Al mismo fraile, "otras veces yendo de oración a la iglesia, los
demonios le cogían y sacaban de ella, y le arrojaban por el aire tan
alto, que pasando por encima de los techos de la sala Capitular, la
cual divide el primer claustro del segundo, venía a caer en este. Allí
le esperaban otros demonios y recibiéndole, le volvían a arrojar en la
misma forma, dando con él otra vez en el claustro principal sin sacarle
ni una palabra de enojo, ni de sufrimiento, hasta que invocando los
sagrados nombres Jesús, María y José, le dejaban." (Pág. 15). ¿Quién,
al leer esto, no envidia al fraile una diversión tan entretenida como
sana y económica? ¿Y cómo no mostrarse agradecido a los demonios que
le recibían en el otro patio, en lugar de dejarle que se estrellara
contra el suelo? Después de referidos los prodigios mencionados con
otros más, se leen en la novena las siguientes consideraciones: "¿Qué
trabajo nos cuesta el habituarnos a repetir con nuestras invocaciones
los dulcísimos nombres de Jesús, María y José?" (Pág. 27.)