Todo el temor a lo misterioso así como la creencia de los filipinos en
poderes ocultos que quitaban la salud, atraían la desgracia, daban la
victoria o conducían al desastre, se conservó cambiando tan sólo los
espíritus que gobernaban los sucesos de la vida y los fenómenos de
la naturaleza. Los Santos Patronos recomendados por los misioneros
vinieron a substituir a los antiguos Anitos representantes de sus
antepasados, que hacían intervenir en su antigua idolatría en todas
las circunstancias de la vida.
Cuando los misioneros predicaron su religión, condenaron las antiguas
supersticiones paganas, pero enseñaron otra nueva superstición
más poderosa que la primitiva, no solamente por el prestigio de los
nuevos patronos miembros todos de una Corte Celestial organizada como
una aristocracia terrenal y encabezada por el mismo Dios Creador del
Mundo, sino por usar para comunicarse con su Dios de la misma lengua
que el pueblo supone hablada por él, la lengua latina, en la cual
los sacerdotes elevan sus preces y entonaban sus cantos.