embargo, la verdadera obra de romanos fue la clasificación. ¡Aquí te
quiero! parecían decir los papelotes así que Julián intentaba
distinguirlos. Un embrollo, una madeja sin cabo, un laberinto sin hilo
conductor. No existía faro que pudiese guiar por el piélago insondable:
ni libros becerros, ni estados, ni nada. Los únicos documentos que
encontró fueron dos cuadernos mugrientos y apestando a tabaco, donde su
antecesor, el abad de Ulloa, apuntaba los nombres de los pagadores y
arrendatarios de la casa, y al margen, con un signo inteligible para él
solo, o con palabras más enigmáticas aún, el balance de sus pagos. Los
unos tenían una cruz, los otros un garabato, los de más allá una
llamada, y los menos, las frases _no paga, pagará, va pagando, ya pagó_.
¿Qué significaban pues el garabato y la cruz? Misterio insondable. En
una misma página se mezclaban gastos e ingresos: aquí aparecía Fulano
como deudor insolvente, y dos renglones más abajo, como acreedor por
jornales. Julián sacó del libro del abad una jaqueca tremebunda. Bendijo
la memoria de fray Venancio, que, más radical, no dejara ni rastro de
cuentas, ni el menor comprobante de su larga gestión.
Había puesto Julián manos a la obra con sumo celo, creyendo no le sería
imposible orientarse en semejante caos de papeles. Se desojaba para
entender la letra antigua y las enrevesadas rúbricas de las escrituras;
quería al menos separar lo correspondiente a cada uno de los tres o
cuatro principales partidos de renta con que contaba la casa; y se
asombraba de que para cobrar tan poco dinero, tan mezquinas cantidades
de centeno y trigo, se necesitase tanto fárrago de procedimientos, tanta
documentación indigesta. Perdíase en un dédalo de foros y subforos,
prorrateos, censos, pensiones, vinculaciones, cartas dotales, diezmos,
tercios, pleitecillos menudos, de atrasos, y pleitazos gordos, de
partijas. A cada paso se le confundía más en la cabeza toda aquella
papelería trasconejada; si las obras de reparación, como poner carpetas
de papel fuerte y blanco a las escrituras que se deshacían de puro
viejas le eran ya fáciles, no así el conocimiento científico de los
malditos papelotes, indescifrables para quien no tuviese lecciones y
práctica. Ya desalentado se lo confesó al marqués.
--Señorito, yo no salgo del paso.... Aquí convenía un abogado, una persona
entendida.
--Sí, sí, hace mucho tiempo que lo pienso yo también.... Es indispensable
tomar mano en eso, porque la documentación debe andar perdida.... ¿Cómo
la ha encontrado usted? ¿Hecha una lástima? Apuesto a que sí.
Dijo esto el marqués con aquella entonación vehemente y sombría que
adoptaba al tratar de sus propios asuntos, por insignificantes que
fuesen; y mientras hablaba, entretenía las manos ciñendo su collar de
cascabeles a la Chula, con la cual iba a salir a matar unas codornices.
--Sí, señor...--murmuró Julián--. No está nada bien, no.... Pero la persona
acostumbrada a estas cosas se desenreda de ellas en un soplo.... Y tiene
que venir pronto quien sea, porque los papeles no ganan así.
La verdad era que el archivo había producido en el alma de Julián la
misma impresión que toda la casa: la de una ruina, ruina vasta y
amenazadora, que representaba algo grande en lo pasado, pero en la
actualidad se desmoronaba a toda prisa. Era esto en Julián aprensión no
razonada, que se transformaría en convicción si conociese bien algunos
antecedentes de familia del marqués.
Don Pedro Moscoso de Cabreira y Pardo de la Lage quedó huérfano de padre
muy niño aún. A no ser por semejante desgracia, acaso hubiera tenido
carrera: los Moscosos conservaban, desde el abuelo afrancesado,
enciclopedista y francmasón que se permitía leer al _señor de Voltaire_,
cierta tradición de cultura trasañeja, medio extinguida ya, pero
suficiente todavía para empujar a un Moscoso a los bancos del aula. En
los Pardos de la Lage era, al contrario, axiomático que más vale asno
vivo que doctor muerto. Vivían entonces los Pardos en su casa solariega,
no muy distante de la de Ulloa: al enviudar la madre de don Pedro, el
mayorazgo de la Lage iba a casarse en Santiago con una señorita de
distinción, trasladando sus reales al pueblo; y don Gabriel, el
segundón, se vino a los Pazos de Ulloa, para acompañar a su hermana,
según decía, y servirle de amparo; en realidad, afirmaban los
maldicientes, para disfrutar a su talante las rentas del cuñado difunto.
Lo cierto es que don Gabriel en poco tiempo asumió el mando de la casa:
él descubrió y propuso para administrador a aquel bendito exclaustrado
fray Venancio, medio chocho desde la exclaustración, medio idiota de
nacimiento ya, a cuya sombra pudo manejar a su gusto la hacienda del
sobrino, desempeñando la tutela. Una de las habilidades de don Gabriel
fue hacer partijas con su hermana cogiéndole mañosamente casi toda su
legítima, despojo a que asintió la pobre señora, absolutamente inepta en
materia de negocios, hábil sólo para ahorrar el dinero que guardaba con
sórdida avaricia, y que tuvo la imprudente niñería de ir poniendo en
onzas de oro, de las más antiguas, de premio. Cortos eran los réditos
del caudal de Moscoso que no se deslizaban de entre los dedos temblones
de fray Venancio a las robustas palmas del tutor; pero si lograban pasar
a las de doña Micaela, ya no salían de allí sino en forma de peluconas,
camino de cierto escondrijo misterioso, acerca del cual iba poco a poco
formándose una leyenda en el país. Mientras la madre atesoraba, don
Gabriel educaba al sobrino a su imagen y semejanza, llevándolo consigo a
ferias, cazatas, francachelas rústicas, y acaso distracciones menos
inocentes, y enseñándole, como decían allí, a cazar la perdiz blanca; y
el chico adoraba en aquel tío jovial, vigoroso y resuelto, diestro en
los ejercicios corporales, groseramente chistoso, como todos los de la
Lage, en las sobremesas: especie de señor feudal acatado en el país, que
enseñaba prácticamente al heredero de los Ulloas el desprecio de la
humanidad y el abuso de la fuerza. Un día que tío y sobrino se
deportaban, según costumbre, a cuatro o seis leguas de distancia de los
Pazos, habiéndose llevado consigo al criado y al mozo de cuadra, a las
cuatro de la tarde y estando abiertas todas las puertas del caserón
solariego, se presentó en él una gavilla de veinte hombres enmascarados
o tiznados de carbón, que maniató y amordazó a la criada, hizo echarse
boca abajo a fray Venancio, y apoderándose de doña Micaela, le intimó
que enseñase el escondrijo de las onzas; y como la señora se negase,
después de abofetearla, empezaron a mecharla con la punta de una navaja,
mientras unos cuantos proponían que se calentase aceite para freírle los
pies. Así que le acribillaron un brazo y un pecho, pidió compasión y
descubrió, debajo de un arca enorme, el famoso escondrijo, trampa
hábilmente disimulada por medio de una tabla igual a las demás del piso,
pero que subía y bajaba a voluntad. Recogieron los ladrones las hermosas
medallas, apoderáronse también de la plata labrada que hallaron a mano,
y se retiraron de los Pazos a las seis, antes que anocheciese del todo.
Algún labrador o jornalero les vio salir, pero ¿qué había de hacer? Eran
veinte, bien armados con escopetas, pistolas y trabucos.
Fray Venancio, que sólo había recibido tal cual puntapié o puñada
despreciativa, no necesitó más pasaporte para irse al otro mundo, de
puro miedo, en una semana; la señora se apresuró menos, pero, como suele
decirse, no levantó cabeza, y de allí a pocos meses una apoplejía serosa
le impidió seguir guardando onzas en un agujero mejor disimulado. Del
robo se habló largo tiempo en el país, y corrieron rumores muy extraños:
se afirmó que los criminales no eran bandidos de profesión, sino gentes
conocidas y acomodadas, alguna de las cuales desempeñaba cargo público,
y entre ellas se contaban personas relacionadas de antiguo con la
familia de Ulloa, que por lo tanto estaban al corriente de las
costumbres de la casa, de los días en que se quedaba sin hombres, y de
la insaciable constancia de doña Micaela en recoger y conservar la más
valiosa moneda de oro. Fuese lo que fuese, la justicia no descubrió a
los autores del delito, y don Pedro quedó en breve sin otro pariente que
su tío Gabriel. Éste buscó para el sitio de fray Venancio a un sacerdote
brusco, gran cazador, incapaz de morirse de miedo ante los ladrones.
Desde tiempo atrás les ayudaba en sus expediciones cinegéticas
Primitivo, la mejor escopeta furtiva del país, la puntería más certera,
y el padre de la moza más guapa que se encontraba en diez leguas a la
redonda. El fallecimiento de doña Micaela permitió que hija y padre se
instalasen en los Pazos, ella a título de criada, él a título de...
montero mayor, diríamos hace siglos; hoy no hay nombre adecuado para el
empleo. Don Gabriel los tenía muy a raya a entrambos, olfateando en
Primitivo un riesgo serio para su influencia; pero tres o cuatro años
después de la muerte de su hermana, don Gabriel sufrió ataques de gota
que pusieron en peligro su vida, y entonces se divulgó lo que ya se
susurraba acerca de su casamiento secreto con la hija del carcelero de
Cebre. El hidalgo se trasladó a vivir, mejor dicho a rabiar, en la
villita; otorgó testamento legando a tres hijos que tenía sus bienes y
caudal, sin dejar al sobrino don Pedro ni el reloj en memoria; y
habiéndosele subido la gota al corazón, entregó su alma a Dios de
malísima gana, con lo cual hallóse el último de los Moscosos dueño de sí
por completo.
Gracias a todas estas vicisitudes, socaliñas y pellizcos, la casa de
Ulloa, a pesar de poseer dos o tres decentes núcleos de renta, estaba
enmarañada y desangrada; era lo que presumía Julián: una ruina. Dada la
complicación de red, la subdivisión atomística que caracteriza a la
propiedad gallega, un poco de descuido o mala administración basta para
minar los cimientos de la más importante fortuna territorial. La
necesidad de pagar ciertos censos atrasados y sus intereses había sido
causa de que la casa se gravase con una hipoteca no muy cuantiosa; pero
la hipoteca es como el cáncer: empieza atacando un punto del organismo y
acaba por inficionarlo todo. Con motivo de los susodichos censos, el
señorito buscó asiduamente las onzas del nuevo escondrijo de su madre;
tiempo perdido: o la señora no había atesorado más desde el robo, o lo
había ocultado tan bien, que no diera con ello el mismo diablo.
La vista de tal hipoteca contristó a Julián, pues el buen clérigo
empezaba a sentir la adhesión especial de los capellanes por las casas
nobles en que entran; pero más le llenó de confusión encontrar entre los
papelotes la documentación relativa a un pleitecillo de partijas,
sostenido por don Alberto Moscoso, padre de don Pedro, con.... ¡el
marqués de Ulloa!
Porque ya es hora de decir que el marqués de Ulloa auténtico y legal, el
que consta en la _Guía de forasteros_, se paseaba tranquilamente en
carretela por la Castellana, durante el invierno de 1866 a 1867,
mientras Julián exterminaba correderas en el archivo de los Pazos. Bien
ajeno estaría él de que el título de nobleza por cuya carta de sucesión
había pagado religiosamente su impuesto de _lanzas y medias anatas_, lo
disfrutaba gratis un pariente suyo, en un rincón de Galicia. Verdad que
al legítimo marqués de Ulloa, que era Grande de España de primera clase,
duque de algo, marqués tres veces y conde dos lo menos, nadie le conocía
en Madrid sino por el ducado, por aquello de que baza mayor quita menor,
aun cuando el título de Ulloa, radicado en el claro solar de Cabreira de
Portugal, pudiese ganar en antigüedad y estimación a los más eminentes.
Al pasar a una rama colateral la hacienda de los Pazos de Ulloa, fue el
marquesado a donde correspondía por rigurosa agnación; pero los
aldeanos, que no entienden de agnaciones, hechos a que los Pazos de
Ulloa diesen nombre al título, siguieron llamando marqueses a los dueños
de la gran huronera. Los señores de los Pazos no protestaban: eran
marqueses por derecho consuetudinario; y cuando un labrador, en un
camino hondo, se descubría respetuosamente ante don Pedro, murmurando:
«Vaya usía muy dichoso, señor marqués», don Pedro sentía un cosquilleo
grato en la epidermis de la vanidad, y contestaba con voz sonora:
«Felices tardes».
-V-
Del famoso arreglo del archivo sacó Julián los pies fríos y la cabeza
caliente: él bien quisiera despabilarse, aplicar prácticamente las
nociones adquiridas acerca del estado de la casa, para empezar a ejercer
con inteligencia sus funciones de administrador, mas no acertaba, no
podía; su inexperiencia en cosas rurales y jurídicas se traslucía a cada
paso. Trataba de estudiar el mecanismo interior de los Pazos: tomábase
el trabajo de ir a los establos, a las cuadras, de enterarse de los
cultivos, de visitar la granera, el horno, los hórreos, las eras, las
bodegas, los alpendres, cada dependencia y cada rincón; de preguntar
para qué servía esto y aquello y lo de más allá, y cuánto costaba y a
cómo se vendía; labor inútil, pues olfateando por todas partes abusos y
desórdenes, no conseguía nunca, por su carencia de malicia y de
gramática parda, poner el dedo sobre ellos y remediarlos. El señorito no
le acompañaba en semejantes excursiones: harto tenía que hacer con
ferias, caza y visitas a gentes de Cebre o del señorío montañés, de
suerte que el guía de Julián era Primitivo. Guía pesimista si los hay.
Cada reforma que Julián quería plantear, la calificaba de imposible,
encogiéndose de hombros; cada superfluidad que intentaba suprimir, la
declaraba el cazador indispensable al buen servicio de la casa. Ante el
celo de Julián surgían montones de dificultades menudas, impidiéndole
realizar ninguna modificación útil. Y lo más alarmante era observar la
encubierta, pero real omnipotencia de Primitivo. Mozos, colonos,
jornaleros, y hasta el ganado en los establos, parecía estarle
supeditado y propicio: el respeto adulador con que trataban al señorito,
el saludo, mitad desdeñoso y mitad indiferente que dirigían al capellán,
se convertían en sumisión absoluta hacia Primitivo, no manifestada por
fórmulas exteriores, sino por el acatamiento instantáneo de su voluntad,
indicada a veces con sólo el mirar directo y frío de sus ojuelos sin
pestañas. Y Julián se sentía humillado en presencia de un hombre que
mandaba allí como indiscutible autócrata, desde su ambiguo puesto de
criado con ribetes de mayordomo. Sentía pesar sobre su alma la ojeada
escrutadora de Primitivo que avizoraba sus menores actos, y estudiaba su
rostro, sin duda para averiguar el lado vulnerable de aquel presbítero,
sobrio, desinteresado, que apartaba los ojos de las jornaleras garridas.
Tal vez la filosofía de Primitivo era que no hay hombre sin vicio, y no
había de ser Julián la excepción.
Corría entre tanto el invierno, y el capellán se habituaba a la vida
campestre. El aire vivo y puro le abría el apetito: no sentía ya las
efusiones de devoción que al principio, y sí una especie de caridad
humana que le llevaba a interesarse en lo que veía a su alrededor,
especialmente los niños y los irracionales, con quienes desahogaba su
instintiva ternura. Aumentábase su compasión hacia Perucho, el rapaz
embriagado por su propio abuelo; le dolía verle revolcarse
constantemente en el lodo del patio, pasarse el día hundido en el
estiércol de las cuadras, jugando con los becerros, mamando del pezón de
las vacas leche caliente o durmiendo en el pesebre, entre la hierba
destinada al pienso de la borrica; y determinó consagrar algunas horas
de las largas noches de invierno a enseñar al chiquillo el abecedario,
la doctrina y los números. Para realizarlo se acomodaba en la vasta
mesa, no lejos del fuego del hogar, cebado por Sabel con gruesos
troncos; y cogiendo al niño en sus rodillas, a la luz del triple mechero
del velón, le iba guiando pacientemente el dedo sobre el silabario,
repitiendo la monótona salmodia por donde empieza el saber: _be-a bá,
be-e bé, be-i bí_.... El chico se deshacía en bostezos enormes, en muecas
risibles, en momos de llanto, en chillidos de estornino preso; se
acorazaba, se defendía contra la ciencia de todas las maneras
imaginables, pateando, gruñendo, escondiendo la cara, escurriéndose, al
menor descuido del profesor, para ocultarse en cualquier rincón o
volverse al tibio abrigo del establo.
En aquel tiempo frío, la cocina se convertía en tertulia, casi
exclusivamente compuesta de mujeres. Descalzas y pisando de lado, como
recelosas, iban entrando algunas, con la cabeza resguardada por una
especie de mandilón de picote; muchas gemían de gusto al acercarse a la
deleitable llama; otras, tomando de la cintura el huso y el copo de
lino, hilaban después de haberse calentado las manos, o sacando del
bolsillo castañas, las ponían a asar entre el rescoldo; y todas,
empezando por cuchichear bajito, acababan por charlotear como urracas.
Era Sabel la reina de aquella pequeña corte: sofocada por la llama, con
los brazos arremangados, los ojos húmedos, recibía el incienso de las
adulaciones, hundía el cucharón de hierro en el pote, llenaba cuencos de
caldo, y al punto una mujer desaparecía del círculo, refugiábase en la
esquina o en un banco, donde se la oía mascar ansiosamente, soplar el
hirviente bodrio y lengüetear contra la cuchara. Noches había en que no
se daba la moza punto de reposo en colmar tazas, ni las mujeres en
entrar, comer y marcharse para dejar a otras el sitio: allí desfilaba
sin duda, como en mesón barato, la parroquia entera. Al salir cogían
aparte a Sabel, y si el capellán no estuviese tan distraído con su
rebelde alumno, vería algún trozo de tocino, pan o _lacón_ rápidamente
escondido en un justillo, o algún chorizo cortado con prontitud de las
ristras pendientes en la chimenea, que no menos velozmente pasaba a las
faltriqueras. La última tertuliana que se quedaba, la que secreteaba más
tiempo y más íntimamente con Sabel, era la vieja de las greñas de
estopa, entrevista por Julián la noche de su llegada a los Pazos. Era
imponente la fealdad de la bruja: tenía las cejas canas, y, de perfil,
le sobresalían, como también las cerdas de un lunar; el fuego hacía
resaltar la blancura del pelo, el color atezado del rostro, y el enorme
_bocio_ o papera que deformaba su garganta del modo más repulsivo.
Mientras hablaba con la frescachona Sabel, la fantasía de un artista
podía evocar los cuadros de tentaciones de San Antonio en que aparecen
juntas una asquerosa hechicera y una mujer hermosa y sensual, con pezuña
de cabra.
Sin explicarse el porqué, empezó a desagradar a Julián la tertulia y las
familiaridades de Sabel, que se le arrimaba continuamente, a pretexto de
buscar en el cajón de la mesa un cuchillo, una taza, cualquier objeto
indispensable. Cuando la aldeana fijaba en él sus ojos azules, anegados
en caliente humedad, el capellán experimentaba malestar violento,
comparable sólo al que le causaban los de Primitivo, que a menudo
sorprendía clavados a hurtadillas en su rostro. Ignorando en qué fundar
sus recelos, creía Julián que meditaban alguna asechanza. Era Primitivo,
salvo tal cual momentáneo acceso de brusca y selvática alegría, hombre
taciturno, a cuya faz de bronce asomaban rara vez los sentimientos; y
con todo eso, Julián se juzgaba blanco de hostilidad encubierta por
parte del cazador; en rigor, ni hostilidad podía llamarse; más bien
tenía algo de observación y acecho, la espera tranquila de una res, a
quien, sin odiarla, se desea cazar cuanto antes. Semejante actitud no
podía definirse, ni expresarse apenas. Julián se refugió en su cuarto,
adonde hizo subir, medio arrastro, al niño, para la lección
acostumbrada. Así como así, el invierno había pasado, y el calor de la
_lareira_ no era apetecible ya.
En su habitación pudo el capellán notar mejor que en la cocina la
escandalosa suciedad del angelote. Media pulgada de roña le cubría la
piel; y en cuanto al cabello, dormían en él capas geológicas,
estratificaciones en que entraba tierra, guijarros menudos, toda suerte
de cuerpos extraños. Julián cogió a viva fuerza al niño, lo arrastró
hacia la palangana, que ya tenía bien abastecida de jarras, toallas y
jabón. Empezó a frotar. ¡María Santísima y qué primer agua la que salió
de aquella empecatada carita! Lejía pura, de la más turbia y espesa.
Para el pelo fue preciso emplear aceite, pomada, agua a chorros, un
batidor de gruesas púas que desbrozase la virgen selva. Al paso que
adelantaba la faena, iban saliendo a luz las bellísimas facciones,
dignas del cincel antiguo, coloreadas con la pátina del sol y del aire;
y los bucles, libres de estorbos, se colocaban artísticamente como en
una testa de Cupido, y descubrían su matiz castaño dorado, que acababa
de entonar la figura. ¡Era pasmoso lo bonito que había hecho Dios a
aquel muñeco!
Todos los días, que gritase o que se resignase el chiquillo, Julián lo
lavaba así antes de la lección. Por aquel respeto que profesaba a la
carne humana no se atrevía a bañarle el cuerpo, medida bien necesaria en
verdad. Pero con los lavatorios y el carácter bondadoso de Julián, el
diablillo iba tomándose demasiadas confianzas, y no dejaba cosa a vida
en el cuarto. Su desaplicación, mayor a cada instante, desesperaba al
pobre presbítero: la tinta le servía a Perucho para meter en ella la
mano toda y plantarla después sobre el silabario; la pluma, para
arrancarle las barbas y romperle el pico cazando moscas en los vidrios;
el papel, para rasgarlo en tiritas o hacer con él cucuruchos; las
arenillas, para volcarlas sobre la mesa y figurar con ellas montes y
collados, donde se complacía en producir cataclismos hundiendo el dedo
de golpe. Además, revolvía la cómoda de Julián, deshacía la cama
brincando encima, y un día llegó al extremo de prender fuego a las botas
de su profesor, llenándolas de fósforos encendidos.
Bien aguantaría Julián estas diabluras con la esperanza de sacar algo en
limpio de semejante hereje; pero se complicaron con otra cosa bastante
más desagradable: las idas y venidas frecuentes de Sabel por su
habitación. Siempre encontraba la moza algún pretexto para subir: que se
le había olvidado recoger el servicio del chocolate; que se le había
_esquecido_ mudar la toalla. Y se endiosaba, y tardaba un buen rato en
bajar, entreteniéndose en arreglar cosas que no estaban revueltas, o
poniéndose de pechos en la ventana, muy risueña y campechanota,
alardeando de una confianza que Julián, cada día más reservado, no
autorizaba en modo alguno.
Una mañana entró Sabel a la hora de costumbre con las jarras de agua
para las abluciones del presbítero, que, al recibirlas, no pudo menos de
reparar, en una rápida ojeada, cómo la moza venía en justillo y enaguas,
con la camisa entreabierta, el pelo destrenzado y descalzos un pie y
pierna blanquísimos, pues Sabel, que se calzaba siempre y no hacía más
que la labor de cocina y ésa con mucha ayuda de criadas de campo y
comadres, no tenía la piel curtida, ni deformados los miembros. Julián
retrocedió, y la jarra tembló en su mano, vertiéndose un chorro de agua
por el piso.
--Cúbrase usted, mujer--murmuró con voz sofocada por la vergüenza--. No me
traiga nunca el agua cuando esté así... no es modo de presentarse a la
gente.
--Me estaba peinando y pensé que me llamaba...--respondió ella sin
alterarse, sin cruzar siquiera las palmas sobre el escote.
--Aunque la llamase no era regular venir en ese traje.... Otra vez que se
esté peinando que me suba el agua Cristobo o la chica del ganado... o
cualquiera....
Y al pronunciar estas palabras, volvíase de espaldas para no ver más a
Sabel, que se retiraba lentamente.
Desde aquel punto y hora, Julián se desvió de la muchacha como de un
animal dañino e impúdico; no obstante, aún le parecía poco caritativo
atribuir a malos fines su desaliño indecoroso, prefiriendo achacarlo a
ignorancia y rudeza. Pero ella se había propuesto demostrar lo
contrario. Poco tiempo iba transcurrido desde la severa reprimenda,
cuando una tarde, mientras Julián leía tranquilamente la _Guía de
Pecadores_, sintió entrar a Sabel y notó, sin levantar la cabeza, que
algo arreglaba en el cuarto. De pronto oyó un golpe, como caída de
persona contra algún mueble, y vio a la moza recostada en la cama,
despidiendo lastimeros ayes y hondos suspiros. Se quejaba de una
_aflición_, una cosa repentina, y Julián, turbado pero compadecido,
acudió a empapar una toalla para humedecerle las sienes, y a fin de
ejecutarlo se acercó a la acongojada enferma. Apenas se inclinó hacia
ella, pudo--a pesar de su poca experiencia y ninguna malicia--convencerse
de que el supuesto ataque no era sino bellaquería grandísima y
sinvergüenza calificada. Una ola de sangre encendió a Julián hasta el
cogote: sintió la cólera repentina, ciega, que rarísima vez fustigaba su
linfa, y señalando a la puerta, exclamó:
--Se me va usted de aquí ahora mismo o la echo a empellones..., ¿entiende
usted? No me vuelve usted a cruzar esa puerta.... Todo, todo lo que
necesite, me lo traerá Cristobo.... ¡Largo inmediatamente!