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Los pazos de Ulloa
Emilia Pardo Bazán
Tomo I
-I-
Por más que el jinete trataba de sofrenarlo agarrándose con todas sus
fuerzas a la única rienda de cordel y susurrando palabritas calmantes y
mansas, el peludo rocín seguía empeñándose en bajar la cuesta a un trote
cochinero que descuadernaba los intestinos, cuando no a trancos
desigualísimos de loco galope. Y era pendiente de veras aquel repecho
del camino real de Santiago a Orense en términos que los viandantes, al
pasarlo, sacudían la cabeza murmurando que tenía bastante más declive
del no sé cuántos por ciento marcado por la ley, y que sin duda al
llevar la carretera en semejante dirección, ya sabrían los ingenieros lo
que se pescaban, y alguna quinta de personaje político, alguna
influencia electoral de grueso calibre debía andar cerca.
Iba el jinete colorado, no como un pimiento, sino como una fresa,
encendimiento propio de personas linfáticas. Por ser joven y de miembros
delicados, y por no tener pelo de barba, pareciera un niño, a no
desmentir la presunción sus trazas sacerdotales. Aunque cubierto de
amarillo polvo que levantaba el trote del jaco, bien se advertía que el
traje del mozo era de paño negro liso, cortado con la flojedad y poca
gracia que distingue a las prendas de ropa de seglar vestidas por
clérigos. Los guantes, despellejados ya por la tosca brida, eran
asimismo negros y nuevecitos, igual que el hongo, que llevaba calado
hasta las cejas, por temor a que los zarandeos de la trotada se lo
hiciesen saltar al suelo, que sería el mayor compromiso del mundo. Bajo
el cuello del desairado levitín asomaba un dedo de alzacuello, bordado
de cuentas de abalorio. Demostraba el jinete escasa maestría hípica:
inclinado sobre el arzón, con las piernas encogidas y a dos dedos de
salir despedido por las orejas, leíase en su rostro tanto miedo al
cuartago como si fuese algún corcel indómito rebosando fiereza y bríos.
Al acabarse el repecho, volvió el jaco a la sosegada andadura habitual,
y pudo el jinete enderezarse sobre el aparejo redondo, cuya anchura
inconmensurable le había descoyuntado los huesos todos de la región
sacro-ilíaca. Respiró, quitóse el sombrero y recibió en la frente
sudorosa el aire frío de la tarde. Caían ya oblicuamente los rayos del
sol en los zarzales y setos, y un peón caminero, en mangas de camisa,
pues tenía su chaqueta colocada sobre un mojón de granito, daba
lánguidos azadonazos en las hierbecillas nacidas al borde de la cuneta.
Tiró el jinete del ramal para detener a su cabalgadura, y ésta, que se
había dejado en la cuesta abajo las ganas de trotar, paró
inmediatamente. El peón alzó la cabeza, y la placa dorada de su sombrero
relució un instante.
--¿Tendrá usted la bondad de decirme si falta mucho para la casa del
señor marqués de Ulloa?
--¿Para los Pazos de Ulloa?--contestó el peón repitiendo la pregunta.
--Eso es.
--Los Pazos de Ulloa están allí--murmuró extendiendo la mano para señalar
a un punto en el horizonte.--Si la bestia anda bien, el camino que queda
pronto se pasa.... Ahora tiene que seguir hasta aquel pinar ¿ve? y luego
le cumple torcer a mano izquierda, y luego le cumple bajar a mano
derecha por un atajito, hasta el crucero.... En el crucero ya no tiene
pérdida, porque se ven los Pazos, una _costrución_ muy grandísima....
--Pero..... ¿como cuánto faltará?--preguntó con inquietud el clérigo.
Meneó el peón la tostada cabeza.
--Un bocadito, un bocadito....
Y sin más explicaciones, emprendió otra vez su desmayada faena,
manejando el azadón lo mismo que si pesase cuatro arrobas.
Se resignó el viajero a continuar ignorando las leguas de que se compone
un _bocadito_, y taloneó al rocín. El pinar no estaba muy distante, y
por el centro de su sombría masa serpeaba una trocha angostísima, en la
cual se colaron montura y jinete. El sendero, sepultado en las oscuras
profundidades del pinar, era casi impracticable; pero el jaco, que no
desmentía las aptitudes especiales de la raza caballar gallega para
andar por mal piso, avanzaba con suma precaución, cabizbajo, tanteando
con el casco, para sortear cautelosamente las zanjas producidas por la
llanta de los carros, los pedruscos, los troncos de pino cortados y
atravesados donde hacían menos falta. Adelantaban poco a poco, y ya
salían de las estrecheces a senda más desahogada, abierta entre pinos
nuevos y montes poblados de aliaga, sin haber tropezado con una sola
heredad labradía, un plantío de coles que revelase la vida humana. De
pronto los cascos del caballo cesaron de resonar y se hundieron en
blanda alfombra: era una camada de estiércol vegetal, tendida, según
costumbre del país, ante la casucha de un labrador. A la puerta una
mujer daba de mamar a una criatura. El jinete se detuvo.
--Señora, ¿sabe si voy bien para la casa del marqués de Ulloa?
--Va bien, va....
--¿Y... falta mucho?
Enarcamiento de cejas, mirada entre apática y curiosa, respuesta ambigua
en dialecto:
--La carrerita de un can....
¡Estamos frescos!, pensó el viajero, que si no acertaba a calcular lo
que anda un can en una carrera, barruntaba que debe ser bastante para un
caballo. En fin, en llegando al crucero vería los Pazos de Ulloa..... Todo
se le volvía buscar el atajo, a la derecha..... Ni señales. La vereda,
ensanchándose, se internaba por tierra montañosa, salpicada de manchones
de robledal y algún que otro castaño todavía cargado de fruta: a derecha
e izquierda, matorrales de brezo crecían desparramados y oscuros.
Experimentaba el jinete indefinible malestar, disculpable en quien,
nacido y criado en un pueblo tranquilo y soñoliento, se halla por vez
primera frente a frente con la ruda y majestuosa soledad de la
naturaleza, y recuerda historias de viajeros robados, de gentes
asesinadas en sitios desiertos.
--¡Qué país de lobos!--dijo para sí, tétricamente impresionado.
Alegrósele el alma con la vista del atajo, que a su derecha se
columbraba, estrecho y pendiente, entre un doble vallado de piedra,
límite de dos montes. Bajaba fiándose en la maña del jaco para evitar
tropezones, cuando divisó casi al alcance de su mano algo que le hizo
estremecerse: una cruz de madera, pintada de negro con filetes blancos,
medio caída ya sobre el murallón que la sustentaba. El clérigo sabía que
estas cruces señalan el lugar donde un hombre pereció de muerte
violenta; y, persignándose, rezó un padrenuestro, mientras el caballo,
sin duda por olfatear el rastro de algún zorro, temblaba levemente
empinando las orejas, y adoptaba un trotecillo medroso que en breve le
condujo a una encrucijada. Entre el marco que le formaban las ramas de
un castaño colosal, erguíase el crucero.
Tosco, de piedra común, tan mal labrado que a primera vista parecía
monumento románico, por más que en realidad sólo contaba un siglo de
fecha, siendo obra de algún cantero con pujos de escultor, el crucero,
en tal sitio y a tal hora, y bajo el dosel natural del magnífico árbol,
era poético y hermoso. El jinete, tranquilizado y lleno de devoción,
pronunció descubriéndose: «Adorámoste, Cristo, y bendecímoste, pues por
tu Santísima Cruz redimiste al mundo», y de paso que rezaba, su mirada
buscaba a lo lejos los Pazos de Ulloa, que debían ser aquel gran
edificio cuadrilongo, con torres, allá en el fondo del valle. Poco duró
la contemplación, y a punto estuvo el clérigo de besar la tierra, merced
a la huida que pegó el rocín, con las orejas enhiestas, loco de terror.
El caso no era para menos: a cortísima distancia habían retumbado dos
tiros.
Quedóse el jinete frío de espanto, agarrado al arzón, sin atreverse ni a
registrar la maleza para averiguar dónde estarían ocultos los agresores;
mas su angustia fue corta, porque ya del ribazo situado a espaldas del
crucero descendía un grupo de tres hombres, antecedido por otros tantos
canes perdigueros, cuya presencia bastaba para demostrar que las
escopetas de sus amos no amenazaban sino a las alimañas monteses.
El cazador que venía delante representaba veintiocho o treinta años:
alto y bien barbado, tenía el pescuezo y rostro quemados del sol, pero
por venir despechugado y sombrero en mano, se advertía la blancura de la
piel no expuesta a la intemperie, en la frente y en la tabla de pecho,
cuyos diámetros indicaban complexión robusta, supuesto que confirmaba la
isleta de vello rizoso que dividía ambas tetillas. Protegían sus piernas
recias polainas de cuero, abrochadas con hebillaje hasta el muslo; sobre
la ingle derecha flotaba la red de bramante de un repleto morral, y en
el hombro izquierdo descansaba una escopeta moderna, de dos cañones. El
segundo cazador parecía hombre de edad madura y condición baja, criado o
colono: ni hebillas en las polainas, ni más morral que un saco de
grosera estopa; el pelo cortado al rape, la escopeta de pistón,
viejísima y atada con cuerdas; y en el rostro, afeitado y enjuto y de
enérgicas facciones rectilíneas, una expresión de encubierta sagacidad,
de astucia salvaje, más propia de un piel roja que de un europeo. Por lo
que hace al tercer cazador, sorprendióse el jinete al notar que era un
sacerdote. ¿En qué se le conocía? No ciertamente en la tonsura, borrada
por una selva de pelo gris y cerdoso, ni tampoco en la rasuración, pues
los duros cañones de su azulada barba contarían un mes de antigüedad;
menos aún en el alzacuello, que no traía, ni en la ropa, que era
semejante a la de sus compañeros de caza, con el aditamento de unas
botas de montar, de charol de vaca muy descascaradas y cortadas por las
arrugas. Y no obstante trascendía a clérigo, revelándose el sello
formidable de la ordenación, que ni aun las llamas del infierno
consiguen cancelar, en no sé qué expresión de la fisonomía, en el aire y
posturas del cuerpo, en el mirar, en el andar, en todo. No cabía duda:
era un sacerdote.
Aproximóse al grupo el jinete, y repitió la consabida pregunta:
--¿Pueden ustedes decirme si voy bien para casa del señor marqués de
Ulloa?
El cazador alto se volvió hacia los demás, con familiaridad y dominio.
--¡Qué casualidad!--exclamó--. Aquí tenemos al forastero..... Tú,
Primitivo.... Pues te cayó la lotería: mañana pensaba yo enviarte a Cebre
a buscar al señor.... Y usted, señor abad de Ulloa.... ¡ya tiene usted
aquí quien le ayude a arreglar la parroquia!
Como el jinete permanecía indeciso, el cazador añadió:
--¿Supongo que es usted el recomendado de mi tío, el señor de la Lage?
--Servidor y capellán...--respondió gozoso el eclesiástico, tratando de
echar pie a tierra, ardua operación en que le auxilió el abad--. ¿Y
usted...--exclamó, encarándose con su interlocutor--es el señor marqués?
--¿Cómo queda el tío? ¿Usted... a caballo desde Cebre, eh?--repuso éste
evasivamente, mientras el capellán le miraba con interés rayano en viva
curiosidad. No hay duda que así, varonilmente desaliñado, húmeda la piel
de transpiración ligera, terciada la escopeta al hombro, era un cacho de
buen mozo el marqués; y sin embargo, despedía su arrogante persona
cierto tufillo bravío y montaraz, y lo duro de su mirada contrastaba con
lo afable y llano de su acogida.
El capellán, muy respetuoso, se deshacía en explicaciones.
--Sí, señor; justamente.... En Cebre he dejado la diligencia y me dieron
esta caballería, que tiene unos arreos, que vaya todo por Dios.... El
señor de la Lage, tan bueno, y con el humor aquél de siempre.... Hace
reír a las piedras.... Y guapote, para su edad.... Estoy reparando que si
fuese su señor papá de usted, no se le parecería más.... Las señoritas,
muy bien, muy contentas y muy saludables.... Del señorito, que está en
Segovia, buenas noticias. Y antes que se me olvide....
Buscó en el bolsillo interior de su levitón, y fue sacando un pañuelo
muy planchado y doblado, un _Semanario_ chico, y por último una cartera
de tafilete negro, cerrada con elástico, de la cual extrajo una carta
que entregó al marqués. Los perros de caza, despeados y anhelantes de
fatiga, se habían sentado al pie del crucero; el abad picaba con la uña
una tagarnina para liar un pitillo, cuyo papel sostenía adherido por una
punta al borde de los labios; Primitivo, descansando la culata de la
escopeta en el suelo, y en el cañón de la escopeta la barba, clavaba sus
ojuelos negros en el recién venido, con pertinacia escrutadora. El sol
se ponía lentamente en medio de la tranquilidad otoñal del paisaje. De
improviso el marqués soltó una carcajada. Era su risa, como suya,
vigorosa y pujante, y, más que comunicativa, despótica.
--El tío--exclamó, doblando la carta--siempre tan guasón y tan célebre....
Dice que aquí me manda un santo para que me predique y me convierta....
No parece sino que tiene uno pecados: ¿eh, señor abad? ¿Qué dice usted a
esto? ¿Verdad que ni uno?
--Ya se sabe, ya se sabe--masculló el abad en voz bronca.... Aquí todos
conservamos la inocencia bautismal.
Y al decirlo, miraba al recién llegado al través de sus erizadas y
salvajinas cejas, como el veterano al inexperto recluta, sintiendo allá
en su interior profundo desdén hacia el curita barbilindo, con cara de
niña, donde sólo era sacerdotal la severidad del rubio entrecejo y la
compostura ascética de las facciones.
--¿Y usted se llama Julián Álvarez?--interrogó el marqués.
--Para servir a usted muchos años.
--¿Y no acertaba usted con los Pazos?
--Me costaba trabajo el acertar. Aquí los paisanos no le sacan a uno de
dudas, ni le dicen categóricamente las distancias. De modo que....
--Pues ahora ya no se perderá usted. ¿Quiere montar otra vez?
--¡Señor! No faltaba más.
--Primitivo--ordenó el marqués--, coge del ramal a esa bestia.
Y echó a andar, dialogando con el capellán que le seguía. Primitivo,
obediente, se quedó rezagado, y lo mismo el abad, que encendía su
pitillo con un misto de cartón. El cazador se arrimó al cura.
--¿Y qué le parece el rapaz, diga? ¿Verdad que no mete respeto?
--Boh.... Ahora se estila ordenar _miquitrefes_.... Y luego mucho de
alzacuellitos, guantecitos, perejiles con escarola.... ¡Si yo fuera el
arzobispo, ya les daría el demontre de los guantes!
-II-
Era noche cerrada, sin luna, cuando desembocaron en el soto, tras del
cual se eleva la ancha mole de los Pazos de Ulloa. No consentía la
oscuridad distinguir más que sus imponentes proporciones, escondiéndose
las líneas y detalles en la negrura del ambiente. Ninguna luz brillaba
en el vasto edificio, y la gran puerta central parecía cerrada a piedra
y lodo. Dirigióse el marqués a un postigo lateral, muy bajo, donde al
punto apareció una mujer corpulenta, alumbrando con un candil. Después
de cruzar corredores sombríos, penetraron todos en una especie de sótano
con piso terrizo y bóveda de piedra, que, a juzgar por las hileras de
cubas adosadas a sus paredes, debía ser bodega; y desde allí llegaron
presto a la espaciosa cocina, alumbrada por la claridad del fuego que
ardía en el hogar, consumiendo lo que se llama arcaicamente un mediano
monte de leña y no es sino varios gruesos cepos de roble, avivados, de
tiempo en tiempo, con rama menuda. Adornaban la elevada campana de la
chimenea ristras de chorizos y morcillas, con algún jamón de añadidura,
y a un lado y a otro sendos bancos brindaban asiento cómodo para
calentarse oyendo hervir el negro _pote_, que, pendiente de los llares,
ofrecía a los ósculos de la llama su insensible vientre de hierro.
A tiempo que la comitiva entraba en la cocina, hallábase acurrucada
junto al pote una vieja, que sólo pudo Julián Álvarez distinguir un
instante--con greñas blancas y rudas como cerro que le caían sobre los
ojos, y cara rojiza al reflejo del fuego--, pues no bien advirtió que
venía gente, levantóse más aprisa de lo que permitían sus años, y
murmurando en voz quejumbrosa y humilde: «Buenas _nochiñas_ nos dé
Dios», se desvaneció como una sombra, sin que nadie pudiese notar por
dónde. El marqués se encaró con la moza.
--¿No tengo dicho que no quiero aquí pendones?
Y ella contestó apaciblemente, colgando el candil en la pilastra de la
chimenea:
--No hacía mal..., me ayudaba a pelar castañas.
Tal vez iba el marqués a echar la casa abajo, si Primitivo, con mayor
imperio y enojo que su amo mismo, no terciase en la cuestión,
reprendiendo a la muchacha.
--¿Qué estás _parolando_ ahí...? Mejor te fuera tener la comida lista. ¿A
ver cómo nos la das corriendito? Menéate, despabílate.
En el esconce de la cocina, una mesa de roble denegrida por el uso
mostraba extendido un mantel grosero, manchado de vino y grasa.
Primitivo, después de soltar en un rincón la escopeta, vaciaba su
morral, del cual salieron dos perdigones y una liebre muerta, con los
ojos empañados y el pelaje maculado de sangraza. Apartó la muchacha el
botín a un lado, y fue colocando platos de peltre, cubiertos de antigua
y maciza plata, un mollete enorme en el centro de la mesa y un jarro de
vino proporcionado al pan; luego se dio prisa a revolver y destapar
tarteras, y tomó del vasar una sopera magna. De nuevo la increpó
airadamente el marqués.
--¿Y los perros, vamos a ver? ¿Y los perros?
Como si también los perros comprendiesen su derecho a ser atendidos
antes que nadie, acudieron desde el rincón más oscuro, y olvidando el
cansancio, exhalaban famélicos bostezos, meneando la cola y levantando
el partido hocico. Julián creyó al pronto que se había aumentado el
número de canes, tres antes y cuatro ahora; pero al entrar el grupo
canino en el círculo de viva luz que proyectaba el fuego, advirtió que
lo que tomaba por otro perro no era sino un rapazuelo de tres a cuatro
años, cuyo vestido, compuesto de chaquetón acastañado y calzones de
blanca estopa, podía desde lejos equivocarse con la piel bicolor de los
perdigueros, en quienes parecía vivir el chiquillo en la mejor
inteligencia y más estrecha fraternidad. Primitivo y la moza disponían
en cubetas de palo el festín de los animales, entresacado de lo mejor y
más grueso del pote; y el marqués--que vigilaba la operación--, no dándose
por satisfecho, escudriñó con una cuchara de hierro las profundidades
del caldo, hasta sacar a luz tres gruesas tajadas de cerdo, que fue
distribuyendo en las cubetas. Lanzaban los perros alaridos
entrecortados, de interrogación y deseo, sin atreverse aún a tomar
posesión de la pitanza; a una voz de Primitivo, sumieron de golpe el
hocico en ella, oyéndose el batir de sus apresuradas mandíbulas y el
chasqueo de su lengua glotona. El chiquillo gateaba por entre las patas
de los perdigueros, que, convertidos en fieras por el primer impulso del
hambre no saciada todavía, le miraban de reojo, regañando los dientes y
exhalando ronquidos amenazadores: de pronto la criatura, incitada por el
tasajo que sobrenadaba en la cubeta de la perra Chula, tendió la mano
para cogerlo, y la perra, torciendo la cabeza, lanzó una feroz
dentellada, que por fortuna sólo alcanzó la manga del chico, obligándole
a refugiarse más que de prisa, asustado y lloriqueando, entre las sayas
de la moza, ya ocupada en servir caldo a los racionales. Julián, que
empezaba a descalzarse los guantes, se compadeció del chiquillo, y,
bajándose, le tomó en brazos, pudiendo ver que a pesar del mugre, la
roña, el miedo y el llanto, era el más hermoso angelote del mundo.
--¡Pobre!--murmuró cariñosamente--. ¿Te ha mordido la perra? ¿Te hizo
sangre? ¿Dónde te duele, me lo dices? Calla, que vamos a reñirle a la
perra nosotros. ¡Pícara, malvada!
Reparó el capellán que estas palabras suyas produjeron singular efecto
en el marqués. Se contrajo su fisonomía: sus cejas se fruncieron, y
arrancándole a Julián el chiquillo, con brusco movimiento le sentó en
sus rodillas, palpándole las manos, a ver si las tenía mordidas o
lastimadas. Seguro ya de que sólo el chaquetón había padecido, soltó la
risa.
--¡Farsante!--gritó--. Ni siquiera te ha tocado la Chula. ¿Y tú, para qué
vas a meterte con ella? Un día te come media nalga, y después
lagrimitas. ¡A callarse y a reírse ahora mismo! ¿En qué se conocen los
valientes?
Diciendo así, colmaba de vino su vaso, y se lo presentaba al niño que,
cogiéndolo sin vacilar, lo apuró de un sorbo. El marqués aplaudió:
--¡Retebién! ¡Viva la gente templada!
--No, lo que es el rapaz... el rapaz sale de punta--murmuró el abad de
Ulloa.
--¿Y no le hará daño tanto vino?--objetó Julián, que sería incapaz de
bebérselo él.
--¡Daño! ¡Sí, buen daño nos dé Dios!--respondió el marqués, con no sé qué
inflexiones de orgullo en el acento--. Déle usted otros tres, y ya
verá.... ¿Quiere usted que hagamos la prueba?
--Los chupa, los chupa--afirmó el abad.
--No señor; no señor.... Es capaz de morirse el pequeño.... He oído que el
vino es un veneno para las criaturas.... Lo que tendrá será hambre.
--Sabel, que coma el chiquillo--ordenó imperiosamente el marqués,
dirigiéndose a la criada.
Ésta, silenciosa e inmóvil durante la anterior escena, sacó un repleto
cuenco de caldo, y el niño fue a sentarse en el borde del lar, para
engullirlo sosegadamente.
En la mesa, los comensales mascaban con buen ánimo. Al caldo, espeso y
harinoso, siguió un cocido sólido, donde abundaba el puerco: los días de
caza, el imprescindible puchero se tomaba de noche, pues al monte no
había medio de llevarlo. Una fuente de chorizos y huevos fritos
desencadenó la sed, ya alborotada con la sal del cerdo. El marqués dio
al codo a Primitivo.
--Tráenos un par de botellitas.... De el del año 59.
Y volviéndose hacia Julián, dijo muy obsequioso:
--Va usted a beber del mejor _tostado_ que por aquí se produce.... Es de
la casa de Molende: se corre que tienen un secreto para que, sin perder
el gusto de la pasa, empalague menos y se parezca al mejor jerez....
Cuanto más va, más gana: no es como los de otras bodegas, que se vuelven
azúcar.
--Es cosa de gusto--aseveró el abad, rebañando con una miga de pan lo que
restaba de yema en su plato.
--Yo--declaró tímidamente Julián--poco entiendo de vinos.... Casi no bebo
sino agua.
Y al ver brillar bajo las cejas hirsutas del abad una mirada compasiva
de puro desdeñosa, rectificó:
--Es decir... con el café, ciertos días señalados, no me disgusta el
anisete.
--El vino alegra el corazón.... El que no bebe, no es hombre--pronunció el
abad sentenciosamente.
Primitivo volvía ya de su excursión, empuñando en cada mano una botella
cubierta de polvo y telarañas. A falta de tirabuzón, se descorcharon con
un cuchillo, y a un tiempo se llenaron los vasos chicos traídos _ad
hoc_. Primitivo empinaba el codo con sumo desparpajo, bromeando con el
abad y el señorito. Sabel, por su parte, a medida que el banquete se
prolongaba y el licor calentaba las cabezas, servía con familiaridad
mayor, apoyándose en la mesa para reír algún chiste, de los que hacían
bajar los ojos a Julián, bisoño en materia de sobremesas de cazadores.
Lo cierto es que Julián bajaba la vista, no tanto por lo que oía, como
por no ver a Sabel, cuyo aspecto, desde el primer instante, le había
desagradado de extraño modo, a pesar o quizás a causa de que Sabel era
un buen pedazo de lozanísima carne. Sus ojos azules, húmedos y sumisos,
su color animado, su pelo castaño que se rizaba en conchas paralelas y
caía en dos trenzas hasta más abajo del talle, embellecían mucho a la
muchacha y disimulaban sus defectos, lo pomuloso de su cara, lo tozudo y
bajo de su frente, lo sensual de su respingada y abierta nariz. Por no
mirar a Sabel, Julián se fijaba en el chiquillo, que envalentonado con
aquella ojeada simpática, fue poco a poco deslizándose hasta llegar a
introducirse entre las rodillas del capellán. Instalado allí, alzó su
cara desvergonzada y risueña, y tirando a Julián del chaleco, murmuró en
tono suplicante:
--¿Me lo da?
Todo el mundo se reía a carcajadas: el capellán no comprendía.
--¿Qué pide?--preguntó.
--¿Qué ha de pedir?--respondió el marqués festivamente--. ¡El vino, hombre!
¡El vaso de tostado!
--¡_Mama_!--exclamó el abad.
Antes de que Julián se resolviese a dar al niño su vaso casi lleno, el
marqués había aupado al mocoso, que sería realmente una preciosidad a no
estar tan sucio. Parecíase a Sabel, y aún se le aventajaba en la
claridad y alegría de sus ojos celestes, en lo abundante del pelo
ensortijado, y especialmente en el correcto diseño de las facciones. Sus
manitas, morenas y hoyosas, se tendían hacia el vino color de topacio;
el marqués se lo acercó a la boca, divirtiéndose un rato en quitárselo
cuando ya el rapaz creía ser dueño de él. Por fin consiguió el niño
atrapar el vaso, y en un decir Jesús trasegó el contenido, relamiéndose.
--¡Éste no se anda con requisitos!--exclamó el abad.
--¡Quiá!--confirmó el marqués--. ¡Si es un veterano! ¿A que te zampas otro
vaso, Perucho?
Las pupilas del angelote rechispeaban; sus mejillas despedían lumbre, y
dilataba la clásica naricilla con inocente concupiscencia de Baco niño.
El abad, guiñando picarescamente el ojo izquierdo, escancióle otro vaso,
que él tomó a dos manos y se embocó sin perder gota; en seguida soltó la
risa; y, antes de acabar el redoble de su carcajada báquica, dejó caer
la cabeza, muy descolorido, en el pecho del marqués.
--¿Lo ven ustedes?--gritó Julián angustiadísimo--. Es muy chiquito para
beber así, y va a ponerse malo. Estas cosas no son para criaturas.
--¡Bah!--intervino Primitivo--. ¿Piensa que el rapaz no puede con lo que
tiene dentro? ¡Con eso y con otro tanto! Y si no verá.
A su vez tomó en brazos al niño y, mojando en agua fresca los dedos, se
los pasó por las sienes. Perucho abrió los párpados y miró alrededor con
asombro, y su cara se sonroseó.
--¿Qué tal?--le preguntó Primitivo--. ¿Hay ánimos para otra _pinguita_ de
tostado?
Volvióse Perucho hacia la botella y luego, como instintivamente, dijo
_que no_ con la cabeza, sacudiendo la poblada zalea de sus rizos. No era
Primitivo hombre de darse por vencido tan fácilmente: sepultó la mano en
el bolsillo del pantalón y sacó una moneda de cobre.
--De ese modo...--refunfuñó el abad.
--No seas bárbaro, Primitivo--murmuró el marqués entre placentero y grave.
--¡Por Dios y por la Virgen!--imploró Julián--. ¡Van a matar a esa
criatura! Hombre, no se empeñe en emborrachar al niño: es un pecado, un
pecado tan grande como otro cualquiera. ¡No se pueden presenciar ciertas
cosas!
Al protestar, Julián se había incorporado, encendido de indignación,
echando a un lado su mansedumbre y timidez congénita. Primitivo, de pie
también, mas sin soltar a Perucho, miró al capellán fría y
socarronamente, con el desdén de los tenaces por los que se exaltan un
momento. Y metiendo en la mano del niño la moneda de cobre y entre sus
labios la botella destapada y terciada aún de vino, la inclinó, la
mantuvo así hasta que todo el licor pasó al estómago de Perucho.
Retirada la botella, los ojos del niño se cerraron, se aflojaron sus
brazos, y no ya descolorido, sino con la palidez de la muerte en el
rostro, hubiera caído redondo sobre la mesa, a no sostenerlo Primitivo.
El marqués, un tanto serio, empezó a inundar de agua fría la frente y
los pulsos del niño; Sabel se acercó, y ayudó también a la aspersión;
todo inútil: lo que es por esta vez, Perucho _la tenía_.
--Como un pellejo--gruñó el abad.
--Como una cuba--murmuró el marqués--. A la cama con él en seguida. Que
duerma y mañana estará más fresco que una lechuga. Esto no es nada.
Sabel se alejó cargada con el niño, cuyas piernas se balanceaban
inertes, a cada movimiento de su madre. La cena se acabó menos
bulliciosa de lo que empezara: Primitivo hablaba poco, y Julián había
enmudecido por completo. Cuando terminó el convite y se pensó en dormir,
reapareció Sabel armada de un velón de aceite, de tres mecheros, con el
cual fue alumbrando por la ancha escalera de piedra que conducía al piso
alto, y ascendía a la torre en rápido caracol. Era grande la habitación
destinada a Julián, y la luz del velón apenas disipaba las tinieblas, de
entre las cuales no se destacaba más que la blancura del lecho. A la
puerta del cuarto se despidió el marqués, deseándole buenas noches y
añadiendo con brusca cordialidad:
--Mañana tendrá usted su equipaje.... Ya irán a Cebre por él.... Ea,
descansar, mientras yo echo de casa al abad de Ulloa.... Está un poco....
¿eh? ¡Dificulto que no se caiga en el camino y no pase la noche al
abrigo de un vallado!
Solo ya, sacó Julián de entre la camisa y el chaleco una estampa
grabada, con marco de lentejuela, que representaba a la Virgen del
Carmen, y la colocó de pie sobre la mesa donde Sabel acababa de
depositar el velón. Arrodillóse, y rezó la media corona, contando por
los dedos de la mano cada diez. Pero el molimiento del cuerpo le hacía
apetecer las gruesas y frescas sábanas, y omitió la letanía, los actos
de fe y algún padrenuestro. Desnudóse honestamente, colocando la ropa en
una silla a medida que se la quitaba, y apagó el velón antes de echarse.
Entonces empezaron a danzar en su fantasía los sucesos todos de la
jornada: el caballejo que estuvo a punto de hacerle besar el suelo, la
cruz negra que le causó escalofríos, pero sobre todo la cena, la bulla,
el niño borracho. Juzgando a las gentes con quienes había trabado
conocimiento en pocas horas, se le figuraba Sabel provocativa, Primitivo
insolente, el abad de Ulloa sobrado bebedor y nimiamente amigo de la
caza, los perros excesivamente atendidos, y en cuanto al marqués.... En
cuanto al marqués, Julián recordaba unas palabras del señor de la Lage:
--Encontrará usted a mi sobrino bastante adocenado.... La aldea, cuando se
cría uno en ella y no sale de allí jamás, envilece, empobrece y
embrutece.
Y casi al punto mismo en que acudió a su memoria tan severo dictamen,
arrepintióse el capellán, sintiendo cierta penosa inquietud que no podía
vencer. ¿Quién le mandaba formar juicios temerarios? Él venía allí para
decir misa y ayudar al marqués en la administración, no para fallar
acerca de su conducta y su carácter.... Con que... a dormir...
-III-
Despertó Julián cuando entraba de lleno en la habitación un sol de otoño
dorado y apacible. Mientras se vestía, examinaba la estancia con algún
detenimiento. Era vastísima, sin cielo raso; alumbrábanla tres ventanas
guarnecidas de anchos poyos y de vidrieras faltosas de vidrios cuanto
abastecidas de remiendos de papel pegados con obleas. Los muebles no
pecaban de suntuosos ni de abundantes, y en todos los rincones
permanecían señales evidentes de los hábitos del último inquilino, hoy
abad de Ulloa, y antes capellán del marqués: puntas de cigarros
adheridas al piso, dos pares de botas inservibles en un rincón, sobre la
mesa un paquete de pólvora y en un poyo varios objetos cinegéticos,
jaulas para codornices, _gayolas_, collares de perros, una piel de
conejo mal curtida y peor oliente. Amén de estas reliquias, entre las
vigas pendían pálidas telarañas, y por todas partes descansaba
tranquilamente el polvo, enseñoreado allí desde tiempo inmemorial.
Miraba Julián las huellas de la incuria de su antecesor, y sin querer
acusarle, ni tratarle en sus adentros de cochino, el caso es que tanta
porquería y rusticidad le infundía grandes deseos de primor y limpieza,
una aspiración a la pulcritud en la vida como a la pureza en el alma.
Julián pertenecía a la falange de los pacatos, que tienen la virtud
espantadiza, con repulgos de monja y pudores de doncella intacta. No
habiéndose descosido jamás de las faldas de su madre sino para asistir a
cátedra en el Seminario, sabía de la vida lo que enseñan los libros
piadosos. Los demás seminaristas le llamaban _San Julián_, añadiendo que
sólo le faltaba la palomita en la mano. Ignoraba cuándo pudo venirle la
vocación; tal vez su madre, ama de llaves de los señores de la Lage,
mujer que pasaba por beatona, le empujó suavemente, desde la más tierna
edad, hacia la Iglesia, y él se dejó llevar de buen grado. Lo cierto es
que de niño jugaba a cantar misa, y de grande no paró hasta conseguirlo.
La continencia le fue fácil, casi insensible, por lo mismo que la guardó
incólume, pues sienten los moralistas que es más hacedero no pecar una
vez que pecar una sola. A Julián le ayudaba en su triunfo, amén de la
gracia de Dios que él solicitaba muy de veras, la endeblez de su
temperamento linfático-nervioso, puramente femenino, sin ardores ni
rebeldías, propenso a la ternura, dulce y benigno como las propias
malvas, pero no exento, en ocasiones, de esas energías súbitas que
también se observan en la mujer, el ser que posee menos fuerza en estado
normal, y más cantidad de ella desarrolla en las crisis convulsivas.
Julián, por su compostura y hábitos de pulcritud-aprendidos de su madre,
que le sahumaba toda la ropa con espliego y le ponía entre cada par de
calcetines una manzana camuesa--cogió fama de seminarista _pollo_, máxime
cuando averiguaron que se lavaba mucho manos y cara. En efecto era así,
y a no mediar ciertas ideas de devota pudicicia, él extendería las
abluciones frecuentes al resto del cuerpo, que procuraba traer lo más
aseado posible.
El primer día de su estancia en los Pazos bien necesitaba chapuzarse un
poco, atendido el polvo de la carretera que traía adherido a la piel;
pero sin duda el actual abad de Ulloa consideraba artículo de lujo los
enseres de tocador, pues no vio Julián por allí más que una palangana de
hojalata, a la cual servía de palanganero el poyo. Ni jarra, ni tohalla,
ni jabón, ni cubo. Quedóse parado delante de la palangana, en mangas de
camisa y sin saber qué hacer, hasta que, convencido de la imposibilidad
de refrescarse con agua, quiso al menos tomar un baño de aire, y abrió
la vidriera.
Lo que abarcaba la vista le dejó encantado. El valle ascendía en suave
pendiente, extendiendo ante los Pazos toda la lozanía de su ladera más
feraz. Viñas, castañares, campos de maíz granados o ya segados, y
tupidas robledas, se escalonaban, subían trepando hasta un montecillo,
cuya falda gris parecía, al sol, de un blanco plomizo. Al pie mismo de
la torre, el huerto de los Pazos se asemejaba a verde alfombra con
cenefas amarillentas, en cuyo centro se engastaba la luna de un gran
espejo, que no era sino la superficie del estanque. El aire, oxigenado y
regenerador, penetraba en los pulmones de Julián, que sintió disiparse
inmediatamente parte del vago terror que le infundía la gran casa
solariega y lo que de sus moradores había visto. Como para renovarlo,
entreoyó detrás de sí rumor de pisadas cautelosas, y al volverse vio a
Sabel, que le presentaba con una mano platillo y jícara, con la otra, en
plato de peltre, un púlpito de agua fresca y una servilleta gorda muy
doblada encima. Venía la moza arremangada hasta el codo, con el pelo
alborotado, seco y volandero, del calor de la cama sin duda: y a la luz
del día se notaba más la frescura de su tez, muy blanca y como
infiltrada de sangre. Julián se apresuró a ponerse el levitín,
murmurando:
--Otra vez haga el favor de dar dos golpes en la puerta antes de
entrar.... Conforme estoy a pie, pudo cuadrar que estuviese en la cama
todavía... o vistiéndome.
Miróle Sabel de hito en hito, sin turbarse, y exclamó:
--Disimule, señor.... Yo no sabía.... El que no sabe, hace como el que no
ve.
--Bien, bien.... Yo quería decir misa antes de tomar el chocolate.
--Hoy no podrá, porque tiene la llave de la capilla el señor abad de
Ulloa, y Dios sabe hasta qué horas dormirá, ni si habrá quién vaya allá
por ella.
Julián contuvo un suspiro. ¡Dos días ya sin misar! Cabalmente desde que
era presbítero se había redoblado su fervor religioso, y sentía el
entusiasmo juvenil del nuevo misacantano, conmovido aún por la impresión
de la augusta investidura; de suerte que celebraba el sacrificio
esmerándose en perfilar la menor ceremonia, temblando cuando alzaba,
anonadándose cuando consumía, siempre con recogimiento indecible. En
fin, si no había remedio....
--Ponga el chocolate ahí--dijo a Sabel.
Mientras la moza ejecutaba esta orden, Julián alzaba los ojos al techo y
los bajaba al piso, y tosía, tratando de buscar una fórmula, un modo
discreto de explicarse.
--¿Hace mucho que no duerme en este cuarto el señor abad?
--Poco.... Hará dos semanas que bajó a la parroquia.
--Ah.... Por eso.... Esto está algo... sucio, ¿no le parece? Sería bueno
barrer... y pasar también la escoba por entre las vigas.
Sabel se encogió de hombros.
--El señor abad no me mandó nunca que le barriese el cuarto.
--Pues, francamente, la limpieza es una cosa que a todo el mundo gusta.
--Sí, señor, ya se sabe.... No pase cuidado, que yo lo arreglaré muy
arregladito.
Lo pronunció con tanta sumisión, que Julián a su vez quiso mostrarle un
poco de caritativo interés.
--¿Y el niño?--preguntó--. ¿No le hizo mal lo de ayer?
--No, señor.... Durmió como un santiño y ya anda corriendo por la huerta.
¿Ve? Allí está.
Mirando por la abierta ventana, y haciéndose una pantalla con la mano,
Julián divisó a Perucho, que, sin sombrero, con la cabeza al sol,
arrojaba piedras al estanque.
--Lo que no sucede en un año sucede en un día, Sabel--advirtió gravemente
el capellán--. ¡No debe consentir que le emborrachen al chiquillo: es un
vicio muy feo, hasta en los grandes, cuanto más en un inocente así!
¿Para qué le aguanta a Primitivo que le dé tanta bebida? Es obligación
de usted el impedirlo.
Sabel fijaba pesadamente en Julián sus azules pupilas, siendo imposible
discernir en ellas el menor relámpago de inteligencia o de
convencimiento. Al fin articuló con pausa:
--Yo qué quiere que le haga.... No me voy a reponer contra mi señor padre.
Julián calló un momento atónito. ¡De modo que quien había embriagado a
la criatura era su propio abuelo! No supo replicar nada oportuno, ni
siquiera lanzar una exclamación de censura. Llevóse la taza a la boca
para encubrir la turbación, y Sabel, creyendo terminado el coloquio, se
retiraba despacio, cuando el capellán le dirigió una pregunta más.
--¿El señor marqués anda ya levantado?
--Sí, señor.... Debe estar por la huerta o por los alpendres.
--Haga el favor de llevarme allí--dijo Julián levantándose y limpiándose
apresuradamente los labios sin desdoblar la servilleta.
Antes de dar con el marqués, recorrieron el capellán y su guía casi toda
la huerta. Aquella vasta extensión de terreno debía haber sido en otro
tiempo cultivada con primor y engalanada con los adornos de la
jardinería simétrica y geométrica cuya moda nos vino de Francia. De todo
lo cual apenas quedaban vestigios: las armas de la casa, trazadas con
mirto en el suelo, eran ahora intrincado matorral de bojes, donde ni la
vista más lince distinguiría rastro de los lobos, pinos, torres
almenadas, roeles y otros emblemas que campeaban en el preclaro blasón
de los Ulloas; y, sin embargo, persistía en la confusa masa no sé qué
aire de cosa plantada adrede y con arte. El borde de piedra del estanque
estaba semiderruido, y las gruesas bolas de granito que lo guarnecían
andaban rodando por la hierba, verdosas de musgo, esparcidas aquí y
acullá como gigantescos proyectiles en algún desierto campo de batalla.
Obstruido por el limo, el estanque parecía charca fangosa, acrecentando
el aspecto de descuido y abandono de la huerta, donde los que ayer
fueron cenadores y bancos rústicos se habían convertido en rincones
poblados de maleza, y los tablares de hortaliza en sembrados de maíz, a
cuya orilla, como tenaz reminiscencia del pasado, crecían libres,
espinosos y altísimos, algunos rosales de variedad selecta, que iban a
besar con sus ramas más altas la copa del ciruelo o peral que tenían
enfrente. Por entre estos residuos de pasada grandeza andaba el último
vástago de los Ulloas, con las manos en los bolsillos, silbando
distraídamente como quien no sabe qué hacer del tiempo. La presencia de
Julián le dio la solución del problema. Señorito y capellán emparejaron
y alabando la hermosura del día, acabaron de visitar el huerto al
pormenor, y aun alargaron el paseo hasta el soto y los robledales que
limitaban, hacia la parte norte, la extensa posesión del marqués. Julián
abría mucho los ojos, deseando que por ellos le entrase de sopetón toda
la ciencia rústica, a fin de entender bien las explicaciones relativas a
la calidad del terreno o el desarrollo del arbolado; pero, acostumbrado
a la vida claustral del Seminario y de la metrópoli compostelana, la
naturaleza le parecía difícil de comprender, y casi le infundía temor
por la vital impetuosidad que sentía palpitar en ella, en el espesor de
los matorrales, en el áspero vigor de los troncos, en la fertilidad de
los frutales, en la picante pureza del aire libre. Exclamó con
desconsuelo sincerísimo:
--Yo confieso la verdad, señorito.... De estas cosas de aldea, no entiendo
jota.
--Vamos a ver la casa--indicó el señor de Ulloa--. Es la más grande del
país--añadió con orgullo.
Mudaron de rumbo, dirigiéndose al enorme caserón, donde penetraron por
la puerta que daba al huerto, y habiendo recorrido el claustro formado
por arcadas de sillería, cruzaron varios salones con destartalado
mueblaje, sin vidrios en las vidrieras, cuyas descoloridas pinturas
maltrataba la humedad, no siendo más clemente la polilla con el
maderamen del piso. Pararon en una habitación relativamente chica, con
ventana de reja, donde las negras vigas del techo semejaban remotísimas,
y asombraban la vista grandes estanterías de castaño sin barnizar, que
en vez de cristales tenían enrejado de alambre grueso. Decoraba tan
tétrica pieza una mesa-escritorio, y sobre ella un tintero de cuerno, un
viejísimo bade de suela, no sé cuántas plumas de ganso y una caja de
obleas vacía.
Las estanterías entreabiertas dejaban asomar legajos y protocolos en
abundancia; por el suelo, en las dos sillas de baqueta, encima de la
mesa, en el alféizar mismo de la enrejada ventana, había más papeles,
más legajos, amarillentos, vetustos, carcomidos, arrugados y rotos;
tanta papelería exhalaba un olor a humedad, a rancio, que cosquilleaba
en la garganta desagradablemente. El marqués de Ulloa, deteniéndose en
el umbral y con cierta expresión solemne, pronunció:
--El archivo de la casa.
Desocupó en seguida las sillas de cuero, y explicó muy acalorado que
aquello estaba revueltísimo-aclaración de todo punto innecesaria--y que
semejante desorden se debía al descuido de un fray Venancio,
administrador de su padre, y del actual abad de Ulloa, en cuyas manos
pecadoras había venido el archivo a parar en lo que Julián veía....
--Pues así no puede seguir--exclamaba el capellán--. ¡Papeles de
importancia tratados de este modo! Hasta es muy fácil que alguno se
pierda.
--¡Naturalmente! Dios sabe los desperfectos que ya me habrán causado, y
cómo andará todo, porque yo ni mirarlo quiero.... Esto es lo que usted
ve: ¡un desastre, una perdición! ¡Mire usted..., mire usted lo que tiene
ahí a sus pies! ¡Debajo de una bota!
Julián levantó el pie muy asustado, y el marqués se bajó recogiendo del
suelo un libro delgadísimo, encuadernado en badana verde, del cual
pendía rodado sello de plomo. Tomólo Julián con respeto, y al abrirlo,
sobre la primera hoja de vitela, se destacó una soberbia miniatura
heráldica, de colores vivos y frescos a despecho de los años.
--¡Una ejecutoria de nobleza!--declaró el señorito gravemente.
Por medio de su pañuelo doblado, la limpiaba Julián del moho, tocándola
con manos delicadas. Desde niño le había enseñado su madre a reverenciar
la sangre ilustre, y aquel pergamino escrito con tinta roja, miniado,
dorado, le parecía cosa muy veneranda, digna de compasión por haber sido
pisoteada, hollada bajo la suela de sus botas. Como el señorito
permanecía serio, de codos en la mesa, las manos cruzadas bajo la barba,
otras palabras del señor de la Lage acudieron a la memoria del capellán:
«Todo eso de la casa de mi sobrino debe ser un desbarajuste.... Haría
usted una obra de caridad si lo arreglase un poco». La verdad es que él
no entendía gran cosa de papelotes, pero con buena voluntad y cachaza....
--Señorito--murmuró--, ¿y por qué no nos dedicamos a ordenar esto como Dios
manda? Entre usted y yo, mal sería que no acertásemos. Mire usted,
primero apartamos lo moderno de lo antiguo; de lo que esté muy
estropeado se podría hacer sacar copia; lo roto se pega con cuidadito
con unas tiras de papel transparente....
El proyecto le pareció al señorito de perlas. Convinieron en ponerse al
trabajo desde la mañana siguiente. Quiso la desgracia que al otro día
Primitivo descubriese en un maizal próximo un bando entero de perdices
entretenido en comerse la espiga madura. Y el marqués se terció la
carabina y dejó para siempre jamás amén a su capellán bregar con los
documentos.
-IV-
Y el capellán lidió con ellos a brazo partido, sin tregua, tres o cuatro
horas todas las mañanas. Primero limpió, sacudió, planchó sirviéndose de
la palma de la mano, pegó papelitos de cigarro a fin de juntar los
pedazos rotos de alguna escritura. Parecíale estar desempolvando,
encolando y poniendo en orden la misma casa de Ulloa, que iba a salir de
sus manos hecha una plata. La tarea, en apariencia fácil, no dejaba de
ser enfadosa para el aseado presbítero: le sofocaba una atmósfera de
mohosa humedad; cuando alzaba un montón de papeles depositado desde
tiempo inmemorial en el suelo, caía a veces la mitad de los documentos
hecha añicos por el diente menudo e incansable del ratón; las polillas,
que parecen polvo organizado y volante, agitaban sus alas y se le metían
por entre la ropa; las correderas, perseguidas en sus más secretos
asilos, salían ciegas de furor o de miedo, obligándole, no sin gran
repugnancia, a despachurrarlas con los tacones, tapándose los oídos para
no percibir el ¡_chac_! estremecedor que produce el cuerpo estrujado del
insecto; las arañas, columpiando su hidrópica panza sobre sus
descomunales zancos, solían ser más listas y refugiarse prontísimamente
en los rincones oscuros, a donde las guía misterioso instinto
estratégico. De tanto asqueroso bicho tal vez el que más repugnaba a
Julián era una especie de lombriz o gusano de humedad, frío y negro, que
se encontraba siempre inmóvil y hecho una rosca debajo de los papeles, y
al tocarlo producía la sensación de un trozo de hielo blando y pegajoso.
Al cabo, a fuerza de paciencia y resolución, triunfó Julián en su
batalla con aquellas alimañas impertinentes, y en los estantes, ya
despejados, fueron alineándose los documentos, ocupando, por efecto
milagroso del buen orden, la mitad menos que antes, y cabiendo donde no
cupieron jamás. Tres o cuatro ejecutorias, todas con su colgante de
plomo, quedaron apartadas, envueltas en paños limpios. Todo estaba
arreglado ya, excepto un tramo de la estantería donde Julián columbró
los lomos oscuros, fileteados de oro, de algunos libros antiguos. Era la
biblioteca de un Ulloa, un Ulloa de principios del siglo: Julián
extendió la mano, cogió un tomo al azar, lo abrió, leyó la portada...
«_La Henriada_, poema francés, puesto en verso español: su autor, el
señor de Voltaire...». Volvió a su sitio el volumen, con los labios
contraídos y los ojos bajos, como siempre que algo le hería o
escandalizaba: no era en extremo intolerante, pero lo que es a Voltaire,
de buena gana le haría lo que a las cucarachas; no obstante, limitóse a
condenar la biblioteca, a no pasar ni un mal paño por el lomo de los
libros: de suerte que polillas, gusanos y arañas, acosadas en todas
partes, hallaron refugio a la sombra del risueño Arouet y su enemigo el
sentimental Juan Jacobo, que también dormía allí sosegadamente desde los
años de 1816.