quien acaba de sufrir pesado

chasco. Julián, por su parte, quedó tembloroso, agitado, descontento de

sí mismo, cual suelen los pacíficos cuando ceden a un arrebato de ira:

hasta sentía dolor físico, en el epigastrio. A no dudarlo, se había

excedido; debió dirigir a aquella mujer una exhortación fervorosa, en

vez de palabras de menosprecio. Su obligación de sacerdote era enseñar,

corregir, perdonar, no pisotear a la gente como a los bichos del

archivo. Al cabo Sabel tenía un alma, redimida por la sangre de Cristo

igual que otra cualquiera. Pero ¿quién reflexiona, quién se modera ante

tal descaro? Hay un movimiento que llaman los escolásticos _primo

primis_ fatal e inevitable. Así se consolaba el capellán. De todos

modos, era triste cosa tener que vivir con aquella mala hembra, no más

púdica que las vacas. ¿Cómo podía haber mujeres así? Julián recordaba a

su madre, tan modosa, siempre con los ojos bajos y la voz almibarada y

suave, con su _casabé_ abrochado hasta la nuez, sobre el cual, para

mayor recato, caía liso, sin arrugas, un pañuelito de seda negra. ¡Qué

mujeres! ¡Qué mujeres se encuentran por el mundo!

Desde el funesto lance tuvo Julián que barrerse el cuarto y subirse el

agua, porque ni Cristobo ni las criadas hicieron caso de sus órdenes, y

a Sabel no quería verle ni la sombra en la puerta. Lo que más extrañeza

y susto le causó fue observar que Primitivo, después del suceso, no se

recataba ya para mirarle con fijeza terrible, midiéndole con una ojeada

que equivalía a una declaración de guerra. Julián no podía dudar que

estorbaba en los Pazos: ¿por qué? A veces meditaba en ello

interrumpiendo la lectura de Fray Luis de Granada y de los seis libros

de San Juan Crisóstomo sobre el sacerdocio; pero al poco rato,

descorazonado por tanta mezquina contrariedad, desesperando de ser útil

jamás a la casa de Ulloa, se enfrascaba nuevamente en sus páginas

místicas.

VI.

De los párrocos de las inmediaciones, con ninguno había hecho

Julián tan buenas migas como con don Eugenio, el de Naya. El abad de

Ulloa, al cual veía con más frecuencia, no le era simpático, por su

desmedida afición al jarro y a la escopeta; y al abad de Ulloa, en

cambio, le exasperaba Julián, a quien solía apodar _mariquita_; porque

para el abad de Ulloa, la última de las degradaciones en que podía caer

un hombre era beber agua, lavarse con jabón de olor y cortarse las uñas:

tratándose de un sacerdote, el abad ponía estos delitos en parangón con

la simonía. «Afeminaciones, afeminaciones», gruñía entre dientes,

convencidísimo de que la virtud en el sacerdote, para ser de ley, ha de

presentarse bronca, montuna y cerril; aparte de que un clérigo no

pierde, _ipso facto_, los fueros de hombre, y el hombre debe oler a

bravío desde una legua. Con los demás curas de las parroquias cercanas

tampoco frisaba mucho Julián; así es que, convidado a las funciones de

iglesia, acostumbraba retirarse tan pronto como se acababan las

ceremonias, sin aceptar jamás la comida que era su complemento

indispensable. Pero cuando don Eugenio le invitó con alegre cordialidad

a pasar en Naya el _día del patrón_, aceptó de buen grado,

comprometiéndose a _no faltarle_.

Según lo convenido, subió a Naya la víspera, rehusando la montura que le

ofrecía don Pedro. ¡Para legua y media escasa! ¡Y con una tarde

hermosísima! Apoyándose en un palo, dando tiempo a que anocheciese,

deteniéndose a cada rato para recrearse mirando el paisaje, no tardó

mucho en llegar al cerro que domina el caserío de Naya, tan

oportunamente que vino a caer en medio del baile que, al son de la

gaita, bombo y tamboril, a la luz de los _fachones_ de paja de centeno

encendidos y agitados alegremente, preludiaba a los regocijos

patronales. Poco tardaron los bailarines en bajar hacia la rectoral,

cantando y _atruxando_ como locos, y con ellos descendió Julián.

El cura esperaba en la portalada misma: recogidas las mangas de su

chaqueta, levantaba en alto un jarro de vino, y la criada sostenía la

bandeja con vasos. Detúvose el grupo; el gaitero, vestido de pana azul,

en actitud de cansancio, dejando desinflarse la gaita, cuyo _punteiro_

caía sobre los rojos flecos del roncón, se limpiaba la frente sudorosa

con un pañuelo de seda, y los reflejos de la paja ardiendo y de las

luces que alumbraban la casa del cura permitían distinguir su cara

guapota, de correctas facciones, realzada por arrogantes patillas

castañas. Cuando le sirvieron el vino, el rústico artista dijo

cortésmente: «¡A la salud del señor abade y la compaña!» y, después de

echárselo al coleto, aún murmuró con mucha política, pasándose el revés

de la mano por la boca: «De hoy en veinte años, señor abade». Las

libaciones consecutivas no fueron acompañadas de más fórmulas de

atención.

Disfrutaba el párroco de Naya de una rectoral espaciosa, alborozada a la

sazón con los preparativos de la fiesta y asistía impávido a los

preliminares del saco y ruina de su despensa, bodega, leñera y huerto.

Era don Eugenio joven y alegre como unas pascuas, y su condición, más

que de padre de almas, de pilluelo revoltoso y ladino; pero bajo la

corteza infantil se escondía singular don de gentes y conocimiento de la

vida práctica. Sociable y tolerante, había logrado no tener un solo

enemigo entre sus compañeros. Le conceptuaban un _rapaz_ inofensivo.

Tras el pocillo de aromoso chocolate, dio a Julián la mejor cama y

habitación que poseía, y le despertó cuando la gaita floreaba la

alborada, rayando ésta apenas en los cielos. Fueron juntos los dos

clérigos a revisar el decorado de los altares, compuestos ya para la

misa solemne. Julián pasaba la revista con especial devoción, puesto que

el patrón de Naya era el suyo mismo, el bienaventurado San Julián, que

allí estaba en el altar mayor con su carita inocentona, su estática

sonrisilla, su chupa y calzón corto, su paloma blanca en la diestra, y

la siniestra delicadamente apoyada en la chorrera de la camisola. La

imagen modesta, la iglesia desmantelada y sin más adorno que algún

rizado cirio y humildes flores aldeanas puestas en toscos cacharros de

loza, todo excitaba en Julián tierna piedad, la efusión que le hacía

tanto provecho, ablandándole y desentumeciéndole el espíritu. Iban

llegando ya los curas de las inmediaciones, y en el atrio, tapizado de

hierba, se oía al gaitero templar prolijamente el instrumento, mientras

en la iglesia el hinojo, esparcido por las losas y pisado por los que

iban entrando, despedía olor campestre y fresquísimo. La procesión se

organizaba; San Julián había descendido del altar mayor; la cruz y los

estandartes oscilaban sobre el remolino de gentes amontonadas ya en la

estrecha nave, y los mozos, vestidos de fiesta, con su pañuelo de seda

en la cabeza en forma de _burelete_, se ofrecían a llevar las insignias

sacras. Después de dar dos vueltas por el atrio y de detenerse breves

instantes frente al crucero, el santo volvió a entrar en la iglesia, y

fue _pujado_, con sus andas, a una mesilla al lado del altar mayor muy

engalanada, y cubierta con antigua colcha de damasco carmesí. La misa

empezó, regocijada y rústica, en armonía con los demás festejos. Más de

una docena de curas la cantaban a voz en cuello, y el desvencijado

incensario iba y venía, con retintín de cadenillas viejas, soltando un

humo espeso y aromático, entre cuya envoltura algodonosa parecía

suavizarse el desentono del _introito_, la aspereza de las broncas

laringes eclesiásticas. El gaitero, prodigando todos sus recursos

artísticos, acompañaba con el _punteiro_ desmangado de la gaita y

haciendo oficios de clarinete. Cuando tenía que sonar entera la

orquesta, mangaba otra vez el _punteiro_ en el _fol_; así podía

acompañar la elevación de la hostia con una solemne marcha real, y el

postcomunio con una muñeira de las más recientes y brincadoras, que, ya

terminada la misa, repetía en el vestíbulo, donde tandas de mozos y

mozas se desquitaban, bailando a su sabor, de la compostura guardada por

espacio de una hora en la iglesia. Y el baile en el atrio lleno de luz,

el templo sembrado de hojas de hinojos y espadaña que magullaron los

pisotones, alumbrado, más que por los cirios, por el sol que puerta y

ventanas dejaban entrar a torrentes, los curas jadeantes, pero

satisfechos y habladores, el santo tan currutaco y lindo, muy risueño en

sus andas, con una pierna casi en el aire para empezar un minueto y la

cándida palomita pronta a abrir las alas, todo era alegre, terrenal,

nada inspiraba la augusta melancolía que suele imperar en las ceremonias

religiosas. Julián se sentía tan muchacho y contento como el santo

bendito, y salía ya a gozar el aire libre, acompañado de don Eugenio,

cuando en el corro de los bailadores distinguió a Sabel, lujosamente

vestida de domingo, girando con las demás mozas, al compás de la gaita.

Esta vista le aguó un tanto la fiesta.

Era a semejante hora la rectoral de Naya un infierno culinario, si es

que los hay. Allí se reunían una tía y dos primas de don Eugenio--a

quienes por ser muchachas y frescas no quería el párroco tener consigo a

diario en la rectoral--; el ama, viejecilla llorona, estorbosa e inútil,

que andaba dando vueltas como un palomino atontado, y otra ama bien

distinta, de rompe y rasga, la del cura de Cebre, que en sus mocedades

había servido a un canónigo compostelano, y era célebre en el país por

su destreza en batir mantequillas y asar capones. Esta fornida

guisandera, un tanto bigotuda, alta de pecho y de ademán brioso, había

vuelto la casa de arriba abajo en pocas horas, barriéndola desde la

víspera a grandes y furibundos escobazos, retirando al desván los

trastos viejos, empezando a poner en marcha el formidable ejército de

guisos, echando a remojo los lacones y garbanzos, y revistando, con

rápida ojeada de general en jefe, la hidrópica despensa, atestada de

dádivas de feligreses; cabritos, pollos, anguilas, truchas, pichones,

ollas de vino, manteca y miel, perdices, liebres y conejos, chorizos y

morcillas. Conocido ya el estado de las provisiones, ordenó las

maniobras del ejército: las viejas se dedicaron a desplumar aves, las

mozas a fregar y dejar como el oro peroles, cazos y sartenes, y un par

de mozancones de la aldea, uno de ellos idiota de oficio, a desollar

reses y limpiar piezas de caza.

Si se encontrase allí algún maestro de la escuela pictórica flamenca, de

los que han derramado la poesía del arte sobre la prosa de la vida

doméstica y material, ¡con cuánto placer vería el espectáculo de la gran

cocina, la hermosa actividad del fuego de leña que acariciaba la panza

reluciente de los peroles, los gruesos brazos del ama confundidos con la

carne no menos rolliza y sanguínea del asado que aderezaba, las rojas

mejillas de las muchachas entretenidas en retozar con el idiota, como

ninfas con un sátiro atado, arrojándole entre el cuero y la camisa

puñados de arroz y cucuruchos de pimiento! Y momentos después, cuando el

gaitero y los demás músicos vinieron a reclamar su _parva_ o desayuno,

el guiso de intestinos de castrón, hígado y bofes, llamado en el país

_mataburrillo_, ¡cuán digna de su pincel encontraría la escena de

rozagante apetito, de expansión del estómago, de carrillos hinchados y

tragos de mosto despabilados al vuelo, que allí se representó entre

bromas y risotadas!

¿Y qué valía todo ello en comparación del festín homérico preparado en

la sala de la rectoral? Media docena de tablas tendidas sobre otros

tantos cestos, ayudaban a ensanchar la mesa cuotidiana; por encima dos

limpios manteles de lamanisco sostenían grandes jarros rebosando tinto

añejo; y haciéndoles frente, en una esquina del aposento, esperaban

turno ventrudas ollas henchidas del mismo líquido. La vajilla era

mezclada, y entre el estaño y barro vidriado descollaba algún _talavera_

legítimo, capaz de volver loco a un coleccionista, de los muchos que

ahora se consagran a la arcana ciencia de los pucheros. Ante la mesa y

sus apéndices, no sin mil cumplimientos y ceremonias, fueron tomando

asiento los padres curas, porfiando bastante para ceder los asientos de

preferencia, que al cabo tocaron al obeso Arcipreste de Loiro--la persona

más respetable en años y dignidad de todo el clero circunvecino, que no

había asistido a la ceremonia por no ahogarse con las apreturas del

gentío en la misa--, y a Julián, en quien don Eugenio honraba a la

ilustre casa de Ulloa.

Sentóse Julián avergonzado, y su confusión subió de punto durante la

comida. Por ser nuevo en el país y haber rehusado siempre quedarse a

comer en las fiestas, era blanco de todas las miradas. Y la mesa estaba

imponente. La rodeaban unos quince curas y sobre ocho seglares, entre

ellos el médico, notario y juez de Cebre, el señorito de Limioso, el

sobrino del cura de Boán, y el famosísimo cacique conocido por el apodo

de _Barbacana_, que apoyándose en el partido moderado a la sazón en el

poder, imperaba en el distrito y llevaba casi anulada la influencia de

su rival el cacique _Trampeta_, protegido por los unionistas y mal visto

por el clero. En suma, allí se juntaba lo más granado de la comarca,

faltando sólo el marqués de Ulloa, que vendría de fijo a los postres. La

monumental sopa de pan rehogada en grasa, con chorizo, garbanzos y

huevos cocidos cortados en ruedas, circulaba ya en gigantescos

tarterones, y se comía en silencio, jugando bien las quijadas. De vez en

cuando se atrevía algún cura a soltar frases de encomio a la habilidad

de la guisandera; y el anfitrión, observando con disimulo quiénes de los

convidados andaban remisos en mascar, les instaba a que se animasen,

afirmando que era preciso aprovecharse de la sopa y del cocido, pues

apenas había otra cosa. Creyéndolo así Julián, y no pareciéndole cortés

desairar a su huésped, cargó la mano en la sopa y el cocido. Grande fue

su terror cuando empezó a desfilar interminable serie de platos, los

veintiséis tradicionales en la comida del patrón de Naya, no la más

abundante que se servía en el arciprestazgo, pues Loiro se le aventajaba

mucho.

Para llegar al número prefijado, no había recurrido la guisandera a los

artificios con que la cocina francesa disfraza los manjares

bautizándolos con nombres nuevos o adornándolos con arambeles y

engañifas. No, señor: en aquellas regiones vírgenes no se conocía, loado

sea Dios, ninguna salsa o pebre de origen gabacho, y todo era neto,

varonil y clásico como la olla. ¿Veintiséis platos? Pronto se hace la

lista: pollos asados, fritos, en pepitoria, estofados, con guisantes,

con cebollas, con patatas y con huevos; aplíquese el mismo sistema a la

carne, al puerco, al pescado y al cabrito. Así, sin calentarse los

cascos, presenta cualquiera veintiséis variados manjares.

¡Y cómo se burlaría la guisandera si por arte de magia apareciese allí

un cocinero francés empeñado en redactar un _menú_, en reducirse a

cuatro o seis principios, en alternar los fuertes con los ligeros y en

conceder honroso puesto a la legumbre! ¡Legumbres a mí!, diría el ama

del cura de Cebre, riéndose con toda su alma y todas sus caderas

también. ¡Legumbres el día del patrón! Son buenas para los cerdos.

Ahíto y mareado, Julián no tenía fuerzas sino para rechazar con la mano

las fuentes que no cesaban de circular pasándoselas los convidados unos

a otros: a bien que ya le observaban menos, pues la conversación se

calentaba. El médico de Cebre, atrabiliario, magro y disputador; el

notario, coloradote y barbudo, osaban decir chistes, referir anécdotas;

el sobrino del cura de Boán, estudiante de derecho, muy enamorado de

condición, hablaba de mujeres, ponderaba la gracia de las señoritas de

Molende y la lozanía de una panadera de Cebre, muy nombrada en el país;

los curas al pronto no tomaron parte, y como Julián bajase la vista,

algunos comensales, después de observarle de reojo, se hicieron los

desentendidos. Mas duró poco la reserva; al ir vaciándose los jarros y

desocupándose las fuentes, nadie quiso estar callado y empezaron las

bromas a echar chispas.

Máximo Juncal, el médico, recién salido de las aulas compostelanas,

soltó varias puntadas sobre política, y también malignas pullas

referentes al grave escándalo que a la sazón traía muy preocupados a los

revolucionarios de provincia: Sor Patrocinio, sus manejos, su influencia

en Palacio. Alborotáronse dos o tres curas; y el cacique _Barbacana_,

con suma gravedad, volviendo hacia Juncal su barba florida y luenga,

díjole desdeñosamente una verdad como un templo: que «muchos hablaban de

lo que no entendían», a lo cual el médico replicó, vertiendo bilis por

ojos y labios, «que pronto iba a llegar el día de la gran barredura, que

luego se armaría el tiberio del siglo, y que los neos irían a contarlo a

casa de su padre Judas Iscariote».

Afortunadamente profirió estos tremendos vaticinios a tiempo que la

mayor parte de los párrocos se hallaban enzarzados en la discusión

teológica, indispensable complemento de todo convite patronal. Liados en

ella, no prestó atención a lo que el médico decía ninguno de los que

podían volvérselas al cuerpo: ni el bronco abad de Ulloa, ni el belicoso

de Boán, ni el Arcipreste, que siendo más sordo que una tapia, resolvía

las discusiones políticas a gritos, alzando el índice de la mano derecha

como para invocar la cólera del cielo. En aquel punto y hora, mientras

corrían las fuentes de arroz con leche, canela y azúcar, y se agotaban

las copas de _tostado_, llegaba a su periodo álgido la disputa, y se

entreoían argumentos, proposiciones, objeciones y silogismos.

--_Nego majorem_....

--_Probo minorem_.

--Eh.... Boán, que con mucho disimulo me estás echando abajo la gracia....

--Compadre, cuidado.... Si adelanta usted un poquito más nos vamos a

encontrar con el libre albedrío perdido.

--Cebre, mira que vas por mal camino: ¡mira que te marchas con Pelagio!

--Yo a San Agustín me agarro, y no lo suelto.

--Esa proposición puede admitirse _simpliciter_, pero tomándola en otro

sentido... no cuela.

--Citaré autoridades, todas las que se me pidan: ¿a que no me citas tú ni

media docena? A ver.

--Es sentir común de la Iglesia desde los primeros concilios.

--Es punto opinable, ¡_quoniam_! A mí no me vengas a asustar tú con

concilios ni concilias.

--¿Querrás saber más que Santo Tomás?

--¿Y tú querrás ponerte contra el Doctor de la gracia?

--¡Nadie es capaz de rebatirme esto! Señores... la gracia....

--¡Que nos despeñamos de vez! ¡Eso es herejía formal; es pelagianismo

puro!

--Qué entiendes tú, qué entiendes tú.... Lo que tú censures, que me lo

claven....

--Que diga el señor Arcipreste.... Vamos a aventurar algo a que no me deja

mal el señor Arcipreste.

El Arcipreste era respetado más por su edad que por su ciencia

teológica; y se sosegó un tanto el formidable barullo cuando se

incorporó difícilmente, con ambas manos puestas tras los oídos,

vertiendo sangre por la cara, a fin de dirimir, si cabía lograrlo, la

contienda. Pero un incidente distrajo los ánimos: el señorito de Ulloa

entraba seguido de dos perros perdigueros, cuyos cascabeles acompañaban

su aparición con jubiloso repique. Venía, según su promesa, a tomar una

copa a los postres; y la tomó de pie, porque le aguardaba un bando de

perdices allá en la montaña.

Hízosele muy cortés recibimiento, y los que no pudieron agasajarle a él

agasajaron a la Chula y al Turco, que iban apoyando la cabeza en todas

las rodillas, lamiendo aquí un plato y zampándose un bizcocho allá. El

señorito de Limioso se levantó resuelto a acompañar al de Ulloa en la

excursión cinegética, para lo cual tenía prevenido lo necesario, pues

rara vez salía del Pazo de Limioso sin echarse la escopeta al hombro y

el morral a la cintura.

Cuando partieron los dos hidalgos, ya se había calmado la efervescencia

de la discusión sobre la gracia, y el médico, en voz baja, le recitaba

al notario ciertos sonetos satírico-políticos que entonces corrían bajo

el nombre de _belenes_. Celebrábalos el notario, particularmente cuando

el médico recalcaba los versos esmaltados de alusiones verdes y

picantes. La mesa, en desorden, manchada de salsas, ensangrentada de

vino tinto, y el suelo lleno de huesos arrojados por los comensales

menos pulcros, indicaban la terminación del festín; Julián hubiera dado

algo bueno por poderse retirar; sentíase cansado, mortificado por la

repugnancia que le inspiraban las cosas exclusivamente materiales; pero

no se atrevía a interrumpir la sobremesa, y menos ahora que se

entregaban al deleite de encender algún pitillo y murmurar de las

personas más señaladas en el país. Se trataba del señorito de Ulloa, de

su habilidad para _tumbar_ perdices, y sin que Julián adivinase la

causa, se pasó inmediatamente a hablar de Sabel, a quien todos habían

visto por la mañana en el corro de baile; se encomió su palmito, y al

mismo tiempo se dirigieron a Julián señas y guiños, como si la

conversación se relacionase con él. El capellán bajaba la vista según

costumbre, y fingía doblar la servilleta; mas de improviso, sintiendo

uno de aquellos chispazos de cólera repentina y momentánea que no era

dueño de refrenar, tosió, miró en derredor, y soltó unas cuantas

asperezas y severidades que hicieron enmudecer a la asamblea. Don

Eugenio, al ver aguada la sobremesa, optó por levantarse, proponiendo a

Julián que saliesen a tomar el fresco en la huerta: algunos clérigos se

alzaron también, anunciando que iban a _echar completas_; otros se

escurrieron en compañía del médico, el notario, el juez y Barbacana, a

menear los naipes hasta la noche.

Refugiáronse al huerto el cura de Naya y Julián, pasando por la cocina,

donde la algazara de los criados, primas del cura, cocineras y músicos

era formidable, y los jarros se evaporaban y la comilona amenazaba durar

hasta el sol puesto. El huerto, en cambio, permanecía en su tranquilo y

poético sosiego primaveral, con una brisa fresquita que columpiaba las

últimas flores de los perales y cerezos, y acariciaba el recio follaje

de las higueras, a cuya sombra, en un ribazo de mullida grama, se

tendieron ambos presbíteros, no sin que don Eugenio, sacando un pañuelo

de algodón a cuadros, se tapase con él la cabeza, para resguardarla de

las importunidades de alguna mosca precoz. A Julián todavía le duraba el

sofoco, la llamarada de indignación; pero ya le pesaba, de su corta

paciencia, y resolvía ser más sufrido en lo venidero. Aunque bien

mirado....

--¿Quiere _escotar_ un sueño?--preguntó el de Naya al verle tan cabizbajo

y mustio.

--No; lo que yo quería, Eugenio, era pedirle que me dispensase el enfado

que tomé allá en la mesa.... Conozco que soy a veces así... un poco

vivo... y luego hay conversaciones que me sacan de tino, sin poderlo

remediar. Usted póngase en mi caso.

--Pongo, pongo.... Pero a mí me están embromando también a cada rato con

las primas..., y hay que aguantar, que no lo hacen con mala intención;

es por reírse un poco.

--Hay bromas de bromas, y a mí me parecen delicadas para un sacerdote las

que tocan a la honestidad y a la pureza. Si aguanta uno por respetos

humanos esos dichos, acaso pensarán que ya tiene medio perdida la

vergüenza para los hechos. Y ¿qué sé yo si alguno, no digo de los

sacerdotes, no quiero hacerles tal ofensa, pero de los seglares, creerá

que en efecto...?

El de Naya aprobó con la cabeza como quien reconoce la fuerza de una

observación; pero, al mismo tiempo, la sonrisa con que lucía la desigual

dentadura era suave e irónica protesta contra tanta rigidez.

--Hay que tomar el mundo según viene...--murmuró filosóficamente--. Ser

bueno es lo que importa; porque ¿quién va a tapar las bocas de los

demás? Cada uno habla lo que le parece, y gasta las guasas que quiere....

En teniendo la conciencia tranquila....

--No, señor; no, señor; poco a poco--replicó acaloradamente Julián--. No

sólo estamos obligados a ser buenos, sino a parecerlo; y aún es peor en

un sacerdote, si me apuran, el mal ejemplo y el escándalo, que el mismo

pecado. Usted bien lo sabe, Eugenio; lo sabe mejor que yo, porque tiene

cura de almas.

--También usted se apura ahí por una chanza, por una tontería, lo mismo

que si ya todo el mundo le señalase con el dedo.... Se necesita una vara

de correa para vivir entre gentes. A este paso no le arriendo la

ganancia, porque no va a sacar para disgustos.

Caviloso y cejijunto, había cogido Julián un palito que andaba por el

suelo, y se entretenía en clavarlo en la hierba. Levantó la cabeza de

pronto.

--Eugenio, ¿es mi amigo?

--Siempre, hombre, siempre--contestó afable y sinceramente el de Naya.

Los pazos de Ulloa · 第 3 / 20 段