A cada paso se amplifica, se magnifica en estas novenas el poder
infernal. No sólo coloca al demonio entre los enemigos del alma, con
nuestro propio cuerpo y la humanidad entera, sino que en todo momento
temblamos de sus asechanzas, nos consideramos débiles para resistirle
y aun parece que tememos que el mismo Dios no sepa defenderse del
demonio, porque a cada paso se trata de avivar a Dios y de ponerlo
en guardia contra el poder infernal. "Asístenos propicios desde el
cielo, fortísimo libertador nuestro, en esta lucha con el poder de
las tinieblas; y como en otro tiempo librásteis al Niño Jesús de
inminente peligro de la vida, así ahora defended la Iglesia Santa
de Dios de las asechanzas de sus enemigos y de toda adversidad,
y a cada uno de nosotros protegednos con perpetuo patrocinio * * *"
(pág. 54). (Ofrecimiento al Smo. Rosario, Manila, 1905.)
La obsesión del diablo no deja al hombre día ni noche; "Misericordia,
mi Dios, que me atropella el demonio, todo el día me impugna y
molesta," se dice en una oración de San Vicente Ferrer (su Novena,
pág. 12).